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Full text of "Nativa"

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NATIVA 


A.    BARREIRO    Y    RAMOS,    Editor 
LIBRERÍA,    PAPELERÍA    Y    ENCUADERNACIÓN 

CALLE   25   DE   MAYO   Y  CÁMARAS 


Biblioteca   de   Autores   Uruguayos 


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Biblioteca   de  Autores   Uritguayos 


EDUARDO  ACEVEDO  DÍAZ 


NATIVA 


MONTEVIDEO 
A.  Barreiro  y  Ramos,  editor 

25  de  Mayo,  esquina  Cámaras 
1894 


ísr/9 


Imprenta  Artística,  de  Dornaleche  y  Reyes 

Calle  18  de  JxiXio,  núms.  77  y  79 


NATIVA 


TIE  M  POS      VIEJOS 


Allá  por  los  años  de  1821  á  1824,  cuando  la  na- 
cionalidad oriental  aparecía  aun  incolora,  casi  atro- 
fiada al  nacer  por  rudísimos  golpes  capaces  de  pro- 
ducir la  parálisis  ó  por  lo  menos  la  anemia  que  se 
sucede  siempre  á  la  postración  y  al  prolongado  de- 
lirio, —  la  libertad  de  la  palabra  escrita  no  alcan- 
zaba tal  vez  el  vuelo  de  una  campana,  y  por  el  he- 
cho la  propaganda  tenía  límites  circunscritos  á  un 
círculo  popiliano,  —  estrecha,  somera,  recelosa,  la- 
pidaria, espantadiza  como  ave  zancuda  que  se  abate 
en  una  loma  en  donde  no  hay  para  ella  alimento,. 


E.   ACEVEDO   DÍAZ 


y  al  pretender  remontarse  á  los  aires  se  arrastra 
primero  azotando  el  suelo  con  la  punta  de  las  alas 
y  prorrumpiendo  en  desafinadas  notas. 

Era  esto  un  fenómeno  natural. 

Toda  resistencia  había  cesado  desde  hacía  pocos 
meses,  y  la  robusta  sociabilidad  que  sangrara  por 
cien  heridas  durante  cerca  de  dos  lustros  para  darse 
su  autonomía  propia  ó  recuperar  su  equilibrio  pri- 
mitivo, había  sido  asimilada  por  un  poder  mayor, 
á  título  de  Estado  Cisplatino. 

Desde  luego,  esta  sociabilidad  había  sido  atacada 
en  sus  fundamentos,  en  sus  tradiciones,  en  sus  cos- 
tumbres, en  su  idioma,  en  sus  propensiones  nati- 
vas, —  sustrayéndosela  á  la  vida  solidaria  de  sus 
congéneres  por  la  razón  de  la  fuerza  y  la  lógica  de 
la  conquista.  Explícase  así  entonces,  por  qué  la  li- 
bertad del  pensamiento  no  gozaba  de  más  espacio 
que  el  que  recorre  una  flecha ;  cuando  á  semejanza 
del  ave  viajera  —  sentada  apenas  la  planta — no 
emigraba  con  sus  intérpretes  á  mejores  climas. 

Este  estado  de  cosas  se  debía  en  mucho  á  la  po- 
lítica observada  por  el  señor  de  Pueyrredón  y  por 
el  doctor  Tagle;  quienes,  adversarios  decididos  de 
don  José  Gervasio  Artigas,  hombre  de  gran  influen- 
cia personal  y  política  en  todas  las  provincias  del 
litoral  uruguayo,  y  por  lo  mismo  entidad  poderosa, 
habían  logrado  con  astuta  diplomacia  atraer  sobre 
el  territorio  oriental  una  invasión,  que  fué  portu- 
guesa, como  pudo  ser  de  otra  nacionalidad  cual- 
quiera que  se  hubiese  prestado  á  la  aventura,  — 


NATIVA 


quizás  al  solo  objeto  de  quebrar  por  siempre  la  pre- 
potencia del  caudillo,  y  no  con  el  de  entregar  al 
extranjero  la  más  rica  zona  del  antiguo  virreinato. 
Al  proceder  así,  el  Directorio  de  Buenos  Aires 
se  consideraba  débil  é  incapaz  materialmente  de 
dominar  con  sus  elementos  propios  el  exceso  de 
energía  de  la  misma  revolución  á  quien  debía  su 
existencia,  —  exceso  encarnado  en  la  personalidad 
de  Artigas,  que  por  entonces  desempeñaba  una  fun- 
ción formidable  en  su  médium  propio,  por  inspira- 
ción nativa,  como  resultado  lógico  de  la  ruptura  de 
los  vínculos  coloniales,  sin  atingencia  tal  vez  con  el 
ideal  de  los  pensadores  y  con  estricta  sujeción  á  los 
impulsos  instintivos  de  la  masa  ajena  á  los  cálculos 
y  convenciones  arbitrarias  de  los  gobiernos. —  Pero, 
que  la  ocupación  del  territorio  oriental  por  un  ejér- 
cito portugués  — compuesto  de  tropas  escogidas  que 
habían  luchado  con  las  de  Napoleón  Bonaparte  en 
la  península  —  no  podía  ser  convencional,  tempo- 
raria ó  transitoria,  lo  constataron  bien  pronto  los 
hechos  por  el  carácter  mismo  que  revistió  la  ocu- 
pación, por  los  actos  significativos  que  se  sanciona- 
ron y  por  la  actitud  de  resistencia  activa  asumida 
por  los  orientales,  cerca  de  cinco  años  después  de 
vencido  Artigas;  actitud  que  el  gobierno  argentino 
se  vio  en  el  caso  de  segundar  vencido  á  su  vez  en 
el  terreno  de  los  hechos  y  de  las  ideas,  borrando 
con  el  codo  de  la  fuerza  bruta  lo  que  había  hecho 
la  mano  de  sus  nerviosos  diplomáticos.  —  El  señor 
de  Pueyrredón  y  el  doctor  Tagle  —  estadistas  de 


E.  ACEVEDO  DÍAZ 


circunstancias  —  creyeron  acaso  de  buena  fe,  mi- 
rando los  hombres  y  las  cosas  con  el  catalejo  de  su 
época,  no  con  el  lente  de  que  en  estos  tiempos  nos 
servimos  hasta  para  observar  nebulosas,  —  que  la 
personalidad  de  Artigas  resumía  todo  lo  que  ellos 
consideraban  el  mal  de  la  época;  y  que,  abatida 
esta  personalidad,  la  parte  dañada  del  organismo 
entraría  en  cicatrización:  lo  que  equivalía  á  decir 
que  el  caudillo  se  asemejaba  en  cierto  modo  á  un 
tumor  en  el  cerebro,  que  una  vez  extirpado  devol- 
vería con  el  equilibrio  exigible  la  marcha  normal  á 
sus  funciones. 

De  este  error  serio,  que  se  padeció  entonces,  pro- 
vinieron males  mayores.  Don  José  Gervasio  Arti- 
gas —  á  quien  asignóse  de  esa  manera  un  poder 
personal  dañino  absoluto,  al  punto  de  considerár- 
sele como  fuente  generadora  de  desobediencias  y 
rebeldías  indomables,  ó  como  fuerza  extraordinaria 
de  acción  y  reacción  de  donde  emanaban  y  á  donde 
refluían  todos  los  extravíos  y  rabias  locales  de  las 
multitudes  armadas,  —  no  fué  producto  exclusivo 
de  un  molde  que  debía  servir  por  el  contrario  de 
forma  á  múltiples  entidades  más  ó  menos  influyen- 
tes, como  que  ya  estaba  preparado  y  dispuesto  en 
la  fragua  del  cíclope  ciego  —  ó  por  lo  menos  de  un 
solo  ojo  —  que  se  llamó  coloniaje.  Aquellos  gober- 
nantes parecieron  no  tener  en  cuenta  que  en  la  in- 
cubación de  nacionalidades  ó  en  la  formación  em- 
brionaria de  soberanías  nuevas,  no  es  el  caudillo, 
sea  cual  fuere  su  prestigio,  el  que  crea  los  instintos, 


NATIVA 


las  propensiones,  la  idiosincrasia  y  la  índole  genial 
del  pueblo  en  cuyo  medio  se  agita  y  se  impone,  sino 
que  es  la  sociabilidad  la  que  lo  educa,  lo  adoba,  lo 
eleva  y  lo  hace  carne  viva  de  sus  ideales  invenci- 
bles y  aun  de  sus  brutalidades  heroicas,  con  ayuda 
del  clima  y  de  las  costumbres  austeras;  pues  como 
lo  comprueba  la  historia,  atentamente  analizada, 
las  pasiones  de  la  masa  se  condensan  siempre  en 
individualidades  típicas,  que  son  como  sus  válvulas 
de  escape  ó  sus  centros  de  atracción  en  cuyo  redor 
giran  todas  las  fuerzas  activas  para  modelarse  y 
darse  una  significación  y  un  poder  propios  en  el 
tiempo  y  en  el  espacio.  Por  eso,  las  personalidades 
típicas  surgen  ya  dominantes  y  se  hacen  prepoten- 
tes; y  por  eso  aun  cuando  no  hubiese  surgido  Arti- 
gas, la  fuerza  espontánea  que  lo  abortó  habría  en- 
gendrado otros  de  su  talla,  por  la  sencilla  razón  de 
que  él  no  era  una  causa  sino  un  efecto. 

Eliminado  Artigas  de  la  escena,  y  á  pesar  délos 
desastres  terribles  que  él  no  habría  soportado  en 
parte  siquiera  si  en  la  vida  del  conjunto  que  le  se- 
guía no  hubiesen  palpitado  los  instintos  poderosos 
de  que  fué  intérprete  genuino,  aun  cuando  hubiera 
abusado  de  sus  facultades  de  mando;  —  eliminado, 
decimos,  el  caudillo,  acosado  por  todas  partes  por 
el  sable,  el  plomo,  la  deslealtad  y  la  traición,  de- 
jando detrás  un  sangriento  reguero  de  nueve  años 
de  batallas,  teniendo  por  delante  un  último  com- 
bate desigual  y  más  allá  el  destierro  perdurable, — 
persistieron  no  obstante  las  causas  verdaderas  del 


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conflicto  y  por  evolución  natural  y  ley  histórica  de 
segregamiento  y  recomposición,  las  tendencias  in- 
génitas de  que  hablamos,  ya  en  punto  de  desborde 
fatal  y  necesario,  comenzaron  á  destruir  hasta  en 
su  última  pieza  el  edificio  de  la  colonia,  organi- 
zación vetusta  que  hasta  ese  momento  había  inte- 
resado conservar  á  los  que  dirigían  la  marcha  de 
los  sucesos  para  ofrecer  un  armazón  apropiado  y 
conveniente  á  las  ideas  monárquicas  de  que  esta- 
ban poseídos  y  á  que  querían  someter  sin  forma  de 
plebiscito  á  las  muchedumbres  altivas. 

Aquel  ruido  pavoroso  del  año  XX  pudo  ser  oído 
hasta  en  los  confines  remotos,  como  el  de  una  selva 
virgen  devorada  por  el  incendio;  y  si  no  podía  com- 
pararse con  el  de  la  diana  majestuosa  de  una  vic- 
toria preparada  por  la  táctica  sesuda  y  la  combi- 
nación habilísima  del  genio  y  de  la  experiencia,  era 
al  menos  el  anuncio  al  mundo  de  que  un  pueblo 
convertía  en  ruinas  el  viejo  edificio  de  instituciones 
que  lo  habían  condenado  por  tres  siglos  á  la  oscu- 
ridad y  al  silencio,  para  resurgir  de  entre  ellas,  re- 
construyendo con  el  sudor  de  su  frente  y  el  solo 
esfuerzo  de  sus  brazos,  resignado  al  gran  dolor  de 
la  resurrección  por  el  sacrificio,  y  fortalecido  por 
la  esperanza  sublime  de  las  recompensas  en  el  fu- 
turo y  de  la  inmortalidad  en  la  historia.  Noble  y 
valiente  muchedumbre  semi- bárbara  que  tuvo  el 
coraje  de  oponerse  á  la  corriente  de  las  ideas  des- 
lumbrantes de  cortes  y  reyes,  infiltrando  en  los  mis- 
mos organismos  privilegiados  que  eran  intérpretes 


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■cultos  del  pensamiento,  con  un  robusto  sentimiento 
de  conservación  propia  —  savia  inagotable  de  liber- 
tad y  de  república! 

Vencido,  pues,  el  caudillo,  no  acabaron  los  cau- 
dillos—  como  muerto  el  león  no  se  extingue  la 
leonera.  La  leona  era  la  nacionalidad  embrionaria, 
y  había  sido  ella  demasiado  fecunda  para  que  pu- 
diesen contarse  sus  fieros  engendros.  Aun  errante 
con  su  caudillo  de  una  á  otra  ribera,  cuando  era 
perseguida  desde  Montevideo  al  Ayuí  sin  piedad 
ni  perdón,  y  desde  el  Catalán  al  Sauce  entre  una 
borrasca  de  sangre,  había  librado  con  suerte  hasta 
-en  tierra  extraña,  pues  á  ella  debió  Ramírez  echar 
melena.  Concíbese  así  cómo  con  el  sentimiento 
irreductible  de  la  independencia  individual  subsis- 
tiera el  de  la  emancipación  de  pago,  de  distrito  y 
de  provincia,  tanto  más  exacerbado  cuanto  mayor 
•era  el  obstáculo  opuesto  á  la  libertad  suspirada. 
Los  «  tupamaros  »  que  habían  sido  pródigos  de  sa- 
crificios años  antes  consagrando  existencia  é  inte- 
reses á  la  causa  suprema  de  la  autonomía  local, 
mantenían  intacta  su  aspiración  patriótica  en  me- 
dio de  las  graves  vicisitudes  de  su  tiempo  y  aguar- 
daban pacientes  el  día  histórico  de  la  insurrección 
final  que  había  de  asegurar  por  siempre  con  su 
cxito  la  vida  libre. 

Los  acontecimientos  en  su  trabazón  lógica  ha- 
bían venido  sucediéndose  de  tal  manera  que,  desde 
cierto  punto  de  vista  podría  afirmarse  que  ellos  ha- 
bían dado    cohesión  y  firmeza  á  la  obra  del  pa- 


12  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


triotismo,  iniciada  y  perseguida  en  la  sombra  no 
obstante  todas  las  perfidias  y  debilidades  de  algu- 
nos prohombres  que  se  imponían  en  la  escena. 

En  confirmación  de  estos  juicios  recurramos  por 
un  momento  á  la  historia  —  sitie  ira  et  s  tu  dio  — 
según  la  frase  de  Tácito, — encadenando  los  he- 
chos que  caracterizan  en  su  doble  faz  social  y  po- 
lítica el  período  tormentoso  á  que  aludimos  (  i  ). 

El  reino  de  Portugal,  que  en  otras  épocas  de 
grandeza  y  poderío  había  extendido  su  dominio'  á 
las  más  apartadas  regiones  del  mundo,  era  por  el 
año  1820  una  verdadera  dependencia  de  su  colo- 
nia en  América  en  donde  gobernaba  don  Juan  VI, 
su  rey  de  derecho  divino,  arrojado  de  la  patria  y 
de  sus  lares  por  la  soberbia  del  vencedor  de  Aus- 
terlitz. 

A  esta  condición  mísera  no  podía  avenirse  fá- 
cilmente aquel  pueblo  emprendedor  y  altivo,  acos- 
tumbrado á  su  gobierno  propio  ;  ni  consentir  podía 
que  su  testa  coronada  administrase  justicia  á  más 
de  dos  mil  leguas,  pues  que  el  rey  tenía  por  asiento 
y  corte  la  ciudad  de  Río  Janeiro. 

En  medio  de  tales  circunstancias,  sintiéronse  los 


(  1  )  La  pequeña  noticia  histórica  que  subsigue,  ha  sido  extractada  con 
algunas  ampliaciones  nuestras,  de  un  capítulo  de  las  memorias  inéditas 
del  General  don  Antonio  Díaz.  Aun  cuando  trata  de  hechos  conocidos 
que  han  sido  historiados  á  la  luz  de  informaciones  portuguesas  y  brasi- 
leras, hemos  preferido  atenernos  á  esta  fuente,  por  ser  de  estricta  im- 
parcialidad, principio  en  que  basó  siempre  sus  comentarios  y  escritos 
aquel  esclarecido  militar  y  notable  analista,  á  la  vez  que  eminente  hom- 
bre público. 


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portugueses  estimulados  por  el  movimiento  militar 
de  la  Isla  de  León,  —  é  iniciaron  uno  análogo  en 
la  ciudad  de  Oporto,  dándole  por  base  y  objetivo 
la  necesidad  de  la  organización  de  un  gobierno 
constitucional  y  el  regreso  á  Lisboa  de  don  Juan 
VI  con  toda  su  familia.  Ejército  y  pueblo  confra- 
ternizaron, y  la  aspiración  se  cumplió.  Reuniéronse 
las  Cortes,  sus  propósitos  trascendieron  al  Brasil, 
y  la  simple  enunciación  de  un  régimen  constitucio- 
nal encontró  formal  acogida  en  la  antigua  colonia, 
dando  el  ejemplo  las  provincias  septentrionales; 
excepción  hecha  de  la  de  Pernambuco,  que  en  vez 
de  ese  régimen  quería  el  de  la  libertad,  y  que  en 
recompensa  de  tan  levantado  anhelo  fué  sometida 
y  bañada  en  sangre. 

La  provincia  uruguaya  adherida  también  por  la 
fuerza  á  las  de  la  corona,  y  que  entre  ellas  aparecía 
como  una  placa  de  acero  soldando  las  roturas  de 
un  oro  viejo,  siguió  el  movimiento,  á  iniciativa  de 
las  tropas  reales  y  por  sugestión  de  un  coronel  An- 
tonio C.  Pimentel,  quien  llegó  á  imponerse  á  su  jefe 
el  General  don  Carlos  Federico  Lecor,  obligándolo 
á  hacer  causa  solidaria  con  el  ejército  de  Portugal 
y  á  presidir  un  consejo  de  militares,  designados  por 
los  mismos  regimientos  y  reparticiones  anexos. 

En  la  capital  del  reino,  el  pronunciamiento  se  ha- 
cía más  difícil  por  encontrarse  allí  el  monarca,  y 
pesar  en  mucho  la  influencia  de  la  corte  sobre  el 
espíritu  público.  Pero,  el  hecho  era  fatal,  de  conse- 
cuencias inevitables ;  y,  aun  cuando  el  rey  llegó  á 


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hacer  caso  omiso  del  llamado  de  las  Cortes,  que  pe- 
dían su  regreso,  lanzando  á  luz  su  manifiesto  de  Fe- 
brero de  182  í,  en  el  cual  anunciaba  la  intención  de 
enviar  como  emisario  ante  ellas  al  príncipe  don  Pe- 
dro, quien  debía  consultarlas  acerca  de  la  carta 
constitucional  á  jurarse,  el  pueblo  penetrado  por 
intuición  de  que  era  la  fórmula  liberal  la  que  se  re- 
sistía, y  obedeciendo  ya  con  cierta  vehemencia  á 
los  secretos  impulsos  producidos  por  la  conciencia 
del  poder  propio,  se  opuso  á  esa  determinación ;  y 
unida  una  fracción  civil  considerable  á  las  tro- 
pas en  una  plaza  pública,  manifestáronse  los  deseos- 
de  que  el  monarca  acogiese  sin  observación  alguna 
y  ordenase  el  juramento  de  la  constitución  que  las. 
cortes  impusieran  al  reino.  Juan  VI  tuvo  que  acce- 
der á  la  exigencia  popular,  prescribiendo  el  jura- 
mento á  su  misma  familia,  con  él  á  la  cabeza ;  y, 
en  pos  de  este  suceso  notable,  vióse  en  el  caso  de 
volver  á  Portugal,  designando  á  don  Pedro  como 
regente  del  reino  del  Brasil  hasta  que  se  hiciese 
efectiva  aquella  constitución. 

Efectuada  la  vuelta  á  Europa  del  asendereado 
príncipe,  el  Brasil  quedó  nuevamente  en  una  posi- 
ción subalterna,  tributario  de  la  antigua  metrópoli 
que,  por  una  singular  anomalía,  había  llegado  á 
ser  en  los  últimos  tiempos  una  dependencia  de  su 
colonia. 

Asaltaron  entonces  á  ésta,  que  acababa  de  go- 
zar de  los  honores  metropolitanos  con  la  presencia 
de  su  monarca,  los  mismos  escrúpulos  y  suscepti- 


NATIVA  15 


bilidades  locales  que  habían  influido  en  el  pueblo 
portugués  para  convocar  á  Cortes  y  exigir  el  re- 
greso de  Juan  VI  á  Lisboa ;  susceptibilidades  y  es- 
crúpulos que,  aparte  de  la  fuerza  moral  que  les 
daba  el  hecho  de  la  posesión  de  muy  ricos  y  vastos 
territorios,  llegaron  á  adquirir  mayor  incremento 
cuando  á  raíz  de  la  vuelta  del  rey,  las  Cortes,  en 
un  documento  dirigido  á  los  gobiernos  europeos, 
cometieron  el  error  de  lamentarse  de  las  franqui- 
cias acordadas  al  Brasil  por  su  soberano  con  per- 
juicio del  reino  de  Portugal. 

En  el  espíritu  público  de  la  grande  y  opulenta 
colonia,  esta  manifestación  imprudente  produjo  el 
efecto  de  relajar  aun  más  los  vínculos  de  obedien- 
cia y  disciplina,  rebelándolo  en  el  fondo,  y  predis- 
poniéndolo á  resistir  con  energía  toda  tendencia  que 
importarse  recolonizar  sobre  la  base  de  un  someti- 
miento pasivo. 

Verdad  es  que  sin  esto,  el  quebrantamiento  de 
los  lazos  coloniales  estaba  realizado  en  la  voluntad 
del  pueblo  y  que  sólo  era  necesaria  la  forma  en 
que  se  debía  operar  el  segregamiento,  tanto  más 
lógico  y  fatal,  cuanto  que  la  colonia  que  se  consi- 
deraba como  parte,  —  en  el  fondo  y  del  punto  de 
vista  geográfico,  demográfico  y  político  también, 
en  lo  que  se  relacionaba  con  la  vida  por  venir,  — 
podía  decirse  que  superaba  al  conjunto  ó  por  lo 
menos  á  la  metrópoli,  en  la  esencia  de  sus  elemen- 
tos naturales  y  en  el  poder  incontestable  de  sus  re- 
cursos económicos. 


10  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Ajeno  quizás  á  la  existencia  de  este  peligro  in- 
minente que  no  habría  pasado  inadvertido  á  un 
gobernante  hábil,  y  tomando  á  lo  serio  con  mali- 
cia ó  sin  ella  lo  que  el  señor  de  Pueyrredón  y  su 
ministro  el  doctor  Tagle  le  habían  sugerido,  al  pe- 
dirle la  ocupación  de  la  provincia  oriental,  don 
Juan  VI  por  una  real  orden  publicada  en  Monte- 
video en  Junio  de  182  i,  disponía  que  esta  provin- 
cia «  determinase  sobre  su  suerte  y  felicidad  fu- 
tura, recibiendo  esta  prueba  de  la  liberalidad  de 
sus  principios  políticos  y  de  la  justicia  de  sus  sen- 
timientos, y  que  al  efecto  se  mandase  convocar  un 
congreso  extraordinario  de  diputados  de  los  pue- 
blos, que  como  representantes  déla  provincia, fija- 
sen la  forma  en  que  habían  de  ser  gobernados, 
consultando  el  bien  general ;  y  que  los  diputados 
fuesen  nombrados  libremente  —  sin  sugestión  ni  vio- 
lencia. » 

Aunque  liberal  en  la  forma  como  se  ve,  esta  real 
orden  importaba  en  el  fondo  una  anexión  perpetua 
de  la  provincia  oriental  á  la  corona  de  Portugal, 
Brasil  y  Algarbes ;  porque  gobernándola  por  en- 
tonces el  General  Lecor,  cuya  espada  valía  indu- 
dablemente menos  que  su  pericia  en  la  intriga,  de- 
bía suponerse  que  á  sus  arterias  diplomáticas  que- 
daba librada  la  elección  de  los  representantes  del 
pueblo,  y  más  aún  robustecía  esa  creencia  en  los 
espíritus  sensatos  la  especial  circunstancia  de  que 
quienes  debieran  de  convocar  el  congreso  eran  los 
miembros  del  Cabildo,  —  hechuras  del  General  Le- 
cor. 


NATIVA  17 


Sucedió  así,  en  efecto.  Casi  todos  los  diputados 
que  se  eligieron  con  ese  motivo  ó  móvil  determi- 
nante, eran  hombres  que  habían  recibido  preben- 
das y  distinciones  honoríficas  de  parte  del  rey,  á 
cuya  causa  por  el  hecho  estaban  obligados,  consi- 
derándola los  más  muy  por  encima  de  las  toscas 
propensiones  y  egoísmos  de  pago  sintetizados  en 
las  palabras  de  «patria»  é  «independencia»,  es- 
pecie de  bramidos  de  yaguareté  con  que  los  cau- 
dillos semi- bárbaros  llenaban  las  soledades. 

El  1 8  de  Julio  —  día  que  se  haría  memorable 
cerca  de  dos  lustros  después  gracias  á  esos  caudi- 
llos, —  reuniéronse  en  la  sala  capitular  los  miem- 
bros del  congreso  con  una  compañía  de  granade- 
ros portugueses  á  la  puerta,  como  custodia  de  ho- 
nor. Esos  diputados  eran  los  que  debían  decidir  de 
la  suerte  de  la  provincia  ;  y,  previo  un  discurso  que 
pronunció  como  suyo  el  señor  Jerónimo  Bianchi 
y  cuya  paternidad  se  atribuía  á  don  Nicolás  He- 
rrera (  i  ),  votóse  la  incorporación  de  la  provincia 
al  reino,  bajo  el  nombre  de  Estado  Cisplatino,  siendo 
una  de  las  bases  del  tratado  que  el  Barón  de  la 
Laguna  continuaría  en  el  mando  del  país. 

Como  era  natural,  este  acto  consumado  fué  ob- 
jeto de  plausibles  demostraciones  por  parte  de  la 


(1)  El  señor  Bianchi  era  administrador  de  la  aduana  de  Montevideo, 
agraciado  por  el  rey  de  Portugal  con  el  Hábito  de  Cristo.  — Más  tarde, 
entre  otros, — el  abogado  del  Imperio  don  Lucas  Obes  (producida  la  se- 
cesión), obtúvola  «Orden  do  Cruzeiro»  pensionada  en  recompensa 
de  sus  relevantes  servicios  á  la  causa  de  su  soberano  y  señor. 


18  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


prensa  de  Río  Janeiro,  que  veía  realizada  por  fin, 
por  el  libre  consentimiento  del  pueblo  oriental,  la 
anexión  de  su  rico  territorio  á  la  gran  monarquía 
portuguesa. 

El  mismo  General  Lecor  se  encargaba  sin  em- 
bargo poco  después  —  en  una  nota  datada  en  Enero 
de  1822,  dirigida  al  ministerio,  é  inserta  en  el  Dia- 
rio do  Gobernó  de  Lisboa  —  de  dejar  consignado 
para  la  historia,  que  «  para  asegurar  el  éxito,  se 
sirvió  del  influjo  que  tenía  sobre  los  empleados  pú- 
blicos, necesariamente  dependientes  del  gobierno, 
para  inclinar  sus  votos  en  favor  de  la  reunión  á  la 
monarquía. » 

Como  se  denunciase  bajo  esta  forma  por  el  Ba- 
rón de  la  Laguna,  el  proceder  incorrecto  de  que  él 
mismo  se  jactaba  haber  hecho  uso  para  uncirá  ex- 
traños destinos  los  de  un  pueblo  infortunado,  tan 
inconsulto  al  respecto  como  oprimido  por  un  po- 
der formidable,  las  Cortes  portuguesas  se  creyeron 
en  el  caso  de  no  prestar  su  aquiescencia  á  esa 
conducta,  por  el  momento ;  aun  cuando  el  escrú- 
pulo debía  desaparecer  casi  incontinenti,  pues  que 
sin  sancionar  los  actos  del  General  Lecor,  y  como 
si  se  tratase  de  bienes  de  sucesión  vacante,  tuvie- 
ron el  intento  de  entregar  el  territorio  oriental  á  la 
España  en  cambio  de  la  insignificante  plaza  de  Oli- 
venza  cedida  á  aquélla  por  el  tratado  de  1801  ;  lo 
que  prueba  que  Portugal  se  consideraba  propieta- 
rio por  el  derecho  de  la  fuerza  de  lo  que  Fernando 
VII  reclamaba  á  título  de  soberano  haciendo  inter- 


NATIVA  19 


venir  en  su  gestión  al  congreso  de  la  Santa  Alianza. 
Aun  cuando  la  inicua  permuta  no  se  realizó,  la 
prensa  brasileña  alzó  alto  su  protesta,  creyéndola 
factible,  pues  que  ella  no  importaba  otra  cosa  que 
un  golpe  á  cercén  á  la  integridad  de  un  gran  reino,, 
que  privaría  al  Brasil  de  una  de  sus  más  envidia- 
bles zonas  ;  —  lo  que  prueba  también  que  la  colo- 
nia portuguesa,  con  bríos  y  alientos  propios  de  la 
mayor  edad,  tenía  ya  hechos  sus  cálculos  serios  so- 
bre la  trascendencia  que  entrañaba  la  conserva- 
ción y  plenitud  de  su  dominio  en  la  ribera  oriental 
del  Plata. 

Este  nuevo  antecedente,  de  importancia  inter- 
nacional, vino  á  aumentar  los  motivos  de  descon- 
tento entre  los  brasileños.  Las  Cortes  portuguesas 
habían  hecho  referencia  en  su  manifiesto  á  las  na- 
ciones, invocándola  como  una  de  las  causas  pode- 
rosas de  decaimiento  y  atraso  para  la  metrópoli, 
la  libertad  de  comercio  acordada  por  el  príncipe 
regente  á  los  puertos  de  la  colonia,  dentro  de  los 
que  podían  desde  entonces  echar  el  ancla  los  bu- 
ques de  todas  las  banderas  del  mundo :  consagra- 
ción de  un  principio  liberal  que  honraba  al  gober- 
nante, colocándolo  al  nivel  de  las  prácticas  avan- 
zadas que  había  de  proclamar  pronto  la  teoría 
revolucionaria  dueña  ya  de  los  espíritus  pensado- 
res y  latente  en  el  pueblo;  y,  aunque  no  debiera 
atribuirse  á  esa  razón  la  decadencia  lamentada, 
sino  á  causas  múltiples  y  complejas,  su  enuncia- 
ción simple,  á  la  vez  que  indiscreta,  y  las  medidas 


20  E.    ACEVEDO  DÍAZ 


adoptadas  posteriormente  en  sentido  de  restringir 
en  absoluto  los  derechos  de  la  colonia  al  punto  de 
pretenderse  someterla  á  una  existencia  precaria, 
prepararon  el  desmembramiento  y  la  indepen- 
dencia. 

El  Brasil,  vasta  zona  maravillosa  provista  de  ri- 
quezas incalculables  y  habitada  por  un  pueblo  que 
había  ya  recibido  muy  provechosas  lecciones  de  la 
experiencia,  no  podía  consentir  en  la  resurrección 
del  viejo  sistema,  ni  tolerar  las  humillantes  perti- 
nacias de  un  ayo  caduco ;  y  así  fué  cómo,  después 
que  las  Cortes,  obedeciendo  á  un  encelamiento  pe- 
ligroso, crearon  por  ley  en  todas  las  provincias  bra- 
sileñas juntas  gubernativas  independientes  de  la  re- 
gencia, con  responsabilidad  únicamente  ante  aqué- 
llas, y  dictaron  decretos  imponiendo  en  uno  al 
príncipe  que  regresase  á  Portugal  y  viajase  de  in- 
cógnito por  diversos  países  á  fin  de  completar  su 
educación  política,  —  en  otro  suprimiendo  los  tri- 
bunales superiores  de  justicia  y  de  comercio,  así 
como  distintas  instituciones  creadas  bajo  el  go- 
bierno de  don  Juan  VI ;  después  que  modificaron 
la  organización  militar  de  cada  provincia,  enviando 
nuevos  contingentes  de  tropas  regulares  para  apo- 
yar sus  decisiones,  y  que  declararon  írritos  y  nu- 
los todos  los  actos  realizados  por  la  regencia  en  be- 
neficio de  los  pueblos  y  por  iniciativa  de  éstos,  no 
quedó  ya  duda  alguna  á  los  nativos  de  que  se  tra- 
taba de  arrebatarles  hasta  la  última  prerrogativa 
local  y  de  derecho  propio ;  y,  en  vísperas  de  pro- 


NATIVA  21 


nunciarse  enérgicamente  en  desobediencia  activa 
anticipóseles  su  regente  el  día  siete  de  Setiembre 
de  1822,  cumpliendo  con  la  aspiración  popular,  al 
grito  de  «  independencia  ó  muerte  »  en  los  campos 
de  Ipiranga,  en  donde  fué  aclamado  Emperador 
constitucional  del  Brasil. 


Estos  graves  sucesos  consiguientemente,  tuvie- 
ron su  inmediata  repercusión  en  el  Estado  Cispla- 
tino,  ocupado  por  una  fuerza  militar  portuguesa  á 
la  sazón  de  tres  mil  quinientos  hombres,  aparte  de 
las  tropas  auxiliares.  Su  comandante  en  jefe  ge- 
neral Lecor,  bien  penetrado  de  la  trascendencia  del 
hecho  consumado  en  el  Brasil,  apresuróse  á  encau- 
zarse en  la  corriente ;  pero,  hallando  oposición  se- 
ria en  muchos  elementos  de  acción  que  por  razón 
de  nacionalidad  y  espíritu  caballeresco  querían  con- 
servarse fieles  y  leales  á  la  causa  lusitana  á  la  cual 
siempre  habían  pertenecido,  adoptó  por  resolución 
irse  á  la  campaña  arrastrando  los  contingentes  que 
le  eran  afectos. 

Con  motivo  de  esta  actitud  por  él  asumida,  Mon- 
tevideo sólo  conservó  como  guarnición  algo  más 
de  mil  Voluntarios  Reales.  La  salida  de  Lecor  res- 
pondía á  la  conveniencia  de  ponerse  cuanto  antes 
al  frente  de  los  elementos  brasileños  que  en  los  dis- 
tritos esperaban  un  jefe,  y  que  contaban  ya  con  el 
apoyo  de  los  orientales  que  obedecían  las  órdenes 
del  comandante,  después  «  brigadeiro »  don  Fruc- 
tuoso Rivera. 


22  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


En  tanto  se  producían  estos  conflictos  en  el  Es- 
tado Cisplatino,  coincidentes  con  los  provocados 
-en  las  provincias  de  Marañón,  Para  y  Bahía,  una 
sociedad  secreta  de  patriotas  existente  hacía  algún 
tiempo  en  Montevideo  al  habla  con  la  mayoría  de 
los  miembros  de  su  Cabildo,  trataba  de  sacar  uti- 
lidad de  la  emergencia  para  reiniciar  la  obra  de  re- 
dención. No  había  que  resolver  al  respecto  ningún 
problema;  porque  si  alguno  hasta  entonces  había 
aparecido  insoluole,  acababa  de  darle  solución  el 
filo  de  la  espada ;  el  Estado  Cisplatino  no  era  ya 
dependencia  de  Portugal,  sino  de  su  antigua  colo- 
nia, porque  aislados  los  últimos  representantes  mi- 
litares del  reino  dentro  del  viejo  Real  de  San  Ee- 
lipe,  quedaban  por  el  hecho  heridos  de  impotencia, 
sin  vínculo  de  solidaridad  alguna  con  el  país  do- 
minado por  los  disidentes,  y  sin  comunicación  fácil 
con  la  metrópoli,  á  su  vez  imposibilitada  para  pro- 
tegerlos con  eficacia. 

Guiándose  entonces  por  el  espíritu  de  conserva- 
ción propia  y  no  ya  por  el  deseo  de  retener  una 
conquista  ilusoria,  el  general  portugués  don  Al- 
varo da  Costa,  cauteloso  y  prudente,  propuso  al 
Cabildo  entregarle  las  llaves  de  la  ciudad  y  aun  de- 
jarle hombres  y  municiones  de  guerra  para  su  de- 
fensa, siempre  que  aquél  le  proporcionase  los  re- 
cursos necesarios  para  trasladarse  con  sus  tropas 
á  Europa. 

Esta  proposición  era  tentadora. 

Los  orientales  adhirieron,  prometiendo  emplear 


NATIVA  23 


todos  los  medios  á  su  alcance  para  el  logro  del  ob- 
jeto, aun  cuando  alejado  el  enemigo  del  recinto, 
tenían  siempre  delante  el-peligro  tal  vez  más  temi- 
ble, del  nuevo  Imperio. 

Recurrieron  al  gobierno  de  Buenos  aires,  de 
que  formaban  parte  don  Bernardino  Rivadavia  y 
el  doctor  don  Manuel  F.  García,  —  el  mismo  que 
había  intervenido  en  la  oscura  negociación  de  la 
ocupación  de  la  Banda  Oriental  por  los  portugue- 
ses, en  la  época  de  Artigas.  El  gobierno  argentino 
acogió  bien  al  emisario,  que  lo  fué  el  Coronel  don 
Ventura  Vázquez,  é  indicó  á  los  orientales  línea  de 
conducta;  con  todo,  la  confianza  nacida  de  esta  ac- 
titud considerada  sincera  por  los  patriotas,  debía 
desvanecerse  en  la  hora  decisiva  como  toda  promesa 
banal  de  gabinete  que  tiene  de  sobra  con  las  preo- 
cupaciones domésticas  que  absorben  su  actividad. 
La  acogida  sin  embargo,  dispensada  al  agente  con- 
fidencial, y  la  buena  dosis  de  consejos  dados  por 
el  señor  Rivadavia  al  Cabildo  de  Montevideo,  en- 
tre los  que  resaltaba  el  de  la  conveniencia  de  que 
la  opinión  pública  se  pronunciase  allí,  antes  de  que 
á  su  vez  lo  hiciera  el  gobierno  de  que  él  era  ór- 
gano caracterizado,  dieron  germen  á  varias  inicia- 
tivas importantes,  no  siendo  entre  ellas  la  menos 
digna  de  mencionarse  la  aparición  entonces  en  la 
capital  del  Estado  Cisplatino  de  cuatro  periódicos 
y  otros  impresos  sueltos  tendentes  á  levantar  el  es- 
píritu local,  en  armonía  con  las  instrucciones  ó  in- 
dicaciones amistosas  del  gobierno  de  Buenos   ai- 


24  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


res.  Santiago  Vázquez,  Antonio  Díaz,  Juan  Fran- 
cisco Giró  y  Diego  Benavente  —  escritor  generoso, 
de  nacionalidad  chileno, —  fueron  los  encargados 
de  esa  misión  elevada,  conciliando  la  propaganda 
periódica  con  el  interés  momentáneo  de  los  portu- 
gueses que  la  protegían,  y  ahondando  la  discordia 
entre  éstos  y  los  brasileños. 

Los  alistamientos  patrióticos  comenzaron  bajo 
estos  auspicios ;  el  general  Costa  dióles  impulso  con 
un  batallón  de  libertos,  con  armas  y  municiones 
para  otro  de  cívicos  y  para  un  regimiento  de  ca- 
ballería que  debía  mandar  el  aguerrido  oficial 
Manuel  Oribe,  llamado  á  adquirir  con  él  algunos 
laureles  en  jornadas  parciales  ;  pero  estos  esfuer- 
zos según  se  verá  bien  luego  estaban  conde- 
nados á  esterilizarse  en  el  vacío  y  la  indiferencia 
de  los  mismos  que  los  habían  alentado  con  sus 
promesas. 


Como  decíamos  al  principio,  la  prensa  tuvo  su 
misión  y  notable  en  los  primeros  años  de  la  ter- 
cera década  del  siglo.  Por  lo  menos  devolvió  al 
ánimo  público  su  temple  enérgico. 

Aunque  ensayos  de  gimnasia  intelectual  de  es- 
píritus superiores  unos,  menguados  otros,  no  po- 
cas de  esas  propagandas  se  fundaban  en  el  hecho 
de  una  conciencia  propia  formada  en  el  pueblo  por 
los  múltiples  esfuerzos  anteriores  en  sentido  de  la 
emancipación  absoluta.  Eran  tiempos  de  descom- 


NATIVA  25 


posición  en  el  viejo  virreinato,  á  la  vez  que  de  per- 
sistencia soberbia  en  la  provincia  oriental  en  sen- 
tido de  los  rumbos  fatalmente  abiertos  por  la  acción 
revolucionaria.  Los  heroísmos  desgraciados  habían 
cubierto  de  semillas  el  surco,  y  como  era  fértilí- 
sima la  tierra,  había  engordado  el  grano  y  reco- 
menzaba á  cuajar  con  fuerza. 

Francisco  de  Paula  Pérez,  periodista  de  térmi- 
nos medios,  no  conseguía  con  su  Pacífico  Oriental 
satisfacer  ni  á  monarquistas  ni  á  liberales,  á  pesar 
de  haber  colocado  al  frente  de  su  hoja  esta  senten- 
cia de  Lanjuinais,  tan  deleitablemente  lírica  enton- 
ces como  ahora :  —  «  Felices  de  los  pueblos  y  de 
los  que  los  gobiernan,  si  sus  derechos  recíprocos 
determinados  por  una  sabia  constitución  cumplida 
de  buena  fe,  se  sirven  de  mutua  garantía  y  se  afir- 
man de  aíw  en  año  por  los  trabajos  de  consejos  re- 
presentativos.-» 

La  imprenta  de  Torres  —  después  de  los  Ayllo- 
nes  —  especie  de  potencia  tan  temible  como  poco 
conocida  en  la  época  de  que  hablamos,  lanzaba  á 
intervalos  sobre  el  vecindario  aturdido,  tan  pronto 
periódicos  de  lenguaje  enigmático,  aunque  com- 
prensible por  intuición  al  instinto  popular,  como 
hojas  curiosísimas  en  el  idioma  de  Camoens  que 
hablaban  de  la  adhesión  al  rey  con  un  candor  ad- 
mirable. 

El  sargento  mayor  Antonio  Díaz  — después  Te- 
niente General, — el  señor  Santiago  Vázquez  y 
el  joven  patriota  Juan  Francisco  Giró,  más  tarde 


26  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


presidente  de  la  república,  sostenían  en  La  Au- 
rora la  causa  vencida  combatiendo  las  complacen- 
cias que  se  dispensaban  á  los  usurpadores.  El  im- 
preso llevaba  por  divisa  el  pulcJirum  est  bene  fa- 
ceré reí  publica  de  Salustio,  —  viejo  sátiro  por  en- 
tonces muy  querido  de  los  que  hacían  estudios  de 
clasicismo. 

Eran  estos  escritores  como  los  heraldos  que  gol- 
peaban, bajo,  en  los  escudos  del  palenque  desierto 
anunciando  los  combates  de  un  porvenir  cercano ; 
y  que,  muerta  por  consunción  su  hoja,  engendra- 
ban luego  El  Aguacero  para  conservar  la  llama 
con  meritoria  constancia,  estampando  por  lema, 
ante  las  tristes  veleidades  de  los  coetáneos  estas 
palabras  de  Jesús  según  el  evangelio  de  San  Lu- 
cas:—  «  Ay  de  vosotros!  que  edificáis  los  sepul- 
cros de  los  profetas,  y  vuestros  padres  los  mata- 
ron. »  Y  en  pos  de  esta  efímera  hoja,  El  Pampero, 
seguido  de  una  Ráfaga  como  suplemento,  en  cuyo 
frontis  se  consignaba  este  epígrafe  sacado  del  canto 
tercero  de  la  Araucana  :  «  Nuestra  fama,  el  honor, 
tierra  y  haberes  —  á  punto  están  de  ser  recupera- 
dos,— que  el  tiempo  que  es  el  padre  del  consejo, — 
en  las  manos  nos  pone  el  aparejo.  »  ¡  Predicción  de 
tiempos  de  gloria  y  desagravio  que  había  de  cum- 
plirse ! 

Pero,  ese  impreso  cesó  pronto  también,  así  como 
El  Ciudadano,  que  en  sus  cortos  días  pugnó  va- 
liente por  alimentar  el  fuego  del  patriotismo  en  el 
corazón  de  los  criollos. 


NATIVA  27 


Por  otra  parte,  y  obedeciendo  á  móviles  distin- 
tos, el  famoso  fraile  Francisco  Castañeda,  —  pri- 
mer condenado  en  un  juicio  de  imprenta  en  el 
Plata,  —  lejos  de  causarle  el  fallo  mayor  escozor 
que  la  disciplina  en  carne  desnuda,  se  permitía  dar 
á  luz  con  sus  viñetas  historiadas  aquel  singular 
papel  Doña  María  Retazos,  «  para  instrucción  y 
desengaño  de  los  filósofos  incrédulos  que  al  des- 
cuido y  con  cuidado  nos  habían  enfederado  el  año 
XX.» — El  doctor  Bernardino  Bustamante,  clérigo 
avieso  oriundo  de  la  península,  denunciaba  en  su 
Febo  Argentino  á  Rivadavia,  á  Valentín  Gómez, 
á  Manuel  García  y  á  Nicolás  Herrera  como  agen- 
tes principales  de  la  anexión  de  la  provincia  al  Por- 
tugal;—  y,  El  Duende  de  Antaño,  por  haberse 
tomado  la  libertad  de  escribir  en  sus  columnas  la 
palabra  orientales,  sinónimo  de  tupamaros,  dejaba 
en  el  acto  de  existir  á  una  simple  amenaza  del  sa- 
ble de  los  lagunistas  (  i  ). 


¡  Tiempos  extraños  aquéllos !  Propósitos  delibe- 
rados, tendencias  ciegas,  aspiraciones  ardientes,  pa- 
triotismos febriles,  defensas  de  ideas  impopulares, 
apologías  de  sistemas  inicuos,  todo  esto  iba  refle- 
jándose en  los  órganos  de  publicidad — por  orden 
cronológico  —  bajo  la  inspiración  de  espíritus  dis- 


(1)  Dábase  este  nombre  á  los  partidarios  del  general  Lecor,  y   decidi- 
dos parciales  de  la  anexión. 


28  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


crepantes  y  de  caracteres  opuestos  ;  siendo  de  no- 
tar que  los  que  hablaron  de  « independencia  »  en 
un  estilo  más  ó  menos  alegórico,  en  atención  L 
las  medidas  restrictivas  de  la  época,  eran  los  que 
merecían  en  el  fondo  la  acogida  benévola  de  una 
opinión  pública  por  entonces  pasiva  y  nada  peli- 
grosa en  apariencia. 

El  Semanario  Político  redactado  por  Manuel 
Arana,  subdito  portugués,  atacaba  en  1823  Ios- 
actos  del  General  Lecor  y  á  la  prensa  de  Río  Ja- 
neiro, que  á  su  vez  seguían  el  impulso  dado  al 
pueblo  brasileño  desde  la  aclamación  en  el  campe- 
de  Ipiranga.  Arana  era  uno  de  aquellos  escritores 
de  antaño  que  se  creían  inconmovibles  en  su  tri- 
buna mientras  sostuvieran  los  derechos  del  más 
fuerte;  y,  como  aparte  de  esa  convicción,  contaba^ 
él  con  el  apoyo  moral  del  Cabildo,  tenía  abierta  la 
suscripción  de  su  periódico  en  la  calle  del  Fuerte,, 
librería  de  Yánez,  y  repartía  cien  ejemplares  de- 
cada impreso  á  los  Voluntarios  del  Rey,  lo  que- 
era  un  lujo  extraordinario  de  propaganda  en  aquella, 
época  de  la  candileja  y  de  la  pajuela.  La  prédica, 
no  salía  con  todo  del  circuito  amurallado,  y  fué 
como  un  estertor  de  agonía  para  la  dominación 
portuguesa,  á  la  que  se  agregaron  bien  luego  corno- 
últimos  destellos  de  una  llama  que  muere  las  pro- 
pagandas de  El  Publicista  Mercantil,  y  de  Costa 
en  La  Gaceta. 

Lo  único  de  notable  que  ésta  denunciaba  á  me- 
diados de   1824,  era  el  hecho  de  la  aparición  en  el 


NATIVA  29 


puerto,  en  donde  echó  anclas,  del  primer  buque  á 
vapor  que  surcaba  las  aguas  del  Plata,  trayendo  al 
tope  la  bandera  inglesa ;  y  el  otro,  insertaba  como 
digno  final  de  sus  tareas  los  oficios  de  mutua  des- 
pedida entre  el  General  don  Alvaro  Da  Costa  co- 
mandante en  jefe  de  los  Voluntarios  Reales  y  el 
Cabildo  de  Montevideo.  Fuera  de  esto,  nada  más 
puede  exprimirse  de  sustancial  en  las  hojas  amari- 
llentas sobre  las  cuales  sudaban  parcamente  las 
prensas  de  la  Tipographia  do  Estado  ;  siendo  justo 
sin  embargo  consignar  aquí  que  todos  esos  perió- 
dicos al  defender  á  los  portugueses  fueron  buenos 
auxiliares  de  los  patriotas,  cuya  causa  patrocina- 
ban «  por  conveniencia  »  y  por  lealtad.  Pero,  los 
únicos  esfuerzos  intelectuales  que  en  realidad  tu- 
vieron influencia  benéfica,  porque  llegaron  á  rozar 
-en  lo  vivo  el  sentimiento  local  de  los  nativos,  fue- 
ron los  de  Díaz,  Vázquez  y  Giró,  contra  todas  las 
tendencias  conservadoras  de  los  García,  los  Obes 
y  los  Herrera,  marqueses  y  barones  convencidos 
de  una  monarquía  ideal.  Aquellos  periodistas,  ver- 
daderos precursores  de  la  prensa  libre  de  doctrina 
y  de  combate,  conocían  indudablemente  el  terreno 
en  que  ejercitaban  sus  fuerzas  mejor  que  los  caba- 
lleros sin  feudo  y  apasionados  de  la  heráldica  que 
consideraban  al  terruño  harto  pequeño  para  divi- 
dirse por  sí  solo  en  señoríos ;  mas,  si  bien  en  su 
prédica  invocaban  aspiraciones  realmente  popu- 
lares, estaban  lejos  de  sostener  el  principio  de  una 
independencia  absoluta  que  era  en  el  fondo  el  ideal 


30  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


de  los  orientales,  aunque  este  anhelo  constante  y 
ferviente  no  trascendiese  en  actos  ó  deliberación 
pública  alguna. 

Preciso  es  reconocer  que  si  no  lo  sostenían  en 
esa  forma,  no  era  porque  creyesen  que  con  la  de- 
saparición de  Artigas  del  teatro  de  la  lucha  había 
cesado  la  causa  de  resistencia  en  los  orientales  á 
reincorporarse  á  Buenos  aires  ó  á  cualquier  otro 
país ;  sino  porque  así  convenía  hacerlo,  desde  que 
el  señor  de  Pueyrredón  y  su  ministro  el  doctor 
Tagle  habían  sido  los  primeros  en  atribuir  á  la  sola 
voluntad  indómita  del  caudillo  lo  que  atribuir  de- 
bieron á  la  voluntad  indómita  de  la  masa. 

El  señor  Rivadavia,  más  perspicaz  tal  vez,  no 
participó  de  la  opinión  de  sus  antecesores,  y  por 
eso  las  promesas  del  gobierno  de  que  formaba  parte 
no  llegaron  á  cumplirse,  quedando  nuevamente  los 
orientales  en  el  período  de  que  hablamos,  rele- 
gados á  su  suerte. 

Con  todo,  la  prensa  contribuyó  á  los  propósi- 
tos certeros  de  la  logia  secreta.  Verdad  que  eran 
pocos  los  que  creían  en  sus  vaticinios  patrióticos 
ó  en  sus  visiones  proféticas  entre  la  clase  pen- 
sadora, que  nunca  tuvo  fe  en  el  instinto  y  en  el 
músculo  librados  á  su  sola  fiereza. 

El  espíritu  de  nacionalidad  seguía  en  incubación 
lenta ;  los  pasados  esfuerzos  locales  no  habían  aún 
dado  forma  á  su  obra,  que  no  era  una  obra  sin 
nombre,  pues  tenía  su  significación,  sus  alcances  al 
porvenir,  sus  lineamientos  claros  en  lo  presente  tra- 


NATIVA  31 


zados  con  las  puntas  del  sable  y  de  la  lanza  tintas 
en  sangre  generosa. 

En  el  fondo  de  esa  sociabilidad  sin  iniciativa  os- 
tensible, al  parecer  inerme,  persistía  no  obstante, 
como  hemos  dicho,  la  primitiva  tendencia  al  cambia 
con  la  propensión  nativa  á  la  rebeldía  y  á  la  acción. 
Estas  energías  viriles  no  podían  expandirse  y  di- 
fundir de  pago  en  pago  la  fiebre  de  la  pelea  como 
en  otros  días  no  lejanos,  hasta  tanto  no  se  recons- 
tituyese la  base  de  resistencia  que  consistía  en  la 
junción  de  los  egoísmos  locales  á  la  vez  que  en  la 
refundición  de  esfuerzos  en  sentido  de  la  unidad  de 
familia  y  de  un  destino  común. 

Tras  del  caudillo  sólo  había  quedado  denso  polvo» 
en  la  atmósfera  mezclado  á  la  sombra  de  una  gran 
derrota  gloriosa  ;  pero,  recordábanse  en  los  hogares 
algunos  nombres  que  eran  como  esperanzas  risue- 
ñas, á  la  vez  que  rayos  luminosos  de  los  primeros 
heroísmos  á  través  de  aquel  polvo  de  las  batallas 
sin  suerte,  y  aniversarios  de  sacrificios  cruentos  en 
defensa  del  terrón,  cuando  sólo  peleaba  un  grupa 
de  soldados  irregulares  contra  ejércitos  aguerridos, 
guerrilleros  contra  maniobristas,  oponiendo  al  nú- 
mero el  denuedo,  y  llevando  cargas  á  fondo  sobre 
la  estrategia  hábil  y  el  cuadro  doble. 

Así  fué  como  se  marcaron  con  sangre  desde  en- 
tonces en  el  mapa  geográfico  y  en  las  tablas  de  los 
anales,  los  nombres  de  India  Muerta  —  de  Ibira- 
coay  —  de  San  Borja  —  de  Corumbé  —  de  Agua- 
pey  —  del  Arapey  —  del  Catalán  —  campos  y  ríos 


32  E.   ACEVEI30  DÍAZ 


testigos  mudos  de  una  lucha  desesperada,  apenas 
alternada  por  algunas  victorias  estériles  cuyas 
dianas  se  perdieron  sin  eco  en  el  desierto. 


Tal  era  el  estado  de  las  cosas  y  de  los  espíritus,  en 
el  instante  histórico  y  preciso  en  que  comienza 
nuestro  relato,  —  desarrollo  lógico  del  plan  que  nos 
impusimos  en  nuestro  libro  anterior,  diseñando  allí 
sus  primeros  lincamientos. 

Esta  introducción  se  hacía  necesaria  para  vin- 
cular épocas  y  eslabonar  sucesos,  y  también  para 
dar  una  idea  clara  en  sus  efectos  de  las  causas  im- 
pulsivas y  móviles  determinantes  de  los  actos,  es- 
fuerzos y  sacrificios  de  patriotismo  de  la  genera- 
ción heroica  que  no  creyó  concluida  su  obra  gene- 
rosa hasta  después  que  declaró  á  la  faz  del  mundo 
que  su  tierra  era  ya  independiente  de  todo  poder  ex- 
tranjero, y  que  se  imponía  como  forma  definitiva  de 
gobierno  las  instituciones  libres  ;  —  no  para  desco- 
nocerlas y  deshonrarlas,  sino  para  trasmitirlas  á 
la  prole  nutrida  con  sangre  de  valientes  y  sudores 
de  martirio,  á  fin  de  que  ella  las  llevase  sin  co- 
bardías ni  vacilaciones  hasta  sus  últimas  conse- 
cuencias. 


u 


EL    MEDIO    AMBIENTE 


Buenos  tiempos  aquellos  en  que  la  ciudad  de 
San  Felipe  no  era  más  que  un  hacinamiento  con- 
fuso  de  casas  bajas  sin  revoque,  con  techos  de  teja 
distribuidas  y  alineadas  en  calles  muy  estrechas 
sin  solado  firme,  llenas  de  lodo,  alumbradas  con 
velas  de  sebo  en  faroles  de  pescante,  con  plazas  en 
que  crecían  hierbas  y  pacían  bestias,  campanarios 
al  ras  de  las  cumbreras,  cementerios  dentro  del  re- 
cinto, casernas  de  granito  y  negros  trozos  de  mu- 
ralla como  roto  cinturón,  dispersos  hacia  el  norte 
y  el  levante  entre  pantanos  y  malezas !  Por  en- 
tonces la  plaza  de  la  Matriz  servía  de  mercado  ó  fe- 
ria realizándose  allí  sobre  los  cordones  de  la  vereda, 
junto  á  postes  y  cadenas,  las  ventas  y  compras  de 
legumbres,  hortalizas,  pasteles,  frutas  y  mazamorra 
con  leche,  confundidas  todas  las  clases  y  razas, 
blancos,  negros,  pardos,  zambos,  cambujos,  indios  ; 

3 


34  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


propietarios,  mercaderes,  militares  y  esclavos  ;  con 
calzones  de  tres  botones  unos,  de  uniformes  otros, 
de  chiripaes  éstos,  aquéllos  de  melena  y  poncho,  en 
tanto  una  de  las  charangas  lusitanas  provista  de 
«  chinchín  »  con  adornos  de  cerdas,  lanzaba  á  los 
aires  sus  marciales  ecos  desde  la  acera  del  Ca- 
bildo. 

Tiempos  famosos  aquellos  de  usos  y  costumbres 
sencillas,  en  que  los  goces  y  novedades  sociales  se 
reducían  al  cuento  y  á  la  intriga  en  las  salas  de 
pesados  cortinados,  y  la  virtud  era  tan  austera  que 
por  la  menor  falta  se  reducía  á  penitencia  una  don- 
cella en  la  casa  de  ejercicios,  bajo  la  dura  regla  de 
la  beata  mercedaria  Sor  María  de  Jesús  ;  en  que  se 
llevaba  el  rapé  blanquillo  ó  colorado  en  cajas  con 
música,  usándolo  como  quien  aspira  oxígeno  puro 
hasta  las  mismas  ancianas  pulcras ;  en  que  el  recato 
iba  al  extremo  de  no  mirar  con  fijeza  á  los  hom- 
bres, y  el  sentimiento  del  pudor  al  punto  de  no  en- 
señar jamás  las  vírgenes  en  sus  composturas  y  mo- 
das ni  el  nacimiento  siquiera  de  la  garganta.  ¡  Ya 
están  lejos ! 

En  tales  épocas,  la  inocencia  colonial  no  había 
sufrido  merma  alguna :  se  conservaba  íntegra,  atri- 
buyéndose el  milagro  á  la  educación  de  convento. 
Si  una  pierna  hermosa  mostraba  la  liga,  el  pecado 
era  grave ;  prohibido  también  estaba  bajo  pena  de 
reclusión  el  amorío  con  el  rabillo  del  ojo.  Este 
hecho,  no  consentido  por  la  autoridad  paterna,  com- 
prometía seriamente  el  porvenir  de  una  doncella. 


NATIVA  35 


A  purgar  esas  y  otras  transgresiones  de  la  ley 
moral,  llamaba  cada  mañana  la  campana  tartajosa 
de  San  Francisco. 

A  veces  la  concurrencia  era  tan  numerosa  que 
el  recinto  aparecía  muy  reducido,  y  tan  densa  la 
atmósfera,  que  se  hacía  necesario  habilitar  el  atrio 
para  los  sermones  en  días  bonancibles.  En  concepto 
de  algún  circunstante  campesino,  «  el  aire  de  aden- 
tro podía  cortarse  en  tajadas  por  lo  espeso  ». 

Limpias  las  conciencias,  bien  podía  irse  al  teatro. 

Cerca  éste  del  Fuerte,  con  unas  puertecicas  que 
obligaban  al  concurrente  á  clavar  la  barba  en  el 
pecho  al  penetrar  en  un  vestíbulo  de  circo,  ofre- 
cía en  su  interior  á  la  claridad  dudosa  de  un  gran 
disco  de  candilejas  el  aspecto  de  un  retablo  corre- 
gido y  aumentado  de  maese  Pedro,  dada  la  pers- 
pectiva del  escenario,  el  género  del  espectáculo  y  el 
vestuario  pintoresco  de  los  cómicos  de  la  legua  que 
declamaban  á  asfixiarse  más  que  en  beneficio  de 
la  pieza  clásica,  en  el  interés  del  aplauso.  La  asis- 
tencia del  gobernador  y  de  los  jefes  superiores  en  los 
palcos,  así  como  la  de  damas  principales  engalana- 
das de  prendas  de  oro  y  brillantes  que  hacían  juego 
con  las  presillas,  medallas  y  galones  militares,  y 
correspondían  al  frac  y  chaleco  blanco  de  raso  de 
los  caballeros,  daba  tono  al  centro  y  poderoso  estí- 
mulo á  los  personajes  que  se  movían  desaforados 
en  las  tablas.  Mientras  en  éstas  se  mutilaba  sin 
piedad  á  Calderón  de  la  Barca,  sorbíase  rapé  co  n 
disimulo  y  funcionaba  el  catalejo. 


3G  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Aparte  de  este  inocente  entretenimiento,  el  bello 
sexo  tenía  también  el  de  bailes  y  saraos  para  re- 
sarcirse de  las  largas  horas  de  oratorio  y  místicas 
vigilias  en  rosarios  y  misas  de  alba.  Desplegábase 
en  esas  exhibiciones,  no  muy  frecuentes,  en  la  casa 
de  gobierno  ó  en  la  capitular,  lujo  extremo  y  buen 
gusto:  descollando  las  cabezas  y  bustos  hermosos 
con  el  peinado  á  lo  María  Luisa,  los  pies  pequeños 
dentro  del  zapato  blanco  con  flores  de  oro  y  los 
brazos  de  formas  tornátiles  cubiertos  á  mitad 
por  el  guantelete  fino.  Los  rulos  naturales  y  per- 
fumados jugaban  al  descuido  rozando  á  la  pareja 
en  la  contradanza  y  el  minué,  y  domeñaban  sua- 
viter  in  modo  la  soberbia  del  conquistador.  De 
ahí  que,  al  bailarse  luego  las  reposadas  cuadrillas, 
los  rostros  lusitanos  aparecieran  encendidos.  Este 
efecto  de  los  « tirabuzones  »  solía  así  ser  superior  al 
de  la  mirada  y  la  sonrisa. 

Los  centros  escogidos  para  los  hombres,  eran  los 
cafés.  En  salones  estrechos  y  bien  ahumados  por 
el  tabaco,  reuníanse  en  las  primeras  horas  de  la 
noche,  y  platicaban  sobre  los  asuntos  de  interés 
preferente  con  la  mesura  que  las  circunstancias 
exigían. 

Hacíase  también  tertulia  en  varias  casas  parti- 
culares de  españoles  viejos  y  de  «  lagunistas  »  de- 
cididos, ó  sea  partidarios  de  la  anexión.  El  pro  y  el 
contra  en  estas  reuniones  aristocráticas  llegaban 
á  asumir  proporciones  de  disputa  de  barrio,  pues, 
como  en  toda  época  difícil,  todos  tendían  á  buscar 
en  la  escena  su  colocación  más   conveniente. 


NATIVA  37 


En  la  calle  denominada  más  tarde  de  Treinta  y 
Tres,  extendíase  hasta  una  y  otra  costa  del  río  una 
línea  de  casuchas,  cobertizos  y  barracas, —  mora- 
das de  gente  pobre.  Olíase  en  todo  ese  trayecto  á 
palometa  y  pescadilla  de  rey,  y  exhibíanse  á  los 
ojos  de  los  transeúntes  remangas,  aparejos  y  redes 
de  jorro,  cañas  y  relingas,  piolas  y  plomadas,  así 
como  hombres  descalzos  cargados  de  palancas  y' 
de  peces.  Alas  interesante  que  todo  eso  á  no  du- 
darlo, según  la  tradición,  era  la  abundancia  de  ros- 
tros lindos  en  la  prole  femenina ;  afirman  que  allí 
brillaban  tantos  ojos  expresivos  y  lucíanse  tantos 
gentiles  cuerpos,  que  la  galante  oficialidad  portu- 
guesa afluía  en  masa  al  barrio  de  los  pescadores 
con  intento  de  bucear  en  la  seguridad  de  encon- 
trar perlas. 

Hacia  la  parte  del  mediodía,  á  poca  distancia,  la 
escena  cambiaba  por  completo:  chatos  edificios  dis- 
persos de  ladrillo  desnudo  en  callejones  tortuosa- 
mente delineados,  eran  madrigueras  de  negros  afri- 
canos y  de  zambos  donde  se  bailaba  á  la  luz  del 
candil,  única  que  en  ciertas  noches  hendía  á  tre- 
chos las  tinieblas  después  del  toque  de  queda. 

A  este  barrio  costanero  concurría  con  guitarras 
el  peonaje  de  carretas  del  hueco  de  la  Cruz  para 
mezclar  á  sus  hábitos  de  campo  un  poco  del  placer 
de  poblado,  refinando  en  algo  el  gusto  silvestre 
con  la  tosca  golosina  del  suburbio:  germinación  y 


38  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


principio  del  tipo  híbrido  que  había  de  desarro- 
llarse y  difundirse  paulatinamente  en  las  afueras 
en  el  andar  del  tiempo,  sin  llegar  al  nivel  del  hom- 
bre de  ciudad  ni  ponerse  á  la  altura  del  gaucho 
altanero. 

El  baile  del  «  candil  »  debía  ser  el  precedente 
forzoso  del  baile  de  «  academia  ».  El  tipo  primitivo 
empezaba  á  derivar  por  ley  de  evolución ;  y,  como 
el  avestruz  macho,  incubaba  sin  saberlo  el  huevo 
del  «  compadrito  »  al  calor  del  vaho  del  conventi- 
llo y  del  sensualismo  grosero. 

En  cambio  de  estas  clases  que  no  se  alzaban  del 
nivel  común  por  la  naturaleza  del  sistema  impe- 
rante y  la  índole  misma  de  su  origen,  coexistían 
otras  dos  sin  excluirse  ni  chocarse ;  por  el  contra- 
rio, vinculadas  sólidamente,  mantenían  el  equili- 
brio de  los  intereses  económicos  y  financieros  sus- 
tentando con  sus  robustas  fuerzas  las  situaciones 
más  difíciles,  como  que  eran  las  que  explotaban 
las  fuentes  de  la  producción  y  el  trabajo.  Bajo  tal 
forma  debían  reputarse  los  comerciantes  y  gana- 
deros ó  hacendados.  Los  primeros  constituían  una 
clase  verdaderamente  privilegiada,  formando  con 
las  segundas  un  rango  superior ;  teniendo  como 
reglas  de  procederes  viejas  leyes  y  estatutos  co- 
loniales que  se  consideraban  en  su  aplicación 
como  inviolables.  El  tribunal  del  Consulado  había 
dado  en  su  carácter  de  institución  excepcional,  se- 
riedad y  tono  á  este  gremio :  el  que  por  otra  parte 
se  imponía  por  sí  mismo,  á  partir  de  la  proverbial 
honradez  de  sus  actos. 


X  ATI  VA  39 


Si  bien  eran  limitados  los  capitales  en  giro,  lle- 
naban por  completo  las  exigencias  del  mercado  ; 
y  aun  se  atesoraba,  sin  tirantez  ni  usura.  Los  es- 
tancieros dueños  de  la  grande  propiedad, — no  co- 
nocida entonces  la  pequeña  sino  en  reducida  escala 
y  por  lo  mismo,  embrionarias  la  agricultura  é  in- 
dustrias accesorias,  —  constituían  á  su  vez  un  factor 
poderoso,  y  quizás  la  piedra  angular  de  la  vida 
económica.  De  tal  modo  primaba  como  industria 
el  pastoreo,  que  las  demás,  sin  excluir  la  de  trans- 
portes tan  necesaria  á  su  incremento,  nacían  y  se 
desarrollaban  anémicas,  ya  que  no  se  extinguie- 
ran en  breve  tiempo,  como  las  plantas  que  bro- 
tan á  la  sombra  del  «  yatahy  »  ó  del  «  ahué  »  le- 
gendario. 

En  esas  grandes  propiedades, —  á  veces  comarcas 
enteras,  —  pacían  numerosos  ganados,  que  cuida- 
ban pastores  de  índole  tan  bravia  como  la  de  los 
mismos  toros  indómitos.  ¡  Las  soledades  nivelaban 
los  instintos ! 

Sustraíanse  por  épocas  inmensos  rebaños ;  con- 
sumían multitud  de  reses  los  ejércitos;  ocultábase 
en  los  montes  por  falta  de  rodeo  la  flor  misma 
de  la  hacienda  vacuna ;  pero,  todo  eso  no  dismi- 
nuía de  una  manera  sensible  la  cantidad  enorme 
de  animales  útiles  esparcidos  en  abruptas  sierras 
y  feraces  campiñas  como  una  bendición  del  suelo. 
La  riqueza  pecuaria  pues,  merecía  ser  calificada 
de  don  natural,  desde  que  en  nada  se  hacían  sen- 
tir por   entonces  la   previsión  y  el  cuidado   para 


40  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


su  aumento,  mejoramiento  y  cruza.  El  crecimiento 
espontáneo  suplía  al  esfuerzo  del  hombre,  y  no 
importaba  mucho  al  grande  propietario  que  un  ter- 
cio de  los  novillos  gordos  se  hubiesen  hecho  ci- 
marrones, y  que  la  lana  de  sus  ovejas  fuese  or- 
dinaria y  tosca,  y  llevase  de  adorno  mil  abrojos 
y  flechillas.  ¡  Cosas  del  tiempo,  y  virtudes  del 
clima ! 

Por  no  desautorizar  sin  embargo,  el  sentencioso 
dicho  de  que  el  ojo  del  amo  engorda  el  buey,  casi 
todos  los  hacendados  abandonaban  la  ciudad  en 
ciertos  meses  del  año,  acompañados  de  sus  fami- 
lias, para  ponerse  al  frente  de  sus  estancias  y  vi- 
gilar de  cerca  las  faenas,  tomando  en  ellas  alguna 
parte  activa. 

Aparte  del  móvil  del  interés,  cedíase  también 
á  un  hábito  consagrado,  cual  era  el  de  procurarse 
el  aire  libre  y  los  placeres  campestres  en  la  es- 
tación estival.  La  atmósfera  de  Montevideo  du- 
rante los  calores,  y  la  falta  de  mayores  alicientes 
dentro  de  la  esfera  de  una  existencia  rutinaria, 
agravada  por  el  sistema  opresivo  de  los  domina- 
dores, impelía  á  los  nativos  á  alejarse  sin  pena 
en  busca  de  goces  más  tranquilos.  De  ahí  que 
los  hacendados  aun  á  riesgo  de  contrariedades 
frecuentes  por  el  estado  de  desasosiego  en  que 
se  encontraba  la  campaña,  pasasen  largas  tem- 
poradas en  sus  establecimientos,  invierno  y  ve- 
rano, á  veces  ;  más  dispuestos  á  sufrir  aquéllos  que 
á  vegetar  en  una  atmósfera  viciada,  tolerando  en 


NATIVA  41 


silencio  actos  depresivos  de  gobierno  y  miserias  de 
cortesanos. 

Siempre  se  respiraba  en  los  campos  un  aire  puro, 
y  la  pluma  del  ñandú  se  agitaba  al  soplo  del  pam- 
pero en  la  cabeza  de  los  caciques  ! 


III 


LOS    TRES    OMBUES 


Denominábase  así  una  estancia  situada  sobre  la 
margen  del  río  Santa  Lucía,  hacia  sus  primeros 
afluentes;  considerada  entonces  por  sus  numerosos 
ganados  vacuno  y  yeguar  como  uno  de  los  me- 
jores establecimientos  de  campo. 

Pertenecía  al  hacendado  don  Luciano  Robledo, 
criollo  opulento  y  bien  querido,  sin  que  esto  hu- 
biera sido  parte  á  que  en  las  pasadas  guerras  se 
le  hubiese  respetado  en  sus  intereses  en  la  me- 
dida del  aprecio  y  buena  fama  de  que  gozaba. 

El  casco,  «tronco»  ó  casa  principal  se  compo- 
nía de  un  rancho  de  techo  de  paja  brava,  «  cum- 
brera »  y  costaneras  de  « lapachillo  »  y  «  sauce  ne- 
gro», «tijeras»  de  quebracho,  paredes  de  «cebato» 
ó  quincha  con  entretejidos  de  ramas  de  «  ñanga- 
piré  » ;  dos  ventanillas  á  la  parte  del  oriente  de  al- 
féizares adornadas  con  macetas  de  rosas  y  clave- 


NATIVA         .  43 


les;  puertas  bajas  y  estrechas,  pero  de  buenos  ce- 
rrojos; y  tres  habitaciones  —  dos  dormitorios  á  los 
costados  y  en  el  centro  el  comedor,  sin  otro  so- 
lado que  la  costra  dura  y   seca  con    buen    nivel. 

Paralelo  á  éste  se  levantaba  á  pocos  metros  otro 
rancho  de  dos  piezas  para  peones,  una  enramada 
y  cocina.  Como  adherencia,  un  horno  pequeño 
también  de  «cebato».  En  la  cocina  durante  las 
primeras  horas  de  la  noche,  ardían  dos  candiles, 
que  unidos  á  las  luces  del  comedor  formaban  una 
buena  «luminaria»  según  el  capataz.  Las  de  la 
•cocina  consistían  en  dos  cucharones  ya  inválidos 
llenos  de  sebo,  con  dos  mechas  de  trapo  por 
núcleos  de  combustión,  cuyos  cucharones  repo- 
saban en  dos  marcas  de  hierro  inservibles  á 
su  vez  clavadas  por  los  mangos  en  el  suelo  á 
poca  distancia  del  fogón.  Extinguida  esta  «lumi- 
naria »,  quedaba  el  fuego  alimentado  por  grandes 
ramas,  de  manera  que  en  las  altas  horas,  y  aun 
cuando  en  parte  las  cubriesen  las  cenizas,  enor- 
mes brasas  reflejaban  al  exterior  su  rojiza  lumbre, 
y  servían  para  una  nueva  hoguera  al  despuntar 
la   aurora. 

En  medio  del  patio  formado  por  los  dos  com- 
partimientos, se  veía  el  barril  de  agua  sobre  su 
rastra,  y  en  desorden  algunos  arbolillos,  enredade- 
ras agrestes,  plantas  de  saúco,  recios  higuerones  y 
hermosos  laureles. 

Notábase  aseo  en  el  conjunto.  El  piso  de  tierra 
-duro  limpio  de  hierbas,   tanto  en  el  patio  como  en 


44  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


las  veredas  cubiertas  en  parte  por  los  aleros,  se 
extendía  plano  por  los  contornos  hasta  la  entrada 
de  una  pequeña  huerta  llena  de  legumbres,  tron- 
chudas hortalizas,  albahacas,  matas  de  sandías  y 
gramíneas  en  grupo  hinchadas  de  espigas. 

La  morada  no  dejaba  de  ser  alegre,  pues  estaba 
blanqueada  en  su  exterior  y  por  dentro  ;  las  puer- 
tas y  ventanillas  tenían  su  mano  de  pintura  verde; 
las  plantas  crecían  airosas  por  el  cuidado  asiduo; 
y  todo  en  sus  detalles  revelaba  la  sencillez  de  cos- 
tumbres del  tiempo.  Verdad  que,  en  muchos  sitios, 
lo  negruzco  del  «  cebato  »  se  imponía  á  la  capa  de 
cal,  y  la  madera  tosca  mal  cepillada,  al  verdigay 
de  la  pintura;  pero  no  era  posible  exigir  más  en 
una  estancia  de  hacendado  rico,  pues  eso  mismo 
era  un  lujo,  el  que  no  privaba  á  las  avecillas  y  á 
los  insectos  que  coparticipasen  con  toda  inocencia 
de  sus  ventajas. 

En  los  extremos  de  troncos  de  las  «  tijeras»,  los 
«mangangaes»  de  fuerte  aguijón  habían  horadado 
la  madera  fabricando  hondas  cuevas,  á  los  bordes 
de  cuyas  aberturas  circulares  formaban  excrecen- 
cias amarillas  los  residuos  de  su  miel  ardiente  ;  y 
en  ciertas  horas  veíanse  llegar  los  vellosos  insectos 
color  de  tabaco  con  sus  presas  entre  las  antenas 
fornidas,  revolotear  irritados  en  redor  de  las  cabe- 
zas de  los  que  en  el  patio  estaban,  zumbar  un  mo- 
mento ante  sus  cuevas  como  inmóviles  en  el  aire 
al  batir  rápido  de  sus  alas  vidriosas  semejantes  al 
hielo  de  los  charcos,  y  sepultarse  al  fin  en  sus  tu- 


NATIVA  45 


gurios  con  el  dardo  temible  á  la  vista  móvil  y  re- 
tráctil, por  si  acaso  venía  una  agresión  por  reta- 
guardia, lo  que  solía  ocurrir  cuando  á  alguna 
traviesa  se  le  antojaba  pincharlos  con  una  pajita. 

Debajo  de  los  aleros,  el  movimiento  de  vida 
era  mayor.  Allí,  entre  la  pared  de  «cebato»  y  la 
techumbre  de  paja  brava,  como  si  las  aves  la  con- 
siderasen masiega  enorme  sobre  colosal  terrón,  ha- 
bían formado  golondrinas  y  «ratoneras»  sus  nidos 
primorosos  de  plumas  y  ramitas  en  gran  cantidad; 
de  modo  que,  siendo  el  período  de  la  cría,  sentíase 
al  oscurecer  y  al  alumbrar  el  día  un  piar  confuso 
y  plañidero  que  llegaba  á  revestir  las  proporciones 
de  un  coro  ó  de  una  orquesta  de  flautas  cuando  se 
entraban  las  pequeñas  madres  con  gusanillos  y 
lombrices  de  tierra  en  los  picos  sacudiendo  sobre 
las  nidadas  sus  alas  rumorosas. 

El  cerco  de  la  huerta  era  mixto.  De  un  lado 
palos  de  sauce  y  molles  á  pique,  asegurados  por 
guascas  peludas;  de  otro,  exóticos  agaves  espino- 
sos ya  provectos  en  su  mayor  parte,  pues  con  ra- 
ras excepciones,  de  cada  planta  que  extendía  á  to- 
dos rumbos  sus  hojas  erizadas  de  pinchos  se  ele- 
vaba robusto  un  pitaco  solo  comparable  á  un  tu- 
bérculo ó  á  un  espárrago  gigantesco,  provisto  de 
barbas  fibrosas  de  un  color  negruzco  como  el  del 
cogollo.  Estos  frutos  ó  vastagos  únicos  del  agave, 
que  hienden  el  espacio  á  gran  altura  como  últi- 
mas manifestaciones  de  la  fecundidad  y  de  la 
energía  de  la    pita  que  luego  se  seca    y    muere 


46  E.    ACEVEDO  DÍAZ 


después  de  haber  alimentado  con  sus  hojas  car- 
nudas á  los  grandes  bueyes  aradores,  no  surgen 
ni  crecen  simultáneamente  sino  según  la  edad  ó- 
grado  de  desarrollo  de  la  planta.  Por  manera 
que,  de  una  parte  veíanse  pitacos  nacientes,  blan- 
dos y  jugosos  en  la  cúspide,  al  punto  de  poder 
ser  allí  tronchados  á  un  golpe  de  cuchillo,  con 
su  corteza  verde- esmeralda  y  su  extremidad  có- 
nica así  tierna  como  el  casquete  de  un  hongo; 
y  por  otra,  liseras  fornidas  de  coraza  dura,  con 
sus  brazos  recios  en  forma  de  arcos  y  sus  rami- 
lletes macizos  remedando  candelabros  de  antiguos 
veladores,  en  cuyas  anteras  amarillentas  venían 
los  colibríes  en  la  hora  del  crepúsculo  á  libar 
su  agreste  polen.  Trepadoras  de  florecillas  mora- 
das se  enroscaban  desde  la  raíz  al  pitaco  en  cier- 
tos ejemplares,  formando  espirales  de  largas  guías 
que  en  algunas  se  extendían  lejos  en  pintoresca 
confusión. 

Algo  más  allá  del  cerco,  copudos  y  ramosos,  se 
elevaban  tres  ombúes  de  amplia  circunferencia, 
troncos  gruesos  de  corteza  ya  grietada,  raíces 
enormes  que  serpeaban  sobre  el  nivel  hendido, 
horcaduras  en  diversos  ramales  que  servían  de  le- 
chos á  los  gallináceos  caseros,  y  grandes  racimos 
de  frutos  verde-mar  muy  nutridos  y  compactos. 
Estos  colosos  tenían  ya  la  cabeza  calva  y  algu- 
nos claros  en  derredor,  por  donde  penetraban  ve- 
loces con  las  alas  tendidas  en  busca  de  sombra, 
tordos  y  urracas  bullangueras. 


NATIVA  47 


Veíase  á  poca  distancia  un  corral  pequeño  para 
majada  del  «tronco»  circuido  de  cardos  en  flor, 
de  torcidos  y  nudosos  postes  sujetos  con  tiras  de 
piel  vacuna,  cerrado  en  la  entrada  por  maderos 
entrelazados,  de  un  piso  blando  y  esponjoso  en 
su  interior,  resultante  de  ocho  ó  diez  capas  de 
residuos,  del  que  se  alzaban  efluvios  azulados  bajo 
los  ardores  solares  á  modo  de  humareda  de  ar- 
didos cuyo  fuego  no  se  nota.  Estos  vapores  ó 
exhalaciones  brumosas  cesaban  así  que  la  pe- 
zuña del  enjambre  oprimía  la  inmensa  esponja  y 
que  nuevos  materiales  aumentaban  su  nivel,  para 
continuar  al  día  siguiente  en  densa  niebla,  adu- 
nadas las  humedades  del  piso  con  el  relente  de 
la  noche. 

Junto  al  corral,  hacia  el  bajo  de  la  loma,  se 
alzaba  un  rancho  en  ruinas  lleno  de  agujeros  con 
s»  «  quinchado  »  de  paja  hecho  polvo  por  las  llu- 
vias, paredes  de  tierra  y  cañas  abiertas  por  do- 
quiera y  mostrando  puntas  agudas  de  travesanos 
y  varas,  desmoronado  en  la  parte  superior  del 
«  mojinete  »,  con  una  puerta  transformada  en  bo- 
querón deforme  y  un  ventanillo  hecho  ojiva  des- 
comunal por  la  acción  del  tiempo.  De  entre  la 
paja  disuelta  salían  «  yuyos  »  y  borrajas,  así  como 
del  que  fué  pavimento  ahora  recorrido  por  ba- 
tracios y  culebras. 

El  cardo  borriqueño  con  sus  largas  pencas  y 
alcachofas  circunvalaba  la  ruina  en  grandes  ma- 
tas, y  la  cicuta  formaba    espeso    boscaje    en    un 


48  E.  ACEVEDO   DÍAZ 


extremo  borrando  toda  huella  de  planta  hu- 
mana. En  el  interior,  de  una  de  las  « tacuaras  » 
laterales  y  sujeto  á  un  gancho  de  asta  de  ve- 
nado prendido  á  su  vez  en  otro  de  alambre  viejo, 
pendía  una  lonja  de  cuero  duro,  que  había  sido 
quizás  la  codicia  constante  del  «tucu-tucu»  y  de 
la  comadreja  durante  largos  meses. 

Después  de  estos  escombros,  la  soledad  exten- 
díase por  delante  con  su  naturaleza  selvática  llena 
de  accidentes  y  verdores  eternos,  murmurios  de 
caudales  de  agua  cristalina  y  sordos  rumores  de 
ganados,  que  en  la  puesta  del  sol  se  aglomera- 
ban en  una  meseta  á  paso  tardo  entre  bramidos, 
parándose  á  intervalos  para  arrojar  la  tierra  por 
encima  de  los  lomos  recalentados  ó  para  chocar 
sus  cuernos  con  ruido  seco  y  estridente. 

Por  esos  sitios  y  á  tales  horas  las  perdices  en 
parejas  buscaban  su  hierba  favorita  ó  sus  gusa- 
nillos de  tierra;  la  gama  erguía  su  cabeza  airosa 
á  la  orilla  de  algún  bañado  para  lanzarse  á  la 
carrera  entre  los  arbustos,  encorvado  en  forma 
de  asa  su  apéndice  caudal ;  y  los  ñandúes  en  gru- 
pos subían  la  ladera  á  paso  mesurado,  el  cuello 
tieso,  silbando  melancólicos  en  coro  extraño  con 
múltiples  reptiles. 

En  el  fondo  del  declive  de  la  alti-llanura  que 
formaban  en  su  nexo  las  cuchillas,  seguían  entre 
breñas  su  trayectoria  culebreando  las  aguas  de 
un  riacho  que  concluía  en  plano  descendente  á 
espaldas  de  la  huerta.  Esta  adyacencia  de  aguas 


NATIVA  49 


á  la  tierra  ligera  de  la  planicie  de  capa  vegetal 
mediocre,  siempre  dominada  por  la  sílice,  daba 
incremento  á  las  malezas,  á  la  mielga  y  al  tré- 
bol, acumulando  en  su  ribazo  un  verdadero  bos- 
caje verde  y  denso. 

En  el  borde  opuesto,  sobre  un  plano  hendido 
que  no  era  más  que  un  estero,  diversas  hoyas  ó 
charcas  por  él  alimentadas  daban  vigor  y  vida 
á  los  pajales,  á  las  cardas,  á  los  «  ceibos  »  y  á 
los  juncos  en  enmarañado  mapa  de  masiegas,  tra- 
zos ramosos,  islas  de  arbustos  y  prodigiosa  masa 
de  rectos  bastones  que  encubrían  esas  humeda- 
des tan  queridas  de  los  palmípedos,  así  como  tre- 
medales temibles  y   «  cañadas  »   silenciosas. 

En  la  hondonada  profunda  corría  el  río,  orlado 
de  montes  en  sus  dos  riberas. 

De  una  á  otra  escarpa  del  río,  el  doble  velo 
ó  cortina  de  vegetación,  ora  tendiéndose  amplio 
á  lo  largo  de  las  márgenes  sin  dejar  en  descu- 
bierto claro  alguno,  ya  ocultándose  en  los  reco- 
dos bruscos  del  terreno  para  reaparecer  á  lo  le- 
jos siempre  lozano  y  verde  como  un  saurio  co- 
losal que  escondiera  en  el  horizonte  la  cabeza, 
presentaba  desde  la  alti-llanura  el  aspecto  de  un 
solo  bosque  tupido  é  inaccesible  sin  permitir  se- 
guir á  la  mirada  las  sinuosidades  y  caracoleos 
caprichosos  de  la  cuenca. 


50  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Algo  encantaba  sin  embargo,  estos  lugares  so- 
litarios ;  y  era  la  presencia  en  el  pago  de  las  dos 
hijas  del  hacendado  don  Luciano  Robledo,  Na- 
talia y  Dorila ;  quienes,  huérfanas  de  madre,  le 
acompañaban  siempre  en  sus  excursiones  obli- 
gadas á  la  estancia. 

Ni  una  ni  otra  se  hacían  en  ello  violencia. 
Algunos  meses  de  campo  no  las  fatigaban,  habi- 
tuadas desde  muy  niñas  á  la  vida  promiscua  de 
pueblo  y  campaña.  Por  otra  parte,  sus  goces  ha- 
bían sido  siempre  limitados.  La  educación  del 
tiempo  no  daba  lugar  al  refinamiento  de  gustos ; 
y  de  ahí  que  don  Luciano  recordase  con  frecuen- 
cia aquel  proverbio  «á  lo  que  te  criastes»,  cuando 
se  exigía  de  él  algo  que  no  fuese  discreto  ó  no 
se  encuadrase  dentro  del  plan  de  su  economía 
doméstica. 

Si  bien  Natalia  tenía  el  cabello  castaño,  lla- 
mábanle Nata  la  rubia,  para  distinguirla  de  otra 
de  su  mismo  nombre,  pero  muy  morena,  que  vi- 
vía en  el  campo  vecino,  y  era  como  la  virgen 
del  pago  por  antigüedad  y  fama. 

Nuestra  «  rubia  »  superaba  en  exceso  con  todo, 
las  gracias  de  su  rival,  sin  dejar  de  ser  criolla  y 
tan  dada  como  aquélla  á  la  vida  campestre.  Te- 
nía unos  ojos  garzos  grandes  con  pestañas  es- 
pesas y  cejas  admirablemente  arqueadas  de  un 
color  casi  dorado,  la  nariz  fina  y  correcta,  el  cu- 


SATIVA  51 


tis  blanco  sembrado  de  rosas  frescas,  pequeña 
la  boca  de  labios  finos,  muy  rojos,  húmedos 
y  un  tanto  fruncidos,  verdadera  flor  de  carne 
que  al  entreabrirse  mostraba  una  doble  fila  de 
dientes  tan  reducidos  en  su  tamaño,  limpios  y 
parejos,  que  bien  parecían  obra  de  artificio ;  la 
barba  recogida  hacia  adelante  con  un  hoyito  en 
el  medio,  el  óvalo  perfecto  con  esa  pelusilla  pro- 
pia de  fruta  incitante,  erguido  y  saliente  el  busto, 
cuanto  era  de  curvo  el  torso  —  como  de  persona 
que  se  ha  ejercitado  siempre  en  el  caballo ;  y, 
por  último,  la  mano  y  el  pie  armónicos ;  vale 
decir,  éste  de  empeine  alto  y  ancho,  aunque 
corto,  y  aquélla  de  dedos  regordetes  con  algu- 
nas grietas  y  punzadas  de  aguja  en    las    yemas. 

Esparcíase  por  el  rostro  de  esta  joven  tal  aire  de 
dulzura  y  candidez  que  inspiraba  simpatía  á  pri- 
mera vista,  como  si  en  él  se  retratase  toda  su  vida 
interna,  así  cual  se  reflejan  en  melancólicas  som- 
bras los  árboles,  las  nubes  y  las  aves  fugitivas  en 
el  remanso  tranquilo  de  un  arroyo. 

Su  hermana  Dorila  menor  que  ella,  pues  con- 
taba diez  y  siete  años,  de  estatura  media,  delgada 
y  flexible  como  un  gajo  de  membrillo,  morocha 
pálida  de  ojos  pardos  muy  vivos  y  penetrantes, 
muchas  cejas,  fosas  hondas  y  oscuras,  nariz  de  alas 
abiertas,  boca  grande  de  labio  inferior  carnudo,  un 
lunarcillo  sombrío  cerca  del  hoyuelo  de  la  barba, 
el  pabellón  de  la  oreja  pequeña  bien  ajustado  al 
rostro,  cabellera  negra  abundosa  cuyas  trenzas  for- 


E.   ACEVEDO  DÍAZ 


maban  en  sus  extremos  como  penachos  de  crespas 
hebras,  y  pie  bien  ceñido  al  zapato,  era  una  joven 
nerviosa  é  inquieta  á  quien  parecíale  bien  hacer 
siempre  su  gusto,  sin  que  la  libertad  de  que  gozaba 
impidiera,  no  obstante,  que  á  su  corta  edad  cavilase 
á  ocasiones  y  cayese  en  hondas  tristezas  después 
de  exageradas  alegrías. 

Alguna  vez  se  había  observado,  después  de  una 
carrera  frenética  en  caballo  criollo  mal  domado  de 
crines  á  retazos,  copete  ralo  y  cola  convertida  en 
escoba  por  los  abrojos  —  ya  detrás  de  la  manada 
arisca,  ya  en  pos  de  los  ñandúes  salvajes,  —  que 
ella  se  apeaba  junto  al  río,  en  la  barranca  del  vado, 
y  largando  el  cabestro,  se  sentaba  en  algún  terrón 
del  ribazo  con  la  mano  en  la  mejilla  y  la  mirada  fija 
en  el  agua  dormida,  como  absorta,  sin  color  en  el 
rostro  é  inmóvil,  al  punto  de  que  á  su  lado  aba- 
tieran el  vuelo  los  patos  picazos  y  se  lanzaran  tran- 
quilos al  río  sacudiendo  las  alas  hasta  rociarla  con 
una  lluvia  de  menudas  y  brillantes  gotas. 

Dora  —  que  así  la  conocían  —  era  por  otra  parte, 
activa  y  diligente  en  los  quehaceres  domésticos, 
fuerte  para  la  fatiga,  hacendosa  sin  reservas,  á  ex- 
tremo de  que  su  hermana  mayor  hallaba  descanso 
y  consuelo  en  su  fortaleza  de  ánimo. 

Una  y  otra  se  levantaban  con  el  alba  por  nece- 
sidad y  por  costumbre ;  juntas  veían  transcurrirías 
horas;  y  con  el  mismo  hastío  esperaban  que  lle- 
gase la  del  reposo,  que  era  la  primera  á  veces  de 
la  noche  —  con  sus  balidos  de  corderqs  quejum- 


NATIVA  53 


brosos,  sus  cantos  de  gallos  regalones  y  su  aullar 
de  mastines  somnolientos. 

Volvía  la  aurora  á  aparecer,  y  con  ella  idéntica 
existencia. 

Cuidaban  de  la  huerta  y  de  unas  plantas  que 
daban  flores  olorosas.  Cuando  aspiraban  con  ansia 
sus  perfumes  se  quedaban  pensativas.  Sobre  el 
borde  de  un  pozo  pendían  claveles  del  aire  blancos, 
anémicos,  de  un  aroma  suave  que  demoraban 
muchas  lunas  sin  abrirse,  á  pesar  del  rocío  de  la  al- 
tura y  del  vaho  frío  del  abismo  ;  pero  que  ya  abierto 
el  cáliz,  se  crecían  bajo  el  calor  de  las  manos  y  de 
los  labios  de  las  que  en  silencio  buscaban  como  un 
placer  solitario  su  dulce  veneno. 

Solían  vagar  juntas  por  el  campo  hasta  la  orilla 
del  bosque  ó  la  ribera  del  río  en  las  tardes  serenas, 
sin  hablar  palabra,  con  los  brazos  cruzados  sobre 
el  seno  y  la  mirada  triste. 

Cuando  marchaban  á  pie  iban  muy  juntas  rozán- 
dose la  una  con  la  otra,  como  movidas  por  el  mismo 
esfuerzo,  sonriéndose  á  ocasiones  para  cambiar 
luego  algunas  frases  inconscientes  ó  reirse  á  carca- 
jadas de  súbito  por  cualquier  ocurrencia. 

Si  paseaban  á  caballo  acontecíale  á  alguna  de 
ellas  abstraerse,  abandonar  las  riendas,  separarse 
de  su  compañera  á  capricho  de  la  cabalgadura  que 
deteníase  á  intervalos  á  triscar  las  hierbas  ó  á  con- 
testar con  un  relincho  inmoderado  los  lejanos  ecos 
de  la  c  tropilla  »,  en  tanto  su  ginete  tenía  quietas  las 
manos  sobre  el  recado  y  los  ojos  en  la  línea  del 


54  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


bosque  ó  en  los  fuegos  rojizos  del  poniente.  La  otra 
no  menos  ensimismada,  bajábase  entonces  en  algún 
declive  y  poníase  á  arrancar  «  macachines  »  ó  «  hue- 
villos  de  gallo  »  en  la  hondonada,  que  paladeaba 
luego  sin  mirarlos,  si  es  que  no  los  retenía  en  el  hueco 
de  la  mano  para  irlos  oprimiendo  uno  á  uno  entre 
los  dedos  y  arrojarlos  al  pasto  con  un  gesto  de  dis- 
gusto. Nata  se  iba  así  hasta  el  linde  de  la  selva, 
inclinada  é  indolente,  sin  importarle  al  parecer  el 
rumbo  ni  la  distancia;  —  Dora  volvía  á  montar, 
andaba  algunos  pasos,  lanzábase  nuevamente  al 
suelo  por  cualquier  detalle  que  lograba  atraer  su 
atención,  un  «  arazá  »  con  frutilla  madura  ó  una 
flor  silvestre  de  aquellas  azules  ó  moradas  que  se 
ponía  con  frecuencia  en  el  pelo ;  y,  otra  vez  en  la 
montura,  divagaba  por  aquí  y  acullá  ora  al  tranco, 
ora  al  galope,  cuando  no  escalaba  la  cuesta  á  es- 
cape para  sujetar  de  improviso  en  la  cima,  y  que- 
darse allí  contemplando  los  valles  oscuros  y  le- 
janos. 

Reuníanse  á  veces  al  azar,  y  regresaban  maqui- 
nalmente  sin  ninguna  impresión  nueva  que  comu- 
nicarse, mirándose  con  aire  ruboroso,  y  en  ciertos 
momentos  seco  y  duro.  De  ello  no  se  daban  razón, 
ni  la  habían  menester. 

Todo  eso  no  implicaba  que  las  moradoras  de  la 
estancia  «  Tres  Ombúes  »  no  tuviesen  y  se  propor- 
cionaran entretenimientos  adecuados  al  medio  en 
que  vivían,  aun  cuando  fueran  sencillamente  ino- 
centes é  infantiles.  El  señor  Robledo  no  gustaba 


NATIVA 


de  verlas  tristes.  Excursiones  á  caballo,  paseos  en 
canoa,  giras  por  las  isletas  y  el  monte,  todo  les  era 
permitido  á  condición  de  que  no  suspirasen  en  su 
presencia  amortiguando  su  genial  alegre.  Nata  y 
Dora  que  tenían  cariño  á  su  padre,  procuraban 
siempre  complacerlo  en  este  sentido,  al  punto  de 
que  cuando  él  las  sorprendía  en  actitud  pesarosa  ó 
taciturna,  como  aisladas  y  embelesadas,  corrían  en 
el  acto  la  una  hacia  la  otra,  sonreían  y  se  hablaban 
combinando  en  el  momento  mismo  un  paseo  cual- 
quiera en  compañía  del  capataz  ó  de  algún  peón 
de  confianza  en  hora  que  concluía  la  faena  ;  ó  ya 
se  alejaban  del  brazo  rumbo  á  las  cardas  del  es- 
tero, invitándose  á  buscar  huevos  de  pata  bajo  las 
pencas,  aunque  luego  se  fueran  mirando  con  aire 
distraído  y  caviloso  y  esa  expresión  indefinible 
que  trasmite  al  semblante  el  cansancio  ó  desmayo 
de  espíritu  á  fuerza  de  pasárselo  contemplando 
las  monotonías  del  campo. 

Un  mes  largo  llevaban  esta  vez  de  estadía,  y 
todas  las  impresiones  gratas  que  la  naturaleza 
agreste  ofrece  al  devaneo  juvenil  carecían  ya  para 
ellas  de  novedad ;  salvo  las  que,  imprevistas  y  de 
cierta  sensación,  ocurrían  á  veces  dando  otro  co- 
lorido á  las  escenas  de  la  pradera  y  del  bosque. 
Entonces  parecían  ellas  reanimarse  por  algunos 
días,  durándoles  el  entusiasmo  sin  declinación  sen- 
sible ;  hasta  que  en  hora  impensada,  Nata  volvía 
á  su  retraimiento,  resistiéndose  á  las  instancias  de 
su  compañera  para  continuar  en  el  ejercicio  ac- 
tivo. 


E.   ACEVEDO   DÍAZ 


Tales  treguas  no  podían  ser  tampoco  prolon- 
gadas; y  las  jóvenes  reincidían  con  cualquier  pre- 
texto en  sus  diversiones  inocentes.  La  aguja  y  el 
bastidor  llegaban  á  fastidiar  también,  siendo  la 
traviesa  de  Dora  la  primera  que  se  pinchaba  un 
dedo,  á  trueque  de  andarse  mañana  y  tarde  por 
la  orilla  del  bañado  ó  del  monte  persiguiendo 
«alguaciles»,  picaflores  y  pichones  con  la  negra 
Guadalupe,  á  quien  le  retozaba  todo  el  cuerpo 
de  gusto  cada  vez  que  la  niña  salía  atándose  un 
pañuelo  en  la  cabeza  y  la  invitaba  á  correr  por  el 
campo  libre ;  cosa  que  la  esclava  hacía  como  una 
gata  montaraz  ágil  y  resuelta  á  saltos,  caídas  y 
zapatetas  ruidosas  que  arrancaban  carcajadas  á  la 
joven. 


Una  tarde,  Dora  invitó  á  su  hermana  para  un 
paseo  á  la  orilla  del  monte ;  paseo  que,  por  otra 
parte,  hacían  con  mucha  frecuencia. 

Aceptó  Natalia,  siempre  que  se  efectuara  á  pie. 

La  distancia  de  las  casas  á  la  orilla  del  bosque 
era  corta,  y  no  valía  la  pena  de  ensillar  los  ro- 
sillos casi  gemelos  de  que  se  servían  en  sus  ex- 
cursiones más  apartadas.  Dora  había  visto  un  día 
colgante  de  una  rama  de  viejo  «  tala  »  como 
un  globo  de  cera  virgen,  una  hermosa  «  lechi- 
guana  >  cuyo  aspecto  incitaba  á  libar  panales 
aunque  fueran  de  insectos  mitad  abejas,  mitad 
avispas,  según  la  clasificación  pintoresca  hecha 
por  el  capataz. 


NATIVA 


«  Casilla  de  miel  »  — la  llamaba  ella.  —  Sentía 
como  un  ansia  de  cogerla ;  pero,  se  hacía  respetar 
el  aguijón  de  sus  dueños. 

De  todos  modos  era  preciso  probar,  y  conocía 
ella  dos  medios  de  realizar  la  conquista,  por  ha- 
berlos visto  poner  en  práctica  en  más  de  una  oca- 
sión á  los  mocetones  del  pago. 

Consistía  el  uno  en  rodear  con  una  manta  el 
globo  de  manera  que  quedase  libre  á  los  insectos 
la  salida  hacia  el  lado  opuesto  ;  la  fuga  se  pro- 
vocaba mediante  un  continuo  golpear  con  las  dos 
manos  en  la  esfera,  por  encima  de  la  manta,  y 
á  esas  sacudidas  sin  descanso,  los  insectos  que 
abandonaban  á  grupos  el  nido  se  iban  aglome- 
rando á  pocas  varas  en  la  atmósfera,  desorientados 
y  aturdidos,  hasta  formar  una  nube  densa  casi 
negra  en  perpetuo  torbellino. 

El  otro,  estaba  exento  de  contingencias  peli- 
grosas. Era  el  de  la  prueba  del  fuego  y  del  humo. 
Decidida  á  emplearlo,  Dora  se  había  provisto  de 
los  «  avíos  »  de  su  padre,  consistentes  en  una 
larga  mecha  de  hongo  seco  resguardada  en  su 
canuto  de  metal,  y  en  una  piedra  de  chispa  para 
producir  la  combustión  merced  al  ludimiento  recio 
con  el  eslabón ;  diligencia  en  la  que  la  joven  era 
experta  á  fuerza  de  ejercitarla  siempre  que  don 
Luciano  sacaba  en  su  presencia  una  tagarnina  y 
la  ponía  entre  los  labios  mascándola  en  la  punta. 

Emprendida  la  travesía,  y  ya  en  la  orilla  del 
monte,  dijo  Dorila  á  su  hermana  con  tono  ani- 
moso : 


E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  Vas  á  ayudarme  Nata,  á  juntar  esa  leña. 

—  ¿Para  qué,  traviesa? 

—  Verás.  Allí  en  el  abra  cercana,  donde  están 
los  espinillos  y  «  talas  »,  en  uno  muy  alto  y  res- 
quebrajado que  se  cae  ya  de  viejo,  hay  una  «  le- 
chiguana  »   enorme  .... 

Esto  diciendo,  separaba  bien  las  manos,  con 
los  ojos  muy  abiertos  y  expresivos. 

—  No  quiero  nada  con  las  avispas,  —  contestó 
Natalia  al  momento. 

—  No  seas  tonta,  que  nos  pondremos  á  distancia. 

—  ¿  Acaso  vas  á  tirar  de  un  «  maneador  »  la 
«  lechiguana  -»  ?  Se  van  á  venir  zumbando  por  la 
soga  .... 

—  No,  no  será  con  lazo  .... 

¿No  ves  que  te  pido  juntemos  leña? 

—  Es  otra  cosa,  —  repuso  Nata  comprendiendo, 
Pero,  esas  ramas    tienen   espinas....    Cargaré 

con  estos  palitos  secos  y  lisos  que  están  lejos  del 
ortigal. 

—  Carga  con  los  que  quieras,  que  yo  les  daré 
fuego  con  la  yesca  á  los  más  chicos  y  fofos. 

Las  dos  jóvenes  se  pusieron  á  reunir  la  leña 
caída  y  dispersa  al  pie  de  los  árboles,  en  dos  ha- 
cecillos ;  y,  riéndose  de  la  tentativa,  fueron  á  de- 
ponerlos cerca  del  sitio  designado. 

Dora  envolvióse  bien  la  cabeza  y  rostro  con  un 
«  rebozo  »  de  lana  que  expresamente  había  lle- 
vado, sin  descubrir  otra  cosa  que  sus  ojos  lucien- 
tes llenos  de  vivacidad  y  malicia. 


NATIVA  59 


Después  comenzó  á  acumular  pajas  secas  de- 
bajo del  «  tala  »  ;  á  cuyo  alrededor  iba  colo- 
cando luego  gruesos  leños  á  medida  que  Nata  se 
los  aproximaba  toda  trémula  y  nerviosa. 

El  globo  colgaba  inmóvil,  percibiéndose  claro 
un  sordo  zumbido  de  enjambra,  y  en  su  capa  ex- 
terior resquebrajada  semejante  á  un  hojaldre  de 
harina  morena  se  movían  presurosos  revoloteando 
á  veces  para  posarse  en  seguida,  dos  ó  tres  in- 
sectos que  eran  los  centinelas. 

Dora  dio  al  fin  fuego,  sopló  la  hojarasca  que 
bien  pronto  ardió  chisporroteando,  y  ella  alejóse 
unos  pasos  muy  atenta,  por  si  aquélla  se  con- 
sumía sin  comunicar  su  llama  á  las  ramas  fuertes. 

A  las  primeras  volutas  de  humo,  los  centinelas 
se  entraron  por  la  única  abertura  que  debajo  pre- 
sentaba aquella  pasta  parecida  al  papel  fabricada 
con  raspaduras  de  corteza  de  sauce  tierno  mez- 
cladas con  saliva  ;  y,  á  pocos  instantes,  salían  en 
tropel  los  porta- aguijones  con  sus  cuatro  alas 
trémulas  y  sus  cuerpecillos  amarillos  con  fajas  ne- 
gras húmedas  todavía,  para  lanzarse  en  compactos 
escuadrones  sobre  el  común  enemigo. 

Natalia  que  divisó  en  el  acto  la  nube,  y  sintió 
en  la  mano  un  ardor  punzante,  dio  un  grito  y  es- 
capóse. 

Dorila,  la  avispada  y  avizora,  ya  se  había 
puesto  en  salvo  corriendo   á  lo  largo  de  la  orilla. 

Acababa  de  sentarse  en  un  troncón  caído, 
encendida  y   jadeante,   á  la  vez  que    aturdida    y 


GO  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


alegre,  cuando  acertó  á  pasar  al  tranco  en  su  zaino 
oscuro  el  capataz  de   la  estancia. 

Era  éste  un  hombre  maduro,  muy  formal,  con 
su  melena  canosa  caída  al  descuido  sobre  los  hom- 
bros, el  barboquejo  á  mitad  de  su  luenga  barba 
y  una  cola  de  cigarro  tras  de  la  oreja ;  firme  en 
los  estribos,  el  mirar  de  mastín  sin  dientes,  y  la 
nariz  en  extremo  curva  hasta  rozar  casi  el  bos- 
caje de  sus  bigotes. 

—  Vea  don  Anacleto,  —  dijo  Dora  todavía  riendo; 
—  por  allí  se  me  cayó  el  «  rebozo  >.-...  á  causa 
de  mucho  correr  con  esa  miedosa  de  Nata.  .  .  . 
¡Hágame  el  favor  de  alzarlo,  si  no  va  á   priesa l 

Y  le  señalaba  el  punto,  con  el  brazo   tendido. 
El  capataz  sofrenó  el  caballo,  y  mirando  ade- 
lante preguntó  con  voz  muy  bronca: 

—  ¿Será  el  mesmo  que  blanquea,  arrimao  al  abra? 

—  Ese  es,  don  Anacleto. 

El  capataz  bien  tieso,  hincó  espuelas,  y  pronto- 
estuvo  en  el  lugar. 

En  ese  momento  las  abejas  salvajes  en  tumulto 
se  arremolinaban  en  la  atmósfera  volteándose  hasta 
el  nivel  de  las  hierbas  como  enloquecidas  por  el 
humo  espeso  de  un  fuego  sin  llamas.  El  paisano 
viejo  y  experimentado  comprendió  el  peligro ;  su 
caballo  asaetado  de  súbito  por  los  aguijones  dio 
un  corcovo  y  quiso  arrancar  á  escape,  —  cosa  que 
pareció  vergonzosa  á  su  ginete, —  el  que  sujetando 
riendas,  azotó  el  aire  con  su  rebenque ;  pero,  sin 
haber  aún  logrado  recoger  el   «  rebozo  »,  fué   tan 


NATIVA  Gl 


furiosa  la  avalancha  de  insectos  sobre  su  persona, 
que  don  Anacleto  barbotando  un  juramento,  que 
«1  zaino  oscuro  acompañó  de  un  ronco  bufido, 
partió  como  una  flecha  rumbo  á  la  loma  sacu- 
diendo la  cabeza  y  refregándose  la  nariz,  en  tanto 
le  columpiaba  en  la  nuca  el  chambergo  dejando 
su  calva  al  aire  libre. 

Reía  Dora  con  todas  sus  fuerzas  al  observar 
la  escena  desde  su  sitio  de  descanso ;  y  más  aún 
se  le  aumentó  la  risa  al  incorporársele  Nata, 
quien  le  enseñaba  compungida  la  hinchazón  de  su 
mano. 

—  ¡  Muy  rica  tu  miel,  perversa !  —  exclamaba  Na- 
talia resentida.  —  No  contenta  con  esto  has  metido 
al  pobre  don  Anacleto   en  el  avispero.  .  .  . 

Con  las  manos  juntas  por  delante  de  las  rodi- 
llas, Dora  seguía  «  hamacándose  »  con  deliciosa 
alegría  en  su  tronco,  sin  hacer  caso  de  las  lamen- 
taciones de  su  hermana,  que  concluyó  á  su  vez 
por  contagiarse. 

El  capataz  había  desaparecido  tras  de  la  loma, 
sin  el  intento  al  parecer  de  volver  grupas. 

Bajaba  el  sol,  y  las  sombras  empezaban  á  di- 
fundirse en  la  orilla  del  monte. 

Proseguía  á  intervalos  el  acceso  de  hilaridad 
infantil  de  las  jóvenes,  cuando  Nata  creyó  oir  al- 
gunas voces,  como  de  dos  personas  que  habla- 
ban entre  los  árboles. 

Luego,  de  súbito,  dos  cabezas  aparecieron  en- 
tre el  ramaje :  la  una,  de  hombre    de  barba  ne- 


62  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


gra,  muy  pálido  y  mirar  huraño ;  la  otra,  de  jo- 
ven de  bozo  apenas,  tez  blanca  y  ojos  de  ex- 
traño brillo  circuidos  de  sombras. 

Las  jóvenes  oyeron  murmurar  al  de  barba  ne- 
gra en  un  acento  dulce  que  contrastaba  con  la 
dureza  de  sus  facciones,  algo  que  se  refería  á 
Nata. 

Dora  cesó  de  reir,  y  dijo  á  su  hermana  teme- 
rosa : 

—  Vamonos  Nata  de  aquí. 

—  Sí,  —  respondió  ésta  sin  titubear,  y  toda  es- 
tremecida. 

Sin  añadir  más  palabras,  una  y  otra  unidas  de 
la  mano  huyeron  veloces. 

En  ese  instante  de  singular  sorpresa  no  se  acor- 
daron del  «  rebozo  »,  ni  de  la  «  lechiguana  »  tan 
codiciada ;  y  bien  pronto  traspusieron  el  grupo 
de  c  laureles  negros  »  que  adornaba  en  parte  la 
falda,  detrás  de  la  huerta. 

Una  vez  dentro  de  ésta,  detuviéronse  recién  á 
respirar  junto  á  la  línea  de  pitas  seniles  que  ofre- 
cían excelentes  ladroneras  de   observación. 


Aparte  de  los  del  establecimiento,  en  raras  oca- 
siones se  veían  hombres  en  aquella  porción  del 
monte,  pues  el  paso  ó  vado  estaba  lejos  de  allí. 
Ni  tropas  de  ganado  ni  convoyes  de  carretas  cru- 
zaban desde  luego  por  el  rincón,  dando  motivo 
á  vivacs  ó  campamentos. 


NATIVA  63 


El  bosque  en  tales  lugares  era  muy  intrincado 
y  extenso,  formando  una  sola  bóveda  con  la  ve- 
getación de  las  isletas  y  la  selva  colindante. 

Del  lado  opuesto,  en  cuanto  caía  bajo  el  do- 
minio de  la  mirada,  sólo  se  distinguía  en  una  loma 
una  casa  de  negocio,  la  que  era  á  la  vez  una  es- 
pecie de  fortín  con  sus  enrejados  de  resguardo  y 
sus  troneras  bien  dispuestas  para  abocar  fusiles  ó 
escopetas.  Esa  casa  se  encontraba  en  la  direc- 
ción del  vado,  y  en  la  zona  que  dominaba  de 
buenos  pastos  y  abrevaderos  pacían  siempre  las 
boyadas  de  las  carretas.  Desde  la  alti  -  llanura  de 
la  estancia  de  Robledo,  y  á  favor  de  un  cata- 
lejo á  propósito  de  que  hacía  uso  don  Luciano  para 
descubrir  el  campo,  percibíanse  claramente  todas 
las  novedades  y  movimientos  de  las  haciendas 
que  refluían  al  paso,  verdadera  válvula  que  daba 
salida  á  irrupciones  semi  -  salvajes  y  á  la  vez  fe- 
cundas de  ganado  flor,  novillos  bravos  ó  mana- 
das de  potros  y  yeguas  ariscas.  Oíanse  vibrantes 
también  en  las  tardes  tranquilas  las  voces  y  gri- 
tos enérgicos  de  los  troperos  ó  conductores  al 
azuzar  la  vacada;  y  solía  verse  cómo  al  azotarse 
ésta  con  violencia  al  río  después  de  resbalar  en 
tropel  por  la  barranca,  un  cúmulo  de  cuernos  y 
cabezas  se  abalanzaba  en  tumulto  entre  grandes 
remolinos  de  espuma,  para  arrancarse  al  fin  so- 
bre la  escarpa  con  el  redoble  del  trueno. 

Las  carretas  con  sus  grandes  toldos  de  cueros, 
sus  culatas  rellenas  y  sus   ruedas   enormes,   cru- 


04  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


zaban  de  ncxñie  á  veces  por  los  campos  de  la  ri- 
bera opuesta,  rumbo  al  vado,  perturbando  la 
honda  calma  con  el  ruido  de  sus  pinas  y  de  sus 
ejes  resecos,  y  las  voces  imperativas  de  los  pi- 
cadores :  —  « ¡Barroso  !  »  —  «  ¡  Anda  Yaguané! »  — 
«¡Huse  Chorreado!»  .  .  .  . —  «¡Amoroso!  » 

Por  lo  demás,  novedades  de  distinta  índole  eran 
raras. 

No  se  explicaban  pues,  las  dos  hermanas,  cómo 
otros  hombres  que  no  fuesen  «  matreros  »  y  del 
género  temible,  anduviesen  en  el  monte  de  la  es- 
tancia, casi  encima  de  las  casas.  De  ahí  que  se 
sintieran  con  miedo,  sin  que  su  natural  espanto 
excluyese  una  curiosidad  tan  viva  como  cercana 
al  interés. 

—  ¿Te  fijaste  cómo  te  miraba  aquel  de  la  barba 
negra,  Nata?— decíale  su  hermana. —  Tenía  ojos 
de  hombre  malo ....  ó  de  robador  de  mujeres. 

—  ¡No  me  aflijas,  Dios  del  alma!  Si  parece  que 
lo  veo  todavía  con  su  cara  de  muerto  metida  en- 
tre las  ramas  y  el  sombrero  sobre  la  oreja. 

—  El  más  joven  se  quedó  callado,  — repuso  Dora 
con  aire  reflexivo,  puesto  el  dedo  en  la  boca  y 
atenta  la  vista  en  el  monte.  —  ¿No  viste  que  sus 
ojos  eran  muy  raros? 

—  ¡Qué  he  de  ver  aturdida,  si  me  tembló  todo 
el  cuerpo  lo  mismo  que  si  hubiese  pisado  un  es- 
cuerzo ! 

—  No  era  para  tanto,  hija,  que  al  fin  nada  nos 
han  hecho  esos  hombres. 


NATIVA  65 


—  Lo  que  es  para  otra  «  lechiguana  »  no  me 
encuentras,  desde  ahora  te  lo  aseguro.  Esta  noche 
pongo  los   «  trastes  »   contra  la  puerta. 

Dora  se  echó  á  reír,  y  corrió  á  otro  «  portillo  » 
para  seguir  mejor  su  pesquisa,  todavía  sofocada 
y  arreglándose  el  cabello;  en  tanto  que  Nata  se 
sacudía  los  abrojos  del  ruedo  del  vestido,  y  lo  le- 
vantaba á  cierta  altura,  temerosa  quizás  de  haber 
enseñado  demasiado  su  hermosa  pierna  en  la  fuga. 

Nada  que  inspirase  sospecha  vio  Dora  en  la 
orilla  del  monte. 

La  sombra  densa  invadía  ya  á  prisa  aquellos 
sitios  solitarios,  por  los  que  atravesaba  de  vez  en 
cuando  á  paso  tardo  uno  que  otro  animal  vaga- 
bundo. El  sol  poniente  diluía  su  luz  sobre  las  co- 
pas más  altas  formando  como  una  franja  de  oro 
sobre  terciopelo  verdi- negro,  y  denso  y  tibio  el 
aire  no  movía  hojas  ni  penachos. 

El  capataz  traía  al  encierro  la  pequeña  majada 
del  «  tronco  »,  al  paso,  con  la  diestra  sobre  el 
mango  del  rebenque,  entre  cien  balidos  plañideros. 

Al  divisarle,  Dora  le  hizo  con  la  mano  un  sa- 
ludo picaresco. 

Don  Anacleto  llevó  por  detrás  con  el  dorso  la 
mano  al  sombrero,  que  hizo  deslizar  hasta  la 
nariz,  y  mientras  se  lo  volvía  á  encasquetar  muy 
grave,  murmuró  con  sorna : 

—  j Corazón  ladino!  jugándose  con  el  paisamo 
viejo.  .  .  .  ¡como  si  no  supiera  yo  con  qué  pican 
las  avispas  ! .  .  .  . 


IV 


SECRETOS    DEL   MONTE 


Ya  en  la  mesa,  don  Luciano  Robledo  se  im- 
puso de  lo  ocurrido,  contado  en  un  estilo  pinto- 
resco por  Dora. 

Era  el  hacendado  un  hombre  manso,  de  ros- 
tro ancho  y  tostado,  nariz  de  ventanas  muy  abier- 
tas, barba  cenicienta,  bajo  de  estatura  y  abdo- 
men pronunciado;  siempre  con  sus  piernas  cor- 
tas embutidas  en  botas  de  baqueta,  y  un  cinto 
de  piel  de  cerdo  con  monedas  de  oro  prendido 
flojamente,  entre  cuyas  agujetas  sujetaba  un  puñal 
de  vaina  de  plata  con  incrustaciones  doradas.  Co- 
mía con  gran  apetito,  bebía  fuerte,  fumaba  con 
fruición  cigarros  gruesos,  y  nunca  se  le  caía  un 
escarbador  de  dientes  fabricado  con  el  cañón  de 
una  pluma  de  «  chajá  »,  de  atrás  de  la  oreja  en 
donde   lo   asentaba  á   modo  de  tubo  de  anteojo. 

De  índole  jovial  y  alegre,  tenía  él  á  ciertas  ho- 


NATIVA  67 


ras  sus  carcajadas  sonoras  que  se  oían  de  bien 
lejos  y  llevaban  el  contagio  del  buen  humor.  Raro 
era  el  día  en  que  don  Luciano  aparecía  en  las 
faenas  con  el  gesto  torvo  ó  la  mirada  aviesa ;  por 
manera  que  en  todo  encontraba  él  motivo  para 
bromear  sin  reservas  ó  dar  expansión  á  su  genio 
festivo.  Los  peones,  y  aun  las  personas  extrañas 
al  establecimiento,  que  en  éste  solían  pasar  al- 
gunas noches,  le  conocían  á  fondo;  por  eso  su 
prestigio  no  era  limitado  y  se  hablaba  de  él  en- 
tre el  paisanaje  como  de  un  estanciero  simpático 
y  liberal. 

Esto  mismo  lo  hacía  más  confiado  y  decidor, 
persuadido  de  que  mientras  cumpliese  con  los  de- 
beres de  hospitalidad,  nadie  se  atrevería  á  disgus- 
tarle. 

Cuando  don  Luciano  hubo  oído  la  relación  de 
Dora,  echóse  á  reir  muy  socarronamente,  y  dijo 
refiriéndose  á  los  desconocidos  del  monte: 

— •  No  tengan  miedo.  Esa  es  buena  gente  que 
anda  á  salto  de  mata  perseguida  por  los  milicia- 
nos, pero  que  no  hace  mal  á  los  vecinos  pacífi- 
cos. .  .  .Todo  lo  más  que  pueden  ingeniarse  es 
carnear  una  que  otra  borrega  ó  vaquillona  gorda, 
porque  los  hombres  tienen  que  comer,  y  las  ga- 
nas matan  lo  ajeno,  sin  fijarse  en  la  marca.  El 
matrero,  el  puma,  el  yaguareté  y  el  perro  cima- 
rrón tienen  el  mismo  colmillo,  y  cuando  lo  cla- 
van, ni  el  cuero  dejan  al  dueño .... 

—  Nada  de  eso  que  conviene, — observó  Dora. 


68  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¿Y  qué  ha  de  hacérsele?  Yo  no  me  puedo 
quejar,  porque  peligraría  la  verdad  si  afirmase 
que  me  han  comido  una  docena  de  vacas,  que 
yo  sepa.  Parece  que  la  gente  del  monte  me  guarda 
algunos  respetos. 

—  A  pesar  de  esa  confianza, —  dijo  Nata,  —  yo 
voy  á  asegurar  bien  la  puerta  esta  noche  con  to- 
dos los   «  trastes  »   detrás. 

Volvió  á  reir  de  buen  talante  el  hacendado, 
sirviéndose  un  trozo  de  grano  de  pecho  que  está- 
bale incitando  en  la  fuente  del  puchero;  y  añadió: 

—  Lo  que  dijo  el  paisano,  en  vez  de  amoscarte, 
debería  serte  gustoso.  Te  estuvo  mirando  y  le 
bailaron  al  hombre  los  ojos  nada  más  que  por 
parecerle  linda  tu  cara ....  ¿  Te  crees  que  ellos  no 
tienen  también  su  gusto  como  los  demás?  Medio 
taimados  y  ariscos  no  le  «  envidean  »  á  ninguno 
el  olfato  y  los  deseos,  mayormente  si  las  mozas 
tienen  el  pelo  rubio  y  llegan  á  enseñar  alguna 
guapeza,  porque  son  tentados,  amigos  de  polleras, 
capaces  de  bailar  un  pericón  por  el  ruedo  del  ves- 
tido. .  .  .  sin  sacar  una  hilachita  tan  sólo  en  las 
espuelas.  Es  preciso  mezquinarles  hasta  la  sombra, 
Nata ;  porque  yo  he  visto  una  vez  á  un  «  tigrazo  » 
que  se  iba  muy  agachado  por  entre  los  juncos, 
siguiendo  por  la  sombra  á  una  borrega,  y  que  al 
fin  cuando  la  muy  tonta  dio  la  media  vuelta  y 
se  vino  al  bajo,  el  manchado  codicioso  estiró  la 
manaza  y  la  enganchó  de  las  lanas,  lo  que  prueba 
que  le  faltaba  trasquila. 


NATIVA  69 


Pero  vamos  á  ver  Dora:  ¿tute  asustaste? 

—  ¡Yo  no!.  .  .  .  Al  principio  me  sorprendí,  ¡por- 
que esta  Nata  es  tan  melindre! 

—  ¡Sí,  mucho  de  eso!  Mira,  papá,  ella  me  ganó 
en  la  carrera.  .  .  . 

—  En  prueba  de  que  no  me  espanté,  —  objetó 
Dora,  —  es  que  puedo  decir  cómo  tenían  las  caras 
los  dos.  Uno,  la  barba  muy  negra,  renegrida,  y 
un  color  de  difunto;  el  otro,  pelo  rubio,  con  ojos 
oscuros,  y  apenas  un  bocito  por  bigote. 

—  Vean  la  curiosa,  —  observó  don  Luciano. — 
¡Cómo  se  fijó  en  los  pelos! 

—  Pues  que  miramos,  era  natural,  —  dijo  Dora 
toda  encendida. 

—  Así  es.  Pero  la  cosa  no  tiene  importancia  y 
pueden  ustedes  dormir  tranquilas  ésta  y  todas  las 
noches,  porque  nada  de  malo  ha  de  suceder,  para 
nosotros  al  menos    .  .  . 

Otra  cosa  será  al  ganado ;  porque  la  gente  de 
Lecor  muy  diferente  en  sus  mañas  á  las  travesu- 
ras de  esos  pobres  «matreros»  sabe  «parar  rodeo» 
sin  permiso  y  apartar  al  destajo  cuantas  reses  quiere, 
lo  mismo  que  si  se  tratase  de  «orejanos  ».  Y  eso 
que  es  autoridad. 

La  milicia  de  don  Frutos,  ¡para  qué  decir!  Sus 
buenos  muchachos  «pealan»,  matan  ó  arrean; 
no  dejan  cueros  ni  rabos  de  terneras  á  ocasio- 
nes, y  nada  más  que  para  comerse  una  lengua 
de  vaca  voltean  el  animal  y  lo  dejan  podrir  en- 
tero en  algún  bajo    .  .  .  Hay  que  tener  paciencia, 


70  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


ya  que  no  tiene  la  cosa  remedio ....  Cuando  al- 
guno se  queja  del  manoteo  ó  del  destrozo,  Le- 
cor  afirma  al  momento  que  va  á  castigar  como 
hay  Dios  al  que  agarre  lo  que  no  es  suyo,  aun- 
que nunca  castigue ;  don  Frutos  se  pone  hosco  si 
algo  igual  van  á  soplarle,  se  moja  los  dedos  y 
sigue  jugando  al  truco  sin  sacar  los  ojos  de  las 
onzas.  Las  amarillas  lo  enlucernan  al  coman- 
dante. 

¿Y  á  quien  más  irse  con  el  cuento?  Por  no  pa- 
sar por  chismosos,  los  hombres  pacíficos  se  chupan 
la  breva  ¡y  santas  pascuas!.  .  .  . 

Después  de  esto  se  echa  el  perro  muerto  á  la 
gente  «  matrera  »,  como  dejada  hasta  del  diablo. 
Ella  es  la  que  hace  judiadas  de  toda  laya  y  car- 
nea por  gusto;  si  aparece  una  yegua  con  las  cos- 
tillas al  aire  ó  una  vaquillona  con  un  costado 
menos,  ó  una  oveja  despanzurrada,  ó  un  ñandú 
sin  alones  ó  un  hombre  sin  cabeza  y  sin  cinto, 
es  el  «  matrero  »  á  la  fija  el  que  ha  andado  cu- 
chillo en  mano  cortando  gañotes  y  sacando  «achu- 
ras». Qué  indios  ni  qué  mandingas  que  se  le  igua- 
len á  este  foragido.  .  .  .  Vino  con  mañas  desde  el 
vientre  de  la  madre  y  tiene  que  ser  peor  que  el 
«  charrúa  »   á  la  fuerza .... 

—  Entonces  tenemos  razón  de  asustarnos,  —  in- 
terrumpióle Nata  con  los  ojos  muy  fijos,  atenta  y 
conmovida.  ¿No  ves,  Dora? 

—  Quiá,  muchacha, — prosiguió  don  Luciano.  — 
Ellos  dicen  eso  délos  «matreros»;  pero  no  son  tan 


NATIVA  71 


desalmados  como  los  pintan.  También  hay  bue- 
nos entre  ellos ;  gente  bien  nacida  que  anda  por 
necesidad  pidiendo  techo  á  los  árboles  y  para  co- 
mer se  encariña  del  ganado  suelto,  sin  intención 
de  ofender,  ¡como  que  es  la  barriga  la  que  les 
gruñe  y  cabriolea ! .  .  .  .  Hacen  como  el  buey  que 
se  lame  solo,  y  que,  cuando  se  acerca  como  al 
descuido  á  un  cerco  de  pitas,  es  capaz  de  comerse 
hasta  la  última  hoja  si  no  lo  sacan  á  rigor. 

—  No  son  tan  mansos  esos  otros, — dijo  Dora ; 
—  porque  no  contentos  con  matar  vacas  y  borre- 
gas se  apoderan  de  los  caballos  de  silla  y  no  los 
vuelven  más    .  .  . 

—  ¡  Oh  !  y  eso  es  natural,  hija  ;  los  hombres  no 
han  de  andar  á  pie  aunque  vivan  en  el  monte. 
Precisan  salir,  merodear  y  correr  buscando  me- 
jora á  su  suerte,  porque  siempre  algún  escozor 
los  aflige ....  ¡Vieras  cómo  enseñan  al  mancarrón  ! 
Si  da  gusto,  y  fuerza  es  perdonarlos.  El  animal 
aprende  con  más  facilidad  que  muchos  que  no  lo 
parecen,  aunque  caminen  y  tengan  orejas  para 
escuchar  y  no  entren  en  la  «  cuatropea  »  del  diez- 
mo. Se  acostumbra  al  «potrero»  del  monte,  se  hace 
chiquito  para  pasar  por  abajo  de  las  ramas,  toma 
agua  en  la  orilla  con  sólo  estirar  el  hocico,  no 
relincha  cuando  siente  el  tropel,  conoce  la  senda 
en  lo  oscuro  mejor  que  un  «carpincho»,  no  se 
asusta  del  «  aguará  »  que  se  le  cruza  entre  las 
manos,  y  también  le  alarga  callado  una  dente- 
llada al  perro  cimarrón  si  se  le  pone  delante .... 


72  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Se  hace  un  animal  demás  entendimiento  que  otros 
animales  de  menos  pies;  con  poco  rebenque,  y  con 
sólo  tironearlos  del  copete. 

—  Según  lo  que  oimos,  —  observó  Nata,  —  usted 
les  disculpará  todo,  aunque  hagan  uso  de  lo  que 
le  pertenece.  .  .  . 

— ¡Pues!  ¿Por  qué  he  de  andarme  con  ellos  de 
disputa  todos  los  días  ? .  .  .  .  ¡Bien  parado  iba  á  sa- 
lir yo  de  la  rodada !  No  hay  más  que  dejarlos  y 
el  diablo  me  lleve,  si  este  ajuste  no  es  el  mejor, 
Natilla.  El  «  matrero  »  como  el  «  redomón  »  para 
venir  á  suave  y  menos  dañino,  quiere  más  maña 
que  fuerza ;  y  así  acontece  que,  el  que  les  pone 
cara  de  malo,  amanece  un  día  á  la  pudre  por  bo- 
balías .... 

El  hombre  á  monte,  como  iba  diciendo,  adies- 
tra el  caballo  á  su  modo  y  lo  complace  de  todas 
formas,  pues  que  es  su  compañero  en  la  vida  triste 
el  que  lo  ha  de  llevar  siempre  en  los  lomos  y 
librarlo  del  peligro,  sin  que  nunca  le  eche  en  cara 
el  servicio,  aunque  pase  hambres  y  reciba  á  oca- 
siones uno  que  otro  chuzazo  que  le  enderecen  al 
amo  en  la  refriega  ó  en  la  disparada.  Por  ser- 
vido él  que  lo  curen  y  le  den  un  poco  de  liber- 
tad para  reponerse  de  su  flacura  y  descalabros. 
El  animal,  digo,  no  es  de  los  que  se  quejan,  por 
condición  noble,  Pueden  desjarretarlo,  bolearlo  ó 
meterle  en  los  encuentros  todos  los  «  cortados » 
de  un  trabuco ;  si  la  suerte  le  ayuda  para  seguir 
corriendo,  ha  de  saltar  la  zanja  con   las   narices 


NATIVA  73 


tan  abiertas  como  dos  tubos  calentados  al  fuego 
que  echasen  humo,  y  con  el  rabo  casi  tieso  como 
un  <s  marlo  »,  si  es  que  lo  han  «  tusado  »  para 
aparejarlo  á  los  rabones  y  «  reyunos  »  de  la  tropa 
portuguesa.  No  precisa  el  ginete  hincarle  la  es- 
puela ni  bajarle  la  mano,  porque  cuando  va  sobre 
la  rienda  parece  que  quisiera  echar  todo  el  bulto 
adelante  y  tragarse  el  viento,  sin  perder  la  huella, 
el  ojo  que  se  le  salta  y  el  espinazo  que  se  le  cim- 
bra abajo  del  «  lomillo  »  como  si  quisiera  escurrirse 
lo  mismo  que  una  culebra.  .  .  ,  De  esta  laya  son 
los  caballos  de  los  «  matreros  >,  y  bien  vale  el 
robo  la  enseñanza.  De  buena  gana  les  dieran  ellos 
bizcochos,  silos  tuviesen;  pero  en  cambio  los  «des- 
bazan  »  para  que  no  se  estropeen,  le  sacan  el  haba, 
les  cortan  las  crines  de  que  ha  hecho  presa  el 
abrojo  y  les  quitan  el  sudor  del  lomo,  todo  con 
el  cuchillo,  los  manosean  y  los  abrazan,  y  los  ani- 
males se  largan  retozones  á  revolcarse,  hínchanse, 
se  sacuden,  resuellan,  se  hartan  de  gramilla,  duer- 
men al  raso  caiga  lluvia  ó  esté  helando,  y  en  la 
primer  tardecita  aparente  ya  están  listos  para  una 
calaverada  llevando  encima  todo  el  «  apero  >■>  y 
al  guapo  sin  acordarse  de  las  angustias  pasadas. 

—  Pero  esos  hombres  de  que  hablas,  no  tra- 
bajan y  viven  sin  familia.  Parece  que  á  nadie 
quisieran .... 

—  ¿Qué  han  de  trabajar,  inocente  ? .  ...  Si  pudie- 
ran hacerlo  serían  tan  listos  para  lo  bueno  como  lo 
son  para  lo  malo.  ¿  O  te  figuras  que  ellos  no  tienen 


74  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


placer  en  ser  como  los  demás  hombres  ?  Es  que 
no  los  dejan,  los  persiguen  y  los  obligan  á  huir 
por  último ;  ya  porque  no  se  presten  á  apoyar  á 
los  otros  que  están  con  el  gobierno,  ya  porque 
tienen  linda  pinta  para  infantes  ó  para  drago- 
nes, pues  siempre  hay  remonta  en  las  tropas ;  — 
y  ¿para  qué  decir  chus  ni  mus  cuando  les  echan 
la  mano  y  los  endilgan  á  la  ciudadela,  si  nadie 
ha  de  salir  en  su  defensa,  que  no  sea  —  para  el 
decir  —  algún  guapetón  de  esos  que  se  sublevan 
creyéndose  más  bravos  que  Artigas?  ...  Y  si  se 
quiere  los  «  malevos  »  no  son  tantos,  mirando  las 
cosas  por  otro  lado.  .  .  . 

Suele  suceder  que  los  hijos  de  familia  ence- 
rrados en  aquella  madriguera  con  muros  y  fosos, 
como  para  que  nadie  entre  ó  salga  sin  que  antes 
dé  cuenta  de  su  conducta,  se  entusiasman  de  re- 
pente, se  insubordinan,  y  á  pretexto  de  conocer 
esa  campaña  de  que  oyen  hablar,  aunque  á  ese 
respecto  se  parezcan  ellos  mucho  á  palomas  de 
campanario,  ingénianse  el  medio  de  escurrirse  lo 
mismo  que  hacen  los  pollos  en  corral  ajeno.  .  .  . 
Al  fin  se  ven  fuera  de  portones  y  enderezan  á 
los  matorrales  buscando  camino,  viendo  mucho 
campo  y  mucha  luz  por  delante  y  atragantándose 
de  aire  hasta  soplar  como  fuelles  de  herrería,  suel- 
tos de  cuerpo  y  alegres,  retozando  á  modo  de 
«  charabones  »  que  comenzasen  á  querer  tender  el 
alón  de  un  costado  y  á  esponjar  el  plumero  de  atrás 
con  aire  de  requiebro.  .  .  .  ¡Después  principian  las 
penas ! 


NATIVA  75 


Cuando  llegan  á  hacerse  fuertes  y  ágiles,  pocos 
«  matreros  »  los  igualan  á  estos  mocitos  de  ciudad, 
porque  se  atreven  á  más  todavía  si  se  les  deja  criar 
alas  y  echar  púas  ...  ¡El  diablo  me  lleve  si  no  me 
refocilo  algunas  veces  en  verlos ! 

—  Entonces  no  hay  por  qué  espantarse  tanto  de 
ellos,  —  dijo  Dora  mirando  á  su  hermana,  que  oía 
muy  atenta  á  su  padre. — -Aprenderán  también  á 
cantar  versos  en  guitarra  con  una  voz  linda .... 

—  Y  tendrán  otros  modos,  —  objetó  Natalia  ;  — 
si  es  que  no  se  vuelven  huraños  de  tanto  andar 
en  los  montes  con  las  fieras.  .  .  . 

—  Eso  no  sé,  ni  tampoco  si  los  arañan  los 
gatos  tigrinos  ó  los  muerden  los  cimarrones. 
¡Allá  se  las  entiendan!....  Esto' que  iba  con- 
tando, es  para  que  ustedes  no  se  figuren  que  to- 
dos son  tan  fieros  que  no  se  les  pueda  ni  mirar  á 
la  cara. 

Y  ahora,  voy  á  disponer  lo  conveniente  por 
precaución. 

El  señor  Robledo  empinóse  esto  diciendo,  un 
vaso  de  vino  tinto,  que  paladeó  con  fruición;  y  le- 
vantándose de  su  banqueta  con  toda  agilidad  sa- 
lióse al  patio  con  una  tagarnina  entre  los  dientes 
y  el  yesquero  en  la  mano. 

Ya  á  solas,  dijo  Dorila : 

—  Mira,  Nata,  no  sé  por  qué  me  imagino  des- 
pués de  lo  que  ha  dicho  papá,  que  estos  hombres 
del  despoblado  no  son  tan  perversos  como  esos 
vagos  de  la  ciudad  que  sirven  á  los  portugueses  y 


76  E.   ACEVED0  DÍAZ 


andan  por  las  esquinas  poniendo  miedo .  .  .  .  ¿  No 
te  parece  lo  mismo  ? 

Natalia  frunció  los  labios  y  se  encogió  de  hom- 
bros. 

—  A  mí  me  asustan  los  hombres  que  viven  en 
los  montes,  —  contestó.  — Andan  con  los  tigres  y 
comen  raíces. 

Dora  echóse    á  reír   con  ímpetu,    exclamando  : 

—  ¡Qué  inocente,  Nata!  ¿Te  figuras  que  ellos 
cuando  quieren,  no  escogen  la  flor  del  ganado,  y 
que  no  tienen  sus  viviendas  muy  buenas  en  lo  es- 
condido del  monte  ?  Don  Anacleto,  que  sabe  tam- 
bién   esas  cosas,  me  lo  ha  dicho    muchas  veces. 

—  vSerá  así,  —  objetó  Nata  pensativa. 

Después  de  eso  dirigióse  á  su  cuarto,  y  sentán- 
dose en  su  cama  volvióse  á  quedar  meditabunda, 
jugando  con  el  pie  en  una  piel  de  tigre  que  de- 
lante del  lecho  le  servía  de  alfombra. 


Cuando  se  recogió  á  las  nueve,  á  pesar  de  su 
promesa  no  arrimó  los  muebles  á  la  puerta. 

Dorila  le  hizo  por  esto  alguna  burla ;  pero 
ella  se  acostó,  sin  contestar  palabra,  siempre  ca- 
vilosa. 

Soñó  esa  noche  con  el  hombre  de  la  «  cara  de 
muerto  ». 

Dora  se  despertó  muy  temprano  desasosegada, 
y  se  puso  en  el  acto  de  pie. 

Lucía  recién  la  aurora.  Sus  grandes  fajas  azules, 


NATIVA  77 


rojas  y  amarillas,  cuyo  esplendor  ensanchaban  más 
las  brumas  tenues  del  horizonte,  alargábanse  tras 
de  la  loma  y  del  monte  como  un  inmenso  chai 
de  fantasía.  Todo  se  movía  ya  en  el  campo :  aves, 
peones,  ganados  y  perros. 

Los  gritos  de  los  loros  en  los  árboles  de  la 
barranca  y  de  los  horneros  sobre  sus  nidos  de 
lodo,  reunidos  á  las  voces  de  alboroto  de  los  «  cha- 
jaes» en  los  próximos  pantanos  y  de  los  «terus» 
en  la  llanura,  daban  extraña  vida  vigorosa  á  los 
contornos  en  medio  de  su  misma  tristeza  mon- 
taraz. 

Después  de  recorrer  maquinalmente  algunos 
sitios,  Dora  se  dirigió  á  la  huerta  con  ánimo  de 
escoger  legumbres  y  descubrir  nidadas  de  ga- 
llinas entre  las  grandes  matas  de  las  plantas  ras- 
treras. 

En  esa  diligencia  estaba,  cuando  sus  ojos  des- 
cubrieron á  raíz  de  una  pita  envejecida,  algo 
como  un  bulto  ó  atado  blanco  que  en  el  ins- 
tante le  pareció  ser  el  « rebozo  »  de  lana  que 
ella  abandonara  el  día  anterior  junto  al  abra  del 
monte. 

—  ¡  Ah  !  —  exclamó  en  un  arranque  de  alegría 
infantil.  ¡  Si  es  mi   «  rebozo  »  ! 

Lanzóse  sin  demora  sobre  el  objeto,  y  al  alar- 
gar la  mano  pareció  vacilar  en  tirar  de  la  manta  ; 
pero  bien  luego  se  resolvió  y  cogiéndola  con  dos 
dedos,  la  hizo  rodar  por  el  pasto. 

El  «  rebozo  »  se  desenvolvió  al  caer,  y  una  cosa 


78  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


redonda  resguardada  por  una  capa  de  hojfis  verdes 
y  frescas  se  deslizó  hasta  sus  pies  con  la  docilidad 
de  una  bola. 

La  joven  retrocedió  recelosa  al  principio,  cre- 
yendo todo  lo  malo ;  mas  de  súbito  lanzó  un  pe- 
queño grito  y  volvió  á  aproximarse  confiada,  mi- 
rando á  todos  lados  como  sorprendida  agradable- 
mente. 

Las  hojas  frescas  se  habían  desprendido  del  ob- 
jeto redondo,  poniendo  á  la  vista  chorreando  gotas 
de  miel  la  hermosa   «  lechiguana  »   de  la  víspera. 

Dora  la  recogió,  pues  no  contenía  una  sola  abeja, 
y  fuese  á  enseñársela  callada  y  pensativa  á  su 
hermana,  que  aun  se  revolvía  en  el  lecho. 

—  ¡  Mira  !  —  exclamó  Nata  muy  admirada.  — 
¿Quién  lo  trajo? 

—  No  sé. 

Dora  acompañó  su  frase  con  una  mueca. 
Las  dos   se   quedaron    mirando    el   gran   globo 
plomizo. 

—  ¡  Quién  sabe  lo  que  será  esto !  —  dijo  Dora  de 
pronto,  observando  con  visible  desagrado  que  tenía 
untados  de  miel  los  dedos. 

—  Sí,  es  muy  raro, —  objetó  Nata. 

Dora  se  volvió  hacia  la  puerta,  diciendo : 

—  El  rebozo  también  apareció. 

Tras  de  estas  palabras  tiró  al  patio  la  « lechi- 
guana», que  al  rodar  lejos  fué  esparciendo  por 
aquí  y  acullá  sus  hojaldres  hasta  detenerse  en  el 
muro  de  la  cocina,  donde  rebotó  como  una  cas- 
cara vacía  para  sepultarse  en  un  hoyo. 


NATIVA 


Momentos  después,  Dora  se  acercó  muy  grave 
al  ventanillo  de  don  Anacleto,  separando  sin  mi- 
ramiento alguno  las  plantas  parietarias  que  se  en- 
roscaban delante  lujuriosas,  dejando  apenas  un 
corto  espacio  para  dar  cabida  á  una  persona  junto 
á  la  reja. 

La  pieza  que  habitaba  el  capataz  con  uno  de 
sus  compañeros  era  espaciosa,  y  en  su  arreglo  in- 
terior bastante  pintoresca. 

Catres  fuertes,  pieles,  banquetas  improvisadas 
con  cabezas  de  bueyes  viejos,  una  mesa  de  pino 
blanco,  dos  guitarras  resquebrajadas  ya  por  el 
tiempo  y  muy  morenas  en  la  caja  por  el  uso, 
aunque  con  todas  sus  cuerdas,  «lazos  »,  «manea- 
dores»,  «tres  marías  »,  cabestros,  bozales,  «redo- 
monas »,  estribos  de  madera,  cueros  de  zorros  y 
gatos  monteses,  tijeras  de  esquila,  marcas  de  hierro, 
sogas  y  lonjas  para  «  tientos  »,  recados  completos, 
frenos  y  riendas,  charque  en  abundancia,  rollos 
de  tabaco  negro  envueltos  en  «  chala  »,  un  tercio 
de  «  yerba  -  mate  »  ,  y  otras  cosas  y  utensilios  apa- 
recían diseminados  en  el  suelo,  paredes  y  huecos 
ó  colgantes  de  la  cumbrera  sin  orden  ni  simetría. 

No  faltaban  tampoco  en  medio  de  esta  confu- 
sión, resaltantes  sobre  el  muro  negro  con  sus  co- 
lores vivísimos  de  sangre  de  toro  y  yema  de  huevo, 
dos  ó  tres  imágenes  de  santos,  el  arcángel  san 
Gabriel,  san  Jorge  matando  al  dragón  y  otra  pin- 


80  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


tura  de  ánimas  saliendo  del  purgatorio.  Algunos 
mechones  de  cerdas  de  caballo  pendían  de  astas 
de  venado  á  los  flancos.  Bajo  el  ventanillo  de 
cruz  de  hierro,  una  olla  regular  tumbada  por  falta 
de  un  pie  servía  de  depósito  á  un  montón  de 
«  garras  »   y  sebo  fresco  propio  para  candiles. 

Dos  ó  tres  clases  de  enredaderas  silvestres,  por 
la  parte  de  afuera,  cubrían  el  ventanillo,  llevando 
sus  largas  guías  hasta  más  arriba  de  los  aleros; 
por  manera  que  mezclábanse  habas  del  aire,  cam- 
pánulas azules,  hojas  canaliculadas  en  gracioso 
tumulto  formando  arcada  la  siempre  verde,  punto 
de  cita  de  pájaros  -  moscas,  «  viudillas  »  y  pica- 
flores al  salir  el  sol  ó  al  caer  la  tarde.  Aovaban 
también  allí  algunas  de  estas  avecitas,  y  de  sus 
huevezuelos  daba  cuenta  con  frecuencia  Dora  para 
fabricar  collares  ó  sartas  caprichosas  que  le  du- 
raban lo  que  una  campanilla  de  parietaria. 

Entre  estas  enredaderas  fué  donde  se  metió 
Dora,  sin  poner,  como  decíamos,  mucha  atención 
en  los  destrozos  que  ocasionara  á  su  paso. 

Estaba  el  capataz  muy  absorbido  en  la  confec- 
ción de  un  cabestro,  puesta  la  yema  del  pulgar 
izquierdo  debajo  de  la  tira  de  cuero  muy  tirante 
sujeta  por  una  presilla  con  botón  en  el  hierro  ver- 
tical de  la  cruz,  en  tanto  que  con  su  mano  de- 
recha, tostada  y  callosa,  deslizaba  el  cuchillo  por 
el  borde  del  cabestro  levantando  bajo  el  filo  largos 
rulos  de  piel  seca. 

De    pronto    asomó    en    el    ventanillo    el  rostro 


NATIVA  81 


picaresco  de  la  joven,  quien  le  dijo  con  un  acento 
humilde: 

—  Esas  abejas  son  como  fieras,  don  Anacleto .  .  . 
Vea  usted,  yo  no  tuve  la  culpa  si  lo  picaron,  y 
vengo  á  prevenirle  que  es  bueno  para  eso  un  poco 
de  sebo  de  la  riñonada,  porque  suaviza  mucho  y 
quita  el  ardor.  ¿  No  se  ha  puesto  usted  ?  .  .  .  . 

El  capataz,  suspendiendo  en  el  acto  su  tarea, 
la  miró  con  un  aire  de  bondad  mezclado  á  tai- 
monía,  contestando  en  tono  socarrón : 

—  La  cosa  no  es  para  tanto,  niña ....  Ya  no 
me  escuecen  las  picazones,  y  lo  que  siento  es  ha- 
berles dejado  el   «camoatí». 

—  ¡  Si  apareció  hoy  con  el  «  rebozo  »  en  la  huerta, 
don  Anacleto,  y  yo  lo  he  tirado  ahí  junto  á  la 
cocina ! 

¿  No  adivina  usted  quién  ha  podido  traerlo  en- 
tonces, si  no  ha  sido  usted  mismo  ó  Nereo  ? 

—  No  sé  nada, — repuso  el  capataz  con  sorna. — 
Yo  no  lo  truje. 

—  ¿Y  los  peones ? 

—  Puede  ser,  niña.  Pero,  cuasi  aseguro  que  no, 
porque  esa  es  gente  que  nunca  chupa  miel  de 
avispas  y  se  recoge  temprano  para  ganarle  la  de- 
lantera al  sueño  ....  La  negra  habrá  andado  por 
el  abra,  y  sin  más  ni  más  agarrado  el  panal,  aunque 
los  bichos  se  le  prendieran  en  la  trompa. 

—  ¡No  !  ¡Si  Guadalupe  no  se  ha  movido  ayer  de 
tarde,  ni  lo  habría  puesto  entre  las  pitas  de  la 
huerta,  enterito  como  estaba!  .... 

6 


82  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  Si  no  hay  rastro  de  hocico,  es  otra  cosa,  — 
observó  el  capataz  reflexionando  con  la  mano  en 
la  barba. 

—  Boca  será,  don  Anácleto,  pues  mi  negra  no 
tiene  hocico  —  dijo  Dora  un  poco  enfadada. 

— Lomesmo  es,  niña, — respondió  el  viejo. — Ahora 
caigo  por  qué  «  hullaban  »  tanto  los  perros  á  más 
de  media  noche,  por  junto  y  parejo,  como  hacen 
cuando  andan  por  el  campo  «  aparecidos  »  ó  leones 
hambrientos  .... 

—  ¿Qué  dice  usted,  don  Anácleto? 

—  Nada  digo,  sino  que  algún  «  matrero  »  trujo 
la  miel,  y  á  la  fija  se  llevó  algún  cordero  á  la 
vuelta  —  contestó  el  capataz,  recomenzando  su 
tarea  con  aire  muy  serio. 

Dora  se  quedó  meditabunda,  y  apartóse  luego 
del  ventanillo. 


No  impuso  á  su  hermana  de  esta  conversación. 

Nata,  sin  embargo,  hablóla  en  ése  y  en  el  si- 
guiente día  de  ciertos  ruidos  extraños  que  ella 
había  sentido  la  noche  que  se  siguió  á  la  aven- 
tura ;  rumores  mezclados  al  ladrido  de  los  perros, 
que  siempre  anuncian  gente  en  el  campo,  y  que 
le  robaron  el  sueño. 

Dorila  se  limitó  á  encogerse  de  hombros  y  á 
reirse  de  sus  preocupaciones. 

—  Habré  soñado,  dijo  Natalia ;  pero  yo  juraría 
que  hasta  sentí  voces,  así  como  de    quien   enea- 


NATIVA  83 


riña  los  mastines  y  los  vuelve  mansos,  porque  al 
momento  no  más  los  perros  en  vez  de  ladrar  fu- 
riosos como  al  principio,  rezongaban  bajo  casi  ven- 
cidos .... 

Don  Luciano,  á  quien  ninguna  de  estas  cosas 
cogía  de  sorpresa,  ni  podían  tomarle  otras  mayores 
que  él  presentía,  acompañaba  á  Dora  en  sus  risas 
sin  abrir  comentario  alguno  sobre  las  ánimas  ó 
los  duendes  de  media  noche. 

De  todas  maneras,  Nata  no  volvió  á  sus  paseos, 
entregándose  á  sus  labores,  al  punto  de  pasarse 
horas  enteras  junto  al  bastidor  bordando  sus  telas; 
muy  superior  en  esto  de  dar  entretenimiento  á  las 
manos  á  Dora,  quien  nunca  salía  de  la  bastilla  ó 
hilván  menudo  por  animosidad  á  la  aguja  más 
que  por  el  dolor  que  sintiera  en  las  espaldas  de 
que  algunas  veces  se  quejaba,  aun  cuando  en  otro 
género  de  tareas  fuese  diligente  y  animosa. 

Nada  de  ello  privaba  que  siguiese  en  sus  excur- 
siones á  pie  ó  á  caballo,  con  la  compañera  for- 
zada en  reemplazo  de  Natalia,  que  era  la  negra 
Guadalupe  ;  mocetona  verdaderamente  corpulenta 
y  guapa  con  su  pelillo  en  forma  de  racimos  de 
saúco,  sus  ojos  saltones  de  un  color  plomizo,  su 
nariz  chata  y  respingada  en  la  punta  con  las  alas 
muy  abiertas  y  su  boca  grande  de  labios  pulposos 
con  dientes  tan  blancos  y  parejos,  que  bien  podían 
compararse  á  los  granos  de  «mazamorra  »  con 
leche  que  ella  sabía  preparar  los  días   de    fiesta. 

Nada  de  notable  ocurrió  en  estos   paseos,  que 


84  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


diese  lugar  á  temores  ó  desconfianzas ;  lo  que  fué 
devolviendo  la  tranquilidad  al  ánimo  de  Nata,  que 
ya  empezaba  á  echar  de  menos  sus  horas  de  li- 
bertad por  las  tardes,  días  después  de  los  inci- 
dentes relatados;  y  especialmente  su  gira  casi  co- 
tidiana á  la  ribera  del  río,  bajo  el  sauzal  de  los 
patos. 

Por  su  parte,  y  en  el  interés  de  la  compañía, 
Dora  no  dejaba  nunca  de  encarecerle  los  buenos 
momentos  que  pasaba  con  Guadalupe  cuando  se 
iban  en  busca  de  nidos  y  habas  del  aire. 

Tanto  insistió  á  este  respecto,  dando  á  las  me- 
nores cosas  un  colorido  de  sobra  interesante,  que 
logró  al  fin  arrancar  á  su  hermana  de  su  retiro, 
á  cuya  sombra  protectora  la  piel  de  su  rostro  y 
manos  había  casi  recobrado  la  prístina  blancura. 
Natalia  sonrióse  una  tarde  y  se  dio  por  ven- 
cida. 

Fué  el  de  los  sauces  el  sitio  escogido,  el  cual 
quedaba  á  poca  distancia  de  las  «  casas  »,  sobre 
la  escarpa  del  río. 

En  esa  parte  del  monte  en  forma  de  herradura 
abríase  una  picada  ó  sendero  angosto  á  través 
de  «  talas  »  ,  espinillos  y  «  guayacanes  »  que  con- 
cluía en  la  ribera  arenosa,  desde  cuya  playa  do- 
minábase el  río  en  todo  su  ancho ;  y  por  un  claro 
espacioso  del  monte  en  la  orilla  opuesta,  una  gran 
zona  de  la  campaña  con  sus  planicies  y  «  cuchillas  », 
matorrales  y  hondonadas. 

Por  este  sendero  muy  conocido  se  entraron  las 


NATIVA  85 


dos  jóvenes,  yéndose  á  sentar  en  el  amplio  tronco 
de  un  sauce  cuyos  gajos  flexibles  en  correctos 
arcos  humedecían  en  las  aguas  sus  extremos,  for- 
mando un  pasaje  umbrío,  por  donde  desfilaban 
en  la  tarde  de  uno  en  fondo  nutrias  y  «  macaes  ». 

Lav  corteza  blanda  aparecía  rayada  en  diversos 
sitios  con  un  punzón,  rayaduras  que  eran  cifras 
y  letras  hechas  al  descuido  por  la  mano  de  Dora ; 
tan  mal  inscritas  que  debió  haber  puesto  al  pie 
de  cada  una :  ésta  es  una  X,  ó  éste  es  un  5, 
á  fin  de  no  equivocarse  luego  ella  misma,  que  lle- 
gaba á  comparar  la  primera  con  una  patita  de 
chingólo,  y  el  segundo  á  un  copete  de  cardenal. 

En  silencio  permanecieron  algunos   momentos. 

Después,  como  tuviese  Dora  delante  de  su  vista 
un  trecho  ó  pequeña  playa  cubierta  de  ligero  musgo, 
pareció  darle  tema  á  la  memoria,  porque  dijo 
riendo : 

—  Allí  enterrábamos  otros  años  los  pollitos  que 
se  morían,  cuando  apenas  tenían  pelusa .... 

¿Te  acuerdas.  Nata? 

—  Sí,  —  contestó  ésta  con  aire  distraído.  —  Les  po- 
níamos una  cruz  de  ramitas.  También  á  los  po- 
bres jilgueros,  que  tanto  queríamos.  .  .  . 

—  Me  acuerdo,  —  añadió  Dora,  — que  á  los  po- 
cos días  no  podíamos  ya  resistir,  y  les  sacába- 
mos de  encima  la  tierra  para  ver  lo  que  había 
pasado  dentro. 

¡Cu¿tntos  gusanillos  se  movían!.  .  .  .  Era  un  hor- 
miguero. 


E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¡  Mira !  —  dijo  Nata  señalando  á  la  otra  orilla. — 
Por  allí  viene  gente. 

Dora  dirigió  al  sitio  indicado  sus  ojos. 

En  realidad,  un  grupo  de  hombres  de  caballe- 
ría que  al  parecer  venían  buscando  el  vado,  se 
habían  acercado  paso  á  paso  hasta  la  escarpa 
del  río;  y  clavando  en  el  terreno  húmedo  los 
cuentos  de  sus  lanzas  adornadas  de  banderolas, 
puéstose  á  contemplar  muy  atentos  y  silenciosos 
á  las  dos  mujeres  del  sauce  como  á  objetos  bas- 
tante raros. 

Parecían  haberse  olvidado  del  deber  y  de  la 
consigna  para  darse  tan  extraña  tregua  deliciosa. 

Un  tanto  absortos,  pues,  con  sus  greñas  secas 
y  polvorientas  por  encima  de  las  mejillas  tosta- 
das, sus  barbas  espesas  hasta  el  pecho  y  sus  ma- 
nos afirmadas  en  los  astiles,  fijos  los  ojos  melan- 
cólicos en  un  solo  blanco,  allí  estaban  inmóviles 
con  las  cabezas  altas,  lo  mismo  que  una  banda 
de  ñandúes  en  presencia  de  un  paño  que  flota  al 
aire  ó  de  un  pato  que  se  revuelca  en  las  hier- 
bas. 

Nata  y  Dora  se  pusieron  de  pie  lentamente, 
sin  saber  qué  camino  seguir,  algo  turbadas  é  in- 
quietas. 

Al  fin  uno  de  aquellos  hombres  levantando  una 
pierna  que  hizo  chocar  en  la  carona,  exclamó  con 
voz  enronquecida,  aunque  perceptible  á  la  distancia: 

—  ¡Se  me  hace  que  me  llega  esencia  de  «chi- 
rimoyo», Cristo  bendito! 


NATIVA  87 


El  resto  rió  en  coro,  produciendo  esta  risa 
que  brotaba  de  entre  nutridos  pelos  el  efecto  de 
un  prolongado  rezongo  de   «  carpincho». 

Las  dos  hermanas  escaparon  corriendo,  hasta 
trasponer  el  monte. 

Cerca  ya  de  las  casas,  acortaron  su  carrera  fa- 
tigadas, riéndose  á  su  vez  á  pesar  de  la  alarma ; 
y  cogiendo  Dora  á  su  hermana  del  brazo,  pre- 
guntóla jadeante : 

—  ¿  No  sentiste  mucho  ruido  de  ramas  cuando 
pasamos  junto  á  los  ceibos?.  .  .  .A  mí  me  pare- 
ció que  era  un  hombre  que  se  escurría .... 

—  Sería  algún  novillo. 

—  No. 

—  ¿Si  vendrán  esos  soldados  en  busca  de  los 
«  matreros  »  ? 

—  Habrán  equivocado  el  paso,  y  eso  es   todo. 

—  ¡  Sí,  poco  baqueanos  son  ellos  para  no  dar 
con  él! 

—  No  creas.  Esa  caballería  trae  algún  intento 
de  este  lado  del  monte...  . . 

Una  detonación  de  arma  de  fuego  en  la  orilla 
que  acababan  de  abandonar,  cortó  aquí  la  frase 
á  Dora.  Sucediéronse  á  ésta  dos  más,  y  luego 
gritos  y  voces  recias  que  se  alejaban. 

A  poco  algunas  nubéculas  blancas  como  lana 
cardada  surgían  de  las  flotantes  bóvedas  del  bos- 
que, remontándose  en  suaves  remolinos  por  la  at- 
mósfera serena. 


E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Cuando  las  hermanas  se  entraban  en  el  patio, 
salía  don  Luciano  apresuradamente  con  su  catalejo 
y  poníase  á  descubrir  el  campo  por  la  parte  del 
monte. 

Sin  separar  el  instrumento  de  la  visual,  dijo, 
viéndolas  venir: 

—  No  conviene  que  anden  cerca  del  río .... 
En  un  derrepente  van  á  morder  á  estas  mucha- 
chas en  las  piernas  los  perros  cimarrones ....  si 
no  es  una  bala  de  tercerola  que  las  alcanza. 

— ¡  Don  Anacleto !  —  gritó  seguidamente  al  capa- 
taz que  se  aproximaba,  — repunte  la  tropilla  del  lado 
de  la  loma,  y  cuide  de  mi  pangaré.  .  .  .  Sería  bueno 
lo  metiese  temprano  en  la  enramada.  Haga  arrear 
también  la  majadita  del  «  tronco  »  hasta  aquí 
encima,  y  que  las  borregas  pellizquen  lo  que 
puedan.  .  .  .  ¡Diablo  de  alboroto,  caneja!  ¡No  pa- 
rece sino  que  siempre  hemos  de  estar  oliendo  a 
pólvora,  mil  cuernos ! . .  .  .  Allegue  las  dos  leche- 
ras barrosas  al  palenque,  y  vea,  viejo,  que  ese 
mancarrón  macaco  no  dé  con  su  pelada  en  lo 
duro. 

—  ¡Qué  ha  de  dar!  —  contestó  el  capataz  amos- 
cado. Dende  que  me  conozco  ningún  mañero  me 
ha  cascao  las  liendres. 

Y  en  tanto  atendía  al  reclamo,  seguido  de  dos 
peones  tan  viejos  como  él,  don  Anacleto  refun- 
fuñaba : 


NATIVA 


—  Ya  comienzan  á  los  tiros.  .  .  . 

Esta  noche  á  la  cuenta  me  chingolean  el  ma- 
lacara  y  me  hacen  humo  el  «  maneador  »  .  .  .  . 
No  se  enriede  en  las  cuartas,  compadre  Calde- 
rón, y  enderece  esa  tropilla  al  corral,  ¿no  ve  que 
viene  abriéndose  cancha  la  yegua  madrina? 

Paisano  lerdo  el  Nereo,  con  sus  lomos  gran- 
dotes.  ¡Mire  sino  cómo  aparta  aquella  barrosa  de 
la  cría  y  se  va  encima  de  las  guampas  ese  hom- 
bre condenado ! 

—  ¡Oh!  y  le  habrán  gustado  siempre  masque 
el  lado  de  la  cola,  compadre  Anacleto  —  repuso 
Calderón  entrecerrando  un  ojo. 

—  Asina  será .  .  .  .  ¡  Costalee  ese  animal  y  vén- 
galo coleando,  don  Nereo,  que  el  becerro  viene 
atrás  de  la  ubre !  # 

Estas  voces  sobresalían  pujantes  al  ruido  del 
ganado  menor  y  mayor  arrollado  hacia  el  corral 
y  el  palenque,  y  al  de  los  galopes  alternados 
con  troteos  á  son  de  rebenque  y  rodajas.  Una 
gran  nube  de  polvo  envolvía  hombres  y  cua- 
drúpedos. Balidos  y  relinchos  completaban  el  con- 
cierto, en  medio  del  cual  desempeñaban  los  cen- 
cerros una  función  importante. 

Don  Luciano  seguía  dando  sus  órdenes  á  pe- 
sar del  tumulto,  y  sus  viejos  servidores  obede- 
ciéndolas, aunque  no  con  mucho  acierto  en  to- 
dos los  momentos  á  causa  de  la  confusión,  la 
distancia  ó  la  sordera  crónica  de  alguno  de  los 
peones,  así  impropiamente  llamados  en  las  es- 
tancias, siendo  antes  que  eso  centauros. 


90  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


En  la  parte  del  monte,  sin  embargo,  nada  in- 
ducía ya  á  sospecha  ó  temor,  después  de  los  ti- 
ros y  gritos  que  habían  motivado  la  alarma. 

El  bosque  en  sus  orillas  é  isletas  visibles,  apa- 
recía silencioso;  ningún  hombre  había  asomado 
al  llano,  y  las  mismas  aves  de  la  ribera  del  río, 
patos,  espátulas  y  garzas,  remontándose  ó  aba- 
tiéndose tranquilas  entre  los  juncos  y  espadañas, 
indicaban  el  mayor  sosiego  en  aquellos  luga- 
res solitarios. 

Las  jóvenes,  bajo  la  impresión  natural  que  les 
había  producido  el  suceso,  fueron  encaminando 
sus  pasos  maquinalmente  hasta  la  huerta;  y  ha- 
bíanse sentado  pensativas  junto  á  los  pitacos, 
mirando  hacia  aquellos  árboles  inmóviles  y  mu- 
dos con  ese  aire  de  curiosidad  y  de  duda  que 
imprime  en  el  semblante  el  espectáculo  de  una 
escena  aislada  cualquiera    de  dramas    ignorados. 

Luego  se  pusieron  á  conversar  con  vivacidad, 
nerviosas  y  excitadas ;  ora  comentando  el  rumor 
entre  el  foli¿ije  de  los  ceibos  que  Dora  había 
oído  al  pasar,  ya  la  aproximación  á  la  orilla  de 
aquel  grupo  de  hombres  melenudos,  ya  las  de- 
tonaciones cerca  de  los  sauces  donde  ellas  ha- 
bían estado  muy  confiadas ;  y  como  final  de  sus 
coloquios,  convinieron  en  que  alguna  atingencia 
tenían  con  cosas  tan  raras  los  desconocidos  que 
las  sorprendieron  en  mitad  de  sus  risas,  la  tarde 
en  que  tentaron  apoderarse  de  la  «  lechiguana». 

—  Lo  que  resulta  de  todo  esto,  —  concluyó  por 


NATIVA  91 


decir  Nata,  —  es  que  ya  no  podremos  ir    sin   te- 
mores ni  á  la  isleta  de  los  sauces. 

—  Dejaremos  pasar  algunos  días,  por  si  acaso, 
—  repuso  Dora. 

—  Y  volverá  á  suceder  lo  mismo.  En  verdad 
digo  que  no  me  siento  con  ánimo  para  andar 
más  sola  por  allí. 

—  ¡Miedosa!  ¿Qué  sabes  tú  si  esos  hombres  son 
perversos?.  .  .  .  No  lo  demuestran,  al  menos.  Ya 
tenían  tiempo  de  haber  dado  alguna  prueba,  y 
entre  tanto,  recuerda  lo  que  papá  nos  ha  dicho. 

—  Porque  él  es  bueno,  y  nunca  piensa  nada 
malo  de  los  demás. 

—  Mira:  yo  creo  que  la  «lechiguana»  fué  traída 
aquí  por  uno  de  aquellos  que  vimos.  .  .  .tal  vez 
por  el  de  cabello  rubio .... 

—  ¿  Por  qué  lo  supones  ? 

—  No  sé ...  .  Me  parece    ...   lo  presiento. 

—  ¡  Loquilla !  Ya  té  lo  imaginas  muy  apuesto. 

—  ¡  Ya  verás !  —  exclamó  Dora,  refregándose  las 
manos  con  cierta  ansiedad. —  Te  digo  otra  vez  que 
no  sé  por  qué  me  lo  figuro ;  pero ....  esa  cara .... 

—  ¿Qué  tenía?  La  habrás  visto  en  sueños,  como 
se  ven  otras  nada  lindas. 

—  ¡  Quién  sabe  !  Yo  pienso  que  no,  Natilla  ;  algo 
me  dice  que  la  he  visto  en  Montevideo,  y  tú 
también    .  .  . 

Nata  se  puso  á  reir  con  una  gracia   adorable. 
Luego,  dijo : 

-¿Será  aquel  Pedro   de  Souza,  de  los  Volun- 
tarios Reales,  que  tanto  te  persigue? 


92  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¡  Qué  !  —  prorrumpió  Dorila  con  ímpetu.  —  Ése 
tiene  el  pelo  castaño  y  los  ojos  verdosos.  ¿  Y  qué 
iba  á  andar  haciendo  dentro  de  las  breñas  ? .  .  .  . 
¡Qué  ocurrencia  la  tuya  tan  original! 

—  Entonces,  no  sé.  .  .  ,  Tampoco  puse  mucha 
atención  con  el  susto. 

—  Eso,  más  bien. 

—  ¿Te  acuerdas,  Dora,  cuando  Souza  te  apun- 
taba el  catalejo  en  el  teatro,  tieso  en  su  silla, 
apenas  acababan  de  encender  las  candilejas? 

—  Y  muy  gallardo  que  me  parecía,  con  su 
traje  de  paño  bien  abrochado  y  una  media  cha- 
rretera en  el  hombro,  —  contestó  Dora  con  un 
gesto  de  despecho. — Está  en  Santa  Lucía  de  guar- 
nición. 

Pero,  no  se  trata  de  ése .... 

Guadalupe  interrumpió  aquí  el  diálogo  con  su 
presencia,  para  advertir  á  las  jóvenes  que  era  hora 
de  comer. 


V 


LOS    CUENTOS    DE   DON   ANACLETO 


La  comida  fué  breve,  y  contra  su  costumbre, 
don  Luciano  se  mostró  grave,  y  las  jóvenes  ta- 
citurnas. Poco  de  nuevo  se  habló  sobre  el  epi- 
sodio del  día. 

Presentábase  muy  hermosa  la  noche.  Las  her- 
manas se  pasearon  juntas  largo  rato  en  el  patio, 
hasta  sentirse  fatigadas. 

Entonces  sacaron  del  dormitorio  unos  bancos 
pequeños  que  pusieron  á  uno  y  otro  lado  de  la 
puerta  del  comedor  y  se  sentaron,  con  ánimo  al 
parecer  de  aspirar  aire  libre  buenos  momentos. 
En  realidad  corría  un  aura  deliciosa. 

Vino  el  viejo  capataz  á  hacerles  compañía,  se- 
gún su  hábito  antiguo,  aunque  esta  noche  con 
un  ceño  de  marcada  desconfianza  y  miradas  es- 
cudriñadoras hacia  el  monte. 

Púsose  una  colilla  de  cigarro  detrás  de  la  oreja, 


94  E.   ACEVED0   DÍAZ 


y  callado,  en  cuclillas  contra  la  puerta,  obser- 
vaba á  ratos  á  las  jóvenes,  con  las  manos  jun- 
tas entre  las  rodillas,  el  sombrero  en  la  nuca  y 
el  barboquejo  debajo  de  su  nariz  de  garra,  la 
barba  canosa  muy  revuelta  y  doblada  hacia  el 
pecho  y  los  ojos  un  tanto  asediados  por  vejigas 
carnosas,  fijos  en  la  zona  más  oscura. 

Dio  una  tos  bronca,  y    siguió    en    su    silencio. 

Las  hermanas  se  miraron,  sonriéndose. 

—  Empiece  un  cuento,  don  Anacleto,  —  dijo  Nata. 
—  Se  va  usted  haciendo  un  poco  remolón. 

—  No  crea,  niña  Natalia.  Es  que  se  nos  va  el 
humor  á  los  viejos  cada  día  que  pasa,  y  sernos 
asina  como  cuerda  de  guitarra,  que  es  juerza  afi- 
nar para  que  suene. 

—  Bueno,  yo  la  afino,  —  repuso  Nata  con  dul- 
zura. 

—  ¡  Quién  no  ha  de  contar ! .  .  .  .  Pero  yo  no  caigo 
en  una  cosa  á  gusto  que  venga  á  pelo,  por  com- 
placerla. 

—  Cuento  de  amores. 

— De  amores  ha  de  ser,  y  con  abrojos,  niña, 
que  nunca  el  hombre  es  de  suerte,  por  lo  mesmo 
que  es  engreído. 

Cuando  le  toca  la  china  parece  cosa  de  mi- 
lagro. 

—  Nosotras  no  somos  más  afortunadas,  don 
Anacleto,  —  dijo  Dora  simulando  la  mayor  pena. 

—  A  según  y  conforme,  —  respondió  el  capa- 
taz con  una  tos  grave.  —  Cuando  yo  era  mozo  te- 


NATIVA  95 


nía  muchos  amigos,  y  no  conocí  á  ninguno  sa- 
tisfecho por  buena  correspondencia  ó  por  aquel 
gusto  que  él  se  propuso  sentir;  eso  que  eran  de 
chapeado  y  virolas,  muy  garifos  en  sus  fletes,  y 
de  fama  en  el  pago.  Al  ñudo  se  encalabrina- 
ban todos  á  una,  tendiéndole  el  ala  á  una  moza 
muy  garrida  que  moraba  en  una  cuesta  del  valle, 
entre  las  toscas  de  la  serranía,  lo  mesmo  que 
pájaro  huido;  y  nó  faltaba  alguno  que  se  ponía 
escapulario  por  alcanzar  la  gracia.  Era  de  balde. 
La  moza  no  caía  en  el  lazo  de  los  requiebros, 
ni  en  los  ardiles  de  la  trova:  ni  trampa  de  pie 
de  amigo;  ni  otra  cosa  es  con  guitarra.  Ubalda 
miraba  á  todos  igual,  y  al  mirarlos  los  consu- 
mía como  si  fuese  basilisco ;  por  lo  que  ya  ma- 
gros de  carnes  los  mozos,  unos  decían  que  á  la 
cuenta  era  hija  de  bruja,  y  otros,  para  peor,  que 
era  engendro  de  murciélago  y   de   calandria .... 

—  ¿Ese  es  el  cuento,  don  Anacleto?  —  interrum- 
pióle Dora  con  aire  de  mucho  interés. 

—  En  el  comienzo  voy.  Para  decir  verdad,  es 
una  historia  que  pasó,  y  no  invento  que  se  me 
antoja. 

—  ¡Qué  linda  debe  ser! — dijo  Nata.  —A  mí  me 
gustan  las  cosas  verdaderas. 

—  Ya  estoy  ansiosa,  —  añadió  Dora    sonriendo. 
El  capataz  se    recostó    bien    contra    la    pared, 

mirando  las  estrellas;  y  luego  de  acariciarse  la 
barba,  prosiguió  muy  formal: 

—  Una  ocasión  cayó  al  pago  un  mozo    foras- 


96  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


tero  como  de  veinte  ó  treinta  años  con  la  cara 
hoyosa,  los  ojos  de  lechuza  medio  salidos,  nariz 
que  parecía  un  «  biricuyá  »,  paletas  grandes  y 
muy  dientudo  el  hombre,  con  el  pelo  tieso  como 
crin  de  chivato,  —  que  se  llamaba  Nicasio  de  ape- 
lativo;—  y  junto  con  el  llegar  de  este  forastero 
fué  el  alboroto,  como  quiera  que  la  gente  del 
pago  era  medio  tentada  de  la  risa. 

Nicasio  no  se  fijó  en  eso,  diciendo  que  cuasi 
todas  las  risas,  por  ser  de  envidia,  se  parecían  á 
las  roncas  del  gato:  muchos  dientes  finos,  mu- 
chos bigotes  tiesos  y  mucho  lomo  hinchado.  Asina 
feo  como  era  se  puso  á  obsequiar  á  Ubalda;  y 
con  sorpresa  grande  se  vido  que  ella  comenzó  á 
redetirse  dende  que  lo  miró. 

La  hermosura  á  la  fija  la  tendría  por  adentro 
este  forastero,  lo  mesmo  que  está  lo  gustoso  del 
«  macachín  »  por  abajo  del  amargor;  porque  de 
otra  laya  no  acertaban  con  el  tiro  los  mozos  del 
pago. 

Ya  se  ve,  —  decían  todos;  —  más  vale  llegar  á 
tiempo  que  ser  convidado. 

Noche  á  noche  caía  Nicasio  al  rancho  de  Ubalda, 
y  se  retiraba  temprano  por  no'  ser  cargoso,  con- 
tento con  su  buena  ventura  y  hablando  siempre 
de  hacerla  su  mujer. 

¡Miren  qué  miel  para  esa  boca!  —  intrigaban  los 
mozos. —  Pues  no  hay  más  que  correrlo  al  dien- 
tudo .... 

Dora  sofocando  sus  ímpetus  de  reir,  interrum- 


NATIVA  97 


pió  aquí  al  capataz,  diciendo  con  bien   fraguada 
indignación: 

—  ¿Y  qué  tenían  ellos  que  mezclarse  en  lo  que 
no  les  importaba?  Si  Ubaldina  quería  á  Nicasio, 
esos  pretendientes  debían  irse  á  sus  casas,  á  to- 
mar «  mate  »   en  la  cocina.  .  .  . 

—  ¡Ahí  está,  niña!  A  los  hombres  les  gustaba 
mangonear  por  el  gusto  de  entrometerse  en  lo 
ajeno;  y  para  mejor,  cuando  el  padre  de  Ubalda, 
que  andaba  «  tropeando  »,  cayó  al  rancho  una 
tardecita,  preguntó  qué  hacía  allí  sentado  en  una 
cabeza  de  vaca  aquel  basilisco;  y  como  le  con- 
testasen que  era  el  consentido  de  la  moza,  se 
puso  el  viejo  á  bufar  y  á  quererlo  despedir  sin 
más  saber  del  asunto.  Las  lágrimas  le  saltaban 
á  Ubaldina,  la  madre  se  ponía  de  su  costado  y 
Nicasio  hacía  empeño  por  amansarlo. 

Todo  jué  al  ñudo. 

—  ¡Qué  crueldad  no  oirlo,  don  Anacleto! 

—  Asina  es.  Como  campanas  de  palo  son  las 
razones  de  un  pobre.  .  .  . 

No  hubo  que  hacer:  Nicasio  se  marchó  lleván- 
dose el  corazón  de  la  moza,  y  dicen  que  iba  triste 
esa  tarde  como  el  que  ha  perdido  la  madre,  mon- 
tado en  un  «  redomón  »  doradillo,  rumbo  á  un  abra 
de  la  sierra,  en  busca  de  algún  matorral  grande 
á  la  cuenta  para  esconderse  de  la  mozada  zum- 
bona. .  .  . 

Cuando  se  supo  la  cosa,  el  pago  se  revolvió  lo 
mesmo  que  nido  de  «  mangangá  »  en  que  se  ha 

7 


E.   ACEVEDO  DÍAZ 


metido  una  mosca  brava  por  enquivocación.  Mor- 
disco aquí  y  pinchazo  allá,  no  dejaban  al  foras- 
tero ni  una  nada  de  pellejo  sano;  y  era  de  ver 
cómo  miraban  á  Ubaldina  los  que  ella  no  había 
querido  ! .  .  .  . 

La  pobre  moza  era  un  manantial  de  llanto;  y 
por  las  mañanitas  cuando  los  pájaros  comienzan 
á  picotearse  las  plumas  y  anda  saltando  el  ga- 
nado retozón  y  suena  el  cencerro  de  la  yegua 
madrina  metiendo  alboroto  en  el  campo,  se  le  vía 
junto  al  palenque  como  una  viuda  afligida,  con  los 
ojos  nublados  en  el  abra  aquella  en  que  se  hun- 
dió Nicasio,  siempre  firme  en  que  él  había  de 
volver,  porque  no  era  menos  que  la  piedra  que 
cae  del  cerro  al  bajo  para  juntarse  con  las  otras 
sin  que  naide  la  arrempuje. 

Pero,  á  los  pocos  días  se  corrió  que  Nicasio 
había  caído  de  una  barranca  alta,  y  que  lo  ha- 
bía apretado  el  «redomón»,  dejándolo  muerto  en 
la  zanja. 

Cuasi  todos  se  alegraron  del  mal  del  prójimo, 
cuando  un  «  tropero  »  trujo  la  noticia  á  la  casa 
de  negocio  del  Gavilán,  —  que  era  donde  la  mo- 
zada se  juntaba  para  jugar  al  naipe. 

¡Qué  breva  para  el  forastero!  —  habían  dicho 
antes,  cuando  el  padre  de  Ubalda  lo  despidió. 

Ahora  dijeron:  —  ¡Consuelo  te  denlos  «caran- 
chos »,  hoyoso! 

Ubaldina  se  escondió  en  el  rancho  como  si  hu- 
biese ganado  abajo  de  la  tierra,  á  llorar  á  la  fija 


NATIVA  99 


hasta  quedarse  lo  mesmo  que  un  junco.  ¿Quién 
había  de  enjuagarle  los  ojos,  que  no  juese  ella 
mesma?  Naide  se  para  á  alzar  la  pobre  borrega 
que  anda  sólita  balando  por  el  campo  cuando 
sopla  viento  frío,  á  no  ser  el  dueño;  —  y  naide 
tampoco  le  saca  á  la  gama  cuando  se  clava,  la 
espina  del  dedo,  si  no  es  para  afirmarle  mejor  un 
tiro  de  bolas.    Con  Ubalda  la  ley  era  pareja .... 

—  ¿Y  Nicasio?  —  preguntó  Dora  roja  de  risa. — 
No  dice  usted  si  murió  de  veras,  don  Anacleto. 

—  ¿Nicasio? 

—  Sí,—  observó  Nata.  — Yo  me  intereso  por  el 
pobre  á  quien  deja  usted  en  una  zanja  cerca  de 
los  tigres .... 

—  No  lo  comieron,  niña;  aunque  no  me  acuerdo 
si  dije  que  había  tigres  allí .... 

—  ¡Sí,  que  dijo! 

—  Será  asina.  Como  resentido  y  agraviado  tenía 
Nicasio  que  dar  la  vuelta,  y  la  dio,  como  que 
las  cosas  no  habían  pasado  sino  de  la  laya  si- 
guiente: el  que  se  había  golpeado  en  la  barranca 
no  era  él,  sino  el  padre  mesmo  de  Ubalda  que 
iba  á  apartar  para  tropa  en  el  valle ;  y  quien  lo 
sacó  por  projimidad  de  abajo  del  roano  con  una 
canilla  rota,  fué  el  chachueco  Nicasio  en  cuerpo 
y  alma ;  por  lo  que  el  viejo  dijo  que  aquello  pa- 
recía cosa  de  otro  mundo.  Dijo  más  el  lisiado: 
«  este  Nicasio  no  tiene  la  cara  tan  fiera,  y  lo  he 
de  servir  dándole  mujer  á  su  gusto». 

El  mesmo  envidioso  que  dio  una  noticia  con- 


100  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


traria,  fué  á  contar  la  verdadera  á  la  casa  del 
Gavilán,  cuando  todavía  seguía  el  chacoteo  en 
la  mozada. 

Jugaban  al  truco,  retozando.  Carmelo,  el  más 
ladino  y  «payador»,  tironeaba  para  abajo  el 
naipe  apretándolo,  por  verle  la  lista,  aunque  pa- 
recía que  no  quería  verla;  los  otros  habían  he- 
cho con  sus  hojas  cañutos  y  se  reían  ó  chifla- 
ban, por  el  gusto  de  lucirse.  Y  al  tironear  al 
ñudo,  Carmelo  canturreaba : 

Mariquita  me  dio  un  ramo, 
Que  le  tomase  el  olor.... 
Si  querés  llamarte  Rosa 
Consérvate  siempre. ,  . .  flor. 

Dijo.  Y  otro  contestó  por  el  gusto  de  mentir:  ¡en- 
vido ! 

Fué  en  eso  que  entró  el  embustero  y  les  en- 
dilgó la  fresca. 

Todos  dejaron  caer  las  barajas  aturdidos,  y 
uno  gritó:  ¡esa  es  grilla,  cuñao! 

—  No  es  grilla,  aparceros,  —  respondió  él;  — sino 
cosa  de  verdad,  y  si  miento  que  me  parta  un  rayo 
ahora  mesmo .... 

—  ¿Llovía  y  tronaba  en  ese  momento,  don 
Anacleto? 

—  No  lo  sé  á  la  fija;  pero  el  cielo  estaba  tor- 
dillo oscuro  y  «  refucilaba  »  fuerte ....  El  caso 
es  que  se  armó  una  «  tinguitanga  »  de  todos  los 


NATIVA  101 


diablos  en  el  Gavilán,  y  que  poco  faltó  para  que 
lo  «  achurasen  »  al  «  tropero  »  mentiroso;  lo  que 
hubiera  acontecido  si  no  hubiese  escapado  como 
un  viento. 

El  caso  es  que  una  tardecita  caliente,  de  esas 
que  le  gustan  al  «  aguacil  »  y  al  chingólo,  es- 
taba la  moza  toda  achirlada  en  la  puerta  del 
rancho,  cuando  vido  que  se  allegaba  Nicasio  junto 
con  su  padre. 

Ubalda  cuasi  se  cayó  de  alegría  encima  de  un 
paisano  viejo,  que  andaba  por  consolarla  en  sus 
pesares  con  la  cencia  que  dan  los  años. 

El   «tropero»   al  llegar  le  dijo,  medio  quejoso : 

«Ahí  está,  muchacha.  Yo  te  lo  traigo  á  este 
«  matrerazo»  por  si  te  gusta  .  .  .  Decí  que  no,  {la- 
dina!. .  .  .  En  la  barranca  maldita  de  sierra  aden- 
tro, más  dura  que  pared  de  iglesia,  rodó  el  roano 
y  me  apretó.  De  nada  me  valieron  el  cuerpo  y 
la  vista  ¡canejo!  porque  el  mancarrón  se  arrolló 
atrás  de  mí  como  un  mataco,  y  en  un  repeluz 
me  hizo  añicos  la  canilla. » 

Sin  dejarlo  más  hablar,  lo  bajaron  al  viejo  y 
lo  acostaron. 

Después  Nicasio  dijo  que  él  sabía  sanar  las 
heridas,  sin  poner  el  ungüento  al  sereno,  ni  los 
trapitos  á  la  luna:  nada  más  que  con  unas  tablas 
chicas,  que  había  que  a  justarle  al  hueso. 

Como  si  juese  brujería,  en  una  semana  el 
«  tropero  »  aseguró  que  ya  podía  mover  bien  la 
lisiada. 


102  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Vean,  niñas:  medio  brujo  tenía  que  ser  Nica- 
sio,  porque  el  caracú  viejo  no  se  pega  no  más 
asina.  .  .  . 

—  ¡Pobre  don  Tropero!  —  prorrumpió  Dora;  — 
¡cómo  sufriría! 

—  Indalecio  era  el  apelativo,  no  Tropero.  Yo 
lo  llamo  asina  porque  acarreaba  ganado  de  la 
sierra ;  y  eran  pocos  tan  baqueanos  para  apartar 
reses  gordas  entre  los  pedregales  y  tirarle  las 
«boleadoras^  al  novillo  serrano  que  quería  ganar 
los  barrancos,  con  los  cuernos  como  ahujas  y  .  .  .  . 

—  ¡  Oh,  don  Anacleto!  — dijo  Nata.  —  El  cuento 
era  de  amores.  .  .  . 

—  Como  iba  diciendo,  niña.  .  .  . 

Sin  tártago,  ni  «  cambará  »,  ni  yerba  de  las 
piedras,  Nicasio  curó  al  hombre,  y  lo  puso  de- 
recho. 

Entróse  entonces  á  arreglar  el  casamiento  en 
el  pueblito,  que  estaba  á  un  galope  de  dos  le- 
guas. El  padre- cura  no  vido  inconveniente,  di- 
ciendo que  él  se  alegraría  de  asujetar  las  dos  al- 
mas con  el  mesmo  yugo,  porque  asina  se  vían 
menos  en  pique  de  perderse. 

Pero  la  mozada  descontenta  no  jué  de  ese  pa^ 
recer,  y  todos  juraron  que  le  habían  de  jugar  á 
Nicasio  una  mala  partida,  por  haberles  venido  á 
robar  la  flor  de]   pago. 

Y  jué  que,  en  la  tarde  antes  del  casorio,  se 
juntaron  hasta  unos  cinco  ó  seis  entre  las  pie- 
dras grandes   del   valle,    en    la   cuesta;    montado 


NATIVA  103 


Carmelo  en  zancos,  y  todos  con  mechas  enseba- 
das á  modo  de  candiles,  para  prenderlas  en  la 
noche  y  salirle  con  ellas  al  encuentro  al  foras- 
tero cuando  cruzase  para  el   rancho. 

Nicasio  pasó  sin  recelo  una  c  cañada  »  al  tranco 
de  su  tordillo,  y  se  jué  acercando  al  pedregal. 

Aunque  estaba  escuro  el  cielo,  venía  el  hom- 
bre mirando  estrellas  de  puro  gusto:  y  estrellas 
vido  en  un  redepente  en  la  escuridad,  porque  al 
pronto,  como  luces  amarillas  de  las  ánimas  en 
pena,  lo  cegaron  los  candiles  de  la  gente  em- 
boscada; y  una  fantasma  del  grandor  de  un  «ca- 
nelón »  que  traía  una  luminaria  en  la  mano  y 
parecía  echar  humo  negro  por  la  boca,  se  le  vino 
encima  á  saltos  de  langosta,  gritando:  «  ¡Oinganlé 
al  duro,  y  se  duebla!   ¡A  la  uña,  aparceros!» 

Pero,  el  forastero  que  no  era  ni  medio  manco, 
se  hizo  á  un  lado  sin  gran  julepe  y  sacando  un 
gran  trabuco,  dijo: 

—  ¡  No  se  me  allegue  el  que  no  quiera  morir, 
y  abran  paso! 

Uno  de  los  mozos,  viendo  que  Nicasio  hacía 
uso  de  armas,  sacó  otra  de  fuego,  pero  ya  cuando 
él  bajaba  el  gatillo,  y  ponía  á  Carmelo  con  los 
zancos  para  arriba,  como  cae  la  cigüeña  que  está 
comiéndose  un  pescado  y  recibe  un  chumbo  en 
la  cabeza. 

En  mirando  esto,  el  mozo  tiró  también,  y  tan 
á  la  fija,  que  á  Nicasio  le  alcanzó  un  balín  en 
un  ojo,  volteándolo  por  los  cuartos  en  menos  que 
tardó  en  chispear  la  piedra. 


104  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Asina  que  Ubalda  supo  esto,  corrió  sola  al 
matorral,  sin  que  la  gente  pudiese  privarla  de 
ver  muerto  á  su  novio. 

Esa  noche  no  volvió,  y  creyeron  que  se  había 
refugiado  en  alguna  « tapera »  á  llorar  su  des- 
gracia. 

La  buscaron  por  todas  partes,  sin  encontrarla 
en  nenguna,  como  si  la  hubiese  tragado  la  tierra; 
sólo  hallaron  un  pañuelo  suyo  mojado  en  san- 
gre junto  al  cuerpo  de  Nicasio,  y  con  el  que  á 
la  cuenta  le  había  estado  secando  la  herida  al 
dijunto. 

Y  muchos  días  y  meses  pasaron  sin  saberse 
más  de  Ubaldina,  aunque  se  registraron  montes 
y  barrancos,  por  si  en  ellos  había  rastro  de  la 
pobre  perdida. 

Y  dicen  las  mujeres  del  pago  que,  por  allí 
junto  al  matorral  del  suceso,  se  vía  siempre  una 
fantasma  blanca  que  corría  atrás  de  una  lucecita 
amarilla  después  déla  media  noche;  y  que  cuando 
esa  linterna  se  apagaba  en  la  boca  mesma  de 
un  pozo  que  cerca  de  la  sierra  había,  la  fan- 
tasma se  hacía  humo  negro,  hasta  perderse  en- 
tre un  monte  espeso,  á  donde  naide  entró  nunca. 


En  este  punto  iba  de  su  relato  don  Anacleto, 
y  escuchábanle  en  parte  las  jóvenes,  tentadas  á 
cada  instante  de  la  risa— á  pesar  de  lo  trágico 
del  asunto  —  por  el  modo  que  de  narrarlo  tenía, 


NATIVA  105 


cuando  un  ginete  sujetando  el  caballo  en  la  cresta 
de  la  vecina  loma,  dejó  á  todos  en  suspenso,  con 
no  poca  sorpresa  y  sobresalto. 

El  primer  impulso  en  las  hermanas  fué  el  de 
entrarse  al  comedor,  y  se  pusieron  de  pie  en  el 
umbral ;  pero  notando  que  el  ginete  se  acercaba 
al  trote  rumbo  á  la  enramada,  sin  compañía,  y 
con  aire  reposado,  Dora  se  apresuró  á  decir  en- 
tre riente  y  temblorosa,  deteniendo  á  Nata  del 
brazo : 

—  ¡Vea,  don  Anacleto,  qué  se  le  ofrece  á  ese 
hombre,  que  de  aquí  se  me  está  pareciendo  mu- 
cho á  Nicasio! 

El  capataz  se  paró,  mirando  muy  atento  al 
que  se  aproximaba ;  y  como  hallase  demasiado 
misterioso  y  negro  al  ginete,  al  punto  de  no  des- 
cubrirle ni  una  pinta  blanca  en  el  cuerpo,  y  que 
se  avanzaba  callado,  cubierto  con  un  sombrero 
como  un  hongo,  repuso  con  aire  grave: 

—  Permítanme,  niñas,  que  vaya  á  buscar  el 
trabuco,  porque  se  me  hace  que  ése  que  se  allega 
«  no  es  trigo  limpio  ». 

Y  sin  agregar  más  palabra,  fuese  precipitada- 
mente á  su  habitación,  acomodándose  el  cinto,  sin- 
tiendo que  se  aflojaban  las  puntas  del  chiripá, 
á  consecuencia  tal  vez  de  haber  estado  tanto 
tiempo  sentado  sobre  los  talones. 

Nada  agradable  fué  á  las  jóvenes  el  verse  so- 
las. 

Después  de  titubear  un  momento,  entráronse, 
llamando  á  voces  á  su  padre. 


106  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Don  Luciano,  que  escribía,  muy  absorto  en  sus 
apuntes,  en  mangas  de  camisa  por  el  calor,  le- 
vantóse en  el  acto  dejando  la  pluma,  y  vino  sin 
pérdida  de  tiempo  al  llamado. 

—  Mira, papá,  —  dijo  Dora; — ¡ahí  llega  un  hom- 
bre! 

—  ¿Y  es  ése  motivo  de  alarma? 

—  Precisamente  no;  pero  después  de  lo  suce- 
dido esta  tarde,  creemos  que  hay  razón .... 

—  ¿Por  qué  ha  de  haberla?.  .  .  .    ¡Vamos  á  ver! 
El  hacendado  salió  al  patio ;  y  en  medio  de  él 

se  paró,  con  la  camisa  abierta  en  el  pecho  y  las 
manos  en  la  cintura,  la  cabeza  al  aire  libre  y 
una  actitud  desenvuelta  y  tranquila,  propia  de 
hombre  muy  sano  y  entero. 

Cerca  encontrábase  sombrero  en  mano  y  apos- 
tura militar,  firme  y  respetuoso,  un  mocetón  rene- 
grido, de  quien  era  sin  duda  un  caballo  que  pia- 
faba, atado  al  palenque. 

Al  divisarle  y  medirle  con  una  ojeada  de  cam- 
pero sagaz,  don  Luciano  dijo  con  autoridad,  como 
si  lo  conociera: 

—  ¿Cómo  te  va,  negro? 

—  Muy  bien  mi  señor,  para  servir  á  su  merced. 

—  ¿Qué  andas  haciendo? 

—  Venía  á  hablarle  al  señor  de  una  cosa  de 
apuro .... 

—  ¿A  esta  hora? 

—  Crea  su  merced  que  es  una  obra  de  cari- 
dad, y  que    corre  priesa ....  Mi   amo  está  lasti- 


NATIVA  107 


mado  y  metido  ahí  en  el  monte;  y  como  hay  que 
cuidarlo  al  abrigo,  vengo  á  pedirle  permiso  para 
traerlo  á  ese  rancho  viejo  que  hay  en  el  bajo, 
siquiera  por  unos  días .... 

—  ¿Tú  tienes  amo? 

—  Como  digo,  mi  señor;  aunque  él  me  dio  li- 
bertad,—  repuso  el  negro  con  acento  cariñoso  á 
la  par  que  humilde. 

—  ¿Y  cómo  se  llama? 

—  Luis  María  Berón. 

,  Don  Luciano  quedóse  un  instante  en  silencio, 
un  tanto  sorprendido. 

Nata  y  Dora  escuchaban  todo  desde  el  ven- 
tanillo del  dormitorio,  no  menos  admiradas  que 
el  bueno  de  Robledo. 

El  negro,  que  parecía  despejado  y  resuelto,  si- 
guió hablando  sin  dejar  de  atender  á  uno  y  otro 
lado  á  los  perros  que  lo  olfateaban  formando 
como  una  ronda  atenta  y  gruñidora. 

—  Nosotros  moramos  en  el  «  potrero  »  del  monte, 
más  arriba  de  la  isleta  que  su  merced  conoce, 
pero  todos  los  días  venimos  hasta  el  rincón,  y 
muchas  veces  espantamos  para  fuera  el  ganado 
alzado  por  hacer  bien  á  su  merced .... 

—  ¡Hombre!  por  eso  he  visto  esta  mañana  una 
punta  de   « orejanos »   arrimada  al  rodeo. 

—  Pues  para  que  vea  mi  señor;  á  mi  amo  se 
le  puso  entretenerse  en  esa  faena,  y  tanto  fué 
el  empeño,  que  lo  cogió  en  una  pierna  un  no- 
villo bravo,  y  ahí  está  medio  lisiado,  sin  poder 
montar  y  con  fiebre. 


108  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¡No  hay  entonces  mas  que  curarse,  demo- 
nios!.... Malas  diversiones  son  esas  de  jugarse 
con  los  cuernos.  ...  ¿Y  qué  anda  buscando  tu  se- 
ñor por  el  monte,  á  trueque  de  semejantes  cari- 
cias? ¡Vaya  un  gusto,  caneja!.  .  .  .  Berón.  .  .  .  Co- 
nozco un  apelativo  así ...  .  En  fin,  por  ahora,  Be- 
nito .... 

—  Esteban  me  llamo,  para  servir  á  su  mer- 
ced. 

—  Bueno,  Esteban ....  Por  ahora  arréglense  ahí 
donde  dices,  como  Dios  los  ayude,  que  mañana 
será  otro  día,  y  daré  orden  al  capataz  para  que 
los  atienda  bien.  Pero  mira,  negro,  que  en  ese  ran- 
cho viejo  hay  más  sapos  y  sabandijas  que  «  co- 
las de  zorro  »   en  el  campo 

Sonrióse  Esteban  hasta  blanquearle  los  dientes, 
resaltantes  como  el  globo  de  sus  ojos  en  la  os- 
curidad. 

—  Eso  no  importa,  señor.  Yo  me  encargo  de 
espantar  los  bichos  y  de  «  quinchar »  un  poco  el 
rancho  para  que  no  entren  el  agua  y  el  viento. 

—  ¡Convenido !  Te  faculto  para  todo,  que  si  eres 
tan  diestro  para  esas  maniobras  como  ladino  para 
explicarte,  la  cosa   promete. 

—  Ya  verá  su  merced.  Le  voy  á  arreglar  lindo 
la  «tapera»;  y  no  vamos  á  estar  más  que  unos 
dos  ó  tres  días,  hasta  que  se  alivie  un  poco  el 
enfermo.  Después  nos  vamos  á  nuestra  «casa», 
allá  en  el   «  potrerillo  »  .  .  .  . 

—  ¡No  hay  más  que  hablar!    Si  precisas  algo 


NATIVA  109 


ahora,  no  tienes  sino  pedir,  sin  pelillos,  ni  vuel- 
tas de  capacho. 

—  Nada,  mi  señor,  á  no  ser  muchos  perdones 
por  el  atrevimiento.  .  .  . 

—  Todos  los  que  quieras,  bien  hablado. 

—  ¡Gracias  á  su  merced! 

Esto  diciendo,  Esteban  hizo  un  cambio  de  frente 
para  retirarse,  viendo  que  el  hacendado  se  entraba 
en  el  comedor ;  pero  Dora,  que  hacía  un  instante 
había  vuelto  tras  corta  ausencia  al  ventanillo,  gri- 
tóle muy  afanosa  y  comedida: 

—  No  se  vaya  sin  llevar  esto,  que  puede  servir! 
Volvióse  el  negro  solícito,  y  de  las  manos  de 

la  joven  tomó  un  montón   de  hilas  y  unas  tiras 
de  género  blanco. 

Luego  saludó  muy  respetuoso,  y  se  fué,  bal- 
buceando algunas  frases  de  agradecimiento. 

—  ¡Qué  negro  bien  criado!  —  exclamó  Dora. 

—  ¿  Has  visto  ?  —  repuso  Nata  con  asombro.  —  Se 
me  va  quitando  el  miedo.  ¿  Qué  habrá  en  todo 
esto,  Dorila? 

Iba  á  contestar  Dora,  cuando  la  presencia  de 
don  Anacleto  en  el  patio,  á  paso  lento  y  caute- 
loso, con  un  trabuco  cruzado  por  delante  en  la 
cintura,  provocó  en  ella  un  acceso  repentino  de 
risa,  que,  como  siempre,  contagió  á  su  hermana. 

Los  perros  ladraban  detrás  del  ginete,  que  se  di- 
rigía á  la  cuesta  cercana  al  monte,  á  paso  de  trote. 

—  ¡  Ahí  se  va  el  «  matrero  »,  don  Anacleto ! .  .  . 
gritóle  Dora,  ahogando  en  lo  posible  su  hilaridad. 


110  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  Cállate  Do-rila,  —  dijo  Nata. 

—  ¡Si  esto  me  divierte,  déjame!.  .  . 

El  capataz  con  la  mano  en  la  culata  del  tra- 
buco y  con  aire  sigiloso,  volvióse  apenas,  al  pasar 
por  delante  del  ventanillo,  para  decir  con  acento 
bajo : 

—  Vi  que  le  blanqueaban  los  ojos  al  negro,  y 
no  hice  la  atropellada  por  no  disgustar  al  pa- 
trón  

Pero,  ya  lo  filié.  .  .  . 

Y  siguió  hasta  el  cerco  de  la  huerta,  tieso  y 
arrogante. 

Nata,  al  contrario  de  Dora  que  reía  á  sofocarse, 
púsose  cavilosa,  y  cerró  la  pequeña  hoja  del  ven- 
tanillo, murmurando : 

—  Ahora  que  estarán  tan  cerca  de  nosotras, 
siento  más  confianza.  .  .  .  ¡Buenos  sustos  nos  han 
dado !  ¿  No  te  parece  que  no  son  tan  malos  ?  Pi- 
den las  cosas  con  unos  modos.  .  .  . 

—  Yo  te  lo  dije, — repuso  Dorila  moderando  sus 
risas  y  enjugándose  los  ojos  con  un  pañuelo. — Tú 
eres  la  miedosa  que  te  negabas  á  todo,  viendo 
duendes  hasta  en  un  rayo  de  sol. 

—  ¡No  tanto!  .  .  .  Confieso  mi  debilidad;  pero  no 
podrás  decir  que  no  ha  habido  causa  de  miedo. 
Esta  noche,  cierto  es,  me  encuentro  más  tranquila, 
no  sé  por  qué  razón. 

—  Si  resultaran  ciertas  mis  sospechas,  ¡  cómo  te 
haría  burla  !  .  .  .  ¡  Ya  verás  ! 

Y  al    objetar   esto   Dora,  moviendo   de   arriba 


NATIVA  111 


abajo  la  cabeza,  con  los  ojos  puestos  en  el  techo 
y  los  labios  fruncidos,  á  la  vez  que  con  un  reflejo 
de  raro  alborozo  en  el  semblante,  lo  hacía  sen- 
tada en  la  piel  de  yaguareté,  cruzadas  las  manos 
por  delante  de  las  rodillas,  en  infantil  columpio 
el  gentil  cuerpo  como  si  por  él  corriese  azogue. 


VI 


GUADALUPE 


Muy  avanzado  ya  el  día  siguiente,  brillando  en 
espacios  límpidos  un  sol  abrasador,  don  Anacleto 
pudo  observar  que  el  rancho  viejo  se  había  trans- 
formado como  por  encanto ;  lo  que  hubo  de  lle- 
narlo de  asombro,  pues  si  bien  él  había  salido  al 
campo  desde  antes  de  amanecer,  y  en  el  espacio 
de  tiempo  transcurrido  bien  podía  operarse  un  mi- 
lagro semejante,  ninguna  orden  ni  noticia  había 
recibido  respecto  á  esa  «  obra  nueva  » . 

En  realidad,  la  antigua  vivienda  ó  ruina  exis- 
tente junto  al  ribazo  del  arroyuelo  que  desembo- 
caba en  el  río,  no  presentaba  á  esa  hora  el  as- 
pecto agreste  y  desolado  que  en  el  día  anterior ; 
por  el  contrario,  su  techumbre  derruida  había  sido 
recompuesta  con  grandes  y  amarillentos  manojos 
de  paja  brava  cortada  en  las  masiegas  del  es- 
tero; y  segados  á  raíz,  dentro  y  fuera,  en  un  tre- 


NATIVA  113 


cho  considerable,  gran  número  de  cardos  y  cicu- 
tas, presentando  desde  lejos  el  suelo  tal  limpieza 
que  se  podía  jugar  «  á  la  taba  »  en  el  «  playo  » 
sin  tropezarse  con  un  solo   «rastrojo». 

Este  desbrozamiento  formaba  un  semicírculo 
delante  de  la  puerta,  ó  entrada  al  rancho  mejor 
•dicho,  pues  que  aquélla  consistía  en  dos  pieles  de 
perros  cimarrones,  unidos  y  colgantes  como  un 
cortinaje  ;  y  se  dilataba  en  línea  recta  al  monte 
á  través  del  cardizal  como  un  caminito  de  hacien- 
das al  abrevadero.  Dos  ó  tres  caballos  pacían 
cerca,  atados  á  la  estaca.  Salía  humo  del  fogón, 
de  la  parte  atrás  del  «  mojinete».  La  enorme  ojiva 
del  ventanillo  aparecía  cubierta  con  un  cuero  de 
toro,  clavado  á  la  pared  de  «  cebato »  con  esta- 
quillas de  laurel  negro. 

A  horcajadas  en  la  cumbrera,  tal  vez  dando  la 
última  mano  al  «  quinchado  »,  veíase  un  hombre 
negro  muy  afanoso,  que  al  principio  el  capataz 
tomó  por  un  mono  descomunal,  dados  sus  con- 
tinuos y  nerviosos  movimientos. 

A  fin  de  cerciorarse,  fuese  acercando  paso  á 
paso  hasta  la  entrada  de  los  cardos,  y  desde  allí 
púsose  la  callosa  mano  á  modo  de  visera  en  la 
frente  para  mirar  mejor. 

A  poco  de  estar  en  esa  observación  concien- 
zuda, muy  atento,  vio  salir  del  rancho  un  honw 
bre  alto  y  fornido,  color  de  aceituna,  que  se  sentó 
en  cuclillas  contra  la  pared,  á  fumar  un  cigarro 
con  la  mayor  tranquilidad. 


114  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Don  Anacleto  movió  de  uno  á  otro  lado  la  ca- 
beza, diciéndose  algo  perplejo : 

—  El  negro  parece  el  mesmo.  .  .  .  Pero  éste,  es 
charrúa,  y  cacique  ha  de  ser  á  la  fuerza  por  la 
poca  gana  que  tiene  de  trabajar.  ¡  Indio  forzudo  y 
lerdo !  Quien  lo  ve  ahí  tirado  al  sol  en  vez  de  ayu- 
dar al  retinto,  al  igual  de  un  lagarto  viejo  cuando 
canta  la  «  chicharra  »  .  .  .  Yo  te  había  de  dar,  pe- 
rezoso, si  estuvieras  conmigo;  ladrón  de  guascas 
y  de  mancarrones  á  la  horita  en  que  todos  duer- 
men, y  cuando  naide  puede  rayarte  las  costillas 
en  campo  raso.  .  .  .  ¡  Pero  es  atrevimiento  ganarse 
la  « tapera  »  con  la  mesma  faculta  que  una  co- 
madreja ó  un  zorrino  ó  una  vizcacha,  para  el  de- 
cir, que  tanto  da  indio  y  negro  como  cimarrón  y 
salvaje !  .  .  .  Las  pobres  vaquillonas  van  á  empe- 
zar á  parar  la  oreja,  y  para  mí  tengo  que  los  «  ore- 
janos »  les  vienen  dende  hace  días  sacando  el 
cuerpo  á  estos  mandrias .... 

Interrumpió  aquí  el  soliloquio  del  capataz  una 
mirada  distraída  y  vagabunda  del  hombre  en  cu- 
clillas ;  mirada  que  don  Anacleto  consideró  sinies- 
tra y  agresiva,  por  lo  que  en  el  acto  mismo  re- 
solvió dar  cuenta  de  todo  á  su  patrón,  volviendo 
riendas  al  trote  más  largo  de  su  rosillo. 

Pronto  estuvo  encima  de  los  agaves  de  la 
huerta,  y  allí  fué  detenido  por  Nata  y  Dora,  quie- 
nes, cubiertas  las  cabezas  con  una  especie  de  tur- 
bante para  evitar  en  parte  los  ardores  del  medio- 
día, miraban  con  viva  curiosidad  hacia  el  rancho. 


NATIVA  115 


—  ¿  Qué  hay,  don  Anacleto  ?  —  preguntó  preci- 
pitadamente Dora. 

El  viejo  capataz  sujetó  el  rosillo;  y  con  gesto 
duro  de  hombre  que  ha  campeado  y  viene  en 
busca  de  armas  con  que  arrostrar  un  peligro  se- 
rio é  imprevisto,  contestó  á  voz  en  cuello : 

—  ¡Qué  ha  de  haber,  niña!  .  .  .  que  en  el  nido 
de  «  tucutucus  »  de  allí  del  «  playo  »,  se  han  me- 
tido como  unos  «  cinco  ó  doce  »  indios  anoche, 
después  de  canto  de  gallo  á  la  fija,  y  hasta  me  ha 
parecido  ver  entre  los  «  yuyales  »  del  costado,  un 
porción  de  «  osamentas  »  de  animal  yeguarizo.  .  .  . 

—  ¡  No  puede  ser,  don  Anacleto !  ¿  Y  cómo  no 
alcanzamos  á  ver  desde  aquí  á  esos  hombres  ? 

—  Andarían  por  el  campo,  —  agregó  Nata,  un 
poco  sobresaltada. 

El  capataz  escupió  de  lado,  y  dijo : 

—  El  indio,  niñas,  se  agacha  siempre  y  se  es- 
cuende  hasta  en  el  trébol,  por  lo  que  ni  el  ma- 
taco que  juese  les  gana  á  hacerse  una  bola.  .  .  . 
Después  tienen  un  olor  que  los  descubre,  cuasi 
como  el  zorrino,  aunque  se  unten  con  chirimoyo. 
Yo  no  he  visto  más  que  uno,  que  estaba  afilando 
una  flecha  junto  á  la  puerta;  pero,  es  siguro  que 
los  otros  se  encuentran  en  el  rancho  ó  tendidos 
boca  arriba  entre  los  pastos  comiendo  algunos  pe- 
dazos de  carne  cruda. 

—  ¿Ni  siquiera  les  vio  usted  las  plumas  del  co- 
pete? 

—  ¡Nada !. . .  , Esos  mugres  se  pegan  á  la  tierra 


116  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


como  la  iguana  entre  los  cardos,  y  el  más  ba- 
queano se  enquivoca  si  los  encuentra,  por  pare- 
cerse á  troncos  de  sauces  caídos    .  .  . 

Voy  á  avisarle  al  patrón,  antes  que  se  haga 
más  tarde. 

Dejáronle  ir  las  jóvenes,  un  tanto  confusas  pol- 
lo que  habían  oído,  aun  cuando  les  asistía  una 
creencia  contraria  á  lo  aseverado  por  el  capataz ; 
creencia  que  confirmaba  en  cierto  modo  la  tran- 
quilidad que  reinaba  en  el  campo,  no  descubrién- 
dose persona  alguna  en  toda  la  zona  visible.  Sa- 
-  bían  ellas  también  que  él  exageraba  algo  las  co- 
sas por  costumbre  y  por  temperamento ;  y,  en  esa 
conciencia,  no  quisieron  comunicarle  nada  de  lo 
ocurrido  en  la  noche  anterior. 

—  El  pobre  viejo  tiene  una  cabeza  de  « chin- 
gólo », — dijo  Dora  incomodada. — ¿  No  se  le  antoja 
que  en  la  «  tapera  »  está  el  cacique  Pirú  con  toda 
una  horda,  cuando  nada  se  ve  en  el  bajo,  fuera 
del  negro  Esteban  ? .  .  .  .  ¡  Yo  creo  que  tiene  hace 
mucho  á  los  indios  montados  en  la  nariz ! 

Como  don  Anacleto  la  ostentaba  muy  curva  y 
larga,  Natalia  se  rió  de  veras  de  la  ocurrencia. 

—  ¡  Será  eso ! .  .  .  Con  todo,  no  hay  que  descui- 
darse. 

—  ¡  Yo  no  lo  creo  ! 

Mira.  Una  vez  nos  vino  con  la  historia  de  que 
había  en  lo  más  hondo  del  «  rincón  »  matado  un 
tigre,  á  brazo  partido;  mientras  que,  según  Ne- 
reo,  lo  que  había  ultimado  era  un  coatí.  Cuando 


NATIVA  117 


yo  le  pedí  que  me  trajese  el  cuero,  salió  dicién- 
dome  que  se  había  pudrido .... 

Después  nos  trajo  el  cuento  de  que  encontrán- 
dose una  tarde  á  pie  en  el  rodeo  ajustando  la  cin- 
cha, lo  había  atropellado  un  toro  malísimo ....  y 
que  él,  dándose  vuelta  muy  ligero,  lo  había  aga- 
rrado de  los  cuernos  tirándolo  al  suelo  como  á  un 
cochinillo  de  leche  ;  y  entre  tanto,  no  tardó  Cal- 
derón en  venir  á  decir  que  una  novilla  le  había 
dado  en  el  vientre  á  don  Anacleto,  con  sólo  el 
hocico,  y  tirádolo  rodando  de  la  cuesta  abajo,  .  . 

—  Es  preciso  dispensarlo,  Dora,  —  interrumpióle 
su  hermana  riendo ;  —  no  ves  que  ya  es  viejo,  y 
tiene  que  inventarlas.  .  .  . 

—  No,  ¡si  no  me  importa  !  Pero  ¿porqué  nos  en- 
gaña así? 

—  Será  por  vengarse  de  aquello  de  las  avis- 
pas. 

—  Lo  mismo  que  su  pelea  con  los  perros  cima- 
rrones. .  .en  la  noche  de  navidad:  ¿te  acuerdas?..  . 
Venía  él  todo  sofocado,  hosco  y  bufando,  con  el 
pecho  al  aire  y  remangado  hasta  el  hombro.  .  .  . 
Al  otro  día,  en  lugar  de  perros  bravos  muertos, 
papá  halló  junto  al  pajonal  una  pobre  zorra  des- 
cuartizada por  los  mastines  de  la  estancia  que  él 
le  había   «  chumado  »  .  .  .  . 

—  ¡Oye! — exclamó  de  súbito  Nata.  —  Papá  está 
hablando  con  don  Anacleto. 

El  dormitorio  del  señor  Robledo  tenía  un  ven- 
tanillo que  daba  á  la  huerta.  Delante  de  este  res- 


118  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


piradero  ó  ventilador,  que  tal  parecía  por  su  es- 
trechez y  su  configuración,  se  había  construido  un 
pequeño  cobertizo,  á  fin  de  evitar  que  el  sol  pe- 
netrase en  verano.  El  hacendado,  que  se  levantaba 
siempre  muy  de  madrugada,  hacía  su  siesta  des- 
pués de  mediodía,  y  dejaba  semi-abierto  el  venta- 
nillo para  que  corriese  el  aire,  protegido  como 
lo  estaba  aquél  en  parte  por  el  cobertizo. 

Ya  en  su  lecho,  lo  había  sorprendido  el  capa- 
taz con  sus  noticias ;  y  sobre  la  existencia  en  el 
bajo,  de  una  horda,  departían,  cuando  Nata  hizo 
callar  á  Dora. 

Las  jóvenes  se  acercaron,  en  el  doble  interés 
de  oir  algún  dato  nuevo  y  de  disfrutar  de  la 
sombra. 

Poco  de  interesante  pudieron  escuchar. 

Pero,  minutos  después,  vieron  con  algún  asom- 
bro que  don  Anacleto  á  caballo  y  Guadalupe  á 
pie,  llevando  uno  y  otra  provisiones  y  objetos  di- 
versos, se  dirigían  á  las  ruinas  del  estero,  en  franca 
y  amena  conversación. 

—  i  Mejor!  —  dijo  Dora  con  viveza,  batiendo  pal- 
mas. Ahora  vamos  á  saber  por  Guadalupe  todo. 

—  Así  es,  —  añadió  Nata. —  Tú  podrás  pregun- 
tarle á  su  regreso  sobre  lo  que  haya  visto,  y  yo 
lo  haré  con  don  Anacleto,  para  comparar.  .  .  . 

—  ¡Me  gusta!  Así  sabremos  hasta  qué  extremo 
dice  mentiras.  .  .  .  Pero,  me  acuerdo  ahora  que  la 
negra  se  le  parece  un  poco;  y  si  habla  con  Es- 
teban, peor .... 


NATIVA  119 


—  ¡Maliciosa!  ¿Qué  importaría  que  conversase 
con  el  moreno? 

—  jHum!.  .  .  .  Capaz  es  de  entusiasmarse  la  ne- 
grilla .... 

—  Cállate  traviesa  y  vamonos,  que  el  calor  se 
hace  insoportable.    ¡Ya  no  puedo  más! 

Y  tras  de  estas  palabras,  Natalia  fuese  á  prisa, 
para  atravesar  cuanto  antes  el  terreno  quemado 
por  el  sol. 

Dora  corrió  en  pos  con  la  agilidad  de  una 
gama,  en  medio  de  risas  y  parloteos. 


No  se  demoraron  mucho  tiempo  capataz  y  es- 
clava, en  el  desempeño  de  su  comisión.  Transcu- 
rrida media  hora  apenas,  estuvieron  de  vuelta  en 
las  «casas». 

Sin  que  la  llamasen,  Guadalupe  entróse  en  la 
habitación  de  las  jóvenes  con  el  rostro  bañado  en 
sudor  y  cierto  aire  de  misterio,  arreglándose  toda- 
vía en  la  cabeza  un  pañuelo  á  cuadros  rojos  y 
amarillos  que  le  servía  de  cofia. 

Antes  que  con  la  palabra,  interrogóla  Dora  con 
los  ojos,  saliéndole  al  encuentro. 

Guadalupe,  compañía  cotidiana  de  la  joven  en 
el  paseo  á  pie  ó  á  caballo,  en  el  baño  del  ma- 
nantial vecino  y  hasta  en  las  fútiles  diversiones 
y  recreos  campestres,  sabía  interpretar  bien  los 
menores  gestos  de  Dorila ;  y  por  eso,  se  apresuró 
á  decir: 


120  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  No  hay  motivo  para  miedos,  niñas,  porque 
no  son  más  que  tres:  un  indio,  un  moreno  y  un 

—  ¿Y  un  qué?...    ¡Habla,  pues! 

—  ¡  Si  viese  qué  pinta  de  mozo,  niña!  Un  se- 
ñorito rubio  que  tiene  una  cara  que  da  gusto  el 
mirarla,  y  unos   ojos   azules  que  ni    el  cielo .... 

—  Entonces  don  Anacleto  se  engañó,  Guada- 
lupe ;  porque  él  nos  dijo  que  había  por  lo  menos 
una  horda  entera  de  charrúas  en  el  bajo. 

—  ¡  Qué  !  niña,  —  exclamó  la  negra  con  sonrisa 
burlona  ;  —  uno  solo,  y  ése  manso  ;  está  vestido 
como  la  gente,  y  convidó  con  un  cigarro  á  don 
Anacleto.  ...  Ni  un  pasto  han  dejado  en  el  suelo 
y  parece  casa  la  «  tapera  »,  niña,  como  oye :  el 
techo  de  nuevo  y  todas  las  cuevas  tapadas.  Como 
están  cerquita  del  monte,  han  andado  al  trajín  con 
los  troncos;  tienen  fuego,  mate  y  «churrasco». 

¡  Mire  que  entrusos  esos  ! .  .  .  . 

—  ¿Y  el  enfermo ? 

—  A  lo  largo,  en  un  recado.  Habló  poco,  para 
pedirle  á  don  Anacleto  que  su  merced  el  amo  lo 
dispensase,  y  le  diera  las  gracias.  Que  pronto  sa- 
nará y  vendrá  á  saludarlo,  para  irse;  porque  dijo 
que  no  quería  abusar,  estándose  aquí  muchos  días. 
Don  Anacleto  le  aseguró  que  mi  amo  era  gus- 
toso, y  que  no  se  afligiese.  .  .  . 

—  Por  supuesto.  ¿Qué  mal  hay  en  que  esté? 
Así  fuesen  todos .... 

—  ¡  Ay,  niña,  qué  triste  parece  el  mozo  !  Como 
que  está  lastimado  en  una  pierna,  dicen,  por  un 
toro  bravo. 


NATIVA  121 


—  ¡  Pobre  !  ¡  Lejos  de  su  familia  ! 

—  Una  pena,  niña.  El  indio  y  el  moreno  lo  cui- 
dan mucho,  como  á  un  señor;  le  lavan  la  lasti- 
madura y  le  ponen  la  «  yerba  de  las  piedras  ». 
Muy  contentos  con  las  hilachas  y  trapitos  blan- 
cos que  mandó  la  niña,  que  vinieron  bien  para 
el  caso,  porque  estaban  rompiendo  sus  ropas  á 
pedazos ....  Dijo  el  herido  que  había  de  ser  un 
alma  buena  la  que  eso  hacía  con  un  desgraciado. 

—  ¡Mira,  Nata,  por  tan  poca  cosa!.  ...  ¿Y  no 
tiene  madre,  Guadalupe  ? 

—  No  sabré  decirle,  niña  Dora,  sino  que  parece 
marchito;  talmente,  que  al  mirarlo  se  ve  lo  que 
sufre.  Se  llama  Luis  María  ;  por  la  figura,  alto, 
mucho  pelo  rubio  y  tenía  un  pañuelo  atado  en  la 
frente  que  él  se  mojaba  á  cada  momento  con 
agua  puesta  en  una  cascara  de  « mulita»,  muy 
blanca  y  limpia.  ...  El  moreno  se  llama  Esteban. 

—  Sabemos  ya  eso .  .  .  .  ¡  Cuándo  no  te  habías 
de  fijar  en  el  retinto,  pizpireta ! 

—  Barrunta  de  buena  casa,  y  se  muestra  muy 
agradecido  con  su  merced.  Después,  aunque  es 
trompudo,  se  las  echa  de  muy  leído ....  El  indio, 
callado ;  pero  siempre  haciendo  que  se  ríe,  como 
si  tuviese  monos  en  la  cara .... 

A  esta  ocurrencia,  sonrióse  Natalia  que  oía  en 
silencio ;  y  fuese  luego  á  recostar  en  su  lecho  con 
los  ojos  bajos,  más  que  por  sueño  ó  cansancio, 
preocupada  tal  vez  por  las  noticias  é  informes  de 
la  esclava. 


.1.22  E.  ACEVED0  DÍAZ 


Así  que  ésta  se  retiró,  Dorila  hizo  lo  que  su 
hermana. 

Miráronse  las  dos,  con  ánimo  de  comentar  mi- 
nuciosamente las  cosas,  puestas  las  manos  en  las 
mejillas,  y  reclinadas  con  natural  abandono ;  pero, 
cambiadas  algunas  frases  vagas,  se  quedaron  pen- 
sativas bien  pronto,  reconcentradas,  casi  hura- 
ñas, como  si  una  misma  emoción  de  extrañeza 
hubiese  embargado  por  completo  sus  cerebros  y 
estremecido  de  súbito  sus  corazones. 

Quizás  á  esto  contribuía  también  la  hora  y  la 
pesadez  del  día,  de  un  calor  sofocante,  capaz  de 
abatir  los  organismos  más  fuertes.  Por  el  venta- 
nillo entreabierto,  un  tanto  velado  con  una  gasa 
verde,  penetraba  denso  un  aliento  de  fuego,  á  la 
par  que  él  eco  monótono  é  insistente  de  las  ci- 
garras y  el  sordo  zumbido  de  los  «  mangangaes  » 
que  iban  y  venían  cargados  de  polen  de  manza- 
nilla, batiendo  sus  vidriosas  alas  delante  de  las 
maderas  salientes  del  alero.  Unido  al  de  los  abe- 
jorros, oíase  la  música  del  tábano  y  de  cien  in- 
sectos gruñones,  crujir  de  élitros  y  trinar  de  go- 
londrinas al  reparo,  entre  palpitaciones  de  albo- 
rozo. 


Pocas  horas  después,  don  Luciano,  que  se  pa- 
seaba á  pecho  descubierto  por  el  cuadro  del  co- 
bertizo gozando  del  vientecillo  todavía  caldeado 
que  soplaba  de  la  loma,  dijo    á  Guadalupe    que 


NATIVA  123 


no  olvidará  llevar  buena  cantidad  de  yerba  y  azú- 
car «  misionera  »  la  una  y  «  rubia  »  la  otra,  — 
al  rancho  viejo;  y  que  avisase  al  capataz  repun- 
tase la  majada  del  tronco  hacia  el  mismo  sitio, 
para  que  «  los  hombres  »  apartaran  lo  que  qui- 
siesen comer. 

Entre  capataz  y  esclava  solían  promediar  sus 
bregas  y  sus  días  de  bonanza,  que  duraban  pe- 
ríodos casi  determinados;  y  al  lleno  de  las  pri- 
meras llegaron  ese  día,  pues  habían  venido  dis- 
putando á  su  regreso  de  la  «  tapera  »  con  encono 
y  verdadera  tenacidad  acerca  de  futilezas. 

Con  todo,  la  negrilla  lo  buscó  diligente  en  su 
tugurio;  y  no  encontrándolo  allí  se  dirigió  á  la 
cocina. 

Hallólo  en  cuclillas,  con  el  mate  en  una  mano 
y  la  caldera  en  la  otra. 

Al  entrar,  dijo  Guadalupe  con  tono  de  auto- 
ridad : 

—  Manda  el  amo  que  haga  repuntar  las  ove- 
jas para  que  carneen  los  hombres  de  la  «  tapera». 

Don  Anacleto  la  miró  en  silencio,  volviendo 
despacio  sus  pupilas  ahumadas  de  córneas  enro- 
jecidas; y  siguió  sorbiendo  su  órnate  cimarrón» 
hasta  hacer  sonar  la   «bombilla». 

—  ¡  Parece  sordo!  —  murmuró  la  negrilla,  sa- 
cando el  candil  del  hueso  de  caracú  que,  encla- 
vado en  un  rejón  de  marca  vieja,  servía  de  can- 
delero. 

Y  como  viese  luego  que  el  capataz,. en  vez  de 


124  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


darse  por  aludido,  dejaba  en  el  suelo  el  «mate» 
junto  al  fogón  casi  apagado,  y  sacando  su  cu- 
chillo de  cabo  de  asta  se  ponía  á  cortarse  la  uña 
del  pulgar,  paciente  y  concienzudamente,  añadió 
más  amostazada  dándole  la  espalda,  y  como  gru- 
ñendo: 

—  ¡Don  Nereo  todavía  pase,  aunque  le  conver- 
sen con  un  cuerno;  pero  éste!.  .  .  . 

El  capataz  levantó  la  cabeza,  y  dijo  con  aire 
reposado: 

—  Más  aceite  da  un  ladrillo. 

jVenime  no  más  con  enflautadas,  tizón!.  .  .  .  Yo 
sé  por  qué  te  das  tanta  maña  para  servir  á  los 
del  rancho  viejo.  Ya  vide  que  le  guiñabas  el  ojo 
al  cuervo .... 

—  ¡  Qué  más  se  quisiera  el  cabeza  de  cebolla! 
¡No  preciso  de  regodear  á  ninguno  para  merecer, 
mal  hablado;  que  cuando  lo  quiera,  fo  tendré! 

—  ¡Hum!.  .  .  .  Cuando  hagan  pis  las  gallinas. 

—  ¿Qué  dice?.  ..  .  ¡Animalito  de  Dios!  ¡Quién 
lo  ve  tan  viejo  y  tan  zafao,  por  la  Virgen  María! 

—  Nunca  lo  juí ;  sino  hombre  de  esperencia  en 
estas  cosas. 

Por  eso  te  digo  eso,  que  te  ha  acalambrao 
tanto. 

—  ¡  Ja,  ja  !  bozal  le  hace  falta,  —  repuso  ella  sa- 
liéndose á  toda  prisa  irritada. 

—  Sí,  ya  te  conozco  Guada -mota,  —  gritóle  el 
capataz,  temblándole  la  borlilla  del  barboquejo 
en  la  punta  de  su  nariz  de  «ñacurutú». —  ¡Al 
ñudo  te  estás  alborotando,  alacrán  rabón ! 


NATIVA.  125 


La  esclava  se  fué  bufando ;  y  detrás  de  ella 
el  capataz  á  repuntar  la  majada. 

Empezaba  la  sombra  á  formar  ancha  faja  bajo 
el  alero  y  á  correr  menos  caliente  el  aire,  embal- 
samado por  las  manzanillas  en  flor. 

El  ventanillo  del  aposento  de  las  jóvenes  es- 
taba abierto,  y  asomada  una  cabecita  que  era  la 
de  Dora  con  su  ceño  alegre,  fresca,  lozana  y  ju- 
guetona, alargando  á  cada  instante  la  mano  ha- 
cia afuera  para  coger  las  mariposas  blancas  ó 
amarillas  que  en  silencioso  aleteo  trazaban  círcu- 
los sobre  las  enredaderas  del  frente  é  iban  atur- 
didas á  desfilar  por  delante  de  ella. 

Nata  salió  á  hacerle  compañía,  parándose  junto 
al  ventanillo. 

Después  reclinó  su  cabeza  en  el  hombro  de  su 
hermana,  con  la  vista  fija  y  como  perdida  en  la 
extensión  del  campo. 

La  presencia  de  Guadalupe  en  el  patio,  con  la 
provisión  de  yerba -mate  para  los  huéspedes  del 
otro  rancho,  hizo  recaer  el  pensamiento  de  una 
y  otra  en  el  interesante  asunto  cuyo  comentario 
detenido  las  dos  parecían  desear  evitar,  sin  que 
pudiesen  ellas  mismas  explicarse  la  naturaleza  y 
el  alcance  de  sus  escrúpulos. 

Dorila  tenía  sus  vehemencias  y  arrebatos  ge- 
niales ;  Natalia  sus  ensueños  y  vuelos  de  imagi- 
nación, en  parte  acrecentados  por  las  esperanzas 
y  los  anhelos  secretos  de  la  vida  solitaria.  En- 
contrábanse en  esa  edad  en  que  lo  más  real  se 


126  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


encubre  para  la  mujer  de  cierto  poético  misterio 
y  se  trazan  con  la  mente  senderos  de  luz  para 
llegar  á  una  ilusión  suspirada ;  y  cierto  era,  en 
la  situación  de  ánimo  de  una  y  otra,  que  la  pre- 
sencia de  un  extraño  en  la  estancia  de  las  cali- 
dades que  se  atribuían  á  Berón,  prestábase  de  un 
modo  imperioso  á  inclinarlas  á  dulces  halagos  y 
candidos  devaneos.  ¿  Sabían  ellas  acaso,  quién  era 
ni  cuál  había  sido  su  existencia  en  medio  de  la 
campaña  desierta?  No,  en  verdad.  Pero,  esa  misma 
atmósfera  de  lo  desconocido  que  rodeaba  al  hé- 
roe de  la  aventura,  exaltando  un  poco  la  fanta- 
sía de  las  jóvenes,  siquiera  ella  no  fuese  ni  muy 
ardiente  ni  creadora,  incitábalas  de  hora  en  hora 
á  pensar  y  á  creer  en  cosas  antes  no  soñadas. 
Dolíanse  en  el  fondo  algo,  de  que  el  asilo  no 
fuese  más  hospitalario  y  generoso.  Y  de  ahí  se- 
cretos impulsos,  en  parte  comprimidos,  de  endul- 
zarlo y  hacerlo  más  grato  á  la  desgracia. 

A  la  aparición  de  Guadalupe,  —  quien  se  dispo- 
nía á  emprender  marcha  al  bajo,  desde  donde 
llegaba  el  rumor  del  rebaño  arreado  por  el  ca- 
pataz, —  las  hermanas  se  miraron  como  movidas 
por  el  mismo  deseo. 

—  ¡Pobre  el  herido!  —  exclamó  Dora. 

Guadalupe.  .  .  , 

La  negra,  que  se  había  quedado  mirándolas 
con  un  gesto  picaresco,  que  indicaba  bien  á  las 
claras  que  esperaba  órdenes,  se  apresuró  á  acer- 
carse. 


NATIVA  127 


—  ¿Vas  á  la   «tapera»?  —  preguntóle  Nata. 

—  Sí,  niña ;  si  algo  se  ofrece .... 

—  Espera,  —  repuso  Dora.  —  Voy  á  aumentarte 
el  avío. 

Desapareció  del  ventanillo,  para  volver  muy 
pronto. 

Trajo  un  puñado  de  hilas  que  entre  las  dos 
habían  hecho  ese  día,  impulsadas  por  igual  sen- 
timiento piadoso,  como  una  cosa  natural  y  sen- 
cilla, y  dos  pañuelos  blancos  impregnados  de  un 
aroma  suave  de  flores,  sin  duda  recién  arranca- 
das y  esparcidas  luego  sobre  ellos. 

De  todo  formó  un  pequeño  lío,  y  pasóselo  ca- 
llada á  Guadalupe. 

Recibiólo  la  negra  con  una  sonrisa,  y  fuese 
veloz  moviendo  la  cabeza. 

Cuando  Nata  alzó  la  vista,  notó  que  su  her- 
mana la  observaba  risueña  á  su  vez,  y  bastante 
encendida. 


Vil 


AL    CAER   LA    TARDE 


Durante  algunos  días  nada  de  extraordinario 
ocurrió  en  «  Tres  Ombúes  »,  siguiendo  las  cosas 
en  un  estado  análogo  á  lo  descrito. 

Socorrióse  á  los  huéspedes  con  el  celo  que  al 
principio;  el  herido  entraba  en  convalecencia  y 
hacía  sus  pequeños  paseos  por  la  tarde  frente  á 
su  vivienda;  y  sus  dos  compañeros,  el  indio  y 
el  negro,  se  afanaban  en  contribuir  á  las  tareas 
del  campo,  con  una  pericia  y  actividad  tales,  que 
habían  llenado  de  sorpresa  al  señor  Robledo. 

Al  habla  con  ellos,  pudo  persuadirse  de  que 
el  charrúa  había  perdido  en  la  forma  las  crude- 
zas primitivas  de  la  tribu,  de  la  que  vivía  ale- 
jado hacía  más  de  quince  años;  explicándose  así 
su  ductilidad  para  todo  género  de  faenas  y  los 
medios  ingeniosos  de  que  se  valía  para  simplifi- 
car el  «trabajo.  Por    otra    parte,    no    tenía    malos 


NATIVA  129 


hábitos,  se  expresaba  bien;  y  siempre  con  la  son- 
risa en  los  labios,  parecía  de  una  índole  suave 
y  templada. 

En  cuanto  á  Esteban,  bien  echó  él  de  ver  en 
el  acto  que  había  sido  educado  desde  muy  pe- 
queño en  permanente  actividad  laboriosa.  Tan 
hábil  campero  y  domador  como  el  indígena  Cuaró, 
puso  de  relive  al  hacendado  en  breves  días  la 
insuficiencia  de  su  peonaje;  insuficiencia  que  en 
realidad  don  Luciano  no  podía  hacía  tiempo  sub- 
sanar, á  causa  de  las  guerras  y  persecuciones 
continuas,  y  del  estado  del  país. 

Los  mocetones  robustos  habían  emigrado  á  le- 
janos pagos  de  la  otra  banda;  ó  tenían  por  única 
morada  el  corazón  de  los  bosques.  Estos,  que  el 
acaso  le  había  deparado  por  corto  término,  y 
cuyo  concurso  inesperado  debía  propiamente  á 
su  siembra  de  buenas  acciones,  colocáronle  el 
establecimiento  en  condiciones  insuperables  para 
una  próspera  marcha. 

Casi  todo  el  ganado  arisco  y  «  orejano  »  fué 
lanzado  del  interior  del  monte,  en  masa  consi- 
derable, campeado  y  sujeto  á  radio;  hiciéronse 
grandes  rodeos  y  apartes;  se  domó,  dióse  caza 
al  ñandú,  formóse  acopio  de  cerdas  y  de  plu- 
mas; trajéronse  varias  veces  á  encierro  enormes 
manadas  de  yeguas,  que  no  conocían  la  «  man- 
guera »  ;  esquilóse  una  última  y  pequeña  majada  ; 
y  sujetáronse  algunas  vacas  al  palenque. 

Cierto  es  que,  como  por  encanto,  y  á  una  in- 
8 


130  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


vitación  de  Cuaró,  surgieron  del  monte  diez  ó 
doce  mozos  de  melena  y  botas  de  potro ;  los  que, 
rozagantes  y  alegres,  hablando  de  «  acordarse 
de  sus  tiempos »,  como  si  éstos  muy  atrás  hu- 
biesen quedado,  emprendieron  la  faena  con  ahinco, 
tomándola  en  cuenta  de  diversión,  para  ellos  pro- 
hibida por  el  rigor  de  los  dominadores. 

Aunque  por  esos  campos  el  tráfico  no  era  mu- 
cho, defendidos  por  un  lado  con  una  valla  de 
bosques,  los  mocetones  volvían  á  ciertas  horas  á 
sus  guaridas,  evitando  en  lo  posible  todo  encuen- 
tro desventajoso  con  las  partidas  brasileñas  ó  con 
las  del  «  Brigadeiro  »  Frutos  que  solían  cruzar 
por  la  carretera,  de  allí  distante  dos  leguas. 

Por  entonces,  la  riqueza  pecuaria  del  país  em- 
pezaba á  ser  objeto  de  latrocinios  por  parte  de 
los  dominadores  en  la  vasta  zona  del  norte;  y 
si  bien  no  había  llegado  allí  el  sistema  de  la 
confiscación  y  del  despojo,  no  debía  demorar  en 
hacerse  sentir  de  la  manera  más  irritante  é  ini- 
cua. Era  cuestión  de  tiempo  y  oportunidad.  El 
desfile  de  esas  partidas  importaba  una  previa  ex- 
ploración. 

Si  el  señor  Robledo  se  sentía  contento  y  sa- 
tisfecho, no  lo  estaba  menos  que  el  buen  criollo 
el  viejo  don  Anacleto.  Pocas  palabras  hallaba  en 
su  misma  verbosidad  y  jerga  campesina  para 
ponderar  el  servicio  de  los  mozos ;  y  todo  cuanto 
tenia  era  poco  también  para  obsequiarlos  y  te- 
nerlos alegres. 


NATIVA  131 


Había  cobrado  grande  afecto  á  Cuaró  y  á  Es- 
teban, y  admiraba  en  el  primero  la  destreza  en 
el  tiro  de  bolas,  diciendo:  *  nunca  vide  acolla- 
radas tres  Marías  que  silbasen  más  lindo  y  con 
provecho;  y  hasta  el  toro  mesmo  se  duebla  con 
sólo  su  música  en  las  guampas  ». 

Del  negro  agregaba  que,  para  echar  un  «  pial  » 
ó  un  nudo  «  potriador  »,  ó  para  afirmársele  en 
los  lomos  á  un  potro  de  los  que  muerden  el  aire 
ó  se  «  costalean  »  de  puro  gusto,  no  había  quién 
pudiera  pisarle  una  hilacha  del   «  cribao  ». 

De  esta  suerte,  la  estancia  era  un  centro  de 
jolgorio.  Resonaban  con  frecuencia  las  guitarras, 
y  aun  á  veces,  en  concierto  con  éstas  los  acor- 
deones; cantigas  patrióticas,  trovas  y  serenatas; 
muchas  voces  y  risas,  ruido  constante  de  espue- 
las de  hierro  con  más  pinchos  que  una  corona 
de  espinas ;  trotes  y  carreras  ;  y  en  ciertas  no- 
ches, acentos  simpáticos  modulando  aires  de  la 
tierra  á  lo  lejos  en  la  soledad  de  los  campos. 
Algunas  de  esas  voces,  de  un  timbre  puro  y  vi- 
brante, atravesaban  la  distancia  como  ecos  me- 
lancólicos de  sacrificios  ignorados,  que  adquirían 
mayor  encanto  confundidos  con  los  ruidos  y  es- 
tridulaciones  misteriosas  del  desierto. 

Pero,  en  otros  días,  un  silencio  profundo  de- 
nunciaba la  ausencia  de  aquel  espíritu  juvenil  y 
entusiasta  que  tenía  el  don  de  animar  las  «  ca- 
sas »  y  el  llano  con  su  savia  poderosa  de  buen 
humor  y  de  vida. 


132  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Aquellas  novedades  distraían  bastante  el  ánimo 
de  las  dos  hermanas,  que  veían  «  remozado  »  á 
su  padre,  cuyo  nombre  pronunciaban  todos  los 
«  matreros  »  con  cariño  y  respeto.  Por  eso,  algo 
echaban  de  menos  en  las  noches  silenciosas. 

Don  Luciano  había  ido  varias  veces  al  rancho 
de  los  asilados,  y  remitido  diversos  útiles  y  ob- 
jetos á  Cuaró. 

Con  todo,  nada  de  nuevo  había  dicho  á  ellas, 
salvo  que  el  herido  seguía  siempre  arribando,  sin 
otros  remedios  que  el  lavado  sencillo  y  el  vigor 
exuberante  de  su  juventud. 

No  les  era  esto  suficiente,  porque  ya  la  curio- 
sidad del  primer  día  podía  bien  calificarse  ahora 
de  interés.  Los  datos  que  conocían  inclinában- 
las á  pensar,  aparte  de  lo  que  naturalmente  preo- 
cupan ciertas  proximidades. 

Al  principio  sé  condolieron;  después  desearon 
apreciar  el  objeto  de  su  aflicción  más  de  cerca, 
mirarle  y  recrearse  en  su  buena  obra. 

Con  instinto  propio  de  mujer,  presentían  que 
esto  debía  sobrevenir;  y  no  se  equivocaron  en 
el  cálculo. 


Gineteaba  Esteban  una  tarde  en  un  redomón 
de  pelaje  muy  negro;  tan  negro,  que  el  ginete 
bien  podía  decirse  que  formaba  con  el  solípedo 
una  sola  masa,  por  no  asemejarlo  á  un  centauro 
retinto,  no  soñado  por  la  fantasía  helénica. 


NATIVA  133 


Tal  vez,  á  esta  circunstancia  especial  ó  á  este 
detalle  poco  común,  debíase  el  interés  con  que 
le  miraban  desde  las  «casas»;  pues  muy  próximo 
á  ellas,  en  un  declive  suave  y  extenso,  cuyo 
límite  marcaba  un  «  sombra  de  toro  »,  era  donde 
el  diestro  esclavo  ponía  á  prueba  su  habilidad  y 
sus  músculos  de  acero. 

La  cincha  ajustada  al  medio,  marcaba  bien  la 
presión  en  el  vientre  del  cuadrúpedo,  formándole 
á  los  lados  dos  curvas  abultadas,  por  lo  que  antes 
de  la  corveta  y  el  corcovo,  el  brioso  animal 
insistía  á  cada  instante  en  el  arqueo  del  lomo 
para  sacudirse  la  carga  con  la  cabeza  entre  los 
remos  delanteros,  en  cuya  posición  lanzaba  re- 
linchos ahogados  que  parecían  estertores  de  fiera. 

El  negro  estaba  descalzo,  sin  otro  estribo  que 
un  palito  de  madera  dura  colgante  horizontal- 
mente  de  una  guasca  «  sobada  »,  y  la  espuela 
sobre  el  rancajo  desnudo.  Tenía  las  riendas  en 
una  mano,  y  en  la  otra  el  «  maneador  ».  Afir- 
mábase con  los  dos  dedos  mayores  del  pie  en  su 
singular  estribo,  oprimiendo  entre  ellos  la  so- 
guilla. 

Don  Anacleto  lo  ayudaba  por  detrás,  en  el 
castigo,  descargando  sendos  golpes  de  «  lonja  » 
sobre  los  cuartos  del  oscuro. 

El  animal  se  precipitaba  y  revolvía  sudoroso 
cubiertos  de  ampollas  de  espuma  blancas  como 
algodón,  cuello,  boca  y  corvejones, —  las  crines 
revueltas,    las    narices    dilatadas,    el    copete    hú- 


134  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


medo,  los  ojos  enrojecidos  de  una  expresión  in- 
dómita pero  triste,  cual  si  ya  se  sintiese  humi- 
llado y  á  punto  de  ser  vencido.  Sus  grandes  sal- 
tos—  elegantes  botes  de  admirable  gimnasia, — 
sus  paradas  súbitas  sobre  los  pies  traseros  y  ma- 
notadas en  el  vacío,  sacudiendo  la  airosa  cabeza 
á  la  vez  que  todo  el  largo  de  la  médula  para 
lanzar  á  su  tirano ;  sus  gritos  casi  feroces  al  aplo- 
marse en  ágil  columpio  y  refregar  los  labios  lle- 
nos de  sanguinolentas  burbujas  en  los  pastos 
duros,  al  mismo  tiempo  que  levantaba  sus  miem- 
bros posteriores  hiriendo  con  los  cascos  el  aire 
con  increíble  rabia,  fueron  poco  á  poco  limitán- 
dose á  ligeros  brincos  y  ahogados  ronquidos,  cuya 
expansión  hacía  forzosa  la  fatiga. 

Temblábanle  los  miembros  como  si  á  lo  largo 
de  ellos  chorrease  agua  hirviendo,  hundíansele  y 
se  le  ensanchaban  los  ijares  lo  mismo  que  un 
fuelle  de  fragua,  y  solía  erguir  la  cabeza  para 
mirar  desesperado  hacia  la  loma  en  que  corría  la 
yeguada  en  alboroto,  lanzando  un  relincho  que  en 
su  mitad  estrangulaba  el  estertor. 

El  rebenque  del  domador  parecía  remojado,  y 
su  espuela  nazarena  había  aglomerado  en  cada 
punza  buen  número  de  pelos  amasados  con  sudor 
y  sangre. 

Esta  prueba  de  domesticación,  tan  distinta  á  la 
domadura  por  el  copete,  ó  por  método  científico, 
obligaba  también  al  ginete  á  tomarse  alientos, — 
semi  -  aturdido,  á  pesar  de  su  agilidad  y  destreza, 
por  los  vaivenes  y  balanceos  del  potro. 


NATIVA  135 


Don  Luciano  lo  observaba  todo  desde  los  «  om- 
búes  »  ,  á  cuya  sombra  agradable  se  habían  agru- 
pado sus  hijas  con  Guadalupe. 

Nereo  y  Calderón,  acompañados  de  otros,  de  pie 
junto  á  la  enramada  y  con  los  «  mates  »  en  las 
manos,  aplaudían  á  voces  los  quiebros  del  negro 
sobre  los  lomos,  acercándose  de  vez  en  cuando 
para  examinar  en  detalle  el  cuerpo  del  oscuro  que 
hipaba  sin  descanso,  y  hacer  alguna  observación 
pericial  acerca  del  estado  del  «  recado  »  ó  de  las 
piernas  y  la  boca  misma  del  potro,  á  fin  de  pre- 
venir «  no  quedase  mañero  »,  ya  fuese  por  «  man- 
quera »  ,  ya  por  «  blandura  ». 

Al  final  estaba  Esteban  de  su  faena,  y  muy  en- 
tretenidos todos  en  mirarlo,  cuando  un  joven  gi- 
nete  apeándose  á  un  flanco  de  la  huerta,  adelan- 
tóse con  buen  talante  y  aire  desenvuelto  á  saludar 
á  don  Luciano ;  quien,  al  divisarle,  dijo  con  su 
proverbial  sencillez : 

—  Ahí  viene  el  amigo  Berón. 

¿Como  va  esa  lisiada?....  Ya  lo  veo  caminando 
firme,  y  de  lindo  color.  Allegúese.  .  .  .  Aquí  es- 
tamos que  no  perdemos  ojo  en  -  ese  potrillo  que 
ginetea  su  negro .... 

Acercóse  el  joven,  sonriéndose,  y  dio  la  mano 
afectuoso  al  hacendado. 

—  Cada  vez  mejor,  señor  Robledo, — contestó. — 
Agradezco .... 

—  Estas  son  mis  hijas,  que  usted  ve:  Natalia 
y  Dorila.  .. 


136  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Saludólas  Berón  con  un  gesto  expresivo,  que 
parecía  significar:  ya  sé,  y  algo  les  debo. 

Guadalupe  puso  en  blanco  los  ojos,  recostán- 
dose en  el  ancho  tronco  del  segundo  ombú.  Re- 
lamíase los  pulposos  labios  en  silencio. 

Las  hermanas  mostráronse  atentas. 

Bien  se  vislumbraba,  sin  embargo,  que  una  y 
otra,  cada  una  según  su  temperamento,  había 
experimentado  algo  de  sorpresa  ó  de  emoción,  á 
la  vista  del  forastero. 

Hablóse  poco,  á  medias  palabras,  sobre  el  in- 
cidente de  la  herida,  sobre  el  ardor  de  fuego  de 
ese  y  de  otros  días,  sobre  la  habilidad  de  Este- 
ban y  sobre  lo  hermoso  que  estaba  el  campo. 

Sucedíanse  pausas  de  silencio,  por  parte  de  las 
jóvenes. 

Don  Luciano  conversaba  y  reía,  dirigiéndose  á 
veces  á  gritos  al  capataz  para  hacerle  objeto  de 
alguna  pulla  inofensiva,  sabiendo  hasta  qué  ex- 
tremos iba  el  amor  propio  de  su    viejo  servidor. 

No  se  quedaba  sin  la  réplica ;  que  en  eso,  don 
Anacleto  era  infalible,  aunque  contestase  una  cosa 
descomunal. 

Luis  María,  colocado  á  cierta  distancia,  con  la 
cabeza  erguida  para  recibir  mejor  las  caricias  del 
viento,  solía  mirar  de  soslayo  el  interesante  grupo, 
sin  dejar  de  proseguir  con  el  ganadero  sus  diá- 
logos, cortados  por  las  ocurrencias  de  aparte  de 
este  último. 

Su  mirar  discreto  no  carecía  de  extrañeza;  á 
su  vez  parecía  sorprendido. 


NATIVA  137 


Las  hermanas,  muy  sobre  .sí,  con  ese  aire  propio 
de  las  mujeres  que  se  interesan  en  ocultar  lo  que 
sienten  al  propio  tiempo  que  los  defectos  que  cons- 
tituyen un  relieve  de  su  personalidad,  tenían  los 
ojos  fijos  en  la  pradera ;  pero,  en  realidad,  lo  es- 
taban examinando  en  todos  sus  rasgos  y  per- 
files. 

No  privaba  eso  que  entre  ellas  cambiasen  frases 
sobre  cosas  indiferentes,  medidas  y  circunspectas. 

De  la  observación  de;  Berón  resultaba  esto :  no 
son  zafias.  De  la  de  ellas,  esta  síntesis :  este  hombre 
no  es  como  esos  otros 

Guadalupe  muy  tiesa,  con  su  vestido  de  percal 
á  pintas  moradas  y  su  pañuelo  de  algodón  flo- 
reado sobre  el  pecho,  contemplaba  con  fruición  la 
escena.  Quizás  sabía  á  qué  atenerse  respecto  á 
estas  novedades  que  rompían  por  completo  con 
la  monotonía  de  los  últimos  tiempos. 

Luis  María  Berón  era  un  mancebo  de  veinte  y 
cuatro  años,  alto,  delgado,  de  rostro  fino,  cabello 
rubio  en  ondas,  frente  amplia,  ojos  azules,  nariz 
bien  delineada,  boca  de  labios  muy  rojos  con  un 
bigotillo  dorado,  cuello  robusto  y  pecho  saliente. 

Cualquiera  habría  supuesto,  á  poco  de  observar 
su  busto  apolino,  que  aquellas  guedejas  sedosas 
y  enruladas  que  le  caían  hasta  los  hombros, habían 
crecido  por  primera  vez  entre  las  breñas  ;  que 
aquellos  ojos  claros  no  habían  tenido  poco  antes 
la  mancha  violácea  que  los  rodeaba  como  un  disco 
negro ;  y  que  aquel  aspecto  de  dureza  que  daba 


138  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


rigidez  á  sus  facciones,  sólo  podía  atribuirse  al  in- 
flujo de  un  contacto  violento  con  la  vida  semi- 
bárbara. En  realidad,  todo  este  organismo,  sin 
apartarse  mucho  de  la  corrección  de  formas  de 
los  gauchos,  —  tipos  admirablemente  modelados 
para  la  lucha  y  graciosamente  embellecidos  por 
el  clima,  —  aventajábales  en  su  naturaleza  selecta, 
en  nada  afeminada,  pero  sin  perfiles  ni  detalles 
groseros.  Aunque  endurecidas  por  ejercicios  diarios 
de  fuerza,  las  manos  eran  pequeñas,  como  el  pie ; 
y  realzaba  en  cierto  modo  su  semblante  el  rastro 
casi  indeleble  dejado  por  el  beso  ardiente  de  esa 
querida  romántica  de  los  seres  vagabundos,  que 
se  llama  soledad. 

Notábase  á  primer  golpe  de  vista  que  este 
joven,  en  medio  de  los  azares  de  su  vida  errante, 
cuidaba  con  singular  esmero  de  su  persona.  Lle- 
vaba bien  peinada  la  cabellera,  á  través  de  cuyos 
mechones  lustrosos  descubríase  la  piel  blanca  del 
cráneo ;  no  usaba  largas  las  uñas,  —  lo  que  era  un 
detalle  original,  —  ni 'adornaban  sortijas  sus  dedos 
callosos,  pero  sin  vello  ni  pecas  ;  su  tronco  esbelto 
cubierto  por  una  carniseca  azul,  resaltaba  más  en 
gentileza  con  el  c  vichará  »  terciado  sobre  el  hombro 
izquierdo  ;  y  un  sombrero  negro  de  alas  cortas 
que  usaba  algo  caído  sobre  el  lado  derecho,  dá- 
banle en  conjunto  un  aspecto  de  «  payador  »  her- 
moso de  daga  y  guitarra,  en  cuyos  labios  de 
guinda  pareciera  tremular  la  trova  melancólica, 
en  tanto  se  retrataban  en  sus  pupilas  los  paisajes 


NATIVA  139 


del  desierto.  El  ceño  duro,  el  velo  parpadal  algo 
caído,  los  labios  finos  y  apretados  daban  á  su 
semblante  una  expresión  enérgica  que  se  acen- 
tuaba aun  más  en  ciertos  momentos  por  la  fuerza 
extraña  de  sus  ojos. 

Sus  calidades  físicas  y  el  aire  de  distinción  de 
su  figura,  sus  maneras  y  el  modo  de  expresarse, 
eran  en  este  sujeto  aparecido  de  súbito,  causas 
suficientes  para  que  las  jóvenes  se  sintieran  sor- 
prendidas como  en  realidad  lo  estaban. 

Xo  les  cabía  tampoco  duda  de  que  no  era  otro 
que  aquel  cuyo  rostro  vieron  entre  el  ramaje  de 
«  canelones  »  y  «  mataojos  »,  la  tarde  de  la  aven- 
tura de  la  « lechiguana  »  ;  llegando  en  sus  preocu- 
paciones á  inferir  que  el  panal  había  sido  enviado 
por  él  y  puesto  en  la  huerta,  á  las  pocas  horas 
del  hecho. 

Con  todo  esto,  aventuráronse  á  interesarse  por 
conocer  en  sus  detalles  el  incidente  desgraciado 
que  había  compelido  al  joven  á  guardar  lecho. 
Algo  dijo  él,  correspondiendo  á  ese   interés. 

El  episodio  era  sencillo :  hecha  irrupción  en  un 
potrero  pequeño  del  monte,  por  una  vacada  arisca 
que  suponían  de  propiedad  del  señor  Robledo,  él 
y  sus  compañeros  pusieron  empeño  por  lanzarla 
á  campo  raso,  lo  que  lograron  en  mucha  parte  ; 
pero,  encerrado  él  entre  las  arboledas  y  el  ga- 
nado, que  pugnaba  por  entrarse  al  corazón  del 
bosque,  fué  cogido  en  una  pierna  por  un  novillo 
bravo,  y  aun  su  caballo,  que  recibió  heridas  mor- 
tales. 


140  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Debía  su  vida  á  los  compañeros,  que  acudieron 
en  el  acto  al  socorro  .  .  . 

Escucháronle  las  dos  hermanas  con  atención, 
cada  vez  más  admiradas  del  lenguaje  usado  en  el 
relato,  tan  distinto  al  que  estaban  acostumbradas 
á  oir  á  las  gentes  del  campo. 

En  tanto,  Esteban  había  concluido  su  faena  fa- 
tigosa y  dura. 

La  tarde  avanzaba,  y  en  gigantescos  pasos  la 
sombra  iba  cubriendo  la  pequeña  zona  cubierta 
por  « las  casas  ». 

Don  Luciano  se  manifestaba  placentero,  las  jó- 
venes reían,  y  Berón  parecía  participar  del  ge- 
neral contento.  Los  diálogos  llegaron  á  tomar 
mayor  animación ;  y  Dora  se  permitió  indicar  que 
en  el  declive  que  daba  al  estero  se  respiraba  un 
aire  más  fresco  que  el  de  aquel  sitio. 

Desasosegada  é  intranquila,  moviéndose  de  aquí 
para  allá  con  cualquier  pretexto,  su  proposición 
lanzada  como  un  mero  dicho,  fué  acogida;  y  todos 
se  dirigieron  á  la  ladera  cercana,  á  excepción  del 
hacendado,  quien,  según  él  —  al  excusarse  —  «  era 
viejo  para  cabrero  ». 

Desde  la  loma,  el  espectáculo  se  presentaba  en- 
cantador. El  cielo  estaba  azul ;  pero  en  el  hori- 
zonte del  poniente,  una  gruesa  valla  ó  barrera  de 
nubes  color  plomo  interrumpía  la  luz  solar,  dibu- 
jando en  el  espacio  de  un  lado  una  cordillera  con 
vistosos  picos  y  morros,  y  del  otro  enormes  su- 
perficies planas  ó  mesetas  de  vapores    inmóviles 


NATIVA  141 


y  nutridos.  En  una  como  montaña,  la  más  en- 
hiesta de  la  aérea  cordillera,  la  refracción  formaba 
en  los  contornos  sinuosos  una  ancha  franja  de 
oro  de  un  brillo  incomparable;  y  por  detrás  se 
alzaban  á  varios  rumbos  diversas  fajas  ó  hebras 
de  cabellera  no  ígnea,  sino  azulada,  en  tanto  caía 
de  la  vecina  falda,  lo  mismo  que  baja  serpen- 
teando de  las  cumbres  al  valle  un  gran  curso  de 
agua,  una  cascada  de  fuego  que  desaparecía  en 
la  boca  negra  de  un  abismo.  Uno  que  otro  rayo 
se  escapaba  á  través  de  aquella  masa  condensada, 
casi  horizontalmente,  y  venía  á  atravesar  los  montes 
que  festonaban  el  río  convirtiéndose  en  el  pasaje 
en  un  diluvio  de  aristas  luminosas. 

—  ¡Mira,  qué  lindo! — exclamó  Dora  alborozada. 
El  sol  nos  está  guiñando  un  ojo  .... 

Nata  se  rió,   añadiendo: 

—  Ahora  pestañea  .  .  . 

La  negra,  sin  preocuparse  poco  ni  mucho  del 
paisaje,  se  puso  á  correr  como  una  gama  atrás 
de  un  chivo  que  andaba  á  saltos  entre  unas  pie- 
dras del  declive. 

Berón  se  mantenía  discreto  y  atento,  algo  tí- 
mido en  su  actitud  y  no  menos  preocupado,  al 
verse  solo  con  aquellas  dos  primaveras. 

Causábanle  una  impresión  dulce,  halagadora, 
despertando  en  su  espíritu  confusas  reminiscencias  ; 
sus  palabras,  sin  embargo,  carecían  de  ardor  y  no 
denotaban  nada  de  lo  que  parecía  sentir  íntima- 
mente. 


142  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


También  las  jóvenes  se  mostraron  reservadas. 

El  momento  de  recreo  fué  muy  corto ;  casi  de 
la  misma  duración  que  el  panorama  del  poniente. 

Cuando  regresaban,  Nata  y  Dora  venían  del 
brazo,  cambiándose  miradas,  cada  vez  que  lograban 
fijar  alguna  en  el  acompañante  que  venía  al  lado, 
á  paso  grave  y  medido. 

—  Haremos  mañana  el  paseo  ala  isleta,  —  decía 
Dora; — pues  ya  no  hay  motivo.  .  .  Tengo  allí  en 
las  acacias  tres  nidos  de  jilgueros  con  cinco  pi- 
chones. Se  les  van  poniendo  negras  las  cabecitas. 

—  Sí,  iremos,  —  contestaba  Natalia,  sin  fuerzas 
para  negarse  en  presencia  de  aquel  testigo. 

El,  por  su  parte,  añadía  con  reposo : 

—  Conozco  el  sitio.  Es  muy  alegre,  de  mucha 
sombra,  y  tiene  el  canal  por  delante,  de  gran  hon- 
dura. 

—  Una  vez  se  ahogaron  algunos  animales  aris- 
cos en  el  remanso,  —  proseguía  Dora  con  aire  au- 
tero.  Don  Anacleto  miraba  desde  la  orilla  á  ca- 
ballo, sin  saber  por  dónde  bajar .... 

Nata  se  llevaba  la  mano  á  la  boca,  con  ímpetus 
de  risa  al  oir  ésta  y  otras  ocurrencias  irónicas  de 
su  hermana  ;  y  así  llegaron  á  los  «  ombúes  ->>,  paso 
á  paso,  cuando  ya  el  sol  se  había  escondido,  pero 
no  sin  dejar  como  un  rescoldo  el  suelo  y  más  que 
tibio  el  aire. 

A  las  ramas  de  uno  de  los  «  ombúes  »  habíanse 
ya  trepado  las  aves  caseras,  en  filas  y  esponjadas  ; 
y  un  gallo  criollo  de  cresta  muy  roja  y  gruesos 


NATIVA  143 


espolines  en  sus  zanquituertas  iba  saltando  el  úl- 
timo, de  verruga  en  verruga  del  tronco,  y  de  la 
horcadura  central  á  los  gajos,  alborotado  y  caca- 
reando, con  la  barbada  temblorosa  y  el  ojo  alerta, 
por  si  faltaba  alguna  de  la  gran  familia.  Y,  cer- 
ciorado de  que  no,  parábase  de  vez  en  cuando  en 
alguna  rama  endeble,  muy  altivo;  lanzaba  una  nota 
estridente  y  bamboleándose  estiraba  bien  el  ala 
frotándola  en  uno  de  los  espolines  ufano  y  orgu- 
lloso. 

En  presencia  del  cuadro,  Dora  sintió  como  un 
ansia,  y  Nata  se  sonrió. 

Era  que  una  de  las  diversiones  predilectas  de 
aquélla,  consistía  en  acechar  la  oportunidad  en 
que  el  gallo  batía  sus  alas  para  cantar ;  y,  en  ha- 
ciéndolo, arrojábale  entonces  con  cualquier  objeto 
inofensivo  á  la  cabeza  ó  al  esponjado  cuello,  á  fin 
de  que  se  «  atorase »  según  su  expresión  pinto- 
resca, y  en  vez  de  un  canto,  saliese  como  un  grito 
despavorido  cuyo  eco  repitieran  en  coro  todos  los 
emplumados. 

Nata  se  reía,  al  pensar  que  á  la  presencia  de 
Berón,  debía  el  pobre  sultán  de  los  gallináceos  el 
no  haber  recibido  una  andanada  de  Dora,  en  me- 
dio de  su  alborozo. 

En  cambio,  comprimiendo  á  su  vez  la  risa,  y 
con  cierto  aire  de  amenaza,  Dorila  dijo,  con  pue- 
ril vivacidad : 

—  ¡Engreído  el  cantor! .... 

Algunos  momentos  se  detuvieron  conversando 


144  E.    AíEVEDO  DÍAZ 


de  cosas  campestres  bajo  los  «  ombúes  »  ;  y  de  allí 
se  despidió  Luis  María,  manifestando  que  le  se- 
ría muy  agradable  el  permiso  de  venir  todos  los 
días  á  saludarlas,  mientras  permaneciera  en  el 
campo. 

Algo  oyó  él  balbucear  á  las  dos,  cuyo  sentido 
no  pudo  alcanzar  de  un  modo  claro ;  pero  debió 
interpretar  la  respuesta  favorablemente,  porque  se 
fué  satisfecho  y  contento. 

Perdíase  ya  en  la  sombra  su  silueta,  y  las  dos 
hermanas  seguíanle  todavía  con  mirada  atenta, 
calladas  y  en  suspenso. 

Después  volvieron  los  ojos ;  dieron  algunos  pa- 
sos sin  objeto ;  lamentóse  Dora  de  que  se  le  hu- 
biese «  escapado  el  batará  de  una  sorpresa  » ;  mur- 
muró Nata  palabras  vagas ;  calláronse  de  nuevo  ; 
y,  por  último,  se  miraron  de  frente  la  una  á  la 
otra .... 

Parecieron  preguntarse  :  «  ¿  quién  es  ?  »  «  ¿  de 
dónde  viene  ?  » 

Tenemos  nosotros  que  decirlo,  antes  de  prose- 
guir el  relato. 

Luis  María  tenía  su  odisea  interesante,  y  por 
lo  mismo  digna  de  que  la  narremos  desde  su  ori- 
gen. En  su  corta  historia,  sólo  había  ensueños  é 
infortunios,  —  patrimonio  de  los  héroes  ignorados. 


VIII 


HOGAR    DE   ANTAÑO 


Algunos  años  antes  de  que  se  fundase  la  es- 
cuela gratuita  establecida  en  el  Fuerte,  bajo  los 
auspicios  de  la  sociedad  lancasteriana,  y  cuando 
aun  primaba  en  materia  de  educación  el  viejo  sis- 
tema conventual,  Luis  María  oía  en  San  Fran- 
cisco, sentado  cinco  horas  al  día  en  dura  banqueta 
ó  banquillo,  las  lecciones  y  consejos  de  los  maes- 
tros de  sandalia  y  rosario. 

Aparte  de  los  rudimentos,  inoculados  á  rigor  de 
disciplinas,  los  buenos  frailes  le  habían  enseñado 
un  poco  de  latín,  poniéndolo  en  relación,  aunque 
lejana  y  fría  como  toda  la  que  se  entabla  con  los 
muertos  de  otras  razas  y  otros  siglos,  con  Hora- 
cio, Ovidio  y  Virgilio. 

Educada  en  esa  forma  su  memoria,  —  porque 
todo  procedimiento  era  por  entonces  mnemónico, 
—  recitaba  él  en  cualquier  momento  trozos  clási- 
10 


146  E.   ACEVED0  DÍAZ 


eos  enteros,  desde  el  jam  quiescebant  voces  homi- 
numque  canum  del  poeta  melancólico,  hasta  el 
arma  virumqne .  .  .  .del  cantor  de  Dido. 

En  otro  género  de  estudios,  Luis  María  no  era 
menos  adelantado.  Había  recibido  lecciones  de 
Larrañaga  sobre  botánica  y  zoología,  al  punto  de 
serle  casi  familiar  la  flora  y  la  fauna  ríoplatense. 

De  más  está  el  decir  que  no  era  lego  en  teolo- 
gía, siquiera  se  tratase  de  las  nociones  principales; 
y  que  había  ayudado  al  servicio  divino,  cuando 
la  campana  del  convento  era  la  única  que  llamaba 
á  misa  y  se  utilizaba  hasta  el  atrio  para  celebrarla 
en  los  días  de  gran  afluencia  de  fieles. 

El  boquirrubio  de  sobrepelliz  é  incensario  en  la 
mano,  que  difundía  aromas  al  pie  del  altar,  atra- 
yéndose las  miradas  de  las  devotas  con  su  as- 
pecto de  querubín  inocente  y  sus  grandes  ojos 
azules  de  una  precoz  tristeza  serena,  había  mere- 
cido algunas  veces,  sin  embargo,  de  sus  maestros, 
castigos  severos. 

La  letra  con  sangre  entra, — se  decía  entonces. 
El  niño  tenía  bajo  su  apariencia  dulce  é  inofen- 
siva un  genio  duro  y  fuerte,  que  no  doblegaba  la 
penitencia ;  rehacio  siempre  al  castigo,  indócil  á  la 
reconvención  brutal  y  altivo  ante  la  amenaza  dis- 
ciplinaria. 

Los  conventuales  lo  distinguían  á  pesar  de  todo, 
no  sólo  por  sus  bellas  dotes  intelectuales,  sino 
también  por  la  respetabilidad  social  de  la  fami- 
lia á  que  pertenecía. 


NATIVA  147 


Tal  vez,  con  conciencia  de  esto,  el  niño  solía 
llevar  al  extremo  la  violencia  de  sus  arrebatos  ; 
y  fué  así  cómo  una  vez,  después  de  una  repri- 
menda, y  hallándose  de  penitencia  en  la  celda  del 
padre  guardián,  cogió  la  caja  de  carey  con  incrus- 
taciones de  oro  y  aditamento  musical,  en  que 
aquél  guardaba  su  polvillo  de  lujo,  y  la  lanzó  con- 
tra el  muro  convirtiéndola  en  cien  fragmentos. 

Después  de  este  ímpetu  colérico,  escaló  la  ta- 
pia y  se  fué. 

Contaba  ya  trece  años. 

Inútil  fué  todo  esfuerzo  por  volverlo  á  la  es- 
cuela del  claustro.  Rebelóse  contra  las  prácticas 
rígidas  y  austeras  de  su  misma  familia ;  —  aquellas 
prácticas  españolas  que  no  permitían  la  menor  ré- 
plica ú  observación  á  las  reglas  domésticas,  ni  á 
los  fueros  de  la  patria  potestad,  —  y  hubo  que  ce- 
der para  evitarse  mayores  desazones. 

El  mancebo  había  ya  recibido,  por  otra  parte, 
la  instrucción  necesaria,  y  convenía  emplear  su 
actividad  en  otras  tareas. 

Dedicósele  al  comercio,  en  la  misma  casa  de  su 
padre,  que  era  hombre  de  negocios  y  rico  propie- 
tario ;  nueva  condición  á  que  se  sometió  el  joven 
sin  resistencia  alguna,  pero  sin  abandonar  sus  li- 
bros que  leía  con  avidez  creciente,  como  una 
prueba  de  que  no  había  sido  la  falta  de  amor  al 
estudio  lo  que  lo  había  inducido  á  romper  con  las 
reglas  colegiales  del  convento,  sino  sus  severísi- 
mas  prácticas  internas,  ante  las  cuales  aparecían 
de  color  de  rosa  las  costumbres  austeras  del  hogar. 


148  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


En  el  seno  de  su  familia,  con  arreglo  á  estas 
austeridades,  se  profesaba  la  religión  del  rey  y 
rendíase  culto  al  derecho  divino,  no  viéndose  otra 
autoridad  respetable  más  allá  de  su  augusta  per- 
sona; y,  á  partir  de  esta  especie  de  superstición 
ó  fanatismo  irreductible,  todos  y  cada  uno  de  los 
sacudimientos  armados  de  las  campañas  y  la  re- 
volución de  mayo  en  primera  línea,  constituían  re- 
beldías criminales  que  debían  castigarse  de  un 
modo  inexorable. 

Los  caudillos  se  encontraban  fuera  de  toda  ley. 
Prohibido  estaba  el  hablar  de  Artigas  en  ningún 
momento,  si  no  era  para  celebrar  sus  desastres.  El 
señor  Berón  había  sido  miembro  de  la  logia  «  Los 
Empecinados»,  uno  de  sus  más  conspicuos  intran- 
sigentes, del  consejo  privado  del  virrey  Elío,  y 
luego  del  círculo  familiar  de  Vigodet  —  de  cuyas 
tertulias  era  personaje  obligado  para  la  malilla  y 
el  solo,  el  tresillo,  las  damas  ó  el  ajedrez.  En  la 
carpeta  ó  el  tablero  tenía  pocos  rivales  tratándose 
de  una  bola  natural  ó  de  un  jaque-mate  de  sor- 
presa ;  y  como  era  franco,  abierto,  algo  manirrota, 
de  voz  recia  y  carácter  firme,  la  tertulia  se  ani- 
maba á  sú  sola  presencia,  cundían  los  habanos  y 
cajas  de  rapé  y  concluíase  siempre  por  reconocer 
que  muy  pocos  comerciantes  llevaban  tan  bien 
como  él  los  calzones  de  tres  botones. 

Sus  ideas  eran  radicales  y  extremas  en  toda 
cuestión. 

Artigas  era  un  cuatrero  con  presillas  de  coro- 


NATIVA  149 


nel ;  y  figurábase  á  los  hombres  de  algún  valer 
que  le  rodearon,  con  las  piernas  desnudas  para 
andar  mejor  en  los  charcos  y  pantanos,  sombre- 
ros altos  de  felpa,  fracs  con  botonadura  dorada  y 
« boleadoras »   ceñidas  á  la  cintura. 

¡Al  fin  tupamaros  ! —  argüía  colérico,  como  ex- 
presión sintética  de  sus  razonamientos  de  sectario 
convencido. 

Por  lo  demás,  el  señor  Berón  tenía  fama  de  ser 
un  excelente  sujeto,  amo  de  bastantes  negros,  con- 
currente asiduo  á  la  iglesia  del  convento  y  pro- 
tector de  desvalidos. 

Su  esposa,  dama  ya  madura,  de  espíritu  tole- 
rante y  sosegado,  pulcra,  hacendosa  y  sencilla,  si 
bien  no  trataba  á  Luis  María  con  el  aire  adusto 
de  su  padre,  mostrábasele  seca  por  temperamento, 
aunque  como  aquél  lo  amase  en  el  fondo  de  una 
manera  entrañable. 

Esta  buena  señora  llevaba  consigo  en  todo 
tiempo  al  costado  un  rosario  «  bendito  »  de  cuen- 
tas de  porcelana,  y  una  cajita  de  plata  llena  de 
polvo  blanquillo,  que  sorbía  con  frecuencia  en  me- 
dio de  sus  faenas  domésticas.  El  pañuelo  de  al- 
godón á  cuadros  rojos  y  amarillos,  era  el  comple- 
mento de  estos  avíos. 

Aunque  retraído  y  sobrio  en  demostraciones  de 
cariño  por  la  educación  recibida  y  por  su  dureza 
de  carácter,  el  hijo  tenía  siempre  para  la  madre 
un  beso  ó  una  sonrisa,  y  amoldábase  casi  indife- 
rente á  los  usos  del  hogar  sin  demostrar  nunca 


150  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


en  sus  menores  actos  que  él  advirtiese  que  se 
le  consideraba  niño  todavía  cuando  ya  había  de- 
jado de  serlo. 


Ciertas  lecturas  llegaron  á  acentuar  las  predis- 
posiciones naturales  de  su  espíritu,  nutriéndolo  de 
ideas  nuevas  á  la  vez  que  exaltaban  sus  senti- 
mientos en  favor  de  causas  extrañas  á  las  viejas 
preocupaciones  sociales  y  políticas,  imperantes  en 
su  familia. 

Al  principio  oyó  decir  que  los  contrabandistas 
y  facinerosos  en  alianza  con  los  « charrúas  »  se 
habían  alzado  contra  la  autoridad  del  rey,  y  que 
cometían  crímenes  sin  nombre  en  las  campañas, 
sin  que  los  tercios  pudiesen  dar  con  ellos  por 
junto  para  exterminarlos  completamente. 

Niño  aún,  aquellos  sucesos  no  pudieron  atraer 
su  atención. 

Pero  los  años  pasaron,  y  la  lucha  seguía  sin 
tregua. 

Entonces,  á  medida  que  él  fué  avanzando  en 
edad  y  en  madurez  de  juicio,  empezó  á  examinar 
y  á  formarse  en  sus  adentros  un  criterio  distinto 
á  aquel  que  dominaba  de  antaño  en  el  recinto 
amurallado,  y  bajo  el  techo  de  sus  padres. 

¿  Por  qué  peleaban  con  tanto  brío  aquellos  hom- 
bres? Parecíanle  extraordinarios.  A  los  mismos 
frailes  de  San  Francisco  les  había  oído  decir  co- 
sas que  ahora  se  le  presentaban  claras,  al  pedir 
materiales  á  la  memoria ;  y  esos  elementos  de  jui- 


NATIVA  151 


ció  iluminaban  su  razón,  despertando  en  su  cora- 
zón virgen  los  anhelos  vagos,  al  comienzo,  des- 
pués ardientes  de  coparticipar  de  las  emociones  y 
peligros  de  los  que  luchaban  más  allá  del  muro 
artillado  ;  —  espacio  para  él  desconocido,  lleno  del 
misterioso  encanto  que  le  daban  las  proezas  del 
valor,  poblado  tal  vez  de  paladines  semejantes  á 
los  de  la  leyenda  antigua,  consagrados  por  entero 
á  la  patria  y  pródigos  en  morir. 

Desde  que  llegó  á  sentir  estas  impresiones,  — 
verdaderos  asaltos  del  instinto  nativo,  —  este  amor 
secreto  á  los  criollos  sus  hermanos,  este  vértigo 
por  la  aventura  que  solía  nublarle  el  cerebro, — 
se  hizo  más  reservado,  casi  hosco,  cual  si  temiese 
que  en  su  frente  se  reflejaran  los  ensueños  juve- 
niles con  las  sombras  de  un  delito. 

En  ese  ensimismamiento  fijóse  la  madre  más 
de  una  vez,  sin  lograr  satisfacción  cumplida.  ¿  Se- 
rían acaso  los  monótonos  hábitos  domésticos, 
aparte  de  la  fatiga  del  trabajo  diario,  los  que 
iban  cambiando  el  carácter  del  joven  al  punto  de 
arrebatarle  toda  alegría? 

Para  estas  dudas  mediaban  razones. 

Luis  María  salía  en  muy  rara  ocasión  de  su 
casa.  Concluidas  sus  tareas  encerrábase  en  su 
cuarto  y  leía,  hasta  la  hora  de  la  cena.  En  la 
mesa  se  hacía  el  rezo,  comíase  frugalmente,  y  an- 
tes de  levantarse  los  manteles  el  hijo  pedía  la 
bendición  á  sus  padres  y  volvíase  de  nuevo  á  su 
retraimiento  silencioso  y  sombrío. 

Muy  de  mañana  estaba  de  pie,  y  en  su    sitio 


152  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


de  labor,  que  era  un  escritorio  colocado  detrás 
de  una  compuerta,  con  banco  alto  y  vistas  á  la 
plaza  de  la  Matriz. 

Desde  ese  sitio  complacíase  en  los  momentos 
de  ocio  en  ver  llegar  á  los  hombres  de  campo 
que  venían  á  proveerse  en  el  establecimiento, 
apearse  junto  á  la  vereda  resguardada  en  su  cor- 
dón por  cadenas  de  hierro  sujetas  á  postes  de 
ñandubay  ó  de  algarrobo,  echar  la  manea  á  sus 
caballos  enjaezados  con  el  mejor  «apero»  y  en- 
trarse luego  á  la  casa  balanceándose  sobre  sus 
talles,  con  aire  altivo,  al  ruido  de  sus  espuelas 
prendidas  al  rancajo  sobre  «botas  de  potro»  abier- 
tas en  los  dedos,  camisa  limpia  con  un  pañuelo 
en  triángulo  sobre  el  omoplato  y  anudado  al 
cuello  en  vez  de  corbata,  chaqueta  burda,  chiripá 
de  bayeta  y  calzoncillo  de  cribo,  sombrero  de  ala 
blanda  al  flanco,  larga  la  cabellera  flotante  sobre 
los  hombros,  el  poncho  de  estación  á  medio  caer 
en  el  brazo,  muchas  sortijas  raras  ensartadas  de 
á  cuatro  y  cinco  en  los  índices  y  anulares,  la 
cola  del  cigarro  encima  del  pabellón  de  la  oreja, 
y  el  barboquejo  trazando  un  arco  á  media  barba; 
el  mirar  desconfiado,  la  palabra  tardía  y  el  rega- 
teo en  la  paga  con  el  codo  en  el  mostrador  y 
los  ojos  en  el  pingo  coscojero  que  amenazaba  pi- 
sar una  rienda  ó  hundirse  en  el  lodazal  de  la  ca- 
lle hasta  los  corvejones. 

Luis  María  abandonaba  su  escritorio,  los  ob- 
servaba con  interés,  interrogábalos  sobre  ciertas 


NATIVA  153 


cosas,  complacíalos  en  algunas  de  sus  exigencias, 
y  concluía  por  estrecharles  fraternalmente  la  mano 
cuando  ellos  se  despedían. 

Después  de  estas  escenas,  que  eran  frecuentes, 
volvía  él  á  sus  meditaciones,  fijas  las  pupilas  en 
aquella  plaza  desnuda  de  árboles  y  en  aquellos 
muros  de  ladrillo  colorado  de  la  Matriz  que  se 
alzaban  al  frente,  tristes,  con  sus  mechinales  lle- 
nos de  murciélagos  y  lechuzas. 

Al  toque  de  oraciones,  íbase  á  su  soledad. 


Así  fué  creciendo,  y  pasaron  meses  y  años. 

Diez  y  siete  contaba  de  edad. 

En  un  lapso  no  muy  largo  de  tiempo,  habíanse 
arriado  diversos  pabellones  en  la  ciudadela :  á  los 
españoles  vencidos  para  siempre,  habíanse  suce- 
dido los  argentinos  y  luego  los  orientales  ó  «  ar- 
tiguistas  »,  en  pos  de  combates  y  disturbios,  acon- 
tecimientos inesperados,  transformaciones  violen- 
tas, gobiernos  de  un  mes  y  represalias  implaca- 
bles. Los  ánimos  habían  quedado  aturdidos  ante 
aquel  drama  de  acción  permanente. 

Su  padre  no  hablaba  ya  de  política  con  el  ar- 
dor de  otros  días,  y  vivía  recogido  en  el  hogar, 
en  cuyo  secreto  se  permitía  él  únicamente  con- 
fiar en  que  todo  volvería  á  su  quicio  así  que  Es- 
paña se  reconstituyese;  para  lo  cual  con  cuatro 
batallones  del  Fijo  y  dos  regimientos  de  Albuera 
el  Real  de  San  Felipe  quedaría  obligado  á  la  vieja 
lealtad. 


154  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Acordábase  con  enojo  de  la  batalla  del  Cardal 
en  que  se  encontró;  y  contaba  al  hijo  cómo  se 
habían  acostado  boca  abajo  los  batallones  de  ri- 
fleros ingleses  detrás  de  los  maizales  para  abra- 
sar viva  la  columna  española  á  quema-ropa,  como 
en  efecto  lo  hicieron,  introduciendo  el  desorden 
en  las  filas;  de  qué  modo  huyó  el  virrey  Sobre- 
monte  de  infeliz  memoria,  arrastrando  la  caballe- 
ría, y  en  qué  forma  regresaron  los  vencidos  al 
Real  después  de  la  dura  pelea  dejando  tendidos 
en  el  lugar  nefasto  centenares  de  valientes.  Y 
luego,  la  defensa  de  Montevideo  por  el  noble  y 
pundonoroso  Ruiz  Huidobro,  tan  digno  de  man- 
dar como  de  ser  obedecido,  soldado  de  grande 
aliento  y  español  de  la  mejor  sangre,  bajo  cuyas 
órdenes  sucumbieron  contentos  los  veteranos  junto 
á  sus  banquetas  y  frente  á  la  brecha  abierta  por 
la  lluvia  de  hierro  de  ciento  cincuenta  cañones, 
y  á  cuyas  arengas  las  simples  milicias  igualaron 
el  heroísmo  de  los  tercios  enardecidos  por  el 
ejemplo. 

«¡Si  viera-,  muchacho,  —  exclamaba  el  señor 
Berón  en  este  punto  de  sus  recuerdos,  —  cómo  se 
amontonaba  la  carne  humana  delante  de  la  me- 
tralla en  la  brecha!  ¡Eso  era  morir,  por  Santiago! 
Aquí  en  el  brazo  recibí  una  onza  de  plomo,  y 
en  la  pantorrilla  tengo  la  huella  de  un  casco  que 
me  llevó  buena  cantidad  de  pulpa.» 

Repetía  después  sus  historias  de  la  época  de 
Elío  y  del  tiempo  de  Vigodet,  para    caer  al    fin 


NATIVA  155 


en  tristezas  profundas.  Tenía  del  general  Alvear 
un  concepto  muy  desfavorable,  desde  el  día  de 
la  famosa  capitulación. 

«Con  sus  charreteras,  —  decía  fosco, —  es  toda- 
vía y  será  siempre  un  alférez  de  carabineros  des- 
leal, desequilibrado  y  travieso,  que  deberá  siempre 
al  acaso  sus  victorias  y  á  sus  farsas  de  comedia 
su  prestigio  efímero.  » 

Luis  María  oía  todas  estas  cosas  callado,  con 
respeto ;  pero,  en  su  interior,  deducía  que  su  pa- 
dre soñaba  cuando  afirmaba,  persuadido  formal- 
mente, que  la  vieja  metrópoli  volvería  á  recupe- 
rar sus  dominios. 

Respecto  á  juicios  de  otra  índole,  el  joven  pen- 
saba, y  con  razón  en  cierto  modo,  que  el  anciano 
era  más  realista  que  el  rey. 

La  época  no  se  prestaba  á  esos  cálculos  y 
devaneos.  Hora  tras  hora,  los  horizontes  se  po- 
nían más  oscuros,  frustrando  planes  y  combina- 
ciones, y  subvirtiendo  por  completo  el  orden  de 
las  ideas  coloniales. 

Cierto  día,  las  pequeñas  fuerzas  del  país  que 
guarnecían  la  plaza  bajo  las  órdenes  del  delegado 
Barreiro,  la  evacuaron  para  reincorporarse  á  Ar- 
tigas. 

La  vieja  ciudad  fuerte  quedóse  así  sin  hombres 
de  armas,  como  un  armazón  dentro  de  una  co- 
raza, vacía  la  ciudadela,  sin  centinelas  las  formi- 
dables murallas,  ni  ruidos  de  tambores  en  los 
cuarteles. 


156  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Parecía  pesar  en  el  ambiente  una  capa  de 
plomo. 

En  medio  de  ese  silencio  solemne  repercutía 
en  los  oídos  de  muchos  el  eco  fatídico  de  rápi- 
das y  ruidosas  victorias ....  eco  que  era  para  al- 
gunos, el  precursor  feliz  de  una  paz  perpetua  y 
de  una  prosperidad  envidiable. 

Y  otro  día  ardiente,  á  principios  del  año  XVII, 
echadas  á  vuelo  las  campanas,  vio  entrar  Luis 
María  numerosos  soldados  en  compactos  regi- 
mientos vestidos  con  trajes  azules  y  amarillos, 
carteras  negras  para  enseres,  correaje  blanco  en 
bandas  y  altos  morriones  de  cono  invertido. 

Estos  nuevos  tercios  armados  de  carabina  y 
sables -alfanjes  los  de  á  caballo,  y  los  de  á  pie 
con  fusiles  de  cazoleta  y  pedernal,  pesados  y  de- 
formes, luciendo  en  sus  vestuarios  el  celeste  y 
anaranjado,  y  chocando  con  sus  bridones  de  gue- 
rra de  orejas  partidas  y  rabos  desnudos,  las  lu- 
josas sillas  de  arzón,  porta-pliegos  y  pistoleras 
acharoladas  de  los  jefes,  capitanes  y  tenientes, 
desfilaban  por  un  flanco  de  la  plaza  al  son  de 
los  clarines  y  trompetas,  al  aire  los  estandartes 
de  quinas  y  bordadas  guías,  con  rumoroso  estré- 
pito de  armones  y  piezas  de  campaña. 

Eran  las  tropas  portuguesas,  —  vencedoras  de 
India  Muerta,  —  que  habían  recibido  horas  antes 
frente  al  portón  de  San  Pedro  las  llaves  del  viejo 
Real  en  bandeja  de  plata,  de  manos  de  los  ca- 
bildantes; y  cuyo    jefe,    bajo  el  palio,    escoltado 


NATIVA  157 


por  el  clero,  marchaba  al  frente  muy  orgulloso 
de  sus  fáciles  triunfos. 

Aquella  columna  ordenada  con  vistosos  uni- 
formes, las  banderas  enhiestas,  el  choque  de  los 
sables,  el  sordo  rodar  de  los  cañones,  el  paso  rui- 
doso de  la  caballería,  las  notas  vibrantes  de  las 
cornetas  y  de  la  charanga,  el  batir  de  los  bada- 
jos y  el  vocerío  confuso  de  la  gente,  —  atraída  de 
una  manera  vigorosa,  allí  como  en  todas  partes, 
por  el  prestigio  del  éxito,  —  no  aturdieron  á  Luis 
María,  que  experimentó  ante  semejante  espectá- 
culo un  sentimiento  de  repulsión  invencible  mez- 
clado de  desprecio. 

No  valían  más  en  su  concepto  los  que  rodea- 
ban al  vencedor,  que  el  vencedor  mismo;  la  «pa- 
tria» que  él  se  había  forjado  en  sus  adentros  y 
cuya  imagen  rara  guardaba  como  un  ensueño 
dulce  y  querido,  no  estaba  allí  dentro  de  muros, 
entre  los  hombres  de  negocio  que  atesoraban  tras 
una  larga  labor  honesta,  cierto  era,  el  peso  fuerte 
y  el  cuartillo,  ni  entre  las  negras  pasteleras  y  los 
pescadores  de  palancas.  Los  verdaderos  hálitos  de 
vida  de  esa  «  patria  »,  los  ecos  enérgicos  de  sus 
sublimes  rabias  mal  domadas  venían  de  afuera, 
de  sitios  que  no  conocía,  quizás  de  campiñas  lle- 
nas de  sol  y  de  pampero  cruzadas  por  escuadro- 
nes casi  desnudo*  y  deshechos  que  iban  derra- 
mando sangre  á  lo  largo  del  camino,  por  el  pla- 
cer de  verterla  en  holocausto  á  una  pasión  indo- 
mable; de  cuyos  himnos  selváticos  nadie  hablaba 


158  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


para  cuya  bandera  no  había  laureles,  y  de  cuyos 
sacrificios  anónimos  y  héroes  ignorados  nada  di- 
ría la  historia.  Esos  hálitos,  esos  rumores  lejanos 
de  oscuros  combates  á  muerte,  esos  duelos  de 
uno  contra  ocho  tierra  adentro  junto  al  bosque, 
en  el  llano,  en  la  sierra,  sin  pólvora,  sin  balas,  á 
lanza  y  sable  y  toque  á  degüello,  sin  auxilio  ni 
mano  protectora,  reemplazándolo  todo  la  bravura 
del  instinto  y  el  fanatismo  de  pago,  eran  sucesos 
y  ruidos  que  llegaban  tardíos  para  desvanecerse 
al  pie  de  las  murallas  como  últimas  ráfagas  de 
un  viento  tempestuoso. 

¡  Cuánta  abnegación,  sin  embargo,  en  el  fondo 
de  esos  amores  terribles  y  de  esos  odios  impla- 
cables !  Era  en  ese  fondo  casi  insondable  que  el 
joven  vislumbraba  la  débil  lumbre  que  había  de 
alimentar  nuevos  incendios,  mejor  tal  vez  que  las 
brasas  cubiertas  por  la  ceniza  sobre  las  cuales  y 
al  acaso  una  mano  arroja  poderosos  combustibles; 
—  fondo  preñado  de  savia  como  el  de  la  tierra 
que  esconde  el  germen  arrastrado  por  el  huracán, 
y  que  ha  caído  en  el  hoyo  al  azar,  recubriéndolo 
el  mismo  viento  de  borrasca  y  librándolo  al  cre- 
cimiento espontáneo  de  todas  las  incubaciones 
misteriosas. 

Así  pensando,  á  medida  que  los  hechos  le  su- 
ministraban día  á  día  nuevos  elementos  de  juicio, 
él  no  podía  mirar  con  indiferencia  la  entrada  triun- 
fal en  Montevideo  de  las  tropas  portuguesas;  las 
que,  á  título  de  «  pacificadoras  ■>  habían  regado  y 


NATIVA  159 


seguían  bañando  con  sangre  de  criollos  el  suelo 
de  la  provincia. 


En  confirmación  de  sus  suspicacias  sucediéronse 
bien  pronto  actos  de  dominio  y  de  opresión  de 
un  significado  claro  y  evidente:  impusiéronse  diez- 
mos, cambióse  la  moneda,  púsose  fuera  de  la  ley 
á  los  que  luchaban,  y  hasta  arrancóse  á  la  debi- 
lidad del  Cabildo  una  fracción  de  territorio  en 
cambio  de  uñ  préstamo  exiguo  de  dinero  para  un 
faro  en  las  costas  del   Este. 

La  bandera  de  las  quinas  parecía  afirmar  más 
su  astil  en  los  gloriosos  bastiones  del  recinto;  y 
el  prestigio  del  blasón  arrancaba  aplausos  á  quie- 
nes debían  sellar  sus  labios.  Verdad  era  que  los 
que  de  este  modo  procedían  no  conocían  la  clase 
de  huéspedes  que  habían  alojado  en  su  casa,  y 
que  cedían  casi  inconscientes  al  impulso  de  la 
novedad  dorada  por  el  éxito.  Esta  había  herido 
profundamente  los  sentidos  de  una  sociabilidad 
desvinculada  y  en  completo  desequilibrio.  Nuevos 
hombres,  nuevas  banderas,  ejército  disciplinado, 
otros  programas,  esperanzas  de  orden  detrás  de 
la  anarquía,  ¿qué  más  podía  desearse? 

Hacía  poco  tiempo  que  Torgués  amenazaba 
domar  la  soberbia  española  con  espuelas,  como 
si  se  dijera,  ginetear  en  el  lomo  del  león  y  go- 
bernarlo con  una  mano  por  la  melena;  y  menos 
tiempo  hacía  que  se  había  visto  salir  de  la  plaza, 


160  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


al  anuncio  de  grandes  derrotas,  sin  formación,  en 
descompuestos  escalones,  desgreñados  y  siniestros, 
con  los  dedos  del  pie  encajados  en  un  solo  es- 
tribo de  madera,  ciñendo  sables  rotos  y  empu- 
ñando tercerolas  sin  pedernal  ni  baqueta,  abolla- 
dos los  sombreros  de  «  panza  de  burro  »,  luengas 
las  barbas,  harapientos,  —  á  unos  hombres  que  se 
decían  soldados  ó  dragones  de  Artigas. 

¿  Cómo  podían  compararse  estos  dragones  que 
así  marchaban  en  la  hora  de  prueba,  silbando 
entre  dientes  algún  «pericón»  salvaje,  con  aque- 
llas brillantes  tropas  que  vestían  de  amarillo  y 
celeste  y  traían  colgando  al  flanco  enormes  car- 
teras negras,  como  si  cada  número  encerrase  en 
la  suya,  el  secreto  de  civilizar  y  de  resolver  pro- 
blemas ? 

Ante  este  criterio,  Luis  María  sentía  lástima 
por  los  creyentes,  y  admiración  por  las  míseras 
huestes  nativas;  porque  le  era  imposible  hallar 
grandeza  de  ánimo  fuera  del  sacrificio,  que  es 
donde  el  ánimo  brilla  y  se  impone,  aunque  se 
lleven  andrajos  y  se  canten  trovas  alegres  en 
medio  del  infortunio,  y  hasta  en  la  víspera  de  la 
pelea  sin  perdón. 

En  rigor,  no  era  él  solo  el  que  dudaba  de  las 
promesas  de  don  Carlos  Federico  Lecor,  aun  cuando 
este  astuto  político  y  soldado  procurase  conven- 
cer por  medio  de  manifiestos  que  venía  á  «  paci- 
ficar »,  aplicando  á  su  conducta  y  persona,  en 
descargo,  conceptos  semejantes  á  los  de  los  ver- 


NATIVA  161 


sos  de  Camoens :  Mettido  tenho  á  man  na  co?i~ 
ciencia, — é  non  fallo  se  non  verdades  puras. 

Algunos  querían  una  patria  grande,  aunque 
fuese  brasileña. 

Otros,  y  eran  éstos  los  más,  suspiraban  por 
una  patria  pequeña,  pero  libre  y  rica. 

La  clase  privilegiada  en  la  que  brillaba  el  ta- 
lento con  los  títulos  académicos,  los  honores  ofi- 
ciales, las  condecoraciones  ostentosas  y  la  soberbia 
de  las  desigualdades  sociales,  constituía  el  apoyo 
y  sostén  moral  del  principio  de  absorción  abso- 
luta y  adherencia  á  la  corona,  sin  que,  á  pesar 
de  serle  exigible  la  iniciativa  como  elemento  pen- 
sador llamado  á  encaminar  las  ideas  y  á  domar 
por  medios  hábiles  las  pasiones  en  lucha,  hu- 
biese en  ningún  momento  hecho  trascender  pla- 
nes, proyectos  ó  combinaciones  de  orden  polí- 
tico é  institucional  que  denunciasen  un  propósito 
fijo  y  deliberado  respecto  á  la  nueva  suerte  de 
la  tierra  nativa,  con  proyecciones  calculadas  ó 
ciertas,  y  un  sistema  dado  de  reformas  que  ga- 
rantiese su  régimen  interno  y  local  en  lo  fu- 
turo. 

De  los  procederes  incorrectos,  por  no  decir  in- 
coherentes y  desacertados  de  estos  hombres  in- 
teligentes, aristócratas  por  casualidad,  inferíase 
á  todas  luces  que  tan  sólo  el  odio  á  la  obra  del 
caudillo  era  el  móvil  determinante  de  su  acti- 
tud, móvil  individualista  que  los  había  aunado  para 
buscar  más  allá  de  las  fronteras  el  poder  fuerte 


162  E.    ACEVED0  DÍAZ 


que  debía  ahogar  en  su  desarrollo  embrionario 
el  sentimiento  democrático  con  el  de  autonomía 
propia,  desviando,  aunque  por  breve  tiempo,  de 
su  cauce  la  corriente  natural,  á  imitación  de  los 
prohombres  que  en  la  ribera  opuesta  pugnaban  de 
todos  modos  por  adaptar  á  la  forma  monárquica 
una  sociabilidad  transformada  ya  por  esos  «  hijos 
del  pampero  »   llamados  caudillos. 

Pretendían  desde  luego,  sustraer  á  la  vieja  or- 
ganización del  virreinato  la  zona  oriental,  rom- 
piendo los  vínculos  tradicionales  y  de  familia, 
inyectando  otra  sangre  en  sus  venas  exangües, 
sustituyendo  con  otras  costumbres  y  otro  idioma 
el  lenguaje  y  los  usos  consagrados  por  los  si- 
glos; sin  advertir  que  la  historia,  la  naturaleza, 
el  clima,  los  instintos  peculiares  de  raza  y  de  ín- 
dole etnológica,  adobados  por  el  hábito  constante 
de  la  pelea  y  del  sacrificio,  hacían  inconciliables 
esos  propósitos  con  el  espíritu  local  y  eran  fuer- 
zas tan  temibles  como  las  de  aquel  ginete  mito- 
lógico que  las  renovaba  con  mayor  vigor  en  cada 
caída. 

Podría,  pues,  esta  clase  privilegiada  represen- 
tar la  inteligencia,  la  riqueza,  la  cultura  y  hasta 
la  «  sangre  azul  »  ;  pero  no  el  buen  sentido  prác- 
tico, que  al  acertar  con  las  soluciones  convenien- 
tes dirime  los  conflictos  sin  herir  los  grandes 
intereses  vitales  de  la  comunidad  en  sus  mismos 
principios  conservadores. 

La  clase  humilde,  la  de  los  amores  profundos 


NATIVA  163 


al  pago  y  por  extensión  á  la  provincia,  en  cu- 
yas filas  oscuras  no  se  distribuían  órdenes  del 
Cruzeiro,  ni  hábitos  de  Cristo,  ni  baronatos  con 
terruño,  ni  grados  militares  más  ó  menos  hono- 
ríficos; que  soportaba  el  peso  de  todos  los  tri- 
butos ominosos,  alcabalas,  diezmos,  servicios  obli- 
gatorios, trabajo  esclavo ;  que  había  combatido 
largos  años  sin  quejarse  de  su  suerte,  mezclando 
á  los  laureles  zarzas  de  martirio,  y  á  sus  nobles 
sufrimientos  la  gran  virtud  de  la  altivez  en  la 
derrota, — esa  clase  no  abdicaba  de  sus  preten- 
siones al  predominio  absoluto  de  la  tierra  que 
amaba  con  pasión  indígena,  representándosela  den- 
tro de  sus  grandes  ríos  y  océano,  con  sus  cerros, 
sus  montes,  sus  «  cuchillas  »,  sus  estancias  lle- 
nas de  millones  de  animales,  sus  vírgenes  flores- 
tas y  campos  de  eterno  verdor,  sus  pajonales 
inmensos  con  criaderos  de  tigres,  sus  arroyos  de 
aguas  transparentes  y  arenas  sembradas  de  chis- 
pas de  oro,  sus  valles  fértiles  poblados  de  ve- 
nados y  ñandúes,  sus  praderas  de  costra  mineral 
luciendo  al  sol  en  prismas  caprichosos  piedras 
admirables,  sus  serranías  abruptas  con  enormes 
morriones  de  granito  y  caudales  de  agua  en  sus 
abismos  festonados  por  una  vegetación  arbórea 
lujuriante,  sus  vastos  terrenos  arables  en  donde 
el  grano  engorda  y  se  yergue  maciza  la  dorada 
espiga  á  salvo  de  huracanes  y  ciclones,  sus  puer- 
tos privilegiados,  y  sus  riberas  bañadas  por  las 
olas  marinas,    representábansela,    decimos,    como 


164  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


una  tierra  tan  hermosa  y  opulenta  que  bien  me- 
recía concluir  peleando  en  ella  la  vida  errante, 
porque  ninguna  patria  habría  después  de  ella  que 
endulzara  siquiera  la  amargura  de  perderla. 

De  esta  pasión  común  á  todos  los  pagos,  en 
todos  imperante  y  ardiente,  resultaba  un  culto 
rudo  y  fanático  que  servía  de  lazo  de  unión  á 
los  espíritus,  reunía  á  los  hombres  de  distintas 
zonas  con  más  facilidad  que  la  disciplina  social 
con  sus  duras  reglas,  y  al  difundir  en  la  masa 
inquieta  el  soplo  del  instinto  sublevado  predis- 
ponía al  combate  permanente  la  soberanía  del 
número. 

Entre  los  cálculos,  pues,  del  talento  y  la  diplo- 
macia y  las  suspicacias  de  la  astucia  apoyada  por 
las  proezas  del  músculo,  oscilaba  la  suerte  de  la 
cisplatina;  y  era  el  tiempo  el  que  debería  poner 
en  evidencia  si  la  razón  estaba  ó  no  de  parte 
de  los  humildes,  y  si  «  los  últimos  serían  los  pri- 
meros ». 


IX 


EN    POS   DE   LA    AVENTURA 


Tal  era  el  medio  ambiente  en  la  reducida  so- 
ciedad de  su  país,  cuando  Luis  María,  formada  ya 
su  conciencia  de  hombre,  y  trabajado  por  las  in- 
sinuaciones y  ruegos  de  su  madre,  propúsose  mo- 
dificar en  parte  sus  hábitos  de  vida,  dándose  á  sí 
mismo  una  libertad  que  nunca  había  gozado. 

Empezó  á  frecuentar  algunos  centros  con  vio- 
lencia al  principio,  por  predominar  en  ellos  el  es- 
píritu de  anexión  que  tanto  le  mortificaba ;  vio- 
lencia que  él  llegó  á  reprimir  en  el  interés  de  im- 
ponerse de  los  trabajos  ocultos,  aparentemente  en- 
cauzado en  la  corriente  de  las  ideas  de  entonces. 
Sentía  un  vivísimo  anhelo  por  oir  y  orientarse  en 
la  cosa  pública.  Ni  el  teatro  iluminado  con  can- 
dilejas, ni  los  bailes  suntuosos  de  la  casa  de  go- 
bierno, á  los  que  asistían  las  mujeres  más  bellas 
de  la  clase  aristocrática,  atraían  su  atención.  De 


166  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


una  gravedad  precoz  y  de  un  carácter  tan  estoico 
y  firme,  cuanto  eran  de  dúctiles  y  maleables  los 
de  aquellos  que  primaban  en  esos  centros,  el  jo- 
ven rehuía  todo  entretenimiento  fútil,  pasaba  casi 
inapercibido  para  los  que  se  creían  hombres  de 
observación  y  sagacidad,  y  era  inabordable  para 
los  necios  y  los  tontos.  De  ahí  que  por  aquéllos 
se  le  mirase  por  encima  del  hombro ;  y  por  éstos, 
con  esa  prevención  hija  del  rencor  y  nieta  de  la 
envidia,  así  capaz  de  inventar  la  calumnia  en  cual- 
quier momento,  como  de  escupir  al  mérito  por  ex- 
ceso de  imbecilidad.  Luis  María  ponía  oídos  sor- 
dos á  esas  animosidades,  buscando  siempre  infor- 
marse en  las  mejores  fuentes  acerca  de  la  marcha 
futura  de  los  sucesos  y  de  la  actitud  que  asumi- 
rían ciertos  personajes  en  un  instante  dado. 

Llegó  así  á  enterarse  bien  de  lo  que  ocurría, 
corriendo  el  año  de  1823.  Una  logia  de  patriotas, 
en  combinación  con  el  general  don  Alvaro  de 
Costa  que  mandaba  los  Voluntarios  Reales,  venía 
gestionando  el  auxilio  del  gobierno  de  Buenos  ai- 
res, á  fin  de  que  éste,  a  la  vez  que  socorriera  con 
buques  suficientes  á  Costa  para  trasladarse  con 
sus  batallones  á  Europa,  prestase  á  los  criollos 
apoyo  moral  y  material  contra  Lecor  que  viva- 
queaba en  Canelones,  como  adicto  á  don  Pedro 
I  proclamado  Emperador,  y  al  frente  desde  luego 
de  las  tropas  regulares  del  Brasil  y  de  las  auxi- 
liares orientales  que  mandaba  el  brigadier  don 
Fructuoso  Rivera. 


NATIVA  167 


El  gobierno  argentino,  á  pesar  de  la  opinión  que 
empezaba  á  formarse  en  favor  de  la  provincia,  re- 
husóse á  un  rompimiento  con  el  imperio,  y  á  cual- 
quiera iniciativa  de  hostilidad,  hasta  tanto  no 
llegase  contestación  explícita  sobre  instrucciones 
enviadas  á  su  representante  en  la  corte  flumi- 
nense. 

Vióse  en  esto  un  pretexto  más  ó  menos  simu- 
lado; y,  decayendo  los  buenos  en  sus  esperanzas, 
resolvieron  dirigirse  en  busca  de  apoyo  á  las  pro- 
vincias del  litoral,  en  donde  ejercía  valimiento  el 
general  Mansilla,  —  militar  de  talentos,  hombre 
culto  y  corazón  americano. 

El  comandante  en  jefe  de  las  fuerzas  portugue- 
sas, no  obstante  esas  y  otras  negociaciones  de  un 
móvil  sano  y  patriótico,  había  aventurado  una 
sorpresa  sobre  las  tropas  del  general  Lecor  en  la 
esperanza  de  dominar  las  campañas,  obtenido  el 
éxito. 

Aunque  era  hábil  el  plan,  no  consiguió  ese 
éxito  por  circunstancias  imprevistas ;  limitándose 
en  esa  su  ofensiva  á  un  choque  sangriento  de  van- 
guardias, cuyo  triunfo  parcial  se  debió  al  denuedo 
del  capitán  don  Manuel  Oribe. 

Los  patriotas  que  en  el  fondo  suspiraban  por 
la  independencia  y  que  habían  hecho  fervientes 
votos  por  la  victoria  completa  de  los  aliados  que 
les  proporcionara  la  suerte,  miraron  con  pena  el 
regreso  de  los  Voluntarios  dentro  de  murallas. 
La  desmoralización  fué  entonces  en    aumento. 


168  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


El  peligro  arreciaba,  y  era  difícil  el  conjurarlo. 
Portugueses  dentro,  brasileños  en  el  campo ;  un 
rey  y  un  emperador  —  padre  é  hijo — dispután- 
dose por  medio  de  sus  ejércitos  la  preponderancia 
exclusiva  del  país  ;  los  orientales  divididos  entre 
realistas  é  imperiales,  con  proyección  de  vistas  al- 
gunos, los  otros  por  conveniencia;  el  gobierno  de 
Buenos  aires  neutral  —  pero  en  realidad  al  ace- 
cho;—  falta  de  recursos,  resistencias  obstinadas 
de  los  pesimistas,  vacilaciones  en  las  cabezas  di- 
rectoras :  tal  era  el  estado  de  las  cosas  y  de  los 
espíritus  cuando  Luis  María  llegó  á  darse  cuenta 
exacta  de  los  factores  en  acción,  y  á  condolerse 
de  la  bajeza  de  unos  pocos  y  de  la  abnegación 
estéril  de  los  más. 

Entre  estos  últimos,  el  bravo  criollo  Leonardo 
Alvarez  de  Olivera  en  la  impaciencia  del  patrio- 
tismo, se  había  alzado  en  armas  en  la  zona  del 
Este  reuniendo  en  un  solo  regimiento  aquellos  mo- 
cetones  del  Aiguá  y  del  Alférez,  que  doce  años 
antes  habían  visto  partir  á  sus  padres  con  la 
hueste  de  Manuel  Francisco  Artigas  para  batirse 
en  las  Piedras  y  tras  recias  vicisitudes,  ir  á  sem- 
brar con  sus  huesos  los  campos  de  Sipe  -  Sipe. 
Desde  el  primer  momento  se  mostraron  ellos  dig- 
nos de  sus  progenitores,  librando  varios  combates 
en  los  que  cedieron  á  su  empuje  las  fuerzas  ene- 
migas, que  arrastraron  á  su  vez  en  el  repliegue 
todas  las  guarniciones  que  quedaban  aisladas  en 
puestos  diversos  del  distrito,  á  las  órdenes  del  Co- 
ronel Felisberto. 


NATIVA  169 


Este  incidente  ó  detalle  del  cuadro  de  la  época, 
impresionó  á  Luis  María  Berón  de  una  manera 
singular. 

¿Sería  porque  aquellos  hombres  se  batían 
solos,  sin  aliados,  aunque  los  tenían  en  Mon- 
tevideo, por  la  conciencia  de  su  valer  y  de  su  de- 
recho á  la  tierra,  lo  mismo  que  lo  hicieron  un 
lustro  antes  bajo  las  órdenes  de  otros  caudillos? 

Tal  vez.  Esos  combatientes  habían  seguido  á 
Frutos  ( i )  hasta  el  año  XX  y  recogídose  á  sus 
hogares  después  del  desastre  del  Catalán,  donde 
el  rudo  y  valeroso  soldado  Andrés  de  Latorre 
quemó  los  últimos  cartuchos  de  la  resistencia  re- 
gular dejando  al  vencedor  dentro  de  una  charca 
de  sangre. 

Ahora,  «Frutos»  levantaba  su  tienda  cerca  de 
la  de  Lecor,  fraternizando  con  los  mismos  que 
fueron  sus  adversarios  ;  y,  ellos,  lejos  de  ampa- 
rarse á  su  prestigio  y  á  su  bandera  incolora,  pe- 
leaban por  su  cuenta,  incluyendo  al  caudillo  en  el 
número  de  los  que   «vivían  sobre  el  país». 


(.1)  El  general  don  Fructuoso  Rivera  era  conocido  por  686  nomine  cu- 
tre las  gentes  del  campo.  Fué  el  que  lé  dieron  desde  que  empezó  á  ser- 
Tir  en  la  camparía  del  año  XI  ;  y  así  le  llamaban  con  extrema  familiari- 
dad sus  numerosos  compadres. 

«Padrino  Frutos?-  — decían  hablando  de  él  sus  ahijados,  (pie  turnaban 
centenares,  y  algunos  de  los  que  habían  recibido  el  a<;ua  bautismal  ya 
hombres,  con  las  barbas  más  ahajo  del  pecho. 

Escondido  en  el  laberinto  de  las  sierras  del  Infiernillo,  tuvimos  hace 
años  oportunidad  de  conocer  un  indio  •  tape  ,  muy  viejo,  quien  aseguraba 
haber  sido  su  compadra  «Frutos»  el  primer  caudillo  que  babía  cruzado 
por  aquella  soledad  riscosa  y  salvaje,  enante  algunos  días,  hasta  dar  con 
el   repecho  de,  la   cuchilla    Negra,   cu    la    época   de   su   campaña  á   Misiones. 


170  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Entonces,  aquel  alzamiento  parcial  era  cons- 
ciente, espontáneo,  efecto  de  propensiones  y  ten- 
dencias propias,  cuyo  objetivo  no  se  simbolizaba 
en  una  personalidad  más  ó  menos  prepotente,  y 
cuya  iniciativa  era  anónima  como  las  que  surgen 
del  conjunto  é  improvisan  jefes  por  la  esencia 
misma  de  su  virtud. 

Así  pensaba  Luis  María  una  noche,  en  que  oyó 
elogios  sobre  Alvarez  de  Olivera;  á  extremo  de 
que,  al  retirarse  para  su  casa  meditabundo,  figu- 
rábaselo  en  su  imaginación  como  un  adalid  de 
poema;  siendo  lástima  en  su  sentir  que  no  llevase 
casco  con  cimera  para  poetizar  mejor  la  hermo- 
sura de  su  causa.  Estaba  peleando.  Había  vencido 
dos  ó  tres  veces  sin  contar  el  número,  obligando 
el  resto  á  la  fuga  por  el  escarmiento;  y  agrega- 
ban que  todo  había  sido  á  botes  de  lanza  con  des- 
precio del  plomo,  sin  aguardar  que  le  buscasen, 
enderezando  al  peligro  como  en  los  cuentos  de 
los  lances  caballerescos. 

Ante  estos  sucesos  sentía  él  cierto  rubor  que  le 
enardecía  el  rostro,  pues  que  siendo  ya  un  hom- 
bre nada  había  hecho  todavía  que  lo  acreditase 
como  tal,  cuando  otros  desde  niños  llevaban  es- 
pada á  la  cintura  y  se  habían  distinguido  por  su 
decisión  y  su  valor.  Forjábase  entonces  la  ilusión 
de  que  ese  don  Leonardo,  que  tanto  de  león  te- 
nía, bien  podía  enseñarle  á  batirse  y  á  merecer 
los  dictados  que  á  otros  se  daban,  á  partir  de  que, 
como  decía  su  padre  haciendo  suya  una  frase  de 


NATIVA  171 


Cervantes,   « ningún  hombre  vale  más  que  otro,  si 
no  hace  más  que  otro  hombre». 

Luis  María  se  acostó  un  poco  febril ;  y  soñó  esa 
noche  con  batallas  y  matanzas,  llenas  de  ecos  de 
clarines  y  músicas  marciales,  percibiendo  entre 
densas  humaredas  estandartes,  penachos  y  morrio- 
nes, y  bajo  sus  pies  que  el  suelo  temblaba  al  peso 
de  los  regimientos  en  la  carga  como  empujados 
por  el  grande  aliento  del  honor  y  de  la  gloria, 
bajo  el  sol  brillante  de  su  tierra  tan  bella  y  tan 
amada  como  la  madre  cariñosa,  especialmente  en 
esos  días  de  dolor  y  de  quebranto.  Soñó  también 
que  él  se  perdía  en  el  tumulto  como  uno  de  tan- 
tos, cuando  creía  haber  dado  pruebas  de  heroísmo; 
y  que  en  medio  de  la  lucha  cruenta  los  más  hu- 
mildes, riendo  le  decían: 

«  Aún  no  hiciste  tu  deber,  pobre  vanidoso ;  mira 
nuestra  piel  por  donde  resuellan  veinte  heridas  y 
sabrás  lo  que  es  valor.  » 

Y  luego,  otros  que  estaban  cansados  de  matar, 
cubiertos  de  sangre,  clavaban  en  tierra  el  cuento 
de  sus  lanzas  de  hojas  de  tijera,  y  mirándolo  con 
lástima  exclamaban: 

« j  Llegaste  rarde !  Ya  hicimos  por  tí  y  por  otros, 
y  harto  pagos  si  agradecen. » 

Cuando  despertó,  estaba  empapado  en  sudor;  y 
hubo  de  tentarse  y  encender  la  bujía  para  per- 
suadirse de  que  había  soñado.  Así  que  llegó  á 
cerciorarse  de  ello,  sintió  alivio.  Calmóse  y  so  dijo: 
«  Si  voy  á  la  guerra  alguna  vez,  trataré  que  me 


172  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


estimen    esos    hombres    fieros    que    provocan    la 
muerte  y  la  reciben  como  un  rayo  de  sol. » 


El  día  siguiente,  por  la  noche,  Luis  María  sa- 
lía de  su  casa  situada  en  la  calle  de  San  Fer- 
nando, para  seguir  por  la  de  San  Carlos  hasta  la 
de  San  Benito  ( i ).  Muy  oscuro  estaba  el  cielo,  y 
aunque  soplaba  un  sudoeste  silbador,  habíanse 
provisto  de  sus  respectivas  velas  de  sebo  los  fa- 
roles de  pescante  en  ciertos  sitios,  siquiera  fuese 
para  evitar  á  los  transeúntes  retrasados  serias  caí- 
das en  zanjas  y  pantanos.  Verdad  que  las  fuertes 
rachas  las  habían  apagado  en  cerca  de  un  tercio ; 
pero,  otras  resistían  valerosamente  dentro  de  sus 
recios  vidrios,  brillando  de  trecho  en  trecho  en 
las  tinieblas  como  lamparillas  de  cementerio  ro- 
jizas y  agonizantes.  Aposar  de  todo,  estas  luces 
valían  más  que  el  candil  y  reemplazaban  con  al- 
guna ventaja  las  linternas  de  mano,  muy  en  uso 
años  atrás,  cuando  cada  uno  velaba  por  su  per- 
sona y  andaba  Dios  por  el  mundo. 

Como  era  ya  alta  hora,  Luis  María  dióse  de 
manos  á  boca  con  un  gran  grupo,  compuesto  en 
su  mayor  parte  de  damas,  al  cruzar  el  callejón 
del  Fuerte. 


(1)  Esas  calles  estrechas  y  especialmente  delineadas  para  marcha  de 
tercios  y  trenes  de  artillería,  antes  que  para  tráfico  de  ciudad  come  rcial 
son  las  conocidas  en  la  nueva  nomenclatura  por  Cámaras,  Sarandí  y 
Colón. 


NATIVA  173 


Esas  damas  de  flamantes  vestidos  de  valiosa 
tela  y  macizos  adornos  en  orejas,  pecho  y  manos, 
cuyas  enormes  piedras  preciosas  fulguraban  en  la 
sombra,  peinadas  primorosamente  de  rodete  y  lar- 
gos bucles  á  los  lados  con  su  accesorio  de  ñores 
de  borla  de  oro  ó  de  taco  de  la  reina,  salían  con 
sus  caballeros,  padres  ó  esposos  del  teatro  de  San 
Felipe,  en  cuya  escena  actuaba  una  compañía  de 
cómicos  de  la  legua. 

Luis  María,  que  se  había  apoyado  en  un  ca- 
ñón de  hierro  colocado  de  poste  en  la  esquina, 
bajo  un  farol  cuya  luz  apenas  surgía  en  me- 
dio de  una  gran  pavesa,  violas  desfilar  por  su 
lado,  comunicándose  en  voz  alta  las  impresiones 
de  la  comedia. 

Una  de  ellas  que  se  detuvo  un  instante  cerca, 
y  á  quien  solía  encontrar  él  á  su  paso  sin  haberse 
tomado  nunca  la  pena  de  averiguar  su  nombre, 
le  miró  con  atención  marcada. 

Ya  había  la  mujer  desaparecido  con  otras  en 
la  sombra,  cuando  ocurriósele  á  él  pensar  que  era 
muy  hermosa  y  que  estaba  en  todo  el  brillo  y 
lozanía  de  juventud.  Un  impulso  de  curiosidad  ó 
de  amor  propio  complacido  hubo  de  arrastrarlo 
á  seguir  sus  pasos;  pero,  recordando  en  el  acto 
que  tenía  un  plan  resuelto  y  adoptado,  apresuróse 
á  continuar  su  camino  con  mayor  decisión  que 
horas  antes,  de  realizar  aquél  en  la  medida  de  sus 
deseos. 

De  allí  á  la  calle  de  San  Benito  había  apenas 


174  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


una  cuadra.  Traspuso  esa  distancia  en  un  minuto, 
y  volviendo  sobre  su  izquierda  encaminóse  hacia 
la  costa. 

La  calle  aparecía  más  negra  que  un  crespón  de 
duelo.  La  muralla  que  se  alzaba  en  el  fondo  de 
ella  alta  y  maciza,  contribuía  á  hacerla  realmente 
tenebrosa,  así  como  las  casuchas  y  cobertizos  de 
los  flancos  que  se  erguían  deformes  en  la  oscu- 
ridad, sin  un  ruido  y  sin  una  lumbre  en  su  in- 
terior. 

De  atrás  de  la  muralla  venía  el  sordo  rumor 
producido  por  los  tumbos  de  las  olas  en  las  pe- 
ñas, al  soplo  poderoso  de  un  viento  de  borrasca. 

Luis  María  se  entró  en  aquella  boca  con  paso 
firme,  sin  preocuparse  de  uno  que  otro  hombre 
de  espada  que  pasaba  por  su  lado  confundido  con 
las  tinieblas;  y,  á  poco  andar,  se  detuvo  frente  á 
la  puerta  de  una  vivienda  baja  y  hendida  de  te- 
cho de  teja,  llamando  á  ella  con  el  puño  de  su 
bastón  fuertemente. 

Esa  casucha  era  una  de  tantas  propiedades  de 
su  padre,  que  tenía  al  fondo  un  buen  espacio  li- 
bre para  vehículos  de  carga  y  caballerías. 

Unos  y  otras  estaban  al  cuidado  de  varios  ne- 
gros de  confianza,  buenos  carreros  y  ginetes  crio- 
llos en  su  mayor  parte  esclavos  de  «  flor  y  nata  », 
uno  de  los  cuales  —  Esteban  —  era  propiedad  ex- 
clusiva del  joven  Berón. 

Como  si  esperaran  su  venida,  la  puerta  se  abrió 
inmediatamente,  y  volvió  á  cerrarse  así  que  él 
entró. 


NATIVA  175 


Era  Esteban  el  que  había  abierto. 
Berón  lo  detuvo  en  el  corredor  oscuro,  cogién- 
dole del  brazo,  y  díjole  en  voz  baja: 

—  Mañana  temprano  irás  á  recoger  todos  los 
útiles  de  «  apero  »  que  nos  son  precisos,  sin  olvi- 
dar ni  una  pieza. 

—  Sí,  señor. 

—  También  los  ponchos  de  invierno,  rebenques 
y  espuelas.  En  las  maletas  pondrás  lo  que  con- 
venga; ropa  blanca  en  abundancia.  Me  esperarás 
al  caer  la  tarde  con  los  caballos  listos,  en  la 
quinta  que  está  de  este  lado  del  Cardal .... 

Ya  sabes  que  desde  hoy  eres  liberto.  ¡No  lo  ol- 
vides ! 

—  ¡No,  señor!  Conforme  amanezca,  todo  estará 
listo  como  su  merced  manda. 

—  ¡Así  espero,  y  calla!.  .  .  .  Hemos  crecido  jun- 
tos, negro ;  y  así  como  fuiste  mi  compañero  de 
infancia  y  de  juegos,  vas  á  serlo  ahora  en  otras 
diversiones  más  peligrosas.  No  te  acuerdes  de  los 
cachetes  que  te  daba,  cuando  chicos,  porque  tú 
también  solías  aporrearme. 

—  ¡Oh,  no  era  adrede,  niño!.  .  .  . 

—  Vas  á  ser  mi  camarada,  y  deseo  de  tí  la  ma- 
yor fidelidad  si  en  algo  me  estimas. 

¡Ahora,  dame  fuego! 

El  negro  dio  en  el  acto  lumbre  á  un  yesquero, 
que  presentó  todo  conmovido  á  su  joven  señor. 

Encendió  éste  un  cigarro,  y  sin  añadir  más  pa- 
labra, hízose  abrir  la  puerta  con  una  seña,  y  fuese. 


176  E.   ACEVED0  DÍAZ 


En  muy  breve  tiempo  recorrió  el  trayecto  que 
le  separaba  de  su  casa,  sin  accidente  alguno;  lo 
que  era  raro  entonces,  pues  las  calles  ofrecían  mo- 
tivos sobrados  para  ello  con  sus  zanjas  y  gran- 
des desniveles. 

Por  otra  parte,  una  lluvia  menuda  que  empe- 
zaba á  caer  lo  había  obligado  á  precipitar  la 
marcha. 

Apenas  entró,  pudo  oir  á-su  padre  que  hablaba 
en  voz  muy  alta  en  el  comedor,  donde  como  de 
costumbre  sin  duda,  había  hecho  su  partida  á  las 
damas  con  la  excelente  compañera. 

Parecía   excitado,  violento. 

Meses  hacía  que  se  le  habían  calmado  un  poco 
sus  arrebatos  geniales,  al  punto  de  que  sus  mis- 
mos contrincantes  podían  escucharlo  sin  acritud; 
de  ahí  que  Luis  María  sintiese  cierta  desazón  al 
percibir  el  ronco  murmullo  que  venía  del  interior, 
y  que  denunciaba  un  arranque  apasionado. 

Aproximóse  al  comedor  en  puntas  de  pies,  y 
púsose  á  escuchar,  recogiendo  entre  muchas,  po- 
cas frases  completas.  Su  padre  decía : 

—  Se  «  despañolizan  »  todos.  ¡Ya  acabó  el  amor 
al  rey!.  .  .  .Hace  poco  la  lealtad  rayaba  en  vene- 
ración y  no  se  veía  honor  y  reputación  bien 
puesta  sino  en  el  respeto  á  la  majestad  sobe- 
rana ....  Vinieron  luego  los  « fidalgos  »  con  más 
rumbos  que  un  cuadrante,  ellos  que  tanto  á  Es- 
paña debían,  y  se  colaron  aquí  de  rondón  porque 
no  estaban  los  tercios  por  delante;  desde  enton- 


NATIVA  177 


ees  la  gente  de  la  muy  « leal  y  reconquistadora  » 
se  enamoró  de  la  orden  del  «  Cruzeiro  »  pensio- 
nada; y,  ¡adiós  recuerdos! .  .  .  .  Esas  quinas  famosas 
¿qué  serían  sin  España?  ¡Por  Santiago!....  Si 
Morillo  no  se  va  á  esos  malditos  llanos  de  Vene- 
zuela nada  de  esto  habríamos  presenciado.  ¡Gran 
yerro,  yerro  increíble!,  .  .  .  Mañana  entrarán  aquí 
los  brasileños,  porque  no  hay  que  esperar  otra 
cosa,  á  partir  de  que  ese  general  Da  Costa  no 
mira  más  que  á  la  costa  para  entregarse  aunque 
sea  á  los  vientos  del  demonio,  con  tal  de  salir  de 
su  ratonera.  Y  verás  entonces,  mujer,  como  vuelve 
Lecor  bajo  el  palio  á  caballo,  y  caminan  al  nivel 
de  su  bota  larga  y  rozándose  con  sus  espuelas 
los  mismos  que  ahora  le  hacen  fuerza  ....  ¡Ya  ve- 
rás! 

¿Qué  ha  sido  del  orden?  ¿Qué  de  la  sumisión? 
¿Qué  de  las  costumbres  severas  del  antiguo  régi- 
men? .  .  .  Todo  se  va  evaporando.  Mira,  mujer: 
hasta  nuestro  hijo  va  alzando  el  gallo  y  por  ahí 
se  anda  con  sus  humos  de  libertad,  el  muy  me- 
quetrefe, á  fuerza  de  pasarse  de  turbio  en  tur- 
bio en  la  lectura  de  esos  libros  franceses  que 
tiene  en  el  estante  y  que  no  sé  cómo  no  he  echado 
al  fuego  antes  de  ahora. 

A  esto,  algo  arguyo  la  madre  en  voz  baja  y 
dulce,  que  Luis  María  aunque  atento,  no  llegó  á 
percibir  claro. 

Sin  duda  lo  defendía  del  reproche  amargo,  por- 
que su  padre  siguió  diciendo,  siempre  en  tono  recio  : 
12 


178  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¡Bueno!.  .  .  .  ¡todo  está  bien!  Pero  tú  ignoras 
esas  cosillas  de  que  hablo,  esas  lecturas  conti- 
nuas, á  que  quizás  lo  has  sustraído  en  parte  ale- 
jándolo siquiera  un  poco  de  tus  «  polleras  »  y  tus 
mimos ....  Verdad  que  se  estaba  él  en  la  crianza 
todavía  á  fuerza  de  caricias,  siempre  junto  al  res- 
coldo y  á  las  comodidades,  sin  procurarse  fuera 
con  algunas  alegrías,  algunas  penas,  para  apren- 
der algo  de  la  vida.  .  .  .  ¡Ya  sabría  él  lo  que  era 
bueno,  si  hubiese  peleado  como  su  padre  en  la 
milicia  tres  días  con  sus  noches  sin  comer  bien 
y  durmiendo  peor  en  la  banqueta,  cuando  los  in- 
gleses nos  cogieron  por  traición!  Erraron  la  bre- 
cha aquellos  malditos  y  los  quemamos  vivos  á 
los  del  40.0  regimiento  ;  pero  el  sueño  que  esel 
mayor  enemigo  del  soldado,  emborrachó  á  la  gente 
de  la  muralla  al  sud,  y  por  ese  sitio  se  nos  me- 
tieron antes  de  rayar  el  día  como  una  ola  en 
noche  de  tormenta  en  que  no  se  siente  más  que 
el  borbollón  y  el  ruido  de  la  espuma.  .  .  .  Las  bocas 
de  los  rifles  formaban  como  una  culebra  roja,  de 
arriba  abajo,  por  el  frente,  por  los  flancos,  mien- 
tras que  los  fusileros  echando  á  la  espalda  el 
peso,  maniobraban  á  cuchillo  en  las  banquetas. 
Una  traidora  peladilla  me  alcanzó  en  el  brazo  de- 
recho, haciéndome  caer  el  arma  :  —  ¡  todo  en  de- 
fensa del  rey  y  por  el  nombre  de  España,  ca- 
nejo!....  Dime  ahora  ¿qué  saben  de  estos  sa- 
crificios y  de  esta  causa  gloriosa  los  jóvenes  que 
se   forman    entre   portugueses  y  brasileños,   divi- 


NATIVA  179 


diendo  por  partes  iguales  sus  afecciones  sin  acor- 
darse para  nada  de  sus  progenitores,  de  su  idioma 
y  de  sus  tradiciones  nacionales?  ¿Qué  saben?  Mal- 
decir y  renegar,  pordioseando  un  poco  de  liber- 
tad á  los  que  nunca  hicieron  nada  por  ellos  y 
vienen  á  despojarlos  de  honra  é  intereses.  ¡  Her- 
mosa perspectiva,  por  Santiago  ! .  .  .  .  ¡Y  creerán 
que  eso  es  digno!  en  vez  de  rebelarse  y  vender 
cara  la  vida  tan  ruin  y  miserable  en  estos  tiem- 
pos,  cuanto  son  ellos  de  corrompidos!.  .  .  . 

Luis  María  no  oyó  más,  y  fuese  caviloso  á  su 
aposento. 

Había  escuchado  lo  bastante. 

Las  palabras  duras  de  su  padre  podían  apli- 
cársele, pues  él  nada  había  hecho  en  su  aisla- 
miento y  pasado  egoísmo,  que  mereciese  otros 
epítetos. 

En  esa  tierra  ardiente  en  que  naciera,  y  en  que 
se  meció  su  cuna  al  fragor  de  los  combates,  los 
lustros  venían  sucediéndose  sembrados  de  bata- 
llas ;  y,  recién  ahora  sentía  él  el  hervor  de  la 
sangre,  después  que  tantos  la  habían  derramado 
sin  queja  en  holocausto  á  una  causa  superior  á 
la  de  los  viejos  servilismos  coloniales. 

¡Razón  sobraba  al  honrado  peninsular  en  lo 
del  sacrificio  personal,  ya  que  no  en  lo  atingente 
con  la  justicia  de  esa  causa !  Las  ideas  que  marchan, 
que  perduran,  eran  los  anhelos  fervientes  de  su 
juventud.  Las  .del  pasado  se  le  aparecían  páli- 
das, sin  luz  clara,  á  semejanza  de  antorchas  mo- 


180  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


ribundas  en  las  ruinas  —  compañeras  del  vacío  y 
del  silencio. 

Bajo  éstas  y  análogas  impresiones,  el  joven  se 
acostó. 


Inquieto  y  desasosegado  estuvo  temprano  de 
pie,  cuando  el  gallo  criollo  sacudiendo  sus  alas 
en  el  corral  cantaba  alegre  al  columbrar  la  au- 
rora. 

Casualmente  tal  vez,  la  señora  de  Berón  se  le 
había  anticipado  ese  día,  y  cruzaba  el  patio  ya 
en    sus  faenas  activas. 

Estaba  él  en  la  puerta ;  y  al  verle,  se  detuvo 
ella  al  pasar  para    dirigirle  una   frase  de  cariño. 

Esa  madrugada  más  que  otras  veces,  parecióle 
á  Luis  María  su  madre  muy  hermosa ;  y  acer- 
cándose la  besó  en  la  mejilla  y  en  la  frente.  Lle- 
vaba la  señora  una  flor  de  regadera  en  la  mano 
que  dejó  caer,  para  abrazarle  con  ternura. 

Luego  sorprendiéndole  la  expresión  del  rostro 
de  su  hijo,  preguntóle  con  interés : 

—  ¿Qué  tienes? 

—  Nada,  madre;  no  he  dormido  bien.  .  .  . 

—  Estás  enfermo,  y  me  lo  ocultas. 

—  No ....  Pero  te  diré  con  franqueza  que  nece- 
sito pasar  uno  ó  dos  días  en  la  chacra  en  donde 
me  entretendré  en  la  caza  de  perdices ....  Me 
acompañará  Esteban. 

—  No  me  parece  mal,  hijo,  y  es  muy  justo  que 


NATIVA  181 


te   des    ese   descanso.    Sin    embargo,   parece   que 
algo  te  reservaras.  .  .  . 

—  Puedes  creer  que  no  es  así. 

—  Te  prepararé  entonces  lo  necesario.  Dime  la 
hora  en  que  piensas  salir. 

—  No  lo  hagas,  madre,  pues  Esteban  te  ha 
ahorrado  ya  ese  trabajo. 

—  ¡Qué  sabe  el  negro!  Déjame  á  mí  hacer.  .  .  . 
Luis  Alaría  calló,  separándose  de  su  madre  des- 
pués de  besarla  otra  vez. 

¿  Cómo  decirla  que  él  se  iba  por  mucho  tiempo  ? 

Se  sentía  sin  fuerzas  para  hablarla  y  conven- 
cerla de  que  el  suyo  era  un  proyecto  madurado, 
que  amaba  el  peligro  y  que  era  preciso  arran- 
carse á  la  vida  sedentaria  que  le  hacían  insufri- 
ble sus  ensueños  patrióticos  y  sus  entusiasmos 
juveniles. 

¿Y  su  padre?  Si  se  le  acercase  con  ese  ob- 
jeto sobrevendría  un  conflicto,  porque  el  señor 
Berón  era  duro  é  inflexible.  Le  escribiría  una 
carta,  pidiéndole  disculpa  por  su  paso  con  una  ben- 
dición absolutoria 

Sin  reflexionar  más,  entróse  de  nuevo  en  su 
aposento  y  púsose  á  escribir  esa  carta  á  su  pa- 
dre, en  términos  respetuosos,  sin  orgullo  ni  alti- 
vez, procurando  persuadirlo  de  que  seguía  su  hon- 
roso ejemplo  al  dar  este  paso  en  obsequio  á  sus 
convicciones  y  que  al  proceder  de  esa  manera 
confiaba  en  que  no  dejaría  de  ser  digno  de  su 
aprecio   y   paternal   cariño.   Suplicábale  también 


182  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


que  comunicase  su  resolución  á  su  buena  madre 
y  no  consintiera  que  ella  dudase  de  su  amor   .  .  . 

Después  de  escribir  así,  invirtiendo  en  ello  cerca 
de  una  hora,  sintió  algún  consuelo. 

En  seguida  arreglóse  el  traje  de  abrigo  —  pues 
se  estaba  á  principios  de  invierno ;  —  calzóse  lar- 
gas botas  de  montar,  y  cubriéndose  la  cabeza  con 
un  chambergo  de  ala  corta,  guardóse  la  carta 
después  de  cerrarla  y  lacrarla  y  salióse  á  la  calle, 
dirigiéndose  al  portón  de  San  Pedro. 

Una  bruma  densa  se  cernía  sobre  aquellas  mu- 
rallas, de  ocho  metros  de  altura  y  de  quince  y 
veinte  pies  de  espesor  según  los  sitios  ;  obra  ci- 
clópea de  hábiles  ingenieros  españoles  que  em- 
plearon el  gneis  y  el  granito  de  varias  canteras 
para  guarecer  los  tercios  de  la  conquista  contra 
las  asechanzas  de  enemigos  temibles  sin  excluir 
los  avances  del  charrúa. 

Ahora  no  se  veían  en  sus  plataformas  los  cen- 
tinelas del  Fijo  con  sus  largas  coletas  sobre  ca- 
saca azul  -  oscuro,  sino  los  del  cuerpo  de  Volun- 
tarios Reales  con  vueltas  amarillas  y  morrión  de 
cono  invertido. 

Ya  por  esa  época  los  formidables  muros,  al- 
tos y  negros,  presentaban  grandes  destrozos  en 
distintos  sitios ;  huecos  que  aparecían  cubiertos  de 
un  boscaje  de  hierbas  de  vicioso  crecimiento,  como 
lo  estaban  los  enormes  lienzos  de  musgo  y  bo- 
rraja, de  la  contraescarpa  á  los  bordes,  llenos 
de  grietas  profundas  propicias  á  los  hongos,  per- 


NATIVA  183 


fectamente  nutridos  por  una  humedad  que  goteaba 
á  hilos  sobre  la  curva  maciza    de   los   cimientos. 

La  ciudadela  con  sus  ángulos  y  bastiones  for- 
maba como  un  vientre  deforme  en  el  medio,  ha- 
cia el  este,  con  sus  dos  cúpulas  achatadas,  ver- 
dosas y  sombrías,  bajo  cuyas  bóvedas  resonaba 
el  redoble  de  los  tambores  ó  el  eco  de  las  trom- 
pas para  recordar  en  cada  hora  á  las  gentes  el 
imperio  exclusivo  de  la  ordenanza.  El  foso  de  se- 
senta pies  de  anchura  por  cuarenta  y  cinco  de 
profundidad,  aparecía  cegado  en  muchas  partes 
por  escombros  y  residuos,  lo  mismo  que  el  cauce 
seco  á  donde  refluyen  constantes  aluviones ;  prin- 
cipio de  aplanamiento  por  la  mano  del  tiempo, 
que  en  todo  el  armazón  gigante  había  ya  impreso 
el  signo  de  completa  decadencia. 

Delante  de  ese  foso  se  extendía  el  campo,  casi 
desolado  á  tiro  de  cañón.  El  trayecto  desde  la 
muralla  hasta  más  allá  del  Cardal  (  i  ),  era  del 
dominio  de  las  balas  todavía :  los  proyectiles  se 
habían  enseñoreado  de  esa  porción  de  tierra  y 
de  ese  espacio  de  aire  y  de  luz  por  la  razón  bru- 
tal de  las  plazas  fuertes:  terreno  limpio  para  la 
proyección  del  tiro  rápido  y  la  parábola  del  mor- 
tero, y  distancia  sin  obstáculos  para  las  largas 
del  cuarto  de  culebrina  y  el  falconete. 

(1)  Lugar  inmediato  á  la  ciudad,  en  donde  existe  todavía  un  pequeño 
oratorio  con  la  imagen  de  Jesús.  —  Allí  comentaban  los  grandes  cardiza- 
les en  terreno  hendido,  que  concluyan  en  la  costa,  y  Loa  plantío*  da  nafa 

que  sirvieron  de  escondrijo  ¡i  los  batallones  Ingleses  de  rilk  ros  en  el  san- 
griento combate  con  las  tropas  españolas  el  ano  VII. 


184  E.   ACEVED0  DÍAZ 


Ya  sin  embargo,  pocas  bocas  coronaban  los  ba- 
luartes, y  esas  mismas  estaban  poco  seguras  en 
sus  afustes.  Empezaba  á  pasar  el  tiempo  de  los 
fosos,  de  los  puentes  levadizos  y  del  cañón  de 
hierro,  cuya  cureña  disparaba  produciendo  el  des- 
trinque de  las  piezas  en  los  días  de  fogueo  y  lan- 
zaba rodando  á  la  esplanada  artillero,  atacador, 
y  taco  ardido,  como  aviso  prudente  de  que  era 
llegado  el  momento  de    su  reemplazo. 

A  un  flanco  de  la  ciudadela,  hacia  el  norte, 
existía  una  arcada  estrecha  con  una  puerta  pe- 
sada en  el  fondo  que  daba  salida  al  campo,  y 
cerca  una  construcción  maciza  que  servía  de  al- 
bergue á  un  piquete. 

Muy  próximo  se  alzaba  un  edificio  regular,  en 
donde  solían  reunirse  por  la  mañana  algunos  je- 
fes y  oficiales  de  la  guarnición  para  departir  so- 
bre los  sucesos  del  día  anterior  y  novedades  su- 
pervinientes. 

Era  aquél  el  portón  de  San  Pedro,  y  fué  ante  la 
entrada  de  esa  casa  donde  Luis  María  se  detuvo, 
indagando  si  se  encontraba  allí  el  capitán  don 
Manuel  Oribe. 

Como  le  contestasen  afirmativamente,  entróse 
sin  vacilar. 

El  oficial  que  buscaba,  así  que  le  vio,  vino  á 
su  encuentro  y  estrechóle  en  silencio  la  mano, 
con  esa  deferencia  que  se  dispensa  siempre  á  la 
gente  bien  nacida. 

—  ¿Resolución  hecha? — preguntóle  con  acento 
breve  é  incisivo. 


NATIVA  185 


—  Inquebrantable,  señor.  Vengo  en  busca  de 
pase  para  el  comandante  Alvarez  de  Olivera. 

—  Aquí  está,  otorgado  por  el  superior. 

El  oficial  sacó  con  el  papel,  un  pliego  ce- 
rrado, y  fijando  su  mirada  fuerte  en  el  joven, 
añadió : 

—  También  este  oficio  para  el  jefe  á  cuyo  en- 
cuentro va  usted,  con  recomendación  de  que  no 
caiga  en  manos  del  enemigo. 

—  Así  será,  capitán, — respondió  Berón  fríamente, 
al  recibir  pase  y  nota. 

—  ¿Lleva  usted  baqueano? 

—  Lo  es  un  negro  á  quien  he  dado  libertad. 
Mi  padre  lo  ha  ocupado  estos  últimos  años  con 
otros  esclavos  en  las  faenas  de  campo  en  Mal- 
donado,  y  conoce  bien  el  distrito. 

—  La  campaña  será  cruda,  —  observó  el  oficial; 
—  y  usted  va  á  exponerse .... 

Luis  María  lo  miró  sereno,  sin  susceptibilidad 
herida. 

El  capitán  Manuel  Oribe  era  un  joven  apuesto 
y  bizarro,  nervioso,  esbelto,  de  aire  distinguido  y 
modales  cultos,  ojos  pardos  de  expresión  enér- 
gica, cabello  negro,  cabeza  erguida  y  busto  vi- 
goroso, la  mano  blanca  y  larga,  el  vestir  correcto 
desde  el  corbatín  hasta  la  espuela  corta  de  bronce. 
Sus  hechos  valerosos  le  habían  dado  justo  re- 
nombre, y  aparte  de  combates  ganados  en  buena 
ley  —  ei  último  de  los  cuales  había  sido  la  de- 
rrota de  la  vanguardia  del  General  Lecor,  —  con- 


186  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


tábanse  de  él  algunos  episodios  que  acreditaban 
intrepidez  heroica,  á  la  vez  que  táctica  sesuda  de 
militar  de  escuela.  De  ahí  que  el  joven  le  ha- 
blara y  mirase  con  respeto. 

—  Si  me  espongo,  mejor,  —  dijo  :  —  quiero  ren- 
dir mis  pruebas. 

—  Bien  resuelto,  aunque  el  horizonte  no  apa- 
rezca claro.  ¡  Sea  usted  feliz  ! 

Luis  María,  comprendiendo  que  no  le  era  dado 
investigar  nada,  movió  la  cabeza  en  silencio,  des- 
pidióse y  se  marchó. 

Después  de  lo  dicho  y  oído,  no  había  que  pen- 
sar en  retroceder ;  era  preciso  afrontar  la  aven- 
tura con  entereza. 

Se  sentía  con  fuerzas  para  ello. 

La  idea  del  peligro  ponía  su  sangre  en  ebu- 
llición, y  las  esperanzas  patrióticas  daban  temple 
á  su  fibra  empujándolo  hacia  adelante  sin  per- 
mitirle tener  en  cuenta  esos  afectos  profundos  del 
hogar  que  perduran, — tan  gratos  después  á  la 
memoria  en  la  hora  de  prueba,  y  que  en  el  frío 
de  la  soledad  producen  la  ilusión  de  una  dicha 
verdadera  por  el  hecho  de  no  gozarla.  ¿Qué  sa- 
bía él  de  eso  ?  Se  consideraba  útil  y  capaz  de 
contribuir  con  sus  esfuerzos  á  la  realización  del 
ensueño  de  los  fuertes,  pues  que  era  joven, 
inteligente  y  brioso ;  y  no  había  que  vacilar,  so 
pena  de  pasárselo  años  enteros  en  la  casa  de  co- 
mercio de  su  padre  midiendo  géneros  y  pesando 
granos. 


NATIVA  187 


Fuera  de  muros,  al  sol  y  al  aire  libre,  tenían 
que  ensanchársele  los  pulmones,  endurecérsele  los 
músculos  y  crecerle  recias  las  barbas,  que  así  da- 
rían aspecto  más  varonil  á  sus  facciones  finas. 
Envidiaba  al  capitán  Oribe  la  tostadura  que  pro- 
duce el  calor  del  vivac  y  la  expresión  enérgica 
que  graba  en  el  semblante  la  costumbre  del  pe- 
ligro. Delicado  había  sido  sin  duda  como  él,  de 
ojos  melancólicos  y  epidermis  de  doncella ;  pero, 
ahora  tenía  los  perfiles  severos,  mucha  fuerza  en 
la  pupila  y  el  aire  duro  del  soldado  de  empresa. 

Seré  soldado  también,  —  se  dijo  Luis  María. 

Y  siguió  su  camino  con  paso  firme. 


Ya  en  su  casa,  el  joven  hizo  sus  últimos  apres- 
tos, reuniendo  todos  los  objetos  que  él  creía  ne- 
cesarios en  unas  maletas  de  cuero. 

Su  buena  madre  habíale  colocado  junto  al  le- 
cho en  una  mesa  diversas  cosas,  á  fin  de  que 
nada  de  conveniente  le  faltase  «  en  su  estadía  en 
la  quinta  ». 

Agrególas,  un  tanto  emocionado,  á  su  equi- 
paje;  el  que  sin  ser  muy  abultado,  llevaba  más 
de  lo  preciso. 

Teniendo  en  cuenta  lo  que  había  reunido  Es- 
teban, suprimió  algunas  piezas,  limitándolo  á  la 
ropa  blanca,  camisetas  y  cobertores. 

Una  hora  después,  el  negro  se  hacía  cargo  de 
todo,  agregando  por  su  parte  cuanto  pudo   ocu- 


188  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


rrírsele  como  hombre  campero  y  criollo  de  vi- 
cios. El  tabaco,  la  yerba  -  mate,  la  sal  en  un  sa- 
quito  de  lona  y  el  anís  en  una  gran  cantimplora 
de  azófar  figuraban  en  su  lista  particular. 

—  No  olvides  alguna  cosa  de  comer,  por  si 
acaso,  —  díjole  al  despedirlo  Luis  María. 

El  liberto  había  guiñado  el  ojo,  y  salídose  muy 
taimado. 

Durante  el  almuerzo,  el  joven  mostróse  con  su 
padre  más  afable  que  otras  veces. 

El  señor  Berón  estuvo  comunicativo  y  afluente, 
disertando  sobre  las  cosas  del  día  y  la  gravedad 
de  las  circunstancias ;  aunque,  cuando  trataba  de 
estos  asuntos  serios,  lo  hacía  sin  mirar  á  su  hijo 
ni  esperar  sus  aprobaciones,  con  los  ojos  en  el 
plato  ó  en  el  techo,  cual  si  se  dirigiese  á  un  au- 
ditorio respetable,  ó  á  ios  co  -  tertulianos  del  tiempo 
de  Elío  y  Vigodet. 

—  ¡Ahora  están  lucidos  estos  «  fidalgos  »  !  — 
decía  riéndose  de  una  manera  bronca  y  estrepi- 
tosa. Dentro  de  la  jaula,  sin  puerta  de  salida; 
pues  por  la  parte  de  la  tierra  se  darían  de  na- 
rices con  Lecor,  y  por  la  del  mar,  no  cuentan  ni 
un  casco  viejo  que  pueda  hamacarlos  nueve  mil 
millas.  .  .  Me  imagino  sin  embargo  que  á  la  pos- 
tre, no  han  de  recibir  de  la  otra  banda  socorro 
alguno,  como  quiera  que  allí  no  están  muy  se- 
guros, mientras  las  armas  del  rey  sigan  manio- 
brando en  el  Perú  y  ganen  terreno  sus  bravos 
generales....    Lo  que   harán    éstos   en  «definitiva 


NATIVA  189 


será  entregar  las  llaves  del  Real  á  los  de  afuera, 
como  que  son  de  la  misma  carnada,  y  por  aquello 
de  que,  en  tratándose  de  adjudicar  prendas,  más 
cerca  está  de  la  carne  la  camisa  que  el  jubón .... 
No  os  figuréis,  ¡  por  Santiago  !  que  ellos  han  de 
dar  Montevideo  á  otros  que  no  hablen  su  idioma. 
¡  Todo  ha  de  quedar  en  familia  !  Se  Deu  neto  f ora 
Den,  sajito  Antón  sería  Den.  Y  de  ahí  no  los 
sacaréis  á  estos  intrusos  acaparadores  de  lo  ajeno, 
capaces  de  abrumarnos  con  sus  impuestos,  pero 
sin  mucho  ánimo  para  salir  á  arrojar  lejos  á  los 
imperiales  dueños  de  casi  todo  el  territorio.... 
No  podían  venir  mejor  las  cosas  para  la  causa 
del  rey.  Ya  verán  pronto  lo  que  es  bueno.  .  .  . 
jSi  siquiera  viniesen  aquí  con  Valdez  ó  con  Cante- 
rae  los  batallones  aquellos  de  Burgos  ó  de  Ge- 
rona y  los  dragones  de  Moquehúa,  por  Dios  y 
en  mi  ánima!.  .  .  .  En  pocas  horas  cesaban  estas 
ignominias.  Ordóñez  que  fuese ;  aquel  Ordóñez 
de  Cancha  -  Rayada  que  hubiese  ganado  después 
la  acción  en  Maypú  si  no  es  una  torpeza  de  Oso- 
rio,  como  Muesas  aquí  hubiera  ganado  la  del  Ce- 
rrito  si  no  es  una  cobarde  peladilla  que  lo  de- 
rriba en  la  falda  en  mitad  de  la  pelea  cuando 
ya  tenía  cogido  el  laurel  para  España;  ¿quién  de 
estos  baronetes  de  la  Laguna  ó  del  Pantano,  se 
le  habría  puesto  al  alcance  que  no  lo  descala- 
brara en  menos  que  se  dice  un  responso,  y  lo  lle- 
vase hasta  la  frontera  chamuscándole  los  riñones 
como  á  un  condenado?  ¿  Quién  ?  Yo  quiero  sa- 
berlo .... 


190  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


No  me  habléis  de  Vigodet,  que  fué  vilmente 
engañado  por  ese  Alvearzillo  que  figuró  de  ca- 
rabinero allá  en  la  península ....  El  Real  no  era 
bocado  para  éste,  que  antes  tenía  que  echar  col- 
millos de  león ;  y  sino,  ved  qué  sacáis  de  lim- 
pio de  la  pringue  gruesa  y  sucia  de  su  parte, 
después  de  lo  dicho  en  su  manifiesto  por  Vigo- 
det.  ¡Exprimid,  y  saldrá  la  felonía  á  chorros! 
¿Así  se  rinden  fortalezas  y  se  hace  arriar  una 
bandera  sin  mancha,  para  emporcarla  luego  que 
desfilan  ios  tercios  veteranos  con  sólo  cuatro  fal- 
conetes  y  forman  en  batalla,  frente  al  caserío  de 
los  negros  ? .  .  .  .  Esos  negros  habrían  sido  más 
leales ....  ¡Y  sino  decidme,  por  Belcebú !  ¿  Era 
para  rendirse  en  esas  condiciones  una  plaza  fuerte 
con  cinturón  de  murallas,  ciudadela,  cubos,  flan- 
cos, ángulos  y  bastiones  defendidos  por  cuatro- 
cientas bocas  de  fuego,  sin  contar  las  doscientas 
de  la  armada,  entre  cañones,  obuses,  morteros, 
carroñadas  y  todo  tubo  de  hierro  y  bronce  que 
vomitase  metralla  —  servidos  por  artillería  vete- 
rana, y  bisoña  ?  ¿  Y  qué  me  decís  de  los  seis  mil 
hombres  próximamente  que  se  escudaban  con  el 
muro  inexpugnable,  con  cerca  de  cuatrocientos 
jefes  y  oficiales  á  la  cabeza — entre  los  primeros 
dos  mariscales  de  flor  y  nata  que  valían  por  cua- 
renta y  cinco  y  más  caudillejos  insurrectos?.  .  .  . 
¡No!  Y  contad,  señores  míos,  con  el  Lorca  y  el 
América,  capaces  de  cargar  á  la  bayoneta  á  diez 
mil  charrúas  con  sólo  mandarles  que  calasen    la 


NATIVA  191 


de  tres  canales;  y  después  la  infantería  de  la  pro- 
vincia y  la  de  marina,  sufridas  y  valientes,  los 
dragones  y  los  blandengues,  el  Madrid,  los  tro- 
zos gloriosos  del  Sevilla  y  del  Albuera,  los  gi- 
netes  de  Chain  y  los  negros  fieles .  .  .  .  ¡  No  olvi- 
déis el  batallón  Distinguidos  del  Comercio,  en  cu- 
yas filas  yo  revistaba  en  calidad  de  teniente ; 
bizarro  cuerpo,  á  fe  de  mi  nombre ! .  .  .  . 

Mientras  así  se  expresaba  el  señor  Berón,  le- 
vantando en  alto  el  puño  con  gesto  ceñado  y  en- 
tonación épica,  su  esposa  seguía  sirviendo  tran- 
quila el  puchero,  y  Luis  María  pálido  unas  veces 
y  en  otras  sonrosado  limitábase  á  mover  afirma- 
tivamente la  cabeza,  sin  atreverse  á  desplegar 
los  labios. 

Cinco  segundos  de  silencio  á  lo  sumo,  ponía  en- 
tre párrafo  y  período  el  viejo  peninsular ;  y,  atento 
al  recogimiento  del  auditorio,  sorbía  un  trago  de 
Jerez  legítimo,  y  continuaba: 

—  Por  encima  de  lo  dicho,  poned  si  gustáis  á 
retaguardia  de  las  filas,  en  sótanos  y  casernas, 
como  moco  de  pavo,  diez  mil  cartuchos  de  cañón 
listos  á  bala  y  metralla,  casi  un  millón  de  fusil 
y  tercerola,  seiscientos  quintales  de  pólvora,  un 
centenar  de  embarcaciones  de  todos  tamaños  en 
la  rada  con  poderosa  artillería  —  más  de  doscien- 
tas piezas,  repito  —  provistas  de  considerables  can- 
tidades de  artículos  de  guerra ;  agregad  lo  mu- 
cho que  el  parque  contenía,  el  entusiasmo  de  la 
milicia,  la  esperanza  de  auxilio  á  la   larga,  —    y 


198  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


decid  —  vuelvo  á  preguntar  —  ¿no  era  bastante 
ese  poder  para  reducir  á  polvo  la  tropa  insur- 
gente con  sólo  venir  á  las  manos,  al  grito  de  San- 
tiago y  cierra  España  ? .  .  .  . 

¿Qué  opinas  tú,  muchacho? 

Al  dirigirse  á  su  hijo  en  esa  forma,  el  señor 
Berón  tenía  el  rostro  encendido  y  la  mirada  co- 
lérica, y  temblábanle  las  manos  bajo  una  pro- 
funda excitación  nerviosa.  Estas  ráfagas  eran  en 
él  frecuentes. 

El  joven  contestó  con  calma: 

—  Nada,  padre.  Entonces  yo  era  niño. 

—  Verdad.  ¡  Qué  sabes  tú  de  esas  cosas  !  Te- 
nías la  leche  todavía  en  la  boca  y  crecías  entre 
ruidos  de  cañonazos  y  escopeteos  como  un  pi- 
chón de  paloma  debajo  del  campanario .  ,  .  . 

—  Pues,  —  observó  la  madre,  —  estudiaba  en  San 
Francisco  sus  latines  y  religión :  ¿  no  te  acuerdas  ? 

—  Teología  será,  mujer ;  y  lo  otro,  se  me  an- 
toja que  serían  latinajos. 

—  ¡Tanto  da! — repuso  la  señora  alegremente. 

Luis  María  se  sonrió,  y  sin  preocuparse  de  ta- 
les recuerdos,  dijo  á  su  padre  que  lo  miraba  de 
soslayo  : 

—  He  puesto  ya  todos  los  libros  de  la  casa  al 
día,  y  arreglado  bien  los  cuadernos  de  apuntes .... 

—  ¿  Y  á  qué  viene  eso  ? 

—  Quería  que  usted  lo  supiese,  porque  deseo 
pasar  esta  noche  y  el  día  de  mañana  en  la  quinta 
del  Cardal,  si  no  hay  inconveniente.  .  .  . 


NATIVA  193 


-  No,  ninguno.  Ya  te  veo  en  traje:  puedes  ir. 
Pero  mucho  cuidado  con  apartarse  lejos  de  aquí, 
de  las  Piedras  para  arriba,  si  no  quieres  caer  en 
manos  de  los  imperiales. 

El  joven  se  estremeció;  más  que  por  ese  te- 
mor imaginario,  á  la  idea  de  que  el  señor  Berón 
algo  hubiese  sospechado  acerca  de  sus  planes. 

Bien  luego  parecióle  sin  embargo  infundada  su 
duda ;  pues  su  padre,  recapacitando,  siguió  su 
peroración  con  menos  brío  á  medida  que  ensar- 
taba en  ella  todo  género  de  reminiscencias  y  no 
encontraba  oposición  á  sus  opiniones. 

De  esta  suerte,  acontecíale  adormecerse  en  pos 
de  la  propia  excitación,  y  en  concluir  con  sus- 
piros ó  bostezos  lo  que  había  empezado  con  vo- 
ces estentóreas  y  salidas  de  tono,  acompañadas 
de  una  mímica  violenta. 

Luis  María  se  levantaba  respetuosamente,  y  la 
madre  proseguía  sus  quehaceres  domésticos,  en 
lucha  perpetua  con  los  negrillos  y  mulatillos  que 
se  ocupaban  más  de  sí  mismos  que  de  los  de- 
beres para  con  sus  amos. 

Sucedió  igual  cosa  esta  vez;  y,  cuando  el  se- 
ñor Berón  se  retiró  del  comedor  para  prepararse 
á  su  siesta  ordinaria  é  ineludible,  el  joven  fuese 
á  su  vez  á  su  aposento  á  dar  la  última  mano  á 
los  preparativos  de  viaje. 

Pasóse  en  él  largo  rato,  concluida  esta  dili- 
gencia. 

Después  echó  en  una  cartera  que   llevaba    su- 

13 


194  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


jeta  al  cinto  una  buena  suma  de  dinero ;  y  puso 
sobre  la  mesa  debajo  de  un  libro  pequeño,  la 
carta  que  había  escrito  para  su  padre. 

En  seguida  salió  á  la  calle  lleno  de  resolución; 
y  á  los  pocos  minutos  trasponía  la  puerta  de  San 
Pedro,  con  las  manos  en  las  faltriqueras  y  el  aire 
tranquilo,  silbando  una  «  vidalita  »  al  compás  de 
la  marcha,  entre  malezas  y  barrancos. 

Aparte  de  algunas  construcciones  dispersas,  del 
horno  de  Viana,  el  matadero  de  Sierra,  el  cuar- 
tel de  Blandengues,  el  de  los  indios  y  los  corra- 
les de  Silva,  de  Pérez  y  de  Martínez,  toda  esa 
zona  al  frente  y  lados  aparecía  agreste  é  in- 
culta. 

Luis  María  la  cruzó  á  paso  rápido  en  corto 
espacio  de  tiempo,  sin  novedad  alguna. 

Esperábale  Esteban  en  la  quinta  del  Cardal 
con  los  caballos  prontos. 

No  faltaba  avío  alguno  á  los  «  recados  »  ;  los 
ponchos  de  invierno  estaban  bien  ceñidos  en  rollo 
con  «  tientos  »  en  la  parte  posterior  del  lomillo, 
los  «  lazos  »  de  trenza  nueva  sujetos  en  el  mismo 
sitio  sobre  las  ancas,  los  « maneadores »  en  el 
pescuezo  y  las   «maneas  »   en  el  «fiador». 

El  bayo  de  Luis  tenía  cruzada  debajo  de  la 
carona  una  espada,  y  en  una  funda  de  lana  que 
cubría  el  cojinillo,  una  pistola  de  caballería.  El 
liberto  había  cargado  por  su  parte  su  cabalga- 
dura con  las  maletas  en  forma  de  árganas ;  y  en 
cuanto  á  las  armas    echádose    á   la   espalda    una 


NATIVA  195 


carabina  y  prendídose  á  la  cintura  un  sable -corvo 
á  más  de  la  cuchilla  mangorrera. 

Apenas  hubo  llegado  al  sitio,  que  estaba  á 
veinte  cuadras  de  las  baterías,  el  joven  montó  ágil- 
mente en  el  bayo,  y  dijo  á  Esteban : 

—  Ven  junto  á  mí,  y  guía  por  el  rumbo  de 
Pan  de  Azúcar.  ¿  Conoces  bien  ese  camino  ? 

—  Sí,  señor.  Lo  he  andado  muchas  veces,  y  á 
ese  rumbo  está  la  gente  alzada .... 

—  Pues  en  busca  de  ella  vamos,  para  ser  del 
número  de  los  que  pelean. 

—  ¡  Mejor,  señor!  Ya  verá  su  merced  cómo  á 
campo  libre  la  pólvora  hace  poca  humareda  y 
se  alborotan  los  mancarrones  por  «sancochos»  que 
sean ....  Lo  que  sí  que  las  fatigas  son  grandes 
y  hay  que  caminar  á  ocasiones  hasta  de  noche 
con  ojos  de  gato. 

—  Caminaremos,  negro.  ¿Te  asusta,  eso? 

—  ¡De  dónde,  señor!  He  pasado  ya  muchas 
« lobas  »  á  lomo  pelado  y  antes  se  cansó  el  «  ma- 
tungo »  .  .  .  .  Ahora  tenemcs  que  ir  á  este  costado 
de  donde  sale  el  sol. 

Y  Esteban  tendió  el  brazo  hacia  la  parte  de  la 
costa. 

—  No  ha  de  faltar  «rastrillada»  de  carretas  y 
encajaduras  tamañas  como  zanjas.  .  .  A  trechos  la 
huella  se  borra,  pero  ganada  la  loma  endereza- 
mos á  la  sierra.  En  los  bajos  hay  muchos  pajo- 
nales donde  se  meten  los  «matreros»  sin  que 
naide  pueda  dar  con  la   guarida. 


196  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  Eso  nos  conviene.  ¡En  marcha! 

Los  dos  ginetes  se  dirigieron  al  camino  al  ga- 
lope, perdiéndose  bien  pronto  de  vista  detrás  de 
las  ondulaciones  del  terreno. 


RULOS    Y    NAZARENAS 


El  joven  voluntario  no  tenía  la  práctica  cons- 
tante de  los  hombres  camperos,  y  desde  luego  sus 
recursos  ingeniosos  para  sobrellevar  con  pacien- 
cia los  azares  y  amarguras  de  la  vida  de  sacri- 
ficios. 

Las  horas  se  hacen  tardías  y  las  jornadas  abru- 
madoras, cuando  la  actividad  se  ejercita  en  campo 
raso  y  el  peligro  puede  asomar  por  cualquier  ho- 
rizonte, sin  minuto  de  descanso  para  el  músculo 
aterido  y  sin  instante  de  resuello  para  el  caballo 
fatigado. 

Esas  jornadas  suelen  ser  insufribles  al  mismo 
ginete  duro,  según  las  contingencias  de  la  marcha. 

Durante  el  día,  bajo  la  lluvia  incesante  y  me- 
nuda que  destempla  las  fibras  y  convierte  los 
campos  en  un  charco,  desbordándose  arroyos  y 
<  cañadas  »  ;  ó  llevando  de  frente  el  viento  que  ha 


198  E.   ACEVED0  DÍAZ 


levantado  la  helada  de  las  vísperas,  y  que  hiere 
como  un  látigo  las  carnes.  Por  la  noche,  el  suelo 
y  la  leña  húmedos  en  la  «  cuchilla  »  desierta  ó  á 
la  orilla  del  bosque  casi  en  esqueleto,  el  hielo  que 
cubre  poco  á  poco  con  su  manto  implacable  to- 
dos los  objetos  hasta  formar  sobre  ellos  una  cos- 
tra dura  semejante  al  vidrio  ahumado,  el  lecho 
de  caronas  y  de  cojinillos  tendido  sobre  la  hierba 
mientras  que  el  hombre  en  él  dormido,  bajo  el 
poncho,  se  agita  á  cada  instante  sobresaltado  al 
sentir  que  tiembla  el  suelo  al  tropel  de  una  ye- 
guada arisca,  ó  que  gruñen  enconados  los  «car- 
pinchos »  disputándose  entre  el  barro  de  la  orilla 
sus    amores. 

Después,  la  aurora  pálida  con  sus  nieblas  frías 
ó  su  aura  cruel.  Cielos  plomizos,  tierra  mojada, 
soledad  siniestra  detrás,  delante,  por  todas  par- 
tes. Y  así,  el  ánimo,  en  cuerpo  desfallecido;  mu- 
chos dolores  extraños  en  el  tronco  y  en  los  miem- 
bros, sed  intensa,  apetito  voraz  —  efectos  de  la  fa- 
tiga que  el  mismo  ejercicio  cura  con  ayuda  del 
oxígeno  de  los  campos,  del  alimento  sano  y  de 
las  aguas  puras,  como  si  el  clima  modelara  ó 
completase  el  tipo,  haciéndolo  al  fin  apto  para  la 
lucha  sin  tregua.  Añádanse  las  vicisitudes  de  la 
jornada  y  las  emociones  del  peligro  que  al  prin- 
cipio dan  un  tinte  sombrío  á  la  aventura,  y  que 
al  final  solazan  á  las  almas  fuertes. 

Por  estos  trances  rudos  debía  pasar  el  joven 
patriota ;  y  desde  las  primeras  horas  empezó  á  ex- 


NATIVA  199 


perimentarlos,  sin  arrepentirse  de  haberse  some- 
tido á  las  pruebas  de  los  hombres  robustos  y  vi- 
riles. ¿Cómo  arredrarse  ante  la  odisea  que  él  ha- 
bía soñado? 

En  la  tarde  del  segundo  día  de  marcha  cayó 
una  lluvia  fina  y  helada,  cuya  impresión  basta- 
ban á  atenuar  apenas  los  ponchos  de  paño  azul 
forrados  con  bayeta  roja,  cuyas  haldas  caían 
hasta  cubrir  las  rodillas  y  por  las  que  se  desli- 
zaba á  gruesos  hilos  el  agua  sobre  las  cañas  de 
las  botas.  Los  caballos  con  la  sangre  ardiendo 
confundían  con  aquélla  sus  sudores  y  el  vapor  de 
sus  narices,  pegados  los  extremos  del  copete  y  de 
las  crines  á  la  piel  lustrosa,  y  hecha  pincel  la 
cola  que  batía  barriosa  los  corvejones  al  compás 
del  trote  inseguro  sobre  un    terreno  resbaladizo. 

Luis  María,  que  empezaba  á  sentir  á  conse- 
cuencia de  la  fatiga  como  punzadas  de  aguja  en 
los  omoplatos,  opresión  al  pecho,  ardor  en  los 
riñones,  parálisis  en  las  extremidades  y  en  el 
semblante  un  enfriamiento  de  piedra,  pensó  en  el 
descanso  y  el  abrigo,  y  preguntó  á  Esteban: 

—  ¿En  dónde  haremos  noche?.  .  .  .  Ya  no  puedo 
más. 

—  Está  al  caer,  —  dijo  el  negro.  —  Para  acampar 
es  bueno  aquel  montecito  que  se  ve  en    el  bajo. 

—  Vamos  allí  y  haremos  fuego,  porque  la  san- 
gre se  me  hace  hielo. 

—  Fogón  no  conviene,  señor.  El  tizón  se  ve  de 
lejos  y  entrega  á   los    hombres  dormidos.  ...   Si 


200  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


encendemos  leña  ha  de  ser  abajo  de  tierra  con 
una  capa  de  troncos  por  arriba;  pero,  no  hay 
carne  fresca  .que  asar,  y  es  mejor  taparse  con  los 
ponchos  en  lo  escurito.  .  .  . 

—  Yo  bien  sabía  que  no  eras  ni  medio  bozal, 
negro.  .  .  .  ¿Entonces  nos  acostaremos  como  los 
gallos,  hasta  que  llegue   el  alba? 

—  Sí,  señor,  y  dormiremos  también. 

—  Pues  endereza  al  sitio. 
Empezaba  á  oscurecer. 

Seguía  cayendo  el  agua  mansa,  cuyos  velos 
formaban  como  una  cerrazón  en  el  horizonte,  au- 
mentando el  tinte  sombrío  del  paisaje  y  envol- 
viendo en  densas  telas  de  niebla  el  montecillo  del 
declive  —  verdadera  orla  de  «talas»  de  la  cuenca 
de  un  arroyo  que  crecía  por  momentos. 

Esteban,  que  se  había  adelantado  al  galope, 
echó  pie  á  tierra  junto  a  los  árboles;  é  inconti- 
nenti, después  de  escoger  aquí  y  allá,  cortó  una 
rama  larga  y  gruesa  con  su  cuchilla  mangorrera. 

De  esta  rama  despojada  de  sus  pinchos  y  di- 
vidida por  mitad,  hizo  dos  estacas  afilándoles  los 
extremos. 

—  Para  asegurar  los  caballos, — dijo,  —  aunque 
este  palo  sea  quebradizo,  señor. 

—  ¡Qué  hacerle,  á  falta  de  otro!  —  observó  Luis 
María  que  acababa  de  apearse  con  las  piernas  en- 
tumecidas. —  ¿Y  ese  tronco ? 

—  Es  la  maceta  para  clavar  las  estacas.... 
Ataremos  los  caballos  en  aquel  albardón  porque 
aquí  no  hay  más  que   «cola  de   zorro». 


NATIVA  201 


—  ¡Bueno,  despacha  pronto,  que  estoy  yerto! 

El  activo  negro,  campero  hábil,  bajó  en  un  ins- 
tante los  «  recados  »,  pasó  el  lomo  de  la  cuchilla 
por  el  de  los  caballos,  desenfrenólos,  ciñó  al  «fia- 
dor» de  cada  uno  el  respectivo  «  maneador  »,  hí- 
zolos  marchar  en  pos  de  él ;  y,  tanteando  en  di- 
versos sitios  el  terreno  más  firme  de  modo  que 
no  aflojasen  fácilmente  las  estaquillas,  hundiólas 
al  fin  distantes  doce  ó  quince  varas  una  de  la 
otra,  donde  la  gramilla  abundase  más  que  el 
trébol. 

Luis  María  estuvo  observando  todas  estas  dili- 
gencias muy  atentamente  apesar  de  los  escozo- 
res de  la  jornada ;  y,  concluido  el  maceteo  del  li- 
berto, púsose  callado  á  arreglar  el  duro  lecho  so- 
bre la  tierra  mojada,  bien  cerca  de    los    árboles. 

—  En  esta  lomadita  es  mejor,  señor, —  dijo  Es- 
teban.—  Unas  cuantas  ramitas  de  sauce  abajo,  y 
después  las  caronas  encima .... 

El  negro  corrió  en  seguida  diligente,  trajo  las 
ramas  y  aderezó  á  su  manera  las  camas,  colo- 
cando los  lomillos  de  cabeceras,  los  cojinillos  de 
colchón,  y  los  ponchos  y  cobertores    de    abrigo. 

—  No  hay  que  hacer  ranchos,  porque  estamos 
muy  al  descampado  y  andamos  solos. 

—  Tampoco  llovizna  ya,  —  repuso  Berón,  me- 
tiéndose debajo  del  poncho.  —  Dame  una  galleta 
para  entretener  estos  dientes,  que  se  me  están 
chocando. 

El  liberto  recurrió    á    las    maletas    que    había 


202  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


guardado  cuidadosamente,  trajo  lo  pedido,  y  sa- 
cando el  tapón  á  su  cantimplora,  la  acercó  á  los 
labios  del  joven,  diciendo : 

—  ¡  Un  trago  de  esto  da  calor! 

Luis  María  sorbió,  y  cubrióse  la  cabeza. 

Esteban  púsole  la  pistola  junto  al  lomillo,  al 
alcance  de  la  mano;  hizo  lo  mismo  en  su  lecho 
con  la  tercerola  y  el  sable ;  miró  con  mucha  aten- 
ción á  todos  los  contornos,  por  si  algo  de  sospe- 
choso se  percibía;  y,  contento  de  su  inspección, 
empinóse  dos  veces  el  botijo,  echó  una  última  mi- 
rada á  los  caballos  que  al  triscar  las  hierbas  ha- 
cían oir  claro  su  crujir  de  dientes,  y  se  arrolló 
bajo  el  poncho  con  extrema  velocidad,  quedán- 
dose inmóvil  y  á  poco  dormido. 

Había  cerrado  la  noche,  sin  viento  ni  lluvia,  y 
empezaba  á  helar. 

Al  poco  tiempo,  todo  aparecía  de  un  color  blan- 
quecino :  hierbas,  árboles,  lomas  y  declives. 

Hasta  los  duros  lechos  y  ponchos  cubiertos 
por  la  helada,  confundíanse,  sin  saltantes  relieves, 
con  los  demás  objetos  del  suelo;  blancos  y  tiesos 
los  « maneadores »,  perdíanse  como  las  estacas 
entre  los  pastos  cortos,  á  su  vez  endurecidos  bajo 
una  manta  vidriosa. 

Las  ramas  inmóviles  con  sus  hojaldres  de  cris- 
tal, especialmente  las  de  las  copas  semejantes  á 
cabezas  calvas,  daban  á  los  árboles  un  aspecto 
triste  y  desolado  en  medio  de  las  tinieblas. 

Los  caballos  que  habían  cesado  de  pacer,  pia- 


NATIVA  203 


faban  de  vez  en  cuando  como  ateridos ;  el  pato 
salvaje  sacudía  las  alas  alborozado  á  la  orilla  del 
arroyo,  y  el  «chajá»  autero  hería  el  aire  con  sus 
gritos  en  la  laguna  como  si  todo  un  regimiento 
hubiese  acampado  en  la  loma  ál  toque  de  clarines. 


A  las  cinco  de  la  mañana,  el  negro  que  había 
dormido  intranquilo,  se  levantó  sin  pereza,  y  pú- 
sose á  examinar  los  alrededores. 

Todo  estaba  en  calma.  Aun  no  soplaba  la  brisa 
que  había  de  levantar  al  hielo  en  sus  alas  para 
rozar  con  ellas  implacable   la  carne  viva. 

Llevó  los  caballos  á  abrevar  al  arroyo,  aderezó 
el  suyo  en  breves  momentos  y  despertó  á  Luis 
María,  diciéndole  muy  bajo,  después  de  sacudirlo 
un  poco: 

—  ¡  Señor !  Ya  es  hora  de  marchar. 

El  joven  que  estaba  inmóvil  como  una  piedra, 
revolvióse  en  su  «recado»  pronunciando  algunas 
palabras  ininteligibles,  encogióse  y  volvióse  á 
quedar  dormido. 

Por  dos  y  tres  veces  volvió  el  liberto,  hasta 
conseguir  al  fin  que  se  pusiese  de  pie. 

Al  hacerlo  de  mala  voluntad,  Luis  María  sin- 
tió doloridos  todos  sus  miembros,  empujó  con  el 
pie  el  poncho  cubierto  por  la  helada  y  apartóse 
del  lecho  como  un  sonámbulo,  acercándose  á  tras- 
piés hasta  la  orilla  del  monte. 

La  impresión  de  un  aire  extremadamente  frío, 


204  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


que  acabó  de  despertarlo  de  veras,  púsolo  ágil 
y  activo. 

Abrigóse  con  su  poncho,  cuya  bayeta  se  con- 
servaba casi  seca  y  caliente;  y,  á  fin  de  dar  ca- 
lor á  las  manos  agarrotadas,  propúsose  ensillar 
por  sí  mismo  su  caballo.  Al  efecto,  muy  listo, 
aproximóse  al  «recado»,  y  echó  mano  á  la  ca- 
rona, haciendo  saltar  todas  las  prendas  que  en- 
cima estaban,  inclusive  el  lomillo  en  que  había 
posado  la  cabeza. 

En  el  mismo  instante,  una  culebra  verde  con 
pintas  rojas  que  bajo  la  comba  de  aquél  dormía 
muy  arrollada,  puso  en  juego  sus  anillos  y  dio 
un  silbido,  arrastrándose  veloz  hacia  el  arroyo. 

Luis  María  se  quedó  quieto  con  la  carona  en 
la  mano,  siguiendo  con  la  vista  el  reptil  hasta 
que  desapareció  entre  los  juncos  del  ribazo. 

El  liberto,  que  se  mordía  tentado  de  la  risa 
su  labio  de  esponja,  se  apresuró  á   decir: 

—  Es  mansita,  señor;  les  gusta  mucho  el  res- 
coldo á  esos  bichos .... 

Miróle  el  joven  con  cierto  aire  de  asombro, 
procurando  con  todo  dominar  su  sorpresa ;  y,  sin 
pronunciar  una  palabra  acercóse  muy  lentamente 
al  manso  lobuno;  mas,  al  coger  el  «  maneador  » 
duro  con  el  hielo,  que  había  que  extirpar  con 
los  dedos  corriendo  en  la  diestra  la  soga,  renun- 
ció á  la  tentativa  mal  humorado,  diciendo  á  Es- 
teban : 

—  ¡Ensilla  tú,  con  mil  demonios! 


NATIVA  205 


En  tanto  el  negro  empezaba  la  operación,  y  se 
reía  á  solas,  el  joven  dirigióse  á  la  orilla  y  se 
lavó  la  cara,  —  hundiendo  sus  largas  botas  en  el 
terreno  húmedo  hasta  más  arriba  del  tobillo. 

Recomenzaba  á  llover ;  el  agua  caía  en  forma 
de  niebla,  tan  finas  eran  sus  gotas. 

No  era  ésta  razón  suficiente,  para  que  los  pa- 
jarillos  no  gorjearan  á  su  gusto  en  coro  suave 
y  armonioso,  saludando  el  alba;  y  justo  es  decir 
que  lo  hacían  tan  bien,  en  medio  de  la  misma 
confusión  de  trinos,  píos  y  quejas,  que  Luis  Ma- 
ría no  pudo  menos  de  alzar  la  mirada  al  ramaje, 
y  murmurar  con  ironía  al  sentir  cómo  se  escurría 
sobre  su  cabeza  y  hombros  la  lluvia  mezclada 
al  hielo: 

—  ¡  Oh,  poetas! .  .  .  ,  Venid  como  yo  ahora  á  oir 
cantar  á  las  castas  avecillas  en  la  rama  al  cua- 
jar el  día,  y  decirse  amor  besándose  con  los  pi- 
quillos  al  rescoldo  del  nido.  ¡Sí,  venid,  bardos  so- 
ñadores que  cantáis  como  esos  pájaros ! .  .  .  .  Aquí 
está  la  selva  umbría  y  el  arroyo  susurrante  y  la 
tórtola  que  arrulla,  todos  esos  eternos  idilios  de 
que  nos  habláis  sin  lluvias  mansas,  sin  lodos  que 
salpiquen,  sin  heladas  que  agarroten,  sin  suelo 
húmedo  y  duro  como  lecho  ....  ¡Venid  á  pasar 
una  noche  como  yo,  y  ya  veréis  lo  que  vale  el 
poema,  bellacos ! .  .  .  .  Os  había  de  preguntar  si 
era  bella  esta  alborada,  si  grato  el  concierto  de 
los  seres  alados,  si  hospitalaria  la  sombra  de  los 
árboles,  si  cristalinas  y    transparentes    las    gotas 


206  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


que  de  las  hojas  caen  como  menudos  topacios,  y 
si  muelle  el  verde  césped  donde  la  culebra  se 
agita  y  busca  el  calor  del  que  duerme  con  toda 
la  confianza  de  una  compañera  cariñosa ....  Y 
habíais  de  responder,  estoy  seguro,  sin  pasar  por 
la  experiencia,  que  este  gran  sudario  que  por  ahí 
se  extiende  era  manto  de  suave  armiño  y  que 
eran  preciosas  filigranas  de  alabastro  las  agujas 
de  hielo  y  muy  bellas  las  urracas  y  calandrias 
desplumadas  y  lodosas  que  saltan  de  la  rama  al 
charco,  y  manso  por  extremo  el  reptil  frío  de  es- 
trías de  esmeralda  y  de  coral  que  en  busca  de 
calor  se  mete  en  el  hueco  del  lomillo  bajo  la  ca- 
beza del  que  duerme,  y  allí  se  está,  hasta  que 
uno  se  levanta  y  le  da  con  el  pie  para  que  se 
vaya  á  su  cueva  ...  ¡  Ya  os  diría  yo  de  misas, 
visionarios  ! 

Esto  murmurando,  retiró  con  tanto  esfuerzo 
como  enojo  sus  pies  del  lodo,  secándose  el  ros- 
tro con  el  anverso  de  la  manga ;  y  encaminóse  á 
su  caballo,  inquieto  con  el  cierzo,  y  cuyos  pelos 
aparecían  erizados  afeando  de  veras  su  pinta. 

Montó  con  alguna  torpeza,  porque  sentía  un 
dolor  mortificante  en  los  muslos  y  las  corvas,  así 
como  el  del  que  se  ejercita  por  primera  vez  en 
la  esgrima  del  sable. 

También  en  otras  partes  le  dolía ;  y  por  ello 
sentía  él  mucha  pena. 

Con  tanta  fuerza  de  voluntad,  —  se  dijo,  —  se 
pierde    sin    embargo    un    equilibrio    necesario,    y 


NATIVA  207 


hasta  el  rumbo,  que  una  navecilla  afirma  con  su 
timón  y  un  ave  con  su  cola .... 

—  ¡Vamos! — agregó  luego  en  voz  alta  con  có- 
lera, descargando  el  rebenque  en  las  ancas. 

El  negro  adelantóse  por  un  flanco  para  guiar, 
muy  tranquilo  con  su  carguero  y  una  tagarnina 
en  la  boca. 


En  silencio  marcharon  por  algún  tiempo  al 
trote  largo,  sufriendo  el  rigor  del  vientecillo  de 
cara  y  de  la  lluvia  que  á  intervalos  caía  densa. 

Dejado  habían  detrás  el  empinado  morro  de 
Pan  de  Azúcar,  é  internádose  en  un  terreno  es- 
cabroso, cuando  Esteban  desvióse  del  rumbo,  di- 
rigiéndose á  un  rancho  humilde  que  en  mitad  de 
una  ladera  dejaba  ver  únicamente  su  techumbre 
de  paja  brava. 

Tomó  allí  lenguas  de  una  mujer ;  y  supo  que 
el  comandante  Alvarez  de  Olivera  había  pasado 
por  aquellos  sitios  el  día  anterior  y  acampado  de 
allí  á  dos  leguas,  según  los  informes  de  uno  de 
sus  soldados  que  del  rancho  había  salido  esa  ma- 
drugada para  reincorporarse  á  la  fuerza. 

Continuaron  entonces  la  marcha  largo  rato, 
siempre  azotados  por  el  agua  y  el  viento. 

Llegados  al  arroyo,  sólo  encontraron  vestigios 
de  campamento,  armazones  de  ramas,  vivacs  en 
cenizas  y  huesos  frescos  de  animales  vacunos. 

Cinco  ó  seis  caballos  escuálidos  y    lastimados 


208  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


en  los  lomos  hasta  mostrar  la  carne  viva,  y  á  los 
cuales  hacían  compañía  algunos  tordos  voraces 
parados  en  los  mismos  espinazos,  sin  que  ellos 
tuviesen  fuerza  en  las  colas  para  espantarlos,  pa- 
cían distantes  unos  de  otros,  triscando  apenas, 
como  buscando  prolongar  por  unas  horas  más  la 
vida. 

El  liberto  observó  todo  con  atención ;  y,  luego 
dijo : 

—  La  fuerza  no  ha  de  ir  lejos,  señor. 

—  ¿Por  qué? 

—  Estos  «bichocos»  de  marcha  tienen  la  «rosa» 
fresca   .  .  . 

—  ¿Y  qué  hay  con  eso? 

—  Que  le*  han  volcado  el  «  apero»  cuando  más, 
hace  una  hora ....  También  fíjese  el  señor  que 
los  troncos  de  los  fogones  tienen  brasas,  y  se  han 
prendido  una  nada .... 

—  ¿Crees  entonces  que  no  irán  lejos? 

—  Sí,  señor,  —  repuso  el  negro,  con  los  ojos  fijos 
en  el  suelo,  y  después  en  la  loma,  como  siguiendo 
una  huella  bien  perceptible  para  él. 

—  ¡La  «rastrillada»  va  por  allí! — agregó  luego, 
señalando  la  loma  de  la  derecha.  El  paso  de  la 
caballería  está  marcado  en  lo  blando  y  hasta  hay 
surcos  de  resbalones  en  la  cuesta .... 

—  ¡Pues  adelante! — dijo  Luis  María. 
Abandonaron  el  sitio  á  trote  firme. 

La  zona  en  que  habían  penetrado  era  ardua  y 
pedregosa,  con  uno  que  otro  pequeño  llano  feraz, 


NATIVA  209 


-á  los  flancos  ó  lagunas  rodeadas  de  espesas  ma- 
siegas. 

En  los  horizontes  brumosos  de  un  color  de  plomo 
destacábanse  hacia  el  oriente  en  masas  azuladas 
y  compactas,  abruptas  serranías  y  riscosos  mo- 
rros cubiertos  de  mantos  de  nieblas,  de  cuyas 
faldas  caían  las  fuertes  corrientes  que  engrosa- 
ban los  cauces  de  los  valles  hasta  rebasar  sus 
niveles.  Los  arbustos  de  espinas  que  buscan  su 
savia  en  los  barrancos  y  entre  las  anchas  grie- 
tas de  los  peñascos,  montaban  aquellas  faldas  y 
estribaderos  en  audaces  escalones  como  nutridos 
regimientos  que  escalasen  atropellándose  el  des- 
filadero en  pintoresca  confusión  de  guías,  pena- 
chos y  morriones  puntiagudos.  En  los  recodos  de 
piedra  desnuda  alzábanse  por  las  bases  las  ma- 
lezas, formando  un  boscaje  verdinegro  matizado 
de  cardos  secos,  sobre  el  que  desfilaba  á  chorros 
espumosos  el  agua  de  las  mesetas. 

En  lo  alto,  columpiándose  sobre  los  riscos  en 
lento  vuelo  y  confundiendo  con  la  llovizna  va- 
porosa el  color  ceniciento  de  sus  alas,  las  gavio- 
tas y  carmoranes  dispersos  á  grupos  se  dirigían 
entre  roncas  notas  hacia  los  litorales  del  Cabo, 
sin  dejar  de  abatirse  de  vez  en  cuando  en  los 
charcos  y  bañados,  alargar  el  pico  y  coger  la 
presa  para  proseguir  su  rumbo  solazándose  en 
las  nieblas  de  la  tormenta. 

Avanzaba  el  día  sin  que  asomara  el  sol,  y  dis- 
poníanse los  viajeros  á  hacer  alto  junto  á  unas 
11 


210  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


grandes  piedras,  cuando  de  improviso  el  eco  no 
lejano  de  un  clarín  les  indicó  la  proximidad  de 
una  fuerza  que  era    sin   duda   la   que    buscaban. 

El  clarín  tocaba  marcha. 

Pusiéronse  los  dos  al  galope  con  ardor. 

Traspuestas  algunas  « cuchillas  »  y  al  coronar 
una  loma  sujetaron  riendas,  y  pudieron  ver  entonces 
una  columna  de  caballería  que  marchaba  al  paso 
por  el  extremo  opuesto  del  valle  sin  insignias  vi- 
sibles ni  estandarte,  de  á  cinco  en  fondo  y  re- 
gular formación. 

Luis  María  calculó  en  doscientos  el  número  de 
aquellos  ginetes,  pues  alcanzaban  á  cuarenta  las 
filas  que  culebreaban  al  marchar  de  flanco  en  las 
ondulaciones  y  quebradas  del  terreno. 

Todos  iban  de  lanza,  algunas  con  banderolas; 
muchos  con  sombreros  de  ala  blanda  y  empon- 
chados; otros  sin  ellos,  con  una  simple  «vincha» 
ó  un  pañuelo  grueso  en  la  cabeza  y  alguna  piel 
de  carnero  á  las  espaldas,  ceñida  en  sus  extre- 
mos por  delante. 

A  retaguardia  y  á  uno  de  los  flancos,  varios 
hombres  arreaban  las  « tropillas  »  de  caballos,  que 
bien  pasaban  de  mil,  guardando  conveniente  dis- 
tancia de  la  columna. 

—  Aquél  debe  ser  Alvarez  de  Olivera,  —  dijo 
Berón,  apenas  observó  la  tropa. 

El  negro  que  había  estado  muy  atento,  con  la 
vista  fija  en  el  llano  y  el  cuerpo  erguido  sobre 
el  recado,  con  todo  el  aire  curioso   y    avizor   de 


NATIVA  211 


un  avestruz  tieso  en  la  altura,  movió  afirmativa- 
mente la  cabeza,  contestando: 

—  Sí,  señor.  Es  la  gente  del  Aiguá  y  del  Al- 
férez. 

Sin  añadir  palabra  más,  reiniciaron  el  galope, 
alcanzando  en  pocos  momentos  la  columna,  cuando 
su  cabeza  penetraba  en  un  vallecito  encajonado 
y  estrecho. 

Agobiados  bajo  los  ponchos,  silenciosos  y  gra- 
ves, sin  otro  ruido  que  el  producido  por  los  cas- 
cos de  los  caballos  sobre  el  suelo  húmedo,  unos 
fumando  al  abrigo  de  los  cuellos  con  la  vista  cla- 
vada en  el  crucero  de  sus  cabalgaduras,  otros  ca- 
beceando somnolientos,  pocos  pararon  en  ellos  su 
atención;  y  de  esos  pocos,  uno  dijo,  bostezando: 

—  Ahí  se  allega  un  pueblero,  con   un    retinto. 
Incorporados  ya,  Luis  María  que  miraba  todo 

con  viva  curiosidad,  pudo  observar  que  casi  to- 
dos aquellos  hombres  iban  vestidos  con  andra- 
jos fuera  de  los  ponchos  ó  de  las  pieles :  chiripaes 
deshilachados  sobre  piernas  desnudas,  botas  de 
potro  rotas  y  enlodadas,  espuelas  de  hierro  viejo 
atadas  con  «  tientos  »,  recados  pobres  de  simple 
lomillo  y  carona  algunos,  un  solo  estribo  de  ma- 
dera y  riendas  con  bocado  de  «  lonja  ».  Muy  con- 
tados eran  los  que  lucían  prendas  de  valor,  y 
entre  estos  mismos  varios  carecían  de  sombreros, 
más  interesados  tal  vez  en  aderezar  mejor  á  sus 
pingos  que  á  sus  personas.  En  cambio,  cubrían 
sus  cabezas  y  sujetaban  sus  largas  cabelleras  con 


212  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


pañuelos  de  colores  atados  por  detrás,  de  modo 
que  colgasen  las  puntas. 

No  faltaban  quienes  llevasen  el  poncho  ó  la  piel 
de  carnero  sobre  las  carnes,  las  piernas  al  aire, 
las  barbas  luengas  hasta  el  pecho  y  los  rulos 
del  cabello  por  abajo  de  los  hombros. 

En  cuanto  á  las  armas,  las  hojas  de  tijeras  de 
esquila  y  los  clavos  cuadrangulares  constituían 
las  moharras  de  la  mayor  parte  de  las  lanzas  de 
aquellos  caballeros  errantes.  Algunos  las  lleva- 
ban de  acero  bruñido  en  forma  acanalada,  ó  ser- 
pentina, con  media  -  luna  doble  ó  cuádruple  según 
la  importancia  del  rejón  y  la  bizarría  de  sus 
dueños.  La  pistola,  el  trabuco,  la  tercerola  de  pie- 
dra de  chispa,  la  daga  ó  facón  y  el  sable -corvo 
complementaban  el  arreo  ofensivo,  produciendo 
el  conjunto  en  la  marcha  con  las  calderas  vie- 
jas, una  que  otra  olla  de  cocinar  puchero,  el  roce 
de  las  guascas,  el  trinar  de  las  «lloronas»,  el  lu- 
dimiento de  las  vainas  de  metal,  el  resoplido  de 
los  redomones,  el  tascar  de  las  coscojas  y  el  cha- 
poteo de  mil  cascos  en  el  suelo  barrioso  un  ruido 
tan  singular,  siniestro  y  bravio,  que  sólo  podía 
compararse  con  el  que  hicieran  muchas  garras 
en  un  gran  pellejo  lleno  de  viento,  clavos  y  ca- 
denillas de  hierro  que  rodara  como  una  peonza 
sobre  lecho  de  guijarros. 

Advirtió  también  Luis  María  que,  en  medio  de 
aquellas  filas,  las  razas,  variedades  ó  sub  -  géne- 
ros estaban  todas  bien  representadas  por   carac- 


NATIVA  213 


teres  típicos,  desde  el  charrúa  color  bronce  oxi- 
dado, y  el  blanco  de  puro  origen  y  el  negro  de 
tez  rayada,  hasta  el  zambo  fornido  y  el  cambujo 
color  de  tabaco  de  mucho  vientre,  mejillas  mo- 
fletudas y  manos  cortas  de  dorso  negruzco  y  pal- 
mas de  roedor. 

Y  á  poco  que  él  fué  examinando  los  detalles, 
caras  pálidas,  ojos  hermosos  ú  ojillos  de  coatí, 
cabelleras  negras  y  doradas  junto  á  greñas  bas- 
tas y  racimillos  de  saúco,  narices  perfiladas  y 
trompas  con  hornallas  en  vez  de  fosas,  bocas  cu- 
biertas por  bigotes  finos  y  otras  muy  anchas  con 
tres  pelos  por  adorno  y  dentadura  de  niño,  cuer- 
pos delgados  y  flexibles  cuanto  eran  de  macizos 
y  rechonchos  los  que  á  su  lado  se  agitaban,  no 
pudo  menos  de  preguntarse  en  medio  de  su  mismo 
aturdimiento:  ¿qué  obra  extraña  saldrá  de  este 
montón  de  instintos? 

Como  se  hubiesen  ya  aproximado  bien  á  la  co- 
lumna y  desfilasen  hacia  la  cabeza,  aquellos  cen- 
tauros empezaron  á  fijarse  en  ellos;  y,  uno  de 
chambergo  de  «  panza  de  burro  »  agujereado  y 
ya  incoloro  por  el  uso,  cuyo  barboquejo  se  le 
perdía  por  debajo  de  la  nariz  entre  el  boscaje  de 
las  barbas,  al  ver  cruzar  al  liberto  con  sus  ma- 
letas repletas,  todo  de  nuevo,  y  muy  plantado  en 
los  lomos,  sintióse  tentado  á  gritarle  con  voz 
ronca : 

—  ¿  De  adonde  venís  cuervo,  tan  cirimonioso  ? 

—  ¡  Véanlo  !  —  exclamó   otro,  —  con   las    «  mo- 


214  E.    ACEVED0  DÍAZ 


tas  »    muy   peinadas    y   las    maletas   que   revien- 
tan .... 

—  ¡  Alcanza  un  poco  de  azúcar,  jetudo  !  —  bar- 
botó un  tercero  empinándose  en  el  estribo,  —  que 
no  ha  de  ser  todo  para  tu  trompa.  .  .  . 

Otro,  que  no  poseía  sino  un  «  chifle  »  de  me- 
dia guampa,  al  observar  que  el  liberto  llevaba 
una  cantimplora  de  azófar,  alzó  su  lanza,  vocife- 
rando : 

—  ¡  Alarga  un  «  taco  »  de  ginebra,  fruto  de  hi- 
guerón  ! 

—  ¡  Lindo  para  sacarle  las  botas  al  mono  !  — 
agregó  un  lancero  que  iba  de  alpargatas  y  mi- 
raba codicioso  el  calzado  flamante  del  negro. 

—  ¡  Miren  al  marqués  del  Mazacote !  —  argüyó 
alguno  agraviado  á  retaguardia.  ¡  Muy  de  lujo, 
y  púas  de  bronce ! 

Una  voz  formidable  dominando  todas  las  otras, 
se  elevó  de  pronto,  rugiendo : 

—  ¡  Párate  cimarrón  y  tirame  con  diez  patacas 
limpias  S 

El  liberto  que  no  había  perdido  la  calma  vol- 
vió la  cabeza  á  esta  voz ;  y  al  reconocer  á  un 
antiguo  compañero,  rióse  hasta  mostrar  las  mue- 
las, y  dijo  retozante: 

—  ¡  Adiós,  hermano ! .  .  .  . 


Esta  réplica  cayó  en  la  hueste  lo  mismo  que 
un  moscardón  en  una  colmena.  Las  últimas  filas 
se  agitaron  con  gran  vocinglería ;  una  carcajada 
homérica  retumbó  de  escalón  en  escalón,  y  hasta 


NATIVA  215 


los  mismos  que  iban  durmiéndose  tomaron  parte 
en  la   «  loba  »   sin  saber  de  qué  se  trataba. 

Esteban  siguió  muy  tieso  en  pos  de  su  amo, 
que  marchaba  al  galope  á  alcanzar  la  cabeza  de 
la  columna. 

Pero,  la  acogida  no  había  aun  terminado  para 
él,  puesto  que  á  su  flanco  izquierdo,  por  donde 
arreábase  un  trozo  de  «  caballada  »,  una  criolla 
bien  puesta  á  horcajadas  en  un  cebruno  quisqui- 
lloso y  saltarín  cuyas  cerdas  nada  perdían  en  la 
comparación  con  las  guedejas  de  la  que  parecía 
llevar  los  cascos  á  la  gineta,  —  gritóle  con  aire 
de  camorra : 

—  ¡  Quién  lo  ve  á  Juan  Catinga  hecho  un  mo- 
rro, todo  limpio  y  con  carguío ! .  .  .  .  ¿  dónde  ha- 
brá robado  tantas   «  pilchas  »   ese  ollín  ? 

—  j  Calíate  comadreja,  —  replicó  el  negro  al  pa- 
sar, —  porque  no  he  de  complacerte ! .  .  .  . 

—  ¡Oigan  al  chumbo!  Motoso.  .  .  .  Rabudo.  .  .  . 

Esteban  continuó  al  galope,  silbando. 

Movíansele  las  maletas  de  lienzo  como  dos  alo- 
nes esponjados,  dando  idea  de  su  valioso  conte- 
nido ;  y  á  su  paso  levantábanse  nuevos  chillidos 
semejantes  á  los  que  lanza  una  banda  de  gavi- 
lanes   sorprendidos    ante    una    presa    inesperada. 

A  todo  puso  él  oídos  sordos,  y  fué  á  detener 
su  carrera  casi  encima  del  frente  de  la  columna, 
cuando  ya  Luis  María  conversaba  con  el  jefe. 

Al  verle  tan  bien  aderezado  y  lleno  de  humi- 
llos de  asistente  de  rico,  el  alférez  de  la  segunda 


216  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


fila,    que    iba    todo   andrajoso,    mojado   hasta   los 
huesos  y  de  mal  talante,  díjole  con  rabia: 

—  ¡  Apártate,  negro.  ...  ó  te  bajo  de  un  guan- 
tón ! 

Esteban  se  sonrió  sin  muestras  de  enojo,  y  gol- 
peó con  la  diestra  por  debajo  del  poncho. 

—  Empréstame  un  poco  el  «chifle»,  —  añadió 
entonces  el  alférez  con  tono  dulce. 

El  liberto  sacó  su  hermosa  cantimplora,  llena 
hasta  más  de  la  mitad  de  anís  legítimo;  y  en 
tanto  los  ginetes  más  cercanos  se  relamían  en  si- 
lencio los  labios,  pasósela  al  oficial,  que  en  el 
acto  extrajo  el  tapón  y  se  la  empinó  con  deleite. 

—  i  Linda  ubre,  moreno  :  da  consuelo  !  —  exclamó 
al  devolvérsela.  Cuando  acampemos,  mangonea 
por  el  fogón  que  siempre  hay  «  churrascos  »  gor- 
dos. .  .  . 

—  Gracias,  mi  alférez. 

—  Si  te  perdés,  chiflante.  .  .  .  Ofértale  á  tu  pa- 
trón hacer  rancho  juntos ....  Siempre  hay  algo : 
algún  asadito  con  cuero,  un  guiso  de  «  achu- 
ras »  .  .  .  . 

—  Le  he  de  decir,  señor. 

Y  mientras  hablaba  el  alférez,  el  liberto  dio 
un  largo  beso  á  la  cantimplora,  con  gran  envi- 
dia   de    muchos  de  los  que  lo  miraban. 

—  ¡No  hacértese  vinagre  en  el  gañote! — dijo 
uno  á  media  voz. 

—  ¡  Ganas  tengo  de  ensartarle  el  botijo  en  la 
media  -  luna ! 


NATIVA  21' 


—  ¡  Tan  pelechado  el  trompudo  !  —  añadió  otro 
con  encono. 

El  negro  alcanzó  una  galleta  al  alférez  muy 
orondo,  y  en  seguida  gritó  con  imperio : 

—  ¡Cállense  la  boca!.  .  .  . 

Los  milicianos  rompieron  á  reir  estrepitosa- 
mente. 

En  ese  instante  la  columna  hizo  alto. 

El  jefe  se  había  apartado  algunos  pasos  con 
Luis  María,  y  echado  pie  á  tierra  junto  á  unas 
rocas,  para  guarecerse  un   tanto  de  la  lluvia. 

Parecía  interesarle  de  veras  la  llegada  del  jo- 
ven, pues  prestaba  mucha  atención  á  sus  pala- 
bras. 

Era  el  caudillo  Leonardo  Olivera  un  hombre 
de  continente  altivo,  mucho  músculo,  igual  suma 
de  osadía  y  espíritu  rebelde  al  freno,  como  el  de 
todos  los  hijos  del  Pampero.  Oía  con  reposo  y 
miraba  fuerte.  Vestía  de  chaqueta  y  « bomba- 
chas»,  botas  hasta  la  rodilla  de  cuero  de  lobo,  y 
chambergo  de  ala  corta.  Calzaba  bien  las  espue- 
las y  ceñía  con  gracia  el  sable.  Era  fama  que 
con  la  lanza  inspiraba  respeto  en  la  pelea;  que 
mataba  con  sti  propia  mano,  al  nivel  del  sol- 
dado;  y  que  sólo  dirigía  la  vista  atrás  para  aver- 
gonzar á  los  flojos.  Absorbíalo  todo,  un  amor 
profundo  á  la  tierra;  ese  amor  -  tal  vez  único  — 
que  se  crece  en  la  Jucha  y  se  agiganta  en  la 
desgracia  como  solo  ideal  perdurable. 

Verdad  es,  que  Luis  María  no  vio  en  él   más 


218  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


que  un  hombre  reservado,  adusto  y  duro,  de  pu- 
pilas muy  fijas  y  aire  de  mando ;  pero,  todo  eso 
denunciaba  la  fibra  del  valor.  Consolóse  en  parte, 
de  que  el  jefe  fuese  más  discreto  que   la  hueste. 

Olivera  lo  había  recibido  bien,  y  pedídole  le 
leyese  la  comunicación  de  que  era  portador. 

Indicábasele  en  ella  un  punto  determinado  del 
litoral  del  cabo  para  recibir  pertrechos  de  guerra  ; 
y  encomiábase  su  conducta  en  términos  lisonjeros. 

Impuesto  de  esta  nota,  pidió  otras  noticias  y 
datos. 

El  joven  se  los  proporcionó  sin  omitir  detalle, 
ni  exagerar  el  estado  de  las  cosas.  La  situación 
se  presentaba  muy  grave. 

—  En  la  ciudad  —  dijo  —  el  elemento  patriota 
cuenta  con  el  apoyo  de  los  Voluntarios  Reales, 
y  el  entusiasmo  cunde.  Pero,  en  la  campaña,  Le- 
cor  dispone  de  fuerzas  importantes  gracias  al  con- 
curso personal  y  á  la  influencia  del  Brigadier 
Rivera;  siendo  usted  el  único  que  con  su  denuedo 
mantiene  la  esperanza  de  un  alzamiento  consi- 
derable .... 

Don  Leonardo  con  la  vista  vaga  en  el  hori- 
zonte, movió  á  estas  palabras  lentamente  la  ca- 
beza,  y  luego  repuso,  encogiéndose  de  hombros: 

—  Se  hace  lo  que  se  puede.  ...  La  cosa  no  da 
para  más,  amigo.  Cuanto,  cuanto  he  sacado  de 
sus  ranchos  á  la  gente  del  pago,  y  ya  la  hice 
refregar  fuerte,  dejando  algunos  pobres  tendidos 
por  el  valle.  .  .  .  ¡  Somos  un  grupito!.  ...  La  «mu- 


NATIVA  219 


chidumbre  ->  se  está  quieta,  por  miedo  á  Frutos, 
de  la  parte  allá  del  Can  elón,  como  si  el  hombre 
fuese  más  que  Artigas.  Seguiremos.  ..¡Pelearlos, 
los  voy  á  pelear!  —  agregó  con  firmeza,  sacu- 
diéndose y  avanzando  dos  ó  tres  pasos  con  la 
vista  siempre  en  las  quebradas ;  —  pero,  no  sé 
hasta  dónde  aguantarán  los  muchachos  viéndose 
solos .  .  .  .  ¡  Ya  veremos ! 

Un  momento  de  silencio  siguióse  á  estas  pa- 
labras, dichas  con  excitación  creciente. 

Después,  bajando  el  tono,  el  caudillo  encaróse 
con  Luis  María,  añadiendo : 

—  En  cuanto  á  usted,  venga  á  mi  lado  como 
ayudante.  Va  á  pasar  algunas  penalidades,  pero 
las  partirá  conmigo. 

—  Agradezco  mucho  ese  honor,  mi  jefe.  Venía 
dispuesto  á  servir  como  simple   soldado. 

—  No,  mi  amigo ;  todos  lo  somos  cuando  llega 
la  hora  de  ponerse  á  prueba  .  .  .  .  ¡  Créalo !  Lo 
mismo  va  á  estar  usted  á  la  cabeza  que  á  reta- 
guardia, porque  en  la  carga  se  hace  un  solo  en- 
trevero. 

En  seguida,  cogióse  con  la  izquierda  á  las  crines 
de  su  caballo,  y  echó  una  mirada  á  fondo  á  la 
columna. 

Algunos,  que  habíanse  desmontado  cubriendo 
las  « pilchas  »  con  un  halda  del  poncho,  y  que 
comentaban  entre  risas  la  acogida  hecha  á  Este- 
ban, se  apresuraron  á  entrar  en  formación,  sin 
voz  de  mando,  ni  toque  de  clarín. 


220  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Olivera  montó  de  un  salto,  y  tras  de  él  Luis 
María,  que  en  el  acto  buscó  su  colocación  junto 
á  otros  dos  ayudantes. 

El  baqueano,  que  se  encontraba  algunas  varas 
á  vanguardia  rompió  la  marcha,  y  en  pos  se  mo- 
vió la  columna,  en  momentos  que  la  lluvia  arre- 
ciando caía  á  plomo  como  una  cascada  ruidosa 
y  espumante. 


XI 


C  U  A  R  O 


La  fuerza,  efectuando  lentamente  una  contra- 
marcha de  flanco,  tomó  rumbos  hacia  el  litoral 
del  cabo. 

La  jornada  prometía  ser  muy  dura,  al  trote 
largo,  mientras  no  se  encontrasen  escabrosidades 
al  frente. 

Sólo  obstáculos  naturales  ó  imprevistos  obli- 
gaban á  moderar  el  paso :  ya  un  terreno  pedre- 
goso cuyos  riscos  despeaban  á  los  animales  — 
según  la  expresión  del  gaucho,  ya  un  valle  cu- 
bierto de  lagunas  y  pantanos,  tremedales  y  cié- 
nagas, ora  arroyos  salidos  de  cauce  por  la 
fuerza  de  la  creciente  y  que  era  preciso  atrave- 
sar á  nado  sobre  los  lomos  del  caballo,  ó  cogido 
de  las  crines  sin  desnudarse  arrollado  el  poncho 
al  pescuezo ;  y  cuando  no  sucedía  esto  había  que 
oblicuar  la  marcha  para  despuntarlo  en  sus  na- 


222  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


cientes,  prolongando  desmesuradamente  el  ca- 
mino por  comarcas  donde  no  existían  puentes  ni 
se  conocían  otros  vehículos  que  las  carretas  tira- 
das por  bueyes  como  única  manifestación  de  la 
industria  de  transportes,  y  el  caballo  considerado 
como  artículo  de  guerra. 

Luis  María  no  se  había  hecho  idea  de  estas 
contrariedades  y  sinsabores,  y  empezaba  su  apren- 
dizaje en  días  aciagos,  sin  esperanza    de  triunfo. 

Aquella  organización  rara  de  la  hueste,  ves- 
tida de  andrajos,  y  la  manera  más  extraña  aún 
de  imponer  su  voluntad  el  caudillo ;  la  pasión  en- 
tusiasta del  valor  en  esos  hombres,  muchos  de 
ellos  tan  briosos  como  su  jefe,  y  dóciles  al 
mando  en  medio  de  su  falta  de  disciplina  y  de 
escuela ;  aquel  amor  romántico  por  la  aventura 
y  el  peligro,  olvidados  de  sus  miserias  y  desnu- 
deces, para  exponer  viriles  la  vida  en  el  primer 
encuentro ;  ese  andar  abrumador  sobre  el  caballo 
horas  interminables,  cual  si  fuesen  clavados  en 
las  monturas,  en  lucha  con  los  elementos  confun- 
didos en  una  sola  cruel  inclemencia,  alegres,  ac- 
tivos, ruidosos  á  través  del  desierto;  aquella  re- 
solución intrépida  para  arrojarse  al  agua  honda 
que  puede  absorberlos  en  su  seno  y  arrastrarlos 
en  su  curso  violento,  y  que  ellos  salvan  ágiles 
adheridos  casi  siempre  á  sus  cabalgaduras  con 
las  que  parecen  constituir  una  sola  pieza;  ese 
vigor  extraordinario  para  soportar  el  hambre  y 
resistir  al  sueño,  y  esa    facilidad    para    dormirse 


NATIVA  223 


sobre  los  lomos  sin  perder  estribos  ni  rumbo, 
como  si  velase  en  ellos  un  sexto  sentido  vigi- 
lante; aquella  conformidad  triste  pero  firme  con 
su  suerte  sin  protestas  agrias,  buscando  á  cada 
paso  y  por  cualquier  motivo  aunque  fuese  fútil 
reírse  de  todo,  hasta  del  dolor  reumático  ó  de  la 
llaga  viva;  esa  resistencia  dura  al  cansancio,  á 
veces  del  naciente  al  poniente,  con  el  cuerpo  tieso 
apenas  inclinado  hacia  el  cuello  del  caballo,  re- 
sistencia sólo  comparable  á  la  de  este  noble  bruto, 
pequeño  con  relación  al  de  raza  pura,  y  criado 
á  la  intemperie  sin  celo  ni  cuidados,  pero  de  un 
«aguante»  incuestionablemente  superior;  aquella 
sobriedad  por  último  de  limitar  sus  apetitos  du- 
rante dos  y  tres  días,  cuando  es  necesario,  á  al- 
gunos «mates  cimarrones»  — es  decir,  al  simple 
brebaje  de  *yerba  sin  azúcar,  —  á  varios  cigarros 
de  tabaco  fuerte  y  á  pocos  tragos  de  anís  ó  de 
caña,  si  la  hay,  constituían  un  cúmulo  de  cir- 
cunstancias nada  comunes  y  una  existencia  ori- 
ginal tan  ruda  y  agreste  que  el  joven  volunta- 
rio veía  ir  en  aumento  su  asombro  á  medida  que 
el  rigor  del  tiempo,  las  dolencias  y  las  privacio- 
nes descarnaban  los  instintos  y  ponían  de  relieve 
la  fiereza  de  las  almas. 

Los  mismos  detalles  insignificantes  eran  para 
él  motivos  de  interés,  y  observábalos  con  afanosa 
curiosidad,  sintiéndose  como  se  sentía  con  fuer- 
zas para  amoldarse  á  aquella  vida  militante  ex- 
traña, cuya  conclusión  podía  ser  tardía.  Entonces 


224  E.   ACEVED0  DÍAZ 


tenía  que  serle  útil  una  experiencia  que  otros 
desdeñan  y  que  luego  echan  de  menos,  á  solas 
con  las  fuerzas  de  la  naturaleza,  con  el  peligro 
diario  en  el  bosque  y  la  asechanza  permanente 
en  el  llano. 

En  medio  de  paisajes  monótonos  regados  por 
doquiera,  y  allá  junto  á  un  boscaje  sombrío  de 
arbustos  espinosos  que  bordaba  riscosos  estriba- 
deros, después  de  una  marcha  de  todo  el  día, 
cuando  bajaba  la  sombra  envuelta  en  frías  bru- 
mas, el  escuadrón  se  debía  detener,  según  la  or- 
den que  Luis  María  oyó  trasmitir   al    baqueano. 

Y  allí  acampó,  sin  mayores  ruidos  ni  confusión 
alguna. 

Imposible  parecía  que  en  aquel  lugar  desolado 
hubiese  leña,  y  que  pudieran  acomodarse  bien 
para  dormir  los  hombres  en  aquel  suelo  empa- 
pado y  cubierto  á  trechos  de  costras    de    gneis. 

Luis  María  vio  sin  embargo,  en  pocos  instan- 
tes, lucir  la  llama  de  algunos  fogones,  luego  de 
muchos,  y  agruparse  en  redor  de  ellos  los  sol- 
dados; y  por  otra  parte,  improvisarse  «ranche- 
jos»  con  varas  y  juncos  de  una  laguna,  que  se 
cubrían  con  ponchos,  sin  más  espacio  en  su  in- 
terior que  el  necesario  al  cuerpo  de  un  hombre 
y  donde  se  tendían  las  piezas  del  recado  útiles 
para  el  arreglo  del  lecho. 

Al  calor  vivificante  de  los  vivacs  cuyos  tron- 
cos chisporroteaban  difundiendo  la  alegría  apesar 
de  la  llovizna;  y  de  los  mates  que  circulaban  de 


NATIVA  225 


mano  en  mano  transmitiéndolo  á  los  estómagos 
vacíos,  la  animación  cundió  á  todos  los  extremos, 
coloreáronse  los  rostros  y  las  risas  ruidosas  reem- 
plazaron á  las  frases  concisas  y  apagadas  voces 
de  un  momento  antes. 

Parecióle  entonces  al  joven  que  la  soledad  lú- 
gubre se  había  transformado  en  risueña  aldea 
llena  de  iluminaciones  y  fogatas  como  en  una 
noche  de  San  Juan,  recordándole  las  lanzas  cla- 
vadas en  tierra  con  sus  banderolas  húmedas  y 
ajadas,  los  gallardetes  en  paralelas  á  los  flancos 
de  los  arcos  de  los  juegos  de  sortija. 

El  grueso  vapor  que  se  desprendía  de  las  ro- 
pas mojadas,  el  humo  espeso  de  las  ramas  hú- 
medas á  su  vez,  y  del  tabaco  usado  en  grandes 
dosis,  formaban  una  nube  sobre  cada  vivac  que 
clareaba  de  vez  en  cuando  algún  soplo  de  aire 
helado. 

No  todos  se  encontraban  junto  á  la  llama. 

Muchos  se  habían  ya  guarecido  bajo  sus  ran- 
chejos  ó  madrigueras  á  estilo  charrúa,  escurrién- 
dose á  lo  largo  lo  mismo  que  los  zorros  en  sus 
cuevas,  más  ansiosos  de  ganar  algunas  horas  de 
sueño  aunque  fuese  sobre  una  jerga  empapada 
que  de  estarse  entumecidos  al  amor  de  una  lum- 
bre que  producía  en  las  extremidades  de  los 
miembros  agudos  escozores,  si  no  se  tenía  la  pa- 
ciencia de  aproximarlos  poco  á  poco  á  las  bra- 
sas para  evitar  los  efectos  de  una  reacción  vio- 
lenta. 

16 


226  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Entre  los  que  circuían  estrechamente  los  fogo- 
nes al  punto  de  no  dejar  claro  alguno  por  donde 
pudiese  penetrar  una  lagartija,  por  lo  que  al  mo- 
ver las  cabezas  sólo  se  percibían  barbas  erizadas 
y  narices  color  de  remolacha  entre  un  resplandor 
rojizo,  uno  que  otro  «churrasco»  jugoso  y  ca- 
liente retemplaba  los  ánimos,  alternando  con  el 
mate  ó  el  jarro  pequeño  de  «  lata  »  provisto  de 
«bombilla»,  y  alguna  bota  de  «caña»  ó  «chi- 
fle »  de  cuerno  las  libaciones  prolongadas  de  cada 
grupo. 

Si  por  acaso  se  acercaba  á  esos  centros  ó  ter- 
tulias alguno  que  no  se  había  preocupado  de  su 
cocina,  con  intención  de  calentarse  siquiera  los 
dedos  ateridos,  cesaba  de  súbito  en  el  núcleo  la 
plática  sabrosa:  volvíanse  todos  para  mirar  de 
soslayo  al  zángano  al  ruido  de  sus  pasos  ó  de 
las  espuelas,  y  apretábanse  más  unos  contra  otros 
siempre  en  círculo  medido,  de  manera  que  entre 
ellos  no  quedase  el  menor  hueco.  Guiñábanse  los 
ojos  sombreados  por  el  ala  del  sombrero  y  lu- 
cientes al  calor,  hacíanse  los  boquituertos  reto- 
zando en  silencio  con  esas  risas  que  no  acaban 
de  estallar  bajo  los  pelos  y  que  tanto  se  aseme- 
jan á  gruñidos  de  mamoncillos,  escondían  el 
«mate»  bajo  el  poncho  ó  volcaban  la  caldera 
para  disculparse  con  la  falta  de  agua,  y  al  apar- 
tarse del  sitio  el  importuno  visitante  recomenzaba 
el  bullicio  sazonado  con  el  comentario,  —  ora  de 
las  vueltas  que  el  hombre   dio    para    meter    por 


NATIVA  227 


una  rendija  cualquiera  las  manos,  ya  del  gesto 
que  puso  cuando  alcanzó  á  ver  que  el  asador  de 
espinillo  no  tenía  ya  más  que  el  rezago  del  «  chu- 
rrasco», y  que  la  caldera  estaba  muy  tiesa  con 
la  boca  para  abajo. 

Renovábanse  luego  las  ocurrencias  sobre  la 
llegada  de  Luis  María  y  de  Esteban — la  nove- 
dad del  día,—  pues  el  tema  se  prestaba  para  ellos 
á  inagotables  variantes. 

—  El  macaco  se  descolgó  con  botas  de  baqueta, 
—  decía  uno. 

—  ¡Muy  tieso  chafando  á  los  pobres! 

—  ¡  Y  con  poncho  verdevejiga  !  —  argüía  otro, 
á  quien  le  humeaba  la  lana  de  piel  de  carnero 
echada  en  parte  hacia  adelante,  para  que  le  lle- 
gase bien  el  calor. 

—  Muy  de  celeste  el  negro,  y  uno  todo  ro- 
toso y  «  bichoco  »  —  murmuraba  un  paisano  algo 
obeso,  al  apretar  con  la  uña  la  brasa  del  cigarro. 

—  ¡  La  purita  verdad,  hermano  !  —  replicábale 
el  vecino,  sacándose  el  barro  de  Ta  bota  de  po- 
tro con  el  lomo  de  la  daga.  Al  que  nace  barri- 
gón es  al  ñudo  que  lo  cinchen. 


Una  hora  larga  llevaban  en  éstos  y  diálogos 
parecidos,  cuando  el  clarín  sonando  de  súbito, 
lanzó  tras  la  de  atención,  la  nota  prolongada  de 
silencio,  cuyo  eco  repercutió  sonoro  á  la  distan- 
cia en  el  llano  y  muy  próximo  en  las  concavi- 
dades de  las  rocas. 


228  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


La  gente  empezó  á  moverse  en  torno  de  los 
fogones  entre  voces  altisonantes,  risas  nerviosas 
y  roncos  bostezos. 

Pronto  raleáronse  los  núcleos,  buscando  cada 
uno  su  acomodo  para  dormir  del  mejor  modo  po- 
sible :  —  «  á  lo  sapo  »  —  según  unos, —  «  á  lo  gallo  » 
-  según  otros,  —  á  lo  «  teru  -  teru  »  —  según  el  de 
más  allá. —  ¿Qué  hiciste  de  mi  manta,  hermano? 

—  gritaba  desde  un  extremo  una  voz  impaciente. 

—  ¡  Pregúntaselo  á  Ciríaco  !  —  respondía  sin  duda, 
alguno  que  no  era  el  interpelado,  envolviéndose 
en  su  poncho  hecho  criba.  —  ¡  Habló  el  buey  í  ¡  No 
te  envideo  las  guampas !  —  replicaba  con  voz  de 
trueno   y  la    bayeta  en  la  boca,  otro  entrometido. 

Pocos  instantes  después,  retirábanse  los  pocos 
que  habían  quedado  secándose  las  botas  junto  á 
las  brasas.  Estas,  acosadas  sin  tregua  por  la  llo- 
vizna menuda  que  en  forma  de  densa  bruma  se- 
guía cayendo,  concluyeron  por  apagarse  antes  de 
cubrirse  por  la  ceniza  en  parte  hecha  lodo ;  y  la 
oscuridad  profunda  volvió  á  enseñorearse  del  si- 
tio en  medio  de  un  silencio  sólo  perturbado  por 
una  que  otra  exclamación  de  sonámbulos  y  muy 
sonoros  ronquidos. 

En  la  falda  de  una  loma,  al  amparo  de  unas 
piedras  y  á  dos  ó  tres  cuadras  del  campamento, 
percibíase  como  un  ligero  resplandor  la  luz  va- 
cilante del  único  vivac  que  persistía,  y  que  era 
el  de  la  guardia  avanzada. 

Por  su  parte,  Berón  se  había  encontrado  al  de- 


NATIVA  229 


jar  á  su  jefe,  y  muy  cerca  de  su  «  rancho  »  con 
otro  amplio  y  cómodo  construido  esmeradamente 
por  Esteban  con  gajos  ramosos. 

Había  tenido  el  liberto  la  precaución  de  esco- 
ger para  ello  un  lugar  abrigado,  junto  á  una 
enorme  peña  gastada  en  forma  ovoidal  en  su 
centro  por  los  lomos  de  los  toros  que  en  ella  ve- 
nían diariamente  á  rascarse  hasta  clarear  su  pe- 
laje. Brasas  de  gruesos  troncos,  á  un  lado  de  la 
entrada,  confortaban  algo  aquella  choza  de  dorso 
empinado  como  el  de  un  dromedario. 

Luis  María  escurrióse  en  el  acto,  abrigándose 
bien  ;  pero,  apenas  lo  había  efectuado  con  ansias 
de  dormir,  cuando  un  bulto  inclinóse  á  la  entrada 
del  ranchejo  y  deslizándose  ágil  á  cuatro  manos 
hasta  el  interior,  tomó  posición  junto  á  él  con 
mucha  confianza. 

Boca  abajo,  y  fumando,  el  intruso  díjole  con 
una  voz  suave  y  tranquila : 

—  Mira,  amigo ....  Tú  no  has  dicho  al  negro 
que  tenga  ojo  abierto,  porque  si  lo  cierra  de  firme 
te  va  á  hacer  humo  los  maneadores  y  bozalejos 
la  gente  del  «Aiguá»,  que  es  de  más  maña  que 
el  zorro .... 

El  joven,  reincorporándose  sorprendido,  reco- 
noció en  quien  le  hablaba  tan  familiarmente  al 
teniente  Cuaró,  ayudante  del  jefe,  con  el  que  ha- 
bía trabado  relación  por  la  mañana. 

—  Pero,  estáte  tranquilo,  porque  yo  mandé  al 
asistente  que  bombease  por  si  rondaban  los  hom- 
bres de  uña    .  .  . 


230  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  Gracias,  compañero, — dijo  Luis  María; — pero 
me  asombra    que   entre   amigos    suceda    eso.  .  .  . 

—  Son  buenos  los  mozos.  No  más  que  roban 
cojinillos ....  También  te  aviso  que  hay  que  dor- 
mir poco,  por  si  acaso  se  le  antoja  al  enemigo 
meterse  en  el  campo  con  el  lucero. 

—  Si  al  lucero  esperan,  van  lucidos,  teniente, 
porque  nunca  vi  noche  más  negra  y  lluviosa. 

— ¡  Es  temporal !  —  repuso  Cuaró,  —  y  se  ha  de 
correr  si  sopla  por  la  mañanita  viento  del  río, 
como  acontece.  .  .  .  ¡No  te  engañes,  amigo,  con  es- 
tas cosas ....  Me  está  chiflando  la  barriga  de  frío! 

—  Por  ahí  cerca  está  la  cantimplora,  teniente. 
Beba  un  trago  de  anís. 

Cuaró  que  la  había  ya  cogido,  empinósela  di- 
ciendo : 

—  Por  no  hacer  desaire .... 

El  beso  fué  un  poco  largo.  Relamióse  los  la- 
bios, y  añadió: 

—  Muy  temprano  se  ha  de  carnear,  y  comiendo 
la  gente  se  pone  alegre. 

Después,  marchamos. 

Nos  pondremos  en  la  costa  en  el  día  aunque 
revienten  los  mancarrones ....  Yo  tengo  un  ca- 
ballo lindo  que  te  voy  á  regalar  si  se  aplasta  tu 
lobuno  que  está  medio  «  aguachado  »  con  la  vida 
de  pueblo.  .  .  Es  un  overo  nuevito  que  boleé 
en  la  sierra  adentro,  gordo  y  de  estribar  sin  re- 
celo, con  un  capullo  blanco  en  el  copete  y  la 
cola  que  barre ....    Verás  que  te  gusta. 


NATIVA  231 


—  Así  ha  de  ser,  y  agradezco  mucho ....  Pero, 
¿  usted  no  tiene  sueño,  teniente  ? 

—  Me  hormiguea  un  poco  por  el  cuerpo. 

—  Pues  hay  que  aprovechar  entonces.  ...  Si 
se  encuentra  usted  cómodo  puede  dormir  ahí.  ¡Lo 
que  es  yo,  no  puedo  más ! 

—  Por  no  perder  el  costumbre,  voy  á  descan- 
sar un  rato,  amigo    .  .  . 

Sin  decir  palabra  más  dióse  vuelta  sobre  su 
derecha,  echándose  con  indolencia  su  poncho  mo- 
jado sobre  el  vientre  y  piernas. 

Minutos  después,  uno  y  otro  dormían  profun- 
damente. 


El  teniente  Cuaró,  de  raza  indígena  pura,  era 
un  mocetón  de  veinte  y  cinco  años,  de  talla  bien 
conformada  y  miembros  musculosos  en  extremo, 
terminados  en  unos  pies  pequeños  y  en  unas  manos 
de  dedos  cortos  y  duros  capaces  tal  vez  de  que- 
brar entre  sus  falanges  un  pedazo  de  hueso  só- 
lido y  resistente. 

En  su  cara  ancha,  de  frente  regular  y  pómu- 
los saltantes,  poco  vello  se  veía,  apenas  algunos 
pelillos  negros,  lustrosos,  tiesos  encima  del  labio, 
y  en  la  barba  casi  angular,  dos  ó  tres  como  único 
adorno.  El  cabello  corto  y  cerdudo  pero  ralo, 
cubría  un  cráneo  vigoroso  de  temporales  hundi- 
dos, occipucio  saliente,  que  caía  á  plomo  sobre 
el  tronco  atlético. 


232  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Cuando  hablaba  bajo  y  suave,  animábase  este 
semblante  de  hombre  macizo  con  la  expresión  bri- 
llante de  unos  ojos  chicos,  negros  y  elongados 
de  velo  parpadal  caído  y  casi  siempre  trémulo 
como  el  ala  de  un  murciélago. 

Parecióle  á  Luis  María,  la  primera  vez  que  le 
vio,  que  por  aquellas  pupilas  asomaba  el  reflejo 
de  un  borbollón  de  energías  indómitas  anidadas 
en  sosiego  bajo  la  índole  apática  del  tipo  de  raza, 
apartado  hacía  mucho  tiempo  de  los  toldos,  sin 
haber  perdido  por  eso  los  instintos  del  aduar  ni 
la  crudeza  de  la  fibra. 

Sin  darse  una  idea  clara  del  motivo,  cayóle  en 
gracia  su  compañero  color  de  aceituna.  Lo  halló 
grave,  circunspecto,  reposado,  sin  penas  ni  ale- 
grías en  la  apariencia,  obediente  y  activo  al  me- 
nor mandato  de  su  jefe,  y  tan  bien  sentado  en 
el  caballo,  que  el  generoso  bruto  debía  sin  duda 
estremecerse  al  sentir  el  roce  de  sus  rodillas  ó 
el  trino  de  las  espuelas. 

Recordó  entonces  lo  que  tantas  veces  oyera 
decir  acerca  de  los  aborígenes,  con  relación  á  los 
informes  de  viajeros  que  afirmaron  haber  exa- 
minado concienzudamente  los  usos  y  costumbres 
de  la  tribu  avasalladora,  bajo  cuya  soberbia  ha- 
bían caído   «  bohanes  »,   «  yaroes  »,  y    «  chanaes  ». 

De  los  juicios  absolutos  de  esos  viajeros,  des- 
cendiendo á  los  detalles,  tentó  escudriñar  en  el 
rostro  del  indígena  las  huellas  de  ciertas  prácti- 
cas bárbaras,  que  se  atribuían  á  sus  congéneres. 


NATIVA  233 


Aparte  de  dos  ó  tres  líneas  irregulares  de  tinte 
azul  oscuro  que  enseñaba  en  la  frente  y  meji- 
llas, hechas  sin  duda  por  medio  de  un  punzón 
de  espina,  de  hierro  ó  de  madera  recia,  semejan- 
tes á  las  que  dejan  los  granos  de  pólvora  debajo 
de  la  piel  tras  de  un  disparo  sin  bala  sobre  carne 
viva,  ningún  otro  rastro  de  las  costumbres  sal- 
vajes se  descubría  en  el  rostro  de  Cuaró. 

Su  labio  inferior  delgado,  casi  terso  y  reco- 
gido, no  presentaba  cicatriz  alguna  á  raíz  de  los 
dientes  que  denunciase  haber  sido  horadado  para 
uso  de  la   «  barbota  »   (  i  ). 

Verdad  era  que  habían  pasado  algunos  años 
desde  aquel  en  que  Cuaró  dejara  de  usar  el  moño 
con  plumas  de  ñandú,  el  «  quiapí  »  y  la  aljaba 
de  flechas  de  « urunday  »  y  «  coronilla  »  para  in- 
corporarse á  gentes  de  mejor  vivir  que  la  de  los 
toldos ;  con  todo,  apesar  del  tiempo  transcurrido, 
hubiese  conservado  señal  como  esa  considerada 
indeleble  á  haberla  llevado. 

Según  las  noticias  difundidas,  el  joven  creía 
muy  arraigada  en  los  charrúas  aquella  costum- 
bre cruel,  análoga  á  la  de  otros  indios  del   con- 


(  1  )  El  sabio  don  Fc-lix  de  Azara,  refiriéndose  á  la  «.barbota»  en  su  li- 
bro Viajes  por  la  América  Meridional,  explica  así  esta  práctica,  según  él, 
usual  entre  los  charrúas  : 

«  Pocos  días  después  de  nacido  un  niño,  la  madre  le  horada  de  parte  ;í 
parte  el  labio  inferior  ¡i  la  raíz  del  arco  dentario,  y  en  tal  agujero  le  in- 
troduce la  «  barbota  ,  que  es  un  palito  de  cuatro  ó  cinco  pulgadas  de 
largo  y  de  dos  líneas  de  diámetro.  Jamás  se  quitan  dicho  palo  ni  aun 
para  dormir. 


234  E.   ACEVED0  DÍAZ 


tinente  que  empleaban  una  doble  rodela  de  ma- 
dera perfectamente  circular,  no  sólo  en  el  labio 
inferior,  sino  también  en  el  extremo  carnudo  del 
pabellón  de  la  oreja. 

En  el  rostro  de  Cuaró  no  vio  él  ningún  indi- 
cio de  la  que,  indudablemente,  fué  costumbre  de 
«  Botocudos»  ,  indígenas  del  Brasil ;  no  de  cha- 
rrúas. Cuaró  tenía  intactos  labios  y  orejas ;  y, 
apenas  las  estrías  azuladas  hechas  á  punzón  so- 
bre los  arcos  de  las  cuencas  y  debajo  de  los  pó- 
mulos, huellas  casi  borradas,  denunciaban  el  uso 
primitivo  de  una  tintura  desconocida  inyectada 
en  la  piel  para  formar  rayas  ó  signos,  por  me- 
dios más  rudimentarios  que  los  empleados  por  los 
marineros  para  dibujarse  navecillas  y  anclotes  in- 
deleblemente junto  á  la    arteria  humeral. 

Llegó  entonces  á  pensar  que  la  «  barbota  »  en 
el  charrúa,  era  una  superchería,  efecto  natural  de 
las  suspicacias  de  los  sabios  muy  dados  por  lo 
común  á  aplicar  reglas  por  analogía,  tratándose 
de  razas  que  difieren  por  hábitos  y  origen,  aun- 
que concuerden  en  rasgos  físicos  y  en  desnudez. 
Reservábase  sin  embargo,  confirmar  esta  opinión 
en  la  primera  oportunidad.  Por  el  momento,  sólo 
vio  en  Cuaró  un  hombre  fuerte,  sufrido  y  enér- 
gico como  pocos,  aun  de  otras  razas,  vestido  con 
decencia  en  medio  de  las  mayores  privaciones,  y 
de  una  índole  simpática  apesar  de  sus  resabios  y 
taimonías. 

Como  ejemplar  de  raza  pura,  en    estas    condi- 


NATIVA  285 


ciones-,  encontró  en  él  un  grado  de  superioridad 
incuestionable  sobre  el  cambujo  y  el  zambo,  en 
cuanto  á  raras  virtudes  de  sufrimiento  y  perse- 
verancia. 

Ante  su  actitud  grave  é  impasible  y  su  es- 
toica firmeza  para  soportar  todo  género  de  con- 
trariedades, figúreselo  en  verdad  de  una  sola  pieza. 
La  sangre  y  el  carácter  debían  hacerlo  apto  para 
cualquier  empresa  ardua,  y  aún  para  cualquier 
esfuerzo  constante  y  rigoroso,  previa  una  educa- 
ción disciplinaria  conveniente. 

Pero,  en  la  vida  de  la  hueste,  no  sujeta  á  re- 
glas calculadas  y  severas  para  domeñar  sober- 
bias y  sofocar  la  expansión  de  instintos  fieros, 
dándose  rumbo  cierto  al  esfuerzo  colectivo  con 
la  rigidez  de  la  organización  sólida  y  del  método, 
gozaban  de  las  mismas  licencias  tanto  el  «  tupa- 
maro »  ó  mestizo  y  el  cuarterón,  el  zambo  y  el 
cambujo,  como  el  indio  y  el  negro,  confundién- 
dose así  en  un  solo  espíritu  de  insubordinación  y 
de  desorden  todas  las  tendencias  morales  discre- 
pantes y  propensiones  más  ó  menos  aviesas  del 
número. 

Una  inclinación  instintiva  irreductible,  por  de- 
cirlo así,  mezcla  de  espíritu  independiente  y  de 
amor  al  pago  y  por  extensión,  á  la  tierra  co- 
mún, constituía  la  cohesión  necesaria  para  la  lu- 
cha en  la  masa;  á  la  vez  obediente  hasta  cier- 
tos límites  á  la  autoridad  del  caudillo,  nacida  del 
prestigio  individual  y  del  «  hechizo  del  músculo  » 


236  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


antes  que  del  asentimiento  unánime  y  consciente 
de  todos  los  factores  en  acción. 

Los  vicios  propios  á  cada  raza  ó  variedad,  ó 
inherentes  por  lo  menos  á  su  estado  respectivo 
de  cultura,  formaban  un  compuesto  adverso  al 
deber  militar,  al  mismo  tiempo  que  una  suma  de 
energías  coherentes  en  el  propósito  de  resistencia 
obstinda  al  opresor. 

Mas,  en  medio  de  ese  extraño  conjunto  de 
fuerzas  vivas  rehacías  á  la  disciplina  regular  dis- 
tinguíase el  indígena  por  su  conducta  siempre 
igual  y  su  voluntad  pasiva  trabajada  por  las  in- 
fluencias del  médium,  lejos  ya  de  la  barbarie 
cruda  de  los  toldos. 

Por  eso  era  que  Cuaró,  tipo  selecto,  había  des- 
pertado desde  el  primer  instante  interés  tan  vivo 
en  el  joven. 

En  aquella  reducida  caballería  de  guerra,  la 
única  que  por  entonces  se  había  atrevido  á  le- 
vantar en  el  país  la  bandera  de  insurrección,  y 
que  se  agitaba  de  aquí  para  allá  febriciente  bajo 
la  lluvia  y  el  hielo,  confiada  en  el  poder  de  sus 
lanzas  y  en  el  denuedo  de  su  caudillo  y  conven- 
cida tal  vez  de  que  en  sus  filas  vivía  robusto  el 
espíritu  de  los  pagos  y  brillaba  pura  la  gloria  de 
su  tierra,  Luis  María  se  había  visto  delante  de  un 
cuadro  histórico  en  pequeño,  donde  nada  faltaba 
sin  embargo,  para  ofrecer  una  idea  acabada  y 
real  de  la  calidad  de  los  elementos  de  una  so- 
ciabilidad singular  llamada  á  reproducirse  y  per- 


NATIVA  237 


petuarse  en  el  tiempo  y  en  el  espacio,  hasta  per- 
der en  evoluciones  sucesivas  sus  tintes  dorados 
y  sombríos  de  piel  de  tigre. 

De  todos  los  sub-géneros  y  clases  allí  reuni- 
dos, la  que  más  lo  sedujo  fué  la  raza  aborígene, 
que  era  la  menos  representada.  ¿Por  qué?  No  se 
lo  explicaba  él  mismo  claramente.  Quizás  descu- 
brió en  sus  pocos  ejemplares  una  entereza  bra- 
via propia  de  leyenda,  que  en  algo  aventajaba  al 
valor  romántico  de  la  prole  mestiza,  crecida  en- 
tre vértigos  y  torbellinos  bajo  las  alas  poderosas 
del  Pampero. 


Cuaró  era  un  tipo  interesante  de  su  raza.  Tam- 
bién lo  era  su  corta  historia;  y  de  ésta  algo  de- 
bemos decir,  siquiera  sea  para  dar  á  conocer  el 
origen    y  las  vicisitudes  de    la  vida  del  charrúa. 

Circunstancias  extraordinarias  rodearon  su  na- 
cimiento, y  otras  no  menos  singulares  lo  aparta- 
ron de  los  toldos. 

Un  día  de  estío  ardiente,  la  tribu  indomable  le- 
vantando su  campamento  á  orillas  del  Tacua- 
rembó, anduvo  errante  algunas  horas,  con  sus 
mujeres  y  sus  carguíos  informes,  hasta  dar  con 
una  pradera  feraz  regada  por  un  arroyo  de  lím- 
pidas aguas  que  afluían  al  caudaloso  Negro,  y  en 
la  cual  se  apacentaban  numerosos  ganados. 

El  sitio  era  bueno. 

Había  gramilla  exuberante  para  los    caballos, 


238  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


monte  espeso,  ramajes  flexibles,  grandes  masie- 
gas  de  paja  brava  y  carne  gorda,  formando  el 
campo  escogido  para  el  aduar  como  una  herra- 
dura inmensa  con  la  curva  de  los  bosques. 

Los  caciques  clavaron  en  tierra  sus  lanzas  de 
rejón  largo  ;  y  la  tribu  se  detuvo. 

El  espectáculo  era  tan  pintoresco  como  excep- 
cional. 

Llevaban  casi  todos  los  hombres  plumeros  de 
colores  en  el  cráneo,  é  iban  armados  de  lanzas 
y  aljabas. 

En  la  edad  de  piedra  de  esta  raza  valiente, 
hace  más  de  tres  siglos,  cuando  el  hierro  les  era 
desconocido,  usaban  los  charrúas  flechas  de  pe- 
dernal en  forma  de  hoja  de  laurel,  rodeada  de 
dientes  agudos  en  dirección  opuesta  al  arpón.  Sus- 
tituido el  pedernal  por  el  hierro,  muchos  años 
después,  sirviéronse  principalmente  de  arcos  de 
barriles  para  su  uso,  fabricando  lanzas;  las  que, 
con  el  arco  y  el  carcaj,  constituían  sus  instru- 
mentos de  guerra. 

En  la  época  en  que  los  exhibimos,  pocos  eran 
los  que  llevaban  flechas. 

Las  mujeres  usaban  de  medios  especiales  para 
cargar  con  su  prole;  siendo  de  notar  que  peca- 
ban por  exceso  sus  sentimientos  de  cariño.  El  del 
pudor  se  revelaba  completo  en  uno  y  otro  sexo, 
dado  el  medio  ambiente  en  que  vivían. 

Muchas  de  las  mujeres  no  se  contentaban  con 
el  «  quiapí »   que  cubría  el  cuerpo  en  gran  parte ; 


NATIVA  239 


y  fabricaban  con  un  género  análogo  una  especie 
de  camisones  sin  mangas,  con  aberturas  para  los 
brazos,  con  los  que  aparecían  vestidas. 

Los  hijos  pequeños  iban  colgados  á  la  espalda 
dentro  de  una  jerga,  cuyas  cuatro  puntas  se  ata- 
ban por  delante;  en  ésta,  como  bolsa,  metían  una 
ó  dos  criaturas  con  la  cabeza  para   afuera. 

La  que  tenía  tres  hijos,  había  colocado  el  ter- 
cero montado  adelante;  y  la  que  contaba  cuatro, 
al  mayor  de  ellos  en  las  ancas. 

Otras,  traían  los  más  pequeños  pendientes  de- 
trás, y  los  más  grandes  iban  de  á  dos  ó  tres 
montados  en  caballos,  que  ellas  mismas  condu- 
cían del  ronzal,  silenciosas  y  pacientes. 

Las  plumas  de  «chajá»,  de  loro  y  en  más  abun- 
dancia las  de  ñandú  figuraban  por  mucho  en  los 
detalles,  sin  excluir  los  cabos  de  las  flechas  y  la 
parte  inferior  de  las  moharras  de  las  lanzas  vis- 
tosamente adornadas. 

Pocas  eran  las  mujeres  que  iban  cubiertas  con 
jergas  sencillas,  ó  «quiapíes»  sujetos  ala  altura 
del  hombro  derecho  con  un  nudo  grosero;  si  bien 
eran  muchos  los  pequeñuelos  que  arrastraban  re- 
tazos de  telas  incoloras  ó  guiñapos  de  bayeta  in- 
servible. 

Se  habían  visto  obligados  á  abandonar  la  vieja 
«ranchería»,  á  causa  de  una  fiebre  epidémica, 
proveniente  tal  vez  de  los  miasmas  que  exhala- 
ban multitud  de  despojos  y  osamentas  de  ani- 
males vacunos   y   yeguares   acumulados   poco    á 


240  E.   ACEVEDO  1>ÍAZ 


poco  en  las  cercanías  del  aduar,  y,  aun  de  reses 
que  los  flecheros  solían  aprovechar  únicamente 
por  la  parte  de  "arriba,  dejando  intacta  la  otra, — 
costumbre  del  yaguareté,  —  por  no  tomarse  la 
pena  de  darlas  vuelta. 

Instalóse  la  tribu;  y,  en  tanto  que  las  mujeres 
clavaban  ramas  en  el  suelo  en  forma  de  arcos  y 
reunían  paja  para  construir  sus  ranchos  de  dos  ó 
tres  varas  de  largo  por  una  y  media  de  ancho,  — 
los  mocetones,  sueltos  ya  sus  caballos,  agrupá- 
banse alegres  siempre,  pero  sin  algazaras  ni  es- 
trépito alguno,  en  cierto  sitio  llano  del  terreno 
por  ellos  escogido  expresamente  para  encajar  una 
estaca  de  un  tercio  apenas  á  flor  de  tierra,  que 
les  sirviese  de  blanco  en  el  tiro  de  «  boleadoras » 
de  dos  ramales,  á  treinta  pasos. 

Era  éste  su  juego  favorito,  y  en  él  vencía  el 
que  lograba  enredar  aquéllas  en  la  estaca. 

Apostaban  todo  lo  que  tenían — «quiapíes» 
géneros  ordinarios,  tabaco,  jergas  y  aun  los  ca- 
ballos, sin  que  por  éste  ú  otros  motivos,  se  sus- 
citasen entre  ellos  reyertas  ni  pendencias  desa- 
gradables. 

En  caso  de  producirse  alguna,  intervenía  uno 
de  los  caciques  y  concillaba  fácilmente  todas  las 
pretensiones.  Muy  rara  vez  sucedía  ésto. 

Los  mocetones  en  grupo,  á  la  distancia  prefi- 
jada, en  silencio  aunque  risueños,  arrojaban  uno 
tras  otro  sus  « boleadoras  »  ;  las  que,  ó  pasaban 
por  arriba,  ó  daban  con  una  piedra  ó  un  ramal 
en  la  estaca,  ó  se  ceñían  á   ella. 


NATIVA  241 


Sólo  en  este  caso  se  consideraba  válido  el  tiro, 
lo  que  era  bastante  difícil  que  acaeciera  por 
grande  que  fuese  la  habilidad  del  jugador. 

Xo  dejaba  de  ser  curioso  el  cuadro  que  pre- 
sentaban aquellos  hombres  casi  desnudos,  de  alta 
estatura  y  ancho  pecho,  miembros  nervudos  y  flexi- 
bles en  todos  sus  movimientos,  descubiertas  sus 
cabezas  y  ceñidas  las  frentes  con  una  tira  de  gé- 
nero cualquiera;  que  apenas  abrían  la  boca  para 
hablar  y  para  reir,  aun  cuando  se  sintiese  ruido 
continuo  de  carcajadas,  el  que  producían  in- 
flando las  mejillas  y  mostrando  un  poco  sus  dien- 
tes blancos  y  pequeños. 

Xo  eran  menos  singulares  los  que  se  exhibían 
en  detalle,  cerca  del  grupo  que  se  ejercitaba  en 
el  manejo  del  arma  arrojadiza. 

Por  una  parte,  cinco  ó  seis  flecheros  sentados 
sobre  el  pasto  crecido  de  modo  que  quedaban 
casi  ocultos  bajo  los  penachos  de  la  «cola  de 
zorro»,  cubiertas  sus  cabezas  con  una  jerga  ó  con 
guiñapos  de  «vichará*,  procuraban  en  lo  posible 
absorber  todo  el  humo  de  los  cigarros  que  te- 
nían encendidos,  hasta  quedarse  atontados. 

En  otro  sitio,  algunos  habían  formado  rueda 
dejando  el  fogón  en  medio,  pasándose  de  mano 
en  mano  como  brevaje  delicioso  un  aspa  de  toro 
semejante  á  un  « porongo »  ó  calabaza,  lleno  de 
yerba -mate  y  agua,  del  que  cada  uno  tomaba 
un  sorbo  introduciéndose  en  la  boca  la  mayor 
cantidad  de   yerba,    que   masticaban  incansables 

16 


242  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


como  los  rumiantes,  hasta  dejarla  sosa  é  inco- 
lora. 

Más  allá,  una  vieja  curandera  aplicaba  reme- 
dios á  dos  enfermos,  engrasando  prolijamente  las 
espaldas  de  uno  de  ellos  y  frotándole  esa  parte 
en  seguida  con  un  pedazo  de  piel  vacuna  por  el 
lado  del  pelaje,  á  dos  manos,  y  hecho  el  cuero 
un  rodillo,  en  tanto  pedía  se  le  reservase  la  ce- 
niza ardiente  de  un  fogón  que  allí  próximo  se 
veía  para  tender  sobre  ella  al  doliente  hasta  qui- 
tarle el  daño. 

En  un  terreno  llano  á  que  el  monte  daba  al- 
guna sombra,  varios  mocetones  en  fila,  bien  sen- 
tados en  sus  caballos,  en  pelos  como  acostum- 
braban andar,  y  una  sola  rienda  por  único  go- 
bierno ceñida  á  un  bocado  afirmado  á  su  vez 
detrás  de  los  molares,  se  aprestaban  —  diestrísi- 
mos  como  lo  eran  —  á  probar  la  ligereza  de  los 
corceles  criollos  en  carreras  de  á  dos  ó  de  á  cua- 
tro hasta  un  límite  que  marcaban  con  una  rama, 
á  trescientas  ó  más  varas  del  punto  de   partida. 

Pero,  de  todos  estos  detalles,  el  más  interesante 
era  sin  duda  alguna  el  que  presentaba  una  joven 
india  que  no  era  «guaynita»  ni  «cuñatay  »,  sino 
«cuña -caray»  como  diría  un  «tape»  (i);  la  que, 
arrastrándose  apenas  por  debajo  de  los  árboles 
parecía  buscar  un  sitio   de    reposo,   lejos   de    los 


(1)    Voces  guaraníes,  cuyo  significado  es,  respectivamente  : — niñita 
señorita;— mujer  casada. 


NATIVA  243 


ranchos  y  toldos,  allí  á  la  sombra  de  algún  «  gua- 
yabo »   ó  de  un   « quebracho »   corpulento. 

Primero  de  pie,  y  luego  de  rodillas  apoyán- 
dose en  las  manos,  habíase  ido  apartando  cierta 
distancia;  hasta  que,  llegándole  á  faltar  las  fuer- 
zas—  pues  algo  de  grávela  ajligía  —  tendióse  bajo 
un  árbol  ramoso  y  sombrío  que  parecía  ofrecer 
dulce  amparo  al  menesteroso  de  sosiego. 

Al  pie  de  aquel  árbol,  fuerte  y  resignada,  dio 
ella  á  luz  un  varón,  fruto  de  sus  amores  con  el 
cacique  Naygú. 

Después  del  trance,  acometióla  un  sueño  pro- 
fundo; uno  de  esos  sueños  parecidos  al  sopor  ó 
al  letargo,  de  los  cuales  no  fácilmente  se  des- 
pierta .... 

Las  mujeres  ancianas  recogieron  al  vastago ;  y 
sin  tocar  á  la  dormida,  se  alejaron  veloces. 

Era  que,  la  pobre  madre,  no  debía  ya  despertar. 

Habíase  guarecido  del  sol  ardiente  bajo  un  ár- 
bol fatal,  el  «  ahué  » ,  ó  sea  el  árbol  víalo,  cuya 
sombra  intoxica  y  mata,  según  la  tradición  indí- 
gena. 

Este  árbol  misterioso,  de  elevadas  proporcio- 
nes, madera  blanca  y  nutrida  y  espeso  ramaje, — 
propio  del  clima  del  norte,  aunque  no  muy  co- 
mún,—  ejercía  influencia  tan  maléfica,  en  concepto 
de  los  charrúas,  sobre  todas  las  plantas  que  bro- 
taban en  sus  contornos  que  las  aniquilaba  al  na- 
cer al  igual  del   «yathay». 

Tronco  preferido  del  mal  espíritu,  los  que  á  su 


244  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


pie  dormían  no  despertaban  más  en  las  horas  pe- 
sadas de  la  siesta ;  y  los  que  sobrevivían  por 
acaso,  arrancándose  al  peligro  que  en  torno  es- 
parcía su  sombra  maldita,  era  para  sufrir  por 
largo  tiempo  los  crueles  efectos  de  su  sutil  ve- 
neno. 

El  indígena  creía  que  era  en  la  corteza  del 
«  ahué  »  donde  las  víboras  untaban  sus  dientes,  y 
donde  el  yaguareté  afilaba  sus  garras. 

Fué  así  como,  á  la  sombra  del  árbol  malo,  na- 
ció Cuaró;  lo  mismo  que  un  engendro  de  alimaña, 
en  un  ardiente  día  estival,  lanzando  sus  prime- 
ros vagidos  junto  á  su  madre  muerta  y  absor- 
biendo en  sus  tiernos  pulmones  todas  las  inhala- 
ciones selváticas  y  fuertes  efluvios  del  desierto, 
de  igual  modo  que  todos  los  de  sa  tribu,  entre 
los  que  llegó  más  tarde  á  distinguirse  con  el 
mote  de  «  Ahué »,  preferido  al  de  Cuaró  por  su 
mismo  bravio  genitor  el  cacique  Naygú. 

Cuaró  se  hizo  hombre  creciendo  casi  desnudo, 
á  caballo  sin  cesar,  con  las  «boleadoras»  á  la 
cintura,  la  «  vincha  »  en  la  frente  y  la  lanza  en  la 
mano. 

La  tribu  no  reconocía  señor,  y  andaba  de  aquí 
á  acullá  campando  por  sus  respetos,  sin  temor 
á  ningún  poder  en  este  mundo;  porque  sus  gue- 
rreros creyeron  en  todo  tiempo,  que  ellos  eran  los 
valientes  sin  parecido  y  que  sólo  el  número  po- 
dría doblegarlos  y  vencerlos. 

Pero,  estalló  de  pronto  el  movimiento  revolu- 


NATIVA  245 


cionario  de  1811,  consecuencia  del  de  25  de  Mayo 
de  1 8 10:  y,  como  aceros  atraídos  por  imán  po- 
deroso las  huestes  charrúas  fueron  atraídas  por 
la  corriente ;  ó,  tal  vez  arrastradas  fueron  por  pro- 
pio instinto  ó  habitud  de  pelea,  de  que  daban 
testimonio  trescientos  años  de  duras  y  cruentas 
guerras. 

Vino  después  un  pacto  amistoso  ó  alianza  ofen- 
siva con  Artigas,  en  18 12;  alianza  que  subsistió 
hasta  la  desaparición  del  caudillo  de   la    escena. 

Tenían  los  charrúas  por  Artigas  un  gran  res- 
peto adunado  á  un  sentimiento  de  estimación 
sincera,  nunca  desmentido,  como  si  en  realidad 
hubiese  llegado  hasta  ellos  la  fuerza  de  su  pres- 
tigio ó  la  fama  de  su  bravura. 

Resueltos  pues,  á  acompañarlo  con  lealtad  en 
todas  sus  luchas  formidables,  sin  reservas  para  su 
presente  y  futuro,  el  cacique  principal  los  reunió 
un  día,  hízoles  formar  en  ala,  según  su  costum- 
bre antigua  cuando  iban  á  la  guerra;  y  dirigióles 
con  brío  su  proclama  ó  arenga  recordándoles  en 
ella  las  viejas  hazañas  de  la  tribu,  y  sus  propias 
proezas  personales. 

Mientras  él  los  arengaba  y  blandía  con  vigor 
la  lanza,  las  mujeres  escalonadas  algunos  metros 
á  retag-uardia  cantaban  un  himno  extraño,  y  un 
ruidoso  clamoreo  recorría  la  línea  como  un  ala- 
rido de  reconcentrados  odios. 

Marcharon  animosos. 

Durante  largos  años,  junto  á  las    milicias,  ro- 


246  E.  ACEVED0  DÍAZ 


daron  como  una  tromba  de  extremo  á  extremo 
del  territorio,  siempre  montaraces  y  bravios,  te- 
mibles en  refriegas  y  sorpresas,  acampando  apar- 
tados á  los  flancos  de  la  columna  con  la  mirada 
atenta  al  peligro,  lo  mismo  que  una  manada  de 
pumas  errantes,  echados  en  los  pajonales  al 
acecho. 

Fué  entonces  cuando  Cuaró,  ya  en  su  moce- 
dad, extraviado  en  una  de  esas  marchas  de  la 
tribu  y  herido  de  bala  en  un  encuentro  oscuro, 
dio  con  la  división  del  coronel  Andrés  de  La- 
torre  ;  quien,  descubriendo  en  el  indígena  ciertas 
cualidades  sobresalientes  le  retuvo  á  su  lado,  es- 
timulándolo en  la  carrera  con  el  grado  de  alfé- 
rez de  caballería. 

Cuaró  se  distinguió  en  varios  combates  san- 
grientos; recibió  en  Corumbé  tres  heridas,  y  una 
lanzada  feroz  en  Aguapey. 

Pero,  no  fueron  estas  lesiones  de  mayor  im- 
portancia para  su  tronco  de  hierro. 

En  el  desastre  del  Catalán,  después  de  una  re- 
ñida pelea,  y  cuando  ya  el  enemigo  aguerrido  y 
numeroso  se  avanzaba  sobre  el  grupo  que  ro- 
deaba como  único  resto  al  bravo  Latorre,  el 
cual  quemaba  impasible  sus  últimos  cartuchos, — 
viósele  con  unos  pocos  ginetes  cargar  y  « recar- 
gar »  como  un  toro  á  la  caballería  lusitana,  y  que- 
darse luego  á  retaguardia  de  su  gefe  en  reti- 
rada siempre  agresivo  y  rugiente,  hasta  que 
cerró  la  noche  y  con  ella  acabó  la  persecución 
implacable. 


NATIVA  247 


En  esa  noche  triste  fué  ascendido  á  teniente, 
y  enseñaba  con  orgullo  en  su  tostada  piel  heri- 
das de  lanza  y  sable. 

Tal  era  el  origen ;  y  ésta  la  breve  historia  de 
Cuaró. 

Luis  María,  apesar  de  su  sueño  profundo,  lo 
vio  vagar  en  su  fantasía  excitada ;  pero  al  des- 
pertar, no  lo  sintió  ya  á  su  lado. 

El  clarín  tocaba  diana. 


XII 


PROLE   DEL   PAMPERO 


Salía  Luis  María  de  su  «  ranchejo  »  todo  mo- 
jado y  entumecido,  con  dolores  recios  en  piernas 
y  brazos,  cuando  Esteban  presentósele  delante 
trayendo  los  caballos  del  diestro. 

Listo  estaba  ya  el  suyo,  con  su  carguío  co- 
rrespondiente, y  venía  á  aderezar  el  de   su  amo. 

A  pocos  pasos  ardía  un  buen  fogón,  en  el  que 
se  calentaba  el  agua  para  el  «mate»,  y  se  do- 
raba un  trozo  de  carne  en  asador  de  madera. 

El  vivac  incitaba  de  veras  á  aproximarse  con 
su  llama  viva,  bajo  la  atmósfera  helada  y  nebu- 
losa de  una  mañana  cruel. 

—  Almuerce,  señor,  que  ya  van  á  tocar  mar- 
cha,—  dijo  el  liberto. 

—  Verdad  que  me  he  dormido  un  poco  más 
de  lo  necesario.    ¡  Ensilla  pronto  ! .  .  . 

El  negro  se   sonrió,    echando   con   rapidez    las 


NATIVA  249 


prendas  del  recado  sobre  el  lomo  del  caballo,  á 
medida  que  las  iba  extrayendo  de  la  covacha  ó  ma- 
driguera; por  manera  que,  antes  que  el  joven 
hubiese  llevado  el  primer  bocado  á  sus  labios, 
ya  su  operación  estaba  al  terminar. 

—  ¿  Durmió  bien  el  señor  ?  —  preguntó  á  mitad 
de  su  diligencia.  El  suelo  está  como  laguna,  y 
el  aire  corta.  .  .  . 

—  Bien ....    ¿  Y  á  tí,  te  ha  ido  lo  mismo  ? 

—  Sí,  señor.  Dormí  y  vigilé. 

—  Dormirías  con  un  ojo. 

—  Con  haber  cerrado  sólo  uno.  hallé  al  levan- 
tarme que  me  faltaba  un  «  bozal  »  con  «  manea- 
dor  » . 

—  No  verías  por  la  niebla,  —  repuso  Luis  Ma- 
ría, tentado  de  la  risa. — ¡Ya  me  figuro  como  será 
tu  sueño  con  un  ojo  en  blanco,  negro ! .  .  .  .  Tráeme 
las  espuelas  que  he  dejado  ahí,  en  ese  pantano. 
¡Todo  el  cuerpo  me  humea! 

Trajo  Esteban  las  espuelas,  y  se  las  puso. 
En  tanto  lo  hacía,  dijo: 

—  Esa  gente  del  Aiguá,  señor,  es  más  des- 
pierta que  lince .... 

También  me  han  soliviado  una  libra  de  azú- 
car, por  lo  que  su  merced  tiene  que  tomar  el 
«mate»   cimarrón.  # 

—  No  te  preocupes  de  eso,  y  deja  que  disfru- 
ten esos  buenos  patriotas.  Podemos  pasarlo  sin 
azúcar  uno  ó  dos  días. 

I  De  mi  rancho,  falta  alguna  cosa  ? 


250  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


—  Nada,  señor:  ¡ni  la  cantimplora! 
Sonrióse  el  joven,    pensando  en    sus  adentros : 

—  Cuaró  parece  honesto. 

Siguió  almorzando  en  silencio,  sin  poner  aten- 
ción á  las  murmuraciones  del  negro  que  se  des- 
fogaba á  solas  contra  los  «  zorros  nocturnos  que 
robaban  guascas  y  azúcar »  ;  y,  cuando  se  incor- 
corporaba  con  la  intención  de  lavarse  rostro  y 
manos  en  algún  charquito  de  agua  clara,  el  cla- 
rín tocó  á  caballo. 

Luis  María  montó  en  el  acto,  marchando  á  in- 
corporarse á  su  jefe. 

Cuaró  le  salió  al  encuentro.  Reuniéndose  con  él, 
á  la  cabeza  de  la  columna  ya  en  formación,  díjole : 

—  No  aclara,  teniente. 

Miró  el  indígena  hacia  arriba,  y  contestó  con 
indiferencia  : 

—  Iguá  (i).  Ahora  vamos  á  los  « yathays  », 
amigo,  á  buscar  pólvora ;  allá,  cerca  no  más  .... 

Y  tendió  el  brazo  hacia  una  gran  loma  que 
se  percibía,  formando  línea  con  el  horizonte  del 
frente. 

—  Se  acabó  el  «butyhá» — prosiguió  muy  bajo, 
y  sonriendo ;  —  pero  hay  lanzas  y  balas.  No  sa- 
bes, hermano  ? .  .  .  . 

—  No  sabía. 


(1)  Vocablo  guaraní.  Significa  < cielo»;  pero,  su  traducción  literal  es  la 
de  «  color  de  agua  ». 

Varios  eran  los  idiomas  <5  dialectos  que  hablaban  los  indios  de  la  zona 
oriental  :  —  el  charrúa,  — el  bohane,  —  el  chana, —  el  minuano  ;  pero,  pri_ 
raaban  en  las   ultimas  épocas  las  voces  del  guaraní. 


NATIVA  251 


—  Sí,  que  están  en  los  «  yathays  »  ....  Des- 
pués venimos  donde  los  intrusos,  y  déle.  .  .  . 

Cuaró  hizo  una  mueca,  produciendo  con  los  la- 
bios como  un  zumbido  lúgubre. 

Luego  se  rió,  mirando  al  joven  con  cierta  ex- 
presión de   cariño. 

Alvarez  de  Olivera  ginete  en  un  lobuno  de  al- 
zada, solo,  algunas  varas  delante,  con  el  rostro 
oculto  por  el  cuello  del  poncho,  movióse  en  ese 
momento ;  y  la  columna  rompió  la  marcha  al 
trote,  en  la  dirección  indicada  por  Cuaró. 

Esta  marcha  que  debía  ser  firme  y  sostenida, 
inicióse  entre  ruidosas  manifestaciones  de  alegría, 
propias  del  miliciano,  cuando  la  lluvia  ha  cesado 
de  formar  cascadas  en  las  haldas  de  su  poncho, 
y  aunque  la  atmósfera  se  presente  siempre  de  un 
tinte  amenazador ;  pero,  dado  lo  duro  del  trote, 
á  las  dos  horas  de  jornada,  las  voces  y  las  ri- 
sas habían  disminuido  dominando  ya  casi  en 
absoluto  ese  ruido  monótono  que  produce  en  el 
terreno  húmedo  el  golpear  incesante  y  piafar  de 
la  caballería  rendida  á  su  vez  en  parte  por  la 
fatiga  y  la  carga. 

Algunas  leguas  se  habían  recorrido,  dejándose 
unas  veces  á  un  flanco  sierras  escabrosas,  á  otro 
valles  y  bañados,  y  pasándose  á  nado  fuertes 
arroyos. 

La  loma  que  había  señalado  Cuaró  á  su  com- 
pañero, seguía  extendiéndose  al  frente  sin  mos- 
trar su  límite;  por  lo  que  díjole  éste: 


E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¿  No  era  que  los  «  yathays  »  estaban  cerca, 
Cuaró  ? 

—  Así  es.  En  el  bajo  están,  amigo. 

No  insistió  más  Luis  María ;  acomodóse  del 
mejor  modo  en  su  «  recado  » ,  retemplóse  con  un 
sorbo  del  «chifle»  que  le  alcanzó  Esteban  —  que 
iba  muy  de  camarada  con  el  alférez  del  primer 
escalón,  —  invitó  á  Cuaró  con  otro,  y  se  propuso 
imponerse  al  cansancio  hasta  divisar  el  llano  ape- 
tecido. 

Poco  después  del  medio  día,  un  viento  recio  y 
frío  empezó  á  soplar  silbando  en  las  quebradas 
lejanas ;  la  lluvia  se  renovó  formando  hilos  obli- 
cuos de  finas  mallas  en  el  espacio ;  y  un  rumor 
sordo,  cada  vez  más  creciente  que  parecía  sur- 
gir de  hondas  cavernas,  venía  con  las  ráfagas  en- 
vuelto, percibiéndose  al  repechar  las  lomas,  como 
un  bramido  formidable. 

Berón  vio  pasar  algunas  aves  blancas  sobre  su 
cabeza,  que  hendían  aire  y  agua  en  enormes  co- 
lumpios, firmes  las  alas  y  apéndices  para  resistir 
mejor  la  tempestad  de  las  alturas;  lo  mismo  que 
pequeñas  naves  corriendo   de  bolina  un  vendaval. 

De  pronto,  Cuaró  levantó  su  brazo  al  coronar 
una   «  cuchilla  »,  y  señaló    al   frente,   en   silencio. 


Encima  estaban  ya  del  litoral  del  Cabo,  y  ba- 
tía la  columna  un  sudeste  de  gran  violencia  acom- 
pañado de  lluvia  continua. 


NATIVA  253 


El  espectáculo  que  se  ofrecía  por  delante  era 
de  un  aspecto  soberbio.  A  lo  largo  de  la  costa 
escarpada  y  sinuosa  extendíanse  algunos  montes 
de  «  yathays  »  elevados,  como  legiones  de  gigan- 
tes, cuyas  copas  sacudía  el  viento  en  recio  ba- 
lanceo arrancando  los  gajos  débiles  en  medio 
de  roncos  mugidos.  Detrás  de  esa  vegetación  ar- 
bórea exuberante  percibíase  la  inmensa  masa  de 
aguas  del  océano ;  las  que,  removidas  con  furia 
por  la  tormenta  se  avanzaban  sobre  peñas  y  can- 
tiles en  revueltas  olas  color  de  tierra,  rebasaban  los 
islotes  y  escollos  en  deformes  montañas  y  unas 
tras  otras  en  sucesión  imponente  venían  por  fin 
á  estrellarse  en  la  enriscada  orilla  con  espantoso 
estruendo,  elevándose  á  grande  altura  en  el  cho- 
que densas  columnas  de  espuma  bullidora.  Sobre 
ese  olaje  enconado  desfilaban  en  nutridos  regi- 
mientos, uniendo  al  ruido  de  las  aguas  sus  graz- 
nidos, cormoranes,  gaviotas  y  enormes  patos  sal- 
vajes que  se  abatían  audaces  y  rozaban  sus  alas 
en  las  temibles  crestas,  para  buscar  sus  presas  en 
lo  revuelto  del  abismo. 

La  columna  contramarchando  de  flanco,  des- 
pués de  un  momento  de  vacilación,  dirigióse  al 
monte. 

Veíase  á  la  orilla  de  éste,  á  la  parte  del  mar, 
un  «  rancho  »  casi  en  ruinas,  habitado  por  un 
hombre  solo  de  edad  avanzada. 

En  la  costa,  no  muy  apartada  de  esa  vivienda 
miserable,  extendíanse  algunas  dunas  que  el  batir 


254  E.   ACEVED0  DÍAZ 


violento  del  olaje  había  deprimido  hasta  reducir  á 
dispersos  montones  los  montecillos  de  arena,  ce- 
ñidos en  su  base  por  una  orla  de  broza  y  de 
espuma  gruesa,  cuyas  ampollas  turbias  resistían  el 
choque  por  largos  segundos  sin  deshacerse,  cual 
si  fuesen  barbas  de  medusas. 

La  arena  arrastrada  por  el  viento  y  el  agua 
cubría  el  campo  intermedio  colindante  con  el 
monte,  y  algunos  objetos,  que  aparecían  acumula- 
dos cerca  de  los  «  yathays  ». 

Eran  estos  diversos  pertrechos  de  guerra  allí 
desembarcados  hacía  días,  remitidos  por  el  Ge- 
neral Alvaro  da  Costa  á  Leonardo  de  Olivera,  y  de 
cuyo  arribo  le  instruían  las  comunicaciones  de  que 
Berón  había  sido  portador. 

El  hombre  viejo  del  «  rancho  »,  al  habla  con 
el  caudillo,  díjole  que  esos  bultos  contenían  según 
sus  datos,  sables,  moharras  de  lanzas,  pólvora  y 
balas,  á  más  de  otros  artículos  bélicos,  y  que 
estaban  listos  los  rejones  necesarios  á  las  chuzas. 

Inmediatamente,  con  una  actividad  febril,  los 
cajones  fueron  deshechos,  distribuidos  los  cartu- 
chos á  los  que  iban  armados  de  tercerolas  ó  ca- 
rabinas, los  sables  á  los  que  sólo  llevaban  tra- 
buco ;  y  encajadas  las  moharras  de  hierro  fundido 
en  sus  astiles  improvisados,  púsose  á  todos  los 
hombres  en  condiciones  de  lucha. 

Los  sables  eran  muy  curvos,  casi  alfanjes;  y 
los  astiles  verdaderos  lanzones  de  caballería  indí- 
gena. 


NATIVA  255 


Gran  contento  reinaba  en  las  filas.  El  caudillo 
parecía  alegre. 

Trajéronse  reses  y  se  comió  al  reparo  de  los 
« yathays »,  junto  á  vivacs  de  grandes  troncos, 
que  ardieron  vorazmente  ayudados  con  la  grasa 
y  el  sebo  frescos,  apesar  del  viento  y  de  la 
lluvia. 

En  tanto  mugía  el  sudeste  y  bramaba  el  mar, 
aquellos  ginetes  duros  saboreaban  su  carne  asada 
puesta  en  sazón  con  ceniza  ;  consolaban  sus  es- 
tómagos con  «  mate  »  amargo,  y  deleitábanse  luego 
con  el  humo  del  cigarro  —  compañero  inseparable 
de  los  que  hacen  de  su  vida  milicia  y  andan 
en  pos  de  la  aventura  y  del  peligro. 

Algunas  horas  de  de.scanso  iban  ya  transcu- 
rridas; y,  como  no  cediera  el  viento  en  su  inten-. 
sidad  ni  la  menuda  lluvia,  que  las  ráfagas  convertían 
en  rápidos  torbellinos  sólo  comparables  á  los 
que  formaba  la  espuma  de  las  ondas  bravias  á 
lo  largo  de  la  costa  del  levante,  aprestábanse 
los  hombres  á  construir  sus  ranchos  de  ramas, 
escogiendo  sitios  de  abrigo,  cuando  el  clarín 
dio  el  toque  de  atención,  y  trasmitióse  en  el  acto 
de  puesto  en  puesto  la  orden  de  enfrenar. 

Púsose  toda  la  línea  en  movimiento,  y  en  pocos 
segundos  cada  cual  arregló  el  bocado  á  su  caballo 
y  compuso  sus  prendas. 

Cuaró  se  acercó  á  Luis  María,  trayendo  del 
cabestro  un  hermoso  overo  de  remos  nerviosos, 
y  un    «capullo   blanco  en  el   copete»,   según  su 


25G  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


descripción  pintoresca;  y  en  tanto  fumaba  callado, 
volteó  el  « recado »  de  los  lomos  del  caballo  de 
Berón,y  lo  trasladó  pieza  por  pieza  á  los  del  overo 
apretándole  él  mismo  la  cincha  con  sus  fuertes 
dedos  hasta  hacerlo  gemir. 

Animal  nuevo,  parecía  algo  itiquieto.  El  lo 
acarició,  palmeándole  en  el  cuello  y  en  las  ancas. 

Ya  listo,  lo  que  se  realizó  con  increíble  rapidez, 
dijo  al  joven  que  le  oprimía  la  mano  con  agra- 
decimiento : 

—  Es  manso,  y  le  ha  de  bajar  el  calor  de  la  san- 
gre á  poco  andar.  ...  Es  el  overito  que  te  dije.  Lo 
vas  á  precisar  porque  vamos  lejos,  con  agua  y  sin 
luna. 

—  ¡  Amenaza  ser  espantosa  la  noche,  compa- 
ñero i  .  .  .  .  ¿  Pensará  andar  mucho  el  coman- 
dante ? 

—  ¡  No  dice!.  .  .  .  Nunca  habla.  Verás  que  se  pega 
al  caballo  y  endereza  sin  muchas  ganas  de  dor- 
mir. ...  al  rumbo.  .  .  .  hasta  la  mañanita.  El  ca- 
ballo duerme,  y  él  va  fumando. 

—  Eso  es  ser  de  fierro,  Cuaró. 

Miróle  impasible  el  teniente  ;  y  volviéndose  á 
Esteban,  que  estaba  detrás  achuchado,  díjole  muy 
suave : 

—  Dame  licor. 

El  liberto  hizo  asomar  por  la  abertura  del  pon- 
cho el  cuello  de  la  cantimplora  y  de  ella  se 
apoderó  en  el  acto  Cuaró  para  tomar  un  poco. 
Sacudióse  luego  al  devolverla,  de    modo  que  su 


NATIVA  257 


poncho  esparció  en  derredor  un  verdadero  ro- 
cío, tan  cubierto  estaba  de  gotas  de  lluvia,  y 
sus  músculos  faciales  se  contrajeron  con  una  ex- 
presión de  entera  complacencia. 

Luis  María  montó ;  y,  al  imitarlo  su  compa- 
ñero, notó  recién  que  éste  tenía  las  piernas  des- 
nudas hasta  el  muslo. 

Igual  detalle  pudo  observar  en  casi  todos  los 
hombres  de  la  hueste,  quienes  llevaban  como 
Cuaró  las  botas  colgando  debajo  de  los  cojinillos, 
aun    aquellos  que  las    usaban  de    piel  de    potro. 

Manaban  agua  las  suyas  y  sentía  grandes  ca- 
lambres y  dolores. 

Prefirió  con  todo  conservarlas  puestas,  hasta 
que  concluyese  la  nueva  jornada;  pues  el  frío  era 
tan  agudo,  que  llegó  á  imponerle  de  veras. 

—  Hay  que  nadar, señor,—  díjole  Esteban,  que  á 
su  vez  se  había  despojado  de  sus  botas  de  vaqueta. 
Los  arroyos  tienen  mucha  agua  á  esta  hora.  .  .  . 

—  Bueno  es  sacar,  hermano,  —  agregó  Cuaró 
con  gravedad;  —  aunque  pique  el  «saguaypé».  .  . 
Boyas  sin  botas,  mejor. 

Luis  María  sentía  ya  á  plomo  la  fatiga,  y  em- 
pezaba á  resentirse  de  tales  agitaciones;  apesar 
de  ello,  acogió  sin  alarma  estas  advertencias. 

Tampoco  podía  disponer  de  tiempo  para  imitar 
á  sus  compañeros;  pues,  cuando  menos  lo  espe- 
raba, el  baqueano  rompió  la  marcha,  y  el  jefe  — 
echando  una  mirada  atrás,  sin  pronunciar  pala- 
tora  —  picó  espuelas,  arrancando  al  trote. 

17 


258  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  Vamos,  —  dijo  Cuaró,  sencillamente. 

Moviéronse,  y  la  columna  en  pos  sin  voz  de 
mando,  ni  toque  de  corneta. 

Soplaba  detrás  el  sudeste  irascible ;  con  sus  alas 
poderosas  cargadas  de  agua  batía  las  espaldas  de 
los  ginetes,  al  mismo  tiempo  que  impelía  al  con- 
junto, lo  mismo  que  á  una  nave  de  velas  negras 
fija  en  su  derrotero  apesar  de  la  tempestad  y  del 
escollo. 

La  columna  desfilaba  en  un  terreno  quebrado, 
culebreando,  bajo  un  cielo  oscuro,  cuya  espesa 
capa  de  vapores  entreabría  á  cada  instante  el  re- 
lámpago, recorría  el  trueno  ó  rasgaba  á  veces  el 
rayo  en  instantáneo  zigzag  sobre  algún  morro 
que  hacía  estremecer  en  sus  bases  con  fragoroso 
estrépito  y  caída  de  peñascos,  ó  en  mitad  del 
llano,  en  cuyo  suelo  abría  un  hoyo  profundo  acu- 
mulando en  sus  bordes  enormes  masas  de  barro 
y  yerbas. 

Acercábase  el  crepúsculo. 

A  uno  de  los  flancos,  un  poco  atrás  de  Alva- 
rez  de  Olivera,  un  asistente  de  largas  greñas  lle- 
vaba la  lanza  del  caudillo,  de  moharra  de  acero 
bruñido  en  forma  de  hoja  de  palma  con  una  me- 
dia luna  afilada  al  costado  y  dos  virolas  de  plata 
en  su  juntura  con  el  astil. 

El  caudillo  iba  en  un  caballo  pangaré  de  an- 
chos cuartos  y  cola  atada  á  los  garrones,  cerca 
de  los  cuales  caían  en  ruedo  las  haldas  de  su 
poncho  de  paño  azul  marino. 


NATIVA  259 


Al  ctro  flanco,  muy  erguido  en  un  zaino  de 
sobrepaso,  marchaba  el  clarín,  con  el  sombrero 
en  la  nuca  y  su  instrumento  de  bronce  á  la  es- 
palda, lleno  de  verdín  y  de  abollones. 

Los  ayudantes  detrás  del  jefe,  á  pocas   varas. 

Luego  los  escalones,  con  sus  oficiales  al  frente 
y  á  los  costados,  enseñando  apenas  doscientos 
rostros  pálidos,  entre  un  grande  haz  de  chuzas 
llevadas  al  descuido. 

Las  tropillas  de  caballos  chapoteaban  los  char- 
cos á  retaguardia,  arreadas  por  algunos  hombres 
y  mujeres  bravias;  produciendo  el  tropel  un  ruido 
semejante  al  de  la  tronada  lejana,  en  el  descenso 
de  los  barrancos  ó  en  las  subidas  de  las  lomas. 

En  la  columna  se  hablaba  y  reía.  Fumábase 
también  con  fruición,  por  la  cartera  ó  abertura 
del  poncho,  cuyo  peso  aumentaba  extraordinaria- 
mente el  agua  de  la  lluvia. 


Cuando  caía  ya  la  noche,  algunos  se  pusieron 
á  cantar. 

El  amor  y  la- patria  resaltaban  como  senti- 
mientos dominantes  en  el  fondo  de  esas  trovas, 
moduladas  con  acento  alegre  ó  melancólico  según 
el  estado  de  ánimo  de  cada  uno,  entre  la  niebla 
de  la  atmósfera,  el  humo  del  tabaco  y  el  vapor 
de  los  alientos.  Reemplazaba  á  las  guitarras  la 
música  marcial  de  las  espuelas,  el  chis  -  chas  de 
los  sables  en  sus  vainas    y  el  sonar  discordante 


2G0  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


de  ese  conjunto  de  hierros  que  consigo  lleva  como 
un  lastre  necesario  la  milicia  de  caballería. 

Era  una  noche  lírica,  como  nunca  se  la  había 
soñado  Berón. 

Esa  gente  criolla  que  parecía  vivir  á  gusto  en 
el  seno  de  la  tormenta  y  solazarse  en  medio  de 
las  tinieblas,  pues  que  reía  y  cantaba  cuando  de- 
biera aparecer  triste  en  su  marcha  á  oscuras  y 
al  influjo  de  las  crudezas  del  tiempo,  le  hizo  pen- 
sar en  aquellos  caballeros  ó  ginetes  fantasmas 
que  jamás  se  desprendían  la  espada  ni  abando- 
naban la  rodela  y  de  sol  á  sol  en  ruda  lid  no 
sentían  dolor  en  los  huesos  ni  escozor  en  las  car- 
nes, ni  más  ni  menos  que  si  fuesen  de  granito. 
No  bastaba  á  sus  compañeros  con  el  redoble  del 
trueno,  el  zumbar  de  la  racha  y  el  rugir  de  las 
olas  cuyos  tumbos  tremendos  en  las  costas  per- 
cibíanse todavía  sordos  é  imponentes,  sino  que 
era  preciso  añadir  al  descomunal  concierto  la  voz 
de  falsete  de  los  trovadores  de  pago  disputando 
su  derecho  al  «  ñacurutú  »   y  la  coruja. 

Y  así  que  la  noche  sobrevino  tenebrosa,  ya  sin 
lluvia  y  con  menos  viento,  pero  helada,  esas  can- 
turrias daban  mayor  singularidad  á  lo  extraño 
del  conjunto — que  seguía  moviéndose  hacia  ade- 
lante como  una  masa  negra,  deforme  y  siniestra 
dejando  detrás  arroyos,  sierras  y  valles,  y  como 
un  rumor  sordo  de  monstruo  resoplante. 

Bien  luego  fueron  extinguiéndose  todas  las  vo- 
ces y  las  risas,  á  medida  que  la  fatiga  iba    tra- 


NATIVA  261 


bajando  los  cuerpos  y  adormeciendo  los  espíritus. 
El  sueño  apoderábase  poco  á  poco  de  hombres 
y  cuadrúpedos  sin  admitir  demora  ni  excepción: 
los  primeros  se  bamboleaban  en  sus  monturas  sin 
perder  los  estribos;  los  segundos  bajaban  las  ca- 
bezas y  tropezaban  á  intervalos,  resoplando  azo- 
rados. 

Cerca  de  media  noche,  el  grupo  se  detuvo 
para  tomar  resuello. 

Acabábase  de  pasar  á  nado  un  arroyo  y  de 
salvarse  una  barranca  empinada.  Contábanse  las 
filas  en  la  oscuridad  y  arreglábanse  las  ropas, 
que  habían  sido  suspendidas  en  alto  durante  el 
pasaje. 

El  agua  de  curso  rápido,  tibia  y  agradable,  no 
ponía  miedo  á  los  ginetes  doquiera  la  encontra- 
sen honda,  y  cruzaban  sóbrelos  lomos  ó  cogidos 
á  las  crines  cortando  la  corriente;  pero,  una  vez 
fuera  del  caliente  raudo,  la  impresión  del  aire 
frío  era  intensa  y  dolorosa.  Aumentábanla  las 
ropas  mojadas  por  fuera  y  dentro,  y  el  mismo 
recado  hecho  charco. 

Luis  María,  en  condiciones  idénticas  á  Jas  de 
sus  compañeros,  no  podía  menos  de  pensar  en 
su  interior  que  esos  sufrimientos  eran  un  medio 
como  cualquier  otro  «de  elaborar  la  patria» 
y  de  adobar  la  fibra  de  la  nacionalidad  naciente. 
Tinieblas,  hielo,  inclemencia,  detalles  conmo- 
vedores de  miseria  y  sacrificio,  aislamiento  pa- 
voroso,    lucha    desigual,     esperanza    remota    de 


262  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


triunfo,  fatigas  increíbles,  tales  eran  las  perspec- 
tivas y  los  contornos  visibles  del  cuadro,  así 
como  los  efectos  morales  de  aquella  iniciativa 
impaciente  y  heroica. 

¿Ese  grupo  de  harapientos  altivos  perseguía 
como  él,  un  ideal  luminoso? 

Creía  que  sí ...  . 

Halagando  iba  su  espíritu  con  esos  ensueños, 
en  tanto  seguía  la  columna  su  marcha  á  través 
de  pantanos  y  malezas;  y,  ensueños  decimos, 
porque  á  cierta  hora  su  cerebro  debilitado  care- 
cía ya  de  poder  suficiente  para  profundizar  y  com- 
binar ideas. 

Empezaban  á  sucederse  los  fenómenos  nervio- 
sos peculiares  á  un  estado  de  excitación  extraor- 
dinaria, de  esa  que  sobreviene  comunmente  des- 
pués de  un  ejercicio  violento  y  constante  sobre 
el  caballo,  robándose  horas  al  sueño  y  satisfac- 
ciones al  apetito. 

Aterido,  en  medio  de  sacudimientos  maquina- 
les, buscando  por  instinto  adaptar  al  trote  monó- 
tono y  abrumador  los  movimientos  de  su  cuerpo 
á  fin  de  hacerlos  menos  bruscos  y  recios,  llegó 
á  notar  que  su  cabeza  enfriada  sufría  á  interva- 
los una  especie  de  vértigo  y  que  sus  ojos  semi- 
abiertos  veían  cosas  raras  en  lo  hondo  de  las  ti- 
nieblas, como  si  las  penetrase  una  sutil  claridad 
misteriosa,  sin  que  sus  esfuerzos  de  voluntad  con- 
siguieran sobreponerse  á  esas  visiones  extrava- 
gantes. 


NATIVA  263 


Unas  veces,  creía  hallarse  despierto;  en  otras, 
figurábase  que  dormía  y  soñaba  despropósitos. 
Escapábansele  las  ideas;  á  una  muy  sensata,  se- 
guíase otra  propia  del  delirio;  y  llegó  momento 
en  que  no  se  le  ocurrió  ninguna  discreta,  asom- 
brándose de  que  los  flancos  de  la  columna  se 
hubiesen  convertido  en  largas  hileras  de  edificios 
alumbrados  por  una  fosforescencia  singular;  en 
que  los  caballos  que  algunos  soldados  llevaban 
«enrabados»,  se  hubieran  transfigurado  en  ele- 
fantes ó  camellos;  y  en  que  el  cuerpo  mismo  del 
caudillo  bien  á  plomo  en  los  lomos  de  su  bri- 
dón, que  se  agitaba  al  frente,  permaneciese  siem- 
pre en  el  mismo  sitio,  sin  cambiar  de  actitud, 
como  enclavado  por  decirlo  así  en  el  vacío.  De 
este  asombro,  difícilmente  le  era  posible  salir; 
pues,  á  medida  que  avanzaban  las  horas,  más 
turbias  aparecían  las  perspectivas. 

Los  compañeros  que  se  movían  un  poco  á  re- 
taguardia parecíanle  altos  fantasmas  silenciosos 
y  sombríos,  cuando  no  centauros  en  grupo,  de 
torsos  ciclópeos,  que  iban  cubiertos  con  cascos 
y  túnicas  de  hierro,  sin  rozarse  unos  con  otros, 
y  de  cuyas  bocas  brotaba  un  vapor  tan  caliente 
que  diluía  el  hielo  en  el  aire  formando  una  at- 
mósfera tibia  en    derredor. 

Antoj  abásele  también  en  ciertos  instantes,  que 
los  pies  de  las  bestias  llevaban  envolturas  de  cor- 
chos ó  saquillos  de  arena;  y,  en  otros,  que  sus 
tornátiles  corpulencias  se  transformaban   en    an- 


264  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


chos  vientres  de  bisulcos  que  no  podían  estre- 
char las  piernas.  El  menor  resoplido  hacíale  el 
efecto  de  una  trompa  rumorosa;  la  voz  aislada 
de  algún  ginete,  un  eco  entre  sueños ;  el  ruido 
de  los  hierros,  el  de  cadenas  arrastradas  sobre 
lecho  de  hierbas  por  un  gran  monstruo  que  se 
suelta  y  huye  olfateando  en  las  sombras,  rumbo 
á  las  soledades. 

Perdido  un  estribo,  imaginábase  estar  suspendido 
al  borde  de  un  antro.  Instintivamente  cogíase  en- 
tonces de  las  crines;  despertaba  á  medias;  sorpren- 
díase el  overo  á  su  vez  levantando  con  la  cabeza 
los  brazos,  como  si  le  hubiesen  hincado  las  es- 
puelas en  el  pecho;  y  había  que  recuperar  el 
equilibrio  tras  una  sacudida  violenta.  Abiertos 
los  ojos,  todo  trémulo  bajo  una  atmósfera  helada, 
percibía  cerca  de  sí  un  bulto  negro  echado  so- 
bre el  cuello  de  su  cabalgadura,  que  mantenía  el 
trote  inalterable,  sin  columpios,  tieso  y  firme,  sin 
que  se  le  ocurriese  pensar  que  ese  bulto  era  el 
de  Cuaró.  Creíase  entre  una  legión  de  duendes; 
volvía  á  dormitar  y  á  entrever  endriagos  y  dra- 
gones, sintiendo  de  vez  en  cuando  dolores  agu- 
dos en  las  extremidades  y  corrientes  gélidas  á  lo 
largo  de  la  médula,  á  contar  de  las  vértebras  del 
cuello,  que  le  sobrecogían  y  llenaban  de  estre- 
mecimiento. 

Pero,  el  sueño  primaba  como  enemigo  impla- 
cable, y  se  hacía  eterna  la  noche.  A  ocasiones, 
el  joven  levantaba  heroicamente  los  párpados  y 


NATIVA  265 


se  encontraba  solo  en  el  campo,  sin  atinar  con 
la  causa  de  hallarse  en  tales  lugares,  lejos  de  la 
columna  fantástica.  Luego  veía  que  el  bulto  ne- 
gro que  había  ido  siempre  junto  á  él,  y  que 
ahora  se  le  aparecía  gigantesco,  se  le  acercaba  y 
cogía  el  overo  del  «  fiador»,  y  le  arrastraba  dócil 
hasta  reunirlo  al  grupo  de  centauros;  y  allá  en 
sus  adentros,  ebrio  de  sueño,  se  decía:  ¡Cuaró!.  .  .  . 

Sentía  como  un  hormigueo  en  los  omoplatos 
y  fuertes  punzadas  en  las  entrañas  nobles,  sin 
que  ellas  bastasen  á  despejar  su   cerebro. 

La  lluvia  había  cesado  y  también  el  viento  de 
tempestad,  reemplazando  á  éste,  otro  viento  fresco 
y  seco  que  hacía  flotar  como  banderas  ponchos 
y  jergas.  La  lobreguez  disipábase  por  instantes, 
y  apuntaba  bajo  una  cúpula  azul  por  el  oriente 
una  curva  de  escarlata  que  servía  de  diadema  al 
horizonte. 

Recién  entonces  la  columna  se  detuvo. 

i  Alto!.  ..  .dijo  una  voz  somnolienta. 

¡Alto!.  ...  ¡  alto  !.  .  .  .  fueron  repitiendo  otras, 
hasta  el  último  escalón. 

El  overo  de  Luis  María,  á  la  par  de  los  otros 
caballos  semi- dormidos  y  habituados  á  esas  fae- 
nas, sentó  de  golpe  sus  remos  delanteros  sin  per- 
miso del  ginete ;  y,  éste,  agradecido  quizás  á  esa 
maña  generosa  que  le  evitaba  un  esfuerzo,  vién- 
dole dar  vueltas  como  invitando  á  su  amo  á  ali- 
viarle el  peso  de  los  lomos,  dejóse  llevar  por  él 
á  un  sitio  de  allí  un  poco  retirado  y  arrojóse  al 


266  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


suelo    con    su    poncho,    cayendo    de    costado    lo 
mismo  que  un  cuerpo   muerto. 

En  tanto  Esteban,  bamboleante  en  su  caballe- 
ría, se  apoderaba  del  overo,  él  se  quedó  inmóvil, 
en  la  posición  de  la  caída,  durmiendo  con  la  pe- 
sadez del  plomo. 


No  pudo  saber  cuanto  tiempo  permaneció  en 
ese  estado. 

Cuando  despertó,  más  repuesto,  aunque  dolo- 
rido en  todos  sus  miembros,  pues  sin  aperci- 
birse de  ello  se  había  acostado  y  dormido  sobre 
una  gran  piedra  plana,  brillaba  un  sol  esplén- 
dido en  un  cielo  puro,  y  el  «pampero»  potente 
y  mugidor  pasaba  por  llanos  y  sierras  oreando 
la  tierra  con  un  soplo  vivificante. 

Allí  cerca,  veíase  un  monte,  y  en  su  orilla  mu- 
chos vivacs  aun  no  hechos  ceniza. 

La  tropa  con  sus  caballos  enjaezados,  parecía 
pronta  para  la  marcha. 

También  vio,  junto  á  sí,  listo  á  su  overo ;  y  al 
liberto  arrimado  á  un  fogón,  en  fraternal  com- 
pañía con  Cuaró  y  el  alférez. 

Levantóse  presto  é  incorporóse  á  ellos. 

El  « mate »  caliente,  y  el  asado  chorreando 
gotas  color  de  oro,  con  unas  galletas  frescas  to- 
davía, que  Esteban  extrajo  del  fondo  de  su  bolsa, 
constituyeron  el  almuerzo  y  le  volvieron  á  la 
plenitud  de  sus  fuerzas  y  entusiasmo. 


NATIVA  267 


Grato  le  fué  conversar  con  el  teniente  que 
había  sido,  y  lo  recordaba  ahora  bien,  su  es- 
píritu tutelar  en  la  dura  marcha  nocturna.  Re- 
conocía que,  en  medio  del  sufrimiento  y  del  peligro, 
solían  nacer  amistades  en  un  día,  más  duraderas 
que  las  de  la  infancia;  y  explicábase  así  como 
Cuaró,  desde  la  primera  entrevista,  lo  había  tratado 
con  una  familiaridad  sólo  propia  de  los  carac- 
teres acostumbrados  á  propiciarse  simpatías  en 
la  lucha,  aun  cuando  en  ésta  predomine  siempre 
un  sentimiento  egoísta  especialmente  en  las  mili- 
cias no  sujetas  á  rígida  regla  disciplinaria. 

De  ahí  que  él  considerase  á  este  compañero 
como  una  excepción,  y  sintiese  que  su  afecto  crecía 
por  grados,  llegando  hasta  atribuirle  calidades  su- 
periores. 

EnóTgullecíase  de  que  contase  con  ejemplares 
semejantes  la  raza  de  aboríg-enes ;  y  como  le 
agradeciese  sus  pruebas  de  leal  compañerismo, 
Cuaró,  que  en  esa  mañana  aparecía  más  callado 
que  otras  veces,  limitóse  á  estrechar  la  mano 
que  le  tendía  el  joven,  haciendo  un  visaje  y  en- 
cogiendo ligeramente  los  hombros. 

Mientras  ellos  hablaban,  y  el  alférez  se  despe- 
día para  reunirse  á  su  gente,  muy  satisfecho  de 
ser  copartícipe  de  aquel  fogón,  el  liberto  aco- 
modaba sus  utensilios  sin  olvidar  ni  una  pieza, 
revisaba  su  tercerola  y  apretaba  las  cinchas  á  los 
caballos. 

De  pronto,  Cuaró  mirando  hacia  el  vivac  del  jefe, 
dijo  suave  : 


268  E.    ACEVEDO  DÍAZ 


—  Va  á  llamar.  Vamos,  cerquita  no  más.  .  .  . 

Montaron ;  y,  apenas  habíanse  aproximado,  el 
clarín  tocó   «  á  caballo  ». 

Esteban,  en  vez  de  incorporarse  á  su  amo, 
púsose  á  recorrer  el  campamento  como  si  buscase 
alguna  cosa  de  importancia. 

La  columna  se  movió  al  paso ;  pero  ahora, 
bajo  un  sol  esplendoroso  y  entre  ráfagas  que  le- 
vantaban de  la  tierra  cendales  de  vapores  lo 
mismo  que  alientos  de  fuego,-  para  desvane- 
cerlos á  corta  altura  en  medio  de  rápidos  torbe- 
llinos. 

A  dos  leguas  escasas  de  jornada,  traspuesto  el 
Maldonado,  la  fuerza  se  detuvo. 

Un  «  chasque  »  se  había  acercado  á  media  rienda, 
por  la  parte  de  las  lomas  del  sur,  y  hablaba  con  Al- 
varez  de  Olivera. 

Pensóse  al  principio  que  el  coronel  Felisberto  sa- 
lía al  encuentro,  abandonando  su  actitud  inactiva 
en  la  vieja  ciudad  de  San  Fernando ;  mas  pronto 
disipóse  esta  creencia. 

Cuaró  trasmitió  algunas  órdenes  del  jefe. 

Luis  María,  que  estaba  próximo,  vio  que  la 
hueste  se  agitó  al  paso  de  Cuaró,  y  que  todos 
los  que  tenían  ponchos  se  lo  quitaron  para  atarlos 
á  los   «  tientos  »   en  forma  de  rollos. 

Mudáronse  los  caballos  de  marcha  por  los  de 
reserva,  con  una  prisa  vertiginosa.  Algunos  vol- 
tearon los  «  recados »  asegurando  sus  prendas 
con  el   «  cinchón  »,  y  subieron  en  pelos;  otros  se 


NATIVA  269 


ataron  una  «  vincha  »  en  la  frente  para  sujetarse 
la  cabellera ;  los  más  quedáronse  con  la  sola 
ropa  interior,  buscando  alivianarse,  alegres,  lanza 
en  mano ;  y  los  menos,  se  ciñeron  en  forma  de 
faja  sus  ponchos  á  la  cintura,  de  modo  que  de- 
jasen libre  el  juego  de  los  brazos  y  á  la  vez 
cubrieran  en  parte  vientre  y  pecho.  El  clarín 
que  se  contaba  en  este  número,  con  la  diferencia 
de  que  él  se  puso  el  suyo  á  modo  de  banda, 
sacó  la  boquilla  ó  embudo  de  su  instrumento, 
lo  sopló  dos  ó  tres  veces,  separólo  del  cuello  en  que 
lo  había  llevado  colgante  y  echólo  al  brazo  iz- 
quierdo. Después,  advirtió  si  su  sable  salía  ó  no 
bien  de  la  vaina. 

Cuaró  regresó  pronto  montado  en  un  caballo 
tordillo  en  pelos.  No  traía  botas,  y  sólo  una  es- 
puela de  hierro  en  el  rancajo  desnudo. 

Acercándose  al  liberto,  que  estaba  inmóvil  apo- 
yado en  la  tercerola  junto  á  Berón,  díjole  con  su 
acento  bajo : 

—  Empréstame  el  chifle. 

Dióselo  el  negro. 

Cogiólo  el  teniente  y  vertió  en  la  palma  de 
la  diestra,  encogida  hasta  formar  un  hoyo  y  en 
donde  había  reducido  á  polvo  algunos  granos 
de  pólvora  gruesa,  un  poco  de  líquido  alcohólico. 

Revolviólo  con  el  dedo,  y  luego  lo  sorbió  hasta 
la  última  gota  sin  hacer  una  mueca. 

Paladeólo  un  instante,  y  dirigiéndose  al  joven, 
agregó  sin  mirarle : 


2i0  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


■ —  ¡  Mira  amigo  de   no  cortarte  ahora ! .  .  .  . 

Dicho  esto,  se  fué  hacia  su  jefe. 

Olivera  se  había  despojado  de  su  abrigo,  re- 
mangádose  el  brazo  derecho  hasta  más  arriba 
del  codo  y  tomado  su  lanza  de  manos  del  asis- 
tente. 

Luís  María  sintió  un  poco  de  espanto.  Con  todo, 
examinó  su  pistola  y  desnudó  su  espada,  colocán- 
dose cerca  del  caudillo. 

La  fuerza  formó  en  escalones  simétricamente 
alineados,  en  alto  las  lanzas. 

Un  grupo  de  tiradores  se  desprendió  al  galope, 
tendido  en  guerrilla,  para  reforzar  el  destacamento 
de  vanguardia,  perdiéndose  detrás  de  la  «  cuchilla  » 
del  frente,  de  donde  venía  el  ruido  de  detonaciones 
aisladas. 

El  caudillo  picó  espuelas  y  recorrió  la  línea, 
pronunciando  una  arenga  concisa,  apenas  oída 
por  los  vítores  y  clamoreos ;  y  en  pos  de  él, 
como  movidos  por  el  mismo  resorte,  galoparon 
Luis  María  y  Cuaró. 

Apenas  volvió  riendas,  el  clarín  tocó  «  paso  de 
trote »  y  la  milicia  maniobrando  correctamente 
cambió  su  frente,  corriéndose  los  escalones  á  la 
derecha,  en  marcha  hacia  la  loma. 

Observó  recién  Luis  María  que  la  fuerza  sólo 
presentaba  un  tercio  de  su  efectivo ;  é  indagando, 
supo  que  el  resto  había  sido  destacado  en  la  no- 
che con  rumbo  al  Río  Negro.  Contó  él  apenas 
setenta    hombres,    incluidas    dos   ó    tres    mujera- 


NATIVA  271 


chas  diestrísimas  en  el  caballo,  armadas  con  lanzas 
de  clavo. 

No  había  concluido  de  hacer  esta  cuenta,  cuando 
las  guerrillas  asomaron  en  la  cuesta,  replegándose 
en  orden,  y  algunas  balas  de  carabina  pasaron 
silbando  sobre  las  cabezas  de  los  que  escalaban 
aquélla,  bien  formados  y  sobre  la  brida. 

En  pocos  segundos,  coronóse  la  loma ;  y  á  la 
vista  del  enemigo  tendido  en  ala  en  el  valle, 
Olivera    blandió  la   lanza,  dando    un  gran  grito. 

El  clarín  tocó   «  carga  ». 

Al  principio,  todo  fué  una  nube  para  Luis 
María. 

Sintió  como  una  avalancha  detrás  que  rodaba 
al  llano  con  sin  igual  estrépito  entre  relinchos, 
golpear  atronador  de  cascos,  ludimientos  de  hie- 
rros, y  terribles  alaridos  ;  una  gran  descarga  al 
frente;  luego  un  tropel  furioso  de  ginetes  que 
traspasaban  á  escape  la  humareda  y  veníanse  im- 
pávidos al  choque,  bajas  las  lanzas  con  banderolas 
y  en  alto  los  sables -corvos. 

Sin  mirar  para  atrás,  al  grito  de  los  que  habían 
caído  bajo  las  balas,  vio  al  caudillo  con  el  gesto 
ceñudo  y  los  labios  apretados  cruzarse  veloz  por 
el  flanco  y  enderezar  al  núcleo  enemigo  firme 
la  rienda  en  su  mano  izquierda  y  en  la  derecha 
tieso  el  rejón  con  ademán  iracundo ;  después, 
como  al  ir  á  estrellarse  pechos  con  pechos,  las 
filas  se  abrieron  y  se  diseminaron  los  hombres, 
buscando    los    claros    para    hacerse    camino,     el 


272  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


sable  en  cuarta  ó  el  trabuco  en  alto,  tan  hábiles 
para  el  manejo  de  los  caballos  de  pelea  cuanto 
lo  eran  para  vencer  con  el  arranque  impetuoso ; 
por  último  vio  producirse  el  entrevero,  y  pasar 
junto  á  él  en  lucha  con  su  overo  alborotado,  al 
clarín  rápido  como  una  flecha  que  arrancaba  á 
medias  de  su  instrumento  sones  roncos  y  lúgu- 
bres, y  á  Cuaró  echado  sobre  el  cuello  de  su 
potro,  transfigurado  y  terrible,  que  iba  gritando  : 
«  Corumbé  ! .  .  .  Catalán  ! .  .  .    mata  ! .  .  .    mata  ! .  .  .  » 

La  confusión  era  tan  espantosa,  que  el  joven 
se  revolvía  por  doquiera  con  la  espada  de  punta, 
recibiendo  de  aquí  y  allá  golpes  con  los  cuentos 
de  las  lanzas,  estrujones  formidables  y  amagos 
de  muerte,  y  también  gotas  de  sangre  caliente 
que  le  salpicaban  rostro  y  manos,  hasta  ese 
momento  puras  como  las  de  una  virgen.  En 
vano  pugnaba  por  arrancarse  al  círculo  de  hie- 
rros. Apenas  se  desvanecía  un  grupo  de  com- 
batientes, formábase  otro  con  increíble  rapidez, 
y  cerrábale  la  salida,  sin  que  bastase  la  espuela 
á  domeñar  la  rebeldía  de  su  caballo  que  se  agi- 
taba á  saltos  despavorido  en  la  refriega. 

Cuando  él  menos  lo  esperaba  desprendióse  un 
oficial  del  núcleo,  quien  empujado  á  su  vez  por 
los  que  retrocedían,  púsose  á  su  alcance. 

Este  oficial  de  valor  tranquilo,  á  juzgar  por  la 
impasibilidad  de  su  rostro,  agitaba  en  la  mano 
una  pistola  de  arzón,  y,  viéndose  de  manos  á 
boca  con    aquel    barbilampiño    de   guedejas   do- 


NATIVA  273 


radas,  no  lo  consideró  sin  embargo  enemigo  pe- 
queño, por  lo  que  volcando  el  cañón  de  su  arma 
le  hizo  el  disparo  á  quema- ropa.  Merced  á  los 
saltos  violentos  del  overo,  fué  éste  el  que  reci- 
bió la  bala  de  refilón  en  el  cuello,  donde  quedó 
un  surco  rojo:  el  noble  animal  dio  una  especie 
de  grito  rabioso  y  mordiendo  el  freno  saltó  de 
nuevo  azorado,  hasta  ponerse  encima  casualmente 
de  su  heridor. 

Luis  María,  que  empezaba  á  sentir  le  bullía  la 
sangre,  y  en  cuyos  oídos  resonaban  tremendas  las 
voces  de  Cuaró  que  seguía  gritando  en  el  com- 
bate en  fatídico  dúo  con  el  toque  á  degüello: 
«  ¡  Arapey  ! .  .  .  .  ¡  Aguapey,  viejo  Artigas  !  .  .  .  . 
¡  mata  ! .  .  .  .  ¡  mata  !....»  — viendo  tan  próximo  á 
su  adversario,  tendió  el  brazo,  y  atravesóle  el 
cuerpo  de  una  estocada. 

Quizás  la  vista  y  el  olor  de  la  sangre  encen- 
dieron en  la  suya  una  fiebre  de  pelea;  porque, 
tras  de  la  caída  del  oficial,  lanzó  un  grito  de  có- 
lera y  castigando  con  la  misma  hoja  que  tal  bau- 
tismo recibiera  los  ijares  de  su  cabalgadura,  clavó 
espuelas  y  se  arrojó  intrépido  al  entrevero. 

Cuaró,  que  se  revolvía  por  todos  lados  frené- 
tico, acertó  á  pasar  por  el  sitio. 

Allí  sujetó,  dando  un  alarido  ;  y  deslizándose 
veloz  de  los  lomos  daga  en  mano,  cogió  de  la 
barba  al  oficial  que  se  agitaba  retorciéndose  en 
el  suelo,  alzando  primero  por  encima  de  su  ca- 
beza el  siniestro  acero,  con  cierto  lujo  de  ferocidad. 

L8 


274  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  ¡  No  mates  !  —  le  gritó  de  súbito  una  voz  vi- 
brante y  enérgica,  por  él  muy  conocida. 

El  teniente  volvióse  en  el  acto ;  y  á  la  vista 
de  su  .compañero  boqui-  rubio  que  se  le  apare- 
ció magnífico  en  su  overo  ensangrentado,  ya  sin 
enemigos  en  redor,  experimentó  una  sensación 
de  enfriamiento,  limitóse  á  sacudir  con  un  gesto 
raro  la  cabeza  del  herido,  y  puso  la  daga  en  su 
vaina. 

Después  rascóse  en  el  hombro  y  miró  callado 
al  joven,  con   un  aire  huraño  y  fiero. 

—  Ya  acabó  la  pelea,  —  dijo  Berón  con  acento 
suave  y  amistoso. 

Y  echó  pie  á  tierra,  colocándose  entre  su  com- 
pañero y  el  herido,  que  era  un  teniente  de  la 
caballería  lusitana    al  servicio  del  general  Lecor. 

La  refriega  había  concluido,  en  realidad. 

El  clarín  acababa  de  tocar  á  «  reunión  »,  y  la 
milicia  había  formado  como  una  tabla  en  el  llano, 
con  excepción  de  algunos  hombres  que  se  agi- 
taban á  pie  por  diversos  sitios  y  que  fueron  des- 
montados en  el  choque.  De  los  enemigos,  los 
que  no  habían  sido  muertos  ó  heridos  se  encon- 
traban prisioneros.  Un  gran  grupo  de  éstos,  y 
entre  ellos  dos  oficiales,  inmóviles  junto  á  un 
montón  de  cadáveres,  tenían  al  flanco  la  tropa 
de  custodia ;  algo  á  vanguardia,  solo,  erguido  en 
su  caballo,  con  la  lanza  cuya  grímpola  aparecía 
tinta  en  sangre,  clavada  en  el  suelo,  Alvarez  de 
Olivera  pasábase  un  pañuelo  por  el  rostro  para  se- 


NATIVA  275 


carse  el  sudor  de  la  jornada ;  en  diversos  puntos 
del  área  dominada  por  la  refriega,  algunos  heri- 
dos se  incorporaban  vacilantes  ayudados  por  las 
mujeres  de  la  hueste,  y  no  pocos  caballos  mutila- 
dos por  el  trabuco  ó  el  hierro  de  media  -  luna, 
dábanse  vueltas  en  las  hierbas  sacudiendo  los 
cascos  en  el  aire. 

En  la  ladera  veíanse  tendidos  boca  abajo,  como 
habían  caído  de  sus  cabalgaduras,  cinco  ó  seis 
lanceros  de  los  que  sufrieron  la  descarga  precur- 
sora del  entrevero. 

Cerca  de  estos  cuerpos  bañados  en  sangre,  se 
había  apeado  Esteban,  y  apoderádose  de  un  tor- 
dillo negro  herido  en  el  pecho   de   una    lanzada. 

Cuando  Cuaró,  saltando  en  el  suyo,  se  fué  si- 
lencioso, Luis  María  se  puso  en  un  galope  en  la 
ladera,  y  gritó  al  liberto,  colérico : 

—  ¿  Qué  estás  haciendo,  negro  ? 

—  Nada  de  malo,  señor,  —  respondió  Esteban, 
cuadrándose  respetuoso ;  —  sino  que,  teniendo  este 
«  lunanco  »  puesto  el  «bozal»  y  el  «maneador» 
que  me  robaron  la  noche  de  la  tormenta,  y  ha- 
biendo muerto  su  dueño,  que  es  ese  cambujo 
que  está  ahí  con  la  cabeza  rota,  me  parecía 
justo  echarle  mano,  antes  que  otro  les  haga  «  re- 
peluz  »   á  las  prendas.  .... 

—  Si  es  así,  nada  tengo  que  reprenderte, 
j  Concluye  pronto ! .  .  .  . 

Y  algo  tentado  de  la  risa,  apesar  de  la  solem- 
nidad de  la  escena,  Luis  María  batió  de  repelón 
su  overo,  y  fué  á  presentarse  á  su  jefe. 


276  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Gran  parte  de  la  gente  se  había  desmontado, 
y  rodeaba  á  éste,  en  medio  de  vivas  demostra- 
ciones y  comentarios. 

El  clarín  echaba  diana. 

Esos  hombres,  que,  momentos  antes  aparecían 
con  los  rostros  en  extremo  pálidos,  los  ojos  casi 
fuera  de  órbitas  y  los  labios  cárdenos  con  un 
poco  de  espuma,  como  si  por  ellos  hubiera  pasado 
el  aura  epiléptica,  mostrábanse  ahora  alegres  y 
decidores,  listos  para  restañarse  por  sí  solos  las 
heridas,  prestar  auxilios  á  los  que  no  podían  mo- 
verse, y  lanzarse   á    nuevas  aventuras  peligrosas. 

No  dejó  Berón  de  asombrarse  al  observar  que 
mientras  los  más  honraban  en  su  jefe  un  triunfo  de 
la  patria,  el  resto  se  entretenía  en  despojar  hom- 
bres caídos  y  caballos  sueltos,  y  aun  se  permitía 
«  despenar  »   á  los  moribundos  como  obra  piadosa. 

Con  este  motivo,  dirigió  una  mirada  alarmado, 
hacia  el  lugar  en  que  se  encontraba  el  teniente 
portugués ;  pero,  hubo  de  tranquilizarse,  pues  vio 
que  Esteban  apoyado  en  su  tercerola,  de  pie  cerca 
de  él,  departía  con  gran  mímica  en  sabrosa  plá- 
tica sin  duda,  sirviendo  de  custodia  al  herido. 

Había  sucedido  que,  cuando  el  liberto  húbose 
apoderado  de  las  prendas  que  reconociera  por  su- 
yas á  poco  de  tanto  hurgar  por  ellas,  el  lu- 
sitano, en  conocimiento  de  que  era  asistente  de  su 
generoso  adversario,  después  del  cambio  de  pala- 
bras entre  los  dos,  en  el  deseo  de  salvarse  de  los 
merodeadores  implacables,  gritóle  con  todas  sus 
fuerzas  en  buen  castellano : 


NATIVA  277 


— ¡  Cabo  Pedriño ! .  .  .  . 

El  liberto  volvió  el  rostro,  y  tirando  su  ca- 
ballo del  cabestro  en  tanto  que  con  la  otra  mano 
arrastraba  del  extremo  del  cañón  la  tercerola, 
llegóse  en  el  acto,  diciendo  todo  acalorado  toda- 
vía, como  si  viese  fogonazos  y  estuviera  oliendo 
pólvora : 

—  ¡Qué  fregar  de  latas, portugo rancio!.  .  .  .  Por 
fin  se  acabó  el  refriego  y  la  marimba  de  golpes 
y  chuzazos  por  arriba  y  por  abajo  y  por  atrás, 
y  la  lluvia  de  rebenques,  que  parecían  cohetes 
entre  yeguada  alzada ....  \  Yo  no  me  llamo  Pe- 
priño,  seor  funfurriña,  sino  Esteban  Berón  de  buena 
casa ! 

—  Ya  sé,  sargento  Esteban  ....  Lo  llamaba 
para  regalarle  estas  espuelas  que  me  incomodan. 
•  Coitado  de  mí!  ¡Face  el  favor  de  tirarlas,  sin 
me  do,  sargento  ! 

—  No  acostumbro,  —  dijo  el  negro.  —  ¡  Mañas 
quiere  el  vivir  ! 

—  Pedro  de  Souza  me  llamo,  y  soy  teniente. 
Procura   no   me   degolhem    tens   camaradas,  y   te 

ficaré  agradicido .  .  .  . 

—  ¡  Rece  el  credo,  no  más !  —  exclamó  el  li- 
berto con  una  explosión  de  risa  que  se  asemejó 
á  un  relincho,  al  punto  que  su  caballo  rezongó 
tascando  el  freno. — Ahí  viene  una  china  «  car- 
chadora »  más  brava  que  una  chinche....  con 
un  cuchillo  mangorrero.  .  .  . 

No  pudo  el  herido  menos  de  estremecerse. 


278  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


La  broma  era  sangrienta. 

En  realidad  una  mujer  color  de  cobre,  desgre- 
ñada, obesa,  con  chiripá  en  vez  de  vestido  y  un 
sombrero  de  pajilla  sucio  y  agujereado  con  bar- 
boquejo echado  á  la  nuca,  se  aproximaba  sigi- 
losa, husmeando  la  presa  desde  lejos,  con  el  ins- 
tinto peculiar  de  la  raza  felina. 

Al  observar  de  más  cerca  el  traje  del  herido, 
sin  preocuparse  de  la  presencia  de  Esteban,  aba- 
lanzóse á  saltos  con  los  ojos  de  coatí  febriles  y 
lucientes. 

El  negro,  que  muy  pronto  reconoció  en  ella  á 
una  de  las  que  arreaban  las  tropillas,  al  mismo 
tiempo  que  una  de  las  que  lo  habían  agraviado 
de  palabra  al  incorporarse  á  la  gente,  echóse 
la  tercerola  á  la  cara,  si  bien  no  tenía  carga  al- 
guna, y  gritó  simulando  una  furiosa  ronquera: 

—  ¡  Alto  ahí!  ¿Quién  vive?.  ...  ¡Si  es  carpin- 
cho-hembra hago  fuego,  y  si  es  comadreja  con 
barriga,  también  la  afusilo  ! 

La  china  se  volvió  por  un  flanco  con  una  mueca 
feroz,  y  huyó,  llamando  á  otras  compañeras  que 
por  los  contornos  vagaban. 

Por  fortuna,  algunos  vecinos  del  pago  provis- 
tos de  herramientas  toscas  y  de  un  carro,  y  que 
habían  sido  requeridos  por  Olivera  para  enterrar  los 
muertos,  aparecieron  en  el  sitio ;  y  empezaron  por  re- 
coger los  heridos,  atendiéndolos  en  la  medida  de 
sus  recursos. 

Souza  bajo  la  vigilancia  siempre  del   honrado 


NATIVA  279 


liberto,  fué  uno  de  los  primeros  en  merecer  esos 
cuidados. 

Ante  esa  misión  de  caridad,  los  odios  se  cal- 
maron, y  ya  nadie  pensó  en  seguir  la  obra  de 
exterminio. 

Los  hombres  mismos  de  la  hueste  trajeron  el 
contingente  de  sus  brazos,  hasta  que  el  toque  de 
clarín  llamólos  á  formar. 

Cuando  se  movió  la  pequeña  columna  engro- 
sada con  los  prisioneros,  caía  la  noche,  que  ame- 
nazaba ser  muy  oscura. 

Soplaba  un  viento  que  parecía  venir  de  una 
región  de  hielo. 

¿Adonde  se  dirigían? 

Se  ignoraba. 

Tampoco  se  interesaba  en  ello  la  hueste.  In- 
dagar respecto  á  sus  marchas  una  cosa  seme- 
jante, ya  se  tratase  de  la  actividad  empleada  en 
el  día,  ya  de  aquella  que  se  desarrollaba  en  la 
noche,  era  lo  mismo  que  preguntar  á  dónde  iría 
ó  cuál  sería  el  rumbo  cierto  de  una  ráfaga  de 
«pampero»:  de  esas  que  pasan  silbando  con  los 
silbos  de  cien  reptiles  ó  bramando  con  los  bra- 
midos de  cien  toros,  sacudiendo  ramas  y  cimien- 
tos, á  la  vez  que  orea  las  tierras  feraces,  arras- 
tra lo  inútil  y  estéril  en  torbellinos  y  lleva  se- 
millas y  gérmenes  fecundantes  en  sus  alas  pode- 
rosas, sin  que  nadie  pueda  decir  en  qué  sitio 
se  aligerará  de  la  carga,  ni  en  qué  límite  ha  de 
dar  por  concluida  su  formidable  carrera. 


XIII 


DE    LA    CUCHILLA    AL   MONTE 


Momentos  antes  de  emprender  marcha  la  mi- 
licia revolucionaria,  Cuaró  preguntó  á  Luis  Ma- 
ría con  su  acento  suave  y  tranquilo: 

—  ¿Porqué  gritaste   «no  matar»? 
Referíase  al  episodio  de  Souza. 

—  Ahí  verá,  teniente;  porque  fui  yo  quien  lo 
hirió,  y  tenía  gusto  de  que  nadie  tocase  á  mi 
vencido.  .  .  . 

Antes  de  marchar  quisiera    averiguar    qué   ha 
sido  de  él,  y  no  veo  aquí  á  Esteban. 
Sonrióse  Cuaró,  y   dijo: 

—  Vamos,  que  yo  te  llevo  donde  está  el  por- 
tugués. ¡Pronto  venimos! 

—  Cuando  usted  quiera. 
Picaron  los  dos   espuelas. 

Al  llegar  al  bajo,  vieron  que  el  herido  no  se 
encontraba  ya  en  el  sitio  de  la  pelea. 


NATIVA  281 


Traspusieron  entonces  la  loma,  y  pusiéronse  á 
recorrer  la  ladera  opuesta,  en  busca  del  grupo 
de  vecinos,  suponiendo  que  algunos  de  éstos  lo 
hubiesen  recogido  y  trasladado  al  carro. 

Largo  trecho  anduvieron  sin  descubrir  el  con- 
voy, hasta  que  tropezaron  con  el  liberto  que  ve- 
nía al  galope  por  la  orilla  de  un  bañado. 

Una  sombra  densa  cubría  todos  los  objetos. 

Cuaró  sin  embargo  conoció  al  liberto,  y  lanzó 
un  silbido  fino  y  melancólico  como  el  del  ñandú. 

Esteban  se  vino  al  rumbo,  experto  y  veloz. 

—  ¿Qué  fué  del  herido? — preguntóle  Berón. 

—  ¿Cuál,  señor?  ¿El  teniente  Souza  que  su 
merced  volteó  en  el  bajo  de  una   estocada? 

—  Ese  mismo. 

—  En  el  carro  va,  señor,  y  muy  agradecido. 
Lo  seguí  hasta  cerca  del  bañadito  que  está  ahí 
encima.  .  .  .  A  causa  de  eso,  venía  yo  perdido. 

—  Me  alegro  por  todo  ello  de  haberme  acer- 
cado. .  .  . 

Ahora  podemos  volver,  teniente. 

—  ¡Es  bueno!  —  dijo  Cuaró.  La  noche  viene 
fiera,  y  la  gente  se  va ...  . 

Volvieron  riendas  al  galope;  repasaron  la  zona 
recorrida,  la  cuesta,  el  declive,  el  llano  de  la  re- 
friega y  allí  sujetaron,  para  guiarse  con  alguna 
certeza  en  las   tinieblas. 

No  se  percibía  un  solo  rumor. 

La  hueste  había  seguido  marcha. 

¿Cómo  encontrar  la  huella? 


282  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Cuaró  anduvo  al  paso,  de  aquí  para  allá,   de- 
teniéndose á  veces,  para  renovar  sus    pesquisas. 
Creyó  al  fin  hallar  el  rastro,  porque  dijo: 

—  Vamos. 

Tomó  el  trote;  y  tras  él,  Luis  María  y  Es- 
teban. 

Así  marcharon  durante  media  hora,  siempre  en 
medio  de  una  densa  oscuridad. 

De  pronto,  Cuaró  se   detuvo. 

Retrocedió ;  avanzó  de  nuevo  y  volvió  á  pa- 
rarse, como  indeciso. 

Había  perdido  el  rastro. 

Estaban  delante  de  los  estribaderos  de  una 
sierra,  y  entre  dos  valles  estrechos,  cuyas  entra- 
das se  probaron  con  éxito. 

Uno  de  esos  vallecicos  conducía  á  la  carretera 
de  Minas,  y  el  otro  bifurcaba  hacia  las  aspere- 
zas del  nordeste.  El  indígena,  que  cruzaba  una 
zona  cien  veces  recorrida  por  su  tribu,  optó^por 
el  segundo,  sin  decir  palabra. 

Prosiguieron  la  marcha,  desviándose  y  caraco- 
leando á  cada  paso,  cual  si  fuesen  en  lucha  con 
las  tinieblas. 

Pero,  no  habían  andado  mucho,  cuando  Cuaró 
se  detuvo  otra  vez,  diciendo  á  Esteban: 

—  Mira  el  lomo  de  ese  mancarrón,  que  está  co- 
miendo ahí .... 

El  liberto  vio  delante,  á  pocos  pasos,  un  bulto 
negro  casi  inmóvil;  caballo,  sin  duda,  y  transido, 
que  triscaba  con  desesperación  las  hierbas. 


nativa  28:5 


Dirigióse  en  el  acto  á  él,  y  por  más  que  se  le 
puso  encima,  el  bulto  no  se  movió,  continuando 
famélico  su  tarea. 

—  Lo  que  es  éste,  ha  de  tener  cuasi  las  cos- 
tillas al  aire,  —  se  dijo  el  negro. 

Y  echóle  como  una  zarpa  su  mano  en  el  lomo, 
oprimiéndoselo  en  el  centro,  cerca  del  crucero, 
de  modo  que  el  cuero  hiciese  un  pliegue  sobre 
el  espinazo. 

Recién  entonces,  al  sentir  la  presión  de  aque- 
llos dedos  hábiles,  el  matalote  se  encojió  y  se 
hizo  un  arco  con  un  resoplido  de  dolor,  y  avan- 
zóse tres  ó  cuatro  pasos  con  esfuerzo  supremo. 

Esteban  volvió  riendas,  exclamando : 

—  ¡  Tiene   «  rosa  t  esta  harpa ! .  .  .  . 

Cuaró,  al  oir  esto,  dijo  en  voz  baja  y  pausada 
á  Luis  María: 

—  La  rastrillada  va  aquí,  hermano. 

Y  arrancó  de  nuevo  al  trote. 

Iban  encontrando  al  frente  y  á  los  lados,  dis- 
persos, quietos,  sin  alientos  para  bajar  la  cabeza 
al  nivel  de  los  pastos,  otros  animales  cansados  y 
heridos,  que  se  paraban  á  reconocer,  para  tomar 
el  dato  importante  de  si  se  les  había  ó  no  bajado 
recientemente  la  montura;  y,  aun  por  sus  pintas 
ó  pelajes,  deducir  á  qué  escalón  de  la  hueste  per- 
tenecuin. 

Acertando  Cuaró  las  más  de  las  veces,  res- 
pecto á  la  verdadera  procedencia  de  estos  caba- 
llos  reducidos  á  esqueletos,    y    que    él    afirmaba 


284  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


no  podían  ser  otros  que  los  que  iba  dejando  sin 
quilo  la  guardia  á  retaguardia,  el  pequeño  grupo 
continuaba  su  marcha  entre  asperezas,  sometido 
en  absoluto  á  las  órdenes  del  indígena. 

¿Era  posible  hacer  otra  cosa?  Él  era  el  guía 
inteligente,  el  compañero  bravo,  el  baqueano  que 
veía  en  las  sombras  como  el  gato  montes,  seña- 
lando el  « tembladeral »  temible,  las  piedras  en- 
cajadas en  el  valle  ó  los  antros  abiertos  al  paso 
por  la  fuerza  de  las  vertientes. 

Así  anduvieron  errantes,  hasta  cerca  de  media 
noche. 

A  esa  hora,  empezó  á  difundirse  una  niebla  es- 
pesa, aumentando  la  oscuridad  reinante  y  de  por 
sí  profunda. 

Encima  estaban  de  un  monte. 

Ni  una  luz  lejana  y  triste  se  divisaba  en  los 
contornos,  que  pudiese  servirles  de  auxiliar  en  su 
derrotero. 

Cuaró  se  declaró  perdido. 

Hizo  esa  manifestación  con  ánimo  sosegado, 
pidiendo  lumbre  de  su  avío  al  liberto,  para  en- 
cender un  cigarro.  En  su  estilo  pintoresco,  dijo, 
bostezando : 

—  El  ñandú  va  á  las  gambetas  más  largas  que 
un  tiro  de  bolas,  amigo.  .  .  . 

Mira :  mejor  es  dormir. 

—  Donde  quiera,  teniente,  —  contestó  Luis  Ma- 
ría, cuyos  ojos  se  cerraban  apesar  suyo. 

Recostáronse    entonces    bien    á    la    orilla    del 


NATIVA  285 


monte;  y,  luego  de  caminar  al  tanteo  y  dar  con 
la  entrada  á  un  potril  estrecho,  refugiáronse  en 
uno  de  sus  escondrijos,  sin  mucha  voluntad  de 
deliberar  acerca  de  la  elección  del  sitio. 


Apuntaba  apenas  el  alba  del  siguiente  día, 
llena  aún  de  brumas  la  atmósfera,  cuando  el 
blanco,  el  cobrizo  y  el  negro  en  noble  fraterni- 
dad abandonaron  el  potril,  siguiendo  el  rumbo  de 
la  noche  anterior. 

Ya  habían  avanzado  buen  trecho.  El  sol  muy 
arriba  del  horizonte,  disipando  los  celajes  de  las 
alturas,  empezaba  á  levantar  lentamente  del  valle 
los  vapores  en  grandes  espirales;  los  que,  cogi- 
dos bien  luego  por  una  brisa  fresca  que  se  per- 
mitía anunciarse  al  correr  por  las  abras  de  la 
sierra  con  una  música  de  flautas,  ascendían  en 
veloces  torbellinos  para  desvanecerse  con  idéntica 
rapidez  á  pocos  metros  del  suelo. 

Lucía  radiante  la  mañana,  cuando  Berón  se 
apercibió  que  su  overo,  herido  en  el  cuello,  fla- 
queaba  de  veras,  amenazando  dejarlo  á  pie.  La 
inflamación  de  la  herida,  en  contacto  con  un  aire 
helado;  las  prolongadas  marchas  nocturnas  y  la 
alimentación  deficiente,  eran  causas  más  que  so- 
bradas para  rendir  al  generoso  bruto. 

En  la  zona  que  recorrían  sólo  se  hallaban  ca- 
ballos maltrechos,  desensillados  el  día  anterior  al 
parecer,  y  los  que  azuzados  por  el  rebenque  ape- 
nas salían  del  paso. 


286  E.   ACEVED0  DÍAZ 


Algunos  de  ellos  presentaban  los  hijares  he- 
chos cribas,  y  una  serie  de  ligeras  mataduras  en 
los  lomos  producidas  por  la  carona  y  los  «  bas- 
tos ».  Diversos  tordos  y  pajarillos  voraces,  salta- 
ban piando  del  crucero  al  nacimiento  de  la  cola 
y  se  limpiaban  los  picos  á  intervalos,  muy  tran- 
quilos, en  el  mismo  pelaje  de  sus  víctimas. 

Hubo  que  apresurar  la  marcha,  en  busca  de  si- 
tios más  poblados,  y  de  un  relevo  cualquiera. 

Los  tropiezos  del  overo  iban  en  aumento.  Dá- 
bale treguas  de  resuello  su  ginete,  desmontándose 
y  disminuyendo  en  algo  el  peso  del  « recado », 
cuyas  prendas  iba  pasando  sucesivamente  á  Es- 
teban. Luego,  continuaban  su  camino. 

Al  pasar  por  un  terreno  muy  quebrado,  hacia 
el  fondo  del  cual  por  la  parte  del  oeste  veíanse 
dos  grandes  prominencias  ó  cerrillos  de  piedra, 
Cuaró  que  iba  al  frente,  echó  de  súbito  mano  á 
las  «  boleadoras  »,  en  el  momento  mismo  en  que 
diez  ó  quince  yeguas  y  redomones  arrancaban  á 
escape  rumbo  al  valle  sacudiendo  cabezas  y  cri- 
nes, y  con  sus  apéndices  rabones  muy  parados 
en  forma  de  abanicos. 

Al  calcular  sin  duda  la  distancia,  y  observar 
la  naturaleza  pedregosa  y  enriscada  del  terreno, 
el  teniente  bajó  la  mano,  sujetó  su  caballo  casi 
encima  de  la  cuesta,  y  quedóse  allí  mirando  en 
dirección  á  los  cerrillos,  puesta  la  diestra  en  arco 
sobre  las  cejas. 

Al  cabo  de  un  rato,  hizo  una  seña  á  sus  com- 


NATIVA  287 


pañeros,  dirigiéndose  al  punto  que  había  sido  ob- 
jeto de  su  atento  examen. 

Los  cerrillos  estaban  próximos. 

Un  poco  de  verdigay  en  las  faldas  abruptas, 
conos  truncados,  rocas  esparcidas  desde  la  base 
á  la  cima,  como  verrugones  deformes  en  parte 
ennegrecidos  ó  cubiertos  de  musgo,  y  breñas  espe- 
sas revueltas  con  zarzas  y  espinas  de  la  cruz:  tal 
era  el  aspecto  de  aquellas  eminencias,  á  cuyo  pie 
corría  en  angosta  cuenca  un  hilo  de  agua  crista- 
lina. 

En  un  trecho  reducido  de  altramuz  y  cebadilla, 
junto  al  cerrillo  más  empinado, revolcábase  fresco 
y  alegre  un  caballo  «  lobuno  »  de  regular  alzada; 
el  cual,  así  que  se  apercibió  de  la  aproximación 
de  los  ginetes  púsose  en  el  acto  de  pie,  espar- 
ciendo al  rededor  al  sacudirse  tierra  y  briznas, 
alzó  el  hocico  con  las  orejas  tiesas,  dio  un  pequeño 
relincho  y  movió  despacio  la  cola. 

Vióse  entonces  que  estaba  atado  á  una  estaca, 
con  una  guasca  peluda  ceñida  á  su  cuello  por  un 
nudo   «  potreador  ». 

Al  lado  opuesto,  aparecía  una  lanza  de  astil 
duro  y  moharra  de  hierro  sin  media  -  luna,  ni  vi- 
rolas, clavada  en  el  suelo. 

Dos  ó  tres  plumas  cortas  de  ñandú,  dispuestas 
hacia  abajo,  constituían  el  adorno  de  aquella  arma 
tosca  de  una  madera  oscura,  llena  de  nudos  y 
lustrosa,  como  si  hubiese  resbalado  muchas  veces 
en  la  encallecida  mano  de  su  dueño. 


288  E.   ACEVED0  DÍAZ 


En  el  centro,  la  tierra  removida  y  un  gran 
montón  de  piedras  sobre  la  que  podía  llamarse 
fosa,  indicaban  que  allí  había  sido  sepultado  un 
cadáver  no  hacia  muchas  horas. 

Cuaró  se  echó  con  indolencia  sobre  el  cuello  de 
su  caballo,  y  dijo : 

—  Indio  muerto .  .  .  .  ¡  Pasaron  los  caciques  por 
acá ! 

Luis  María  púsose  á  observar  con  sumo  inte- 
rés, pie  á  tierra,  aquel  cuadro  lúgubre.  .  .  . 

Indudablemente  los  charrúas  habían  cruzado  el 
día  antes  por  aquellas  asperezas,  y  dado  sepul- 
tura, según  la  costumbre  tradicional,  á  un  miem- 
bro de  la  tribu. 

Escogían  siempre  la  faldas  de  los  cerros,  si  no 
era  muy  larga  la  distancia  que  los  separaba  del 
campamento,  para  estas  ceremonias.  La  excava- 
ción era  reducida.  Cubrían  el  cuerpo  con  piedras, 
y  no  habiéndolas,  con  tierra  y  ramas  ;  lo  bastante 
para  evitar  que  las  alimañas  hicieran  festín  de  los 
restos.  Celebrados  los  funerales  con  pompa  sal- 
vaje, los  varones  parientes  del  difunto  atravesá- 
banse los  brazos  unos,  y  los  muslos  otros,  con 
una  vara  de  guayabo,  y  á  falta  de  esta  madera, 
con  otra  no  menos  sólida,  larga  de  una  tercia, 
rasgándose  la  piel  con  fuerza  y  clavando  aquélla 
lo  más  cerca  del  húmero  ó  del  fémur,  según  el 
miembro  escogido.  Hundíanse  una,  muy  aguzada. 
Las  mujeres  se  clavaban  cuatro,  hasta  seis,  —  que- 
dándose en  una   postración  profunda.    Fuera    de 


NATIVA  289 


eso,  la  viuda  se  cortaba  la  falange  de  un  dedo  ;  y, 
de  aquí  que  le  faltasen  tantas  como  dedos,  á  algu- 
nas que  habían  perdido  cinco  maridos.  Era  el  duelo. 
Buscaban  el  luto  en  carne  viva,  formándolo  al  fin 
visible  con  sangre  negra,   sin  queja  y  resignadas. 

El  caballo  de  guerra  del  muerto,  atado  junto 
á  la  fosa,  debía  servirle  para  el  «  gran  viaje  ». 
La  lanza,  para  la  defensa  en  el  camino  eterno. 

Luis  María,  delante  de  la  sepultura  indígena 
de  que  hablamos,  notó  también  que  encima  de 
las  piedras  habían  sido  puestas  unas  «  boleado- 
ras »  forradas  con  piel  de  iguana,  y  que  sin  duda 
fueron  las  de  uso  del  finado. 

Como  observase  su  sorpresa,  Cuaró  dijo,  muy 
grave: 

—  Para  bolear  «  baguales  »,  si  se  cansa  el  lo- 
buno .... 

Tras  estas  palabras  se  bajó,  é  hizo  un  gesto, 
mirando  á  Esteban. 

Comprendió  el  signo  el  liberto,  y  echó  al  suelo 
de  dos  tirones  el  recado  del  overo. 

—  No  vas  alargar, — murmuró  el  teniente. — Traí- 
melo. 

Puso  Esteban  el  caballo  herido  á  su  alcance. 
Echóle  entonces  la  guasca  peluda  al  pescuezo,  al 
propio  tiempo  que  enfrenaba  el  lobuno,  pasándo- 
selo en  seguida  al  liberto  para  que  lo  ensillase. 

Luego  cambió  la  estaca  de  sitio,  clavándola  con 
una  piedra  cerca  del  ribazo  del  arroyuelo,  donde 
abundaba  la  gramilla. 


290  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Allí  ató  el  overo,  no  lejos  de  la  sepultura. 

Después  volvióse  paso  á  paso  murmurando  con 
la  vista  fija  en  ella: 

—  Ese  no  tiene  apuro .... 

El  liberto  aprovechóse  de  aquel  alto,  una  vez 
aderezado  el  «  lobuno  »,  para  hacer  un  recuento 
de  sus  provisiones. 

Halló  las  maletas  casi  exhaustas ;  la  yerba- 
mate  estaba  al  concluirse.  En  vano  sacudió  la  can- 
timplora, pues  ni  una  gota  quedaba  de  anís.  Pre- 
cisamente faltaban  las  dos  cosas  que  retemplan  al 
soldado  de  milicia  revolucionaria  en  los  días  fríos; 
el  brebaje  de  yerba  y  el  de  alcohol.  No  podía 
Esteban  conformarse  con  esto,  menos  cuando  su 
señor,  y  él  mismo,  tenían  dinero  de  sobra  en  sus 
bolsillos. 

Traía  en  cambio,  varias  costillas  fiambres  y  me- 
dia docena  de  galletas,  que  fué  él  colocando  una 
á  una  sobre  una  roca  algo  elevada  y  plana. 

Las  costillas  eran  enormes  y  de    carne   gorda. 

Como  si  los  hubiese  incitado  de  veras  aquella 
escena  muda  del  negro  y  las  maletas,  Luis  Ma- 
ría y  Cuaró  se  acercaron,  reconociendo  recién  que 
tenían  necesidad  de  merendar. 

Emprendieron  en  el  acto  pues,  la  tarea  de  satis- 
facerse, nunca  más  grata  para  ellos  que  en  me- 
dio de  los  peligros. 

Almorzaron  con  gran  apetito. 

Mientras  lo  hacían,  lamentábase  Esteban  en 
voz  alta  de  que  ya  carecían  de  lo  más  necesario, 


NATIVA  291 


sin  que  por  la  comarca  que  atravesaban   se    co- 
lumbrase una  sola  casa  de  negocio. 

—  No  tengas  miedo,  —  observó  Cuaró,  haciendo 
servir  de  mondadientes  la  punta  de  su  cuchillo.  — 
«  Pulpería  ha  de  haber,  del  lado  de  la  sierra .... 

—  ¿  Muy  lejos  ? 

—  Un  galopito  no  más .... 

Envainó  el  cuchillo,  arqueando  un  poco  el  dorso 
escapular  y  tanteando  en  los  ríñones,  en  busca 
de  la  abertura  de  cuero. 

—  Después,  paramos  en  Casupá  y  prendemos 
fuego  para  calentar  agua.  .  .      y  dele  mate. 

Dio  el  teniente  un  chasquido  con  la  lengua,  y 
enderezó  á  su  caballo. 

Montaron  los  tres. 

El  «  lobuno  »  resultó  manso  y  diligente,  y  un 
tanto  piafador. 

Colocado  en  el  medio,  arrancáronse  todos  al 
galope  corto,  no  sin  arrojar  como  una  mirada 
furtiva  á  la  tumba  solitaria  del  charrúa. 


Buena  distancia  llevaban  recorrida,  cuando  lle- 
garon á  divisar  dos  ranchos  en  la  pendiente  de 
una  empinada  loma ;  ante  cuya  aparición  repen- 
tina al  volver  un  recodo  del  camino,  Cuaró  ex- 
tendió el  brazo,  señalando  á  sus  compañeros  el 
rumbo  que  debían  seguir,  y  él  se  apartó  callado 
á  toda  rienda  hacia  las  poblaciones. 

Luis  María  y  Esteban  moderaron  el  paso  de  sus 


292  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


cabalgaduras,  á  fin  de  ir  dando  tiempo  al  re- 
greso del  teniente,  en  quien  supusieron  al  alejarse 
una  intención  útil  y  provechosa. 

Al  llegar  á  los  ranchos,  en  medio  de  un  cír- 
culo de  perros  que  enseñaban  el  colmillo  y  ti- 
raban mordiscos  á  las  cerdas  de  la  cola  ó  al 
pecho  del  caballo,  Cuaró  no  encontró  más  que 
una  mujer  ya  entrada  en  años,  ancha,  ventruda, 
de  color  de  café,  en  chanclos,  con  un  pañuelo  de 
algodón  descolorido  atado  en  la  cabeza  y  un  ci- 
garro en  la  boca. 

Estaba  sentada  en  un  cráneo  de  buey ;  y  al 
propio  tiempo  que  sorbía  en  una  «  bombilla  »  el 
líquido  verde  de  la  yerba  en  una  calabaza  de 
pico  retorcido,  arrojaba  por  las  ventanas  de  su 
nariz  chata  dos  columnas  de  humo  de  tabaco  negro. 

El  teniente  se  apeó,  apartando  los  mastines  con 
la  vaina  del  sable. 

Echóse  hacia  atrás  el  ala  del  sombrero,  y  sa- 
ludó entre  dientes,  risueño. 

— i  Güeñas  se  las  dea  Dios  y  la  Virgen  santí- 
sima! —  gritó  la  criolla  vieja,  como  si  lo' hubiese 
oído.  —  ¿  Cómo  le  va  yendo  ?  Dentre  á  descan- 
sar ....   y  á  tomar  un  mate  si  es  de  su  gusto .... 

Cuaró  se  detuvo  á  pocos  pasos,  y  después  de 
excusarse,  preguntó : 

—  ¿  No  pasó  por  el  bajo  la  gente  del  Aiguá, 
ayer  de  tardecita,  mama? 

—  Nenguna  vide.  A  la  cuenta,  si  cruzó,  jué  de 
noche. 


NATIVA  293 


Movió  el  teniente  la  cabeza  con  aire  de  duda, 
y  miró  á  todos  lados  caviloso. 

Luego,  dijo  bajito,  rascándose  una  oreja: 

—  Mama,  si  tenes  yerba  dame  un  puñado.  .  .  . 
¿ querés  ? 

—  ¡  Bien  haiga  el  hombre  de  Dios  ! .  .  .  .  ¡Sinfo- 
riana  !  Traile  dos  «  cebaduras  »  á  este  bendito .... 

Presta  y  lista  anduvo  una  moza  de  mucha 
pulpa,  que  en  el  interior  se  agitaba ;  y  la  que, 
entrándose  en  la  cocina  trajo  una  guampa  de 
vaca  que  llenó  de  yerba  -  mate  «  misionera  »  hasta 
la  boca,  cubriendo  ésta  con  un  pedazo  de  trapo 
bien  atado. 

Luego  se  la  alcanzó  al  teniente,  diciendo  con 
su  sequedad  criolla: 

—  ¡Que  le  aproveche  ! 

No  pudo  menos  Cuaró  de  sonreirse  otra  vez ; 
acordándose  sin  duda  que,  cuando  muchacho,  to- 
maba «  mate »  en  la  tribu  en  comunidad,  sir- 
viendo de  depósito  una  guampa  de  regulares  pro- 
porciones que  íbase  pasando  de  mano  en  mano, 
hasta  que  habíase  absorbido  la  última  gota  del 
brebaje. 

Miróla  pues,  con  cierto  aire  cariñoso  ;  y  á  la 
moza  con  gratitud. 

Fuese  en  seguida  al  barril  del  agua,  hundió  un 
botijo  de  barro  en  el  fondo  y  bebió  sin  un  gor- 
gorito. 

Limpióse  los  labios  con  el  reverso  de  la  manga, 
y  dando  las  gracias  saltó  en  su  caballo  sin  to- 
car el  estribo  de  palo,  y  marchóse. 


294  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Poco  hubo  de  galopar  para  reunirse  á  sus  com- 
pañeros. 

Estos,  después  de  un  ligero  trote  habían  echado 
pie  á  tierra,  y  esperábanlo  fumando  junto  á  unas 
piedras,  al  resguardo  del  viento. 

Inmediatamente  continuaron  la  travesía ,  en- 
trándose en  un  monte,  poco  después,  en  busca 
del  reposo  necesario. 

Empezaba  para  Luis  María  una  verdadera  odi- 
sea —  la  vida  de  aventuras  y  peligros  cuya  cru- 
deza no  se  había  imaginado:  de  las  «cuchillas» 
al  bosque,  de  los  bosques  á  la  «  cuchilla  »,  mar- 
chas forzadas,  ejercicio  permanente  de  centauro, 
acechos  y  vigilancia  continua,  en  el  estero,  en  el 
bañado,  en  la  loma,  en  los  árboles  más  altos  del 
monte,  en  la  « picada »  siniestra,  en  el  vado  se- 
creto, en  el  potril  ignorado,  —  siempre  en  movi- 
miento, robándose  horas  al  sueño  y  satisfaccio- 
nes al  apetito  en  una  lucha  constante  con  los 
hombres  y  las  fuerzas  ciegas  de  la  naturaleza. 

i  A  todo  esto  obligaban  los  tiempos  á  los  pa- 
triotas, y  preciso  era  resignarse ! 


XIV 


VIDA    CIMARRONA 


En  esos  años  ingratos,  los  conquistadores  se 
complacían  en  justificar  ese  título  pesando  sobre 
el  país  de  una  manera  despiadada,  apesar  de  las 
declaraciones  honestas  y  liberales  en  la  forma 
del  Barón  de  la  Laguna.  Decirse  puede  con  ri- 
gurosa verdad,  que  muy  pocas  invasiones  lleva- 
ron tan  adelante  las  consecuencias  de  la  lógica 
de  la  fuerza,  como  esta  invasión  brutal,  nefasta 
y  corruptora  que  se  desbordó  desde  las  fronteras 
hasta  Montevideo  arrasándolo  todo  con  una  masa 
de  cerca  de  diez  mil  hombres  aguerridos,  para 
suplantar  luego  las  matanzas  de  la  guerra  con  el 
despojo,  la  confiscación  inicua,  la  violación,  la 
persecución  á  muerte  y  las  prácticas  del  vasa- 
llaje; confiados  ya  también  los  que  así  procedían 
de  que,  eliminado  el  caudillo  prepotente,  habían 
desaparecido  con  los  males  de  actualidad  todos 
los  temores  de  futuro. 


296  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Ante  esa  conciencia  del  estado  mísero  de  la 
sociabilidad  uruguaya  —  sin  alientos  para  sacudir 
el  enorme  peso  de  extranjeros  tan  rapaces  por 
instintos  como  crueles  por  hábitos  licenciosos, — 
los  nuevos  tercios  dominadores  implantaron  el 
sistema  de  apoderarse  de  las  haciendas  de  los  de- 
partamentos limítrofes,  arreándolas  en  grandes 
cantidades  al  territorio  de  Río  Grande;  de  impo- 
ner tributos  de  todo  género  al  pueblo  sumiso,  y 
aun  de  atentar  frecuentemente  á  la  paz  de  los 
hogares  sellando  su  paso  con  actos  de  triste  des- 
honor. 

Los  copartícipes  de  este  género  de  vida  «so- 
bre el  país  »,  que  habían  recibido  títulos  y  hono- 
res, parecían  hallar  mejor  que  el  de  Artigas  un 
gobierno  así;  los  débiles  recogidos  en  la  oscuri- 
dad y  el  silencio  echaban  por  el  contrario  de  me- 
nos al  vencido  de  Catalán,  terrible  aún  en  la 
derrota,  defensor  indomable  de  su  tierra;  y  los 
valientes  buscaban  en  los  bosques  ó  en  la  ribera 
opuesta  un  refugio  para  agitarse  febriles,  á  la  es- 
pera de  la  hora  en  que  se  reiniciara  la  pelea. 

Más  que  los  idos,  eran  sin  embargo  los  que  ha- 
bitaban en  los  montes  desahogando  en  aventu- 
ras y  encuentros  parciales  sus  grandes  odios  pa- 
trióticos. Oficiales,  soldados,  á  veces  pequeñas 
partidas  de  continentales,  solían  desaparecer  en 
las  encrucijadas  de  las  sierras  ó  al  vadear  de  un 
arroyo,  ya  á  manos  de  los  «  matreros  >,  ya  tras 
de  un  ataque  imprevisto  de    la    hueste    charrúa; 


NATIVA  297 


la  que  como  el  yaguareté  astuto  y  furtivo  ense- 
ñaba silenciosa  el  colmillo  entre  las  matas  y  ma- 
siegas  gigantescas  á  la  orilla  de  los  ríos,  recor- 
dando ser  siempre  la  dueña  de  las  selvas  así 
como  eran  sus  caciques  los  más  astutos  baquea- 
nos del  terreno. 

Estos  hechos  aislados  no  inquietaban  á  los  do- 
minadores; muy  ajenos  de  pensar  que  á  la  lanza 
ya  rota  de  Artigas  debía  suceder  lógica  y  fatal- 
mente el  sable  de  Sarandí. 

Imperaban  así  sin  desconfianzas  ni  recelos,  au- 
mentando de  día  en  día  sus  violencias  y  exac- 
ciones; desde  la  imposición  monetaria  del  «vin- 
tén», del  « reis  »  y  de  la  «pataca»,  hasta  la  del 
«diezmo  »  en  las  «  cuatropeas  »  ;  sustituyendo  una 
esclavitud  por  otras  peores  en  la  clase  baja,  cuya 
vía  crucis  comenzaba  en  los  lúgubres  patio?  del 
«  caserío  de  los  negros  »  para  concluir  en  el  fondo 
de  los  cuarteles  ó  en  los  saladeros  de  Río  Grande; 
é  implantando  en  las  campañas  por  medios  ini- 
cuos un-  sistema  de  tiranía,  propio  á  devastar 
zona  por  zona,  como  si  hubiese  sido  el  intento 
evitar  que  en  esa  tierra  desolada  volviese  á  cre- 
cer más  la  hierba. 

Alejábanse  con  este  motivo  de  su  ciudad  na- 
tal los  hombres  de  conciencia,  quienes  desde  el 
sexto  año  del  siglo  venían  sintiendo  cada  vez 
más  creciente  el  ruido  de  los  sables  y  el  tronar 
de  los  cañones,  aun  en  los  cortos  días  de  paz, 
como  en  toda  plaza  fuerte;  y  visto  también  tre- 


298  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


molar  y  alternarse  en  sus  almenas,  entre  el  humo 
de  la  pólvora,  en  medio  de  músicas  marciales  y 
de  himnos  cantados  en  idiomas  diferentes,  ban- 
deras españolas,  británicas,  argentinas,  orientales, 
portuguesas  y  brasileñas  como  si  el  viejo  real  de 
San  Felipe  escondiera  detrás  de  su  coraza  de  gra- 
nito la  llave  de  un  eldorado  prodigioso,  tesoro  de 
los  indomables  nativos  y  codicia  de  los  ejércitos 
aventureros. 


Los  que  buscaban  refugio  en  los  montes  no 
quedaban  exentos  de  peligro. 

En  cambio  de  dominadores  implacables,  de  es- 
pías y  de  infidentes,  á  trueque  de  persecuciones 
tenaces,  de  impuestos  excesivos,  de  vasallaje  ser- 
vil y  de  contingente  de  sangre  en  las  milicias  au- 
xiliares, otro  género  de  azares  y  de  violentas  vi- 
cisitudes aguardaban  á  los  hombres  de  acción  en 
el  seno  de  los  bosques. 

Las  simples  perspectivas  de  la  vida  errante 
con  su  cortejo  de  miserias,  privaciones  y  triste- 
zas infinitas  lejos  de  todo  centro  y  de  todo  goce, 
constituían  ya  de  por  sí  un  grande  horizonte  ne- 
gro, tan  sólo  comparable  con  el  cortinaje  de  la 
selva  á  media  noche.  Lo  incierto  de  su  destino 
tenía  algo  de  armónico  con  los  dramas  ignora- 
dos y  el  misterio  del  bosque.  Entraban  en  sus 
recónditos  y  escondrijos,  á  través  de  profundas 
malezas;  sabiendo  que    al   perturbar    su    soledad 


NATIVA  299 


salvaje  había  de  bramar  celoso  el  tigre,  roncar 
el  puma,  gruñir  el  «  carpincho  »  y  acumularse  en 
círculo  siniestro  los  perros  montaraces,  como  ol- 
fateando buena  presa.  Sabían  también  que  con 
esas  alimañas  hacía  vida  común  otra  bestia  te- 
mible acosada  por  la  insania  de  los  hombres  y 
puesta  al  nivel  de  la  fiera,  como  efecto  lógico 
del  rigor  de  la  pena  y  del  trabajo  esclavo;  me- 
nos libre  que  el  mono  y  el  coatí,  con  la  piel  sa- 
jada por  el  hierro  de  la  afrenta,  descalzo  y  des- 
nudo, sin  un  rayo  de  luz  bajo  su  cráneo  hendido 
ni  un  afecto  dulce  en  su  pecho  lacerado,  el  ojo 
ardiendo  al  calor  de  los  instintos  brutales,  las  na- 
rices como  hornallas  trémulas  y  olfateantes  lo 
mismo  que  las  del  venado  perseguido  por  los  ti- 
ros de  «laques»,  y  el  ánimo  avieso,  capaz  sin 
embargo  del  hecho  digno  y  heroico  por  la  exis- 
tencia libre. 

Y  después  del  negro  cimarrón  y  de  las  luchas 
con  la  alimaña,  el  aislamiento  dentro,  la  ace- 
chanza fuera,  el  rastreo  á  toda  hora,  la  escara- 
muza permanente;  plena  actividad  malgastada  en 
la  plenitud  fisiológica  y  en  el  vigor  de  juventud, 
consecuentes  consigo  mismos,  leales  al  instinto, 
firmes  en  la  acción,  bravos  en  la  pelea,  duros  en 
la  venganza,  estoicos  en  la  muerte. 

Cuando  ese  refugio  de  que  hablamos  era  bus- 
cado tras  una  persecución  tenaz  de  ocho  ó  diez 
contra  uno,  y  llegaba  á  cansársele  el  caballo  al 
perseguido,  antes  que  él  hubiese  concluido  el  tra- 


300  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


yecto  á  recorrer  y  puéstose  encima  del  bosque 
que  debía  servirle  de  asilo,  el  gaucho  altivo  mo- 
ría en  desigual  pelea,  ó  continuaba  su  marcha  á 
pie  hasta  donde  alcanzaban  sus  fuerzas.  El  ojo, 
el  brazo  y  la  astucia  desempeñaban  una  función 
importante.  El  gaucho  que  veía  languidecer  por 
grados  y  caérsele  las  orejas  á  su  cabalgadura, 
que  no  salía  ya  del  trote  apesar  del  rebenque  y 
de  la  «  nazarena  »,  sentía  el  frío  del  desaliento  si 
en  los  contornos  que  su  vista  dominaba  no  dis- 
tinguía siquiera  algún  follaje  espeso — :  generoso 
protector  del  ave,  de  la  fiera  y  del  hombre  des- 
valido. Habituado  desde  niño  á  los  lomos  equi- 
nos, al  punto  de  formar  como  una  parte  inte- 
grante del  corcel  que  con  él  voló  siempre  de  una 
á  otra  zona  en  alas  del  «pampero»,  érale  humi- 
llante y  penoso  encontrarse  de  improviso  á  pie. 
Y,  entonces,  mucho  más  que  ahora;  porque  no 
existían  la  cerca  de  alambre,  ni  el  centro  agrí- 
cola, ni  la  cabana  de  cruzas,  ni  los  transportes 
perfeccionados,  sino  el  campo  libre  sin  trabas  ni 
obstáculos,  el  pastoreo  primitivo  á  la  inclemen- 
cia, con  las  procreaciones  al  acaso,  y  la  «  carreta  » 
como  único  vehículo  de   transporte. 

En  medio  de  tales  circunstancias,  el  «pajonal», 
la  sierra  ó  el  monte  constituían  el  refugio,  la 
lucernita  del  cuento  perdida  en  la  noche,  para 
el  que  se  quedaba  sin  caballo  en  las    soledades. 

Aunque  rehacio  para  peón,  por  sus  mismos 
excepcionales  hábitos,  el  gaucho,  que  había  forta- 


NATIVA  301 


lecido  sus  miembros  domando  potros,  y  que  al 
apearse  ponía  sus  piernas  en  arco  para  no  hin- 
carse con  las  espuelas,  reconocía  en  su  conflicto 
que  ellas  no  servían  solamente  para  oprimir  vi- 
gorosas los  flancos  de  un  «redomón»,  sino  que 
eran  también  bastante  robustas  para  conducirlo 
al  escondrijo  seguro  aunque  estuviese  lejano,  lleno 
de  abrojos  y  de  pinchos,  y  nutrido  de  alimañas. 
Caminaba  al  principio  como  entumecido,  apesar 
de  haberse  quitado  las  rodajas,  colocando  aquí  y 
acullá  la  planta  lo  mismo  que  sienta  un  bisulco 
enfermo  la  pezuña;  y  creíase  «boleado»  según  su 
expresión  pintoresca,  al  trepar  los  barrancos  y 
hundirse  en  las  malezas  hasta  el  cuello.  Pero,  al 
fin  aquellas  piernas  adquirían  flexibilidad  y  po- 
nían en  juego  el  vigor  extraordinario  que  les  ha- 
bía dado  la  costumbre  del  caballo;  al  extremo 
de  que,  el  gaucho  en  estas  condiciones,  derribaba 
á  pie  firme  á  un  toro  de  las  astas,  ó  aguardaba 
sereno  «vichará»  al  brazo  y  puñal  en  mano  el 
salto  terrible  del  yaguareté. 

Ya  en  el  monte,  examinaba  día  á  día  atenta- 
mente las  entradas  y  salidas,  las  «picadas»  si 
existían  algunas,  ó  los  «  potreros  »  en  caso  de  ha- 
berlos, las  sendas  diminutas  en  su  anchura,  cuanto 
serpentales  y  prolongadas  en  su  largo  que  bifur- 
caban y  trifurcaban  en  todas  direcciones;  sendas 
no  menos  trabajadas  que  las  de  la  hormiga  por 
el  capivara,  el  «aguará»,  la  nutria,  el  coatí,  el 
«tucutucu»   ó  por  diversas  aves  de  monte. 


302  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


De  este  estudio  sagaz  y  minucioso,  no  excluía 
los  senderos  abiertos  por  el  ganado  bravio,  que 
figuraban  en  el  mapa  intrincado  del  bosque  como 
grandes  arterias  de  comunicación,  entre  la  orilla 
de  éste  y  la  ribera  ó  escarpa  del  río. 

Tampoco  los  boscajes  infinitos,  cubiertos  de 
enormes  gusaneras,  ni  las  cuevas  hondas  de  la 
barranca  ocultas  por  los  árboles  que  pudiesen 
servir  de  moradas  al  tigre  ó  al  perro  cimarrón. 
Receloso  y  previsor,  levantaba  obstáculos  en  esos 
caminos  secretos,  haciendo  uso  de  los  troncos  y 
de  las  ramas,  de  manera  que  llegara  á  formarse 
una  barrera  insuperable  por  el  vicio  de  la  vege- 
tación arbórea  ayudada  de  las  plantas  parásitas, 
enredaderas  de  campánulas  azules  y  claveles  del 
aire.  Si  era  preciso,  abría  nuevas  vías  á  fuerza  de 
daga  ó  de  «facón»  ó  de  sable,  para  desviar  ó 
torcer  las  antiguas  según  sus  planes;  ya  para 
proporcionarse  él  mismo  las  ventajas  que  el  te- 
rreno ofrecía,  y  acostumbrar  su  caballo  á  un 
rumbo  fijo. 

Herbolario  por  instinto,  observaba  pastos  y 
«  yuyos»,  medicinales  y  alimenticios.  Escribía  sig- 
nos especiales  en  los  troncos  de  árboles  determi- 
nados, para  guiarse;  sin  hacha  ni  sierra,  derribaba 
algunos  para  cruzarlos  de  antemural  donde  lo 
creía  útil,  y  con  la  misma  arma  que  desempeñaba 
el  oficio  de  aquellas  herramientas  y  el  del  pico 
y  la  azada,  cavaba  el  suelo  para  encender  su 
fogón. 


NATIVA  303 


El  «matrero»  ingeniábase  siempre,  en  todas  las 
circunstancias  difíciles  de  su  existencia  azarosa, 
los  medios  de  proveer  á  sus  necesidades  y  de  re- 
solver sus  crisis  y  conflictos  entregado  á  sus  so- 
las fuerzas. 

Si  sufría  males  internos,  suplían  bien  á  ciertos 
medicamentos  la  «márcela»,  la  zarzaparrilla,  la 
salvia,  la  malva,  el  tártago,  el  cardo -santo;  —  si 
padecía  de  la  vista,  curábase  con  hienda  de  lagarto. 

Hacíase  el  corte  del  cabello,  cuando  lo  creía 
conveniente,  á  filo  de  cuchillo;  en  la  forma  misma 
empleada  para  retacear  colas  y  crines  de  «fletes» 
estimados. 

Aplicaba  á  las  úlceras  la  «yerba  de  la  piedra  ». 
Los  baños  en  aguas  cristalinas,  y  de  cierta  vir- 
tud medicinal,  mantenían  su  cuerpo  en  condicio- 
nes higiénicas;  siendo  de  admirar  frecuentemente 
en  el  organismo  de  estos  hombres  la  fortaleza 
primero;  y,  luego,  la  blancura  admirable,  casi 
transparente  de  su  piel.  En  muchos  de  ellos,  como 
prueba  inconcusa  de  origen  puro,  señalabánseles 
en  el  tronco  las  venillas  azuladas  como  vetas  de 
delicado  pincel  en  un  jarrón  de  porcelana.  En 
sus  pies  pequeños  y  perfectamente  modelados, 
apesar  del  uso  de  la  bota  de  potro  y  de  las  gran- 
des «lloronas»,  las  dolencias  pasajeras  eran  poco 
comunes.  A  su  modo,  el  «matrero»  cuidaba  bien 
de  su  persona,  así  como  de  su  noble  compañero, 
el  caballo.  Atendíalo  con  cariño,  ya  se  tratase 
de  la  cojera,  de  la  manquera,  del  haba,  del  casco, 


304  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


de  las  lesiones  hechas  por  el  lomillo,  de  las  he- 
ridas ó  de  sus  males  peculiares. 

Era  flebotomiano,  cirujano,  pedicuro,  rapador, 
sacamuelas,  veterinario,  todo  por  instinto,  por 
necesidad  ó  por  experiencia;  buscando  con  mano 
segura  en  la  naturaleza  agreste  los  recursos  re- 
clamados en  cada  caso,  sin  equivocarse  fácilmente 
en  la  elección.  Aun  para  las  enfermedades  que  re- 
visten formas  y  caracteres  de  cronicidad,  procu- 
rábase medios  eficaces  de  atenuación  empleando 
el  buche  de  «ñandú»,  la  zarza,  la  cepa,  el  «  guay- 
curú  »   y  el   «  cambará  » . 

En  sus  ignorados  escondrijos,  la  astucia  presi- 
día la  vida,  imitando  en  sus  menores  inventos  á 
veces,  la  misma  aparente  ceguedad  del  topo  ó 
del  «tucutucu  »,  cuando  no  la  viveza  del  zorro,  la 
previsión  de  la  nutria  ó  la  sagacidad  del  teru 
para  ocultar  el  lugar  de  su  nido. 

Algunos  boscajes,  dentro  de  la  gran  vegetación 
nutrida  y  al  parecer  sin  otros  senderos  que  los  del 
«  carpincho  »,  el  «  aguará  »  y  el  coatí,  servían  co- 
munmente de  misteriosas  cortinas  á  la  madriguera. 
Allí  construía  su  pequeño  rancho  ó  su  tienda  com- 
puesta de  varas  en  triángulo  revestidas  de  pieles, 
próximo  al  ribazo,  de  modo  que  él  pudiera  escu- 
rrirse hasta  las  aguas  y  azotarse  á  nado  en  caso 
de  peligro  con  idéntica  facilidad  á  la  del  « car- 
pincho » ;  ó  treparse  á  los  árboles  altos  y  que- 
darse inmóvil  cerca  de  su  copa  en  la  silenciosa 
posición  del  «  ñacurutú  »  —  todo  ojos  fosfóricos, 
y  todo  orejas. 


NATIVA  305 


Conocía  así  las  maderas  por  su  clasificación 
indígena,  y  desde  luego  todos  los  árboles  que  le 
prestaban  sombra  y  amparo  ;  las  cortezas,  las  raí- 
ces, las  hierbas  útiles  ó  nocivas,  los  pastos  con- 
venientes á  sus  caballos,  las  «  aguadas  »  buenas, 
los  «  tembladerales  »  de  los  terrenos  bajos  adya- 
centes al  río  y  los  frutos  silvestres  que  podrían 
entretener  sus  hambres  en  las  horas  de  angustia. 

Encuadrado  en  la  naturaleza  virgen  del  suelo, 
sin  rey  ni  ley,  sin  dominar  con  la  mirada  más 
que  perspectivas  agrestes,  este  tipo  especial  de 
nuestra  sociabilidad  embrionaria  endurecía  su 
fibra  bajo  el  sol  del  desierto,  que  tal  era  en- 
tonces el  despoblado,  adquiriendo  ante  las  fuer- 
zas ciegas  del  médium  en  que  se  agitaba  esa  con- 
ciencia de  independencia  individual  y  poder  pro- 
pio que  desenvolvía  en  la  lucha,  tenaz  y  bravo, 
sin  abdicar  jamás  en  absoluto  de  lo  que  él  creía 
su  derecho. 

El  clima  que  nutría  el  germen  del  guayabo, 
del  «  yathay  »  y  del  ombú  para  alzarlos  muy  arriba 
de  modo  que  sus  copas  recibiesen  y  soportasen 
el  empuje  del  «  pampero  »,  era  natural  que  diera 
vida  también  y  la  misma  indómita  energía  al 
hombre  que  debía  ocupar  la  escena  y  reempla- 
zar gradualmente  con  sus  soberbias  heroicas  las 
proezas  salvajes  de  la  tribu. 

En  esa  evolución,  el  chiripá  marcaba  un  punto 

30 


306  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


de  progreso  sobre  el  «  quiapí  ».  La  lanza  susti- 
tuía la  bola  charrúa.  Los  profundos  amores  del 
pago  más  egoístas  y  conscientes,  y  una  concep- 
ción de  la  patria  menos  oscura  que  la  pasión 
sensual  por  la  tierra,  fanatismo  ciego  del  bár- 
baro, establecían  una  línea  divisoria  entre  las 
tendencias  del  aduar  ó  la  toldería,  y  los  impul- 
sos definidos  de  los  criollos. 

Por  eso,  mientras  la  tribu  salvaje  continuaba 
en  el  mismo  ser  apesar  de  los  siglos  transcurri- 
dos, limitándose  á  mudar  de  campo  cuando  le 
convenía,  sin  preocuparse  de  la  sociabilidad  nueva 
que  iba  desenvolviéndose  á  su  alrededor,  siem- 
pre indómita  y  cerril,  los  criollos,  los  zambos, 
los  cambujos  y  aun  los  negros  obluctaban  den- 
tro de  la  misma  esfera  de  actividad  hacia  el  cam- 
bio, contaminados  por  la  fiebre  revolucionaria  y 
obedeciendo  espontáneamente  á  las  corrientes  de 
la  nueva  vida. 

Un  ejército  aventurero  seguía  á  otro  en  la  po- 
sesión del  territorio;  y,  en  tanto  el  cacique  cha- 
rrúa continuaba  moviéndose  de  aquí  para  allá 
rehacio  á  toda  obediencia  pasiva,  irritándose  única- 
mente cuando  lo  amenazaban  de  cerca,  lo  mismo 
que  se  irrita  el  toro  á  quien  se  pretende  castigar 
fuera  del  rodeo,  —  los  mestizos  ó  «  tupamaros  » 
con  una  conciencia  formada  de  su  poder  y  de  su 
derecho,  refugiábanse  en  los  montes  buscando  la 
cohesión  por  afinidades  reales,  á  la  espera  de  la 
lucha. 


NATIVA  30" 


Sin  embargo  de  todo  esto,  la  tribu  salvaje  y 
la  hueste  semi  -  bárbara  concurrían  por  medios  di- 
versos á  arraigar  en  el  conjunto  el  mismo  sen- 
timiento de  independencia  individual  y  local.  El  del 
cacique  era  hijo  de  la  soberanía  del  desierto ;  el 
del  caudillo,  del  prestigio  del  pago  en  consorcio 
con  la  soberbia.  Y  fué  del  seno  de  los  bosques 
en  los  tiempos  aciagos,  que  surgieron  los  caudi- 
llos más  intrépidos,  de  la  propia  hechura  del  «  ma- 
trero »,  como  exceso  de  savia  de  una  naturaleza 
pródiga  que  daba  el  valor  á  los  hombres  en  la 
misma  medida  que  la  audacia,  por  motivo  igual 
que  daba  dureza  y  gigantesca  talla  al  ombú,  al 
guayabo  y  al  «  yathay  »,  ¡Eran  todos  frutos  del 
clima,  y  prole  del   «  pampero  »  ! 

Decíamos  que  el  tipo  errante  se  identificaba 
en  cierto  modo  con  la  naturaleza  virgen  y  que 
era  el  suyo,  propiamente,  el  aliento  de  las  sole- 
dades. Debemos  agregar  ahora,  que,  estaba  lejos 
de  ser  en  la  mayoría  de  los  casos  un  «  cuatrero  », 
un  contrabandista  ó  un  delincuente  común  sujeto  á 
serias  responsabilidades  penales:  hombres  hones- 
tos y  Jabonosos  veíanse  obligados  á  sobrellevar 
esa  vida,  ya  porque  los  odios  de  pago  no  les 
permitían  mantenerse  en  sus  hogares,  ya  porque 
la  persecución  oficial  colocábalos  en  el  mismo  ex- 
tremo de  abandonar  por  tiempo  indefinido  fami- 
lias ó  intereses,  no  quedando  al  fin,  de  sus  bie- 
nes en  la  ausencia,  casi  siempre,  sino  « taperas » 
y  campos  desolados. 


308  E.    A  CE  VEDO   DÍAZ 


Estos  hombres  constituían  centros  ó  núcleos 
en  sus  asilos  agrestes,  recibían  auxilios  y  recur- 
sos de  los  vecindarios  y  proporcionábanse  aque- 
llos cortos  goces  que  el  principio  de  asociación 
podía  ofrecerles  en  su  aislamiento.  Organizaban 
hábilmente,  como  conocedores  del  terreno,  sus  em- 
presas y  expediciones;  todos  para  uno,  agrupá- 
balos valientes  el  peligro,  combatían  con  es- 
píritu de  cuerpo  y  vencían  muchas  veces,  expo- 
niéndose en  luchas  desventajosas  cuyo  .  éxito 
dependía  de  la  intrepidez  y  de  la  audacia. 

Las  partidas  exploradoras  sabían  no  obstante 
á  qué  atenerse,  aun  cuando  consiguieran  el  triunfo 
en  este  género  de  combates  oscuros. 

De  ahí  que  se  pasaran  largos  días  tranquilos, 
en  una  como  existencia  contemplativa,  endulzán- 
dose las  horas  con  el  juego,  la  guitarra,  el  canto 
y  el  baile  cuando  la  oportunidad  se  ofrecía  y  no 
había  de  apagar  los  candiles,  en  alguna  población 
solitaria,  el  asalto  imprevisto  de  la  tropa. 

A  la  música  ora  alegre  ó  melancólica  de  aquel 
instrumento  hecho  nacional,  servía  de  letra  en 
décimas  ó  quintillas  la  inspiración  nativa.  El  nu- 
men poético  se  excitaba  fácilmente  ante  los  cua- 
dros y  espectáculos  de  cada  día ;  la  materia  prima, 
la  fuente  originaria  de  la  trova  sentimental  ó  de 
los  asonantes  de  gracia,  estaba  en  la  imaginación 
ardorosa  y  vivaz  de  los  que  asimilaban,  asocia- 
ban, comparaban  y  diluían  pensamientos,  y  aun 
sentencias  verdaderas,  en  presencia  de  las   fuer- 


NATIVA  309 


zas  ciegas  y  de  las  pasiones  palpitantes  del  de- 
sierto. Por  eso,  en  las  cantigas  criollas  entona- 
das entre  flores  de  ceibo  y  de  chirimoyo,  agrestes 
y  viriles,  ó  nacidas  á  la  sombra  del  coronilla  ó  del 
«  quebracho  rojo  »  —  tales  cuales  nacen  y  se  ele- 
van las  guías  del  clavel  del  aire,  —  nótase  algo 
del  concierto  de  la  selva,  ecos  de  cardenal  y  de 
calandria  confundidos  con  rumor  de  hojas.  Las 
cuerdas  de  la  guitarra  al  gemir,  bien  simulaban  el 
estridular  de  élitros.  El  sentimiento  estético  del 
«matrero»  bajo  esa  faz,  estaba  en  relación  con 
las  impresiones  del  medio  ambiente ;  y  el  vuelo 
de  sus  ideales  no  iba  más  allá  de  las  parásitas 
que,  después  de  acariciar  las  copas  de  los  gran- 
des vegetales,  asomaban  tímidamente  uno  que  otro 
extremo  de  sus  guías  por  encima  de  aquéllas  — 
como  una  muestra  de  la  feracidad  del  suelo  y  de 
la  bondad  del  clima.  Estas  estrofas  de  trovador 
de  pago  ó  de  bardo  errante,  repetidas  de  monte 
en  monte  y  de  sierra  en  serrezuela,  debían  sin 
embargo  dar  el  tono  y  el  aire  original  á  la  poe- 
sía patriótica.  Cantábase  al  amor  y  á  la  patria 
por  arranque  espontáneo,  como  si  esos  dos  sen- 
timientos elevados  se  resumiesen  en  un  solo  ideal 
y  constituyeran  á  falta  de  ideas  maduras,  la  base 
de  la  iniciativa  y  la  causa  ocasional  del  esfuerzo 
en  todo  sacrificio. 

Verdad  era  que  los  hombres  de  que  hablamos 
vivían  de  instintos  y  de  pasiones,  llevadas  casi 
siempre  al  fanatismo ;  pero,  en  los  tiempos  de  lu- 


310  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


cha,  son  las  pasiones  y  los  instintos  generosos 
los  que  abren  el  camino  á  las  ideas.  Eran  tam- 
bién esas  propensiones  originarias  y  esos  impul- 
sos irreductibles  hacia  el  cambio,  los  que  debían 
acentuar  la  índole  y  el  espíritu  de  una  sociabi- 
lidad nueva.  Poeta  y  cantor  á  su  manera,  el  «  ma- 
trero t>  con  el  oído  á  todos  los  sones  dulces  de 
la  floresta,  atento  al  ritmo  de  las  ramas  y  de  las 
aguas,  en  constante  diálogo  con  la  naturaleza  que 
lo  rodeaba  por  doquiera  con  sus  halagos  silves- 
tres, al  alzar  sus  cantigas  de  regocijo  ó  de  tris- 
teza levantaba  la  nota  de  sus  ensueños,  —  la  ex- 
presión de  sus  anhelos  íntimos,  —  en  contraste  apa- 
rente con  sus  actos  de  violencia,  su  vida  de 
aventuras  y  la  crueldad  de  su  valor  vencedor  en 
medio  de  románticos  denuedos. 

Esos  desahogos  poéticos  con  la  flor  en  los  la- 
bios y  la  mirada  errabunda,  denunciaban  con  la 
pasión  por  la  tierra  lo  incierto  de  su  destino. 

Amaban  una  existencia  libre  que  tuviese  al- 
guna semejanza  con  aquella  de  los  bosques;  de 
ahí  sus  fierezas,  más  que  desobediencias  calcu- 
ladas. 


Reunidos  cinco  ó  seis  donde  la  suerte  los  acer- 
caba, el  vínculo  de  la  fraternidad  en  la  desgra- 
cia hacía  el  resto.  Establecían  un  centro  común. 
Daban  al  albergue  el  ensanche  necesario,  subdi- 
vidiéndolo  á  veces ;  dividían  con  equidad  el  tra- 


NATIVA  311 


bajo,  asignándose  cada  uno  por  sí  mismo  las  fun- 
ciones propias  á  su  peculiar  destreza ;  su  mesa 
redonda  era  un  solo  vivac,  á  cuya  llama  retem- 
plaban sus  cuerpos  en  los  días  fríos  —  si  vivac 
pudiera  llamarse  un  hogar  encendido  debajo  de 
tierra,  con  espacio  suficiente  el  agujero  para  con- 
tener un  buen  número  de  troncos  en  fragmen- 
tos, de  modo  que  sirviese  de  cocina  ó  de  estufa. 
Esa  abertura  se  cubría  con  ramas  gruesas,  que 
á  su  vez  hacían  el  oficio  de  trébedes  y  susten- 
taban la  olla  ó  la  caldera,  precaviéndose  así  que 
el  resplandor  denunciase  desde  lejos  el  lugar  del 
asilo. 

Estas  tertulias  se  amenizaban  con  relatos  de 
amoríos  y  de  guerras,  alternados  con  conciertos 
de  guitarra  y  canto. 

Allí  entre  los  ceibos  de  acorchada  madera  y 
encendidas  flores,  espinosos  « talas  »,  sombríos  «  ma- 
taojos  »  y  «  blanquillos  »,  en  cuyas  ramas  se  man- 
tenían inmóviles  el  lechuzón  y  la  coruja,  como 
atraídos  por  los  acordes  y  las  voces,  reprodu- 
cíanse en  toda  su  originalidad  muy  diversas  es- 
cenas de  la  vida  criolla. 

El  mate  -  cimarrón  cerca  del  fuego,  á  cualquier 
hora,  en  círculo,  hasta  que  la  yerba  perdía  el 
gusto  y  el  color  —  pasándose  de  mano  en  mano 
la  calabaza  como  un  objeto  precioso  que  ence- 
rrase el  secreto  de  la  alegría ;  el  asado  con  cuero, 
el  matambre  ó  el  sabroso  costillar  desnudo  en- 
sartado en    una    baqueta   de   tercerola    ó    en    un 


312  E.   ACEVED0  DÍAZ 


tronco  aguzado,  á  un  lado  del  fuego,  de  modo 
que  goteando  se  dorase  al  calor  lento  sin  perder 
la  esencia  de  su  pringue  y  de  su  jugo;  el  «pe- 
ricón »  improvisado,  simulándose  con  los  pañue- 
los la  asistencia  de  las  compañeras,  á  pocos  pa- 
sos del  fogón,  adunándose  al  tañer  de  las  gui- 
tarras el  chis -chas  de  las  espuelas;  el  juego  de 
la  «taba»  en  animado  y  ruidoso  grupo,  intere- 
sándose con  fragmentos  de  tabaco  en  rollo  ó 
cigarros  la  partida ;  el  recitado,  los  cantos  de  los 
«  payadores  »,  en  disputa  sobre  la  mayor  ó  me- 
nor habilidad  de  cada  uno  para  improvisar,  fuese 
por  «  cifra »  ó  de  otra  manera  ;  la  matanza  de 
la  res  brava  dentro  del  potril  ó  en  la  orilla  del 
monte,  en  su  caso,  cogida  á  «  lazo  »  por  la  corna- 
menta ó  á  «pial»,  ó  con  un  tiro  de  «boleado- 
ras »  ;  la  domadura  de  potros  en  la  zona  despe- 
jada, cuando  era  amplia,  y  el  adiestramiento  de 
los  mismos  ya  domesticados,  para  la  vida  del 
monte  — en  cuyos  ejercicios  sufrían  duras  leccio- 
nes la  cabeza,  las  narices  y  los  lomos  de  los  no- 
bles animales:  éstos  y  otros  cuadros  originales  y 
pintorescos  desenvolvíanse  y  pasaban  como  en  un 
diorama  á  través  del  follaje  en  el  misterio  de  la 
selva. 

No  obstante,  no  todos  los  matreros  se  asocia- 
ban en  comunidad  y  construían  sus  toscas  habi- 
taciones, poniendo  en  juego  los  recursos  de  su 
ingenio. 

Los  había  también    solitarios,    chucaros    y    sin 


NATIVA  313 


hábitos  de  trabajo,  aún  para  proporcionarse  al- 
gunas comodidades  pasajeras. 

En  esto  mismo,  el  «  matrero  »  de  tales  aptitu- 
des copiaba  á  la  naturaleza,  buscando  buenos 
modelos. 

En  las  selvas  de  otras  regiones  más  cercanas 
al  trópico,  vive  un  pájaro  de  un  plumaje  azul 
sombrío,  de  un  canto  hermoso  de  diversos  tonos, 
llamado  «  Morajú  »  ;  el  cual  nunca  fabrica  nido, 
ni  se  preocupa  de  dar  de  comer  á  sus  hijuelos. 
La  hembra  aova  generalmente  en  los  nidos  de 
las  «  cachuas  »,  si  los  hay  próximos,  y  sino,  en 
otros  de  los  que  se  denominan  «  rastreros  ».  Las 
piadosas  «  cachuas  »  alimentan  á  los  pichones  gran- 
des y  voraces,  aun  cuando  no  han  salido  de  sus 
huevos,  adoptándolos  así  amantes,  como  miem- 
bros de  sus  pequeñas  familias. 

Bajo  nuestro  clima,  críase  otra  ave  de  color 
negro  tornasolado,  cuyo  canto  dulce  cautiva,  y 
que  como  el  «  Morajú  »  no  construye  vivienda. 
Su  compañera  busca  siempre  aovar  en  el  nido 
de  las  «horneras»,  sin  duda  más  abrigado  y  só- 
lido que  el  de  otras  avecillas,  aunque  no  tenga 
su  puerta  ó  entrada  hacia  donde  nace  el  sol.  Ese 
pájaro  es  el  tordo,  —  el  «  Morajú  »  de  los  bos- 
ques paraguayos  y  correntinos.  Cuando  le  es  for- 
zoso violar  el  domicilio  y  sustentarse  en  él  no 
encontrando  en  las  «  horneras  »  la  amistosa  tole- 
rancia que  la  vizcacha,  el  zorro  y  el  hurón  dis- 
pensan á  las  lechuzas  en    sus    cuevas,    hace   uso 


314  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


de  sus  garras  y  agudo  pico  hasta  usurpar  al 
propietario  la  pacífica  posesión  de   su    domicilio. 

Algo  parecido  hacía  el  «matrero»  de  la  clase 
á  que  nos  referimos. 

No  construía.  Buscaba  en  cambio  su  albergue 
en  sitios  á  cubierto,  preparados  por  las  bestias  á 
fuerza  de  instinto,  de  garra  y  de  tesón.  Acechaba 
y  perseguía  al  puma  y  al  tigre,  cuyas  cuevas  ó 
cavernas  le  interesaban  por  la  situación,  topográ- 
fica y  el  secreto  del  escondite.  En  lucha  con  una 
ú  otra  alimaña,  y  merced  al  « lazo  »  ó  al  trabuco, 
concluía  por  vencerlas;  ocupaba  entonces  la  gua- 
rida, mejorándola  en  parte;  y  en  ella  veía  trans- 
currir sus  horas  solitarias. 

Este  sub- género  ó  variedad  del  tipo,  arisco, 
indómito,  con  propensiones  naturales  al  delito  por 
herencia  y  cuya  crueldad  de  instintos  no  se  di- 
ferenciaba mucho  de  la  índole  feroz  de  otros  ha- 
bitantes inferiores  del  monte,  era  como  el  fan- 
tasma negro  de  los  vecindarios  pacíficos  por  su 
perversidad  y  osadía. 

Renació  al  avenimiento  con  los  «  matreros  >  de 
buen  origen,  buscaba  sus  iguales,  ó  vivía  solo  en 
madrigueras  desconocidas,  en  lucha  constante  con 
los  elementos  y  los  hombres. 

Verdad  que  estos  montaraces  replegábanse 
como  las  fieras  á  lugares  muy  apartados,  conven- 
cidos de  que  los  que  «  por  necesidad »  llevaban 
su  existencia,  eran  también  sus  enemigos  y  no 
les  toleraban  cerca,  acosándoles  con  el  mismo  ri- 
gor que  aquéllos. 


NATIVA  315 


Los  «  matreros  »  de  esa  índole,  eran  los  menos  • 
criminales  comunes  y  desertores  de  la  tropa  de 
línea  extranjera,  sobre  los  cuales  pesaba  una  con- 
denación á  muerte.  Empedernidos  é  inabordables, 
la  bestialidad  de  sus  actos  los  hacía  odiosos,  al 
punto  de  que  todos  se  armaban  contra  ellos,  co- 
locándolos al  nivel  de  los  perros  cimarrones. 

Dábanles  albergue  los  montes  al  norte  del  Ne- 
gro, inexplorados  y  siniestros.  El  «sombra  de 
toro »  y  el  « guabiyú »  servían  de  techo  á  sus 
guaridas;  hacían  sus  salidas  sigilosas  para  avan- 
zar las  poblaciones  por  la  noche;  mataban  á  ve- 
ces «por  lujo»,  como  una  proeza  indispensable  á 
su  renombre  sin  fijarse  en  edad,  ni  sexo ;  voltea- 
ban las  reses  al  solo  objeto  en  ocasiones  de  arran- 
carles las  lenguas  ó  de  cortar  la  parte  del  cos- 
tillar de  arriba,  según  estilo  del  salvaje,  dejando 
el  resto  de  las  carnes  para  festín  de  los  pumas; 
derribaban  las  palmeras  más  enhiestas  por  el  solo 
placer  de  comerse  los  cogollos  tiernos,  y  cruza- 
ban luego  los  troncos  por  delante  de  los  sende- 
ros del  interior  del  monte,  á  fin  de  que  en  ellos 
se  aglomerasen  las  parásitas  en  enormes  trenzas 
de  guías  y  cubriesen  los  claros  importunos. 

No  pocos  de  estos  hombres  enseñaban  en  sus 
cuerpos  multitud  de  cicatrices,  huellas  indelebles 
de  bala,  de  lanza,  de  «facón»  y  aun  de  garras 
de  yaguareté  —  signos  inequívocos  de  su  valor  y 
tabla  irrecusable  de  sus  anales  sombríos.  Ya  uno, 
dejado  como  muerto  con  seis  ú  ocho  heridas,  des- 


31(>  E.   ACEVED0   DÍAZ 


pues  de  un  combate  desesperado,  habíase  arras- 
trado hasta  el  monte  envuelto  en  un  sudario  de 
sangre;  ora  aquel,  había  burlado  á  su  enemigo 
merced  al  nudo  del  pañuelo  que  llevaba  ceñido 
al  pescuezo,  cuando  en  la  noche  oscura  y  den- 
tro de  un  pajonal  silbando  todavía  las  balas,  pa- 
sóle rápido  el  cuchillo  por  la  garganta;  ya  el 
otro,  que  había  sido  fusilado  sin  proceso  ni  sen- 
tencia en  una  tarde  de  invierno  por  un  destaca- 
mento que  sólo  á  eso  se  detuvo  en  su  marcha 
precipitada,  á  la  orilla  de  un  barranco,  recibiendo 
en  pos  de  la  descarga  un  culatazo  que  dio  con 
su  cuerpo  en  el  fondo,  tuvo  en  noche  cruda  por 
ángel  y  amparo  una  mujer  que  con  ayuda  de 
otras  lo  arrastró  hasta  su  rancho,  casi  mori- 
bundo .... 

Lúgubres  historias  las  de  estos  seres  deformes, 
que  más  tarde  solían  sucumbir  como  héroes  en 
lucha  santa  confundidos  en  la  hueste  batalladora, 
sin  haber  perdido  uno  solo  de  sus  instintos  in- 
domables ! 


Inicióse  para  Luis  María,  ya  que  no  para 
Cuaró,  en  un  monte  escondido  por  las  asperezas 
del  terreno,  flanqueado  á  intervalos  por  valles  hú- 
medos con  su  manto  de  cortaderas  y  « caragua- 
taes »  y  sus  legiones  de  patos  salvajes,  un  nuevo 
género  de  aventuras,  y  una  existencia,  de  cuyo 
fondo  y  detalles  hemos  dado  una  síntesis,  po- 
niendo de  relieve  sus  formas  más  interesantes. 


NATIVA  317 


Una  serie  de  cerrillos  coronaba  el  lado  opuesto 
sirviendo  de  antemural  al  monte,  de  cuyas  cum- 
bres en  medio  de  sepulcral  silencio  bajaban  ro- 
dando á  ciertas  horas  con  estrépito  enormes  pe- 
druscos  hasta  reunirse  con  las  que  en  el  bajo 
formaban  como  una  barrera. 

Las  aguas  de  las  vertientes  desviándose  en 
parte,  corrían  á  lo  largo  de  aquella  cadena  *  de 
rocas  y  por  hondas  sajaduras  bordeadas  de  ar- 
bustos espinosos,  iban  á  engrosar  el  cauce  del 
fuerte  arroyo  oculto  por  grandes  festones  de 
vegetación   indígena. 

Hacia  el  centro,  al  comienzo  de  un  valle,  el 
monte  espeso  y  nutrido  se  dilataba  en  el  terreno 
firme,  alejándose  un  centenar  de  metros  de  la 
cuenca. 

Dos  «picadas»  estrechas,  obras  exclusivas  del 
ganado  vacuno,  conducían  á  la  orilla,  en  cule- 
breo entre  los  «talas»,  «blanquillos»  y  «  matao- 
jos».  Un  sitio  descubierto  encima  casi  del  ribazo, 
del  que  apenas  lo  separaba  una  línea  de  árboles 
juntos  y  enredados  por  sus  ramas  en  gruesas  re- 
des, constituía  como  un  potril  de  pastos  de  en- 
gorde, por  lo  que  sin  duda  los  novillos  habían 
abierto  un  sendero  corto,  ligándolo  con  la  pri- 
mera  «picada». 

Allí  fué  donde  creyó  Cuaró  debían  instalarse 
por  algunos  días,  hasta  adquirir  noticias. 

Al  efecto,  improvisaron  con  grandes  gajos  y 
pieles  su  alojamiento,  poniendo  en  ello  Esteban 
toda  su  práctica  é  ingenio. 


318  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Los  lugares  escogidos  no  podían  ser  más  apro- 
piados para  evitar  toda  sorpresa;  y  siéndoles  muy 
agradable  darse  alguna  semana  de  reposo,  toma- 
ron posesión  del  sitio  ó  escondrijo  con  la  mayor 
tranquilidad   de  espíritu. 

En  la  noche  de  ese  día  se  durmieron  tan  pro- 
fundamente, que  sus  cuerpos  presentaban  la  in- 
movilidad de  los  troncos. 

Cuando  Luis  María  abrió  los  ojos,  el  sol  bañaba 
el   «potrero»   con  intenso  resplandor. 

Ese  y  otros  días  fueron  de  faena  y  de  excur- 
siones, dándose  recién  entonces  Berón  exacta 
cuenta  de  lo  que  era  en  todo  su  colorido  la  agi- 
tada vida  del   «matrero». 

Poco  sin  embargo,  habría  sido  pasar  semanas 
y  aun  meses,  —  como  llegaron  á  transcurrir,  —  sin 
otra  morada  que  el  bosque,  si  el  peligro  no  hu- 
biese venido  á  comprometer  seriamente  más  de 
una  vez  la  situación  de  sus  huéspedes. 

La  vigilancia,  desde  el  principio,  llegó  á  ser 
para  ellos  una  segunda  actividad  fatigosa.  Du- 
rante el  día  recorrían  determinada  zona,  en  los 
contornos,  recogiendo  datos  en  los  ranchos,  casi 
siempre  vagos  y   oscuros. 

De  cuando  en  cuando  los  vecinos  pacíficos,  co- 
munmente hombres  y  mujeres  viejos,  decíanles 
que  habían  visto  cruzar  partidas  armadas;  y  que 
se  precaviesen .... 

Por  la  noche,  alternábanse  en  el  acecho  hasta 
cierta  hora,  ya  en  lo  alto  de  un   «molle»,  ya  en 


NATIVA  319 


la  intersección  de  los  senderos;  y  cuidaban  de 
apagar  temprano  el  fogón  encendido  bajo  el  ni- 
vel del  suelo,  á  media  vara  de  profundidad  por 
lo  menos,  de  modo  que  su  claridad  no  fuese  per- 
cibida á  la   distancia. 

A  algunas  cuadras  del  monte,  y  en  sitios  donde 
el  terreno  presentaba  menos  escabrosidades,  y 
sólo  una  sucesión  de  «cuchillas»  poco  rugosas, 
existía  el  rancho  de  Ladislao,  —  un  « matrero  » 
que  lo  habitaba  por  horas,  y  por  días  á  veces, 
retirándose  luego  al  bosque  con  su  mujer  Mer- 
cedes. 

En  oportunidades  de  encontrarse  los  dos  en 
aquella  choza  mísera,  —  sin  otros  accesorios  que 
una  huerta  raquítica,  un  árbol  descuidado  y  una 
enramada  pequeña  en  esqueleto,—  Luis  María  y 
Cuaró  se  habían  acercado  y  conversado  con  ellos. 

Ladislao  era  un  mocetón  del  pago,  y  por  lo 
mismo  baqueano  y  experto.  De  sus  reducidos  bie- 
nes, quedábanle  únicamente  algunas  yeguas  aris- 
cas, pocas  docenas  de  ovejas  y  una  piara  de  cer- 
dos, sueltos  y  casi  cimarrones,  por  falta  de  cui- 
dado. Lo  demás,  había  sido  consumido  ó  arreba- 
tado por  portugueses  y  brasileños  en  menos  de 
un  año. 

Contóles  Ladislao  sus  trabajos,  y  las  causas  que 
tenía  para  buscar  con  tanta  frecuencia  refugio  en 
el  monte.  Había  sido  de  los  últimos  en  dejar  á 
Artigas,  y  de  los  primeros  en  no  plegarse  á  Fru- 
tos, cuando  éste  se  adhirió  á  la  causa  de  los  ven* 


320  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


cedores.  Purgaba  esta  falta  hacía  tiempo,  viviendo 
á  salto  de  mata ;  pues,  aunque  durante  meses  ha- 
bían como  olvidado  aquel  pago  las  partidas,  re- 
comenzaban ahora  á  cruzar  sin  miedo,  echando 
mano  de  lo  que  veían    á  su   antojo. 

Según  decían,  traían  también  orden  de  «  arrear  » 
con  todos  los  « vagos  y  matreros  »  hasta  el  cam- 
pamento de  Frutos;  y,  con  particularidad,  á  aque- 
llos que  no  lo  habían  seguido. 

Como  estas  entrevistas  con  Ladislao  solían  re- 
novarse con  bastante  frecuencia,  supo  por  él  otra 
tarde  Luis  María,  que  don  Leonardo  de  Olivera 
había  disuelto  su  gente  en  el  río  Negro,  y  so- 
metídose  á  la  autoridad  de  Lecor;  y  que  esta  no- 
ticia la  tenía  por  conducto  de  un  portugués  Pon- 
tecorbo,  quien  en  busca  de  cueros  y  cerdas,  lle- 
gábase muchas  veces  á  su  rancho,  en  camino  para 
la  villa  de  San  Pedro. 

Afirmaba  el  sujeto  ése,  que  en  marchas  forza- 
das Alvarez  de  Olivera,  rumbos  al  Negro  en 
busca  del  revolucionario  don  Manuel  Duran  que 
por  esos  pagos  merodeaba  con  un  grupo  de  hom- 
bres mal  armados,  había  realizado  al  fin  la  jun- 
ción con  éste  en  el  Durazno;  y,  que  después  de 
mantenerse  firmes  largos  días,  sin  permitir  que 
se  apartasen  mucho  de  su  campo  los  destacamen- 
tos de  Lecor,  habían  concluido  por  «largar  la 
gente»,  dando  así  lugar  á  que  las  partidas  pu- 
dieran atravesar  con  seguridad  por  todos  los  dis- 
tritos. 


NATIVA  321 


Aunque  de  origen  sospechoso,  no  dejó  de  im- 
presionar al  joven  patriota  la  noticia. 

¿Era  posible  que  hubiera  cesado  ya  toda  re- 
sistencia, cuando  empezaba  recién  él  á  pelear  y 
á  ungirse  en  el  sacrificio,  á  probar  su  amor  por 
la  redención  de  su  tierra,  y  á  sufrir  los  rigores 
que  todo  ideal  impone  á  quien  le  rinde  ferviente 
culto  y  anhela  convertirle  en  una  realidad  lumi- 
nosa? No  debía  aquello  ser  cierto!.  .  .  .  Salvo  que 
algunos,  que  no  alcanzaban  á  la  talla  de  los  que 
con  él  se  habían  batido,  hubiesen  entregado  la 
patria  al  extranjero  en  cambio  de  un  título  de 
conde  ó  de  marqués,  ya  que  no  de  una  orden 
cualquiera  pensionada. 

En  sus  puros  ensueños  de  juventud,  figurábase 
todo  esto  como  una  monstruosidad.  Mientras  que 
él  había  abandonado  con  el  cariño  de  los  suyos 
las  comodidades  del  hogar  y  las  esperanzas  de 
un  porvenir  risueño,  para  exponer  la  vida  en  los 
combates  ó  arrastrarla  luego  en  tristes  peregri- 
naciones, —  sin  el  pobre  consuelo  de  ser  compren- 
dido y  estimado,  —  otros  que  solóse  agitaban  para 
la  adulación  cortesana  y  la  intriga,  vendían  al 
«  vil  precio  de  la  necesidad »  ó  de  sus  febriles 
ambiciones,  con  su  honra  y  su  prestigio,  la  glo- 
riosa herencia  de  una  generación  valiente!  Eso 
hería  sus  elevados  sentimientos,  y  no  tenía  cabida 
en  su  criterio  lúcido.  No  sabía  cómo  pensarían 
sus  compañeros;  pero,  probablemente  sería  lo 
mismo.  Por  un  fenómeno  natural  en  los  tempe- 
21 


322  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


ramentos  fuertes,  nacidos  para  la  lucha,  sintióse 
con  más  ánimo  —  aun  en  medio  de  la  duda  — 
para  perseverar  en  la  empresa;  solo,  sin  ayuda 
de  poderosos,  con  esa  fe  profunda  que  no  des- 
maya aun  cuando  cien  hostilidades  reunidas  se 
opongan  al  intento. 

¿Qué  importaban  los  triunfos  efímeros  de  las 
malas  causas  ante  esa  fibra  que  resiste  á  todos 
los  halagos  y  seducciones,  como  una  protesta  vi- 
ril contra  la  cobardía  y  la  traición  ?  Al  vibrar  en 
su  propio  ser,  bien  sabía  él  que  su  dureza  era  na- 
tural en  los  que  habían  visto  la  luz  bajo  el  mismo 
clima.  Entonces  su  ideal  era  robusto  como  un 
ombú,  porque  era  el  ensueño  del  pago  y  la  as- 
piración común  de  su  tierra:  —  la  libertad,  en 
hombros  de  la  soberbia  nativa.  ¡  El  porvenir  per- 
tenecía á  los  fuertes! 

Así  pensando,  sentado  en  un  tronco  caído,  la 
tarde  misma  en  que  tales  noticias  recibiera  y  mien- 
tras Cuaró  ensartaba  en  el  asador  un  trozo  de 
vaquillona,  y  el  liberto  reanimaba  el  fuego  arri- 
mándole ramas  gruesas,  sorprendióle  á  Berón  la 
aparición  de  Ladislao  en  la  encrucijada,  en  donde 
se  apeó. 

Después  de  asegurar  su  tordillo  negro  por  el 
cabestro  de  un  árbol,  vínose  á  prisa,  llevóse  para 
saludar,  la  mano  al  sombrero  por  la  nuca,  dando 
las  « buenas  tardes  de  Dios » ;  y,  deteniéndose  á 
algunas  varas,  púsose  en  cuclillas  mirando  á  otro 
lado  como  distraído,  y  dijo  con  calma: 


NATIVA  323 


—  Andan  á  tiro  de  bolas  los  portugos,  y  muy 
entonaos.  ...  ¡no  se  descuide! 

—  ¿Tan  cerca? 

—  Parece  asina.  .  .  . 

Cuaró  aproximándose,   preguntóle  muy  grave: 

—  ¿Qué  bombeó,  aparcero? 

—  Rabudos,  —  dijo  Ladislao,  escupiendo  con  los 
labios  fruncidos. — Quieren  venirse  al  humo.  Cuenta 
Cresencio,  el  mozo  de  la  estancia  del  Arrayán, 
que  es  baquianazo  en  el  pago,  que  á  cosa  de  la 
siesta  estando  él  arrocinando  un  redomón,  vido 
cruzar  rumbo  á  las  puntas  una  partida  de 
lanza ....  De  aquí  á  las  puntas  haberá  dos  leguas 
cortitas.  Cresencio  los  bicheó  de  goloso;  y  como 
acampasen,  se  volvió  de  un  tirón  á  avisarme  que 
cuidase  de  la  osamenta.  ,  .  . 

Por  eso  he  venido  de  un   galopito. 

—  Gracias,  Ladislao.  ¡Trataremos  de  recibirlos 
bien! 

—  Mire,  amigo,  —  añadió  el  matrero,  interrum- 
piendo á  Luis  María,  —  dejé  sola  á  la  mujer  en 
el  rancho;  y  como  quiera  que  las  piedras  rodando 
se  juntan,  me  voy  ya  á  buscarla,  y  de  aquí  á  un 
ratito  estoy  de  güelta  con  el  carguero. 

—  Venite,  y  los  peleamos  lindo,  —  repuso  Cuaró. 
—  Ya  mesmo.  Soy  baqueano  en  toda  la  costa 

del  arroyo,  dende  las  puntas  al  río,  .  .  .  ¡Cuando 
enderezemos,  ni  el  rastro !  Si  se  ofrece,  con  poner 
cara  ñera  está  todo  listo. 

Esto  diciendo,  Ladislao  se  fué. 


324  E.   ACEVED0  DÍAZ 


Ladislao  era  un  criollo  de  tez  morena,  pálido, 
casi  lívido  y  ojos  verdes,  bien  adornados  de  cejas 
y  pestañas  muy  negras.  Alto,  membrudo,  desen- 
vuelto y  ágil,  tan  gran  ginete  como  «matrero», 
completaba  su  plenitud  fisiológica  una  astucia  de 
zorro  y  una  osadía  que  sólo  da  la  costumbre  del 
peligro. 

Mercedes,  su  compañera,  constituía  todo  su 
consuelo;  era  ella  quien  retemplaba  su  fibra  en 
la  lucha  cruda  y  hacíale  amar  la  existencia.  En 
las  horas  amargas  ¿qué  luz  más  hermosa  que  su 
cariño? 

Lo  duro  de  su  destino  reservábale  sin  embargó, 
esa  misma  tarde  una  prueba  dolorosa.  .  .  . 

Cuando  salió  de  la  picada,  avanzaba  ya  el  sol 
á  su  ocaso. 

El  valle,  las  lomas,  el  monte  en  todas  las  le- 
janas perspectivas  que  la  vista  dominaba,  apa- 
recían desiertos. 

Arrimó  entonces  espuelas,  y  galopó  á  lo  largo 
de  la  costa  hacia  su  rancho  solitario. 


V 


XV 


LA    MUJER    DEL   MATRERO 


Ese  día,  más  que  otras  veces,  se  encontró  ma- 
yor tiempo  sola  en  el  rancho  Mercedes. 

Por  aquellos  lugares  solitarios  raro  era  el  tran- 
seúnte que  al  galope  de  su  caballo  interrumpía 
la  monotonía  salvaje  hiriendo  los  aires  con  el 
ruido  de  los  cascos  ó  con  los  ecos  de  una  can- 
ción criolla. 

Caía  el  sol  tras  una  empinada  loma,  al  mismo 
tiempo  que  la  sombra  en  el  bajo  de  las  manza- 
nillas en  flor;  y  comenzaba  á  elevarse  de  los  pan- 
tanos un  frío  vaho  de  tierra  que  trasuda  con  olor 
de  ciénaga  revuelta  que  parecía  estimular  á  las 
ranas  en  su  concierto  de  voces  tan  semejantes 
á  las  de  un  teclado  sonoro  bajo  dedos  de  vigo- 
rosa pulsación.  Un  «  carancho »  trazaba  sus  an- 
chos círculos  sobre  la  huerta  miserable  lanzando 
secos  graznidos ;  algunos    gavilanes  permanecían 


326  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


inmóviles  en  los  picachos  de  lodo  seco  de  una 
«tapera»,  como  haciendo  la  guardia  á  un  cor- 
dero moribundo  que  había  concluido  por  caer  so- 
bre sus  brazuelos  junto  á  un  cardizal  marchito  ; 
y  un  poco  más  lejos,  hozando  vivaces  el  suelo 
blando  del  declive  dos  ó  tres  cerdos  silvestres  de 
cuerpo  enjuto,  largas  crines,  rabo  desnudos  y  olor 
de  fiera,  disputábanse  con  ronco  gruñir  los  dese- 
chos de  un  « carpincho »  y  las  raíces  jugosas 
de  unas  matas. 

Del  bosque  cercano  —  casi  escondido  al  pie  de 
la  cuchilla — surgía  confuso  rumor  de  insectos  en- 
tre silbos  de  chingólo  y  comadrera  charla  de  ga- 
llaretas, sin  que  nada  se  moviese  en  el  misterio 
del  follaje,  ni  de  sus  millones  de  átomos  se  des- 
cubriera un  solo  enjambre  á  lo  largo  de  la  orilla. 

A  esa  hora,  estando  aun  sola  Mercedes,  acertó 
á  pasar  por  el  rancho,  ó  en  derechura  á  él  qui- 
zás vino,  el  portugués  rubio  de  otros  tiempos,  de 
tránsito  para  la  villa  en  donde  tenía  su  comercio. 

Había  realizado  bastantes  compras  de  cueros 
ovinos  con  señal  ó  sin  ella,  con  perjuicio  de  la 
propiedad  privada  y  del  fisco,  en  aquella  zona 
de  la  campaña;  y  se  volvía  satisfecho  á  la  po- 
blación al  paso  de  su  cabalgadura,  que  se  ase- 
mejaba entre  las  medias  tintas  de  la  tarde,  con  su 
gran  carga  á  ambos  costados  en  lento  balanceo, 
á  un  fornido  dromedario. 

Viendo  caída  la  piel  de  toro  que  cubría  la  en- 
trada al  rancho,  y  á  Mercedes  al  parecer  sin  com- 


NATIVA  327 


pañía,  experimentó  una  sensación  fuerte;  y  dando 
con  su  cuerpo  en  tierra,  condujo  cerca  de  la  en- 
ramada su  caballo  manco  y  reyuno,  entrándose 
luego  con  la  mayor  confianza  en  la  vivienda  de 
la  criolla. 

No  se  sorprendió  Mercedes  al  verle;  por  el  con- 
trario, contestó  con  buenas  maneras  su  saludo. 

Ya  lista  para  irse  al  monte,  habíase  ceñido  un 
pañuelo  de  algodón  en  la  cabeza,  y  unido  sus 
extremos  por  debajo  de  la  barba. 

Su  tez  morena  ligeramente  encendida  en  las 
mejillas;  su  boca  de  labios  oscuros  pero  peque- 
ña, con  dientes  muy  blancos;  sus  ojos  negrillos 
y  lucientes,  un  tanto  provocativos,  ornados  por 
pestañas  nutridas  y  cejas  arremolinadas  de  un  co- 
lor renegrido ;  sus  formas  redondas  y  pie  desnudo, 
delgado  y  estrecho  dentro  de  una  especie  de 
zueco  de  suela  fina,  eran  detalles  que,  reunidos 
á  las  circunstancias  favorables  del  momento,  de- 
bían incitar  los  instintos  torpes  de  Pontecorbo. 

—  ¿  No  hay  «  mate  »  amargo  para  el  forastero  ? 
—  preguntó  en  buen  castellano  el  portugués. 

—  Ya  es  tarde,  —  dijo  la  criolla,  —  y  el  tiempo 
me  falta.  Ladislao  está  aguardando.  De  esta  vez 
tiene  que  disculpar,  mozo;  que  no  hay  desaire. .  .  . 

—  Disculpada  siempre  está.... 
Pero,  allegúese  un  poco,  Mercedes. 

—  ¿Y  por  qué  he  de  allegarme?.  .  .  .  ¡No  fal- 
taba otra  cosa ! 

La  criolla,  esto  diciendo,  púsose  á  reunir  algu- 


328  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


ñas  piezas  de  ropa  blanca  y  otros  objetos  en  un 
poncho  de  «vichará»,  cuyos  extremos  ató  cuida- 
dosamente. 

El  mercachifle  un  tanto  pálido  é  inquieto,  aban- 
donó de  pronto  su  asiento  de  cabeza  de  buey; 
y  después  de  arrojar  una  mirada  al  campo,  dijo 
con  acento  meloso : 

—  No  tengas  miedo  que  él  nada  sabrá.  .  .  , 
Mercedes  volvióse   rápida    sin    contestar,    y    se 

dirigió  á  la  puerta  ;  pero,  Pontecorbo  la  cogió  con 
fuerza  de  las  manos,  añadiendo : 

—  i  No  te  vas  ! 

La  criolla  se  desprendió  enérgicamente,  para 
buscar  otra  salida. 

El  mercachifle  levantó  entonces  en  alto  el  re- 
benque con  aire  de  amenaza,  y  la  hizo  permane- 
cer inmóvil,  como  rendida. 

—  ¡  Por  favor  !  —  murmuró  Mercedes. 
El  pareció  ablandarse,  y  dijo: 

—  Nao  seyas  mala.  ¡Tudo  Jicara  entre  nos! . .  . . 

—  Procúrese  eso  en  el  pueblito.  Si  mi  hombre 
lo  encuentra  aquí,  ya  habrá  fandango .... 

—  Contigo  quiero  bailarlo. 

Mira  este  prendedor  ¿  no-  te  gusta  ? 
Y  sacándola  del  bolsillo,   le    enseñó    una   caja 
abierta. 

—  Guárdesela,  no  la  preciso,  —  repuso  la  criolla 
con  desprecio. 

—  Has  de  avenirte .... 

—  ¡Que  no! 


NATIVA  329 


Pontecorbo,  perdida  la  paciencia,  se  avanzó  de 
súbito  alargando  el  brazo,  y  apretó  los  dedos 
como  pinzas  en  el  cuerpo  de  la  mujer  del  «  ma- 
trero »,  que  estaba  toda  temblorosa. 

Al  sentirse  asida,  Mercedes  se  sacudió  con 
fuerza  y  dio  con  las  dos  manos  abiertas  en  el 
rostro  de  su  agresor,  lanzando  una  voz  parecida 
á  un  ronquido  de  leona  lastimada ;  y  al  retroceder, 
tropezó  con  una  banqueta  de  madera,  cayendo 
de  espaldas  en  el  suelo. 

El  golpe  la  dejó  aturdida,  casi  inerte.  Cesó  de 
luchar.  .  .  . 

Minutos  después,  Pontecorbo  salió  del  rancho, 
mirando  con  temor  á  todas  partes. 

No  había  cerrado  aún  la  noche,  y  percibíanse 
claros  los  objetos  á  la  distancia. 

Tranquilo  de  su  inspección,  montó  á  caballo, 
y  se  marchó,  guiñando  el  ojo  hacia  la  puerta, 
con  ese  aire  satisfecho  del  que  habla  consigo  á 
solas  después  de  realizar  un  deseo  largo  tiempo 
comprimido. 

Pasados  algunos  momentos,  Mercedes  salió  fuera 
del  rancho  á  pasos  tardos,  arreglándose  el  pa- 
ñuelo en  la  cabeza  un  poco  desgreñada,  con  la 
cara  muy  encendida,  el  pecho  agitado  y  el  mi- 
rar avieso. 

Paróse  á  algunas  varas  del  rancho,  cruzándose 
con  violencia  los  brazos ;  y  púsose  á  mirar  al 
bosque. 

Había  en  su  gesto  una  expresión  profunda  de 
humillación  y  pena. 


330  E.   ACEVEDO  DÍ AZ 


Salían  paso  á  paso  varias  bestias  de  su  abre- 
vadero, húmedos  y  resollantes  los  hocicos,  para 
detenerse  pronto  en  la  falda  los  unos  á  triscar 
las  hierbas,  levantar  las  cabezas  con  aire  somno- 
liento  de  vez  en  cuando  ó  echarse  las  más  de 
lomos  con  fruición  para  atenuar  las  picaduras  de 
tábanos  y  otros  escozores  de  la  jornada. 

Un  perro  —  cruza  de  mastín  hembra  y  de  puma 
—  tendido  junto  al  cerco  de  «  ciña  -ciña  »,  la  ob- 
servaba atento  moviendo  á  uno  y  otro  lado  la 
cola. 

Ladislao  impaciente,  entre  tanto,  venía  apresu- 
rando su  llegada  al  rancho. 

La  soledad  de  Mercedes  lo  tenía  inquieto. 

La  distancia  á  recorrer  no  era  larga,  y  le  fué 
fácil  trasponerla  en  un  galope. 

Cuando  sujetaba  su  caballo  vivo  y  fogoso,  Mer- 
cedes que  habíase  entrado  nuevamente  en  el  ran- 
cho, salía  con  su  atado  de  ropas,  diciendo  en 
voz  muy  alta: 

—  j  No  te  apees,  Ladislao! 

—  ¿Qué  se  ofrece,  china?  —  preguntó  éste  con 
acento  cariñoso,  apoyando  sus  manos  en  la  en- 
cabezada. 

—  Algo  de  afligido,  —  contestó  Mercedes  llo- 
rando. 

Pontecorbo  pasó  por  aquí.  .  .  . 
— •  ¿  Y  qué  hay  con  eso  ?  —  interrogó  el    «  ma- 
trero »   sobresaltado. 

—  ¿  Qué  hay?  Que  me  hizo  caer  para  atrás  sin 


NATIVA  331 


yo  quererlo  y  me  lastimó  la  cabeza.  ¿No  ves  la 
sangre,  aquí  en  la  mano  ?  Pero  eso  no  sería 
nada.  .  . .   j  Como  yo  estaba  como  muerta!.  .  .  . 

Mercedes  calló,  sofocando  un   sollozo. 

Ladislao  se  puso  muy  pálido,  y  escupió  con 
fuerza. 

Después  preguntó  con  acento  ronco  y  breve: 

—  ¿  A  qué  lado  rumbeó  ? 

—  Derecho  á  aquellos  saúcos. 

Mercedes  extendió  el  brazo  en  la  dirección  in- 
dicada, agregando  : 

—  Reciencito  se  fué  en  un  pampa  reyuno.  Se 
me  hace  que  está  todavía  encima.  .  .  . 

El  « matrero »  sin  replicar  palabra,  volviendo 
riendas,  arrancó  á  gran  galope  rumbo  á  la  loma. 

Desde  la  altura  con  sus  ojos  de  ave  de  rapiña, 
vio  al  portugués  que  subía  la  falda  de  otra  «  cu- 
chilla »   lejana,  al  trote  más  largo  de  su  jamelgo. 

Procuró  entonces  no  ser  visto  á  su  vez,  endere- 
zando el  caballo  por  los  sitios  más  cubiertos  ó 
escabrosos. 

Así  marchó  algún  tiempo. 

Su  perseguido  ocultábase  á  intervalos  en  la 
sombra  de  los  bajos  y  demoraba  su  reaparición 
en  las  crestas  de  las  «cuchillas»,  destacándose  en- 
tonces sobre  el  fondo  rojizo  del  horizonte  como 
un  bulto  de  enorme  vientre  balanceándose  al  paso 
del  buey. 

Una  que  otra  población  se  avistaba  en  las  lo- 
mas apartadas.  El  terreno  por  delante  aparecía 
sin  pastores  ni  haciendas. 


332  E.   ACEVEDO    DÍAZ 


El  «  matrero  »  seguía  los  pasos  de  Pontecorbo 
lenta  y  pacientemente,  ocultándose  en  lo  posible, 
así  como  el  felino  que  rastrea  la  presa  hasta 
aplastarse  sobre  el  vientre,  el  aliento  compri- 
mido, las  narices  dilatadas,  el  ojo  fijo  y  siniestro. 

Persecución  en  despoblado  callada  y  lúgubre, 
entre  las  sombras  del  crepúsculo,  con  sus  pausas 
breves  y  sus  rodeos  sigilosos,  debía  terminar  muy 
pronto ;  y  así  sucedió. 

En  cierto  instante  en  que  Pontecorbo  acababa 
de  apearse  en  lo  hondo  de  un  declive,  para  apre- 
tar la  cincha  de  su  jamelgo,  Ladislao  arrancó  á 
toda  rienda  hasta  coronar  la  loma  que  descendió 
rápido  un  largo  trecho,  antes  que  el  portugués 
ya  á  caballo  comenzase  á  subir  la  empinada 
falda  vecina,  desde  cuya  cumbre  divisábase  muy 
lejos  el  campanario  de  la  villa. 

Pontecorbo  volvió  al  ruido  la  cabeza,  con  re- 
celo, mirando  por  encima  del  hombro. 

El  «  matrero  »  moderando  el  paso  de  su  caballo, 
lo  puso  al  trote  corto;  y  mordiendo  el  barboquejo 
gritó  al  fugitivo  con  el  acento  más  natural  del 
mundo: 

—  ¡  Refrene  amigo,  el  «  pampa  »  sucio  !  .  .  .  . 
¿  Adonde  agarró  esos  cuerambres  ? 

Pontecorbo  que  había  reconocido  en  el  acto  á 
Ladislao,  no  pudo  menos  de  estremecerse.  Con 
todo,  deteniéndose  en  el  bajo,  se  apresuró  á  con- 
testar en  tono  alegre  y  camandulero : 

—  En  la  costa  del  Yí,  y  con  minha  prata,  com- 
padre. 


NATIVA  333 


—  ¿  Compadre  ?  —  arguyo  Ladislao  apretando 
más  fuerte  el  barboquejo.  ¡  Ya  verás!.  .  .  . 

Y  se  acercó  hasta  ponerse  encima  de  él,  con 
gesto  fiero. 

Pontecorbo  apercibióse  recién  del  peligro  inme- 
diato, echando  en  el  instante  mano  al  mango  de 
un  machete  que  llevaba  debajo  del  cojinillo. 

—  ¿  Qué  vas  á  hacer  ladrón  ?  —  rugió  el  «  ma- 
trero »   iracundo. 

Y  sin  darle  tiempo  para  nada,  de  un  golpe  con 
la  arg-olla  del  rebenque  en  la  cabeza  lo  derribó 
al  suelo  atontado,  haciéndolo  rodar  en  el  bajo 
como  una  mole. 

Inmediatamente  Ladislao  se  desmontó  de  un 
salto,  y  echándose  sobre  él,  sujetóle  las  dos  ma- 
nos bajo  sus  rodillas,  sentado  á  horcajadas  sobre 
el  pecho ;  y  dio  principio  cuchillo  en  mano,  con 
pulso  firme,  serenidad  suma  y  acción  veloz  á  una 
operación  cruenta.  La  de  cortarle  las  dos .... 
orejas. 

Si  bien  aturdido  por  el  golpe,  en  cierto  mo- 
mento el  mercachifle  lanzó  un  quejido  y  se  en- 
cogió tembloroso. 

En  medio  de  aquellos  sitios,  sólo  los  grazni- 
dos del  carancho  ó  los  gritos  de  los  «  chajaes  » 
de  los  esteros  cercanos,  podían  responder  á  su  la- 
mento. 

Ladislao  no  se  inquietó  por  la  protesta,  y  apre- 
tando más  con  las  rodillas,  continuó  su  faena. 

Terminada   ésta,    reincorporóse    envainando    el 


334  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


cuchillo,  después  de  limpiarlo  en  la  blusa  de  la 
víctima ;  oprimió  bien  la  mano  izquierda  como  si 
en  ella  algo  encerrase,  deslizándose  por  entre  sus 
dedos  al  pasto  uno  ó  dos  hilos  de  sangre  venosa; 
la  sacudió  para  hacer  saltar  las  últimas  gotas, 
con  un  gesto  de  repugnancia,  y  dirigiéndose  á  su 
caballo  saltó  tranquilamente  en  los  lomos  sin  po- 
ner el  pie  en  el  estribo. 

Cuando  volvía  ya  bridas  hacia  el  rancho,  Pon- 
tecorbo  se  levantaba  tambaleante,  desencajado, 
con  parte  de  sus  ropas  sueltas  y  enrojecidas,  sin 
conciencia  tal  vez  de  lo  que  le  había  ocurrido; 
y  corría  derecho  al  «  pampa  >  como  un  hombre 
que  ha  recibido  una  pedrada  en  mitad  del  cráneo, 
y  vacila  como  un  trompo  sobre  sus  pies,  presa 
del  vértigo. 

Ladislao  siguió  impasible  su  camino. 

Con  las  primeras  sombras,  á  galope  firme,  sen- 
tando los  remos  su  caballo  con  gran  ruido  en  el 
bazo,  semejante  á  un  hipo  violento,  llegó  al  cerco 
de  « ciña  -  ciña »  que  resguardaba  el  frente  del 
rancho. 

Mercedes  estaba  sentada  en  el  umbral,  con  las 
dos  manos  en  el  rostro,  y  el  atado  delante. 

A  poca  distancia  de  ella,  el  mastín  cruza  de 
puma  concolor  tendido  á  lo  largo  parecía  entre- 
gado al  sueño,  con  el  hocico  en  tierra. 

El  «matrero»  al  desmontarse,  arrojó  algo  al 
perro,  sin  pronunciar  palabra. 

Mercedes  alzó  el  semblante  y  miró  con  fijeza 


NATIVA  335 


lo  que  había  rodado  por  el  suelo,  y  que  el  mas- 
tín saliendo  de  su  sopor,  púsose  al  fin  á  olfatear. 

Pareció  presa  de  una  gran  emoción. 

Ladislao  la  observaba,  mudo  y  sombrío,  levan- 
tada el  ala  del  sombrero  y  el  brazo  colgante  del 
cuello  de  su  tordillo. 

El  perro,  que  había  apartado  las  narices,  las 
acercó  nuevamente;  estuvo  un  instante  oliendo, 
sacó  la  lengua  dos  ó  tres  veces  sin  tocar  aque- 
llos objetos,  y  dando  por  último  un  fuerte  reso- 
plido, retrocedió,  arrastrándose  sobre  sus  cuartos, 
para  volver  á  su  interrumpido  sueño. 

—  ¡No  le  gustan!  —  exclamó  Mercedes  con  una 
risa  casi  feroz. 

—  De  adonde,  si  el  perro  es  delicao,  —  dijo  el 
«matrero»,  mirándola  de  soslayo. 

Transcurrido  un  corto  silencio,  hizo  una  seña 
á  la  criolla. 

Ésta  cargó  con  el  atado,  y  aguardó  á  que  La- 
dislao montase. 

Cerraba  la  noche  sin  luna  todavía,  pero  con 
minadas  de  estrellas. 

El  «matrero»  estúvose  un  instante  con  los  ojos 
fijos  en  el  horizonte;  luego  saltó  muy  ágil  en  el 
recado  y  fuese  de  un  pequeño  brinco  hasta  el 
crucero,  haciendo  á  su  compañera  un  lugar  á  gru- 
pas, al  mismo  tiempo  que  le  alzaba  el  fardo. 

El  tordillo  dio  una  vuelta  sobre  sí  mismo.  Su- 
jetólo él  y  alargó  el  brazo :  Mercedes  puso  el  pie 
en  el  estribo  y  con  toda  destreza  se  sentó  detrás. 


336  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


El  ginete  acomodóse,  muy  junto  con  ella;  pa- 
sóle el  atado,  y  echó  á  andar. 

En  tanto  caminaban  á  campo  y  cielo  abiertos 
sin  más  compañía  que  los  luceros  brillantes  arriba, 
y  abajo  las  alimañas  y  el  ganado  arisco,  mudos, 
casi  desolados,  Mercedes  pasó  los  brazos  al  cue- 
llo de  Ladislao,  atrajo  dulcemente  hacia  sí  su 
rostro,  y  le  dio  un  beso. 

El  pareció  estremecerse  y  detuvo  el  caballo. 

Su  cabeza  había  conservado  la  posición  que  le 
diera  con  su  abrazo  la  criolla,  á  quien  miraba  de 
lado,  velados  sus  ojos  grandes  de  pupila  verdosa 
y  fosforescente,  por  una  expresión  hondamente 
triste.  Luego  la  inclinó  sobre  el  pecho,  y  picó  es- 
puelas, hasta  arrancar  al  tordillo  un  resuello  de 
dolor. 

Cuando  ya  entraban  por  una  «  picada  »  estrecha 
al  monte  lleno  de  rumores,  volvióse  preguntando : 

—  ¿Trujiste  el  caldero? 

—  Aquí  viene,  —  contestó  Mercedes  con  un  sus- 
piro. 

Volvieron  á  besarse,  siempre  de  lado,  y  calla- 
dos se  perdieron  en  las  tinieblas. 


XVI 


DE   MONTE   EN   MONTE 


Al  final  de  aquella  «  picada  » ,  que  no  era  otra 
que  la  del  «  potrero  >>  en  que  acampaban  Luis  Ma- 
ría y  sus  camaradas  de  fogón,  Cuaró  vigilante, 
recibió  á  Ladislao  y  Mercedes. 

Apeáronse  éstos  para  encaminarse  por  el  sen- 
dero oblicuo,  llevando  el  caballo  del  cabestro,  des- 
pués de  cambiar  pocas  palabras  con  el  teniente. 

Esteban,  sentado  en  un  gran  raigón  viejo  junto 
á  las  brasas,  aprestábase  á  cebar  el  «  mate  >  con 
una  bolsita  abierta  y  llena  de  yerba  á  la  vista. 
Concienzudamente,  sacaba  palito  por  palito  de  ese 
saquillo,  que  iba  echando  en  el  fondo  de  la  cala- 
baza como  para  formar  «  estiva  ó  carnada  »  que  á  su 
vez  sirviera  de  reparo  ala  «bombilla»  previniendo 
se  tupiese  de  polvo  fino  al    tomarse  la  infusión. 

Como  sirviente  de  buena  casa,  con  mucho  aga- 
sajo acogió  á  los  nuevos  huéspedes. 

22 


338  E.    ACEVEDO  DÍAZ 


Berón  se  encontraba  en  el  ribazo  entre  dos  ár- 
boles de  corta  talla,  echado  sobre  las  matas  sil- 
vestres y  entretenido  al  parecer  en  ver  chapuzar 
y  zabullirse  entre  anchos  círculos  salpicados  de 
gotas  que  solían  despedir  luces  brillantes  al  suave 
cabrilleo  de  las  aguas,  á  una  media  docena  de 
«mbiguaes»  hambrientos  que  hacía  poco  se  ha- 
bían abatido  en  el  remanso,  sin  graznidos  ni  ale- 
teos. 

Apenas  el  ruido  ligero  del  chapuz,  al  que  se 
unía  el  no  menos  leve  del  salto  de  uno  que  otro 
pescadillo  perseguido,  denunciaba  la  presencia  de 
aquellas  aves  en  el  arroyo. 

Algunos  bultos  pequeños  cruzaban  á  ratos  la 
superficie;  de  estos  bultos,  que  al  nadar  rápidos 
iban  dejando  como  un  surco  en  la  canal,  sólo 
asomaban  las  cabezas  peludas.  Parecían  haber 
hecho  pacto  de  fraternidad  con  los  «zaramagu- 
llones», pues  no  se  hostilizaban  entre  sí.  Eran 
«ratas  de  agua»,  buenas  comadres  de  barrio  que 
andaban  de  una  á  otra  escarpa  poniendo  á  prueba 
sus  pies  membranosos  y  sus  aptitudes  natatorias, 
en  concurrencia  con  los  palmípedos. 

De  vez  en  cuando  aparecía  en  medio  del  cauce, 
nadando  « al  largo »  y  gruñendo  sordo  algún 
«  carpincho  »  ;  y  entonces,  «  mbiguaes  »  y  ratas  se 
zabullían,  hasta  dar  tiempo  al  pasaje  del  cuadrú- 
pedo anfibio,  si  es  que  éste  no  se  sumergía  tam- 
bién de  pronto  hasta  el  fondo  mismo  de  las  aguas. 

En  tal  caso,  aquellos  sempiternos  nadadores  se 


NATIVA  339 


replegaban  silenciosos  á  la  escarpa,  debajo  de  los 
árboles,  abandonando  el  teatro  de  acción  al  cerdo 
acuático  de  afilados  dientes  y  bravas  uñas,  de 
modo  que,  así  que  reaparecía  su  estúpida  cabeza 
al  rato,  dando  un  ronquido,  las  aves  se  escurrían 
en  sentido  opuesto  como  gallardos  esquifes,  sin 
preocuparse  más  de  aquel  ente  de  hocico  por- 
cino, pelaje  de  león  y  uñas  de   topo. 

A  la  nocturna  escena  no  faltaba  tampoco  su 
acompañamiento  musical,  como  para  hacer  más 
sabroso  el  festín.  A  intervalos  cantaba  alguna 
calandria  desde  el  fondo  de  un  «tala»;  y  á  sus 
ecos  melodiosos,  el  «  chingólo  »  melancólico  lan- 
zaba sus  silbos  cual  si  ya  viniese  el  alba.  Es- 
tremecíase entonces  la  coruja  en  su  rama,  respon- 
diendo con  un  chillido  lúgubre,  propio  á  advertir 
que  la  noche  recién  daba   comienzo. 

Aunque  con  los  ojos  fijos  en  el  remanso,  lejos 
estaba  Luis  María  de  poner  mucha  atención  en 
esos  detalles.  Parecía  caviloso.  Tal  vez  el  recuerdo 
de  sus  padres  y  de  su  hogar  habíase  como  en- 
clavado en  su  memoria,  después  de  varios  meses 
de  ausencia,  de  continuas  fatigas  y  sinsabores; 
quizás  trabajaba  su  espíritu  un  principio  de  de- 
saliento por  las  nuevas  recibidas,  y  pensara  que 
era  necesario  arrancarse  á  aquella  situación  ex- 
cepcional para  él,  moverse,  buscar  la  reunión  con 
el  mayor  número,  obtener  datos  positivos  y  re- 
solver por  último  en  vista  de  los  sucesos  lo  que 
fuere  digno  y  patriótico. 


340  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Mientras  las  vicisitudes  y  emociones  de  una 
vida  agitada,  propias  del  peligro  y  de  la  lucha 
colectiva  dominaron  su  organismo,  adunadas  al 
quebranto  físico,  á  los  insomnios  y  á  las  priva- 
ciones de  cada  día,  su  cerebro  no  se  encontró  en 
estado  de  meditar;  y,  propiamente,  él  iba  cediendo 
á  una  idea  tenaz,  noble,  grande  que  debía  eclipsar 
en  cierto  modo  ante  las  deficiencias  y  exigüida- 
des del  medio,  al  instinto  imperioso  de  la  propia 
conservación. 

Pero,  ahora  no  eran  las  mismas  las  circunstan- 
cias: tantos  días  de  reposo  habían  devuelto  sus 
fuerzas  al  cuerpo,  sintiéndose  él  más  robusto  y 
apto  para  las  vertiginosas  marchas  militares ;  los 
dolores  y  fenómenos  nerviosos  habían  desapare- 
cido con  los  rigores  del  invierno;  una  sangre 
nueva  y  ardiente  hinchaba  sus  venas  pasando 
como  una  ola  bajo  su  cráneo;  y  al  observar  la 
naturaleza  toda  que  lo  rodeaba  vestirse  de  hojas 
y  de  flores  y  llenarse  de  perfumes  y  armonías, 
bien  pudo  él  creer  que  su  briosa  juventud  valía 
tanto  como  aquella  primavera.  ¡  Sin  embargo,  per- 
manecía inactivo!  Verdad  que  el  peligro  amena- 
zaba por  todas  partes,  y  que  era  forzoso  exponer 
diez  veces  la  vida,  para  trasponer  distancias  y  co- 
marcas en  alas  de  una  esperanza  por  entonces 
ilusoria. 

¿No  se  hallaba  acampado  el  enemigo  en  la 
costa,  á  poco  trecho,  y  en  vísperas  acaso  de  ve- 
nir á  sorprenderlos  y  exterminarlos  en  su  escon- 


NATIVA  341 


drijo  mismo,  sin  cuartel,  con  lujo  de  rigor,  tomán- 
dolos en  cuenta  de  animales  cimarrones?  Si  eso 
ocurría,  —  que  bien  podía  suceder,  —  el  bosque 
guardaría  por  largo  tiempo  ó  por  siempre  el  se- 
creto, como  guardaría  ya  tantos  después  de  dos 
lustros  de  guerras ;  y  si  algo  se  supiese,  sería  que 
allí  habían  sido  muertos  tras  rabiosa  pelea  cua- 
tro « matreros  »  temibles,  espanto  de  vecindarios 
y  baldón  de  su  raza. 

Pero,  ni  esto  había  de  decirse.  Los  hombres 
caían  á  cada  instante  y  se  abrían  sepulturas  sin 
tosca  cruz  que  las  denunciase,  menos  favorecidas 
que  las  del  charrúa,  cuyos  despojos  se  arrojaban 
en  sitios  que  un  montón  de  piedras  señalaba  al 
viajero,  en  prueba  de  tristes  funerales. 

El  monte,  amparo  y  refugio  del  perseguido,  era 
también  como  una  losa  sepulcral :  de  sus  dramas 
ignorados,  pocos  hubieran  levantado  entonces  una 
punta  del  velo  impenetrable. 

Más  de  una  vez  desde  el  potril  oscuro,  Luis 
María  había  visto  pelear  furiosos,  chocándose  con- 
tra los  troncos,  hundidos  hasta  los  vientres  en  las 
breñas,  á  dos  toros  del  ganado  disperso  en  los 
claros  del  bosque.  Apenas  bramaban,  resonando 
las  astas  en  el  encuentro  lo  mismo  que  gruesas 
cañas  que  estallan  en  un  incendio.  Y  después  de 
este  tremendo  combate  á  solas,  apartarse  el  uno 
con  el  cuerno  destilando  sangre;  é  ir  el  otro  á 
tropezones  al  ribazo,  echarse  allí  en  el  lecho  de 
arena  que  enrojecía  poco  á  poco,  y  morir  sin  un 
resuello  entre  temblores. 


342  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


¿No  revestía  acaso  una  forma  análoga  la  suerte 
del  « matrero » ?  El  grito  de  su  denuedo  heroico 
no  pasaba  de  la  bóveda  flotante;  vencedor,  su 
triunfo  por  glorioso  que  fuera  sería  siempre  para 
los  demás  un  crimen;  vencido,  su  cuerpo  muti- 
lado y  desnudo,  pasto  de  las  fieras  y  de  las  aves 
voraces.  ¡La  soledad  del  desierto  y  el  completo 
olvido:  tumba  verdadera,  entre  esos  dos  grandes 
silencios ! 

Luis  María  oprimió  nervioso  la  culata  de  la 
pistola  que  llevaba  al  costado,  y  se  puso  de  pie. 

En  seguida,  se  dirigió  á  su  fogón. 


No  dejó  de  ser  para  él  un  consuelo  la  presen- 
cia de  los  nuevos  huéspedes. 

Aumentada  la  sociedad,  hacíase  más  llevadera 
aquella  vida  y  menos  fatigosa  la  faena  diaria  de 
vigilancia  y  de  adquisición  de  víveres. 

Dada  la  baquía  de  Ladislao,  su  actividad  y  for- 
taleza de  ánimo,  presentábase  también  la  ocasión 
de  probar  fortuna  volviendo  alas  «cuchillas». 

Muy  cerca  de  una  hora  se  la  pasó  con  él  en 
amena  plática  sobre  diversos   temas    campestres. 

El  « matrero »  en  toda  su  conversación,  no  dio 
á  conocer  ni  en  el  gesto  lo  que  sentía  en  el  in- 
terior de  su  alma. 

Al  oírsele,  nadie  se  imaginaría  que  aquel  hom- 
bre hubiese  pasado  pocas  horas  antes  por  un 
trance  tan  amargo  y  rudo,  como  el  del  episodio 
dramático  de  Pontecorbo. 


NATIVA  343 


Mercedes,  con  un  aire  natural  pasivo  y  resignado, 
ayudaba  eficazmente  al  liberto  en  sus  tareas  de 
fogón. 

A  veces  pasábase  la  punta  del  pañuelo  que 
cubría  su  cabeza  por  los  labios,  y  miraba  al  sos- 
layo hacia  donde  se  hallaba  Ladislao  con  una  ex- 
presión triste. 

Luego  vino  Cuaró  á  reunírseles. 

El  « mate »  siguió  todavía  circulando  por  al- 
gunos momentos. 

Ya  era  tarde,  y  como  viese  Ladislao  que  el 
fuego  estaba  demasiado  vivo,  advirtió  que  «sería 
bueno  apagar  ». 

Por  única  respuesta,  Cuaró  echó  en  aquella  es- 
pecie de  hornalla,  así  que  separó  los  tizones  grue- 
sos que  despedían  fuertes  gases,  varios  puñados 
de  tierra  arenosa,  traída  expresamente  del  ribazo 
y  acumulada  allí. 

El  resplandor  cesó  de  súbito. 

Tampoco  lo  necesitaban,  pues  empezaba  á  es- 
parcir sus  rayos  la  luna  plateando  de  lado  las 
copas  más  altas ;  y  era  ya  hora  del  descanso. 

Buscó  cada  uno  su  lugar,  á  la  espera  del  sueño, 
que  para  todos  era  un  consuelo  á  la  par  que  una 
necesidad  imperiosa. 

Cuaró  fuese  á  dormir  debajo  de  los  «  molles  > 
que  festonaban  la  picada,  cauteloso  y  previsor. 

Teníanle  algo  inquieto  ciertos  «  signos  »  sospe- 
chosos, que  le  había  hecho  notar  Ladislao,  como 
si  alguna  novedad  ocurriese  en  el  campo. 


344  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Esos  fenómenos  nada  frecuentes,  continuaban 
de  rato  en  rato. 

Primeramente,  fijóse  que  los  patos  se  azotaban 
de  un  modo  precipitado  y  violento  en  el  arroyo 
con  mucho  ruido  de  alas  y  notas  roncas,  como 
si  hubiesen  sido  ahuyentados  de  alguna  charca  ó 
laguna  de  los  contornos. 

Luego,  confirmóse  en  que  los  perros  montara- 
ces solían  ladrar  á  lo  lejos,  con  ese  ladrido  pe- 
culiar que  denuncia  la  presencia  de  gente  en  el 
despoblado,  entre  amenazante  y  alborotador,  figu- 
rándoselos avanzando  con  los  colmillos  á  la  vista 
y  retrocediendo  en  seguida  para  irse  á  esconder 
en  los  matorrales. 

Después,  ya  en  calma  perros  y  gatos  salvajes, 
ajeno  al  concertante  de  la  serrezuela  y  del  monte, 
el  «  chajá  »  gritaba  desde  la  laguna  como  un  des- 
pavorido, al  punto  de  hacer  oir  á  gran  distancia 
sus  ecos  estridentes. 

Apesar  de  todo  lo  que  eso  podía  augurar,  el 
indio  ladino  empezó  por  el  cabeceo ;  tendióse 
boca  arriba,  luchó  algo  con  el  sueño,  y  al  fin  se 
quedó  dormido. 

¿  Por  qué  no  hacerlo  ?  Así  como  el  ojo,  tenía  él 
muy  sutil  el  oído.  . 

Durmióse  sin  temor,  ni  importársele  que,  en  la 
copa  de  uno  de  aquellos  árboles,  un  «  ñacurutú  » 
estuviese  llamando  impaciente  á  la  compañera  de 
sus  amores. 

No  disfrutó  sin  embargo,  mucho  tiempo  de  este 


NATIVA  345 


reposo ;  porque,  á  una  hora  que  él  no  pudo  apre- 
ciar, una  especie  de  tropel  que  estremeció  el 
suelo  le  hizo  abrir  los  ojos. 

Parecían  jinetes. 

Por  la  avalancha  sorda,  debían  venir  arreando 
un  gran  número  de  caballos. 

Percibíanse  también  choques  de  armas  en  vai- 
nas de  metal. 

Aquel  piafar  y  resoplar,  propio  de  caballos  que 
se  regocijan  al  aliviárseles  los  lomos  del  peso,  y 
aquel  ruido  de  voces  y  de  sables  inusitado,  hizo 
levantar  la  cabeza  á  Cuaró;  quien,  á  poco  de  es- 
tarse atento,  fuese  á  despertar  á  Luis  María  y  á 
Esteban  con  gran  sigilo. 

Ladislao  estaba  ya  de  pie,  escuchando,  recos- 
tado á  un   molle  en  la  encrucijada. 

Cuaró  dijo  á  Berón,  con  su  aire  tranquilo: 

—  Préndete  las  armas,  amigo,  y  estáte  quieto .... 
En  la  orilla  hay  gente.  Míralo  á  Ladislao  bom- 
beando. .  .  . 

Luis  María  y  el  negro  apresuráronse,  sin  pro- 
nunciar palabra,  á  ceñirse  los  sables,  preparando 
bien  las  armas  de  fuego ;  en  tanto  el  teniente  sin 
turbación  alguna  ni  tropiezo,  con  ojo  seguro  y 
mano  firme,  aderezaba  uno  por  uno  los  caballos 
que  un  instante  hacía  pacían  en  el  rincón  del 
«potrerillo  ». 

A  cada  momento  los  mecía  de  las  orejas  y 
pasábales  la  diestra  por  las  narices. 

Después  proseguía  su  tarea,  sin  ajustar  mucho 


346  E.    ACEVEDO  DÍAZ 


las  cinchas;  metíales  los  dedos  por  un  lado  de 
la  boca,  acariciábales  las  crines,  y  cuando  alguno 
de  ellos  barruntaba  un  resuello  fuerte  ó  estor- 
nudo intempestivo,  ceñíale  las  fosas  nasales  con 
presión  de  tenazas,  que  tal  oficio  hacían  el  pul- 
gar y  el  índice,  con  ayuda  del  cordial  en  caso 
de  refuerzo;  tirando  al  mismo  tiempo  con  la  iz- 
quierda del  copete. 

En  esas  diligencias  vino  Esteban  á  ayudarle, 
sin  olvidar  sus  maletas ;  en  las  cuales  puso  y 
ajustó  cuanto  él  pudo  y  creyó  conveniente,  de 
modo  que  no  produjesen  al  andar  del  caballo 
mayor  ruido. 

Ladislao  había  desaparecido  á  la  vista  de  sus 
compañeros. 

Luis  María  fué  el  primero  que  lo  echó  de  me- 
nos, y  no  dejó  de  inquietarse. 

—  Déjalo  no  más  —  murmuró  Cuaró.  —  ¡  Verás 
que  ahora  viene ! 

Efectivamente,  apenas  transcurridos  algunos 
minutos,  sintióse  á  espaldas  del  liberto  ruido  de 
ramas  secas  y  hojarascas,  como  estrujadas  por 
las  enguantadas  zarpas  de  un  tigre;  viéndose 
luego  brillar  fosfóricos  dos  ojos  verdosos  y  en- 
treabrirse los  gajos  gruesos,  hasta  dar  paso  á  un 
bulto  que  andaba  lento,  hecho  un  arco. 

Era  Ladislao. 

Habíase  ido  agazapándose  por  la  «  picada » 
hasta  la  orilla  del  monte ;  una  vez  allí,  tendido 
á  lo  largo  entre  la  cebadilla  que  crecía  al  pie  de 


NATIVA  347 


los  troncos,  estúvose  observando  muy  atento ; 
después,  se  había  venido  arrastrando  en  cuatro 
manos  y  aun  sobre  el  vientre,  paralelamente  á 
la  «picada»,  sin  perder  el  rumbo  hasta  enfren- 
tarse con  el   «potrero». 

Disueltas  algunas  nubes  y  brillando  clara  la 
luna  en  mitad  del  cielo,  parecióle  así  prudente 
bifurcar  su  marcha  de  reptil  á  fin  de  no  ser  des- 
cubierto. 

A  su  llegada,  interrogóle  Berón  en  el  acto,  — 
agrupándose  los  cuatro  hasta  juntar  cabeza  con 
cabeza.  Mercedes  púsose  á  oir  también,  con  sus 
manos  puestas  en  los    hombros    del    «  matrero  ». 

—  Hasta  diez  conté,  —  decía  bajito  Ladislao. 
—  Vienen  de  chuza  y  sólo  dos  con  tercerolas .... 
Han  campado  arrimadito  al  monte  y  juntan  leña. 
No  hay  sino  que  piensan  dormir  aquí .... 

—  ¿  Son  criollos  ? 

—  ¡De  dónde!  conversan  en  portugués.  .  .  .  No 
va  á  faltar  mucho  que  bajen  algunos  al  arroyo 
por  la   «picada»   grande  en  busca  de   agua. 

—  Entonces  los  acometemos  sobre  la  costa 
misma,  —  dijo  Luis  María. 

—  Deja.  .  .  tu  no  sabes,  hermano, — observó  jui- 
ciosamente Cuaró.  No  hay  que  correr  «  guazubirá». 

—  Asina  que  el  sueño  los  aplome,  —  repuso  La- 
dislao, -los  agarramos  ciegos,  lo  mesmo  que  pá- 
jaros de  laguna.  Los  hombres  llegan  aplastados 
y  con  ganas  de  quedarse  con  la  barriga  abajo .... 


¡  Vean  como  meten  algazara  ! 


348  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Quedáronse  todos  silenciosos. 

Venían,  apagadas  por  la  distancia  y  la  inter- 
posición del  bosque,  voces  y  risas,  á  la  vez  que 
crujidos  secos  de  chapodar  de  ramas  ó  varas,  y 
golpeteos  de  macetas  en  las  estacas  de  atar  ca- 
ballos. 

También  percibíase  el  rumor  de  gente  á  pie, 
del  lado  de  la  picada. 

—  Quieren  «  matear  »  los  hombres,  y  van  por 
agua. 

—  ¿  No  nos  verán  ? 

—  Hay  mucho  monte  por  delante,  señor,  —  dijo 
Esteban.  Sólo  que  se  entrasen  otros  por  la  «  pi- 
cada »  de  este  lado  y  se  topasen  con  la  que  viene 
al  potrero  »  .  .  .  . 

—  No  han  de  ser  lerdos  los  maturrangos,  —  in- 
terrumpióle Ladislao,  —  y  antes  de  asomarse  por 
esa  puerta  que  da  á  lo  escuro  se  dejan  cortar 
las  orejas .... 

Mercedes  se  estremeció  ante  esa  ocurrencia, 
que  envolvía  el  recuerdo  del  reciente  drama  san- 
griento. 

—  Podemos  aguardar  sin  recelo  á  que  se  duer- 
man,—  prosiguió  el  «matrero»,  —  y  entonces  los 
sorprendemos  lindo,  á  paso  de  zorro ....  Porque, 
miren :  el  arroyo  aquí  sólo  se  puede  cruzar  á 
nado,  y  de  la  otra  orilla  es  guadaloso.  Allí  se 
nos  empantanaban  los  mancarrones  conforme  qui- 
sieran arrancar  por  derecho,  el  monte  es  ralito, 
y  aunque  fuese  tirando  por  la  costa  cáibamos  en 


NATIVA  349 


los  tembladerales  hasta  el  pescuezo  y  nos  rocia- 
ban de  puro  gusto  los  mesmos  zorrinos.  .  .  . 

—  Cerra  esa  boca,  —  dijo  Cuaró  sin  perder  su 
tono  impasible. 

Sentíanse  pasos  en  el  sendero  próximo. 

Volvieron  todos  á  callar. 

Pero,  como  lo  había  asegurado  Ladislao,  aque- 
llos pasos  cesaron  bien  pronto  á  mitad  de  ca- 
mino, volviéndose  al  parecer  los  que  venían. 

Esa  «  picada  »  era  muy  oscura,  y  más  estrecha 
que  la  otra.  Las  ramas  se  reunían  por  encima 
casi  á  la  altura  de  la  cabeza,  y  extendíanse  al- 
gunas á  los  costados  erizadas  de  espinas  de  ma- 
nera que  azotaban  como  látigos  al  transeúnte 
poco  baqueano  para  aventurarse  de  noche  en  se- 
mejantes callejuelas. 

Extinguido  el  rumor  confuso  de  voces  y  el 
ruido  de  pasos,  Ladislao  continuó  diciendo: 

—  No  hay  que  hacer,  sino  aguaitarlos  á  que 
se  duerman,  y  dende  que  el  sueño  los  agarre  de 
firme,  los  acabamos  juntos.  .  . . 

—  Mejor  sería  pelearlos  de  frente,  —  observó 
Luis  María. 

—  Son  diez,  señor,  —  apresuróse  á  decir  el  li- 
berto, sin  que,  como  antes,  nadie  le  facultara  para 
abrir  opinión  :  —  casi  tres  para  uno. 

—  ¿  Y  á  tí  qué  te  importa  ?  ¿  Mejor  es  que  calles! 
—  contestóle  el  joven  severamente. 

—  Importa,  dijo  Ladislao  con  aire  de  gravedad. 
Al  «  matrero  »  no  le  conviene  pelear  al  rayo  del 


350  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


sol  sino  á  lo  escurito,  sin  apartarse  mucho  de  los 
árboles,  cuando  los  contrarios  son  más  y  están 
bien  montados.  El  murciélago  enseña  que  se 
chupa  mejor  la  sangre  al  dormido  que  al  que 
no  le  atormenta  la  gana ....  y  por  ahí  andan  al- 
gunos, chillando,  que  no  me  dejarán  mentir. 

—  Soy  del  mesmo  parecer,  —  añadió  Cuaró. 
Luis    María  se   encogió    de  hombros,   murmu- 
rando : 

—  ¡No  hay  que  decir  más!  ....    Estoy  pronto. 
Después  de  este  breve    diálogo,    designóse    de 

común  acuerdo  á  Ladislao  para  la  dirección  de  la 
empresa,  teniéndose  en  cuenta  sus  perfectos  co- 
nocimientos del  terreno.  Cuaró  fué  á  colocarse 
en  su  «  bichadero  »  de  la  encrucijada,  y  Esteban 
trepóse  en  lo  alto  de  un  «  mataojo  »  para  obser- 
var los  movimientos  del  campo. 


A  solas  Luis  María  con  Ladislao,  llegó  á  con- 
vencerse de  que,  si  bien  el  instinto  de  propia  con- 
servación aconsejaba  no  provocar  una  lucha  des- 
igual, en  cambio  nadie  podría  darles  segurida- 
des de  que  el  peligro  inminente  desaparecería  en 
breves  horas,  con  el  alejamiento  de  los  que  es- 
taban acampados  en  la  orilla  del  monte.  Era  pre- 
ciso combatir,  y  desde  luego  despejar  el  campo. 

Así  fué  que,  cuando  Esteban  descendió  del  ár- 
bol, diciendo  que  todo  estaba  en  silencio,  y  mo- 
mentos después  vino  Cuaró  á  confirmar  este  dato, 


NATIVA  351 


decidióse  acometer,  tomándose  las  precauciones 
del  caso. 

Los  cuatro  debían  marchar  en  fila  hasta  la 
orilla  del  monte  en  medio  de  árboles  y  breñas, 
cuidando  de  no  producir  ruido  y  de  no  alejarse 
mucho  unos  de  otros.  Mercedes  quedaría  en  el 
« potrero  »  con  los  caballos  del  cabestro.  Una 
vez  sobre  los  enemigos  se  haría  uso  de  las  ar- 
mas de  fuego,  y  luego  de  las  blancas  si  fuere 
preciso.  Al  efecto,  Ladislao  había  puesto  una 
buena  carga  á  su  trabuco  de  cañón  de  bronce 
y  el  liberto  á  su  tercerola.  La  pistola  de  Luis 
María  y  de  Cuaró  estaban  listas.  Este  último  y 
el  «  matrero »  llevaban  las  dagas  cruzadas  por 
delante,  en  los  cintos ;  Berón  y  Esteban,  los  sa- 
bles desnudos  en  la  mano  izquierda. 

Pasada  media  noche,  los  cuatro  se  entraron  si- 
gilosos en  la  espesura,  guardando  una  distancia 
de  cinco  ó  seis  varas  uno  de  otro.  Mercedes  se 
quedó  en  el  campamento. 

Favorecía  el  avance  la    naturaleza  del  terreno. 

El  ruido  mismo  ocasionado  por  los  rozamien- 
tos con  las  ramas,  podía  bien  confundirse  con  el 
que  producen  los  animales  montaraces  á  toda 
hora,  y  aun  las  aves  somnolientas  al  aletear  en- 
tre el  follaje. 

Por  otra  parte,  los  «  chajaes  »  seguían  gritando 
en  las  lagunas,  y  los  patos  y  gallaretas  grazna- 
ban en  el  arroyo  en  gran  pendencia  y  alboroto. 
Los  « matreros »    adelantaron    pues,    camino,    sin 


352  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


dificultad  seria,  hasta  ponerse  en  la  orilla  del 
monte,  siempre  obedeciendo  á  las  instrucciones 
de  Ladislao. 

Los  hombres  del  destacamento  de  caballería 
reposaban  confiados  en  sus  lechos  de  caronas  y 
«  cojinillos,  »  á  pocos  metros  del  bosque,  sobre  un 
suelo  pastoso  y  blando. 

Varios  fogones  aun  no  apagados  esparcían  ape- 
nas en  rededor  una  claridad  rojiza  llena  de  humo: 
los  troncos  abrasados  y  cubiertos  en  un  extremo 
de  cenizas,  despedían  por  los  anchos  poros  del 
otro  un  hilo  gaseoso,  que  ascendía  lento  por  la 
serenidad  del  aire,  formando  volutas  al  nivel  de 
los  pastos,  así  como  las  que  producen  los  tacos 
ardiendo. 

Cerca  de  sus  dueños  atados  á  la  estaca,  pacían 
á  trechos  los  caballos  de  marcha  con  sonoro 
ruido  de  molares;  y  algo  más  lejos,  en  una  ex- 
planada húmeda  y  verde,  veíanse  otros  muchos 
sueltos  de  los  que  venían  arreando  para  relevos. 

Ningún  hombre  se  veía  en  pie ;  todos  parecían 
entregados  al  sueño,  á  juzgar  por  los  ronquidos 
que  se  oían  á  lo  largo  del  pequeño  campamento. 
Algunos,  sin  duda  soñadores  y  sonámbulos,  solían 
hablar  en  voz  alta  cosas  incoherentes,  revolvién- 
dose debajo  de  los  ponchos,  para  quedarse  nue- 
vamente en  una  inmovilidad  completa. 

La  luz  de  la  luna  inundaba  el  valle. 

Los  soldados  se  encontraban  en  la  sombra  que 
proyectaba  el  monte,  percibiéndose  bien  con  todo 


NATIVA  353 


sus  bultos  nefrros  tendidos  en  fila,  con  las  cabe- 
ceras hacia  la  espesura.  Junto  á  éstas  estaban  cla- 
vadas varias  lanzas  de  moharras  en  forma  de 
hoja  de  naranjo,  con  banderolas  triangulares,  quie- 
tas y  en  ondas  sobre  los  astiles.  El  aura  era 
tan  mansa,  que  no  agitaba  uno  solo  de  sus  plie- 
gues. 

Las  respiraciones  roncas  y  el  triscar  de  las 
hierbas,  en  original  concierto,  eran  los  únicos  rui- 
dos que  resonaban  en  el  trecho  de  sombra,  alter- 
nados á  veces  por  algún  resoplido  ó  estornudo 
difícil  de  clasificar  dada  la  proximidad  y  compa- 
ñía de  hombres  y  de  bestias. 

Los  huéspedes  del  monte,  pudieron  desde  luego 
llegar  sin  ser  sentidos  al  lugar  designado  por  La- 
dislao para  realizar  la  sorpresa,  en  despliegue  de 
guerrilla,  guardando  las  distancias  convenientes 
y  con  las  armas  preparadas. 

Aun  cuando  cuatro  ó  cinco  animales  vacunos 
ariscos,  encontrados  al  paso  entre  los  árboles  cer- 
canos á  la  orilla,  se  mostraron  inquietos  sacu- 
diendo las  astas  y  dando  brincos  en  la  maleza, 
el  rumor  no  trascendió  al  llano.  Todo  se  resumía 
en  los  ecos  misteriosos  del  bosque  y  no  podían 
estos  ecos  inspirar  recelos  á  los  que  lo  habían 
escogido  para  acampar.  En  esa  confianza,  Cuaró, 
no  tuvo  inconveniente  en  el  tránsito  de  dar  con 
la  culata  de  su  pistola  un  golpe  en  el  lomo  á  un 
«tamanduá»  que  se  le  interpuso,  al  arrastrarse 
por  los  pastos,  y  Esteban  un  sablazo  de  plano  á 

L>:¡ 


354  E.   ACEVED0  DÍAZ 


un  carpincho  que  le  gruñó  en  las  nÉHces  al  arras- 
trarse hacia  el  arroyo. 

Una  vez  en  el  linde  del  monte,  nuestros  hom- 
bres que  se  habían  quitado  desde  el  primer  mo- 
mento las  espuelas,  se  adelantaron  paso  á  paso 
en  el  mayor  silencio  hasta  ponerse  encima  de 
otros  tantos  enemigos. 

¡No  había  ya  que  titubear! 

El  trance  era  duro  y  decisivo. 

Sonaron  varias  descargas.  .  .  . 

Después,  algunas  voces  semejantes  á  alaridos. 

Aquellos  bultos  se  sacudieron  é  incorporaron 
como  movidos  por  un  solo  resorte,  arrojando  le- 
jos sus  ponchos  y  corriendo  hacia  sus  caballos 
alborotados. 

Pero,  no  fueron  todos. 

Tres  habían  quedado  inmóviles  bajo  el  plomo 
de  los  asaltantes;  y  otros  echaron  mano  á  sus 
armas,  apesar  de  estar  dominados  por  el  sueño. 
El  instinto  de  la  propia  conservación,  aunque  tro- 
pezando, casi  ciegos,  los  impelía  á  la  defensa  con- 
tra un  peligro  para  ellos  invisible  cuanto  era  de 
inesperado. 

Al  ruido  de  las  detonaciones,  la  «caballada» 
dispersa  en  el  valle  arrancó  á  escape  pisoteando 
entre  bufidos  de  pavor  súbito,  á  un  soldado  que 
encargado  de  cuidarla  allí  cerca  dormía;  y  á  este 
retemblar  del  suelo  uniéronse  los  gritos  de  Cuaró, 
que  acometía  daga  en  mano  á  los  que  saltaban 
en  pelos,  castigando  á  golpes  de  puño  sus  caba- 


NATIVA  355 


líos  en  el  cuello  hasta  hacer  zafar  las  estacas  ó 
reventar  los  «  maneadores». 

En  medio  del  tumulto,  sin  recostarse  á  los  ár- 
boles, Luis  María  que  había  tenido  tiempo  de  he- 
rir ó  de  matar  por  segunda  vez,  manteníase  quieto 
con  su  sable  en  alto,  no  poco  asombrado  de  aquel 
género  de  tragedia  nuevo  para  él. 

Como  todo  lo  violento,  poco   duró. 

La  mitad  del  destacamento  logró  escapar  de- 
jando sus  lanzas  en  el  campo;  cinco  hombres 
quedaron  tendidos,  y  bien  muertos,  pues  de  que 
así  sucediera  se  encargó  el  teniente,  que  no  gus- 
taba ver  «penar»   á  sus  enemigos. 

Cubierto  todo  de  sangre,  y  ya  tranquilo  des- 
pués de  su  exaltación  terrible,  con  dos  heridas 
ligeras  en  el  tronco  á  causa  de  dos  botes  de  lanza 
blandida  á  ciegas  por  uno  de  los  aterrados  ad- 
versarios, llamó  á  Esteban  para  que  le  ayudase 
á  recoger  el  botín. 

El  negro  que  no  había  dado  muerte  á  ninguno, 
apesar  de  haber  descargado  su  tercerola  á  quema- 
ropa,  apresuróse  á  ayudarlo  en  el  «  carcheo »  aun 
cuando  nada  de  valioso  había  quedado  en  el  lu- 
gar de  la  sorpresa,  á  no  ser  las  monturas  viejas, 
ponchos  descoloridos,  armas  de  poco  precio,  ro- 
pas casi  inservibles,  utensilios  de  vivac,  un  poco 
de  yerba -mate,  algunas  libras  de  «fariña»  para 
hacer  «pirón»,  tabaco  negro  y  tres  ó  cuatro  «pa- 
tacas»  en  los  bolsillos  de  los  muertos. 

Ladislao  conversaba  en  tanto  con  Luis  María, 


356  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


con  la  mayor  suma  de  tranquilidad.  Parecía  el 
«matrero»  acostumbrado  á  esos  lances  y  dábase 
aire  con  el  chambergo,  con  el  mismo  gesto  na- 
tural de  un  hombre  que  acaba  de  correr  en  tarde 
calurosa  detrás  de  una  manada  de  redomones. 

Convinieron  con  Berón  en  que  no  era  prudente 
la  permanencia  en  aquellos  lugares,  tanto  más 
cuanto  el  monte  no  ofrecía  seguridades  mayores 
que  las  de  la   «isleta»   en  que  se  hallaban. 

El  enemigo  podía  volver  reforzado  y  hacer  la 
batida  hasta  con  perros  cimarrones,  dolido  de 
la  sorpresa  y  de  las  pérdidas  sufridas,  pues  ni 
el  alférez  había  escapado  de  la  matanza. 

Para  refugio,  quedaban  los  montes  del  Río  Ne- 
gro, ó  los  del  Santa  Lucía  en  las  primeras  sinuo- 
sidades del  cauce. 

En  esos  sitios  las  madrigueras  eran  tan  segu- 
ras como  las  del  tigre,  no  sólo  por  lo  intrincado 
de  la  arboleda,  sino  también  por  los  boscajes  de 
juncos,  «  cortaderas  »  y  « totoras, »  «  chucas  »  y  pa- 
jonales que  nutrían  esteros  y  bañados  á  lo  largo 
de  las  riberas. 

Entre  unos  y  otros,  según  Ladislao,  los  del 
Santa  Lucía  eran  preferibles,  porque  la  zona  era 
más  poblada. 

Los  del  río  Negro  tenían  la  vecindad  de  los 
toldos  de  la  parte  del  norte,  en  que  se  extendía 
el  país  de  Pirú,  así  llamado  por  ser  el  nombre  del 
cacique  de  la  hueste :  campiñas  feraces  llenas  de 
ganado  vacuno,  de  potros  hermosos,  de  «  guazu- 


NATIVA  357 


biraes  »  y  ñandúes  salvajes,  en  cuya  caza  ejerci- 
taban siempre  los  charrúas  el  tiro  de  bolas. 

Luis  María  se  decidió  por  los  montes  del  Santa 
Lucía,  por  encontrarse  más  cerca  de  Montevi- 
deo;—  pero,  antes  quiso  oir  la  opinión  de  Cuaró. 

Requerido,  el  teniente  se  sonrió  encogiéndose 
de  hombros. 

El  sitio,  siendo  en  la  campaña,  le  era  indife- 
rente. 

—  Manda,  hermano, — dijo.  —  ¡Verás  que  voy 
lejos ! 

Entráronse  todos  al  monte,  y  sacaron  los  ca- 
ballos. 

La  luna  alumbraba  el  lugar  de  la  sorpresa  y 
los  cuerpos  tendidos,  dominando  ya  de  lo  alto  las 
copas  de  los  árboles,  el  valle  todo  y  la  orilla  ex- 
terior del  monte. 

Oíanse  furiosos,  como  si  aun  repercutiesen  las 
detonaciones  y  el  tropel  de  los  caballos  fugitivos, 
ladridos  de  perros  á  la  distancia,  aullidos  con- 
fusos, y  gritos  de  « chajaes »  cada  vez  más  fre- 
cuentes. 

Los  gatos  monteses  andaban  á  saltos  por  las 
ramas.  Algunas  cabezas  siniestras  se  asomaban  y 
escondían  de  vez  en  cuando  entre  las  malezas  del 
linde,  olfateando  en  la  sombra  los  despojos.  Es- 
tas cabezas  eran  las  de  perros  « tigreros  »  alzados 
contra  la  autoridad  de  sus  amos,  y  que  en  la  es- 
pesura llegaban  á  adquirir  en  grado  máximo  la 
propia  ferocidad  del  «  yaguareté  ». 


358  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Listos  ya  para  partir,  y  en  posesión  Mercedes 
de  un  bayo  regularmente  enjaezado,  la  cabalgata 
rompió  la  marcha  costeando  el  arroyo  de  á  dos 
en  fondo,  y  formando  Esteban  la  retaguardia  con 
su  tercerola  en  la  diestra. 


XVII 


AZUCENAS    SILVESTRES 


Los  montes  de  Santa  Lucía,  cerca  de  las  ca- 
beceras del  río,  formaban  en  aquellos  tiempos  una 
intrincada  selva  no  sólo  por  la  espesa  vegetación 
arbórea  que  cubría  totalmente  sus  bordes,  sino 
también  por  la  de  los  arroyos  que  iban  á  des- 
aguar en  su  cuenca. 

Hacia  su  ensanche  y  libre  curso  los  dos  fes- 
tones verdes  adquirían  mayor  desenvolvimiento, 
invadiendo  los  mismos  terrenos  de  costra  arable 
con  sinnúmero  de  « isletas  »  pintorescas  y  fron- 
dosas. 

En  treinta  leguas  próximamente  de  corriente, 
—  desde  los  manantiales  que  brotan  junto  á  los 
verrugones  de  uno  de  los  ramales  de  la  Cuchilla 
Grande,  —  el  río  no  presentaba  bosques  más  es- 
pléndidos, ni  más  frondosos  que  los  que  exhibía 
dominantes  en  mitad  de  su  cauce.  Allí  estaban  su 


360  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


lujo  y  sus  encantos.  Si  bien  poco  elevados  los 
árboles,  como  todos  los  que  crecen  en  el  país,  — 
en  relación  á  los  troncos  gigantescos  de  los  tró- 
picos, —  eran  tan  numerosos  en  una  y  otra  ribera 
que  en  realidad  debían  ser  éstos  considerados 
como  florestas  indígenas,  cuyos  ramajes  ni  si- 
quiera había  chapodado  el  hacha  del  leñador. 

Grandes  praderas  de  ambos  lados,  sin  aspere- 
zas sensibles  á  sus  flancos,  hacían  resaltar  en  esa 
zona  la  bella  perspectiva  de  boscajes  y  espesu- 
ras cuyas  líneas  iban  á  perderse  uniformes  en  el 
litoral  del  Plata. 

En  cierto  lugares,  junto  á  aquellos  bosques  casi 
vírgenes  donde  una  que  otra  vez  habían  acam- 
pado ejércitos  y  aun  las  huestes  charrúas,  sin 
desflorarlos,  el  bañado  ó  el  estero  formaban  como 
manchas  en  los  terrenos  bajos.  Los  juncales  y  las 
pajas  bravas  bordaban  sus  perímetros,  y  brota- 
ban viciosos  en  sus  mismos  centros,  subdividién- 
dolos  en  cenagosos  pantanos  cubiertos  por  mon- 
tes de  verdura  que  engañaban  al  ojo  inexperto; 
pero  entre  todas  las  plantas  y  arbustos  acuáti- 
cos, las  «cortaderas»  primaban  bajo  el  sol  esti- 
val con  sus  largos,  flexibles  y  elegantes  penachos 
blancos  de  forma  cónica,  como  otros  tantos  ex- 
tremos de  colas  de  zorros  en  posición  vertical, 
sustentadas  por  varillas  rectas. 

El  aire  ardiente  al  deslizarse  perezoso  doble- 
gaba suave  las  cúspides  en  ondulaciones  tan  le- 
ves como  plácidos   rizos  de  laguna,  sin  descubrir 


NATIVA  361 


un  vacío ;  á  tal  punto  la  fecunda  tierra  daba  vida 
é  incremento  aun  á  lo  inservible. 

La  manzanilla  con  sus  florecillas  color  de  oro, 
el  « macachín »  el  trébol,  la  ortiga  brava  y  el 
cardo  de  penacho  azul  matizaban  parte  del  suelo 
en  los  contornos,  en  abigarrado  conjunto  de  bre- 
ñas y  pastos  fuertes. 

Sobre  esos  colores  y  aromas  silvestres  vaga- 
ban zumbones  mil  insectos,  saltaba  por  todos  la- 
dos la  langosta  y  corría  la  lagartija,  el  « tiyú  » 
del . « tape  » . 

Zona  poco  frecuentada  á  no  ser  por  el  peonaje 
á  escape  en  las  recogidas,  ó  en  la  caza  de  vena- 
dos y  avestruces,  era  la  más  á  propósito  para  dar 
entrada  secreta  al  monte. 

La  torada  había  abierto  dos  ó  tres  boquetes  en 
aquella  parte,  los  que  conducían  á  pequeños  «po- 
treros» y  al  río  mismo,  tras  una  tortuosa  trave- 
sía; y  de  estas  obras  del  animal  «matrero»  se 
servían  muchos  de  los  que  tenían  cuentas  pen- 
dientes con  la  justicia  ó  eran  víctimas  de  las  per- 
secuciones y  los  odios  locales. 

Ladislao  conocía  bien  esos  parajes,  y  á  ellos 
guió  á  sus  compañeros. 

En  un  día  de  sol  rajante,  penetraron  en  el 
campo  de  Robledo,  dirigiéndose  sin  detenerse  al 
monte. 

Ganado  disperso  aquí  y  acullá  en  busca  de 
frescura;  algunas  reses  cobijadas  bajo  el  ramaje 
de  las   « sombras  de  toro »  con  las  <  picanas  »   al 


362  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


sol  y  moviendo  inquietos  los  borlones  de  las  co- 
las para  espantar  los  tábanos  y  mosquitos  que 
mortificaban  su  piel;  varios  ñandúes  errantes  por 
el  bajo  á  paso  lento  y  erguido  el  cuello ;  y  uno 
que  otro  ciervo,  muy  en  alto  la  cornamenta, 
quieto  y  prevenido  en  las  próximas  alturas,  —  era 
todo  lo  que  daba  animación  y  relieve  al  paisaje. 

Los  ginetes  entráronse  por  la  « picada »  del 
centro. 

Aunque  rendidos  por  la  jornada  á  medias,  en 
día  tan  ardiente,  desmontáronse  sin  desaliento  re- 
petidas veces  para  chapodar  ramas  y  abrir  ca- 
minos con  dagas  y  sables  haciendo  oficio  de  in- 
genieros y  zapadores,  al  mismo  tiempo  que  iban 
estudiando  cada  uno  á  su  manera  la  naturaleza 
del  terreno,  la  calidad  del  bosque  y  las  medidas 
necesarias  para  obstruir  después  la  vía  con  arre- 
glo al  procedimiento  práctico  observado  por  los 
maestros  en  el  arte  del  escondrijo. 

En  su  instalación  conveniente  emplearon  va- 
rios días;  consiguiendo  al  fin,  con  ayuda  de  otros 
huéspedes  que  ocupaban  hacía  tiempo  otros  com- 
partimientos de  aquel  inmenso  falansterio  selvá- 
tico, levantar  sus  viviendas  en  lugares  escogidos, 
oscuros,  casi  impenetrables,  y  por  lo  mismo  á 
salvo  de  toda  sorpresa. 

Los  hombres  muy  baqueanos  del  pago,  única- 
mente, podían  llegar  hasta  allí  sin  tropiezo,  antes 
de  ser  ocupado  el  sitio. 

Después,  les  habría  sido  imposible. 


NATIVA  3()3 


Se  hubiesen  encontrado  con  vías  cambiadas, 
obstáculos  imprevistos;  tupidas  barreras  de  todo 
género  de  plantas  agrestes,  donde  ellos  dejaron 
fácil  pasaje;  troncos  acumulados  hasta  una  altura 
considerable,  que  ocultaban  detrás  el  peligro;  des- 
cuajes y  desmontes  extraordinarios  que,  al  modi- 
ficar el  aspecto  y  topografía  del  paraje,  borraban 
toda  noción  anterior,  desconcertando  por  completo 
el  ánimo  del  más  osado  campero. 

En  tales  sitios  se  establecieron  Berón  y  sus 
amigos,  los  que  informados  por  sus  nuevos  com- 
pañeros acerca  de  las  cualidades  que  distinguían, 
con  sello  nativo,  al  propietario  del  campo,  deter- 
minaron evitarle  todo  daño ;  y  contribuir  por  el 
contrario  desde  lejos  á  hacerle  el  bien  posible. 

Este  propósito  se  puso  en  práctica  muy  pronto, 
con  motivo  de  las  invasiones  de  reses  «  alzadas  » 
á  las  praderas  del  monte. 

Las  vacas  y  novillos  cimarrones  dirigíanse  como 
de  costumbre  á  los  potreros  escondidos,  donde 
hacían  vida  común  con  las  yeguas    ariscas. 

Allí  hallaban  hierbas  blandas,  sombra  apacible, 
enormes  canceles  oscuros  en  la  época  del  celo,  y 
hasta  retiros  ignorados  para  rascarse  recíproca- 
mente en  las  paletas  y  cruceros  sin  que  viniese 
á  atormentarlos  el  silbido  agudo  y  la  arremetida 
á  media  rienda  del    pastor. 

Pero,  en  posesión  ya  de  esos  lugares,  cuya  fe- 
racidad sólo  debían  aprovechar  sus  caballos,  los 
habitantes  del  monte  no  podían  tolerar  semejan- 


364  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


tes  irrupciones  sin  grave  peligro  de  sí  mismos; 
y,  como  se  quiera  que,  al  arrojar  del  monte  al 
ganado  «  orejano  »  en  beneficio  propio,  —  aun 
cuando  de  él  echasen  mano  para  su  alimento,  — 
se  lo  hacían  también  al  señor  Robledo,  proce- 
dieron en  las  primeras  semanas  á  la  expulsión  de 
una  parte;  dejando  al  cuidado  del  peonaje  de  la 
estancia  la  operación  de  « entablarlo »  tratándose 
de  caballos,  ó  de  pastorearlo  y  aquerenciarlo  si 
se  trataba  de  vacas  y  de  toros. 

En  una  de  esas  faenas  fatigosas  á  la  par  que 
entretenidas,  Esteban  descubrió  á  través  de  lo 
más  enmarañado  del  bosque  una  extensa  vía  ó 
túnel  á  trechos  contorneado,  —  obra  también  de 
la  torada,  —  por  el  cual  se  podía  avanzar  á  pie, 
inclinado  el  cuerpo,  ó  de  bruces  á  veces  hasta  un 
boquete  transversal  que  conducía  á  la    ribera. 

Esta  exploración,  debida  al  acaso,  dio  buenos 
resultados. 

Los  antiguos  « matreros »  conocían  en  parte 
esta  vía;  pero  de  ella  no  se  habían  preocupado, 
ni  la  habían  recorrido  desde  que  tomaron  pose- 
sión del  terreno  de  la  costa,  en  el  cual  no  fue- 
ron nunca  perturbados. 

Cierto  es  que  estaba  interrumpida  por  nuevas 
vegetaciones,  y  que  para  dejarla  en  algo  expedita, 
el  liberto  se  había  visto  en  el  caso  de  desgajar 
árboles  y  destruir  gran  número  de  enredaderas. 
Tal  vez  á  estos  detalles,  y  á  la  circunstancia  de 
haber  sido  abandonada  por  el  ganado,  —  ojeador 


NATIVA  365 


por  instinto  inteligente  de  la  línea  más  corta, — 
aquéllos  no  la  tuvieron  nunca  en  cuenta. 

Así  que  Ladislao  y  Cuaró  examinaron  el  bo- 
quete, convinieron  en  que  era  útil  para  correrse 
á  lo  largo  del  monte  sin  necesidad  de  mostrarse 
en  el  campo. 

Podía  suceder  que  de  improviso  fueran  ataca- 
dos por  ahí,  y  entonces  la  salida  era  casi  impo- 
sible; y  podía  ocurrir  que  se  viesen  obligados, 
sin  ser  acometidos  por  ese  lado,  á  deslizarse  rá- 
pidos como  culebras  por  la  « picada »  en  busca 
de  mejor  terreno. 

De  acuerdo  pues,  procedieron  á  obstruirla  par- 
cialmente por  medios  ingeniosos;  de  modo  que 
para  ellos  fuese  siempre  una  salida  de  escape,  y 
para  los  extraños,  un  verdadero  laberinto  que 
inutilizara  su  acción  por  completo.  Al  efecto,  die- 
ron bifurcación  al  sendero  ligándolo  con  otros 
más  estrechos  —  obras  del  «aguará»  y  del  «ta- 
manduá » ;  erizáronlo  de  distancia  en  distancia  de 
postes  comunes,  medios  postes  livianos,  estacones 
reforzados  y  aun  estaquillas  puntiagudas  —  temi- 
bles defensas  en  tales  sities  contra  el  avance  á 
caballo;  —  y  despejaron  sin  temor  el  resto,  sobre 
el  « abra »  misma  ó  hueco  del  monte  á  que  nos 
referíamos,  y  que  se  distinguía  de  la  «picada» 
por  su  anchura  y  la  desnudez  del  suelo. 

Asegurados  así  contra  riesgos  posibles,  cons- 
truidas sus  cabanas  de  follaje  en  un  « potrero  » 
espacioso,  y  con  todo  género  de  elementos  al  al- 


366  E.   ACEVED0  DÍAZ 


canee,  agua,  leña,  ganado,  aves,  peces  —  alternán- 
dose en  sus  fogones  la  carne  de  vaca  y  la  de 
perdiz -martineta,  con  la  del  «mangrullo»,  el«su- 
rubí  »  y  la  «tararira»,  —  dejaron  transcurrir  varias 
semanas  en  la  ina'cción. 

De  vez  en  cuando  solamente,  Cuaró  ó  algunos 
de  los  «tapes»  fugitivos  de  Soriano  que  con  ellos 
se  reunieron  desde  los  primeros  días,  hacían  ex- 
cursiones para  proveerse  en  la  «pulpería»  del 
otro  lado  del  paso,  ó  recoger  noticias  sobre  la 
marcha  de  los  sucesos. 

De  sus  informes  vagos ,  resultaba  que  ninguna 
fuerza  patriota  se  había  visto  por  las  cercanías; 
y  sí  destacamentos  portugueses  ó  brasileros,  que 
pasaban  de  largo,  arreando  por  lo  común  la  flor 
del  ganado  en  su  trayecto. 

En  uno  de  esos  días,  Berón  acompañado  de 
Ladislao  y  un  « tape  »  recorrió  el  monte  hasta  la 
parte  en  que  éste,  haciendo  una  gran  curva,  en- 
frentaba con  las  «casas». 

Cuaró  y  Esteban  se  habían  detenido  algo  más 
atrás,  acechando  cerca  del  linde  una  familia  de 
«peludos»,  cuyos  miembros  grandes  y  pequeños 
entrábanse  ó  se  salían  de  su  cueva  bajo  las  « ta- 
las»  en  permanente  inquietud. 

Luis  María  entreteníase  en  cortar  una  rama  de 
« ñapindá  »  con  mucho  cuidado,  pues  defendíase 
bien  ésta  con  sus  bravas  «uñas  de  gato»  —  que 
tal  forma  revisten  sus  pinchos,  —  cuando  llamó  su 
atención  y  la   de   sus    compañeros   cierto   rumor 


NATIVA  367 


inusitado,  en  la  orilla  próxima  del  monte  figu- 
rándose al  principio  algo  así  como  el  aleteo  de 
una  paloma  que  arrulla  fatigada. 

Grande  fué  sin  embargo,  su  sorpresa,  al  ob- 
servar que  era  una  mujer  joven  —  la  traviesa  de 
Dorila  la  que,  aturdida  y  casi  ahogada  por  la 
risa,  lo  había  distraído  en  la  tarea,  sentándose  en 
un  tronco  del  que  ella  hizo  hamaca. 

La  llegada  inmediata  de  Natalia,  después  del 
pasaje  de  don  Anacleto,  aumentó  la  novedad  del 
episodio. 

A  la  vista  de  las  jóvenes,  todos  se  quedaron 
en  suspenso  mirando  ron  gran  curiosidad  por  los 
claros  del  follaje.  La  emoción  experimentada  por 
cada  uno  de  ellos  fué  quizás  la  misma  en  el  fondo; 
pero,  las  manifestaciones  se  distinguieron,  según 
cada  clase  y  temperamento. 

Luis  María  se  sorprendió  agradablemente. 

A  su  alrededor  dentro  del  monte,  veíanse  cla- 
veles y  habas  del  aire,  aromas  y  bayas  de  lau- 
rel; de  aquellas  que  delante  estaban  no  había 
otros  ejemplares  parecidos  que  las  «  azucenas  del 
bosque».  ¡Quizás  porque  hacía  ya  muchos  meses 
que  no  veía  tan  cerca  de  sí  reunidas,  juventud  y 
hermosura,  bajo  formas  de  mujer! 

Quedóse  mudo  y  atento .... 

No  así  sus  compañeros. 
-Doman    con  la    vista,  —  dijo    Ladislao,    aso- 
mando su  rostro  pálido  por  encima  del   hombro 
de  Berón. 


368  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  «Endereza -pona»  (i)  —  añadió  el  «tape», 
sonriéndose. 

Al  ruido  de  ramas  y  de  voces,  fué  que  Nata 
y  Dora  huyeron. 

Se  recordará  que,  escapando  al  aguijón  de  las 
abejas  salvajes  de  la  «lechiguana»,  habíanse  reu- 
nido en  aquel  sitio  y  sentádose  en  el  viejo  tronco. 

Seguíales  en  su  fuga  con  la  mirada  todavía 
Berón,  cuando  aproximándosele  Esteban,  que 
acababa  de  llegar,  informóle  cómo,  casualmente, 
había  presenciado  de  cerca  el  episodio  de  la  « le- 
chiguana »,  ó  del  «camoatí»,  según  él  decía  ha- 
ciendo confusión  de  vocablos. 

Después  de  oirlo  en  todos  sus  minuciosos  de- 
talles: de  cómo  acumularon  leña  las  niñas  y  dióle 
fuego  una  de  ellas,  para  escaparse  en  seguida  al 
sentirse  el  « borbollón  de  las  avispas » ;  de  la  lle- 
gada de  don  Anacleto  al  sitio  y  de  su  corrida 
también,  acosado  por  las  « lancetas  de  los  bi- 
chos»,—  Luis  María  dijo  al  liberto: 

—  Si  no  tienes  miedo  al  aguijón,  saca  esta  no- 
che la  « lechiguana »  y  la  pones  en  aquella 
huerta.  Pero,  no  has  de  dejar  dentro  del  panal 
ni  una  sola  abeja. 

Dióse  maña  el  negro. 

Acompañado  de  Cuaró,  hizo  uso  del  poncho  de 
paño:  sistema  de  atrapar  panales  que  consistía 
en  cubrir  bien  por  uno  de  los  lados  el  globo,  de- 


(1)    En  guaraní:    lindos  ojos. 


NATIVA  369 


jando  libre  la  puerta  de  salida,  de  manera  que 
los  insectos  desalojaran  el  nido  y  fuesen  ocupando 
el  espacio  descubierto  en  espesa  nube.  Tapado  á 
su  vez  el  liberto,  debían  sus  manos  jugar  debajo 
del  poncho  como  sobre  un  tambor,  sacudiendo  el 
esferoide  de  hojaldres  hasta  producir  la  fuga  de 
los  porta -aguijones;  cosa  que  él  practicó  entre 
grandes  risas,  haciendo  con  los  dedos  lo  que  sus 
congéneres  africanos  en  la  marímbula,  un  ver- 
dadero candombe. 

Resguardada  la  cabeza  tanto  como  lo  estaba 
el  cuerpo  todo,  tendido  el  poncho  á  lo  largo,  los 
insectos  al  salir  embotaban  sus  lancetas  •  en  el 
paño,  y  alejándose  algunas  varas,  manteníanse 
en  el  espacio  en  espantoso  hervidero  ó  torbellino 
negro. 

Realizada  la  operación  en  esta  forma,  lo  que 
no  era  fácil  para  el  que  careciese  de  la  habili- 
dad necesaria,  arrancábase  á  su  asidero  el  nido, 
adherido  comunmente  á  un  débil  gajo  ó  insigni- 
ficante ramita,  y  se  le  hacía  rodar  por  las  hier- 
bas hasta  despoblarlo  en  absoluto. 

Tal  fué  la  diligencia  de  Esteban. 

Concluida,  cogió  el  « rebozo  »  de  Dora  que  ha- 
bía quedado  allí  cerca,  y  que  don  Anacleto  no 
pudo  levantar;  envolvió  primero  el  nido  en  unas 
hojas  anchas  de  «camalote»  que  Cuaró  le  trajo, 
y  luego  en  la  manta,  con  el  mayor  cuidado;  y 
á  hora  de  madrugada,  aproximóse  con  el  teniente 
á  la  huerta  de  Robledo. 

•21 


370  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Mientras  Cuaró  se  entendía  con  los  mastines, 
llamándolos  con  su  acento  suave  y  frotándose  los 
dedos,  al  punto  de  amansarlos  y  transformar  sus 
ladridos  de  amenaza  en  simples  gruñidos  sordos, 
el  liberto  colocó  el  bulto  en  el  cerco,  en  el  lu- 
gar donde  Dorila  lo  halló  poco  después. 


Pasados  algunos  días,  ya  en  sus  alojamientos, 
un  « tape »  que  volvía  de  la  orilla  opuesta,  co- 
municó á  los  huéspedes  del  monte  que  una  par- 
tida de  caballería  se  acercaba  al  «tranco»  hacia 
la  citada  ribera,  y  que  parecía  gente  de  Frutos. 

Venía  el  ginete  con  el  caballo  bañado  en  su- 
dor, y  por  su  aspecto  algo  demudado,  inferíase 
á  primer  golpe  de  vista  que  algunas  balas  habían 
silbado  en  sus  oídos. 

Convínose  entonces  cambiar  por  el  instante  de 
sitio,  como  los  «terus»,  á  fin  de  que  la  fuerza 
perdiese  el  rumbo,  y  en  caso  de  refriega,  se  efec- 
tuase ésta  algo  lejos  del   campamento. 

Listas  las  armas  de  fuego,  marcharon  todos  á 
pie  hasta  el  grupo  de  sauces  que  señalaba  el 
linde  ó  línea  divisoria  entre  el  río  y  una  fron- 
dosa «isleta»,  precisamente  aquella  que  Nata  y 
Dora  escogían  siempre  para  sus  paseos  por  la 
tarde,  pocas  cuadras  distante  de  las  «casas». 

El  lugar  era  excelente,  una  abra  ó  claro  es- 
pacioso entre  dos  espesuras  que  permitía  descu- 
brir los  menores  movimientos  en  la  orilla  vecina, 


NATIVA  371 


tanto  más  cuanto  en  el  centro  casi  del  cauce  un 
islote  cuajado  de  malezas  y  arbustos  favorecía  el 
espionaje. 

Entre  ese  islote  y  la  escarpa  del  río,  las  aguas 
formaban  un  gran  remanso  sobre  el  que  los  sau- 
ces tendían  sns  largos  gajos  provistos  de  verdes 
é  innumerables  guedejas. 

Por  ese  claro  cruzaron  Luis  María  y  Cuaró, 
quedándose  los  otros  en  la  espesura  opuesta. 

Ya  emboscados,  las  voces  y  risas  de  Dorila  y 
Natalia,  que  llegaban  á  los  sauces  y  se  sentaban 
tranquilas  en  los  troncos,  junto  al  remanso,  no 
dejó  de  contrariarlos. 

Pudo  Berón  observarlas  bien  sin  ser  visto, 
oculto  como  lo  estaba  entre  «  mataojos  »  y  «  blan- 
quillos» pareciéndole  que  las  dos  hijas  de  don 
Luciano  Robledo,  en  todo  su  brillo  juvenil,  eran 
frutas  demasiado  tentadoras  para  no  merecer  al- 
gunos minutos  de  contemplación. 

Felizmente  —  pensaba  él  —  su  padre  es  querido, 
y  estos  « matreros »  no  pertenecen  al  número  de 
los  peores. . . . 

Pronto  el  destacamento  de  caballería,  cuya 
proximidad  denunciara  el  «tape»,  se  puso  á  la 
vista,  avanzando  al  paso  y  en  grupo,  y  detenién- 
dose en  los  juncales  que  bordaban  la  costa  del 
frente. 

Todos  esos  hombres  venían  con  la  vista  atenta, 
examinando  los  claros  del  «abra»,  los  senderos 
del  ganado,  los  árboles  altos,  las  hierbas  en  busca 


372  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


de  huellas,  el  suelo  blando,  el  islote;  y,  al  fin, 
acabaron  por  fijarse  en  las  jóvenes. 

Luis  María  y  sus  compañeros  permanecieron 
en  silencio,  tal  vez  evitando  un  conflicto  que  no 
habían  previsto. 

Así  que  ellas  se  alejaron  veloces,  hasta  entrar 
al  campo  libre,  muy  próximo  en  esa  parte,  resol- 
viéronse á  espantar  «los  pájaros  de  paso»,  se- 
gún la  frase  de  Ladislao;  é  hiciéronles  dos  ó  tres 
disparos  de  tercerola,  que  dieron  con  uno  de  los 
ginetes  en  tierra. 

Se  apresuraron  á  levantarlo  los  demás  con 
gran  vocerío,  contestando  algunos  con  otros  tan- 
tas descargas  á  los  invisibles  enemigos;  y,  per- 
suadidos sin  duda,  de  que  era  más  fácil  « bo- 
lear »  un  ñandú  ó  un  «  guazubirá  »  que  dar  caza 
á  un  «matrero»,  emprendieron  en  tumulto  la  re- 
tirada atropellándose  en  el  «abra»  con  no  poco 
azoramiento. 

Era  este  suceso  el  que  había  provocado  la  con- 
fusión en  las  «casas»,  á  la  llegada  de  las  dos 
hermanas,  y  las  medidas  precaucionales  del  bueno 
de  Robledo. 

Conoce  ya  los  demás  el  lector:  el  incidente  de 
Luis  María  pocos  días  después  al  lanzar  el  ga- 
nado «  orejano  »  al  campo  en  aquellos  mismos  si- 
tios; la  presentación  de  Esteban  una  noche  en 
las  « casas »  en  hora  en  que  don  Anacleto  na- 
rraba sus  cuentos  campesinos,  y  la  traslación  del 
herido  á  la  tapera  del  bajo,  transformada  en  lo- 
cal habitable  por  la  industria  del  liberto. 


NATIVA  373 


Instruido  pues,  á  este  respecto,  sobre  el  origen 
de  Berón  y  las  causas  que  motivaban  su  presen- 
cia en  el  pago,  pasamos  á  reanudar  aquí  el  re- 
lato interrumpido,  desde  la  tarde  aquella  en  que 
Luis  María  se  aproximó  por  vez  primera  á  la 
estancia  de  los  «Tres  Ombúes». 


XVIII 


EL   NIDO    DE    TORCAZ 


En  la  noche  que  siguió  á  ese  día,  Berón  no  dur- 
mió muy  tranquilo,  sin  que  ese  desasosiego  fuese 
ocasionado  por  los  efectos  de  una  herida  ya  cica- 
trizada, ni  por  la  zozobra  é  incertidumbre  en  que 
mantenían  su  espíritu  patriótico  los  sucesos  del 
país,  cuyo  verdadero  sesgo  ignoraba,  apesar  de 
todas  sus  investigaciones  y  de  los  datos  desfa- 
vorables que  le  había  trasmitido  don  Luciano 
en  sus  visitas ;  ni  por  el  recuerdo  de  sus  padres 
por  más  que  le  mortificara  con  frecuencia,  y  á 
quienes  había  ya  escrito  por  conducto  de  un  ca- 
pataz de  «tropa»,  dándoles  nuevas  de  su  «ex- 
celente salud  »  y  de  las  esperanzas  que  abrigaba 
de  volverlos  á  ver  pronto. 

Lo  que  lo  tuvo  inquieto,  fué  tal  vez  la  impre- 
sión agradable  recibida  en  su  visita  á  las  «  casas», 
tan  diferente  á  las  que  durante  meses  venía  ex- 


NATIVA  375 


perimentando  en  su  existencia  errabunda,  some- 
tida á  rudas  pruebas  y  vicisitudes. 

Cierto  es  que  él  no  se  quejaba  de  estos  sacri- 
ficios; que  sentía  cierto  goce  en  haber  conocido 
de  cerca,  casi  en  la  intimidad  la  crudeza  de  la 
masa  y  cosechado  algo  de  lo  mucho  que  la  vida 
enseña;  y  que  aguardaba  varonil  mayores  exi- 
gencias y  amarguras,  con  la  fe  inquebrantable  del 
que  ama  su  tierra  y  profesa  principios  invencibles. 

Pero,  este  nuevo  fenómeno  psicológico  que  des- 
viaba un  tanto,  apenas  de  producido,  las  preocu- 
paciones constantes  de  su  alma  entusiasta  y  ar- 
dorosa, abriendo  por  decirlo  así  otro  cauce  á  sus 
emociones  juveniles,  había  sacudido  todo  su  tem- 
peramento, rompiendo  con  la  monotonía  casi  sal- 
vaje del  médium,  y  ligádose  en  cierto  modo  con 
aquel  amor  entrañable  al  suelo. 

Explicábaselo  como  una  recrudescencia  vio- 
lenta hacia  los  hábitos  sociales,  en  medio  de  la 
naturaleza  agreste  y  de  la  reversión  de  los  ins- 
tintos ;  y,  prometióse  seguir  sus  impulsos,  en  com- 
pensación de  tantas  acritudes  de  ánimo  y  sole- 
dades de  corazón. 

Así  fué  que,  al  día  siguiente  por  la  tarde,  con 
un  pretexto  cualquiera,  presentóse  en  la  estan- 
cia vestido  con  sus  mejores  prendas. 

En  el  acto  observó  que  su  presencia  no  dis- 
gustaba, y  que  se  le  brindaban  halagos  que  de- 
bían al  fin  empeñar  aun  más  su  gratitud. 

Nata  y  Dora  mostráronse  muy  atentas  con  él, 


376  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


sonriéndose  al  ofrecerle  el  «  mate  »  ó  flores  de 
sus  embrollados  criaderos  de  claveles,  albahaca 
y  cedrón. 

Por  otra  parte,  la  compostura  de  cada  una, 
sin  diferir  mucho  en  el  gusto,  denunciaba  un  cui- 
dado especial  de  la  persona  y  ciertos  rasgos  vi- 
sibles por  demás  de  coquetería  de  ciudad  aun  en 
la  sencillez  del  adorno. 

Luis  María  no  pudo  menos  de  tomar  nota  de 
feste  detalle. 

Sin  creerse  él  gallardo  mozo,  aunque  en  rea- 
lidad lo  era,  lamentábase  en  esos  momentos  que 
el  sol  y  el  aire  de  las  « cuchillas  »  le  hubiesen 
quemado  de  sobra  la  piel,  especialmente  en  la 
nariz;  y  que  la  «vinchuca»,  el  abejorro  y  el 
«  gegén  »,  más  que  el  uso  continuo  de  los  útiles 
del  campero,  le  hubieran  desflorado  no  poco  la 
de  las  manos  blancas  y  pequeñas  con  sus  trompas. 

Quebrada  estaba  por  el  aliento  de  los  campos 
la  tersura  de  su  rostro,  que  habría  envidiado  una 
mujer;  pero,  de  ello  no  se  tomaba  tanta  pena 
como  por  lo  viejo  ya  de  sus  prendas  de  vestir, 
siquiera  fuesen  las  de  más  lujo  de  sus  maletas. 

Algunos  zurcidos  tenían,  y  botones  de  distin- 
tas clases  pegados  de  tal  manera  por  el  liberto, 
que  antes  que  ellos  caería  á  pedazos  el  género. 
Junto  á  unos  grandes  de  acero,  otros  más  pe- 
queños, rota  la  tela,  dejaban  ver  la  hormilla  que 
sobresalía  en  extremo  del  canto,  á  fuerza  de 
afianzar  la  cadenilla  de  los  « avíos »  que  guar- 
daba en  el  bolsillo  del  pecho. 


NATIVA  377 


Dora  ponía  el  ojo  escudriñador  y  vivaz  hasta  en 
estas  minuciosidades,  de  las  que  se  permitía  ha- 
cer luego  comentarios ;  pero,  con  cierta  condo- 
lencia mezclada  á  un  sincero  interés. 

Don  Luciano,  que  había  cobrado  grande  afecto 
al  joven,  llegó  á  suplicarle  reiterase  sus  visitas 
con  la  mayor  frecuencia  posible  y  viniese  á  com- 
partir con  ellos  el  puchero  y  el  asado;  pues  de  ese 
modo  platicarían  diariamente  sobre  las  cosas  de 
la  tierra,  y  lo  podría  él  informar  de  algunas  no- 
vedades de  que  llegasen  á  ser  portadores  los 
«troperos»  y  chasques  de  su  relación  que  solían 
llegar  de  paso  á  las  «casas»,  procedentes  de 
Montevideo. 

Mostróse  Luis  María  muy  reconocido  á  éstas 
y  otras  deferencias,  é  hizo  promesa  de  satisfacer 
aquellos  deseos,  aun  cuando  su  estadía  no  fuera 
larga  en  el  pago ;  pues,  asistíale  la  convicción 
de  que  muy  pronto  volvería  á  encenderse  la  gue- 
rra en  el  país,  en  cuyo  caso  todos  los  buenos 
patriotas  estarían  obligados  á  estrechar  filas. 

Oyéndole  expresarse  así  con  una  ingenuidad 
impetuosa,  el  señor  Robledo  que  era  paisano 
viejo  y  de  « callo  duro »  como  él  decía,  no  po- 
día menos  de  exclamar: 

«¡Vean  no  más  lo  que  es  la  fuerza  de  la  san- 
gre, por  Dios  bendito!  ¡Eche  hasta  que  se  derrame 
guapo  mozo,  que  de  esa  laya  ya  no  van  á  cre- 
cer en  esta  tierra  más  que  «quebrachos»  colora- 
dos ! » 


3<S  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Después  añadía:  «¡Si  las  cosas  pintan  bien,  ya 
han  de  asombrarse  cuando  miren  ponerse  de  punta 
hasta  los  huesos  viejos  !  » 

Este  arranque  de  don  Luciano  era  sincero ; 
porque  en  realidad,  desde  la  partida  del  general 
Alvaro  da  Costa  para  Portugal  con  sus  Volunta- 
rios Reales,  la  situación  del  país  se  había  agra- 
vado en  exceso,  y  hasta  los  espíritus  más  tole- 
rantes se  sentían  dominados  por  una  sorda  irri- 
tación. 

La  del  buen  hacendado,  con  ser  personalísima, 
era  la  nota  dominante  en  la  campaña,  como  se 
verá  después. 

De  ahí  que,  en  el  fondo,  él  se  identificase  por 
completo  con  las  ideas  exaltadas  del  joven  pa- 
triota, tan  dueño  sin  embargo  de  sí  mismo,  como 
penetrado  de  los  grandes  destinos  de  la  gene- 
ración de  su  tiempo. 

Estas  visitas  y  conversaciones  con  padre  é  hi- 
jas, periódicas  al  principio,  llegaron  á  hacerse 
muy  frecuentes. 

Aunque  reinstalado  en  su  antiguo  alojamiento, 
Luis  María  venía  todas  las  tardes  á  la  estancia. 

Como  había  adquirido  cierto  dominio  sobre  los 
hombres  del  monte,  é  inculcádoles  línea  de  con- 
ducta, éstos  concurrían  á  su  vez  á  las  «  casas  »  y 
ayudaban  siempre  á  la  faena  á  toda  hora,  com- 
placidos de  corresponder  así  á  una  hospitalidad 
generosa. 

El  mismo  don  Luciano,  apesar  de   las    graves 


NATIVA  379 


responsabilidades  que  con  ello  contraía,  demos- 
traba un  interés  vivo  y  creciente  en  atraerlos  y 
contentarlos,  disculpándoles  sus  faltas  ó  demasías 

«Estos  cimarrones  precisan  que  los  acaricien 
— decía  él;  —  al  revés  de  las  bestias  que  son  hi 
jas  del  rigor.  ¡  Sobran  la  carne,  el  agua  y  la  leña 
y  todos  somos  hijos  de  Dios,  canejo!  ¿Por  qué 
negarles  lo  que  se  comen  y  beben  los  perros 
bravos  y  los  tigres,  sin  permiso  ?  Somos  una 
misma  familia.  » 

Berón  por  su  parte,  y  sin  sentirlo,  iba  encari- 
ñándose de  las  « casas »  á  medida  que  pasaban 
los  días,  al  calor  de  amistosos  afectos  que  en 
mucho  disipaban  sus  repentinos  desalientos  y 
tristezas. 

Estas  horas  de  sociedad  singular,  hiciéronse 
imperiosas  para  él. 

Paseos  familiares;  frases  más  ó  menos  ardientes; 
episodios  pueriles  pero  que  revestían  cierto  en- 
canto ;  reminiscencias  lejanas  de  haberse  visto  en 
Montevideo  más  de  una  vez;  confidencias  natu- 
rales de  sobremesa;  comentarios  á  los  incidentes 
ocurridos  en  el  monte  antes  de  entrar  en  relación, 
la  « lechiguana »,  los  tiros,  la  presentación  de 
Esteban  una  noche:  todos  estos  hechos,  memo- 
rias y  nimiedades  que  servían  de  tema  á  los  jó- 
venes, crearon  cierto  vínculo  de  estimación  que 
poco  á  poco  fué  consolidando  el  trato  continuo 
y  revistiendo  de  formas  poéticas  la  naturaleza  de 
la  escena. 


380  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Unas  veces  en  compañía  de  Guadalupe,  perse- 
guían juntos  los  pichones  de  patos  entre  los  car- 
dos de  la  orilla  del  bañado,  cortaban  penachos 
azules  para  «  cuajada  »,  acosaban  con  jarros  de  agua 
á  los  picaflores,  despojaban  á  los  pitacos  de  sus 
ramilletes  amarillos  ;  y  otras,  reuníanse  á  la  som- 
bra de  los  «  ombúes  »  á  tomar  «  mate  »,  é  íbanse 
luego  á  pie  hasta  la  orilla  del  monte  en  busca 
de  flores  de  ceibo  y  de  espinillo. 

Estas  proximidades  afianzaron  el  afecto  y  la 
confianza. 

Si  se  hubiesen  suprimido  de  golpe,  habrían  oca- 
sionado extrañeza  y  hasta  dolor. 


Una  tarde,  ya  casi  al  ponerse  el  sol,  Nata  y 
Dora  se  aprestaban  á  montar  á  caballo  para  una 
excursión  á  la  «isleta»,  como  ellos  denominaban  con 
arreglo  al  lenguaje  de  pago  una  determinada  zona 
de  terreno  cubierto  de  árboles,  algo  apartada  del  río. 

Poco  hacía  que  había  llegado  Berón,  y  apeádose 
allí  próximo  á  la  espera  de  don  Luciano,  que 
debía  regresar  pronto  de  uno  de  los  «  puestos  », 
y  con  quien  á  esa  hora  se  reunía  siempre. 

Las  hermanas  se  decían,  conversando  bajo. 

—  Tarde  ha  llegado  hoy.  .  . 

—  ¿  Has  visto  ?  y  parece  triste. 

Dorila,  subiéndose  en  un  banco  de  madera  que 
estaba  junto  á  la  pared,  montóse  ágil  en  su  manso 
rosillo. 


NATIVA  381 


Antes  de  hacer  Nata  lo  mismo,  tiró  un  poco 
de  la  rienda  al  suyo,  mirando  hacia  Berón  de 
soslayo. 

Su  hermana  siguió  rápida  aquella  mirada  con 
otra  en  que  iba  envuelta  la  sorpresa,  é  hizo  an- 
dar algunos  pasos  su  caballo,  estimulándolo  con 
su  voz  ronquilla. 

Luis  María  se  acercó,  estúvose  vacilante  un 
momento,  y  luego  avanzando  dos  pasos  rápido, 
cogió  el  pie  derecho  de  Nata,  y  la  alzó  de  un 
envión,  ofreciéndole  en  seguida  el  estribo. 

Púsose  ella  muy  encendida,  estrujando  con  la 
mano  el  vestido  y  abandonando  su  lindo  pie  al 
joven  que  lo  colocó  en  su  apoyo. 

Dijo,  después,  con  la  voz  algo  alterada: 

—  Yo  creo  que  vamos  á  volver  de  noche, 
Dora ....    La  isleta  del  talar  está  lejos. 

¡  Gracias!  —  añadió,  sin  oir  la  respuesta  de  la  her- 
mana y  mirando  con  dulzura  á  Luis  María  que  aca- 
baba de  apartarse  algunos  pasos. 

Tembláronle  á  Dora  las  mejillas,  atenta  á  la 
escena. 

—  No  creas,  Natalia;  es  cosa  de  un  galope, — 
dijo  con  cierta  acritud.  Me  gusta  la  isleta  por  la 
cantidad  que  hay  de  nidos  de  cotorra,  y  de  tor- 
caz también  con  pichones  emplumados.  ¡  Ya  ve- 
rás cuántos  vamos  á  traer! 

— Bueno,  repuso  Nata  cavilosa. 
En  ese  instante  se    les    incorporaba  don  Ana- 
cleto,  quien  echó  á  andar  adelante  como  guía. 


382  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Mantúvose  Berón  en  el  sitio  un  largo  rato,  mi- 
rándolos alejarse,  hasta  que  la  cabalgata  se  ocultó 
detrás  de  la  loma. 

Habíase  puesto  pensativo,  y  sentía  en  su  mano 
el  calor  del  pie  de  Nata  como  si  aun  lo  opri- 
miese en  el  estribo. 

Luego,  cual  si  hubiese  adoptado  una  resolu- 
ción, encaminóse  con  lentitud  al  cerco  de  la  huerta 
en  donde  había  dejado  su  alazán. 

Una  vez  allí,  lo  acarició  en  el  cuello,  aderezólo 
bien  ajustándole  la  cincha,  echóle  el  brazo  por 
encima  del  crucero  y  quedóse  inmóvil  con  el  ros- 
tro apoyado  en  la  montura. 

¡Ni  una  ni  otra  se  habían  atrevido  esta  vez, 
á  invitarlo ! 

En  esa  posición  se  estuvo  un  buen  espacio  de 
tiempo. 

Cuando  ya  el  sol  se  hundía  rojo  y  enorme 
cruzando  con  sus  últimos  rayos  débiles  las  copas 
de  los  árboles  más  altos,  montó  á  caballo  y  se 
dirigió  paso  á  paso  hacia  la  loma,  echado  so- 
bre el  estribo  izquierdo  y  modulando  en  voz  muy 
baja  una  canción  melancólica. 

No  sabía  bien  dónde  iba,  pero  lo  arrastraba 
un  deseo  vago  al  principio,  luego  insistente  y 
ardoroso  de  acercarse  como  custodia  de  las  her- 
manas. 

Una  emoción  extraña  le  había  puesto  nervioso. 

En  la  loma  se  detuvo ;  parecía  hesitar. 

Desde  allí  descubrían  sus  ojos  la  « isleta  »   en 


NATIVA  383 


el  horizonte,  en  una  curva  del  monte,  muy  verde 
y  tupida,  bajo  una  atmósfera  serena ;  solitaria, 
selvática,  con  sus  frondas  sombrías  y  pabellones 
silenciosos. 

Como  aflojase  las  riendas  indolente,  el  alazán 
brioso  tomó  el  trote  largo  y  después  el  galope 
hacia  aquel  rumbo. 

Dejóse  llevar  .  .  . 

Xata  y  Dora,  entretanto,  se  habían  desmon- 
tado en  un  pequeño  «potrero»,  reuniendo  don 
Anacleto  en  un  solo  grupo  los  caballos  debajo 
de  un  árbol. 

Por  complacer  á  Dora,  el  capataz  se  había  tre- 
pado á  otro  y  cortaba  á  golpes  de  «  facón  »  una 
rama  gruesa  á  que  estaba  adherido  un  gran  nido 
de  cotorras  de  cinco  ó  seis  entradas,  por  los  que 
asomaban  coléricas  las  aves  sus  cabezas  con  ame- 
nazador ruido  de  picos,  mientras  otras  entrando 
y  saliendo  de  su  guarida  erizada  de  espinas  en 
loco  desorden,  agitaban  el  aire  con  agudos  gritos 
y  vertiginosos  revoloteos. 

Dorila  con  un  gajo  en  la  mano,  había  tomado 
posesión  de  una  horcadura,  y  allí  sentada,  aguar- 
daba con  creciente  ansiedad  á  que  se  deslizara 
hasta  ella  la  rama  del  nidal. 

Natalia  por  su  lado,  discurriendo  sola  muy 
retirada  de  allí,  daba  vueltas  á  un  tronco  de  ro- 
busto sauce  en  cuyo  promedio  había  descubierto 
un  nido  de  palomas. 

Lejos  de  alcanzar  con  la  mano,  necesitaba  ella 


384  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


por  el  contrario  escalar  el  tronco  hasta  su  bifur- 
cación, y  esta  dificultad  la  tenía  perpleja. 

De  pronto  cobró  bríos,  y  pugnó  á  subir  con 
ese  empeño  singular  que  provoca  todo  obstáculo. 

Por  dos  ó  tres  veces  resbalóse  suavemente, 
sin  lograr  poner  la  rodilla  en  la  horcadura,  lo 
que  la  hizo  exclamar  con  pena : 

—  ¡  Imposible!  .  .  . 

Tentó  por  última  vez,  ayudándose  con  todas  sus 
fuerzas. 

Fué  más  feliz,  y  ganada  la  primera  etapa,  poco 
á  poco  avanzó  en  su  ascensión,  hasta  encontrarse 
á  algunos  pies  del  suelo  con  gran  asombro  de  ella 
misma,  que  llegó  á  temer  de  veras  por  el  des- 
censo. 

El  nido,  con  dos  pichones  que  al  instante  abrieron 
sus  picos  chillando  y  sacudiendo  las  alas  sem- 
bradas de  canutos  amarillos,  hasta  mostrar  el 
fondo  del  esófago,  estaba  á  una  línea  de  su  rostro. 

Después  de  tanto  anhelo  por  cogerlos,  no  se 
atrevió  á  extender  el  brazo  y  apartó  el  semblante 

con  un  movimiento  de  lástima  mezclado  de  dis- 
gusto. 

Miró  dos  veces  al  suelo,  y  se  cogió  temblando 
de  las  ramas  próximas,  sobrecogida  al  parecer  por 
una  impresión  súbita  de  espanto, 

Se  había  puesto  pálida.  No  veía  asidero  ni 
apoyo  para  la  bajada,  sin  el  peligro  de  una  caída 
recia  en  las  hierbas. 

Una  paloma  de  monte,  sin  duda  la  madre,  sa- 


NATIVA  385 


cudió  un  momento  sus  alas  entre  las  hojas,  cerca 
del  nido;  pero  la  presencia  de  la  joven  la  im- 
puso, y  dando  un  arrullo  ó  queja  lastimera  fué 
á  posarse  en  el  árbol  más  cercano. 

La  soledad  y  el  silencio  de  aquel  sitio  aumen- 
taron la  zozobra  que  se  había  apoderado  de  Nata, 
quien  llegó  á  hacer  dúo  á  la  paloma  con  un  la- 
mento ahogado,  al  mismo  tiempo  que  á  cada  in- 
tento retiraba  sus  pies  del  vacío. 

Largos  minutos  iban  transcurridos  en  esa  po- 
sición difícil  para  ella,  cuando  el  piafar  de  un  ca- 
ballo con  coscojas  le  anunció  la  aproximación  de 
un  ginete. 

Este  ginete,  que  no  era  otro  que  Berón,  no  tardó 
en  aparecer  en  el  abra  en  donde  se  detuvo,  echando 
pié  á  tierra. 

Nata  perdió  el  miedo ;  pero  se  quedó  quieta  y 
muda. 

Luis  María  la  vio  desde  el  primer  momento. 

Callado  á  su  vez  se  fué  acercando  al  tronco,  ya 
sin  fijar  sus  ojos  en  ella,  frío  y  respetuoso,  parán- 
dose al  fin  á  la  sombra  del  sauce  en  actitud  de 
quien  espera  órdenes. 

Puesto  de  lado  con  los  brazos  sobre  el  pecho 
y  el  aire  humilde,  la  joven  se  sintió  tentada  de 
hablarle. 

Haciendo  un  esfuerzo,  dijo  trémula : 

—  Vea  usted,  no  sé  cómo  he  subido.  .  .  pues  no 
hallo  cómo  bajar.  Es  éste  un  tronco  tan  liso  que 
parece  una  tabla .  .  . 

25 


E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Luis  María  se  volvió   con  viveza,  contestando : 

—  Yo  ayudaré  á  usted,  Natalia. —  Es  fácil:  pone 
usted  el  pie  en  mi  espalda,  yo  me  inclino  luego 
despacio  y  pronto  está  en  tierra. 

Al  decir  esto,  el  mancebo,  á  quien  de  pronto 
se  le  había  iluminado  el  semblante,  presentaba 
sus  hombros  á  la  joven  encogiéndose  de  espaldas 
para  recibir  su  peso. 

Nata  alargó  un  pie,  y  al  ir  á  sentarlo  hizo  un 
gesto  de  angustia  y  lo  recogió,  murmurando  afli- 
gida : 

—  Así  no  quiero.  .  . 

Dio  entonces  el  frente  Luis  María  y  tratando 
de  esconder  su  rostro  poniéndolo  de  lado  contra 
el  tronco,  tendió  sus  dos  manos  hacia  arriba  juntas 
y  temblantes. 

Pensaría  él  quizás  que  no  se  acogerían  á  ellas; 
pero  pronto  sintió  un  pie  tímido,  luego  otro,  en 
seguida  el  roce  de  un  vestido  en  su  cabeza  y  cuello, 
y  fuese  inclinando  hasta  depositar  su  carga  en  el 
suelo,  puesto  él  de  rodillas,  sudoroso,  casi  febril, 
creyendo  con  sinceridad  que  no  pesaba  más  que 
un  penacho  de  gramilla  aquella  linda  mujer. 

Ya  en  lo  firme,  suspiró  Nata,  y  de  pálida  que 
estaba  un  minuto  antes,  tenía  ahora  el  rostro  ra- 
diante lleno  de  rosas,  los  ojos  húmedos  y  los  labios 
como  una  granada  abierta. 

Luis  María  se  estremeció  oprimiéndola  dulce- 
mente; pero,  como  fuese  en  incremento  el  de- 
liquio, ella  lo  miró  severa,  y  moviendo  la  cabecita 
rubia,  dijo: 


NATIVA  387 


—  ¡Otra  vez  no!.  .  . 

El  joven  la  dejó  libre,  púsose  de  pie  lentamente 
y  se  alejó  algunos  pasos. 

Xata  hizo  lo  mismo,  hacia  el  sitio  en  que  se  en- 
contraba Dora,  sin  agitación  ni  apresuramiento ;  y 
al  llegar  á  un  recodo  del  monte,  tras  del  cual  debía 
desaparecer,  volvió  la  cabeza  y  miró  á  Luis  María 
con  los  ojos  muy  abiertos  y  una  expresión  extraña 
é  indefinible. 

En  seguida  se  alejó. 


Berón  montó  en  su  alazán. 

Sentíase  un  poco  aturdido  al  acordarse  de  una 
media  azul  que  cubría  una  pierna  encantadora,  y 
que  él  había  visto,  cuando  las  ropas  se  esponjaron 
indiscretas  en  el  gallardo  cuerpo  de  la  joven  al 
descender  del  árbol. 

Xo  se  daba  entera  cuenta  de  lo  que  le  pasaba 
llegando  á  imaginarse  que  todo  lo  ocurrido,  no 
había  sido  más  que  un  atrevimiento  de  su  parte 
de  que  tendría  que  arrepentirse ;  pues  ella  lo 
había  mirado  con  ceño  de  enojo,  quizás  por  pri- 
mera vez,  reprochándole  su  arrebato  de  mozo  irre- 
flexivo y  ligero.  Y  esa  dureza  de  semblante  era 
natural.  ¿Tenía  él  acaso  derecho  alguno  para  per- 
mitirse semejantes  libertades  ?  ¡Qué  pensaría  el 
bueno  de  don  Luciano,  su  amigo,  si  supiese  esas 
cosas ! 

Verdad  que  él  no  había  podido  reprimirse;  pues 


388  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


aunque  las  dos  hermanas  reunían  encantos,  más 
que  simples  atractivos,  Nata  parecíale  más  se- 
ductora, de  un  poder  de  sentimiento  superior  al 
de  Dorila,  que  incitaba  á  cometer  torpezas  como 
aquella  en  que  había  incurrido.  .  . 

Así  preocupado,  se  fué  lejos,  sin  rumbo,  hasta 
que  cayó  la  noche. 

Quizás  sin  quererlo  miró  por  dos  ó  tres  veces 
á  la  altura,  echando  todo  el  peso  de  su  cuerpo 
sobre  el  estribo  derecho  y  deteniendo  al  alazán 
que  olfateaba  la  querencia. 

Era  una  noche  sin  luna  pero  de  un  esplendor 
maravilloso ;  una  de  esas  noches  cuya  majestad  se 
impone  en  los  campos  desiertos  por  las  miríadas 
de  luces  que  titilan  en  cantidad  inmensa  como  me- 
nudo polvo  de  zafiros  y  rubíes,  y  en  que  la  vía 
láctea  blanca  y  resplandeciente  como  nunca  des- 
envuelve de  confín  á  confín  §u  cendal  vaporoso 
para  hacer  más  vivos  é  intensos  esos  reflejos.  Nin- 
guna nube  empañaba  la  atmósfera  de  admirable 
diafanidad.  Sobre  las  copas  de  los  árboles  en  todo 
el  largo  de  la  ribera,  que  no  presentaba  más  que 
una  línea  difusa,  aquellos  resplandores  se  diluían 
en  blanquecina  fosforescencia,  á  su  vez  matizada 
de  millares  de  luciérnagas  y  de  «tucos»,  fantás- 
tica semblanza  en  pequeño  de  la  gasa  misteriosa 
de  las  alturas. 

Algunos  grandes  bultos  negros  se  movían  en  la 
sombra  proyectada  por  el  monte,  que  eran  grupos 
de  ganado;  oyéndose  el  chacarrear  de  los  rumiantes, 


NATIVA  389 


inmóviles  en  la  ladera,  y  uno  que  otro  relincho 
ahogado  más  lejos  que  denunciaba  los  encela- 
mientos  del  potro,  mordiendo  tal  vez  con  las  orejas 
en  repliegue  y  la  cola  recogida,  á  las  potrancas 
indóciles  que  se  apartaban  del  núcleo. 

Venían  á  intervalos  de  los  esteros  roncas  notas 
de  palmípedos,que  se  agitaban  sin  volar  arrastrando 
por  el  suelo  las  puntas  de  las  alas;  voces  que  eran 
contestadas  por  el  cauno,  —  imaginaria  de  los  pan- 
tanos,—  imponiendo  orden  de  sosiego  á  los  emplu- 
mados de  menor  cuantía. 

Muy  atento  parecía  Berón  á  todas  estas  cosas, 
aunque  en  realidad  no  eran  ellas  las  que  absor- 
bían su  espíritu,  cuando  un  tropel  de  caballos  á 
la  distancia  le  hizo  suponer  y  con  razón,  que  don 
Anacleto  volvía  con  las  jóvenes  á  la  estancia; 
hecho  que  confirmó  bien  pronto  al  percibir  el  eco 
de  una  risa  fuerte  de  Dora,  ruidosa  y  clara  en 
la  calma  de  la  noche. 

Bien  podía  él  irlos  acompañando.  ¡  Sin  embargo, 
no  sucedía  así !  Se  sentía  con  rubor  á  la  idea  de 
haber  descubierto  sus  deseos  por  arranques  tan 
bruscos  é  impropios,  y  en  sitio  semejante,  tra- 
tándose de  una  joven  educada  y  honesta  que 
sólo  le  había  dado  pruebas  de  dulce  y  cariñosa 
amistad,  y  cuyo  padre  merecía  hasta  el  respeto 
de  los  gauchos  malos  por  sus  nobles  prendas  de 
hombre  afable  y  hospitalario.  ¿En  que  pensó  él 
cuando  eso  hizo?  Sin  duda  fué  un  vértigo,  un 
arrebato  ciego,  efecto  del  tibio    roce    con    aquel 


390  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


clavel  de  carne  fresco  y  lozano  en  toda  su  fuerza 
de  juventud;  porque  él  era  bien  nacido,  con  de- 
recho á  calzar  espuelas  y  á  considerarse  por  su 
origen  y  su  rango  por  encima  de  los  que  hacían 
vida  de  instintos  y  de  apetitos  sin  otras  influen- 
cias sobre  ellos  que  las  del  clima  y  del  desierto. 
De  ahí  que  estimase  en  su  verdadero  valor  el  acto 
de  que  se  ruborizaba,  y  que  en  sus  efectos,  ve- 
nía á  descubrirle  á  él  mismo  que  aquella  mujer  no 
le  era  indiferente,  que  había  estado  escondido 
para  ella  en  el  fondo  de  su  corazón  un  sentimiento 
entrañable  de  simpatía,  y  que  á  eso  más  que  á 
otra  causa,  debía  su  pena  Jas  proporciones  tal  vez 
exageradas  que  le  daba  su  conciencia. 

Con  todo,  bajo  estos  escrúpulos  é  impresiones 
volvió  por  dos  ó  tres  veces  las  riendas  para  in- 
corporarse á  la  cabalgata;  pero  otras  tantas  desis- 
tió, agraviado  consigo  mismo,  y  por  último  enca- 
minóse á  su  alojamiento. 

No  estaba  lejos  el  boquete  que  bien  conocía,  y 
por  él  se  entró  echado  sobre  el  cuello  del  alazán 
paso  ante  paso,  á  su  selva  oscura. 


XIX 


UNA    CARGA    EN   DISPERSIÓN 


Dos  días  después  de  este  episodio  y  al  rayar  del 
tercero,  sentados  se  encontraban  junto  á  un  fogón 
Cuaró,  Esteban  y  uno  de  los  dos  « tapes »  que 
vivían  como  agregados  al  vivac ;  y  al  rededor  de 
otro,  algo  más  lejos,  Ladislao,  Mercedes  y  la  mu- 
jer del  guaraní,  que  estaba  ausente  á    esa   hora. 

Luis  María  no  se  había  levantado  aún. 

Bajo  el  follaje  y  los  trinos  y  gorjeos  de  mil  pa- 
jarillos  que  saludaban  la  luz,  desde  el  canto  de  la 
calandria,  del  sabia,  del  cardenal,  del  tordo,  del 
jilguero,  del  dorado,  los  arrullos  de  la  paloma,  los 
silbos  de  la  perdiz  de  monte,  los  gritos  estridentes 
de  los  horneros  y  gargantillas,  hasta  los  ronquillos 
baturrillos  filarmónicos  de  la  ratonera,  la  urraca, 
la  tijereta  y  el  churrinche,  al  punto  de  no  quedar 
un  solo  miembro  de  la  fauna  ornitológica  sin  tomar 
parte  en  la  embrollada  y  encantadora  sinfonía, — 


392  *E.   ACEVEDO  DÍAZ 


bajo  esa  atmósfera,  decimos,  cargada  de  oxígeno 
y  de  músicas  aturdidoras,  nuestros  hombres  po- 
niendo oídos  sordos  á  tales  conciertos  la  habían 
emprendido  con  el  «  mate  »  que  circulaba  sin  cesar 
sin  perjuicio  de  atender  entre  sorbo  y  sorbo  á  dos 
regulares  churrascos  de  carne  de  novillo  que  se 
aderezaban  al  rescoldo. 

La  estimulante  infusión  preparábales  el  estómago 
y  llevábales  contento  al  espíritu. 

Todo  ello  no  les  impedía  el  fumar  sus  gruesos  ci- 
garrillos de  tabaco  negro  picado  por  ellos  mismos 
sobre  la  suela  de  la  carona,  un  trozo  cualquiera 
de  madera  ó  en  la  palma  de  la  mano,  con  sus 
grandes  cuchillos  siempre  afilados  y  de  temple, 
cuyo  uso  era  tan  complejo,  que  de  él  se  servían 
para  esa  y  diez  ó  doce  operaciones  distintas. 

Con  él  daban  muerte  á  la  res,  la  desollaban,  di- 
vidían, cuarteaban;  cortaban  las  pieles  para  «lazos», 
«maneas»,  «maneadores»  y  simples  guascas ;  fa- 
bricaban pacientemente  los  «  tientos  »  ;  labraban  ó 
bordaban  las  caronas ;  trozaban  gajos  duros  para 
estacas  y  macetas ;  defendíanse  en  las  luchas  con 
las  fieras  ó  pendencias  con  los  hombres;  dego- 
llaban con  destreza  increíble  ;  comían  pasando  su 
filo  al  trozo  de  carne  encima  de  los  mismos  labios, 
sin  herirse;  cercenaban  arbustos  y  yerbas,  pajas 
bravas  y  cabezas  de  enemigos  como  penachos  de 
cortaderas ;  y  limpia  siempre  su  hoja  en  la  piedra, 
lustrosa,  al  pelo,  aunque  fuese  simple  cuchilla  man- 
gorrera ó  daga  de  tres  canales  ó  «  facón  »  de  dos 
filos,  servíales  también,  hasta  de  mondadientes. 


NATIVA  893 


Arma  indispensable  del  paisano,  del  pastor,  del 
carrero,  del  matarife,  era  en  manos  del  «  matrero  » 
un  instrumento  de  utilidad  universal. 

Una  plática  amena  y  fraternal  se  entabló  así 
que  echaron  mano  de  los  churrascos  y  pusieron 
en  actividad  sus  huesos  maseteros,  con  gran  ruido 
de  muelas  y  colmillos. 

—  El « chirubichá  »  ( i )  duerme,  —  decía  el  « tape  » . 

—  Déjalo  al  pobre.  Bueno  es  guardarle  de  lo 
más  lindo,  --  observaba  Cuaró,  dirigiéndose  al  li- 
berto. 

—  Aquí  está  este  pedazo  gordo,  que  es  carne 
flor,  —  respondía  Esteban,  señalando  un  trozo  ex- 
presamente separado.  A  mi  señor  le  gusta  el  grano 
de  pecho  en  corte  delgadito,  y  á  éste  le  chorrea 
el  jugo. 

—  «  Herú  miñangué  »  (  2  )  Cuaró,  —  voceaba  el 
«tape»  en  su  idioma  nativo,  alargando  el  brazo 
regocijado. 

Y  llevándose  luego  los  dedos  al  cuello,  añadía 
como  si  paladeara  ya  el  líquido,  en  buen  caste- 
llano : 

—  Está  seco  el  gañote. 

Alcanzábale  el  teniente  su  «  chifle  »,  en  mo- 
mentos que  entraba  al   «potrero»  el  otro  «tape». 

Era  un  indio  de  estatura  baja,  ventrudo  y  «  cam- 
bado», de  ojillos  negros  y  nariz  de  hueso  hundido, 
pero  joven  y  fuerte. 


( l )  Jefe. 

Qa  !  (  alcohol ). 


394  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Traía  un  chiripá  de  tela  gruesa  y  sobre  éste  un 
«  cuyapí »  cuya  lonja  ancha  de  cuero  de  «  carpincho» 
caíale  por  detrás  hasta  cubrirle  el  «  amboteví »  ó 
sean  las  dos  nalgas  macizas. 

Al  verlo,  su  compañero  dijo,  antes  de  empinarse 
el   «chifle»,  dirigiéndole  la  palabra  en  su  lengua: 

—  ¿  «  Yacarú  » ,  Ñapindá  ?  ( i ) 

—  «  Yacarucema  —  cué  »  —  contestó  el  otro  ( 2 ). 

—  Conversen  como  cristianos,  —  observó  el  li- 
berto,—  si  no  quieren  que  yo  haga  cosas  de  negro. 
¿Querés   «mate»,  hermano  Ñapindá? 

— «  Yajá  al  caigüé,  cambá»   (3). 

—  Cambá  soy  y  he  de  morir,  sin  andar  nunca  des- 
calzo y  con  una  «nazarena»  en  el  talón;  que  no 
parece  sino  que  el  pellejo  de  tus  pies  es  más  duro 
que  la  bota  de  potro,  hermanito ....  Allégate  al 
fuego  y  merendá,  que  has  de  venir  con  las  tripas 
chiflando. 

—  Vamos  al  «mate». 
Pasóselo  cebado  su  compañero. 

Apenas  lo  probó,  hizo  un  gesto  particular  de 
hombre  inteligente  en  la  materia,  y  con  una  gui- 
ñada picaresca,  dijo: 

—  «Llaigüé»   (4). 

—  ¡Hum!  —  exclamó  Esteban.  —  Delicaos  anda- 
mos. Tómalo  no  más  lavao,  que  uno  solo  no  vale 
la  pena  de  una  cebadura  nueva. 


(1)  Almuerza. 

(2)  Ya  almorcé,  gracias. 

(3)  Vamos  al  «mate»,  negro. 

(4)  Está  aguachento. 


NATIVA  395 


—  ¿Qué  bombeaste?  —  dijo  Cuaró  al  recién  ve- 
nido. Mira  amigo  que  estamos  ganosos 

El  «tape»  se  puso  en  cuclillas,  rascándose  el 
empeine  del  pie  de  la  espuela  con  las  cinco  uñas 
de  la  mano  izquierda,  en  tanto  que  con  la  derecha 
se  echaba  á  la  nuca  un  chambergo  color  ratón 
agujereado  en  la  copa,  al  punto  de  salirse  como 
flechillas  hacia  arriba  por  la  abertura  una  ó  dos 
de  sus  mechas  cerdudas. 

Después  respondió  muy  despacio,  en  voz  baja, 
intercalando  una  palabra  entre  sorbo  y  sorbo  de 
«  mate  » : 

—  Los  «cambá»  vienen  arreando  vacas,  y  están 
cerquita,  no  más.  .  .  al  otro  lao,  en  el  monte,  con 
ganas  de  pasar . .  .  Decile  al  «  chirubichá  »  que  no 
es  güeno  dormir.  Andan  matando  y  robando,  con 
los  de  Frutos.  En  la  pulpería  tomaron  «  miñangué  » 
en  porrón,  y  lancearon  dos  matreros  juntito  al  es- 
tero chico ...   « ¡  Chaqué  »,  hermano,  «  chaqué  »  !  ( i ) 

Luis  María  que,  bien  despierto  hacía  rato,  había 
estado  oyendo  desde  la  entrada  de  su  alojamiento, 
por  donde  asomaba  la  cabeza  ansioso  de  aura  ma- 
tinal, pidió  «  mate  »  á  Esteban,  diciendo  luego  sen- 
cillamente : 

—  Que  vengan,  Ñapindá.     Estamos  prontos. 
Cuaró  se  frotó  las  dos  manos  con  una  risita  de 

regocijo,  púsose  de  pie,  limpióse  los  labios  con  el 
reverso  de  la  manga,  y  entonando    una    cantiga 

( 1 )  Cuidado :  ;  Atención  ! 


396  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


baja  y  bronca,  semejante  al  eco  subterráneo  del 
«tucu-tucu*,  comenzó  á  ensillar  su  caballo  con 
una  rapidez  asombrosa. 

En  seguida,  listo  ya,  desapareció  con  él  del  ca- 
bestro por  las  tortuosidades  de  la  «  picada  »,  ha- 
ciendo seña  á  Ñapindá  de  que  lo  siguiese. 

El  « tape  »  se  fué  tras  de  él. 

Ladislao,  á  quien  ninguno  de  estos  movimientos 
cogía  de  sorpresa,  dejó  á  las  mujeres  entregadas 
á  sus  tareas  de  arreglos  de  fogón ;  é  impuesto  por 
Luis  María  de  las  nuevas,  salió  á  dar  aviso  á 
otros  compañeros  que  habitaban  el  monte  y  cuyas 
guaridas  conocía. 

Una  hora  después,  regresó  con  tres  mocetones 
de  melenas,  armados  de  trabuco  y  sable. 

Estos  hombres,  bajo  su  dirección,  enastaron  cu- 
chillos en  varas  gruesas ;  improvisando  en  esa 
forma  instrumentos  temibles  que  sin  ser  tanzas, 
ni  picas,  ni  chuzas,  ni  simples  garrochas  de  clavo, 
participaban  de  todas  ellas. 

De  las  primeras,  había  dos,  escogidas  una  y  otra 
por  Berón  y  Ladislao  entre  las  que  quedaron  sobre 
el  campo  de  la  sorpresa  en  Nico  -  Pérez,  de  mo- 
harras anchas  y  media  -  luna  de  doble  filo. 

Luis  María  dirigió  la  palabra  á  los  recién  lle- 
gados, procurando  encelarles  el  valor,  aunque  de 
esto  no  necesitaban  ellos,  habituados  á  la  pelea 
incesante;  y  mandó  que  Esteban  los  obsequiase 
con  lo  mejor  de  sus  provisiones. 

Muy  avanzado  el  día,  volvió  Cuaró  solo. 


NATIVA  397 


El  «  tape  »  se  había  quedado  de  bombero  entre 
los  altos  pajizales  que  existían  á  un  flanco  del 
vado. 

—  Hacen  un  montón,  —  dijo  el  teniente  —  y  pa- 
recen garzas  moras  por  el  vestido.  Vienen  jun- 
tando los  animales  y  echándolos  encima  del  paso. . . 

—  Entonces  van  á  cruzar  para  llevarse  también 
revuelta  la  hacienda  de  don   Luciano. 

—  ¡  Lo  mesmito  ! 

—  ¡  Bueno  !  Así  que  pasen  los  cargamos  en  dis- 
persión por  retaguardia,  teniente .  .  . 

—  Y  los  entreveramos  á  punta  de  chuza  con  la 
torada,  —  interrumpióle  Ladislao,  —  á  que  mueran 
á  fuerza  de  guampa  los  que  no  salgan  por  las 
orejas  del  mancarrón,  caneja ! 

—  Para  todos  ha  de  haber  hierro  y  fuego,  com- 
pañeros,—  repuso  Luis  María  con  enérgico  ademán. 

¡  Ahora  á  alistarse  ! 

Cuaró  tomó  un  trago  del  «  chifle  »  ;  pestañearon 
sus  ojillos  relucientes,  y  desenvainando  la  daga, 
tentóla  en  el  pulgar  hasta  levantarse  la  piel  ca- 
llosa. 

Después  llevóse  la  mano  al  cuello,  trazando  con 
el  dedo  una  línea  curva  de  oreja  á  oreja,  y  dio 
una  especie  de  bramido  feroz. 

Los  mocetones  contestaron  con  otro  pujante  y 
bravio. 


398  E.  ACEVED0  DÍAZ 


Esa  tarde,  debía  ser  también  de  emociones  en 
las   «  casas  ». 

Pero,  antes  de  referirlas,  interesa  que  narremos 
lo  acaecido  desde  el  momento  en  que  Luis  María 
dejó  á  Nata  y  Dora  en  la  «  isleta  »  después  de 
la  escena  del  nido  de  torcaz. 

Así  que  las  dos  hermanas  regresaron  á  las 
«  casas  »,  sentáronse  á  la  mesa  como  fatigadas  del 
paseo,  menos  alegres  que  de  costumbre. 

Las  ocurrencias  joviales  de  don  Luciano,  y  una 
que  otra  broma  picante  acerca  de  las  visitas  co- 
tidianas de  su  «joven  amigo  »,  —  que  esa  tarde  le 
había  jugado  con  su  falta  una  mala  partida,  — 
hicieron  renacer  en  ellas  las  emociones  diversas 
de  la  excursión,  especialmente  en  Nata,  en  quien 
aquellos  conceptos  llegaron  bien  al  fondo  coinci- 
diendo con  el  episodio  del  sauce. 

Sintió  que  la  sangre  le  subía  á  las  mejillas,  y 
púsose  á  reir  para  ocultar  en  parte  su  rubor. 

Dora  estaba  pálida  y  parecía  prevenida. 

Su  hermana  no  le  había  comunicado  nada  de 
lo  ocurrido,  ni  ella  había  visto  á  Berón ;  pero,  la 
actitud  pensativa  de  Nata  al  regreso,  y  la  ausencia 
de  aquél  de  las  «  casas  »  que  ella  notó  al  momento, 
envolvieron  su  ánimo  en  dudas  y  sospechas  más 
ó  menos  vagas  y  singulares. 

Esa  noche  se  recogieron  casi  silenciosas. 

Dora  arrojó  una  flor  que  tenía  en  el  pecho  sobre 
la  mesa  al  acostarse,  ahogando  un  suspiro. 


NATIVA  399 


A  altas  horas  sintió  en  los  labios  de  Natalia 
como  el  murmullo  de  un  rezo,  entrecortado;  ó  de 
un  sueño  agitado  tal  vez , ,  . 

A  medida  que  pensaba,  su  insomnio  adquiría 
más  pertinacia,  haciéndola  revolver  en  el  lecho  de 
un  modo  incesante :  bien  podía  él  ser  todo  de  pé- 
talos, pero  ¡ay,  cuántas  espinas  mezcladas !  pues 
pinchos  agudos  se  le  antojaban  que  eran  sus 
nervios.  m 

Y  después  de  mucho  divagar,  forjándoselas  ma- 
yores inverosimilitudes,  concluyó  por  plantearse 
este  problema,  que  hasta  el  instante  mismo  había 
rehuido  con   miedo:  «  ¿á  cuál  délas  dos  querrá?  » 

Sobre  esto  caviló  muy  largo  rato,  hasta  que  el 
sueño  que  ya  había  rendido  á  Nata,  vino  piadoso 
á  cerrar  sus  párpados.  .  . 

Al  día  siguiente  parecieron  más  tranquilas,  como 
si  una  y  otra  reconocieran  que  se  habían  hecho 
alguna  violencia  al  asumir  la  actitud  de  prevención 
ó  de  reserva,  recíprocamente,  que  las  excitara  por 
algunas  horas. 

Nata  quiso  entregarse  según  costumbre  á  sus 
quehaceres  domésticos  predilectos,  para  los  que 
disponía  de  una  buena  cantidad  de  útiles ;  mas 
Dora  no  se  lo  permitió,  pidiéndola  la  acompañase 
en  sus  diversiones  pueriles  de  las  cuales  gozaba 
en  realidad  teniéndola  á  su  lado. 

Accedió  ella  gustosa. 

Esa  tarde  corrieron  mucho  á  caballo ;  visita- 
ron sitios  casi  nuevos,  á  donde  las  condujo   don 


400  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


Anacleto,  dos  de  los  «  puestos »  apartados  y  al- 
gunos ranchos  de  familias  pobres  que  su  padre 
protegía  hacía  tiempo. 

Volvieron  satisfechas,  casi  al  oscurecer. 

Dos  ó  tres  de  los  compañeros  de  Berón  de- 
partían y  tocaban  la  guitarra  con  Calderón  y 
Nereo  debajo  de  la  enramada. 

Don  Luciano  fumaba  sentado  á  la  sombra  de 
los  ombúes. 

Pero,   «  él  »   no  estaba  allí. 

No  dejó  de  impresionarlas  este  vacío. 

Acostáronse  más  preocupadas  que  pocas  ho- 
ras antes ;  y  al  otro  día  se  pusieron  de  pie  casi  si- 
multáneamente muy  temprano,  quizás  por  la 
misma  causa,  acaso  ansiosas  las  dos  de  arran- 
carse á  la  soledad  de  sus  respectivas  tristezas. 

El  sol  resplandeciente  y  el  verdigay  de  los 
campos  hicieron  renacer  en  ellas  la  alegría. 

Entretuviéronse  largos  instantes  en  la  huerta; 
llegáronse  á  la  « tapera »  que  había  hospedado 
á  Berón;  á  la  orilla  del  bañado,  cubierta  de  cor- 
taderas ;  al  arroyuelo  donde  lavaba  Guadalupe ; 
al  manantial  de  sus  baños,  resguardado  por  un 
cancel  de  plantas  exóticas  como  las  pitas  de  la 
huerta ;  y,  por  último,  se  detuvieron  en  la  enra- 
mada en  graciosa  charla  con  Calderón,  ocupado 
en  esa  hora  en  fabricar  botones  de  «  manea  » . 

Al  declinar  el  día,  se  hallaron  juntas  fuera 
del  cerco  de  la  huerta,  sin  idea  fija  ni  plan  for- 
mado para  el  paseo. 


NATIVA  401 


Nata  mostrábase  reconcentrada,  y  Dora  pare- 
cía bajo  el  peso  de  sus  periódicas  y  extrañas 
melancolías ;  de  esos  desfallecimientos  que  solían 
marchitarla  repentinamente  y  que  unas  veces  pa- 
saban como  nubes  ó  vértigos,  y  en  oportunida- 
des le  duraban  horas,  caracterizando  bien  los  pró- 
dromos de  una  enfermedad  nerviosa. 

Caminaron  sin  rumbo  algunos  momentos,  en 
direcciones  opuestas,  para  reunirse  luego  al  azar 
y  quedarse  paradas,  con  la  vista  atenta  en  el 
paisaje. 

A  dos  cuadras  apenas  se  encontraba  el  boquete 
ó  «  abra  »  del  monte,  con  sus  sauces  en  el  fondo 
del  cuadro,  encima  de  la  ribera  del  Santa  Lu- 
cía, mojando  sus  hojas  en  el  remanso. 

Siempre  fué  ése  el  sitio  escogido;  y,  contemplán- 
dolo, Dorila  dijo : 

—  ¿Vamos  á  los  sauces,  Natalia? 

—  Sí,  —  respondió  ésta,  como  absorta;  —  vamos 
á  allí. 

Fuéronse  á  paso  lento,  atravesaron  el  terreno 
despejado  y  pronto  se  vieron  en  la  orilla. 

El  aire  puro  que  venía  del  río  y  de  sus  bos- 
ques reanimó  á  Dora,  que  lo  aspiraba  con  ansia. 

Volvióle  la  alegría  y  púsose  á  reir  de  todo. 
Recordó  lo  pasado  allí,  con  cierta  gracia  bur- 
lona ;  y  eslabonando  memorias  en  espiritual  aso- 
ciación de  ideas,  trajo  á  colación  el  episodio  de 
la  « lechiguana »  y  de  don  Anacleto,  cuyas  ocu- 
rrencias tanto  la  divertían. 

36 


402  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Nata  la  acompañaba  á  reir,  con  algún  esfuerzo; 
en  tanto  introducía,  muellemente  recostada  en  el 
sauce,  una  larga  y  flexible  rama  en  las  aguas 
del  remanso  á  modo  de  sonda,  para  medir  su 
profundidad. 

El  improvisado  escandallo  parecía  no  llegar 
nunca  al  fondo,  pues  la  joven  sumergía  hasta  la 
mano  en  la  superficie,  y  al  retirar  la  rama  no 
traía  en  la  punta  lodo,    como  ella  suponía. 

—  Es  que  la  vara  es  muy  endeble, —  obser- 
vóle D¿ra;  —  y  cuando  crees  que  la  punta  ha  lle- 
gado al  fondo,  se  ha  ido  de  lado. 

Voy  á  traer  una  vara  más  gruesa,  y  verás  que 
llega .... 

—  ¡Para  qué!.  ..  .  Estáte  quieta.  Hay  muchos 
lagartos  por  ahí,  y  te  van  á  dar  con  la  cola  si 
los  molestas. 

—  ¡Ah,  entonces,  no! 

Sin  darse  de  ello  cuenta,  las  dos  hermanas  se 
habían  hermoseado  mucho  esa  tarde. 

Allí  á  la  ribera  del  río  bajo  los  sauces,  in- 
quieta la  una,  la  otra  con  sus  nubes  de  tristeza 
serena,  se  habían  revestido  en  verdad  de  ese  in- 
terés tan  cercano  al  encanto  que  halaga  y  se- 
duce. 

Nata  adornada  con  cierta  coquetería,  lucía  dos 
gruesas  trenzas  que  parecían  madejones  de  seda, 
y  pasádoselos  adelante  por  encima  de  los  hom- 
bros; de  manera  que  su  rostro  blanco  así  cir- 
cuido bien  podía  compararse  al  de   una   imagen 


NATIVA  403 


de  las  pinturas  místicas.  En  los  extremos  de  las 
trenzas  habíase  puesto  unas  moñas  pequeñas  de 
color  rojo  vivo,  con  una  de  las  cuales  jugaba  al 
descuido,  acariciándose  la  mejilla.  Parecían  ab- 
sortos en  el  río  sus  ojos  garzos,  tan  plácido  como 
el  remanso  sereno.  En  sus  labios  entreabiertos 
rodaba  una  florecilla  morada  recogida  en  el  campo 
al  pasar,  y  agitábase  en  su  seno  en  parte  des- 
cubierto, una  ramita  de  cedrón. 

Dora  en  exceso  nerviosa,  seguía  hablando  ó 
riendo  para  quedarse  en  ciertos  momentos  dis- 
traída. Brillábanle  á  veces  los  ojos  pardos  bajo 
sus  trémulas  pestañas  crespas,  al  escudriñar  por 
doquiera  aquellos  sitios,  y  eran  tan  lúcidos  sus 
reflejos,  que  algún  trovador  podía  compararlos 
con  los  del  agua  inmóvil  bajo  estrellada  no- 
che. Las  trenzas  de  su  peinado  aparecían  más 
cortas  que  las  de  Nata,  porque  eran  más  riza- 
das, y  se  mecían  en  su  dorso  sueltas  formando 
dos  grandes  borlones  en  sus  puntas.  Enorgulle- 
cida estaba  de  su  adorno,  porque  cuando  se  po- 
nía de  pie  y  se  iba  de  aquí  acullá  sin  inten- 
ción ni  objeto  gustábale  sacudirse  el  vestido  y 
volverse  de  uno  á  otro  lado  para  observarse  el 
pelo,  mirándose  en  la  sombra,  á  fin  de  juzgar 
del  efecto  de  sus  trenzas  así  vistas  á  traición  ó 
con  el  rabillo  del  ojo. 

Pero,  la  soledad  haciendo  sentir  su  influencia 
poderosa  en  una  y  otra,  concluía  por  vencer.  Ex- 
tinguía á  cada  instante  las  sonrisas  y  expansio- 


404  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


nes,  é  inclinaba  el  espíritu  de  las  jóvenes  á  la 
contemplación  muda  del  espectáculo  agreste,  en 
apariencia;  y  en  el  fondo,  á  divagar  sobre  cosas 
cuyo  secreto  no  asomaba  á  sus  labios. 

En  esa  actitud  las  sorprendió  Calderón,  quien 
presentóse  en  el  abra  ginete  en  una  caballería 
carcamala  y  trotona. 

Sujetando  á  pocas  varas  el  matalón,  díjoles 
que  había  «  alboroto  en  el  campo  »,  y  que  era 
del  caso  volverse  pronto  á  las  « casas »  por  lo 
que  pudiese  suceder;  que  don  Luciano  había  ido 
á  enterarse  de  lo  que  pasaba  en  el  fondo  de  aquél, 
que  era  el  «playo»  en  que  se  juntaban  «los  ani- 
males vacunos,  acompañado  del  capataz;  y  que 
él  se  había  quedado  con  otros  dos  peones  al 
frente  del  establecimiento. 

—  ¡Ay!  ¿qué  ocurrirá? — exclamó  Nata  sobre- 
saltada. 

—  Algo  de  serio  ha  de  ser  desde  que  papá 
ha  ido  al  fondo  del  campo, — dijo  Dora,  no  me- 
nos sorprendida. 

—  Se  me  hace  que  sí,  —  repuso  Calderón  ras- 
cándose una  oreja  y  dando  una  tos  cavernosa. 
El  alboroto  es  grande;  y  hasta  aquí,  encima  de 
la  enramada,  se  han  venido  zumbando  las  yeguas 
con  las  narices  coloradas,  lo  mesmo  que  les  hu- 
biesen metido  adentro  un  manojo  de  paja  bra- 
vucona. 

Acababa  recién  de  decir  esto  el  viejo  paisano, 
cuando  acertó  á  cruzar  por  delante  del  abra,  ya 


NATIVA  405 


cansado  y  casi  rendido,  cubierto  de  sudor  y  de 
abrojos  las  crines,  un  hermoso  potro  negro  con 
una  faja  blanca  ó  talabarte  que  le  rodeaba  el 
vientre  haciendo  resaltar  sus  tornátiles  formas. 

Traía  ceñidas  en  parte  en  sus  remos  posterio- 
res, á  la  altura  de  los  jarretes,  unas  «  boleado- 
ras »  de  tres  piedras,  cuyos  golpes  y  ludimientos 
le  habían  desgarrado  la  piel  ensangrentándole 
hasta  los  cascos. 

Corriendo  á  saltos,  en  medio  de  caídas  y  arran- 
ques violentos,  hipeando  y  bravio,  parecía  haber 
escapado  á  la  persecución  y  dejado  lejos  al  del 
tiro  certero. 

—  ¡  Vean  !  —  prorrumpió  Calderón.  —  Ahí  cruza 
un  « tubiano  »  boleado ....  A  la  cuenta  rodó  fiero 
el  gaucho  que  lo  corría. 

—  Vamos  pronto,  Dora,  —  dijo  Nata. —  ¡  Ay,  Dios, 
qué  será! 

—  Sí,  vamonos.  .  .  .  Me  parece  que  siento  tem- 
blor en  el  suelo,  como  si  corriesen  juntas  todas 
las  haciendas. 

Ellas  con  la  mayor  agilidad,  y  Calderón  hin- 
cando sin  cesar  su  grande  espuela  de  hierro  en 
el  cuero  de  su  cebruno  lerdo,  traspusieron  en  un 
instante  el  trecho  que  los  separaba  de  las  «casas  ». 

Ya  en  éstas, .  percibieron  claras  repetidas  deto- 
naciones, disparos,  de  tercerolas  ú  otras  armas, 
y  un  rumor  siniestro,  lejano,  conjunto  de  gritos 
y  clamores,  corridas  y  tumultos,  cual  si  la  to- 
rada enfurecida  reluchara  bramando  en  el  llano. 


406  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


y  sobre  la  piara  formidable  hiciera  fuego  un  es- 
cuadrón tendido  en  guerrilla. 

Dora,  acometida  de  súbito  por  un  espasmo,  sin- 
tió que  algo  como  una  bola  le  subía  del  cora- 
zón á  la  garganta ;  quiso  gritar,  y  no  pudo :  abrió 
los  brazos  y  cayó  á  plomo  en  el  suelo. 


Cuando  las  jóvenes  se  ausentaron  de  las  ca- 
sas, el  señor  Robledo  que  se  había  mostrado  in- 
quieto desde  temprano,  siempre  con  el  catalejo 
en  la  diestra  escudriñando  los  horizontes,  recibió 
aviso  de  que  se  venía  asaltando  las  propiedades 
por  la  misma  fuerza  pública,  y  que  se  acababa 
de  invadir  su  campo  por  la  parte  del  vado. 

Encargó  entonces  á  Calderón  que  comunicara 
á  sus  hijas  lo  que  sucedía ;  y  él  montó  á  caballo, 
ordenando  al  capataz  viniese  á  su  lado. 

Don  Anacleto  obedeció  en  el  acto,  con  la  ca- 
beza erguida,  las  narices  muy  abiertas,  olfateando, 
y  la  mirada  recelosa,  asombrado  en  extremo  de 
que  su  patrón  llevase  el  rebenque  como  única  arma 
tratándose  de  una  aventura  temerosa. 

—  ¡  Dale  al  overo! — gritó  el  hacendado  to- 
mando el  gran  galope.  —  Vamos  á  ver  qué  es  lo 
que  hay  de  verdad  en  este  anuncio ....  ¡  Me 
cuesta  creer  que  roben  de  tal  manera  á  la  luz 
del  sol! 

—  Los  perros  están  á  los  ladridos,  patrón ;  y 
á  la  fija  se  ha  metido  una  manga  de  indios    en 


NATIVA  407 


la  media  suerte  del  estero ....    ¡  Güeno  sería  re- 
costarse al  monte! 

—  ¡  Vamos  derechos!  —  dijo  Robledo  con  acento 
firme. 

—  Para  mí  es  lo  mesmo,  señor;  y  no  le  saco 
el  bulto  á  la  chuza,  ¡de  adonde!.  .  .  .  Pero,  mire 
patrón  que  es  más  fácil  romper  un  tronco  con 
la  calavera  que  amansar  con  rilaciones  un  in- 
dio. .  .  .  Son  el  mesmo  mandinga  para  enderezar 
al  cristiano  con  la  picana,  y  sacarlo  por  la  cola 
del  mancarrón  enterito....  ¡Siff!...  ¡y  patas 
para  arriba  con  medio  costillar  rompido !  Yo  los 
conozco  bien  á  esos  condenaos,  que  sólo  por  co- 
merle « la  sin  hueso  »  á  una  vaca  la  dan  contra 
el  suelo.  .  .  . 

—  No  han  de  ser  indios,  —  interrumpióle  don 
Luciano, — porque  creo  oir  toque  de  corneta. 

—  ¡  Para  peor  si  es  tropa,  por  la  desciplina !  A 
son  del  estrumento,  la  muerte  es  con  música ; 
y  esos  no  hablan.  ...  A  mi  parecer,  patrón,  lo 
mejor  sería  bicharlos  del  pajonal  que  está  arri- 
madito  al  paso,  y  cuanto  cuanto  cruzaran,  me- 
ternos en  el  monte  á  esperar  refuerzo .... 

El  hacendado  en  vez  de  contestar,  apuró  el  ga- 
lope. 

Gran  número  de  silbidos  agudos  atravesaban 
el  espacio  en  todas  direcciones,  mezclados  al  mu- 
gir y  al  balar  de  las  reses  y  á  los  relinchos  de 
los  baguales  azorados,  cuyos  pies  en  frenéticas 
carreras  hacían  estremecer  la  tierra.      Una  nube 


408  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


de  polvo  ancha  y  espesa,  ascendía  en  columnas 
de  las  proximidades  del  rodeo,  oscureciendo  hasta 
grande  altura  la  atmósfera;  y  á  causa  de  esta 
como  negra  cerrazón  que  surgía  bajo  el  tropel, 
no  era  posible  distinguir  la  calidad  ni  el  número 
de  los  invasores.  A  intervalos  solían  cruzar  junto 
á  los  dos  ginetes  ya  un  grupo  de  potros  que  iban 
lanzando  corcovos  al  aire  ó  levantando  los  bra- 
zuelos en  increíbles  corvetas  para  afirmar  más  su 
carrera  vertiginosa;  ya  un  toro  con  el  ojo  encen- 
dido y  el  borlón  de  la  cola  tieso  como  un  dardo ; 
ya  una  « punta »  de  novillos  mugientes,  embis- 
tiéndose entre  ellos  para  ganar  mayor  terreno  en 
su  fuga  despavorida;  y  entre  los  cuadrúpedos 
irritados,  bandas  de  ñandúes  en  rápidas  gambe- 
tas, esponjados  los  alones  como  enormes  copos 
de  algodón  en  disputa  con  la  resistencia  del  aire, 
y  cuya  velocidad  asombrosa  contrastaba  con  el 
pesado  galope  de  los  bisulcos  á  los  que  dejaban 
muy  atrás  para  perderse  en  breves  segundos  en 
el  horizonte. 

De  pronto,  despejóse  un  poco  aquel  confuso 
panorama. 

Púdose  ver  entonces  el  fondo. 

Diversos  soldados  de  un  destacamento  de  ca- 
ballería regular,  corrían  de  uno  á  otro  lado  arreando 
en  masa  el  ganado,  al  que  azuzaban  con  los 
cuentos  de  las  lanzas,  entre  gritos  y  silbidos, 
trotes,  galopes,,  juramentos,  ruido  de  espuelas  y 
rebenques,  al  que  se  unían  de  vez  en  cuando  los 
ecos  sonoros  de  un  clarín. 


NATIVA  409 


Don  Luciano  detuvo  su  caballo;  y  al  obser- 
var aquello  dio  una  gran  voz,  levantando  colé- 
rico su  crispado  puño. 

—  ¡Ladrones!   gritó,    con   soberbia    entonación. 

Como  si  hubiera  sido  oído,  tres  ó  cuatro  de 
los  soldados  brasileños,  pues  pertenecían  al  ejér- 
cito de  Lecor,  viniéronse  sobre  él  á  media  rienda, 
castigando  con  el   extremo  de  las   lanzas. 

Don  Anacleto  se  recostó  á  su  patrón,  bastante 
pálido  y  conmovido;  y  más  llegó  á  estreme- 
cerse, cuando  le  vio  sacudir  con  brío  el  mango 
de  su  látigo  y  esperar  inmóvil  la  acometida  del 
grupo. 

Pero,  en  mitad  de  su  carrera,  los  soldados  su- 
jetaron bridas  y  quisieron  retroceder,  sorprendi- 
dos de  improviso. 

Había  resonado  al  flanco  un  alarido  de  guerra, 
acompañado  de  un  tumulto  estrepitoso. 

Diez  ginetes  armados  de  lanza,  sable  y  terce- 
rola caían  á  escape  sobre  el  destacamento. 

Eran  Luis  María  y  los  suyos,  que  cargaban 
en  dispersión. 

Retumbaron  incontinenti  varias  descargas,  cu- 
yos proyectiles  dieron  en  tierra  con  dos  hom- 
bres, dejando  á  un  tercero  desmontado. 

El  clarín  tocó  á  reunión. 

Pero,  ya  era  tarde. 

Luis  María,  seguido  de  Cuaró,  á  quien  había 
cedido  su  lanza,  penetró  espada  en  mano  entre 
el  grupo  en  desorden  distribuyendo  algunas  es- 


410  E.    ACEVEDO  DÍAZ 


tocadas  certeras;  uno  de  los  «tapes»  y  uno  de 
los  mocetones  habían  caído  heridos,  otro  muerto ; 
en  cambio,  Ladislao  á  la  cabeza  de  los  otros, 
lanceaba  por  la  espalda  sin  piedad  al  grueso  del 
enemigo. 

Esteban  mató  al  clarín  de  un  pistoletazo. 

Acosado  de  cerca  Luis  María  por  dos  enemi- 
gos á  sus  flancos,  lanzóse  sobre  el  que  llevaba 
las  insignias  de  oficial  superior  hundiéndole  su 
acero  en  el  vientre,  al  mismo  tiempo  que  él  re- 
cibía dos  sablazos  en  el  cráneo,  casi  simultáneos, 
que  le  hicieron  caer  sobre  las  hierbas  sin  sentido. 

Oyóse  entonces  un  grito  salvaje,  y  Cuaró  vino 
al  socorro  arrancando  de  un  solo  bote  de  su 
montura  al  oficial  que  aun  mal  herido  se  man- 
tenía en  ella. 

Blandió  en  seguida  la  lanza  ensangrentada,  en- 
derezándola al  otro,  que  era  un  alférez;  y  éste, 
que  amartillaba  una  pistola,  arrancó  á  gran  ga- 
lope para  ganar  distancia  y  fijar  la  puntería. 

Era  un  mancebo  de  veinte  á  veinte  y  un  años, 
apuesto  y  altivo. 

Cuando  quiso  volverse  para  disparar  su  bala, 
vio  que  su  terrible  enemigo  tenía  la  moharra  de 
Ja  lanza  á  una  línea  de  sus  ríñones;  y  clavando 
espuelas  echó  á  correr,  sin  atinar  ya  á  la  de- 
fensa. 

No  le  dejó  sin  embargo,  el  teniente,  que  iba 
detrás  rugiendo  ciego  de  furor. 

El  perseguido  volteó  el  brazo,  é  hizo  fuego. 


NATIVA  411 


El  proyectil  pasó. 

¡Siquiera  le  hubiese  partido  el  cráneo! — pensó 
el  alférez  con  pavor. 

Y  como  no  fuese  así,  sintiendo  él  siempre  en 
pos  la  carrera  de  su  implacable  enemigo,  arrojóle 
la  pistola  por  arriba  de  su  cabeza,  dando  un  grito 
de  espanto. 

Cuaró  se  le  puso  á  los  alcances,  y  escurriendo 
el  astil  en  su  diestra  le  hirió  de  muerte,  sacán- 
dole de  la  silla,  al  punto  de  que  el  rejón  se  hizo 
un  arco  quebrándose  por  mitad  y  dejando  el 
hierro  entero  en  el  tronco  de  la   víctima. 

Cuaró  arrojó  el  fragmento  de  astil  sobre  el 
cuerpo  inerte  y  volvió  bridas. 

Al  llegar  al  sitio  de  la  refriega,  todo  había 
concluido. 

Los  vencedores  auxiliaban  á  sus  compañeros 
caídos;  y  rumbo  á  las  «casas»  marchaba  un 
grupo  compuesto  de  don  Luciano,  el  capataz,  Es- 
teban y  Ladislao  que  conducían  en  cruz  sobre 
dos  caballos  á  Luis  Alaría  Berón. 

Diez  ó  doce  muertos  veíanse  esparcidos  acá  y 
allá  en  el  terreno ;  y  por  los  campos,  grandes  tro- 
zos de  ganado  todavía  inquieto  y  receloso,  que 
al  menor  movimiento  emprendía  precipitada  fuga. 


XX 


HERIDAS    DE    SABLE   Y   FLECHA 


Todo  aquello  fué  obra  de  pocos  momentos,  al 
punto  que  don  Luciano  y  el  capataz  apartados 
algunos  metros  apenas  del  teatro  de  la  refriega, 
no  tuvieron  tiempo  de  asumir  una  actitud  re- 
suelta cualquiera  viéndose  en  el  caso  duro  de 
permanecer  inmóviles  hasta  tanto  pasara  la  ava- 
lancha que  los  sorprendiera  á  su  vez,  cuando  ni 
pensado  habían  en  la  posibilidad  de  un  choque 
sangriento. 

Disipada  esa  ráfaga  de  huracán,  apresuráronse 
á  socorrer  á  Luis  María  que  yacía  con  el  rostro 
en  tierra  bañado  en  su  propia  sangre,  en  una  in- 
movilidad parecida  á  la  rigidez  de  la  muerte. 

Restañáronle  las  dos  heridas  que  tenía  en  la 
cabeza,  y  ciñéronsela  con  dos  pañuelos,  cargando 
luego  con  él. 

En  la  travesía,  abrió  dos  ó  tres  veces  los  ojos 


NATIVA  413 


para  quedarse  de  nuevo  como  aletargado,  sin  pro- 
nunciar palabra  alguna. 

La  pérdida  de  sangre  había  sido  copiosa,  su- 
cediéndose  á  ella  una  debilidad  extrema.  Una  de 
las  heridas  sólo  había  interesado  el  cuero  cabe- 
lludo; pero  la  otra,  más  profunda  y  grave  sobre 
el  parietal  izquierdo,  habíale  ofendido  el  hueso  en 
parte. 

Ya  en  las  «casas»,  laváronle  bien  las  dos,  cor- 
táronle el  pelo  en  lo  dañado,  y  acostáronlo  en 
la  cama  del  señor  Robledo,  una  « marquesa » 
fuerte  de  pino  con  buenas  almohadas  y  colchones. 

Ante  aquel  espectáculo,  Natalia  y  Dorila  an- 
daban como  sombras,  echando  de  vez  en  cuando 
sus  brazos  al  cuello  de  su  padre,  para  besarle  en 
silencio. 

Dora  estaba  pálida  y  parecía  sentir  algo  ex- 
traño en  el  pecho,  porque  á  cada  instante  llevaba 
allí  su  mano  ansiando  aspirar  el  aire  con  toda 
la  boca  abierta. 

—  ¡  Vaya,  muchachas !  —  díjoles  don  Luciano ;  — 

todo  esto  pasará.  Estén  tranquilas.  ¡  Demonios  ! 

Ha  sido  una  escaramuza  fuerte,  un  refregón  de 
estos  mozos  con  unos  portugueses  desalmados 
que  saqueaban  mi  hacienda.  ¡Todo  se  ha  de  an- 
dar, canejo!  y  hemos  de  poner  las  cosas  en 
claro.  ¡Qué  atrocidad!  ¡si  parece  increíble!.... 
Mira  Natita.  .  .  tu  hermana  está  un  poco  en- 
ferma, mejor  es  que  se  acueste.  Tú  arregla  unas 
hilas  y  vendajes  para  el  herido.    ¡Pobrecito!    Le 


414  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


debo  todo,  hasta  estos  huesos  viejos  que  ya  no 
sirven.  ¡Sí,  hay  que  atenderlo  mucho  porque  lo 
han  golpeado  como  bárbaros  aquellos  entrusos 
cobardes,  que  mil  diablos  confundan!.  .  .  .  ¡Arre- 
gla, hija,  eso  que  te  pido.  Cuando  la  madre  sepa, 
¡se  va  á  morir!.  ...  Si  alguno  de  estos  viejos- 
posmas  fuese  curandero,  todavía  la  pena  sería 
poca .... 

—  Deja,  papá,  —  interrumpióle  Nata ;  —  nosotras 
vamos  á  cuidarlo,  y  verás  cómo  sana.  ¡  Dios  no 
ha  de  querer  que  se  muera!.  .  .  . 

—  Le  pondremos  las  hilas  nosotras,  —  añadió 
Dora;  —  ¿ves?  ¡aquí  tengo  ya  un  puñado  grande, 
y  estas  vendas!.  .  .  .  Nata  le  lavará  las  heridas,  y 
yo  le  arreglaré  el  vendaje;  ó  yo.  .  .  . 

Ahogósele  la  voz  á  la  joven  en  la  garganta; 
y  volvióse  confundida,  para  ocultar  su  emoción. 

—  ¡Sí,  lo  merece;  merece  todo!  —  repuso  Ro- 
bledo. 

Y  pasándose  agitado  la  mano  por  la  frente, 
prosiguió  como   si  hablase  á  solas: 

—  No  sé  qué  consecuencias  tendrá  esta  trifulca, 
mientras  los  cimarrones  y  « caranchos  »  se  amon- 
tonan y  dan  cuenta  de  esos  que  han  quedado 
boca  arriba,  junto  al  estero ....  Es  lo  primerito 
que  van  á  encontrar  cuando  crucen  el  paso  los 
«lagunistas» .  .  .  .  ¡Demontre  de  cosas!  De  todos 
modos ....  ya  nos  arreglaremos.  Ahora,  á  lo  más 
urgente.  ¡Tú,  Dorita,  á  la  cama! 

—  ¡No,  papá,  si  estoy  bien!     Mírame,  y  verás 


NATIVA  415 


que  no  te  engaño.  Ya  ni  me  late  fuerte  el  cora- 
zón, que  hace  días  estaba  lo  más  malo  con- 
migo. .  .  .  sin  duda  anunciando  estas  tristezas  que 
habían  de  venir.  Y  ¿cómo  has  de  querer  que  deje 
á  Nata  sólita  en  ese  trabajo? 

—  Déjala,  papá,  que  yo  la  cuidaré  también  á 
ella,  si  se  ocurre. 

—  ¡Bueno!  hagan  como  les  parezca,  y  déjenme 
ir  á  atender  otras  necesidades.  Ahí  está  el  negro 
en  el  cuarto,  para  ayudarlos;  que  las  acompañe 
Guadalupe  también. 

Fuese  el  señor  Robledo  por  su  lado,  esto  di- 
ciendo; y  las  jóvenes,  al  aposento  del  herido. 

Continuaba  éste  en  una  especie  de  sopor,  muy 
pálido  y  con  los  ojos  cerrados. 

Esteban  le  contemplaba  de  pie  desde  un  ex- 
tremo, mudo  y  atento. 

Las  dos  hermanas  se  acercaron  al  lecho  sin 
trepidar,  y  descubrieron  la  cabeza  de  Luis  Ma- 
ría, sin  molestarlo,  con  esa  delicadeza  propia  de 
la  mano  de  la  mujer  que  se  esmera  en  aliviar  sin 
ser  sentida. 

Lavaron  las  heridas  con  agua  fresca,  que  trajo 
Guadalupe;  y  cuando  esto  acabaron  de  hacer, 
cubrieron  con  hilas  los  labios  de  aquéllas  suje- 
tándolas suavemente  con  vendas. 

En  esta  diligencia,  hesitaron  un  instante,  hasta 
que,  atreviéndose  Nata,  cogió  con  sus  dos  manos 
la  cabeza  del  herido,  y  la  levantó  un  poco  de  la 
almohada,  diciendo  con  un  acento  que  parecía 
un  soplo: 


416  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


—  ¡Ata! 

Dora  ató,  moviendo  sus  delgados  y  nerviosos 
dedos  con  extraordinaria  destreza. 

¡Una  hábil  enfermera  no  lo  habría  hecho  mejor! 

Después  de  esto  Nata  dejó  descansar  la  cabeza 
del  joven,  lo  miró  toda  demudada,  y  apartóse  al- 
gunos pasos,  ceñida  al  brazo  de  su  hermana  tan 
conmovida  como  ella. 

Berón  volvió  el  rostro  de  lado,  y  respiró  con 
fuerza. 

Ellas  se  miraron  de  súbito,  con  una  expresión 
de  íntimo  contento.  ¡Parecía  retornar  á  la  con- 
ciencia de  la  vida! 

A  poco,  entró  don   Luciano. 

El  buen  criollo  acababa  de  mandar  que  se  en- 
terrase á  los  muertos  en  dos  ó  tres  hoyas  ó  fo- 
sas bien  excavadas,  y  que  encima  de  la  tierra  que 
las  cubriese,  se  echaran  piedras  sueltas  en  abun- 
dancia, ó  en  su  defecto  ramas  gruesas  y  espino- 
sas de  «tala»  ó  de  «ñapindá»,  al  uso  charrúa, 
para  evitar  que  los  carnívoros  del  monte  sin  ex- 
cluir los  yaguaretés  que  solían  cruzar  á  nado 
hasta  los  pajonales  espesos  del  norte,  se  citasen 
á  un  espantoso  festín. 

También  previno  que  se  pusieran  otras  tantas 
cruces,  confeccionadas  con  troncos  de  «sombra 
de  toro»,  á  fin  de  que  se  viera  á  su  tiempo  que 
se  habían  cumplido  con  los  deberes  cristianos,  y 
en  algo  se  atenuase  el  rigor  de  la  represalia. 

Sin  duda  alguna,  era  la  adopción  de  esta  me- 


NATIVA  417 


dida  lo  que  había  esparcido  cierto  aire  de  satis- 
facción en  el  semblante  del  hacendado;  quien  se 
presentó  más  tranquilo  y  desenvuelto  en  el  cuarto 
del  herido. 

Aprovechándose  de  su  presencia,  y  estimula- 
das por  su  celo  activo,  las  jóvenes  se  esmeraron 
en  atender  á  todo  aquello  que  convenía  al  me- 
jor cuidado  del  paciente. 

Dora  trajo  una  gasa  celeste,  que  colgó  doblada 
á  manera  de  cortinilla  -ó  banderola  en  el  venta- 
nillo; y  Nata  acumuló  en  una  mesa  pequeña  hi- 
las y  vendas  muy  blancas,  un  jarrón  de  barro 
cocido  lleno  de  agua  quitada  del  frío,  y  un  frasco 
que  contenía  la  sustancia  ó  extracto  de  la  cor- 
teza del  «quebracho*,  reconocida  como  febrífugo 
excelente  en  la  campaña,  aunque  casi  nunca  ce- 
dieran las  fiebres  á  su  influjo  ó  poder  virtual. 

Guadalupe  por  su  parte,  tan  agitada  como  sus 
amas  y  como  ellas  tan  lista  para  acertar  en  todo, 
había  escogido  la  mejor  gallina  entre  las  que  re- 
posaban ya  tranquilas  en  las  ramas  de  uno  de 
los  ombúes;  y  cocinado  un  puchero  que  en  su 
concepto  debía  saber  muy  bien  al  enfermo,  aun 
cuando  al  espumarlo  hubiese  tenido  que  sostener 
más  de  una  brega,  de  paso,  con  don  Anacleto,  en- 
tonado y  crudo  como  nunca,  después  de  la  re- 
friega. 

Había  acudido  también  Cuaró,  á  las   «casas». 

Pero,  sin  penetrar  en  el  aposento  ni  cambiar 
palabra  con  persona  alguna,  habíase  sentado  so- 

27 


418  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


bre  los  talones  contra  la  pared;  y  en  esa  actitud, 
fumando,  limitábase  á  mirar  á  veces  al  rostro  de 
los  que  salían  cual  si  en  ellos  buscase  las  nue- 
vas que  merecían  su  interés,  sin  incomodar  á  na- 
die ni  ofrecerse  tampoco,  concentrado  y  humilde. 

Al  oscurecer,  viósele  todavía  quieto  en  el  sitio 
escogido,  con  el  sombrero  sobre  los  ojos  y  la  mirada 
en  el  suelo. 

Esa  noche,  muy  satisfechos  de  no  haber  hecho 
nada  por  la  tarde  á  favor  del  conflicto,  y  reinando  un 
calor  excesivo,  habíanse  agrupado  en  la  enramada 
el  capataz,  Calderón  y  Nereo  para  conversar  de  Jas 
ocurrencias  y  consumir  sendas  «cebaduras»  de 
mate  cimarrón,  alternando  éste  con  otro  brebaje  más 
fuerte  y  estimulante. 

Los  dos  últimos,  atentos  estaban  y  no  poco,  á 
la  relación  de  don  Anacleto,  quien  sentado  en  una 
cabeza  de  vaca  con  el  sombrero  caído  en  las  es- 
paldas y  el  barboquejo  á  modo  de  «  vincha  » 
en  la  frente,  formándole  la  borlilla  como  un 
cuernecito  de  ternero  entre  los  dos  ojos,  des- 
cribía las  peripecias  y  episodios  de  la  jornada  en 
un  estilo  capaz  de  preocupar  aun  á  los  ánimos 
viriles. 

Decía  don  Anacleto: 

—  Asina  que  repechamos  la  lomadita,  se  vido 
que  la  polvadera  la  levantaba  un  ganao  como 
mosca.  .  .  .  porque  fuera  de  la  hacienda  del  campo 
traiban  los  hombres  y  habían  entreverao  el  vacuno 
y  yeguarizo  de  otras  marcas,  arriando  tropillas  con 


NATIVA  419 


yeguas  madrinas,  lo  mesmo  que  los  güeyes  de 
carreta  que  repuntiaron  por  delante. 

La  polvadera  hacía  como  una  nube  de  tor- 
menta tapando  todo  el  cielo,  y  al  revolver  de  las 
vacas  y  lamentarse  de  las  crías  y  chiflar  de  los 
soldaos  que  corrían  y  boleaban,  víamos  á  ratitos 
pasar  la  bagualada  cociando  al  cohete,  ó  al  to- 
runo que  se  comía  los  vientos,  si  ya  no  era  un 
güey  tropero  que  iba  pisoteando  las  puntas  de 
la  coyunda  rompida  y  metiendo  ruido  con  las  pe- 
zuñas. ... 

Escupió  el  capataz  de  lado,  tomó  aliento  y  pro- 
siguió : 

—  El  patrón  quería  enderezar  á  la  gurumina ; 
pero  yo  la  fui  asujetando  hasta  que  aclarase, 
porque  desde  que  los  ñandúes  al  juir  iban  chiflando 
á  la  cuenta  les  habían  meneao  piorno  y  la  cosa  no 
era  de  atropellar  al  escuro .... 

Ya  encima  del  ganao  que  andaba  como  muía 
tahonera,  cuasi  sin  ojos  ni  conoscencia,  alcanzamos 
á  ver  el  escuadrón  de  portugos,  vestidos  de  ceniza 
y  armaos  hasta  los  dientes. 

En  cuanto  columbraron  que  había  con  quien 
tratar,  unos  quince  ó  veinte  y  cinco  abajaron  las 
lanzas  y  se  vinieron  al  humo,  tocando  el  trompa  á 
degüello.  .  .  . 

—  ¡Vea  no  más  si  fué  fiera  la  cosa!  —exclamó 
iuznado  Nereo. 

—  ¿  Y  después  don    Cleto  ?  — preguntó  ansioso 
ron. 


420  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


—  El  patrón  se  enredó  en  la  muñeca  la  azotera 
del  rebenque;  y  lo  que  esto  vide,  sofrené  al  overo, 
eché  mano  al  «  facón  »  y  me  tiré  de  lao  para  ma- 
drugarlos  en  la  embestida.  .  .  . 

—  ¡  Ah,  don  Cleto  listo ! 

—  Sírvase  de  ese  amargo  para  remojar. 

—  Pero  el  arrempujón  no  llegó,  —  continuó  el 
capataz,  sorbiendo  con  gran  ruido  el  mate, — 
porque  en  un  redepente  la  nieblina  cambió  de 
costao ;  y  lo  mesmito  que  una  perrada  cima- 
rrona, el  matreraje  largó  una  ronca  y  cayó 
en  el  sitio,  á  todo  lo  que  daban  los  fletes  chu- 
ceando al  destajo,  sin  dejar  á  mi  parecer,  ni  un  mé- 
lico vivo. 

—  ¡  Parece  cosa  de  brujería  ! 

—  ¡  Peligra  la  verdá,  canejo  ! 

—  Asina  fué,  y  me  caiga  redondo  si  digo  men- 
tira .... 

Después  de  dicho  esto  con  entereza,  don  Ana- 
cleto  hizo  sonar  de  un  gran  sorbo  la  «  bombi- 
lla »  y  suavizando  en  lo  posible  su  voz  bronca 
como  quien  se  siente  adolorido,  prosiguió  con  tris- 
teza: 

Y  vean,  aparceros ;  pasaron  cuadros  lindos  para 
estilos  en  este  combate  fiero. 

Don  Berón  volteó  de  un  revés  con  la  espada  á 
un  mozo  lampiño  de  ojos  de  venao,  alardeador 
y  vivaracho ;  y  en  viéndolo  en  el  suelo,  cuasi 
tieso,  un  matrero  se  tiró  del  pingo  con  un  cha- 
farote en  la  mano  para  despenarlo ,  pero  al  ir  á 


NATIVA  421 


hacerlo,  el  mozo  le  dijo  con  mucho  sentimiento  le- 
vantando un  brazo  : 

«  No  me  degüeyes,  porque-  todos  somos  her- 
manos. Tengo  una  madrecita  vieja  y  una  novia 
que  va  á  ser  mi  mujer,  que  me  aguardan  las 
pobres  rezando  á  la  virgen  santísima  por  que 
yo    salga    en    la    guerra    sin    lisiadura    nenguna. 

Con  la  que  me  ha  dao  ese  guapo  me  sobra 
para  escarmiento,  y  no  preciso  de  tu  incómodo 
para  dirme  en  sangre.  Si  querés  que  la  viejita 
viva  y  la  muchacha  no  se  quede  en  un  desmayo 
como  pájaro  tísico,  envaina  el  chafarote  y  guárdate 
estas  patacas  para  tabaco  y  yerba,  con  más  las  bo- 
tas y  las  espuelas.  » 

El  matrero  dentro  en  plática  con  él  y  le  contestó 
de  esta  laya : 

«  Mira,  hermanito ;  yo  no  puedo  hacer  le  que 
me  pedís  quejoso,  porque  á  mí  también  me  dio 
una  mujer  de  mamar  y  otra  me  espera,  y  las  dos 
están  á  los  reniegos  conmigo  porque  no  las  ayudo 
á  causa  de  los  tuyos  que  se  han  entrao  en  el 
pago  sin  licencia,  arruinando  á  una  gente  que  no 
se  metía  con  naide,  y  que  á  naide  tampoco  tenía 
miedo.  Asina  lo  que  yo  haré  en  tu  osequio  es  dejarte 
una  nadita  de  tiempo  para  que  reces  el  credo  ;  y  en 
cuantito  acabes  de  rezongar,  no  hay  más  sino  con- 
formarse. » 

Iba  ya  á  retrucarle  el  herido,  muy  pesaroso, 
cuando  la  torada  se  vino  encima  asustada  con  los 
tiros;  y,  bufó.  ...    El  matrero  montó  á  caballo  y  el 


422  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


ganao    empezó  á  pasar  brincando   y  muy   ceñido 
por  arriba  del  portugués .... 

¡Nengún  quejido  largaba  el  hombre,  y  el  ganao 
seguía  pasando !  La  polvadera  ponía  turbio  hasta 
el  ojo ;  ni  las  aspas  se  vían  en  la  disparada,  atur- 
diendo más  que  mil  cencerros  el  crujir  de  las  chi- 
quizuelas  y  las  pezuñas. 

Y  seguía  pasando  el  ganao  sin  avistarse  la 
cola,  como  avispas  que  salen  del  nidal  y  se  van 
juntando  de  á  poco,  cerquita,  en  borbollón ;  ó  lo 
mesmo  que  se  alborotan  las  hormigas  cuando  un 
animal  yeguarizo  mete  la  mano  en  el  cerrillo,  y 
lo  achata  de  golpe  y  zumbido. 

Y  el  ganao  seguía  cruzando .... 

Interrumpió  aquí  al  capataz  la  voz  de  Gua- 
dalupe, que  lo  llamaba  desde  el  patio ;  y  tras  de 
ese  llamado,  la  negrilla  se  apareció  en  el  punto 
de  la  reunión,  diciendo  semi-colérica : 

—  A  ver  si  viene  don  Cleto,  que  lo  precisan.  .  .  . 
Parece  que  le  pesaran  los  huesos  más  que  á  un 
muerto  y  que  no  pudiese  con  las  tabas.  ¡  Mué- 
vase hombre  de  Dios,  tan  cargoso  ! .  .  .  ,  Todos 
afligidos  en  las  «  casas  »,  y  él  prendido  al  mate 
muy  señorón,  como  buey  guampudo  que  mamase 
todavía.  .  .  . 

Don  Anacleto  apoyó  la  cara  en  la  palma  de  la 
mano,  y  mirándola  de  soslayo,  contestó  irritado: 

—  Siempre  has  de  venir  á  meter  tu  trompa 
en  la  leche,  mosca  negra.  ¡  A  volar  que  hay  chin- 
ches ! 


NATIVA  423 


Y  dio  un  bufido. 
Guadalupe  desapareció. 
Entonces,  don  Anacleto  dijo: 
—  Voy  á  donde  el  patrón ;  pero  agarren  bien 
el  hilo  del  cuento,  por  el  gusto  de  acabarlo. 


A  esa  hora  las  impresiones  no  eran  nada  gra- 
tas en  el  cuarto  del  herido  para  aquellos  que  lo 
asistían. 

Habíasele  declarado  la  fiebre  en  cierta  intensi- 
dad, y  sobrevenídole  el  delirio. 

Ante  semejantes  manifestaciones,  multiplicaban 
todos  sus  cuidados  apelando  hasta  el  último  de 
los  remedios  ó  paliativos  domésticos,  y  oían  los 
consejos  y  advertencias  de  algunas  vecinas  vie- 
jas, que  habían  acudido  á  recoger  informes  de 
don  Luciano,  con  motivo  del  grave  suceso  de  la 
tarde. 

El  mal,  sin  embargo,  seguía  un  natural  proceso, 
y  no  era  la  corteza  de  «  quebracho  »  la  que 
había  de  modificarlo,  por  el  instante,  ni  en  lo  su- 
cesivo. 

La  reacción  y  el  restablecimiento  del  equilibrio 
perturbado,  sólo  debían  esperarse  por  efecto  del 
vigor  de  juventud  del  paciente. 

El  hacendado  y  sus  hijas  vieron  transcurrir  las 
horas  en  penosa  ansiedad. 

Ya  al  amanecer,  calmóse  algo  el  herido,  quedán- 
dose en  relativo  sosiego. 


424  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Don  Luciano  había  mandado  al  capataz  á  una 
de.  las  estancias  viejas  del  pago  en  busca  de  un 
paisano  hábil  para  ciertas  « curas »,  á  falta  de 
médico ;  cuyo  paisano  conocía  el  secreto  de  unas 
yerbas  « infalibles  »,  ó  por  lo  menos  de  una  virtud 
«  casi  milagrosa  »  para  las  fiebres. 

Pero  don  Anacleto  regresó  al  venir  el  día,  sin 
haber  conseguido  encontrar  á  aquel  bendito,  ni 
aun  en  los  ranchos  de  sus  comadres. 

En  cambio,  sin  que  nadie  le  dijera  palabra, 
Cuaró  se  apareció  con  el  «  tape  »  Ñapindá,  ad- 
virtiendo que  el  hombre  se  había  ocupado  mu- 
cho tiempo  en  aliviar  y  sanar  enfermos  en  Santo 
Domingo,  y  que  era  un  curandero  muy  habi- 
lidoso. 

Al  mirarle  la  facha,  con  sus  piernas  desnudas  y 
su  chambergo  agujereado  en  la  copa,  y  un  montón 
de  hierbas  en  las  manos,  Nata  dijo : 

—  i  Si  no  será  preciso  ! .  .  .  .  Ahora  descansa 
bien. 

El  «tape»  se  cuadró  militarmente,  y  contestó 
con  pausa  y  gravedad: 

—  Déjamelo  mirar,  «guaynita»  ....  ¡Verás  que 
yo  lo  curo ! 

—  Ay,  ¿  qué  hombre  es  éste  ?  —  Dijo  Dora  con  ex- 
trañeza.  —  Yo  no  quiero  que  toquen  ahora  que 
duerme,  al  herido.  ¿Tú  consentirás,  Nata?  ¡Tantos 
yuyos ! .  .  .  .    ¿  Para  qué  sirve  eso  ? 

—  Mira,  «  cuñatay  »  —  repuso  el  tape  :  — coci- 
nando esta  yerba,  se  lava    al  enfermo  con    el  jugo 


NATIVA  425 


en  la  mañanita  y  tarde ;  y  después,  abrís  estas  ho- 
jas y  las  pones  en  lo   lisiado .... 

Y  enseñaba  una  planta  pequeña  de  hojas  de 
un  verde  claro,  angostas,  en  forma  de  bayas  ó 
de  vainillas,  comunmente  llamada  bálsamo  y  de 
aplicación  constante  á  las  heridas. 

—  El  agria  y  las  hilas  bastan.  .  .  . 

—  Tampoco  él  lo  consentiría,  —  añadió  Nata. 

—  Esperaremos  hasta  la  tarde,  señor  curandero, 
—  siguió  diciendo  Dora  con  acento  dulce.  ¡Por 
qué  incomodarlo,  cuando  recién  reposa  !  .  .  .  .  El 
va  á  darle  las  gracias,  así  que  se  despierte  y 
que  sepa  que  Vd.  ha  venido  con  tan  buenas  inten- 
ciones .... 

El  « tape  »  no  insistió ;  y  como,  á  pesar  de  todo, 
Nata  le  pidiera  las  hierbas,  dióselas  en  el  acto,  y 
fuese  muy  contento. 

Creía  él  de  buena  fe  como  todo  indígena  de 
reducciones,  que  merced  á  aquellas  plantas,  «  ando- 
yara»  ó  sea  el  diablo,  no  se  llevaría  al  «  chiru- 
bichá  »   tan  fácilmente. 

Ya  pensativas,  ya  rientes,  se  quedaron  las  her- 
manas; y  después  de  comentar  el  hecho,  opinaron 
al  principio  por  aplicar  el  bálsamo  al  herido,  y 
luego  resolvieron    esperar  á    que    éste  despertase. 

Las  dos  se  habían  dividido  bien  el  trabajo ;  de 
tal  modo,  que  ninguna  podía  pretender  haber  he- 
cho méritos  de  exclusivo  agradecimiento  ;  una  y 
otra  reunidas  ó  relevándose  en  el  cuidado  asiduo, 
por  largas  horas,  siempre    atentas    al  menor    re- 


426  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


clamo  ó  movimiento  producido  por  el  delirio  en 
el  paciente,  en  todo  instante  prontas  para  acu- 
dir á  las  tareas  domésticas,  parecían  disputarse 
las  frases  cariñosas  de  don  Luciano,  —  á  cuyo 
estímulo  debían  el  haberse  consagrado  sin  re- 
servas   á  tal    género  de    afanes    y    desvelos. 

Verdad  es  que,  en  el  fondo,  presidía  á  la  ac- 
titud asumida  por  cada  una  de  ellas  una  gran 
fuerza  de  buena  voluntad,  y  hasta  una  decisión  sos¿ 
pechosa;  pero  de  revelarla  se  guardaban,  sin  des- 
cuidar los  mismos  gestos ;  tal  vez  persuadidas  de 
que  una  manifestación  cualquiera  inconveniente 
de  sus  sentimientos  íntimos  respecto  al  huésped 
podría  ocasionar  un  quebranto  moral  doloroso  en 
una  ú  otra,  dado  que  ambas  abrigasen  hacia  él  — 
como  era  de  inferirse  —  un  vivo  afecto  de  simpatía. 

A  partir  de  ésto,  procuraban  ellas  contentarse 
con  discrepar  en  lo  mínimo ;  juntas  se  iban  á  su 
dormitorio;  acostábanse  á  una  hora  determinada 
ó  con  diferencia  de  momentos;  conversaban  mu- 
cho hasta  calmar  su  excitación  nerviosa  ;  y  caían 
al  fin  rendidas,  para  ponerse  de  pie  muy  temprano 
con  más  ánimo  que  nunca. 

Al  levantarse  ese  día  sintieron  gran  compla- 
cencia, pues  el  paciente  empezaba  á  reaccionar; 
y  si  bien  su  postración  era  mucha,  la  fiebre 
había  disminuido  de  un  modo    considerable. 

Conocía  á  los  que  lo  rodeaban  y  hablaba  de 
vez  en  cuando  con  aplomo  y  reposo,  mezclando 
á  sus   sorpresas    palabras  de    agradecimiento. 


NATIVA  42' 


Desde  ese  instante  las  jóvenes  empezaron  á  su 
vez  á  hacer  menos  frecuentes  sus  visitas,  sin  de- 
jar de  atender  al  herido  con  el  mismo  celo  así 
que  era  necesario  renovarle  los  vendajes. 

Pero,  ni  ellas  podían  menos  de  verlo  dos  ó 
tres  veces  al  día,  ni  él  se  conformaba  de  sus 
ausencias,    cuando  éstas  se  repetían  mucho. 

Algo,  como  un  vínculo  estrecho  de  familia,  se 
iba  estableciendo  entre  paciente  y  enfermeras; 
vínculo  dulce  y  cariñoso  en  cuya  formación  en- 
traban la  estimación,  la  confianza,  la  gratitud  y 
quizás  algún  otro  sentimiento  oculto,  que  sólo  es- 
peraba una  causa  ocasional  cualquiera  para  reve- 
larse en  todo  su  fervor. 

Por  algunos  días,  las  cosas  siguieron  en  ese 
estado,  con  gran  satisfacción  de  todos  y  especial- 
mente del  señor  Robledo,  que  no  había  visto 
producirse  en  su  campo  nada  de  sospechoso  ó 
alarmante,  después  del  grave  suceso. 

El  herido  seguía  mejorando,  sin  complicaciones 
de  ningún  género. 

Sentíase  muy  dichoso  de  encontrarse  allí ;  y 
una  tarde  manifestó  á  Dora  que  éranle  suficien- 
tes, cuidados  de  manos  semejantes,  para  amar 
mucho  la  vida .... 

—  Más  que  ingrato  sería  si  no  la  quisiera, — 
díjole  Dora. 

—  ¡Me  parece  más  hermosa  que  nunca!  — con- 
testóle el,  con   acento  sincero  y    ardoroso. 

La  joven  se  retiró  llena  de  cierto  íntimo  regocijo. 


428  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Más  tarde,  se  preguntaba  á  solas:  «¿por  qué  le 
parecerá  más  linda  la  vida?  ¡El,  que  parece  des- 
graciado ! » 

Poco  después,  Dora  caía  en  una  melancolía  ex- 
traña y  sentía  ansias  de  llorar. 

Tan  alegre  y  espiritual,  sorprendíase  de  sí 
misma,  quejándose  de  una  opresión  mortificante 
que  abatía  con  su  cuerpo  el  ánimo  y  le  nublaba 
la  vista. 

El  corazón  funcionaba  á  saltos  caprichosos  por 
momentos,  la  cabeza  parecíale  bajo  la  influencia 
de  un  hálito  ó  vaho  pesado  y  letal,  que  la  em- 
pujaba á  un  vacío  sin  término. 

Cuando  eso  sucedía  se  quedaba  muda,  de  una 
palidez  casi  transparente,  con  la  mirada  fija  y  sin 
luz,  estremecida,  fláxida,  insegura. 

Así  mismo  caminaba  un  poco,  buscando  en  el 
ambiente  un  consuelo;  hasta  que  el  desasosiego 
tomaba  incremento,  é  inducíala  á  recogerse  á  tro- 
pezones, cogiéndose  á  las  paredes  y  puertas,  como 
herida  en  sus  centros  nerviosos  por  un  golpe  sú- 
bito. 

Reclinábase  entonces  sin  fuerzas,  y  quedábase 
inmóvil  llena  de  sudores  fríos;  una  como  grande 
burbuja  esférica  ó  globular  ascendiendo  rápida, 
parecía  cerrar  por  completo  sus  vías  respirato- 
rias, hinchábale  las  venas  del  cuello,  la  asfixiaba, 
y  desaparecía  luego  para  dar  lugar  á  un  espasmo 
más  ó  menos  prolongado  que  la  dejaba  como 
muerta. 


NATIVA  429 


A  estos  accesos  precedía  siempre  una  laxitud 
de  ánimo  extraña  en  ella;  una  tristeza  honda  y 
desesperante  que  mataba  el  brillo  de  sus  lindos 
ojos,  la  frescura  de  su  piel  y  doblaba  su  cuerpo 
gentil  lo  mismo  que  se  abate  un  tallo  de  flor 
bajo  una  ráfaga  violenta. 

Cuando  éstos  y  otros  síntomas  se  presentaban, 
ella  misma  arreglaba  su  lecho  y  arrojábase  en 
él,  buscando  apoyo  con  las  dos  manos  trémulas 
en  algún  objeto,  capaz  de  resistir  sus  sacudidas 
precursoras  ó  contracciones  musculares.  Los  des- 
mayos no  tenían  mucha  duración,  ni  aparecía  en 
los  labios  cárdenos  esa  espuma  que  mana  lenta 
y  desborda  como  impelida  por  una  ola  de  amar- 
gura. Salíansele  un  p'oco  los  ojos  de  las  cuencas 
y  quedábansele  fijos;  y  esa  fijeza  aparecía  más 
dura  por  la  ocultación  parcial  de  los  velos  par- 
padales  y  una  profunda  alteración  nerviosa. 

Restablecíase  pronto  sin  azahar  ni  éter,  tan 
sólo  aspirando  el  aire  del  campo  y  de  la  ribera. 

Volvía  entonces  su  frente  á  serenarse,  la  luz 
á  sus  pupilas  y  el  latido  regular  á  su  pobre  co- 
razón. 

Quedábale  débil  el  cerebro,  ya  pasada  lo  que 
ella  llamaba  «  gota  coral »  ;  pero,  á  las  pocas  ho- 
ras se  reconstituía  por  los  medios  y  en  la  forma 
predichos,  reíase,  se  divertía,  paseaba  y  gozaba 
bien  de  sus  horas  de   reposo. 

Figurábase  que  todo  eso  no  era  más  que  exa- 
geración de  su  sensibilidad  « mimosa »    y    repro- 


430  E.    ACEVEDO  DÍAZ 


chaba  ingenuamente  á  su  organismo  que  se  pos- 
trase y  se  hiciera  el  muerto  cuando  estaba  tan 
vivo. 

Después  de  una  noche  así  pasada,  amaneció 
Dora  mejor.  Nata,  que  había  dormido  muy  poco, 
aprovechóse  del  buen  estado  de  su  hermana  para 
visitar  un  instante  al  herido,  cuyo  cuidado  ha- 
bía quedado  por  largas  horas  á  cargo  de  Esteban 
y  Guadalupe. 

Entróse  ella  con  alguna  emoción  en  el  aposento. 

Luis  María  estaba  solo;  y  al  verla  tendió  la 
mano  con  ansiedad  mal  reprimida,  como  llamán- 
dola cerca  de  sí. 

Detúvose  Nata  á  mitad  de  camino,  saludán- 
dole; y  luego  dijo  algo  trémula: 

—  ¿Lo  han  atendido  á  usted  bien?.  .  . .  ¿Cómo 
sigue? 

—  Bastante  mejor,  Nata,  gracias  á  la  bondad 
de  ustedes.  Creo  que  podré  levantarme  mañana, 
pues  me  siento  con  fuerzas   .  .  . 

•  -¡Tanto  me  alegro! 

—  Agradezco  mucho,  .  .  .  sólo  que  ahora,  una 
de  estas  vendas  me  molesta  un  poquito,  y  sin 
duda  será  porque ....  no  ha  sido  usted  la  que 
me  la  ha  puesto. 

—  ¡  Ah,  por  eso  no!.  . . .  Pero  será  fácil  reme- 
diarlo ...  Aquí  hay  otras  que  podrán  reempla- 
zarla en  un  momento .... 

—  ¡Qué  buena  es  usted!  Por  su  mano  vendrá 
el  alivio. 


NATIVA  431 


Xata  acercóse  á  la  mesa,  y  empezó  á  escoger 
el  vendaje  llena  de  agitación,  sin  contestar  nada. 

Con  la  cabeza  fuera  de  la  almohada,  mirábala 
Luis  Alaría  de  una  manera  fija  é  insistente,  como 
aprovechándose  de  aquella  oportunidad  feliz  para 
contemplarla  á  su  gusto,  sin  testigos,  con  una  es- 
pecie de  4'ntimo  deleite  ó  fruición  desconocida, 
nueva  para  él. 

Bien  luego  halló  Nata  lo  que  necesitaba  entre 
el  montón  de  hilas  y  vendas;  y,  con  no  poca 
turbación,  aproximóse  á  la  cabecera  del  lecho, 
dulce  el  ceño  y  las  dos  manos  por  delante. 

Viola  acercarse  Berón,  conmovido.  ¡  Ocurriósele 
recién  que  era  muy  bella ! 

La  joven  comenzó  á  desatarle  la  venda  anti- 
gua; diligencia  en  la  que  hubo  de  detenerse  por 
varias  ocasiones,  pues  el  herido  se  movía  bas- 
tante, empecinado  en  mirarla  de  frente. 

—  ¡Estése  usted  quieto!  —  dijo  Nata  una  vez,  con 
aire  resignado. 

—  Sí,  haga  usted;  me  hace  mucho  bien.  ¡Quién 
no  ha  de  curar  así!  .  .  ¿Cómo  podría  corres- 
ponder á  esta  piedad,  Nata? 

—  ¡No  es  para  tanto!  —  murmuró  ella  temblo- 
rosa. 

Y  cogióle  la  cabeza,  á  fin  de  pasar  la  venda 
por  debajo,  y  ceñirla. 

A  aquel  contacto  Luis  María  se  irguió  un  poco, 
y  alargando  las  suyas  enflaquecidas  -apoderóse  de 
una  de  las  manos  de  la  joven,  de  un  modo  tan 


432  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


suave  y  cariñoso,  que  Nata  se  la  abandonó  sin 
resistencia. 

Los  ojos  de  Berón  tenían  una  expresión  de 
ruego  y  blando  humilde,  y  temblábanle  los  labios. 

Acaso  fui  torpe  —  dijo  —  cuando  ofrecí  á  Vd.  mi 
ayuda.  .  .  .  allá  bajo  del  sauce;  pero  Vd.  no  me 
guarda  rencor  ¿verdad?  Perdóneme.  Fué  un  arre- 
bato que  yo  mismo  me  eché  luego  en  cara  como 
un  atrevimiento  indigno  de  mi  educación  y  de 
mis  sentimientos  honrados ....  Vd.  merecía  todo 
mi  respeto.  ¡  Ahora,  toda  mi  gratitud  y  mi  cariño ! 

Y  besó  aquella  mano  con  labios  febriles,  apa- 
sionado y  vehemente,  á  la  vez  que  con  miedo, 
cual  si  temiese  una  repulsa  cruel. 

No  sucedió  así.  .  .  . 

Nata  la  retiró  lentamente,  ocultando  con  la 
otra  su  rostro,  sonrojada  y  silenciosa,  sin  ánimo 
para  balbucear  una  respuesta. 

Luis  María  alentóse  más  ante  esa  actitud ;  é  in- 
corporándose del  todo,  atrájola  hacia  sí  sin  vio- 
lencia hasta  rozar  con  el  suyo  su  rostro,  aña- 
diendo muy  bajo: 

—  Debo  á  Vd.  tanto,  que  no  sé  cómo  pagarla 
deuda.  .  ,  .  ¿Será  queriéndola  á  Vd.,  por  siempre? 

Limitóse  Nata  á  mirarle  con  intensa  ternura; 
y  él  entonces  la  besó  en  el  rostro,  antes  que  pu- 
diese desasirse  de  sus  brazos  y  arrancarse  á  su 
silencioso  embeleso. 

Ojos  extraños  observaban  aquella  escena .... 

Dora,  después  de  ataviarse   mucho    y    de    mi- 


NATIVA  433 


rarse  risueña  en  el  espejillo,  que  en  forma  de 
lente  colgaba  de  la  pared,  dirigióse  presurosa  al 
aposento  del  herido,  á  cuya  puerta  se  aproximó 
en  puntas  de  pies,  por  si  aún  dormía. 

No  había  nadie  en  el  comedor,  pues  don  Lu- 
ciano había  salido  al  rayar  el  alba. 

La  puerta  que  daba  al  aposento  estaba  entor- 
nada. 

Supuso  que  Luis  María  no  estuviese  solo;  y, 
miró  antes  por  la  rendija   .  .  . 

Vio  á  Nata  de  pie  junto  á  la  cabecera;  pudo 
escuchar  algunas  frases,  anhelante,  y  observó 
cómo  el  joven  cogía  la  mano  de  su  hermana  y 
la  cubría  de  besos. 

Era  esto  ya  bastante  para  desgarrarla. 

Con  asombro  vio,  sin  embargo,  que  no  satis- 
fecho todavía,  llegó  á  oprimir  entre  sus  manos 
la  cabeza  de  Nata  para  sellarle  con  los  labios  la 
frente. 

Quedóse  yerta. 


Durante  ese  día  Natalia,  ignorante  de  este  de- 
talle, sobre  el  que  su  hermana  tuvo  buen  cui- 
dado de  hacer  la  menor  referencia  en  sus  con- 
versaciones, mostróse  muy  sonriente  y  alegre  pro- 
curando hacer  á  todos  copartícipes  de  su  estado 
de  espíritu. 

Apesar  de  esfuerzos  evidentes,  Dora  no  pudo 
con  todo  sobreponerse  á  un  dolor  punzante  que 


434  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


la  mortificaba  sin  consuelo  y  que  había  venido 
á  favorecer  el  mal  que  trabajaba  de  tiempo  atrás 
su  organismo. 

Sentóse  á  la  mesa  sin  apetito,  pálida  y  como 
aterida,  contestando  con  monosílabos  ó  palabras 
entrecortadas  á  todo  lo  que  se  le  decía. 

Después,  se  fué  á  reclinar  en  el  lecho. 

Zumbábanle  los  oídos,  sentía  pesadez  en  la  ca- 
beza y  en  el  corazón,  laxitud  en  los  miembros  y 
una  angustia  en  el  ánimo  fríamente  implacable, 
hondamente  penosa. 

Nata,  que  había  ido  á  sentarse  á  su  lado,  la 
besó  con  cariño. 

No  se  reflejaba  ya  en  su  rostro  la  alegría;  por 
el  contrario  aparecía  grave  y  mustia  bajo  la  pre- 
sión de  un  sentimiento  real  de  disgusto;  y  su- 
cedíale esto,  siempre  que  á  su  hermana  le  aco- 
metían aquellos  desfallecimientos  ó  quebrantos 
que  la  hacían  juguete  del    vértigo. 

Dora  contestó  el  beso  ciñendo  con  sus  dos  ma- 
nos suavemente  el  cuello  de  Natalia,  mirándola 
en  silencio,  húmedos  y  casi  apagados  sus  hermo- 
sos ojos  pardos,  y  contraídos  los  labios  por  un 
gesto  de  amargura. 

Luego,  preguntó: 

—  ¿Sigue  bien  el  herido? 

—  Mejor  cada  vez.  .  .  .  ¿No  lo  has  visto  hoy? 
Quedóse  callada  Dorila,  acariciando  entre  sus 

dedos  el  cabello  de  su  hermana;  suspiró  con 
fuerza,  y  al  cabo  de  un  rato,  dijo  muy  bajo: 


NATIVA  435 


—  No.  .  .  .Este  mal  no  me  deja;  de  un  día  para 
otro  aumenta  y  me  quita  todo  el  ánimo.  .  .  .  Dis- 
cúlpame con  él ...  .  que  me  alegro  de  su  mejoría. 

—  Ahora  te  pasará,  é  iremos  juntas. 

—  ¡Recién  me  empieza!  Verás  que  me  des- 
tronca .... 

Pero,  no  te  ocupes  de  mí,  pues  ya  sabes  que 
no  dura  mucho  aunque  suele   repetirse. 

—  Por  lo  mismo  quiero  estar   aquí. 

—  ¡Bueno!.  .  .  .  Dame  agua. 

Nata  le  alcanzó  un  vaso  de  la  mesita,  que  ella 
misma  le  puso  en  los  labios. 

Al  beber,  los  dientes  de  Dora  rechinaron  en  el 
vidrio. 

Después  de  eso  quedó  más  tranquila. 

—  El  aire  me  hace  bien,  —  dijo. 

—  Vamos  .entonces  á  caminar  un  poco. 

—  Ahora,  no.  El  sol   quema....  cuando    baje. 
Tengo  deseos  de  ir  al  sauzal,   porque    allí    se 

me  pasa  pronto  este  devaneo. 

—  De  tardecita,  si  quieres.  .  .  . 

—  Sí, — repuso  Dora,  animándose  un  poco  de 
pronto.  —  Esperaremos.  Pero,  yo  no  quisiera  que 
por  mí  dejases  de  ver  cómo  va  el  señor  Be- 
rón....  Mira:  ahora  me  viene  el  sueño,  y  en 
durmiendo,  ¡adiós  nervios!  ya  se  me  va  el  vahido, 
y  cuando  despierto,  ni  rastros  de  ahogos.  Así  es 
que  puedes  ir,  Natita,  yo  te  lo  pido,  te  vas  á  dis- 
traer más;  y  en  tanto  yo  descanso  lo  mismo  que 
un    bendito  sin  moverme  en  cuatro   horas,  para 


436  E.   ACEVED0  DÍAZ 


envidiarme  las  piedras!....  ¡Oh,  qué  dulce  es 
dormir  mucho,  mucho ! .  .  .  . 

Y  esto  diciendo  la  joven,  á  quien  se  le  iban 
coloreando  las  mejillas  con  un  tinte,  vivo,  aco- 
modábase bien  en  la  almohada  y  plegaba  los 
párpados  en  disposición  de  entregarle  á  un  sueño 
prolongado. 

Nata  la  oía  pensativa. 

Dora  se  incorporó  de  nuevo,  expansiva  y  vi- 
vaz, añadiendo: 

—  ¡Mira  que  es  cierto  que  voy  á  dormir!  Es 
tiempo,  así  voy  á  quedar  bien.  ...  de  lo  que  me 
alegro;  porque  hace  días  que  todo  el  trabajo  es 
para  tí  y  Guadalupe,  y  eso  no  me  parece  justo. 
Seguro  ha  de  ser  que  me  llaman    regalona .... 

—  ¡No  tal! 

Dora  volvió  á  acostarse  sin  replicar  nada,  y 
cerró  los  ojos. 

Al  poco  rato  su  respiración  era  tan  tranquila 
y  su  aspecto  tan  reposado,  que  Nata  la  juzgó  dor- 
mida. 

Estúvose  ella  no  obstante  atenta  algunos  mi- 
nutos más;  y  luego  se  fué,  sin  hacer  ruido. 

Sola  ya,  Dora,  que  estaba  despierta,  lanzó  un 
sollozo  llevándose  las  dos  manos  al  semblante,  y 
gruesas  lágrimas  saltaron  por  entre  sus  dedos .  .  . 

Gracias  á  ese  lloro,  cedió  en  parte  el  rigor  de 
su  afección. 


XXI 


EL     REMANSO 


Cuando  Nata  regresó  horas  después,  encontróla 
llena  de  buen  humor,  lúcida,  espiritual,  dispuesta 
á  uno  de  aquellos  paseos  á  caballo  que  tanto  la 
deleitaban  y  en  los  que  al  galope  violento  ó  á  la 
carrera  desenfrenada,  su  naturaleza  excepcional 
parecía  transformarse  y  adquirir  una  energía  asom- 
brosa, extraña  á  su  sexo. 

—  ¡Te  aguardaba,  Natita! — dijo  contenta,  al 
verla  llegar. 

¿Pasearemos  á  caballo,  ¿quieres? 

—  ¡  Con  mucho  gusto! 

—  Pues  no  hay   más  que  hablar.  .  .  . 
Fijando  luego  sus  ojos  en  los  de  su  hermana, 

siguió  diciendo  con  la  mayor  naturalidad  : 

—  Nada  me  has  dicho  del  estado  de  nuestro 
amigo.  ¿Cómo  sigue?  No  seas  egoísta,  Natilla! 

Sonrojóse  ésta  un  poco,  y  contestó: 


438  E.   ACEVED0  DÍAZ 


—  Bien,  siempre.  ¿Por  qué  me  dices  eso? 

—  ¡Oh,  me  conoces  y  no  tienes  porqué  extrañar 
estas  ocurrencias!.  .  .  El  pobre  merece,  como  dice 
papá,  todas  nuestras  atenciones.  Me  alegro  mucho, 
Nata;  ¡con  toda  el  alma!  Así  vamos  á  pasear  más 
tranquilas  como  otras  veces,  á  lo  que  den  los  ro- 
sillos, campo  afuera,  donde  hay  mucho  aire  y 
mucho  verde  y  gamas  y  avestruces  que  escapan 
espantados  al  sentir  el  tropel.  .  .  . 

—  También  me  divierten  á  mí  esas  cosas  ;  y 
voy  á  decirle  á  don  Anacleto  que  ensille  los  ca- 
ballos. 

—  Bueno,  porque  yo  no    he  avisado  nada.  .  .  . 
Que  se  apronte  Guadalupe  también.  ¡La  pobre 

negra  anda  sin  sombra  hace  días  con  todo  lo  que 
ocurre ! 

Así  que  Nata  salió,  sonrióse  Dora  con  tristeza. 

Lejos  de  arreglarse  el  cabello  con  el  esmero  de 
costumbre, recogióselo  indolentemente  en  el  coronal, 
donde  lo  aseguró,  dejando  colgar  las  puntas  en 
desorden  en  la  nuca. 

Ciñóse  después  por  encima  un  pañuelo  de  seda 
color  lila,  á  manera  de  cofia ;  púsose  unas  flores 
en  el  seno,  al  descuido,  tréboles  y  alhucemas  que 
Guadalupe  le  colocaba  de  continuo  cerca  de  la 
cabecera;  especialmente  las  últimas,  cuya  esencia 
alcanforada  le  hacía  bien. 

Ya  pronta,  fuese  al  patio;  recorriólo  ágil  de 
extremo  á  extremo  examinándolo  todo  como  cosa 
nueva  para  ella;  arrancó  florecillas  silvestres   de 


NATIVA  439 


plantas  adheridas  á  los  higuerones,  que  luego  iba 
arrojando  aturdida  en  todas  partes ;  escogió  otras 
que  á  poco,  sufrían  la  misma  suerte ;  corrió  en 
pos  de  los  picaflores  que  se  detenían  delante  de 
las  campánulas  de  las  enredaderas,  ó  de  los 
« mangangaes »  que  venían  gruñones  á  entrarse 
en  sus  cuevas  del  alero ;  y,  por  último,  púsose  á 
perseguir  al  gallo  criollo,  que  á  paso  arrogante 
y  con  aire  prevenido  alejábase  de  su  implacable 
enemiga  para  cantar  á  su  gusto  en  algún  sitio 
solitario. 

Detrás  iba  ella  cautelosa  con  un  racimo  de 
saúco  en  la  mano,  atisbando  el  momento  en  que 
se  pusiera  en  posición  el  cantor  para  lanzárselo 
á  la  cabeza,  y  convertir  en  chillido  su  nota  es- 
tridente. 

Pero,  en  esa  actitud  agresiva  la  sorprendió  de 
improviso  Nata,  que  la  buscaba  para  advertirle  que 
estaban  listos  los  caballos;  y  como  no  hubiese 
ya  medio  de  realizar  su  travesura  infantil,  arrojó 
el  racimo  riendo  sin  descanso,  protestando  aban- 
donar tan  sólo  el  propósito  «  hasta  mejor  oportu- 
nidad » . 

La  tarde  no  podía  ser  más  apacible  y  her- 
mosa. 

Convidaba  de  veras  á  excursiones  lejanas,  y 
prometía  una  noche  llena  de  majestad  y  pureza, 
con  un  lucero  de  admirable  brillo  en  un  espacio 
límpido  y  celeste. 

El  sol  acababa  de  esconderse,  y    de   las  hier- 


440  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


bas  brotaba  un  vaho  de  suave  frescura  con  in- 
halaciones aromáticas  que  hinchaban  los  pulmones. 

Las  jóvenes  en  compañía  del  capataz,  empren- 
dieron desde  el  principio  el  galope  sin  detenerse 
en  sitio  alguno,  trasponiendo  «  cuchillas  »  y  ba- 
ñados, y  dándose  apenas  tiempo  para  cambiarse 
algunas  frases  arrancadas  á  la  emoción  produ- 
cida por  el  ejercicio  y  la  sucesión  de  los  paisajes. 

Parecían  gozar  realmente  en  aquellas  carreras 
sin  rumbo,  por  lugares  que  no  ofrecían  obstácu- 
los, complaciéndose  en  hacer  chapotear  á  sus  ca- 
ballos por  los  bajos  húmedos  y  en  levantar  ban- 
dadas de  patos  y  de  chorlos  que  llegaban  á 
reunirse  remolineando  en  densa  nube,  y  á  los  que 
Dora  ponía  mayor  pánico  agitando  bien  alto  un 
junco  que  llevaba  á  modo  de  látigo  en  la  diestra. 

Detuviéronse  al  fin  para  tomar  aliento,  algu- 
nos minutos;  otros  tantos  emplearon  en  marchar 
al  trote  aflojando  las  riendas  á  sus  rosillos  sudo- 
rosos ;  y,  siempre  agitadas  por  el  afán  del  mo- 
vimiento, renovaron  el  gran  galope  haciendo  una 
extensa  gira  para  el  regreso. 

Pasaron  por  delante  de  la  isleta  de  los  nidos 
de  loros  y  torcaces,  y  del  boquete  de  los  sauces. 

Allí  se  pararon  breves  momentos,  para  mirar 
al  río. 

—  ¡Mi  sitio  predilecto!  —  exclamó  Dora. —  Hace 
días  que  no  lo  visito.    ¡Qué  lindo  es! 

—  ¡  Precioso  !  —  dijo  Nata.  Pero  ya  es  tarde 
para  apearnos. 


NATIVA  441 


—  Sigamos,  —  murmuró  su  hermana,  suspirante. 
¡Ya  vendremos! 

En  las  « casas »  las  esperaban  con  la  mesa 
puesta. 

Con  tal  que  se  divirtiese  Dora,  Guadalupe  ha- 
bíase resistido  al  paseo,  y  multiplicado  su  acti- 
vidad en  la  faena  doméstica,  á  fin  de  que  todo 
'estuviese  en  orden  así  que  llegasen  sus   amas. 

Dirigiéronle  éstas  algunas  palabras  cariñosas 
al  desmontarse  fatigadas ;  y  Dorila  llegó  á  ha- 
blarla con  mimos,  pasándole  dulcemente  la  mano 
por  el  rostro. 

Cuando  la  joven  entró  al  comedor,  notó  que 
Nata  se  había  ido  al  aposento  de  Berón. 

Encontrábase  allí  también  su  padre. 

Oíanse  claros  los  diálogos  y  las  risas,  y  mez- 
clado á  aquéllos  una  que  otra  vez  su  nombre, 
pronunciado  con  afecto  por  Luis  María. 

La  voz  del  convaleciente  parecía  haber  reco- 
brado ya  su  timbre  claro  y  su  vigor. 

Dora  se  había  sentado  cerca  de  la  puerta  de 
comunicación  apoyada  la  cabeza  en  la  pared,  con 
ese  abandono  propio  de  un  cuerpo  que  se  siente 
cansado,  ó  al  que  ha  invadido  una  repentina  lan- 
guidez. 

En  apariencia  indiferente  á  lo  que  cerca  de  ella 
ocurría,  trabajaba  sin  embargo  su  espíritu  el  pe- 
sar profundo.  Quizás  el  esfuerzo  hecho  para  ocul- 
tarlo hasta  en  el  paseo,  la  rendía  ahora  abatiendo 
todas  sus  fibras. 


442  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Consideróse  sin  ánimo  para  presentarse  ante  el 
herido,  y  aun  para  seguir  escuchando  lo  que  se 
hablaba  en  su  estancia. 

¿No  sabía  ya  lo  bastante?  Nada  debía  espe- 
rar, después  de  aquella  escena  que  ella  había 
presenciado  casualmente  y  cuyo  secreto  guardaba 
en  el  fondo  de  su  pecho. 

Luis  María  amaba  á  su  hermana  y  era  corres- 
pondido ....  ¡  Qué  dichosos  ! 

Mientras  que  así  pensaba,  vino  Nata  presurosa 
al  comedor  toda  sonrosada  y  risueña,  en  busca 
de  agua  para  el  enfermo. 

Tan  feliz  parecía,  que  no  paró  atención  en  la 
presencia  de  Dora,  poniéndose  á  dar  brillo  muy 
afanosa  al  vaso  en  que    debía    verter  el  líquido. 

—  ¡Cómo  lo  cuidas! — murmuró  aquélla  con 
acento  duro,  y  un  gestillo  irónico. 

Nata  se  estremeció,  alzando  recién  la  vista  y 
notando  que  no  estaba  sola. 

Aquel  eco  inesperado  le  llegó  á  lo  hondo,  como 
una  queja  herida. 

No  contestó,  limitándose  á  mirar  á  su  hermana 
con  un  aire  triste. 

El  entusiasmo  de  un  minuto  antes  la  aban- 
donó de  súbito,  para  ser  reemplazado  por  una  ex- 
presión de  pena  y  de  humildad;  y  en  tanto 
llenaba  el  vaso,  temblorosa,  nubláronsele  las  pu- 
pilas con  un  velo  de  lágrimas. 

Alzó  el  vaso  y  volvióse  siempre  callada  al 
aposento. 


NATIVA  443 


Dora  se  levantó  y  fuese  tambaleante  á  su  le- 
cho, en  el  que  se  arrojó  ocultando  el  rostro  entre 
sus  manos. 

Recorría  todo  su  cuerpo  un  temblor  convul- 
sivo. 


Apesar  de  los  halagos  é  insinuaciones  de  don 
Luciano,  que  fué  á  verla,  Dorila  no  se  presentó 
en  el  comedor,  ni  probó  bocado;  pero,  pasó  esa 
noche  en  una  tranquilidad  relativa. 

El  sueño  tuvo  compasión  de  ella,  y  la  acom- 
pañó algunas  horas. 

Durmió  sin  excitaciones  ni  sobresaltos;  y  cuando 
despertó,  observó  que  ya  su  hermana  había  aban- 
donado el  lecho. 

Al  contrario  de  ella,  Nata  no  había  podido 
dormir. 

Dos  preocupaciones  la  dominaron  en  la  som- 
bra y  el  silencio :  el  estado  de  salud  de  Dora,  y 
su  reproche  amargo.  .  .  . 

Al  ruido  de  los  pájaros  —  que  ansiaba  con  el 
alba  —  púsose  de  pie,  menos  inquieta  respecto  á 
lo  primero;  si  bien  lo  segundo,  persistía  dilace- 
rante en  su  corazón  velando  sus  ensueños  ven- 
turosos. 

Fué  este  íntimo  dolor  el  que  la  indujo  á  bus- 
car alguna  distracción  cuando  todo  se  mueve  y 
alegra,  hasta  el  gusano,  bajo  la  luz  de  la  mañana. 

Anduvo;  vagó  mucho.  .  .  . 


444  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Más  de  una  vez  se  enjugó  lágrimas,  que  ve- 
nían del  fondo  y  saltaban  de  sus  ojos  sin  ella 
quererlo ;  pero  este  llanto  suave,  silencioso  como 
el  de  las  hojas  y  las  flores  venía  envuelto 
en  el  aroma  de  un  sentimiento  apasionado  y  ar- 
diente que  en  parte  atenuaba  el  escozor  de  la 
pena  doméstica. 

¿  Tetiía  ella  acaso,  la  culpa  de  haber  sido  pre- 
ferida ? 

Juntas  conoció  él  á  las  dos  ;  tratáronle  al  mismo 
tiempo  y  lo  cuidaron  ellas  juntas  en  su  desgra- 
cia, poniendo  cada  una  por  su  parte  todo  el  em- 
peño posible  para  ser  querida.  ,  .  . 

Él  escogió. 

¿Cómo  convencerse  la  una  ó  la  otra  de  que 
no  existía  pecado  que  pudiese  imputarse  á  cual- 
quiera de  las  dos  ?  El  egoísmo  en  la  pasión  era 
natural ;  y  ella,  amaba. 

Explicábase  recién  lo  irresistible  del  lenguaje 
de  las  afinidades  sexuales  y  sentíase  dominada 
en  absoluto  por  la  atracción  del  amor;  mez- 
clando á  los  encantos  de  su  espíritu  impresio- 
nado hasta  el  recuerdo  pueril  de  las  aves  cano- 
ras, á  quienes  ella  había  visto  desplegar  todo  el 
lujo  de  su  belleza  y  toda  la  melodía  de  sus  gor- 
jeos para  hacerse  querer  de  sus  humildes  com- 
pañeras. 

¡Algo  parecido  había  hecho  él  con  un  arte  en- 
cantador! 

Ahora  que  la  afligía  esta  pena,  hallaba  un  con- 


NATIVA  445 


suelo  en  su  deliquio  íntimo;  y  por  eso,  cada  vez 
que  pasaba  por  delante  del  aposento  de  Luis  María 
experimentaba  como  un  ansia  de  verle. 

En  cierto  momento  no  pudo  al  fin  resistir. 

Su  padre,  que  dormía  en  el  comedor  en  cama 
improvisada,  era  hombre  á  quien  no  sorprendía 
la  alborada  y  tiempo  hacía  que  se  había  ido  á 
sus  tareas  en  su  caballo  roano  de  sobre  -  paso, 
en  compañía  de  don  Anacleto  y  Calderón. 

Esteban  buscaba  algo  en  la  huerta  para  el  al- 
muerzo, en  ayuda  de  Guadalupe. 

Nata  llegóse  á  la  puerta  del  aposento,  y  llamó 
quedo. 

Abrióse  ésta  de  pronto,  con  gran  sorpresa  de 
ella;  pues  quien  la  había  abierto  era  el  mismo 
Berón. 

El  joven  sintiéndose  con  algunas  fuerzas,  encon- 
trábase de  pie  desde  muy  temprano,  con  el  ven- 
tanillo sin  gasa,  como  para  que  entrase  á  rau- 
dales el  aire  puro. 

Al  verle  así  arreglado  y  gallardo,  aunque  mar- 
chito y  pálido,  Nata  no  pudo  contener  una  ex- 
clamación. 

—  ¡Qué  guapo! 

— Ya  ve  Vd., — dijo  Luis  María,  entrándose  al 
comedor. 

Los  cuidados  tiernos  hacen  revivir  cuando  vie- 
nen de  ángeles  como  Vd .  .  .  .  ¡  Pobre  de  mí,  sin 
su  piedad! 

—  ¡Oh,  no!  Algo  hice,  que  no  vale  el  esmero 
de  todos.  .  .  . 


446  E.   ACEVED0  DÍAZ 


—  Para  mí,  sí, — repuso  el  joven  cogiéndola  de 
la  mano  con  afecto  cariñoso.  En  estos  días  lo 
que  no  podía  hacer  mi  juventud  ansiosa  de  vida, 
lo  hizo  la  imagen  de  una  mujer  constante  siempre 
ante  mis  ojos.  .  .  .    ¡Gracias  á  Vd. ! 

Nata  se  sintió  turbada,  pero  en  el  fondo  di- 
chosa. 

Sentáronse  los  dos  en  un  banco,  juntos  y  apo- 
yados en  la  pared,  de  modo  que  podían  leerse 
en  las  pupilas,  sin  acordarse  de  nada,  embebe- 
cidos en  un  solo  y  común  deliquio. 

—  ¡Me  apena  la  idea  de  verme  sano!  —  dijo  el 
joven  con  emoción. 

—  ¿Por  qué? 

—  Porque,  cuando  yo  lo  esté,  tendremos  que 
separarnos .... 

—  ¡  Ay,  no  ! 

—  Será  preciso;  pero,  nos  veremos  en  Monte- 
video para  no  apartarnos  más ....  Acabo  de  escri- 
bir á  mi  madre,  que  ha  de  sufrir  por  mi  silen- 
cio...  .  Le  digo  lo  que  he  encontrado  en  medio 
de  mis  aventuras,  le  hablo  de  usted  y  le  ruego 
que  la  ame  como  yo. 

—  ¡Ah!  ¿sí? 

—  ¡Verdad!  ¿qué  más  podría  decirle? 

Y  estrechando  la  muy  corta  distancia  que  los 
separaba,  añadió  en  voz  baja  y  dulce: 

—  Me  quieres,  ¿  no  es  cierto  ? 

—  ¡Sí! 

—  ¿Así  como  yo,  con  toda  el  alma? 


NATIVA  447 


Ahogósele  la  frase  en  la  garganta  á  Nata,  que 
apoyó  su  rostro  en  el  hombro  de  Luis  María, 
mirando  con  terror  hacia  la  puerta  de  su  dor- 
mitorio. 

El  sin  preocuparse  de  nada,  la  atrajo  hacia  sí 
vehemente,  y  la  besó  en  los  labios. 

Al  sentir  el  calor  de  su  boca,  sacudió  Nata  la 
cabeza,  desprendiéndose  de  sus  brazos,  y  em- 
pujándole con  las  dos  manos,  tremulante,  mur- 
muró con  angustia : 

—  Todo  me  quema....  ¡Qué  no  nos  vean, 
Dios  mío! 

—  Los  ojos  que  viesen  lo  hallarán  todo  santo. 

—  ¡Quién  sabe  ! .  .  .  .    Sea  más  juicioso. 

Y  reprimiéndole  de  nuevo  en  sus  arranques 
apasionados,  levantóse  Nata  encendida,  con  una 
de  sus  trenzas  suelta  y  húmedos  los  ojos,  aleján- 
dose hacia  el  patio  á  paso  lento. 

Poco  después,  Dorila  se  encontraba  con  su  her- 
mana junto  á  los  higuerones,  y  decíale  que  había 
experimentado  verdadero  placer  en  saludar  á  Be- 
rón  á  la  salida  de  su  aposento  ;  que  lo  había  ha- 
llado muy  repuesto  y  bizarro,  aun  cuando  ella 
creía  que  necesitaba  todavía  algunos  días  de 
calma. 

Mientras  así  hablaba,  no  separaba  la  vista  de 
unas  tintas  ó  manchas  róseas  que  Nata  exhibía 
en  unas  de  sus  mejillas,  y  que  eran  otras  tantas 
huellas  de  aquel  fuego  que  ella  había  sentido  tan 
de  cerca. 


448  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Nata  comprendió  la  intención  de  aquella  mi- 
rada fija  y  tenaz,  y  dolióse  de  su  dureza. 

No  era  natural  en  Dora,  y  algo  de  grave  de- 
bía pasar  por  ella.  Tal  vez  había  observado  al- 
guna de  sus  escenas  de  amor.  .  .  . 

Viendo  cómo  se  encendía  todo  su  semblante, 
Dora  cesó  de  mirarla ;  fuese  rápida  á  uno  de  los 
higuerones  de  la  enramada  bajo  cuyos  torcidos 
brazos  vivían  frescos  varios  claveles  del  aire,  y 
arrancando  uno  blanco  mojado  aun  por  gotas  de 
relente,  vino  á  colocárselo  en  el  seno  á  su  her- 
mana, hablándola  afable  y  riente,  aun  cuando  era 
la  suya  una  risa  mezclada  de  llanto. 

—  Con  esta  flor  que  no  es  del  suelo,  quedarás 
bien  con  él,  —  díjole. —  ¡Debe  gustarle,  Natita!.  .  .  . 
Verás  que  te  lo  agradece,  por  el  buen  gusto  si- 
quiera. 

¡Ya  quisieran  ser  así  mis  pobres  alhucemas! 
—  agregaba,  oprimiendo  las  que  tenía  en  el  pe- 
cho y  aspirando  con  ansia  su  acre  aroma. 

Luego,  sin  esperar  la  contestación  de  Nata, 
echó  á  correr  como  una  aturdida  detrás  de  un 
pajarillo  que  recién  emplumado  surgía  del  alero, 
procurando  ensayar  sus  alas. 

Guadalupe,  que  miraba  desde  la  puerta  de  la 
cocina,  sintióse  tentada  á  retozar  y  remangóse  de 
súbito  la  «  pollera  »,  partiendo  con  la  velocidad  de 
una  cabra  montes  en  pos  de  Dorila. 

Esta  siguió  corriendo  alguna  distancia  en  el 
campo,  hasta  que  sintiéndose  cansada,  dejóse  caer 
sobre  las  hierbas. 


NATIVA  449 


La  negra  incorporósele  resollante,  con  un  pie 
sin  chanclo  perdido  en  la  carrera  y  desprendido 
el  pañuelo  de  algodón  que  llevaba  en  la  ca- 
beza. 

Tendióse  á  su  vez  boca  abajo,  entreteniéndose 
en  arrancar  á  puñados  los  pastos  y  en  arrojár- 
selos á  su  cráneo,  de  manera  que  bien  pronto  se 
vio  cubierta  de  verde  hasta  los  hombros. 

—  Si  estuviese  aquí  don  Anacleto,  —  decía  la 
negrilla,  —  diría  al  ver  este  pasto  lindo,  niña, 
« ¡  quién  juera  güey  pa  pastiar  !  » 

Y  al  expresarse  así,  intentaba  remedar  al  ca- 
pataz arqueando  las  cejas  y  removiendo  los  la- 
bias pulposos. 

Dora  reía  á  sofocarse. 

Y  como  la  negra  se  levantase  é  intentara  vol- 
verse, exclamaba : 

—  ¡  No  te  vayas  Lupa,  todavía ! 

—  Sí,  niña,  se  me  va  á  cortar  el  puchero.  Voy  á 
espumarlo 

Volviéndose  á  recoger  el  vestido,  hasta  enseñar 
las  dos  piernas  con  las  medias  caídas,  emprendió 
de  nuevo  á  saltos  la  carrera,  ni  más  ni  menos 
que  una  ternera  que  brinca  retozando. 

Otro  ímpetu  de  risa  dejó  á  Dora  sin  fuerzas, 
al  verle  por  detrás  la  figura. 

Enjugóse  aquellas  lágrimas  de  alegría,  suspi- 
rando ;  y  se  quedó  en  muda  contemplación  con 
la  vista  perdida  en  las  campiñas,  .  .  . 


39 


450  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Al  expirar  ese  día,  Dora  salió  á  pie  de  las 
« casas  »,  dejando  á  su  padre  y  á  Nata  en  el 
cuarto  de  Berón. 

Cerca  de  la  puerta,  Esteban  le  alcanzó  un  poco- 
de  agua,  que  ella  tomó  estremeciéndose. 

En  las  pasadas  horas  había  experimentado  vér- 
tigos, á  veces  simples  desvanecimientos. 

Dolíale  un  poco  el  corazón. 

Caminaba  casi  sin  firmeza,  como  llevada  por 
un  vahido  continuado,  ó  en  alas  de  un  viento 
fuerte.  Parecíale  á  ella  misma,  que  había  dismi- 
nuido de  peso  y  que  le  faltaba  el  aplomo  natural. 

Con  todo,  nada  de  alarmante  se  manifestaba 
en  su  organismo ;  pues,  aunque  débil  y  destron- 
cada, ese  estado  era  en  ella  muy  frecuente  y  de 
angustia  pasajera. 

Recorrió  el  trayecto  sin  tropiezo,  hasta  llegar 
á  los  sauces  que  mojaban  en  el  remanso  los  ex- 
tremos de  sus  gajos;  pero,  lo  anduvo  de  un  modo 
maquinal  como  sonámbula,  ligera,  callada,  lo  mismo 
que  una  sombra. 

Cuaró  y  Ñapindá,  que  por  aquella  parte  del 
monte  se  agitaban,  la  vieron  con  extrañeza  pasar 
sola  por  el  abra,  é  ir  á  sentarse  en  el  tronco  del 
sauce  que  derivaba  hacia  el  remanso  ansioso  de 
humedad,  retorcido  y  tenaz,  hasta  hundir  parte 
de  su  corteza  en  el  río. 

Y  se  quedaron  atentos,    con    alguna  sorpresa. 


NATIVA  451 


La  hora  era  avanzada. 

Venía  la  noche  sin  celajes  negros,  silenciosa 
y  apacible;  pero,  noche  al  fin. 

¿Qué  iba  á  hacer  allí,  aquella  joven  ? 

En  aquel  sitio,  la  arenilla  blanda  y  lisa  del  ri- 
bazo formaba  un  manto  ceniciento  cuajado  de 
chispas  luminosas;  un  poco  más  allá  de  ese  acceso 
suave  perdíase  el  pie,  y  caíase  en  lo  hondo  —  es- 
pecie de  hoya  circuida  por  plantas  de  largas  raí- 
ces, cuyas  anchas  hojas  asomaban  verdes  y  lo- 
zanas en  la  superficie. 

Un  leve  escarceo  producido  en  las  aguas  por 
un  vientecillo  suave  acumulaba  algunas  ampollas 
espumosas,  que  se  deshacían  sin  ruido  en  la  ri- 
bera; rielaba  en  el  plano  terso  una  luz  tranquila 
sin  cabrilleos,  ni  escamas  fosforescentes ;  y  sobre 
este  plateado  manto  que  cubría  el  dorso  del 
abismo,  deslizábanse  lentos  dejando  en  pos  fu- 
gaz estela,  cisnes  y  patos  viajeros. 

En  el  cuadro  de  luna  formado  entre  acacias  y 
laureles  negros,  á  la  derecha,  una  lechuza  erra- 
bunda y  solitaria  agitaba  chistando  sus  alas  co- 
lor de  greda,  de  un  modo  fijo  y  persistente, 
como  enclavada  en  un  punto  del  espacio. 

Bajo  otra    situación    de    ánimo,    quizás  habría 
impuesto  á  Dora  la  soledad  de  este  paisaje ;  pero, 
en  el  momento    á  que  nos  referimos  no  parecía 
ella    prestar    mucha     atención    á    lo    que  la   ro- 
ba. 

Abstraída,    con    los    ojos    fijos  hacia    adelante 


452  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


cual  si  siguiese  una  visión  ó  fantasma  misteriosa 
que  sin  alejarse  mucho  de  ella  guardara  siempre 
una  distancia  regular,  erguía  su  busto  gentil  todo  lo 
que  era  posible  sobre  el  tronco  que  la  servía  de 
asiento,  atenta  al  centro  del  río,  como  si  encima 
de  la  canal  correntosa  flotara  en  forma  de  nie- 
bla su  ensueño. 

Tenía  los  pies  colgando  en  el  vacío,  y  solía 
cruzarlos  y  columpiarlos  con  la  regularidad  de 
un  péndulo,  siguiendo  tal  vez  el  ritmo  del  viento 
y  los  follajes ;  acaso  el  compás  de  alguna  mú- 
sica triste  que  ella  percibía  en  el  extraño  mundo 
de  sus  sentidos  lesionados. 

La  verdad  es  que  su  afección  cerebral  no  le 
permitía  pensar  con  la  lucidez  de  antes,  aun  después 
de  extinguida  momentáneamente:  recuerdos  é  imá- 
genes, ideas,  cariños,  todo  surgía  incompleto,  á  frag- 
mentos, en  confusión  en  su  cabeza ;  y  cuando  apo- 
derábase de  alguno  de  esos  elementos  de  juicio 
no  lo  abandonaba  hasta  haberlo  desmenuzado  en 
íntimo  deleite  con  la  fruición  con  que  un  ham- 
briento deslíe  algo  de  muy  delicado  y  dulce  bajo 
el  paladar. 

Y  así,  á  solas  en  ese  paraje,  en  otros  tiempos 
escena  de  sus  puerilidades  y  alegrías,  vio  vagar 
en  medio  de  súbitos  desvanecimientos  la  imagen 
que  vivía  en  su  mente  desde  el  primer  día,  y  que 
yá  no  le  era  dado  contemplar  sino  en  la  sombra 
como  una  esfumación  tenue,  casi  incolora,  de  una 
ilusión  querida. 


NATIVA  453 


A  causa  de  sus  accesos  continuos,  había  des- 
cuidado ya  sus  trenzas,  y  mal  ceñido  su  cabello 
enredado  caíale  en  descompuestas  guedejas  sobre 
las  sienes  y  los  ojos,  sin  que  ella  se  tomase  la  pena 
de  apartarlos  para  despejar  siquiera  el  campo  de 
su  visual. 

Tenía  el  cutis  marchito,  casi  lívido,  y  grandes 
líneas  oscuras  bajo  los  párpados  inferiores ;  la  res- 
piración irregular,  el  pulso  inseguro,  el  labio  tre- 
mulante,  y  en  toda  la  figura  esparcido  un  aire  de 
indolencia  profunda,  de  tal  abandono  de  sí  misma, 
que  al  observarla  hubiera  inspirado  pena  al  más 
indiferente. 

Suspiraba  alguna  vez,  siempre  que  de  improviso 
un  sacudimiento  cualquiera,  violento,  epilepsiforme, 
de  contracción  ó  recogimiento  nervioso  la  conmovía 
toda,  haciéndola  cogerse  con  las  uñas  crispadas  á 
la  corteza  del  sauce. 

Pasada  la  impresión,  quedábase  muy  quieta,  con 
las  pupilas  clavadas  en  el  remanso  sereno. 

Llegó  un  momento  en  que  sintió  ansias  de  llanto 
y  una  especie  de  vapor  que  empezaba  á  sofocarla 
interiormente. 

Sobrecogióla  el  terror  é  hizo  esfuerzos  por  sepa- 
rarse del  tronco,  volviendo  sus  pies  hacia  el  suelo 
firme. 

Dieron  un  giro  lento  y  buscaron  apoyo  á  pocas 
líneas  de  la  tierra,  rozando  las  hierbas ;  pero,  el 
cuerpo  se  dobló  hacia  atrás  como  un  junco  con- 
torneando el  sauce  con  los  brazos  tendidos  y   la 


454  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


cabellera  suelta ;  quiso  gritar,  mas  no  pudo ;  y  poco 
á  poco  se  fué  deslizando  ya  sin  sentido,  hasta  se- 
pultarse suavemente  en  el  remanso. 

Cuaró  alcanzó  á  percibir  este  chapuz  de  ave 
moribunda,  y  dijo  á  Ñapindá: 

—  Vení  al  río,  amigo. 

Los  dos  saltaron  á  manera  de  tigres,  por  encima 
de  las  malezas. 

Apenas  distinguíanse  algunos  círculos  concén- 
tricos en  la  superficie  del  remanso,  que  se  alejaban 
hacia  las  planta.s  acuáticas,  lo  mismo  que  los  que 
forma  la  caída  de  una  piedra  y  desvanece  pronto 
el  propio  equilibrio  de  las  aguas  profundas. 

Los  patos  y  cisnes  seguían  bogando  serenos  por 
el  cauce,  sordos  quizás  al  ruido  misterioso  de  un 
minuto  antes  junto  al  ribazo. 

Los  dos  hombres  se  miraron. 

Cuaró  arrancóse  de  un  tirón  el  «  cuyapí  »,  y  el 
chiripá  quedóse  tendido  en  el  suelo  como  una 
manta. 

A  medio  desvestir,  el  teniente  alargó  sus  dos 
brazos  nervudos  hacia  el  centro  del  remanso,  arqueó 
su  tronco  atlético  dando  un  brinco  sólo  compa- 
rable á  la  corveta  de  un  potro  herido  por  la  es- 
puela, y  se  hundió  de  cabeza  en  el  río. 

Saltó  el  agua  revuelta  hasta  mojar  el  rostro  de 
Ñapindá,  espumeó  y  formó  luego  un  gran  remo- 
lino negro. 

Las  aves  volaron,  graznando. 

Los  remolinos  se  sucedieron  aquí  y  allá  por  al- 


NATIVA  455 


gunos  segundos,  como  si  en  lo  hondo  se  agitara 
algo  monstruoso,  rebasando  las  aguas  en  ligeras 
raudas  las  anchas  matas  y  «  camalotes »  que  flo- 
taban en  la  superficie. 

El  « tape  »  que  iba  de  uno  á  otro  lado  siguiendo 
las  ondulaciones  y  burbujeos  con  ojo  de  «  ñacu- 
rutú »,  obstinado  en  no  perder  la  pistaj  había  em- 
pezado á  inquietarse  y  tirado  su  sombrero,  cuando 
un  resuello  semejante  al  ronquido  del  «  capivara  » 
que  ha  rastreado  mucho  los  fondos  sonó  entre  las 
plantas  acuáticas  y  la  cabeza  de  Cuaró  surgió 
arrojando  dos  gruesos  chorros  por  las  narices,  toda 
sembrada  de  raíces  y  largas  guías  que  había  des- 
trozado con  brazos  y  hombros  en  hercúleas  sa- 
cudidas. 

Apesar  de  esos  forcejeos  formidables  debajo  del 
agua  propios  de  un  « yacaré »  herido,  no  había 
largado  su  presa,  pues  traía  á  Dora  apretada  contra 
su  robusto  pecho,  envuelta  de  la  cabellera  á  la 
cintura  con  aquellos  gajos  verdes  que  á  modo  de 
serpientes  aparecían  como  enroscadas  en  ella. 

Ñapindá  entró  en  el  agua  por  esa  parte,  hasta 
el  pecho,  y  le  ayudó  á  salir  con  su  carga,  que 
juntos  depositaron  sobre  las  hierbas  en  el  claro 
de  luna, 

Inclináronse  los  dos  para  mirarla  bien  en  el 
rostro  y  notándola  inmóvil  y  tiesa,  con  la  boca 
y  los  ojos  abiertos,  el  « tape  »  púsole  sobre  el  co- 
razón su  callosa  mano,  que  mantuvo  allí  algunos 
instantes. 


456  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Después  le  frotó  fuerte  las  sienes  y  la  frente 
con  un  pedazo  de   bayeta ;  y  volvió  á  pulsar 

En  seguida  se  puso  á  arrancarle  gajos  y  guías, 
y  dijo: 

—  Pobre  la   «guaynita» Omanó  (  i  ). 

Con  todo,  colocó  el  cuerpo  boca  abajo,  agre- 
gando : 

—  «  Yapuy-janié»,  Cuaró  (2). 

Ambos  hicieron  entonces  presión  con  las  manos 
en  las  espaldas. 

Salió  un  poco  de  agua  por  entre  los  labios  des- 
coloridos y  yertos;  pero,  ni  un  suspiro,  ni  un  mo- 
vimiento de  vida. 

Las  formas  tenían  ya  el  aspecto  de  rigidez. 

Cuaró  dio  un  resoplido  ahogado,  y  se  puso  á 
vestir  silencioso. 

Lo  hizo  en  un  instante. 

Luego  se  encaminó  despacio  hacia  el  cuerpo  de 
Dora,  levantándolo  en  sus  dos  brazos  dulcemente, 
como  si  se  tratase  de  un  niño  dormido;  y  echó 
andar  rumbo  á  las   «casas». 

Por  dos  ó  tres  veces  quiso  Ñapindá  en  el  trán- 
sito, rezongando,  dividir  con  su  compañero  la  carga, 
tendiendo  las  manos  hacia  el  bulto  de  la  pobre 
muerta;  pero,  él  se  detuvo  una  ocasión,  y  dijo 
con  su  acento  bajo  é  incisivo: 

—  Dejala  hermano,  á  la   «  guaynita».  .  . 
Y  siguió  su  camino. 

(1)  Muerta. 

(2)  Aprieta  pronto. 


NATIVA  457 


El  «  tape  »  lo  hizo  también  detrás  callado,  á  tro- 
pezones en  la  sombra. 

Cerca  de  la  huerta,  oyeron  muchos  ladridos  le- 
janos que  parecían  venir  del  otro  lado  del  paso, 
furiosos  y  constantes. 

Los  dos  se  pararon  ;  y  el  <  tape  »  se  acostó,  po- 
niendo el  oído  en  el  suelo. 

—  El  «  yagua  »  grita  en  el  «  cagüipe  »  (  i )  — 
murmuró. 

Encogióse  el  teniente  de  hombros,  y  continuando 
la  marcha,  entróse  en  la  enramada. 

Viólos  Nata  penetrar  allí  con  aquel  bulto  inerme, 
y  adivinando  tal  vez  lo  que  ocurría,  lanzó  un 
grito  agudo  y  corrió  á  ellos. 

El  viejo  Robledo  siguió  sus  pasos  desalado. 


(1)  Monte 


XXII 


SOMBRA 


Atónitos  quedaron  largo  rato  hermana  y  padre 
examinando  y  contemplando  el  cuerpo  de  Dora, 
en  la  esperanza  de  que  aún  viviese,  sacudiéndola, 
llamándola  tiernamente  primero,  luego  á  grito 
herido,  arrodillados  junto  á  ella. 

Cuaró  y  el  « tape  »  presenciaban  todo  silenciosos, 
apoyados  en  los  puntales  como  dos  fantasmas. 

El  capataz  se  quejaba  lo  mismo  que  un  niño 
yendo  de  un  lado  para  otro  sin  tino,  y  redoblaba 
sus  lamentos  á  cada  sollozo  que  su  patrón  lan- 
zaba mezclado  á  algún  juramento  viril. 

Algo  más  lejos,  Guadalupe  se  revolcaba  en  las 
hierbas  rodeada  de  mastines  que  con  la  cola  baja 
olfateabau  de  vez  en  cuando  con  aire  triste  y 
gruñían  sordamente. 

Los  peones  viejos  formaban  grupo,  inmóviles, 
encogidos,  con  las  barbas  en  el  pecho  bajo  el  peso 
del  desastre. 


NATIVA  459 


Casi  todos  la  habían  visto  crecer  desde  muy 
pequeñita,  llevádola  en  sus  brazos,  enseñádole  á 
ginetear  y  soportádole  sin  enojo  sus  bromas  y  tra- 
vesuras inocentes. 

La  querían  como  á  la  luz  del  pago:  pues  era 
rayo  de  sol  que  se  entraba  por  todas  las  rendijas 
y  escondrijos  siempre  alegre  y  riendo,  espanto  de 
la  índole  taciturna  del  paisano,  incansable  perse- 
guidora de  avecillas  y  «mangangaes»,  terror 
cotidiano  del  gallo  criollo  de  empinada  cresta,  ra- 
pazuela  sagaz  de  nidos,  alborotadora  ruidosa  del 
bañado  y  del  estero,  sombra  terrible  de  los  la- 
gartos de  la  «  tapera  »  que  acosaba  de  continuo 
con  Guadalupe,  deleitándose  en  verlos  huir  con 
las  colas  muy  tiesas,  y  á  la  negra  cogerse  á  veces 
á  ellas  para  quedarse  al  fin  con  un  trozo  en  las 
manos  y  caer  de  espaldas  con  los  pies  para 
arriba. 

¡  Ahora  los  bichos  podían  holgarse ! 

Sin  cuidado  vendrían  ya  hasta  las  «  casas  »  los 
centinelas  perdidos  de  los  venados  y  los  ñandúes, 
y  aovarían  los  patos  bajo  los  cardos,  y  los  pica- 
flores se  cernirían  sobre  las  enredaderas,  y  los 
abejorros  se  posarían  sin  miedo  de  una  agresión . 
en  las  entradas  de  sus  cuevas. 

¡  La  linda  traviesa  se  había  ido  para  siempre ! 

Por  encima  de  todo,  desaparecía  con  ella  de  las 
«  casas  »  el  ruido  de  la  alegría ;  un  ruido  que  no 
era  el  del  cencerro,  —  según  decía  don  Anacleto, 
á  quien  el   lloro  había  enrojecido  la  punta  d 


460  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


curva  nariz,  —  ni  el  de  las  abejas  y  avispas,  ni  el 
de  las  ranas  majaderas,  ni  el  del  grillo  y  la  «  chi- 
charra», sino  el  de  todos  los  pájaros  juntitos, 
cuando  en  la  mañanita  se  iba  para  arriba  un  olor 
de  tierra,  y  bajaba  el  arrebol  á  mesturarse  con 
lo  escuro. 

Y  era  así  verdad.  Con  Dora  se  extinguía  la  mú- 
sica matinal  y  el  alegre  rumor  vespertino  en  las 
poblaciones,  la  sonrisa  perenne,  el  aura  loca  de 
juventud  comunicativa,  entusiasta  que  hacía  sonar 
como  harpas  invisibles  en  el  silencio  y  la  mono- 
tonía, todas  las  notas  de  la  dicha  y  del  regocijo 
del  hogar  doméstico. 

De  ahí  el  hondo  duelo. 

En  mitad  de  su  quebranto,  el  viejo  Robledo 
levantó  una  y  otra  vez  al  cielo  el  puño  crispado, 
y  otras  tantas  colgóse  Nata  de  su  brazo,  tapán- 
dole con  la   mano  la  boca 

Ya  en  calma,  cargóse  con  el  cuerpo  de  Dorila, 
y  se  le  llevó  al  comedor. 

Quitáronle  las  ropas  mojadas,  que  reemplazaron 
con  el  mejor  de  sus  trajes,  y  le  cerraron  los  ojos. 

Las  pestañas  muy  negras,  antes  vibrátiles  y 
llenas  de  brillo,  realzaban  el  rostro  lívido  como 
dos  listas  de  terciopelo  en  fondo  de  marfil,  y  con- 
trastaban con  la  blancura  de  los  dientes  iguales 
y  pequeños,  cuyos  arcos  ponían  de  manifiesto  los 
labios  entreabiertos  y  recogidos  por  una  última  con- 
tracción de  dolor. 

En  tanto  Guadalupe  cubríala  de  florecillas  olo- 


NATIVA  4G1 


rosas  y  la  besaba  en  las  manos  sin  consuelo, 
Nata  peinábala  extrayendo  de  la  cabellera  hojas 
y  raíces  de  plantas  acuáticas,  é  interrumpíase  á 
cada  movimiento  para  posar  sus  labios  febriles 
en  los  del  cadáver  largos  segundos,  como  si  qui- 
siese trasmitirle  el  calor  de  su  vida. 

El  capataz  ayudado  por  los  peones  unía  algu- 
nas tablas  en  forma  de  ataúd  en  la  pieza  vecina 
á  la  enramada;  y  el  sordo  golpeteo  sobre  los  cla- 
vos con  un  mazo,  era  el  único  ruido  que  pertur- 
baba la  calma  de  los  contornos. 

Producíanse  sin  embargo  á  lo  lejos  confusos 
rumores. 

Movíase  el  ganado  en  el  campo,  los  perros  de 
la  estancia  se  habían  apartado  de  sus  sitios  de 
reposo,  y  el  esquilón  de  la  « tropilla  »  solía  sonar 
detrás  de  la  loma  en  inquieto  vaivén. 

Podían  compararse  esos  ruidos  nocturnos,  al  de 
un  viento  fuerte  que  atravesara  las  campiñas  y 
se  quebrase  en  la  barrera  de  los  montes  con  es- 
trépito de  ramas. 

Cuaró  y  el   « tape »   habían  desaparecido. 

Era  que  el  « yagua »  seguía  ladrando  con  re- 
doblada furia  en  el  « cagüipe  »  como  decía  Ña- 
pindá, y  algo  de  siniestro  se  acercaba  por  la 
parte  del  vado. 


En  la  hora  en  que  el  tape  y  el  charrúa  se  re- 
tiraban de  las  casas,  un  fuerte  destacamento  de 


4G2  E.   ACEVELK)  DÍAZ 


caballería  de  línea  venía  recorriendo  la  costa 
opuesta  del  río  en  busca  del  paso. 

Frecuentes  paradas  hacía  en  su  marcha,  tan 
irregular  como  las  curvas  interminables  del  monte. 

Avanzaba  terreno  examinando  todos  los  para- 
jes sospechosos  prolijamente,  con  gran  ruido  de 
armas  y  voces  de  mando,  al  punto  de  alborotar 
de  veras  la  perrada  cimarrona  que  rompió  á  la- 
drar enfurecida  sin  salirse  fuera  de  las  breñas. 

Los  soldados  echaban  pie  á  tierra  á  cada  mo- 
mento, delante  de  cada  encrucijada,  matorral  ó 
boquete ;  escudriñaban,  internándose  hasta  cierta 
distancia;  volvían,  se  consultaban  y  proseguían 
la  marcha  con  una  fila  de  flanqueadores  del  lado 
del  monte  y  una  partida  á  vanguardia  con  las 
tercerolas  listas. 

A  veces  se  hacían  altos  prolongados;  destacá- 
banse grupos  en  distintas  direcciones,  los  que  se 
reincorporaban  al  núcleo  poco  á  poco,  con  par- 
tes sin  novedad;  establecíase  el  servicio  de  ex- 
ploradores aislados  y  bojnberos,  distribuyéndolos 
según  la  topografía  y  la  importancia  de  los  lu- 
gares, y  se  mandaba  quitar  los  frenos  para  que 
la  caballería  transida  pellizcase  un  poco  de  gra- 
milla. 

En  todo  esto  se  entretuvo  largo  rato  el  desta- 
camento. 

Ya,  á  altas  horas,  decidióse  á  pasar  el  río;  y 
traspuso  al  fin  el  vado,  ocupada  previamente 
por  su  gran  guardia,  la  orilla  del  espeso  pajonal 
que  se  extendía  á  la  derecha. 


NATIVA  463 


La  tropa  se  corrió,  á  lo  largo  del  monte. 

A  medida  que  los  baqueanos  señalaban  una 
«picada»  ó  boquete,  colocábase  allí  un  pelotón 
con  instrucciones  severas;  y  en  esa  forma  se  ade- 
lantó camino,  hasta  que  se  dio  orden  de  acampar. 

Desde  el  momento  en  que  se  invadió  el  campo, 
el  ganado  empezó  á  agitarse  á  todos  los  rum- 
bos, y  á  introducir  desde  luego  hasta  en  los  lla- 
nos apartados  la  inquietud,  que  al  fin  convirtió 
en  pavor  el  ladrido  constante  de  los  perros. 

Fueron  éstos  los  inusitados  rumores  que  ha- 
bían llamado  la  atención  de  Guaro  y  ñapindá 
cuando  conducían  á  las  «casas»  el  cuerpo  de 
Dora;  y  que  siguieron  produciéndose  hasta  muy 
tarde  de  la  noche,  sin  ser  percibidos  por  los  vie- 
jos peones  de  la  estancia. 

Venía  al  frente  de  la  tropa  invasora  el  teniente 
Pedro  de  Souza,  el  mismo  que  Luis  María  Be- 
rón  había  herido  en  la  refriega  de  Maldonado,  y 
salvado  luego  de  las  iras  de  Cuaró,  y  á  quien 
Esteban  custodiara  hasta  fuera  del  campo  oca- 
sionando con  este  motivo  el  extravío  del  grupo. 

Souza,  oficial  de  los  Voluntarios  Reales,  sepa- 
rado como  otros  muchos  del  general  Costa  para 
acompañar  á  Lecor  cuando  éste  estableció  su 
cuartel  en  Canelones,  plegándose  al  Brasil,  era 
uno  de  los  que  merecían  su  confianza. 

Efectuada  la  salida  de  Costa  de  Montevideo  en 
Febrero  de  1824  y  la  entrada  de  Lecor  en  la  ca- 
pital, en  Marzo  siguiente,  Souza  repuesto  de  sus 


464  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


heridas,  había  sido  destacado  con  su  escuadrón  á 
Canelones,  bajo  las  órdenes  del  «brigadeiro  »  don 
Fructuoso  Rivera,  comandante  general  de  la  cam- 
paña, aunque  ésta  su  autoridad  sobre  las  tro- 
pas regulares  extranjeras,  fuera  sólo  nominal. 

Meses  después  de  habérsele  asignado  como 
punto  de  guarnición  la  villa  de  Guadalupe;  y, 
pasados  algunos  días  sobre  el  sangriento  suceso 
en  la  estancia  de  «Tres  Ombúes»,  el  teniente 
Souza  recibió  orden  de  trasladarse  al  sitio  con 
un  grueso  destacamento,  purgar  los  montes  de 
«  matreros »  en  esa  parte,  ocupar  el  campo,  y  re- 
mitir á  Montevideo  bajo  severa  custodia  al  pro- 
pietario del  mismo  y  á  sus  peones. 

El  teniente  Souza  conocía  á  la  familia  de  Ro- 
bledo, y  tenía  por  ella  especial  estimación.  Tal 
vez  fuese  egoísta,  la  causa  verdadera  de  este 
afecto. 

Sabía  él  que  la  familia  se  encontraba  en  la  es- 
tancia, y  no  queriendo  confiar  á  un  subalterno 
implacable  su  delicada  misión,  resolvióse  ir  en 
persona  á  fin  de  hacerla  menos  dura  é  imponer 
el  respeto  necesario  á  sus  soldados  exaltados  por 
la  muerte  de  sus  compañeros. 

Tampoco  ignoraba  que  en  el  monte  se  guare- 
cían los  matreros  en  gran  número,  y  matreros 
terribles,  á  juzgar  por  el  resultado  de  la  refriega: 
gente  aguerrida  y  de  audacia  que  era  necesario 
sorprender  y  exterminar  en  sus  propios  escondri- 
jos con  labor  paciente,  ya    fuese    atacándola    en 


NATIVA  465 


esos  parajes  oscuros,  ya  obligándola  a  rendirse 
por  medio  de  un  sitio  riguroso  y  de  una  vigi- 
lancia extrema. 

De  ahí  las  medidas  adoptadas  durante  la  mar- 
cha, y  la  ocupación  de  la  entrada  de  los  boque- 
tes por  la  tropa. 

Pudo  hacerse  todo  eso,  y  acamparse  sin  recelo ; 
pues  nadie  se  opuso  á  ello,  ni  se  presentó  tam- 
poco hombre  alguno  á  protestar  contra  los  que 
así  procedían. 

Los  habitantes  del  monte  se  encerraron  en  se- 
pulcral silencio. 

Esa  quietud  profunda,  perturbada  solamente  por 
el  ladrido  de  los  perros,  tenía  sin  embargo  en 
zozobra  al  destacamento,  que  pisaba  un  terreno 
desconocido,  hacía  pocos  días  teñido  con  la  san- 
gre de  camaradas  cuyo  exterminio  venía  á  ven- 
gar. Temía  y  resguardábase  de  una  sorpresa  po- 
sible. 

La  noche  no  obstante,  pasó  tranquila. 

Salvo  el  alboroto  del  ganado  y  los  aullidos 
de  los  cimarrones  nada  ocurrió  de  notable,  ni  per- 
cibirse pudo  ruido  alguno  que  denunciase  la  pre- 
sencia de  gentes  en  el  interior  del  bosque. 

El  teniente  Souza  llegó  á  tranquilizarse  á  este 
respecto,  y  hasta  hubo  de  convencerse  que  los 
matreros  debían  haber  cambiado  de  guarida  por 
espíritu  de  conservación  propia. 

Al  siguiente  día,  después  de  inspeccionar  por 
sí  mismo  todos    los    puestos    y    de  redoblar    las 

80 


466  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


guardias  en  «picadas»  é  isletas,  púsose  en  mar- 
cha á  las  poblaciones  de  «Tres  Ombúes»  con  un 
piquete  de  diez  hombres. 

Recorrió  al  paso  la  distancia  larga  que  sepa- 
raba aquéllas  del  vado;  y  era  ya  muy  entrada  la 
mañana,  casi  el  mediodía,  cuando  á  una  ó  dos 
cuadras  de  la  huerta  un  acompañamiento  ex- 
traño,—  fúnebre  al  parecer,  —  llamóle  la  atención. 

Dio  la  voz  de  alto  á  su  gente ;  y  poniendo  es- 
puelas á  su  caballo  reyuno  bien  enjaezado,  con 
pistolas  de  arzón,  aproximóse  al  grupo  al  gran 
galope  seguido  de  dos  soldados. 

El  grupo  se  detuvo  al  verle  venir. 

Cuatro  hombres  que  llevaban  sobre  sus  hom- 
bros un  cajón,  depositáronlo  cuidadosamente  en 
el  suelo. 

El  acompañamiento  se  reducía  á  ocho  perso- 
nas, entre  las  cuales  se  contaban  don  Luciano, 
Luis  María  y  Esteban. 

Los  demás  eran  peones  del  establecimiento  con 
don  Anacleto  á  su  cabeza. 

Estos  llevaban  un  pico  y  una  azada;  y  Gua- 
dalupe que  hacía  parte  del  grupo,  un  gran  mon- 
tón de  flores  agrestes  apretadas  contra  el  pecho. 

El  cajón  contenía  los  restos  de    Dora. 

Souza  reprimió  el  galope  de  su  caballo,  y  al 
reconocer  á  Robledo  y  Berón  saludó  cortesmente, 
echando  pie  á  tierra. 

Algo  turbado  sintióse  al  avanzar,  si  bien  la 
dureza  militar  se  revelase  en  todos  sus  gestos  y 


NATIVA  467 


movimientos.  Impúsole  la  naturaleza  del  espectá- 
culo, tanto  como  el  continente  grave  y  adolorido 
del  hacendado. 

Al  acercarse  preguntó  que  á  quién  se  iba  á  se- 
pultar, fijando  al  mismo  tiempo  una  mirada  es- 
cudriñadora en  el  grupo. 

Enterado,  pareció  experimentar  una  viva  sor- 
presa;  adelantóse  unos  pasos  hacia  el  féretro,  vol- 
viendo á  fijar  sus  ojos  en  todos  los  semblantes; 
pero,  no  exigió  que  se  descubriera  el  cajón,  ni  pi- 
dió mayores  explicaciones. 

El  rostro  de  Robledo  confirmaba  bien  á  las 
claras  la  veracidad  del  dicho,  con  su  expresión 
adusta  y  sombría. 

También  en  los  de  los  demás  se  reflejaba  elo- 
cuente la  congoja  del  duelo,  á  la  vez  que  una 
extrañeza  mezclada  á  inquietud  ante  la  visita 
inesperada. 

Después  de  oir  la  respuesta  de  don  Luciano, 
el  oficial  se  quitó  el  morrión  y  acercándose  á  él, 
le  oprimió  en  silencio  la  mano. 

Al  divisar  á  Luis  María,  una  sonrisa  afectuosa 
suavizó  su  ceño,  y  tendióle  también  la  diestra  sin 
repugnancia  con  el  brazo  muy  estirado,  cuadrán- 
dose bizarramente. 

Berón  correspondió  al  saludo. 

—  ¡Pueden  ustedes  seguir!  —  dijo  el  teniente 
Souza  en  buen  castellano. 

Y  sin  cubrirse,  colocóse  á  un  flanco  del  cor- 
tejo, marchando  junto  al  ataúd. 


468  E.   ACEVED0  DÍAZ 


Ninguno  contestó  una  palabra;  todos  conti- 
nuaron el  camino  emprendido  hacia  el  declive  de 
la  loma,  á  espaldas  de  la  huerta,  sin  impaciencias 
ni  sobresaltos  visibles. 

El  único  que  iba  débil,  extenuado,  vacilante 
era  Luis  María. 

Devorábale  una  intensa  fiebre  ocasionada  por 
la  reapertura  de  una  de  sus  heridas  mal  cicatri- 
zadas, durante  una  noche  de  vela. 

Don  Luciano,  que  en  esa  noche  había  ido  á 
buscar  junto  á  su  lecho  un  desahogo  á  su  dolor, 
inmediatamente  después  de  trasladar  á  la  pieza 
del  centro  el  cadáver  de  Dora,  no  pudo  conse- 
guir que  el  joven  permaneciera  en  reposo.  Ape- 
sar  de  sentirse  casi  sin  fuerza  para  la  velada  ha- 
bíase puesto  en  el  acto  de  pie,  desoyendo  las 
amistosas  advertencias  de  Robledo,  y  pasado  á 
la  estancia  mortuoria.  Recién  al  rayar  el  día,  ven- 
cido por  la  fiebre  que  en  parte  había  aumentado 
una  cavilación  penosa  delante  del  cuerpo  inani- 
mado de  Dora,  echóse  en  su  lecho,  al  que  lle- 
gara tambaleando  lleno  de  zumbidos  y  desfalle- 
cimientos. Varias  horas  se  había  conservado  in- 
móvil sacudido  de  vez  en  cuando  por  las  agita- 
ciones de  un  sueño  cercano  al  delirio,  hasta  que 
haciéndose  superior  á  su  flaqueza,  se  resolvió  á 
reunirse  al  acompañamiento. 


NATIVA  469 


Una  vez  en  el  sitio  escogido  detrás  de  la 
huerta,  abrióse  una  fosa  colocándose  en  ella  el 
féretro,  que  fué  cubierto  cuidadosamente  con  una 
gran  capa  de  tierra. 

Guadalupe  esparció  sus  flores  por  encima,  y 
clavó  una  cruz  hecha  de  ramas  de  laurel  negro 
en  un  extremo  de  la  sepultura. 

Después,  cuando  todos  se  retiraron,  la  pobre 
esclava  se  sentó  en  el  suelo  y  quedóse  inmóvil 
como  una  idiota  con  las  manos  juntas  y  los  ojos 
fijos  en  la  tierra  recientemente    removida. 

Cerca  de  las  casas  y  ya  de  vuelta,  Berón  su- 
frió un  vértigo  y  hubo  de  apoyarse  en  el  brazo 
de  don  Luciano,  quien  con  a}/uda  de  Esteban  lo 
condujo  á  su  lecho  en  un  estado  de  completa 
postración. 

Souza,  que  iba  examinándolo  todo  en  sus  me- 
nores detalles,  apercibióse  de  las  heridas  que  Luis 
tenía  en  la  cabeza,  envuelta  en  vendajes;  y  de- 
dujo que  ellas  no  podían  provenir  sino  de  la  re- 
friega reciente. 

Nada  indagó  sin  embargo,  para  confirmar  su 
sospecha.  Un  sentimiento  de  gratitud  sellaba  sus 
labios. 

Robledo,  comprendiendo  que  la  venida  del  ofi- 
cial con  su  tropa  no  debía  tener  otro  objeto  que 
el  de  apoderarse  de  su  persona  y  de  sus  peones, 
dado  el  sistema  de  persecuciones  implantado  en 


470  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


la  campaña,  encaróse  con  aquél  en  el  patio   re- 
sueltamente, diciéndole : 

—  ¿  Viene  Vd.  á  prenderme  ?  Prevéngole  que 
estoy  listo. 

—  Esa  misión  traigo,  señor  Robledo. 

—  ¡Quedo  á  sus  órdenes!  Pero,  voy  á  hacer  á 
usted  una  súplica;  y  es  la  de  que  sea  usted 
menos  riguroso  por  ahora  con  ese  joven  que 
está  imposibilitado  de  marchar  á  causa  de  una 
fiebre  que  lo  consume  .... 

—  Ese  joven  y  su  asistente,  —  interrumpióle 
Souza,  —  quedarán  aquí  bajo  custodia,  y  aseguro 
á  usted  que  serán  respetados  ....  Siento  sí,  ha- 
ber llegado  á  su  estancia  en  horas  de  duelo  para 
usted;  mas,  un  suceso  muy  grave  ocurrido  no  hace 
mucho  en  este  campo  ha  determinado  la  medida 
que  no  quería  yo  ejecutase  otro,  en  el  deseo  de 
hacerla  menos  dura  .... 

—  Gracias.  Advierto  á  usted  con  todo,  que 
tengo  la  conciencia  tranquila  y  que  era  yo  el  que 
podría  reclamar  con  derecho.  Pero,  me  resigno. 
Casualmente  tenía  resuelto  bajar  de  un  día  para 
otro  á  Montevideo  á  fin  de  presentar  mis  protes- 
tas y  esto  viene  á  precipitar  en  buena  hora  esa 
determinación,  pues  la  desgracia  que  tanto  la- 
mento me  haría  insoportable  en  estos  días  la  per- 
manencia en  la  estancia  ....  Algunas  cosillas  que- 
daban aún  por  hacer;  pero  ya  ni  gusto  tendría 
para  ello,  ni  valen  tampoco  la  pena,  desde  que  la 
propiedad  es  del  primero  que  se  le  antoja  echarle 


NATIVA  471 


la  mano.  ¡  Qué  diablos !  Es  preciso  conformarse 
con  los  sucesos  y  tomarlos  como  vienen,  que  ni 
ellos  son  nunca  como  debieran  ser,  ni  uno  es  onza 
de  peso  justo  para  que  todos  lo  quieran  .... 

Por  lo  demás,  amigo  Souza,  usted  está  en  su 
casa  y  mande  lo  que  guste,  que  yo  voy  á  dis- 
poner se  arregle  mi  volanta  vieja  para  el  viaje 
con  lo  que  queda  de  mi  familia. 

Nada  contestó  el  oficial. 

En  su  rostro  se  reflejaba  viva  una  expresión 
de  condolencia  que  no  se  esforzaba  él  tampoco 
de  disimular;  y  viendo  alejarse  á  don  Luciano, 
encaminóse  á  su  vez  callado  hacia  la  enramada. 

La  tropa  había  formado  á  espaldas  de  ésta. 

Don  Anacleto,  Nereo  y  Calderón  se  encontra- 
ban entre  sus  filas  en  calidad  de  presos. 

Esteban  también  figuraba  como  tal,  en  primera 
línea. 

Souza  estúvose  observando  breves  instantes  á 
aquellos  hombres,  y  considerándolos  sin  duda  muy 
viejos  y  casi  inofensivos,  tal  vez  inocentes  —  como 
en  realidad  lo  eran-  del  delito  que  se  les  impu- 
taba, pareció  hesitar,  y  luego  ordenó  al  sargento 
del  piquete  que  les  diese  soltura. 

Así  lo  hizo  el  sargento. 

Los  tres  peones  sorprendidos  saludaron  al  te- 
niente y  juntos  dirigiéronse  hacia  el  monte  sin 
tino  y  al  trote  menudo,  volviendo  las  cabezas 
sin  cesar  para  ver  si  algún  pelotón  de  tiradores 
les  estaba   apuntando  á    las    espaldas.    No  nota- 


472  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


ron  en  medio  de  su  pasmo,  que  la  soldadesca  se 
reía. 

Entráronse  al  monte  aturdidos  y  atropellándose 
en  el  abra  para  ganar  el  escondite,  ni  más  ni  me- 
nos que  tres  lagartos  viejos  acosados  por  las  avis- 
pas que  quisieran  entrarse  al  mismo  tiempo  en 
un  agujero. 

Pedro  de  Souza  llamó  después  á  Esteban,  y 
díjole : 

—  Así  como  tu  amo,  te  portaste  bien  conmigo 
en  aquella  refriega .  .  ,  .  Ya  ves  que  me  acuerdo» 
Tu  amo  está  enfermo  y  necesita  que  lo  asista  un 
buen  servidor  ;  tú  te  quedarás  á  cuidarlo,  y  yo 
daré  orden  á  la  tropa  que  queda  también  para 
que  sean  auxiliados  en  todo ...  Mi  deber  era  fu- 
silarte, pero  soy  agradecido.  ¡  Procura  no  caer  en 
otra ! 

El  negro  se  cuadró  y  saludó  militarmente. 

Nata  que  presenciaba  todo  aquello  desde  el  ven- 
tanillo, apresuróse  á  salir  de  su  aposento,  hechos 
ya  los  últimos  preparativos  de  viaje. 

A  la  palidez  profunda  de  su  rostro  uníase  una 
expresión  de  encono  y  de  dureza,  reflejo  fiel  de 
contrariedades  violentas  mezcladas  á  un  gran  do- 
lor íntimo. 

¡  Cuántos  sucesos  y  amarguras  en  tan  pocos 
días !  .  .  . 

Zumbábanle  las  sienes  y  sentía  una  punzada  cruel 
en  el  pecho. 

Salió  como  alelada. 


NATIVA  473 


Al  pasar  vio  entreabierta  la  puerta  del  aposento 
de  Luis  María,  y  entróse  sin  detenerse  impulsada 
por  una  fuerza  superior  á  sus  escrúpulos. 

Verdad  que  ella  andaba  como  una  sombra. 

—  Nos  llevan,  —  dijo  con  voz  trémula. 
Pero  ....  á  tí  te  dejan. 

El  joven  devorado    por    la    fiebre,   incorporóse 
en  su  lecho  y  tendióle  los  brazos. 
Nata  fuese  á  él,  preguntando : 

—  Debo  ir  ¿  verdad  ?  .  .  .  Esos  hombres  esperan. 

—  Sí,    acompaña  á  tu  padre. 

— -Voy  con' él.  ¡Cómo  había  de  dejarle!... 
¿Irás  pronto  á  Montevideo? 

Estrechóla  Luis  en  sus  brazos,  y  contestó  bal- 
buciente : 

—  Prometo  estar  allí  en  cuanto  cure. 
¡  Esto  pasará ! 

—  Quiera  Dios  que  sea  así, — repuso  ella  uniendo 
al  del  joven  su  rostro. 

Llevo  pesar  al  irme.  .  .    Está  tu  cara  ardiendo. 
Sin  apartarse  cogió  el  vaso  lleno  de  brebaje  de 
corteza  de  quebracho  y  se  lo  puso  en  los  labios. 
El  tomó  y  dijo : 

—  Mañana  acabará  la  fiebre.  .  .  ¡  Cuando  estés 
allá,  no  te  olvides  de  mí ! 

Estrechóle  Nata  en  un  arranque  poco  común  en 
ella,  y  le  besó  en  silencio  dos  y  tres  veces,  con  los 
ojos  llenos  de  lágrimas. 

Fuéle  duro  el  desprenderse .... 

Así  que  salió,  no  sin  volver  á  cada  paso  la  ca- 


474  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


beza  más  hermosa  y  atrayente  que  nunca  en  me- 
dio de  las  intensas  tribulaciones  de  su  espíritu, 
Luis  María  ya  sin  fuerzas  se  desplomó  en  su  al- 
mohada. 

Pocos  minutos  después,  cuando  en  realidad  su 
fiebre  había  llegado  á  un  grado  alarmante,  sintió 
^a  voz  clara  y  enérgica  de  don  Luciano  que  se 
despedía  de  él,  y  le  oprimía  con  gran  fuerza  la 
mano. 

No  entendió  bien  lo  que  le  dijo,  pues  el  delirio 
empezaba  á  apoderarse  de  su  cerebro ;  pero,  bien 
luego  sintió  el  rodar  de  un  carruaje  y  pisadas  fuer- 
tes de  caballos,  cada  vez  menos  perceptibles  á  me- 
dida que  se  alejaban.  .  .  . 

Era  la  comitiva  que  partía  rumbo  á  Montevi- 
deo. 


XXIII 


UNA    DIANA 


Durante  muchos  días  el  paciente  no  ofreció 
mejoría  sensible,  sufriendo  frecuentes  ataques  de 
fiebre. 

Esteban,  en  compañía  de  don  Anacleto  y  los 
otros  peones,  que  habían  regresado  á  las  pobla- 
ciones al  día  siguiente  de  la  partida  de  don  Lu- 
ciano, de  Nata  y  de  Guadalupe,  tranquilos  ya 
respecto  á  la  actitud  asumida  por  la  tropa  que 
vivaqueaba  en  el  campo,  pusieron  el  mayor  celo 
en  el  cuidado  del  herido. 

A  ese  empeño  debióse  en  mucha  parte  que  la 
reacción  se  operase  al  fin,  y  empezara  en  la  ter- 
cera semana  la  convalecencia. 

El  tacto  exquisito  de  la  mujer  faltó  al  enfermo, 
y  más  que  esa  solicitud  seguramente  el  encanto 
que  en  su  rededor  esparcía  la  bella  enfermera 
haciéndole  más  grata    la    estancia    y    más    deli- 


47()  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


ciosa  la  atmósfera  que  respiraba  ;  con  todo,  sea 
dicho  en  honor  de  Esteban,  que  á  su  cariño  ex- 
tremoso debióse  en  primera  línea  el  restableci- 
miento completo. 

Luis  María  llegó  á  ponerse  de  pie  y  á  sentirse 
fuerte. 

Apesar  de  ello,  para  su  ánimo  abatido  y  sus 
tristezas  prolongadas  no  había  realmente  com- 
pensaciones :  el  recuerdo  dulce  de  Nata  y  los 
ensueños  de  la  patria  bastaban  apenas  á  neutra- 
lizar los  efectos  de  la  amargura,  entreabriendo 
su  espíritu  á  ia  esperanza. 

Aislóse  por  completo .... 

Encerrado  en  aquella  morada  silenciosa  en  que 
un  día  brilló  la  dicha  para  él  quizás  perturbada 
en  mala  hora,  movíase  de  una  á  otra  habitación 
como  un  sonámbulo,  sintiendo  ansias  á  veces  de 
escapar  y  de  correr  sin  rumbo  á  través  de  los 
campos  respirando  mucho  aire  puro  bajo  un  sol 
ardiente,  en  la  creencia  de  encontrar  á  su  paso 
escuadrones  armados  que  le  cediesen  siquiera  el 
último  lugar  en  sus   filas. 

En  otros  momentos  su  imaginación  herida  por 
el  recuerdo  borraba  las  sombras  de  la  soledad, 
y  exhibíale  mirajes  de  ventura  y  de  adorable 
paz  junto  á  aquella  mujer  que  había  endulzado 
sus  penas  cuando  él  no  abrigaba  ni  quería  abri- 
gar en  su  pecho  otro  culto  que  el  del  patrio- 
tismo con  todos  sus  ideales  seductores,  sus  ilu- 
siones blancas,  sus  vírgenes  laureles;  pero,    bien 


NATIVA  477 


pronto  se  sucedían  á  estos  vuelos  de  candorosa 
fe  las  caídas  melancólicas  del  desaliento,  tan  se- 
mejantes á  los  fríos  que  brotaban  del  pequeño 
valle  desolado  así  que  el  sol  se  encondía. 

Creía  sin  embargo  que  la  lucha  sobrevendría 
pronto,  y  que  su  solo  rumor  mataría  sus  impa- 
ciencias. 

La  lucha  debía  sobrevenir. 

¿Cómo  dudar  de  ello? 

¿  Cómo  dudar  de  la  tendencia  ingénita  de  los 
criollos  que  habían  empezado  por  aprender  la  li- 
bertad natural  muy  cerca  de  las  tribus,  á  admi- 
rarla en  el  salvaje,  en  la  bestia  indómita,  en  el 
ave  corredora;  á  formarse  una  idea  sobre  la  per- 
sonalidad propia  y  sobre  el  derecho  de  dominio 
á  la  tierra,  tan  absoluto  é  invencible,  que  entra- 
ñaba como  derivado  lógico  la  incubación  de  un 
espíritu  exclusivo,  de  un  carácter  típico  y  de  una 
sociabilidad  nueva? 

Lo  cierto  es  que  las  guerras  sostenidas  por 
Artigas  en  vez  de  debilitar  estas  tendencias,  ha- 
bíanles dado  auge  por  el  contrario,  vinculándolas 
así  á  sacrificios  de  sangre  que  debían  recordarse 
poco  después  como  tradiciones  incorporadas  á  la 
tierra  y  orígenes  gloriosos  de  una  joven  historia. 

Cada  vez  que  ahondaba  así  el  problema,  cre- 
cía un  grado  su  fe. 

La  índole  de  los  hechos  producidos  durante 
esas  guerras,  fueren  cuales  hubieren  sido  sus 
causas  determinantes,  interesaba  poco,  tratándose 


478  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


del  fenómeno  sociológico  de  transformación  ét- 
nica que  venía  operándose  por  evolución  rápida  en 
todos  los  grandes  núcleos  de  la  que  fué  enorme 
colonia. 

Buenos  ó  malos  aparentemente  ó  en  realidad, 
por  su  forma  y  naturaleza,  esos  hechos  precipi- 
taban los  fenómenos  del  cambio,  mas  no  lo  pro- 
ducían propiamente  ;  la  transformación  étnica  — 
fenómeno  natural  —  creaba  nacionalidades  inde- 
pendientemente de  las  fórmulas  políticas,  en  armo- 
nía con  las  condiciones  de  cada  región  y  clima,  con 
las  diversas  influencias  de  razas  y  con  las  costum- 
bres locales. 

Así  iban  surgiendo  en  vastísimas  comarcas, 
sobre  las  cuales  sólo  un  despotismo  recio  pudo 
ejercer  por  algún  tiempo,  una  acción  unitaria, 
argentinos,    orientales,    paraguayos  y    bolivianos. 

Las  influencias  de  razas  y  de  costumbres  ha- 
bían contribuido  en  primera  línea,  y  también  las 
condiciones  de  zona :  el  pampa,  el  araucano,  el 
charrúa,  el  guaraní  y  el  colla  no  pertenecían  al 
mismo  centro.  Esparcidos  á  todos  los  rumbos  del 
cuadrante,  miraron  desde  el  principio  bajo  prismas 
muy  distintos  los  horizontes.  En  sus  rozamientos 
con  los  criollos  se  originaron  diferencias  y  se  esta- 
blecieron distancias  que  hacían  imposible  la  acción 
de  toda  metrópoli. 

Dada  pues,  la  naturaleza  del  terreno  respec- 
tivamente, y  la  calidad  de  la  semilla,  el  desa- 
rrollo y  crecimiento  de  ésta  dependía  de  circuns- 
tancias. 


NATIVA  479 


Podía  malograrse  la  obra,  como  hubo  de  suceder 
desde  sus  comienzos;  pero  la  garantía  del  éxito 
estaba  en  la  energía  de  la  raza. 

A  esta  energía  propia  obedecería  á  no  dudarlo 
el  movimiento  futuro.  .  .  . 

En  medio  á  su  sombría  meditación,  el  joven 
se  alborozaba  á  la  sola  idea  que  saldría  al  fin 
del  círculo  de  los  combates  oscuros  para  entrar 
de  lleno  en  la  iluminada  escena  de  las  batallas 
en  que  las  nacionalidades  incipientes  para  afian- 
zarse, llevan  con  denuedo  heroicas  cargas  á 
fondo  sobre  enemigos  cuyo  número  no  cuentan, 
y  cuyos  ideales  y  banderas  no  se  parecen  á  la 
bandera    y    al    ideal    de    sus    soberbias    nativas. 


Vencido  por  un  deseo  violento  de  romper  con 
las  monotonías  del  encierro  y  sus  tristezas  in- 
herentes, dijo  una  noche  á  Esteban  que  adere- 
zase su  caballo  para  el  día  próximo  al  rayar  el 
alba,  pues  era  á  esa  hora  que  quería  realizar  su 
paseo. 

Cuando  el  alba  apuntaba,  agitándose  él  semi- 
dormido en  el  lecho,  parecióle  como  cosa  de 
entre  sueños  que  un  clarín  sonaba  tocando  diana, 
una  de  esas  dianas  entusiastas  y  viriles  que  se  oyen 
después  de  una  victoria  y  cuyos  ecos  no  se  borran 
nunca  en  el  oído  del  soldado  que  ha  cumplido  con 
su  deber. 

En    vano  frotóse  los  ojos  é  incorporóse  en    el 


480  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


lecho  para  persuadirse  de  que  estaba  en  error, 
ó  que  aquello  era  una  ilusión  blanca,  último 
fenómeno    psicológico  de  sus  pasados  delirios. 

El  hecho  era  cierto,  sin  embargo. 

El  clarín  sonaba  vibrante  llenando  el  espacio 
todo  con  las  notas  de  la  diana  soberbia,  y  á  esas 
notas  se  unían  vigorosos  los  gritos  de  muchos  hom- 
bres, que  parecían  surgir  iracundos  de  la  tierra 
estremecida. 

Luis  se  arrojó  de  un  salto  de  la  cama,  y  corrió 
al  ventanillo. 

Por  allí  nada  se  veía. 

Llegaban  más  perceptibles  sin  embargo  los  so- 
nes del  clarín  y  las  voces  formidables  del  lado 
opuesto,  alzándose  la  de  Cuaró  sobre  las  otras, 
como  se  eleva  sobre  el  estruendo  sordo  de  las  olas 
el  silbido  agudo  del  huracán. 

Si  hasta  ese  momento  se  había  resistido  á  creer, 
ya  no  le  quedaba  duda. 

Aquel  alarido  del  charrúa  noble  dominando  el 
estrépito,  anunciábale  un  acontecimiento  extraor- 
dinario. 

¿  Cuál  podría  ser  ? 

Algunos  días  antes  había  oído  decir  que  la  tropa 
brasileña  había  perseguido  sin  éxito  al  capitán  pa- 
triota José  Casas  que  andaba  reuniendo  caballos 
«  con  un  fin  sospechoso  *  ;  y  bien  luego  supo  que  la 
campaña  toda  estaba  tranquila  sin  que  hecho  al- 
guno autorizase  á  creer  que  se  madurasen  empresas 
de  trascendencia. 


NATIVA  481 


Aquellos  ruidos  inesperados  pues,  de  armas  y 
clarines,  al  propio  tiempo  que  lo  llenaban  de 
sorpresa,  introducían  en  su  ánimo  indecible  jú- 
bilo. 

En  alas  de  sus  anhelos  patrióticos  y  del  ideal 
que  de  su  tierra  se  había  formado,  presentía  un 
gran  suceso,  uno  de  esos  que  se  incuban  en  el 
seno  de  las  increíbles  osadías  y  temeridades  y 
que  preparan  como  en  las  reacciones  químicas 
el  principio  activo  y  enérgico,  que  en  toda  so- 
ciabilidad robusta  mantiene  el  impulso  poderoso, 
da  dirección  casi  inflexible  á  las  tendencias  y 
en  su  hora  histórica  arrastra  los  hombres  y 
las  muchedumbres  al  cumplimiento  de  sus  des- 
tinos. 

De  dónde  venía  ese  esfuerzo,  no  podía  adi- 
vinarlo; pero,  por  el  instante  sentía  bien  claros 
en  la  atmósfera,  sus  hálitos  de  fuego  y  sus  bra- 
midos. 

Oía  diana,  y  toques  de  llamada.  ¿Qué  más?  No 
había  que  trepidar. 

A  pocos  pasos  de  allí  parecía  que  se  estaban 
batiendo,  aun  cuando  los  gritos  eran  de  triunfo, 
sin  complemento  de  detonaciones  y  choque  de 
hierros. 

Desde  luego  él  había  hecho  bien  en  no  rendirse 
al  desaliento. 

Empezaba  á  cosechar  los  frutos  de  su  perse- 
verancia, rara  virtud  madre  de  todas  las  iniciativas  y 
origen  de  todos  los  cambios,  que  él  poseía  en  alto 

31 


482  E.  ACEVED0  DÍAZ 

grado  con  el  espíritu  de  empresa  cuando  aun  re- 
cién entraba  á  las  agitaciones  de  una  lucha,  decirse 
puede,  sin  término  ni  medida. 

Aprestábase  agitado  y  febril  para  lanzarse 
fuera,  cuando  Ladislao,  trayendo  en  la  diestra 
un  sable  desnudo,  entróse  en  su  aposento  pre- 
cipitadamente, gritando  con  acento  enronquecido  : 

—  ¡Todos  los  pagos  revueltos,  desde  el  Arenal 
Grande  aquí ! .  .  .  . 

¡Volvemos  á  la  pelea  de  otras  ocasiones!  La 
gente  toda  anda  como  ganado  arisco  de  pago  en 
pago,  y  en  esta  hora  mesraa  acaba  de  meterse 
en  el  campo  una  partida  que  ha  tomado  prisio- 
nera la  fuerza  portuguesa  que  nos  bombeaba 
desde  hace  días,  sin  dejar  escapar  ni  á  uno 
solo.  .  .  . 

—  Me  explico  así  que  usted  haya  podido  salir  del 
monte.  .  .  . 

¡Viva  la  patria!  —  gritó  Luis  María,  transfor- 
mado de  súbito,  como  si  una  fuerza  extraña  hubiese 
conmovido  todo  su  organismo  trasmitiéndole  un 
vigor  asombroso. 

--¡Y  viva  Lavalleja! — contestó  el  «matrero» 
con  otra  voz  igual  á  un  rugido. 

Aquellos  dos  hombres  se  arrojaron  el  uno  ha- 
cia el  otro  y  se  abrazaron,  en  un  fuerte  y  estrecho 
abrazo .... 

El  uno  culto,  delicado,  lleno  de  ensueños  her- 
mosos, representante  casi  ignorado  de  la  clase  civil 
honesta,    heraldo  de    luchas    de    aliento,    apóstol 


NATIVA  483 


desconocido  de  ideas  levantadas,  intérprete  de 
pasiones  generosas ;  el  otro,  tipo  agreste  y  rudo, 
músculo  brutal  poderoso,  instinto  fiero  de  licencia, 
órgano  caracterizado  de  las  armonías  y  conflictos 
del  desierto ;  los  dos,  miembros  de  una  misma 
familia  personificando  respectivamente,  ya  las 
costumbres  de  la  ciudad  con  sus  reglas  y  prác- 
ticas disciplinarias,  las  propensiones  al  orden,  el 
respeto  á  los  principios  y  deberes  morales,  los 
sentimientos  del  hogar  y  de  la  patria  iluminados 
por  la  inteligencia  y  la  instrucción ;  ya  las  cru- 
dezas del  bosque  y  la  llanura,  las  tendencias  á 
la  anarquía,  el  desprecio  al  poder  y  al  peligro,  la 
pasión  por  el  pago  y  la  existencia  errabunda,  y  la 
soberbia  de  origen  en  toda  su  plenitud  impo- 
nente. 

Así,  Berón  y  Ladislao  al  estrecharse  de  un 
modo  fraternal,  sin  preocuparse  de  escrúpulos 
ó  de  resabios,  sellaban  el  pacto  de  la  cultura 
y  de  la  semi  -  barbarie  en  holocausto  á  la  gran- 
deza de  la  causa  de  que  ambos  eran  fieles  de- 
fensores. 

Como  proyecciones  al  futuro,  quizás  los  ideales 
del  uno  y  los  instintos  del  otro  diseñasen  los  linca- 
mientos de  una  honda  división  en  la  familia  que  de- 
bía operarse  con  el  tiempo,  partiendo  en  dos  el 
mismo  tronco  y  esterilizando  en  gran  porción  su 
savia  próvida  y  fecunda ! 


484  E.  ACEVED0  DÍAZ 


Después  de  aquel  abrazo  en  que  se  habían  con- 
fundido todas  las  aspiraciones  patrióticas  y  los  ím- 
petus del  valor,  los  dos  hombres  se  precipitaron 
fuera. 

La  escena  presentaba  un  aspecto  lleno  de  vigor 
local. 

Veíase  á  lo  largo  del  declive  una  doble  fila  de 
ginetes  con  sus  lanzas  en  alto,  prontos  para  la 
marcha. 

Lucían  banderolas  tricolores,  blancas,  azules  y 
rojas. 

A  retaguardia,  teniendo  detrás  una  custodia 
de  hombres  de  tercerola,  encontrábanse  desarma- 
dos y  en  grupos  los  soldados  del  destacamento 
brasileño,  con  excepción  de  algunos  que  habían 
perecido  en  la  sorpresa  y  cuyos  cuerpos  yacían 
tendidos  en  diversos  sitios. 

Berón  pudo  distinguir  á  la  cabeza  á  Cuaró,  á 
Esteban  y  á  sus  compañeros  del  bosque  inclu- 
sos los  tapes  fieles  de  Soriano ;  á  don  Anacleto 
empuñando  una  lanza  de  clavo  y  á  Nereo  y  Cal- 
derón con  algunas  mujeres,  entre  ellas  Mercedes, 
cuidando  de  las  tropillas  de  caballos  reunidos  á 
un  flanco. 

A  juzgar  por  las  aclamaciones  reiteradas,  las 
voces  roncas,  las  risas  estruendosas  y  los  gritos 
aislados  pero  atronadores  que  se  unían  á  los 
ecos    del    clarín    en    bélico    consorcio,    todas    las 


NATIVA  485 


vehemencias  y  arrebatos  imaginables  se  habían 
conglobado  allí  para  una  expansión  capaz  de 
aterrar  á  los  mismos  habitantes  de  la  selva. 

Y  al  observar  cómo  algunos  de  aquellos  hom- 
bres corrían  frenéticos  arma  en  mano  tendidos 
sobre  el  cuello  de  sus  caballos  de  guerra,  cual 
si  quisieran  dividir  en  trozos  el  aire,  cruzándose 
por  detrás  y  por  delante  en  siniestro  torbellino, 
los  prisioneros  acompañaban  con  sus  estremeci- 
mientos de  temor  el  ritmo  de  las  hojas  y  del 
aura,  y  la  hueste  parecía  experimentar  en  su  inco- 
rrecta línea  la  emoción  que  suscita  un  viento  de 
tempestad. 

En  la  atmósfera  rojizo  polvo;  el  ganado  hu- 
yendo; el  sol  asomando  apenas  su  disco  en  el 
horizonte,  detrás  de  la  cuchilla  enhiesta,  envuelto 
en  bruma  como  en  un  velo  sangriento ;  el  vo- 
cerío cada  vez  más  siniestro ;  el  clarín  ya  sin 
concierto  como  una  trompa  salvaje  que  agitara 
el  espacio  con  aullidos  de  fieras ;  el  golpear  in- 
cesante de  la  caballería  ;  los  perros  ladrando  con 
furor;  los  vítores  á  la  libertad  y  la  independen- 
cia repetidos  por  los  ecos  lejanos,  con  los  demás 
rumores  del  tumulto;  todo  en  su  conjunto  y 
menores  detalles,  daba  al  cuadro  que  se  desarro- 
llaba al  frente  un  colorido  vivísimo  de  emoción 
intensa  y  violenta,  pues  que  eran  las  pasiones 
desencadenadas  del  elemento  de  fuerza  las  que  se 
exhibían  desnudas  y  temibles,  como  la  lanza  que 
el  jefe  blandía  airada  dirigiendo  su  hierro  hacia  la 
luz  del  levante. 


486  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


Este  jefe  era  el  capitán  de  blandengues  Ismael 
Velarde. 

Ante  aquel  desorden  Luis  María  se  cruzó  de  bra- 
zos y  pareció  conmovido,  fijos  sus  ojos  en  el  es- 
pectáculo. 

Después  montó  á  caballlo  murmurando  bajo  es- 
tas palabras  que  parecían  la  expresión  final  de  un 
soliloquio  profundo  : 

—  Instintos  indomables  y  músculos  de  acero : 
vuestra  es  la  obra. 

¡Ya  empieza  á  amanecer! 


FIN 


ACLARACIÓN 


DE  ALGUNAS  VOCES  LOCALES  USADAS  EN  ESTA  OBRA, 
PARA  MEJOR  INTELIGENCIA  DE  LOS  LECTORES  EXTRA- 
NOS  AL  PAÍS. 


Achura.  —  Las  entrañas  del  animal  vacuno  ú 
ovino,  como  los  ríñones,  el  corazón,  el  intestino, 
el  hígado.  El  penúltimo  si  es  delgado,  denomí- 
nase «  chinchulín  »  ;  y  suele  constituir  el  primer 
bocado  del  campero  antes  del  almuerzo,  asado  á 
fuego  vivo,  con  premura  —  como  para  satisfacer 
cuanto  antes  un  apetito  desordenado. 

Aguaciles.  —  Eutomogr.  —  Libélulas.  Estos 
insectos  pululan  y  desfilan  en  largas  columnas  en 
los  zanjones  en  días  nublados,  y  anuncian  viento 
ó  lluvia.  De  ahí  su  nombre  vulgar.  Véseles  tam- 
bién en  gran  número  dispersos  por  los  campos 
bajos  y  cardas,  en  cuyas  flores  se  posan  para 
chupar  el  jugo. 

Aguara.  —  Fauna  indíg.  —  Zorro  grande  que 
sigue  siempre  el  rastro  del  tigre  ó  del  puma,  y 
que  se  mantiene  de  sus  despojos.     Especie  indi- 


488  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


gena,  como  su  nombre,  va  ya  en  camino  de  la 
extinción  completa,  siendo  muy  raros  sus  ejem- 
plares al  norte  del  Negro. —  Su  nombre  proviene 
del  guaraní:  AGUARACHAY  (canis  Azara).  Del 
género  de  los  zorros  —  chacales,  tiene  la  cara 
blanca,  las  orejas  y  la  garganta  amarillas,  y  ne- 
gros el  bigote  y  el  extremo  del  hocico,  lo  que, 
unido  á  la  calidad  del  pelaje  en  parte  lanoso  y 
en  parte  cerdudo,  lo  singulariza  entre  los  de  su 
especie. 

Apereíi.  —  Fauna  indíg.  —  Ratón  agreste  — 
«  cavia  australis  »  —  el  más  común  del  orden  de 
los  roedores.  Carece  de  apéndice  caudal.  Hace 
su  nido  entre  las  masíegas  y  al  borde  de  las  la- 
gunas, y  vive  en  agrupaciones  más  ó  menos  con- 
siderables. Su  tamaño  es  superior  al  del  ratón 
urbano  ó  doméstico. 

Apero. —  El  conjunto  de  las  piezas  ó  prendas 
que  constituyen  el  «  recado  »  de  los  hombres  de 
campo,  desde  el  bozalejo  hasta  la  rienda,  y  desde 
el  sobre-puesto  de  cuero  hasta  la  carona  y  la  ba- 
jera, sin  excluir  el  pretal,  maneador  y  lazo. 

Bagual.  —  Caballo  nuevo  que  no  ha  sufrido 
domadura,  y  por  único  manoseo,  el  corte  de  las 
cerdas.  Vésele  siempre  incorporado  á  las  gran- 
des manadas  de  yeguas  ariscas. 

Blanquillo.  —  Bot.  —  Especie  de  las  eufor- 
biáceas, árbol  de  talla  mediana  cuyo  nombre  pro- 
viene del  color  de  su  madera,  útil  para  construc- 
ciones. 


NATIVA 


Bichoco.  —  El  mancarrón  maseta  ó  rodilludo, 
que  ha  entrado  en  la  clase  de  los  inservibles  como 
elemento  de  movilidad  en  la  guerra,  ó  en  las 
faenas  de  campo:  «dos  veces  chueco»,  ó  sea, 
defecto  de  la  chueca  en  las  coyunturas  de  las  ro- 
dillas ó  de  los  pies. 

Biricnya.  —  Flora  indíg.  —  La  pasiflora  —  ó 
Mburucuiá,  —  del  guaraní.  —  Fruto  de  un  arbus- 
tillo  trepador  del  tamaño  de  una  bergamota  co- 
lor anaranjado  cuando  maduro,  de  poco  cuerpo 
y  semillas  purpurinas,  que  abierto  destila  un  zumo 
azucarado  y  princoso,  y  gustado  repugna  por  su 
dulzor  excesivo  y  agreste.  La  planta  busca  siem- 
pre apoyo  en  los  troncos,  y  si  no  los  hay,  en  las 
hojas  de  los  agaves  ó  en  los  pitacos.  —  Es  la  co- 
nocida en  botánica  con  el  nombre  de  pasiflora, 
granadilla  ó  pasionaria,  siendo  también  este  úl- 
timo el  de  su  flor  de  un  tinte  azul-violeta. 

—  Biricuyá,  ponemos  al  principio,  porque  así 
la  llamaba  el  gaucho  corrompiendo  el  vocablo 
verdadero,   «  mburucuyá  ». 

Bombacha.  —  De  bomba,  por  su  esfericidad. 
Calzones  amplios  de  merino  ú  otro  género  de 
mucho  vuelo,  que  suplantando  al  pantalón  ó  al 
chiripá,  dejan  libre  el  movimiento  de  las  piernas, 
con  las  ventajas  de  uno  y  otro  en  el  ejercicio 
continuo  del  caballo. 

Es  de  uso  muy  general  en  el  campo,  actual- 
mente, y  denuncia  un  grado  de  progreso  sobre 
las  costumbres  primitivas  como  reemplazante  del 
chiripá,  que  á  su  vez  lo  fué  del  chrpi. 


490  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Bota  «le  potro.  —  Calzado  del  gaucho  de 
antaño. 

Como  lo  indica  su  nombre,  fabricábase  con  la 
piel  de  potro  bien  sobada  y  distendida,  muchas 
veces  hasta  adquirir  la  flexibilidad  de  la  cabri- 
tilla. 

Estas  botas  estaban  abiertas  en  sus  extremos, 
para  dar  salida  á  los  dedos ;  y,  aunque  blandas, 
requeríase  para  su  uso  cierto  cuidado  y  baquía 
á  fin  de  no  desollarse  la  epidermis.  De  ahí  la  lo- 
cución local :  « no  es  para  todos  la  bota  de 
potro  » . 

El  progreso  de  las  costumbres  las  ha  desterrado 
con  las  grandes  «  nazarenas  »  ;  y  difícilmente  se 
hallaría  hoy  un  campero  que  las  llevase  ni  en  los 
valles  más  solitarios  de  la  sierra  de  los  Tambores. 

Bollan  es.  —  Etnog.  —  Agrupación  de  indíge- 
nas que  habitaba  á  la  orilla  oriental  del  Uruguay. 
en  la  zona  norte  del  Negro,  y  cuyos  orígenes  son 
poco  conocidos  ; .  pues  como  otras  tribus  errantes 
no  han  dejado  tradiciones  ni  recuerdo*. 

Algunos  creen  que  los  bohanes,  á  la  vez  que 
los  charrúas,  chanaes  y  yaroes,  tenían  un  lenguaje 
peculiar,  hablándolo  distinto  cada  una  de  las  cua- 
tro parcialidades ;  otros  suponen  que  todas  esas 
tribus  eran  sencillamente  porciones  separadas  de 
la  gran  familia  guaraní  que,  como  se  sabe,  se" 
extendía  á  vastísimas  comarcas  en  esta  región  de 
América.  Casi  autorizaría  á  esa  hipótesis,  la  cir- 
cunstancia muy  especial  do  pertenecer  al  idioma 


NATIVA  491 


guaraní  en  la  zona  uruguaya,  desde  el  gran  río 
hasta  las  costas  del  Océano,  la  mayor  parte  de 
los  nombres  locales.  Sea  de  ello  lo  que  fuere, 
ni  una  sola  de  esas  tribus  dispersas  dejó  rastros 
de  su  idioma,  sobreviviendo  á  su  extinción  el  de 
los  «tapes»,  cuyas  pequeñas  poblaciones  al  sur 
del  Negro  contaban  muchos  años  de  existencia 
antes  de  la  desaparición  por  el  hierro  y  el  fuego 
de  la  parcialidad  charrúa.  —  Fué  ésta  la  que,  como 
á  los  yaroes,  exterminó  á  los  bohanes,  quedando 
dueña  del  territorio  en  mucha  parte,  hasta  la  ma- 
tanza de  la   Boca  del  Tigre. 

Butyhsi.  —  Flora  indig.  —  Nombre  que  los 
charrúas  daban  al  fruto  del  árbol  llamado  «  ya- 
thay »  subgénero  de  palmera  no  muy  común  en 
nuestro  clima,  pero  de  la  que  existen  bastantes 
ejemplares  cerca  de  la  costa  del  océano,  y  en  las 
riberas  del  Uruguay.  Es  elevado,  con  el  tronco 
cubierto  de  pedúnculos,  y  da  una  savia  próvida 
á  la  menor  sangría.  Su  fruto,  de  un  sabor  agra- 
dable aunque  áspero  y  silvestre,  se  produce  api- 
ñado en  grandes  racimos. 

—  A  la  sombra  del  «  yath  ay  »  perece  toda  ve- 
getación, como  si  no  bastase  á  sus  raíces  la  fe- 
cundidad de  la  tierra  toda   que  lo  circunda. 

Los  indígenas  y  los  gauchos  errantes  solían 
derribar  los  más  hermosos,  cortándolos  por  el 
tronco  casi  al  nivel  del  suelo,  al  solo  objeto  de 
aprovechar  de  sus  «  cachos  »  sabrosos  ;  de  la  misma 
manera  que  daban  muerte  á  una  vaca  con  el  solo 


492  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


fin  de  cortarle  la  lengua  ó  el  sobre- costillar  que 
quedaba  á  la  vista,  abandonando  el  resto  de  la 
res  á  las  alimañas. 

Caballada.  —  Gran  número,  de  miles  á  veces 
de  caballos,  que  se  arrean  á  retaguardia  ó  al  flanco 
de  los  ejércitos  en  las  guerras,  como  reservas  para 
el  relevo ;  ó  que  se  trasladan  en  venta  á  los  te- 
rritorios limítrofes. 

Cambará. — Flora  indíg.  —  Planta  medicinal  á 
la  que  se  atribuye  singular  virtud  sobre  las  en- 
fermedades del  pecho,  y  que  como  tal  se  reco- 
mienda bajo  la  clasificación  científica  de  «  moquinia 
polymorpha  ». 

Cañada.  —  Hidrogr.  —  En  la  forma  en  que  em- 
pleamos este  vocablo  no  ha  de  entenderse  nin- 
guna de  sus  múltiples  acepciones,  según  el  dic- 
cionario de  la  lengua.  Ni  el  espacio  comprendido 
entre  dos  montes  ó  alturas  poco  distantes  entre 
sí,  ó  sea  una  garganta,  ni  la  tierra  señalada  para 
que  los  ganados  merinos  ó  trashumantes  pasen  de 
sierra  á  extremos ;  ni  cierta  medida  de  vino  usada 
en  algunas  provincias  de  España;  ni  toda  la  caña 
ó  tuétano  de  un  hueso  de  animal  vacuno ;  sino 
una  pequeña  corriente  de  agua  que  tiene  comun- 
mente su  origen  en  los  arroyos  y  esteros,  y  cuya 
extensión  es  tan  limitada  como  los  vallecicos  y 
terrenos  hendidos  que  recorre  merced  á  cuencas 
reducidas  trabajadas  por  las  aguas  pluviales  en 
el  suelo  blando.  —  En  Cuba  el  vocablo  tiene  también 
esta  significación. 


NATIVA  493 


Carancho.  —  Ave  de  rapiña  muy  común  en 
los  campos.  De  un  tamaño  regular,  ojos  avizores 
rodeados  en  la  córnea  por  un  disco  amarilloso, 
pico  ganchudo  y  recio,  miembros  fornidos  y  duras 
garras,  de  un  plumaje  gris  oscuro  sembrado  de 
estrías  blanquecinas  especialmente  en  las  extre- 
midades de  las  alas,  que  tiende  con  cierta  majestad 
en  los  aires;  esta  ave  hace  presa  de  los  polluelos 
y  arranca  los  ojos  á  los  corderos  moribundos. — 
Ornit.  —  Car  acara   vulgar. 

Carchar.  —  Despojar  al  vencido  de  sus  pren- 
das, vestidos,  ó  arreo  durante  la  pelea,  en  medio 
de  la  carga  ó  después  de  aquélla. 

Carguero.  —  Carguío.  En  la  vida  militar  lo 
que  ileva  una  bestia  de  tiro,  consistente  en  palo 
y  lienzo  de  carpa  ó  tienda  de  campaña,  maletas 
y  útiles  de  vivac. 

Carpincho. — Capivara  ó  Cabiay.  Fauna  indíg. 
—  El  «  capivardo  »  del  Dice.  —  Mamífero  que 
abunda  á  la  orilla  de  los  ríos  y  arroyos,  el  más 
grande  del  orden  de  los  roedores,  alcanzando 
casi  en  sus  proporciones  al  tamaño  de  un  cerdo 
de  dos  años.  Se  alimenta  especialmente  de  peces, 
de  semillas,  raíces  y  aún  de  frutas.  Pesca  con  las 
uñas  zambulléndose  á  las  mayores  profundidades, 
en  las  que  suele  permanecer  largos  instantes  en 
caso  de  acecho  ó  peligro.  Pocas  veces  se  aparta 
de  las  riberas  á  causa  de  su  torpeza  para  la  fuga 
rápida,  proviniendo  aquélla  de  la  estructura  ori- 
ginal de  sus  pies  largos  y  chatos  que  imposibi- 
litan sus  movimientos. 


494  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


La  piel  de  este  animal  curioso  sirve  para  varios 
objetos  de  industria ;  con  ella  suelen  fabricarse 
buenos  correajes  para  fornituras  militares  y  sillas 
de  caballo. 

Sin  duda,  á  causa  de  sus  condiciones  de  anfi- 
bio, en  el  Paraguay  la  gente  de  los  campos  le 
llama  capiigiid — de  capí-  pasto,  de  f-agua,  y  de 
iguá-  cielo,  significándose  así  de  un  modo  pinto- 
resco que  el  carpincho  es  un  ser  que  vive  del 
pasto,  del  agua  y  del  aire. 

Carpintero.  —  Ornit.  —  Defínelo  el  Dice,  de 
Domínguez,  en  su  suplemento  al  Nacional,  di- 
ciendo que  «  es  el  nombre  de  un  pajarillo  de  la 
isla  de  Santo  Domingo,  tan  grande  como  una 
alondra,  el  cual  penetra  con  el  pico  en  el  cora- 
zón de  las  palmeras  y  les  saca  el  meollo.  »  — 
Debemos  añadir  aquí  que  ese  pajarillo  existe  en 
nuestros  bosques ;  y  que,  si  saca  el  meollo  á  cier- 
tos árboles,  —  el  sauce  entre  ellos,  —  es  ante  todo 
para  construir  su  nido  taladrando  en  forma  de 
ángulo  recto  la   madera. 

Cebadura.  —  La  cantidad  determinada  de 
yerba -mate  que  regularmente  se  pone  en  la  ca- 
labaza para  ser  tomada  en  infusión  por  medio  de 
una  cánula  de  metal  que  termina  en  flor  y  á  que 
í-e  llama  «bombilla».  La  cebadura  se  renueva 
después  de  sorbidos   algunos  «mates». 

Cebato.  —  Llamábase  así  á  la  pared  que  se 
construía  con  terrones  llenos  de  raíces  fuertes,  las 
que  una  vez  secas  daban  consistencia  al  conjunto, 


NATIVA  495 


y  aún  cubrían  de  un  tapiz  verde  el  exterior  por 
la  fuerza  de  su  savia. 

Ninguna  identidad  existe  pues,  entre  el  cebato 
á  que  nos  referimos  y  la  planta  arábiga,  cuyo 
tronco  tiene  según  se  afirma,  el  don  de  asimilarse 
los  objetos  que  se  le   acercan. 

El  cebato  por  otra  parte,  se  diferencia  del  adobe, 
en  que  este  es  ladrillo  sin  cocer,  secado  á  la 
sombra,  y  el  primero  no  es  más  que  tierra  ex- 
traída á  golpe  de  pala  y  superpuesta  á  trozos 
más  ó  menos  iguales  y  simétricos. 

Cola  de  zorro.  —  Hierba  que  ya  seca  é  in- 
servible para  el  ganado,  remata  sus  extremida- 
des en  un  penacho  blanco  de  la  misma  forma 
cónica  del  apéndice  del  zorro. 

Cortados.  —  Llamábanse  así  los  pedacitos  de 
plomo  de  balas  de  tercerola  ó  de  fusil,  puntas  y 
cabezas  de  clavos,  y  aun  pequeños  fragmentos  de 
hierro  con  que  se  cargaban  los  trabucos  en  de- 
fecto de  balines  ú  otros  proyectiles  conocidos. 

Coronilla.  —  Flora  indíg. — Familia  de  las  ram- 
náceas, madera  de  construcción  bastante  dura  y 
de  ramas  espinosas. 

Costalleras.  —  Paredes  de  los  lados  en  un 
rancho.  — En  su  acepción  castiza,  según  el  Dice.  — 
son  las  vigas  que  cargan  sobre  las  que  forma  el 
caballete  de  un  edificio. 

Cuatropea. — Derecho  de  alcabala  ó  diezmo 
que  se  pagaba  en  cada  venta  de  cuadrúpedos  y 
de  granos,  bajo  la  dominación  portuguesa  y  bra- 
sileña (  1817- 1828). 


496  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


Cuchilla.  —  Esta  palabra  tan  aplicable  al  ins- 
trumento de  hierro  acerado  de  un  solo  corte  ó  filo 
que  sirve  á  la  industria  del  encuadernador  y  del 
zapatero,  como  á  la  espada  ó  segur  de  la  justicia, 
y  á  la  vela  triangular  ó  á  la  trapezoide  en  ma- 
rina, en  su  significación  local  y  orográfica  es 
una  loma  ó  colina  más  ó  menos  elevada,  ondu- 
lación ó  accidente  natural  del  terreno,  que  viene 
á  constituir  como  una  última  verruga  de  un  sis- 
tema de  montañas. 

Cumbreras.  —  Viga  central  que  reposa  sobre 
dos  grandes  horquetas  ú  horcaduras  en  los 
«  ranchos  »  y  á  su  vez  sustenta  las  que  constituyen 
el  caballete. 

Cu  Aatay.  —  Voc.  guaraní  —  Señorita. 

Cuyapí. —  Voc.  guaraní.  —  Culero,  en  lenguaje 
vulgar ;  ó  sea  un  c  tirador »  ó  cinto  sujeto  con 
agujetas  ó  hebillas  con  un  cuero  colgando  sobre 
el  chiripá,  por  detr¿is ;  y  cuyo  principal  objeto  era 
tanto  resguardar  las  ropas,  como  atenuar  el  lu- 
dimiento del  lazo  ó  hacer  más  suave  ebasiento  y 
aún  el  lomo  del  caballo. 

Chacra.  —  Porción  de  terreno  ó  costra  arable 
cultivada,  donde  se  cosechan  el  trigo,  la  cebada, 
el  maíz  y  aún  legumbres.  —  El  Dice,  de  la  lengua 
dice  que  la  voz  significa  habitación  rústica,  ran- 
chería ó  sitio  en  donde  se  guarecen  bajo  chozas 
ó  cobertizos  que  construyen  los  indios  salvajes, 
refiriéndose  sin  duda  á  países  donde  el  vocablo 
tendrá  tan  extraña  latitud. 


NATIVA  497 


Chala.  —  «En  Méjico,  la  hoja  que  cubre  la 
mazorca  del  maíz.»  (Dice.)  —  Tiene  entre  nosotros 
la  misma  significación,  y  se  utiliza  como  envoltura 
de  cigarros  de  tabaco  negro  á  más  de  otras  apli- 
caciones. 

ilia I aróte. —  La  daga  larga  ó  el  «facón», 
fabricado  con  hoja  de  espada,  sable  ó  machete, 
con  punta  y  doble  filo.  Llevábanlo  conjuntamente 
con  el  cuchillo  á  la  cintura,  casi  todos  los  hombres 
de  campo. 

C3iaja.  —  Ornit.  —  El  caima  -  chavaría.  Ave  in- 
dígena de  la  familia  de  los  uncirostros,  habitante 
paciente  de  los  lugares  húmedos.  Es  de  gran  ta- 
maño, ojos  de  córnea  purpurina,  fuertes  alas  pro- 
vistas en  su  medio  de  dos  púas  óseas  temibles, 
zanquituertas  recias  y  encarnadas,  el  pico  corto 
y  el  plumaje  gris  ceniciento.  Anuncia  con  sus 
gritos  poderosos  la  proximidad  de  las  aves  de  ra- 
piña y  da  el  alerta  al  menor  ruido  sin  levantar 
el  vuelo  hasta  que  el  peligro  arrecia.  —  Su  nombre 
guaraní  no  es  más  que  una  imitación  fiel  de  su 
grito  peculiar. 

Cliaiiaes.  —  Etnog.  —  Tribu  que  ocupaba  las 
principales  islas  del  Uruguay,  hasta  que  fué  ven- 
cida por  los  charrúas  que  dispersaron  por  siempre 
sus  restos  en  la  otra  banda. 

Cliarabóii. —  Ornit.  —  El  avestruz  ó  ñandú  pe. 
queño  que  se  alimenta  y  campea  solo.  Llámasele 
también  Charo  por  abreviatura,  y  extiéndese  el 
vocablo  como  denominación  genérica  á  todos  los 
individuos  de  la  especie. 

32 


498  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Chifle.  —  La  cantimplora  hecha  de  cuerno  de 
animal  vacuno  aserrado  por  el  medio,  cubierto  en 
su  base  y  agujereado  en  la  punta,  como  para  gor- 
gorotear  el  líquido  á  dosis  ó  cantidad  determi- 
nada. 

Churrasco.  —  La  carne  de  animal  vacuno  ú 
ovino  apenas  asada  sobre  las  brasas  ó  la  ceniza 
caliente,  de  modo  que  quede  un  tanto  cruda  y 
jugosa.  Constituye  un  alimento  en  extremo 
sano  y  nutritivo. 

Desbasar.  —  Extraer  á  filo  de  cuchillo  las 
excrecencias  de  la  mano  ó  del  pie  de  los  caballos 
para  que  no  tropiecen  y  se  estropeen,  y  aun  ex- 
tirpar del  fondo  las  callosidades  ó  cuerpos  extraños 
que  les  impiden  á  veces  sentar  los  cascos  con  fir- 
meza. 

Fariña.  —  Harina  de  mandioca.  Desde  que  el 
producto  pasó  la  frontera  brasileña  se  corrompió 
el  vocablo  fartnha,  adaptándose  el  del  mote.  — 
En  la  provincia  de  Río  Grande  y  en  determinadas 
poblaciones,  la  fariña  es  preferida  al  pan  envol- 
viéndose en  la  sustancia  cruda  el  bolo  alimenticio. 
Entre  nosotros  se  cuece  en  caldo  ó  en  agua  ca- 
liente, formándose  lo  que  se  llama  «pirón»,  con 
una  salsa  especial  como  condimento. 

Fiador.  —  La  argolla  de  hierro  ó  bronce  que 
pende  del  extremo  inferior  del  bozal,  á  la  altura 
de  la  barbada  del  caballo ;  y  de  la  cual  se  cuelga 
la  manea,  la  caldera  ú  otro  utensilio,  y  á  veces 
un  trozo  de  carne  cuando  se  emprenden  largas 
marchas. 


NATIVA  499 


Floto.  —  Caballo  escogido,  airoso,  rápido,  propio 
para  paseo  ó  para  excursiones  determinadas;  adorno 
en  las  fiestas  y  jueg-os  de  sortija  ó  de  carreras, 
y  « reserva »  que  se  ensilla  en  toda  urgencia, 
confiándose  el  éxito  á  la  bondad  de  sus  cali- 
dades. 

Garras.  —  Pezuñas,  orejas,  vergajos,  colas  de 
animales  vacunos.  En  los  saladeros  se  guardan 
estos  restos,  que  luego  se  utilizan  en  la  industria. 
Llámase  al  local  en  que  se  les  coloca,  depósito 
de   «  garras  ó  fardos  de  marlos  ». 

Giiahiyii.  —  Flora  indíg. —  Mirtácea.  Árbol  de 
corta  talla  pero  frondoso,  que  produce  una  fruta 
morada  mayor  que  la  fresa,  de  un  zumo  dulce  y 
grato  al  paladar.  Su  madera  algo  semejante  á  la 
del  guayabo,  es  fuerte  como  leña  y  se  consume 
mucho  en  los  buques  á  vapor  que  hacen  la  ca- 
rrera del  litoral.  —  Guabird,  decían  los  guaraníes. 

€¡iiayiiita.  —  Voz  guaraní:   «  niñita  ». 

Criiayciirú.  —  Flora  indíg.  —  Planta  de  pro- 
piedades medicinales,  preconizada  en  la  farmacopea 
como  de  aplicación  á  distintas  dolencias. 

Gnazn  -  bira.  —  Fauna  indíg.  —  Del  guaran: : 
ciervo  garande,  arisco  y  silvestre  que  habitaba 
en  los  bosques,  y  de  cuya  caza  como  de  la  del 
ñandú  se  ocupaban  siempre  los  naturales.  Su 
pelaje  en  la  parte  superior  del  cuerpo  y  miem- 
bros se  asemeja  al  color  que,  hablándose  de  ca- 
ballos, denomínase  alazán  ;  en  el  vientre  es  blan- 
quecino.—  Esta    especie    está  ya  casi  extinguida. 


500  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Huevos  de  gallo.  —  Flora  indig.  —  Planta  sil- 
vestre trepadora  que  se  ve  frecuentemente  en  los 
barrancos,  ó  en  su  defecto,  en  las  zanjas  y  en  los 
cercos,  de  hojas  menudas  de  un  color  verde  es- 
meralda, y  que  produce  un  fruto  del  tamaño  de 
un  huevecillo  de  picaflor,  color  perla  cuando 
maduro,    de  sabor   agradable  y  aromado. 

JLapaeliillo. — Flora  indtg. — Llamado  también 
«  Ipee  »,  de  la  familia  del  lapacho.  Su  madera  tiene 
diversas  aplicaciones  en  la  industria,  utilizándose 
para  vigas  y  ruedas.  El  «  Ipee  »  echa  sus  flores 
antes  que  el  follaje  y  los  retoños. 

laurel  itegro.  —  Flora  indíg.— Lauráceas.-  - 
Vegetal  de  alguna  corpulencia  y  madera  apreciable 
por  su  peso  y  solidez,  al  punto  de  emplearse  en 
obras  especiales  por  el  carpintero. 

l^eeliiguaiasi.  —  Fauna  tndíg.  —  «  Nectarina 
mellífica  ». —  Panal  de  abejas  salvajes.  Es  un 
nido  formado  en  su  exterior  por  una  pasta  es- 
pecial que  los  insectos  fabrican  con  cortezas  de 
maderas  blandas  desleídas  y  mezcladas  á  un  humor 
que  despiden.  Compónese  de  múltiples  hojaldres 
parecidos  al  papel  tosco  y  basto,  y  de  celdas  si- 
métricamente agrupadas  como  las  de  abejas  do- 
mésticas ;  siendo  de  notar  que  estas  viviendas 
globulares  no  se  asientan  en  el  suelo  firme  siem- 
pre, sino  que  aparecen  colgantes  de  las  ramas 
bajas,  adheridas  por  lo  común  á  un  pequeño 
nudo,  tronco  ó  excrecencia  insignificante,  ó  en- 
tre las  plantas  rastreras  á  modo  de  capullos  gi- 
gantescos. 


NATIVA  501 


Sábese  que  los  insectos  que  las  elaboran  perte- 
necen á  la  familia  de  los  himenópteros  y  tribu 
de  los  melíferos,  y  que  están  comprendidos 
por  consiguiente,  entre  los  «  amantes  do  las  flo- 
res 2>. 

Büchner  en  su  «  Vida  de  los  animales  »,  hace  de 
ellos  alguna  referencia,  al  hablar  de  abejas  do- 
mésticas y  de  avispas.  Sin  ser  ni  una  ni  otra 
cosa,  copíirticipan  sin  embargo  de  las  cualida- 
des esenciales  de  las  primeras,  y  producen  una 
miel  silvestre,  menos  empalagosa  que  la  de  éstas. 

Con  frecuencia,  se  confunde  la  lechiguana  con 
el  camoatí. 

Aquélla  es  obra  de  abejas,  y  éste,  de  avispas. 

Las  avispas  no  fabrican  ni  almacenan  panales  ; 
sólo  elaboran  la  corta  cantidad  de  miel  necesaria 
para  la   alimentación  de  la  larva. 

De  ahí  que,  aun  cuando  se  advierta  la  pre- 
sencia del  líquido  melífero  en  las  celdillas  de  un 
camoatí,  nótase  también  la  de  las  larvas  en  el 
fondo  de  dichas  celdas,  que  se  nutren  con  esa 
miel  hasta  alcanzar  el  necesario  desarrollo. 

La  lechiguana  es  un  verdadero  laboratorio  de 
miel,  y  un  depósito  de  provisiones  para  el  invierno, 
como  en  los  colmenares. 

Como  queda  dicho,  el  nido  puede  pender  de 
las  ramas  bajas  y  ser  igualmente  fabricado  entre 
las  malezas,  [.eche  de  iguana,  se  dice  (y  de  ahí 
«  lechiguana  »  ),  porque  este  reptil  gusta  mucho 
de  sus  panales,  y  se  los  procura  por  todos  los 
medios. 


502  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Años  atrás  tuvimos  oportunidad  de  ver  en  un 
valle  de  la  sierra  de  Minas,  aproximarse  una  iguana 
á  un  nido,  darle  un  fuerte  golpe  con  la  cola  de  ma- 
nera que  penetrase  bien  al  interior,  é  irse  luego 
chupándose  ésta  con  el  mayor  deleite,  toda  un- 
tada de  miel. 

X<azo.  —  De  una  piel  de  animal  vacuno  co- 
munmente, por  ser  la  que  más  resiste,  se  saca  á 
corte  de  cuchillo  una  larga  tira  de  ocho  ó  diez 
brazas,  que  luego  de  sobada  perfectamente  y  de 
subdividida,  se  trenza  y  se  enseba  ó  se  engrasa, 
para  que  adquiera    flexibilidad    y  consistencia. 

En  uno  de  los  extremos,  se  asegura  con  un 
botón  fabricado  á  punzón  y  «  tiento  »  un  grueso 
aro  ó  argolla  de  bronce  ó  hierro,  que  sirve  á  éste 
que  se  llama  «  lazo  »  para  escurrirse  presto  una 
vez  hecho  el  tiro,  para  lo  cual  se  arrolla  en  cír- 
culos graduales  y  concéntricos  y  se  revolea  por 
encima  de  la  cabeza.  En  el  extremo  opuesto,  una 
gruesa  presilla  une  el  «  lazo  »  á  la  argolla  de  la 
cincha. 

Utensilio  de  importancia  en  las  faenas  de  campo, 
el  «  lazo  »  fué  siempre  un  arma  tan  terrible  como 
las  «  boleadoras  »  en  manos  del  gaucho  bravo, 
del  miliciano  y  del   «  matrero  ». 

Los  charrúas  lo  manejaban  con  extraordinaria 
destreza,  así  como  los  «  laques  »,  de  una  piedra  al 
principio,  y  luego  de  tres. 

L<oba.  —  En  la  caballería  de  milicias  ó  en  la 
hueste  propiamente  dicha,    designábase  con   esta 


NATIVA  503 


palabra  cualquier  incidente  producido  en  la  co- 
lumna en  marcha,  ya  fuese  que  un  soldado  ro- 
dara con  su  cabalgadura,  ya  que  un  «  redomón  » 
se  apartase  de  aquélla  corcoveando  con  su  ginete. 

Lomillo.  —  Aparejo  de  cuero  algo  hueco  y 
en  comba,  en  proporción  al  lomo  de  caballo 
ó  muía, «que  constituye  la  base  ó  asiento  del  re- 
cado. 

Limaiico. —  Caballo  defectuoso  en  alguno  de 
los  miembros  posteriores  por  lesión  en  el  cuadril, 
y  á  causa  de  que  su  espina  dorsal  presenta  una 
comba  ó  curva  pronunciada  en  fcrma  de  media 
luna,  de  donde  proviene  el  vocablo.  Es  inútil  por  lo 
mismo  para  las  marchas  rápidas.  —  Derrengado, 
descuadrillado. 

Maca.  —  Ornit  —  Ave  que  se  alimenta  de 
pececillos,  especialmente  de  bagres  pequeños  y 
mojarritas.  El  cañón  de  sus  plumas  es  tan  duro 
como  el  del  pájaro  -  niño,  y  véndese  á  buen  pre- 
cio su  piel  en  los  puertos  del  alto  litoral.  Su 
carne  suele  ser  tan  excesivamente  gorda,  que 
repugna ;  pero  es  sabrosa  y  se  le  desea  entre  la 
gente  pobre.  El  maca  vuela  poco  y  se  arrastra 
apoyado  en  la  cola,  su  fuerte  timón ;  aova  so- 
bre las  hierbas  á  la  orilla  de  los  ríos,  arroyos 
y  lagunas ;  y  nada  entre  dos  aguas  con  el  mismo 
vigor  que  el  mbiguá  ó  zaramagullón.  —  Su  nombre 
es  originario  del  guaraní. 

l?lacac*liíii.  —  Flora  indíg.  —  Planta  de  muy 
cortas  dimensiones  de  tallo  como  la  hiedra,  que 


504  E.  ACEVEDO  DÍAZ 


da  florecillas  amarillosas  de  tres  pétalos,  y  cuya 
raíz  la  constituye  un  bulbo  blanquecino  y  car- 
noso, de  un  sabor  dulce.  Brota  con  fuerza  en  los 
terrenos   bajos  y  en  las  adyacencias  de  bañados. 

Es  una  de  las  especies  del  «  bibí  »  de  los  in- 
dígenas. 

Manea.  —  La  definición  que  de  este  vocablo 
hace  el  Diccionario  de  la  lengua,  no  corresponde 
al  de  la  manea  tal  como  entre  nosotros  se  usa  por 
la  gente  del  campo.  Tampoco  la  de  maniota, 
propiamente.  Ni  es  «  una  cuerda  »,  ni  las  patas 
del  animal  se  traban  por  medio  de  ella  en  la 
forma  que  el  Diccionario  indica  emplearse  en 
otras  partes  ;  pues  el  gaucho  ó  el  simple  campero, 
no  atan  con  soga  ó  cabestro,  sino  por  accidente 
los  remos  delanteros  de  sus  cabalgaduras,  y  no 
usan  cadenillas  de  metal,  candado  y  llave  con  tal 
objeto. 

Matrero.  —  El  hombre  perseguido  por  deli- 
tos comunes,  ó  el  vecino  honesto  por  odios  ó 
venganzas,  ó  el  patriota  por  la  dura  ley  de  la 
necesidad,  que  buscaban  asilo  y  refugio  en  los 
montes,  como  único  recurso  de  salvación  contra 
la  ley    implacable,  ó    las   asechanzas  de    muerte. 

Aplícase  también  á  los  animales  ariscos  no 
entablados  ó  aquerenciados,  y  que  por  lo  mismo 
ganan  los  montes  ó  las  sierras,  rehacios  á  toda 
domesticidad. 

Matungo.  —  Caballo  en  completa  decadencia, 
rocino,  lerdo  y  desmedrado. 


NATIVA  505 


Mbiguá. —  Ornit. —  El  mbiguá  ó  zaramagu- 
llón es  un  ave  acuática  que  se  mantiene  de 
pescados  de  regular  tamaño,  y  que  abunda  mu- 
cho en  todas  las  grandes  corrientes  y  lagunas 
hondas. 

Por  su  magnitud  y  color  se  asemeja  á  la  ban- 
durria ;  parecen  espinas  sus  venas  por  la  dureza 
y  tensión ;  y  cocinado,  su  sabor  es  casi  el  mismo 
de  los  peces  que  le  sirven  de  alimento.  —  El 
vocablo  proviene  del  guaraní,  y  significa  «  cuervo 
de  agua  *. 

Mojinete. —  Frontón  de  un  rancho. 

Mora j ii.  —  Ornit.  —  Pájaro  de  los  bosques 
del  alto  Uruguay,  de  un  plumaje  negro  azulado 
de  tornasol,  que  canta  en  diferentes  tonos  de 
una  manera  suave  y  melodiosa.  Jamás  hace  nido 
ni  se  ocupa  de  dar  de  comer  á  sus  hijuelos. 
La  hembra  aova,  generalmente,  en  los  nidos  de 
las  «cachuas»,  donde  los  hay,  y  en  caso  con- 
trario, en  cualquier  otro  nido  de  los  que  se  lla- 
man rastreros. 

Las  pequeñas  «cachuas»,  poéticos  ejempla- 
res de  madres  amorosas,  se  encargan  de  la 
crianza  de  los  pichones  que  no  han  salido  de 
sus  huevo-,  y  que  no  sólo  las  aventajan  en  vo- 
lumen, sino  que  también  las  sobrepujan  en  ape- 
tito voraz.  —  El  «  morajú  »  no  es  otra  cosa  que 
el  tordo  de  nuestros  climas,  el  cual  aova  comun- 
mente sin  fabricar  nunca  vivienda,  en  los  nidos 
de    barro   de  los     «  horneros »,   avecillas    indíge- 


506  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


ñas  cuyo  nombre  proviene  de  la  misma  confi- 
guración arquitectónica  de  sus  viviendas. 

Naco.  —  Palabra  con  que  el  campero  deno- 
mina un  fragmento  pequeño  de  tabaco  negro, 
enrollado,  que  él  mismo  pica  con  el  cuchillo  en 
la  palma  de  la  mano,  ó  sobre  un  pedazo  de 
madera  ó  sobre  la  carona,  para  armar  su  ciga- 
rrillo. El  « naco  »,  como  el  dinero,  entra  en  el 
juego  de  la  « taba »  entre  los  paisanos,  y  aún 
en  el  de  los  naipes,  corriendo  parejas  los  dos 
vicios. 

Nazarena.  —  La  corona  de  grandes  punzas 
de  hierro  de  la  espuela,  propia  para  ginetear,  á 
veces  de  seis  pulgadas  de  circunferencia,  que 
usaban  los  gauchos  de  otro  tiempo. 

Llevábanla  con  la  gemela  ceñida  al  rancajo 
sobre  la  « bota  de  potro  »,  y  con  ser  tan  enor- 
mes, no  les  molestaban  al  andar. 

La  costumbre  de  usarlas  deformaba  comun- 
mente sus  piernas,  al  punto  de  que,  aun  fornidas 
y  vigorosas,  aparecían  siempre  en  comba  con 
las  puntas  de  los  pies  casi  en  contacto,  en  tanto 
era  corta  la  distancia  para  separar  bien  los  ta- 
lones por  más    que  los    apartasen  uno    de  otro. 

El  ruido  de  estas  rodajas  se  oía  de  lejos,  como 
el  que  produce  un  arrastre  de    cadenillas  pesadas. 

Tales  espuelas  servían  para  la  domadura;  por 
rutina  las  llevaba  el  ginete  sobre  el  caballo 
manso;  y  eran  á  ocasiones  defensas  terribles  en 
el  suelo,  en  las    luchas  brazo  á    brazo  ó  á  zan- 


NATIVA  507 


cadilla,  garras  de  centauro,  no  inferior  en  esto 
á  la  alimaña  indomable. 

Asemejábanse  por  su  forma  al  nimbus  y  á  la 
corona  de  Jesús  :   de  ahí  su  nombre. 

\;ni<lú.  —  Ornit.  —  Voc.  guaraní.  — Avestruz 
indígena  menos  corpulento  que  el  de  África,  y 
del  que  difiere  además  en  tener  tres  dedos  en 
cada  pie,  mientras  que.  aquél  sólo  tiene  dos.  — 
Orden  de  las  corredoras :  rhea  americana. 

Ñacurutú.  —  Ornit.  —  Orden  de  las  rapaces. 
Ave  orejuda,  de  un  plumaje  blanqui-negro,  cuyo 
alimento  principal  se  reduce  á  insectos. 

Compañero  de  las  corujas  y  de  otras  especies 
de  insectívoras,  este  buho  abunda  en  los  montes 
del  norte,  cuyas  espesuras  anima  con  sus  gritos 
en  la  soledad  de  la  noche.  —  Su  nombre  es  ori- 
ginario del  guaraní,  y  significa  algo  como  «  aga- 
chado»   ó   «encogido». 

Orejano.  —  El  animal  que  carece  de  «marca» 
ó  señal  á  hierro  ardiendo  que  acredite  la  pro- 
piedad. — « Yerra  »  se  denomina  el  acto  de  la 
marcación. 

En  las  primeras  décadas  del  siglo,  cuando 
existían  inmensos  bosques  vírgenes,  rincones  y 
potreros  casi  inexplorados,  el  ganado  nuevo  y 
montaraz  rebelde  á  los  pastores  y  á  los  perros 
se  guarecía  en  la  selva,  y  llegaba  á  hacerse 
imposible  el  «  repunte  »  ó  «  parada  de  rodeo  » 
de  estas  reses  ariscas. 

Con  ese  motivo  se  contaban  por  millares  loa 
«  orejanos    . 


508  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Parjar  rodeo.  —  Hacer  la  recogida  ó  reunión 
del  ganado  vacuno  en  un  sitio  dado,  donde  co- 
munmente vese  la  huella  de  la  pezuña  del  en- 
jambre. 

Pataca.  —  Moneda  portuguesa  de  diez  y  seis 
vintenes. 

Payador.  —  El  gaucho  de  índole  poética, 
capaz  de  improvisar  y  de  contestar  en  verso  al 
son  de   la  guitarra. 

Pialar.  —  Arrojar  el  « lazo »  á  las  patas  de 
las  bestias  vacunas  y  yeguarizas  para  trabarlas 
de  uno  ó  más  miembros  y  sujetarlas  de  á  pie, 
á  objeto  de  alguna  operación  de  «  yerra  »,  cas- 
tración ó  corte  de  cerdas. 

Pericón.  —  Baile  criollo,  pausado  y  airoso 
en  cuadrilla  que  se  acompaña  con  canto  ó  re- 
citación. 

Picada.  —  Paso  estrecho  ó  boquete  á  tra- 
vés de  un  monte,  que  conduce    al  río  ó  arroyo. 

Potrero.  —  No  es  el  potril  ó  terreno  desti- 
nado á  los  potros,  precisamente.  Puede  serlo 
de  «  caballada  »  mansa  con  pastos  escogidos  ó 
de  engorde,  con  cerco  ó  sin  él ;  y  también  con 
espacio  descubierto  dentro  del  monte  de  hierbas 
selectas,  sólo  utilizable  para  los  caballos  de  los 
«  matreros  »   ó  aprovechado  por  las  reses  alzadas. 

Quebracho.  —  Flora  indíg.  —  Árbol  de  ma- 
dera resistente,  que  quiebra  hachas;  de  la  familia 
de  las  apocináceas,  útil  en  la  curtiduría  por  la 
calidad  de  su  savia,  y  en  medicina  por  su  cor- 
teza, considerada  febrífuga. 


NATIVA  509 


Quinche.  —  Véase  Cebato. 

Quiapí.  —  Voz  guaraní.  — Vestimenta  de  jer- 
ga ó  cuero  que  usaban  los  charrúas,  aunque  no 
todos,  en  el  rigor  mismo  del  invierno. 

Consistía  en  una  manta  que  cubría  gran  parte 
del  cuerpo,  de  jerga  entera  ó  de  pedazos  unidos 
de  géneros  ordinarios  ó  de  pieles  de  alimañas. 
Las  mujeres  se  cubrían  la  cintura  y  pechos  con 
esa  manta,  ligando  sus  extremos  sobre  el  hom- 
bro derecho.  Los  hombres  llevaban  la  cabeza 
descubierta,  ciñéndose  la  frente  con  un  trapo  en 
forma  de  vincha.  Algunos  se  ataban  el  pelo 
con  un  « tiento ».  De  la  cintura  á  los  muslos 
hacían  uso  del  CHEPI  (vocablo  guaraní,  que  signi- 
fica «mi  cuero»),  y  que  era  una  especie  -de 
pampanilla  ó  tonelete,  comunmente  de  piel  de 
ciervo,  de  aguará  ó  de  yaguareté. 

Rastrillada. — En  la  acepción  criolla,  no  es 
todo  lo  que  se  barre  de  una  vez  con  el  rastrillo 
ó  «  rastro  ».  Para  los  gauchos  de  buena  ley, 
este  instrumento  era  desconocido ;  y  llamaban 
« rastrillada  »  al  surco  ó  huella  más  ó  menos 
visible  que  en  el  suelo  firme  y  sobre  el  pasto 
dejaban  los  cascos  de  los  caballos  ó  las  ruedas 
de  los  vehículos  en  zonas  poco  frecuentadas  ó 
caminos  poco  recorridos. 

Rastrojos. — Los  surcos  y  raíces  secas  que 
quedan  en  un  terreno  donde  ha  habido  siembra 
de  cereales  ó  plantíos  de  maíz,  dejándose  á  flor 
de  tierra,  después   del  corte  de  éste,  una  pequeña 


510  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


parte  de  los  troncos.  El  rastrojo  hállase  en 
sitios  que  no  han  vuelto  á  ser  cultivados  durante 
algún  tiempo,  y  suele  servir  de  punto  de  reunión 
á  las   perdices. 

Redomón.  —  Caballo  que  ha  sufrido  las  pri- 
meras domaduras,  pero  que  aún  conserva  resa- 
bios de  su  fiereza  primitiva:  —  mañas  viejas, — 
según  la  frase  del  campero. 

Redomonas.  —  Las  espuelas  grandes  de 
domar. 

Refucilo.  —  Relampagueo,  comprendiéndose 
en  la  acepción  la  misma  caída  de  la  chispa 
eléctrica. 

Reyuno.  —  El  animal  señalado  en  la  oreja, 
como  los  que  usaba  la  caballería  del  rey,  de 
donde  viene  el  nombre.  Esa  señal  indicaba  la 
propiedad  del  Estado. 

Por  una  razón  análoga  se  decía  el  Real  cuando 
se  trataba  de  un  centro  determinado  de  las  po- 
sesiones coloniales,  —  como  el  Real  de  San  Fe- 
lipe, el  Real  de  San   Carlos  ú  otros. 

Rosa.  —  Lesión  más  ó  menos  considerable  ó 
«  matadura  »  producida  en  el  lomo  del  caballo 
por  el  roce  constante  del  «  recado »  ó  defecto 
de  la  carona  ó  del  «  lomillo  ».  Como  debajo  de 
éste  van  los  «  bastos  »,  de  ahí  la  denominación 
de  «basteras»,  dada  á  las  huellas  dejadas  por 
las  heridas,  cuando  cicatrizadas,  las  ha  recubierto 
un  pelaje  claro  ó  canoso. 

Sancocho.  —  El    caballo    defectuoso    en    la 


NATIVA  51 1 


boca,  muy  duro  ó  muy  blando  de  riendas,  cuyo 
gobierno  por  lo  tanto  es  inseguro,  á  causa  de  re- 
sabios incurables  de  domadura. 

Sombra  de  toro.  —  Flora  indíg, —  Arbusto 
alto  de  madera  recia  utilizable  para  formar  el  cua- 
drilongo de  las  carretas,  ó  sean  los  cuatro  limones, 
así  como  los  yugos. —  Generalmente  los  toros  se 
refugian  bajo  las  ramas  de  este  arbusto  en  los 
días  calurosos,  y  de  ahí  su  denominación  vulgar. — 
Conócesele  en  botánica  con  el  nombre  de  « iodina 
rhombifolia »,  y  pertenece  á  la  familia  de  las 
aquifoliáceas. 

Surubí  — ó  Zurubí. — Id.  indíg,  —  Pez  de  los 
ríos  y  arroyos  de  gran  tamaño.  Tiene  la  piel 
plateada  con  pintas  negras.  Su  carne  es  sabrosa, 
sólida  y  de  un  color  amarillento,  de  alguna  se- 
mejanza con  la  del  dorado.  —  Vocablo  guaraní. 

Tíioo.  —  Un  trago  ó  sorbo  de  caña  ó  aguar- 
diente, tomado  de  la  cantimplora  ó  el  chifle  de 
asta. 

Tacuara.  —  Caña  de  solidez  y  espesor,  de  uti- 
lidad en  las  construcciones  de  ranchos  y  enra- 
madas, y  aun  para  picas  ó  «picanas»  de  con- 
ductores de  carretas,  colocándosele  un  aguijón 
en  uno  de  sus  extremos  para  azuzar  los  bueyes.  — 
El  vocablo  proviene  del  guaraní. 

Tala.  —  Flora  indíg. — Celtidácea.  Árbol  de  me- 
diana talla  y  madera  de  construcción,  aunque 
quebradiza,  ramoso,  de  hojas  pequeñas  y  duras, 
erizado  por  doquiera  de  pinchos.  Abunda  mu- 
cho en  las  orillas  de  los  ríos  y  arroyos. 


512  E.   ACEVEDO   DÍAZ 


Tamanduá.  —  Fauna  indíg.  —  Especie  de  oso 
pequeño  que  se  nutre  en  los  hormigueros  y  de 
utilidad  incuestionable.  Su  piel  de  un  color  gris 
ceniciento  con  dos  grandes  fajas  negras  paralelas 
á  la  médula,  es  muy  apreciada,  y  de  ahí  una 
persecución  constante  que  va  extinguiendo  esta 
especie  típica  con  la  mulita  y  el  peludo,  del  or- 
den de  los  desdentados.  —  El  vocablo  es  guaraní. 

Tape.  —  Indio  guaraní  de  las  reducciones  del 
norte,  cuya  tribu  amalgamóse  en  mucha  parte 
con  la  población  oriental  después  de  la  destruc- 
ción de  sus  pueblos,  y  de  ahí  su  influencia  civi- 
lizadora. 

Llamaban  ellos  tape  á  cada  uno  de  esos  pue- 
blos ó  ciudades,  y  por  eso  su  denominación  pro- 
pia de  indios  tapes,  así  como  el  vocablo  subsi- 
guiente que  se  refiere  á  ciudad  en  escombros. 

Tapera.  -  Denomínase  así  una  construcción 
cualquiera  en  ruinas,  especialmente  las  de  un 
rancho  ó  enramada,  cuyos  restos  suelen  redu- 
cirse á  algunos  picachos  de  barro  seco  mezclado 
á  la  paja  brava  y  á  las  totoras. 

En  los  primeros  lustros  del  siglo  existían  mu- 
chas de  éstas  que  fueron  habitaciones  humanas, 
como  signos  elocuentes  de  las  guerras  implaca- 
bles. Solían  servir  de  apoyo  á  los  destacamen- 
tos aislados  que  recorrían  la  campaña,  así  como 
de  refugio  á  los  contrabandistas  y  «matreros»  á 
quienes  sorprendían  las  noches  tormentosas  en 
sus  audaces  travesías. 


NATIVA  513 


La  voz  «tapera»,  guaraní,  significa  «ruina», 
propiamente. 

Tiento.  —  Filamento  de  piel  de  yegua  ó  de 
vaca  desprovisto  del    pelaje,  descarnado  y    seco. 

Sus  tirillas  sirven  para  la  confección  de  muy 
variados  útiles  de  campo,  y  constituyen  el  « hilo  » 
de  la  costura  para  ligar  «lonjas»,  fabricar  pre- 
sillas, riendas,  botones,  rosetas  y  manijas,  ribetear 
ojales  de  cabezadas  y  maneas  con  el  empleo  del 
punzón. 

«Maletas,  ó  poncho  á  los  tientos-».  —  Signifícase 
con  esto  que  unas  y  otro  van  ó  están  atados  á 
los  hilos  que  cuelgan  dobles  á  ambos  costados 
de  la  comba  posterior  del  lomillo. 

Tiiiguitanga. —  Desorden,  conflicto,  gran  ba- 
raúnda de  voces  y  de  golpes  en  medio  de  un 
baile  ó  de  una  jugada. 

Tres  Harías.  —  Las  boleadoras,  ó  sean  las 
tres  piedras  envueltas  en  cueros  y  unidas  por  otros 
tantos  ramales  de  trenza,  de  los  cuales  el  corto 
corresponde  á  la  piedra  más  pequeña  que  sirve 
de  asidero  para  lanzarlas  á  los  miembros  ante- 
riores ó  posteriores  del  animal  que  se  persi- 
gue á  media  rienda,  según  la  habilidad  del  gi- 
nete. 

Tronco. —  En  su  acepción  lata,  el  casco  del 
establecimiento  rural.  —  Majada  del  tronco:  —  la 
que  se  encierra  en  el  corral  de  las  casas. 

Tropilla.  —  Grupo  más  ó  menos  considerable 
de  caballos  de  montar. 

33 


514  E.   ACEVEDO  DÍAZ 


Tueu-tucii.  —  Fauna  indígena  —  Orden  de 
los  roedores.  —  Gran  ratón  de  campo  que  se  nutre 
con  los  tallos  subterráneos  de  los  heléchos,  so- 
cavando el  suelo  arenoso  en  distintas  direcciones. 
Su  nombre  proviene  de  su  grito  peculiar. 

Tnpainaros. — Denominación  irónica  aplicada 
por  los  españoles  de  la  época  de  Sobremonte  á 
los  nativos,  aunque  éstos  fuesen  tan  blancos 
como  ellos,  y  hubiesen  heredado  toda  la  pureza 
de  la  raza  caucásica. 

La  palabra  era  un  derivado  del  nombre  del 
infortunado  caudillo  indígena  Tupac-AmarÚ. 

Tusar.  —  Retacear  las  crines  y  el  copete  del 
caballo,  ahí  como  el  pelo  basto  y  grueso  que  le 
cría  cerca  de  los  cascos. 

Cuando  se  trata  de  las  cerdas  de  la  cola,  se 
dice  rabonear. 

Vidalita.— Aire  criollo  que  se  acompaña  con 
la  guitarra,  como  el  «cielito»,  comunmente  me- 
lancólico, sencillo  y  suave,  á  la  vez  que  de  poé- 
tico encanto. 

Ejemplo  de  la  letra  de  una  de  ellas,  ya  que 
no  sea  descriptible  su  original  melodía,  es  el  si- 
guiente: «Palomita  mía,  —  eleva  tu  vuelo; — y  á 
ese  cruel  ingrato,  —  dile  que  me  muero.  —  No  hay 
rama  en  el  campo  —  que  florida  esté;  —  todos  son 
despojos  —  desde  que  él  se  fué.» 

Yaribá.  —  Flora  indígena.  —  Palmera  enhiesta 
cuya  altura  suele  pasar  de  ocho  metros,  de  tronco 
liso  que  remata  en  un  quitasol  airoso,  y  madera 


NATIVA  515 


recia.  Adquiere  gran  desarrollo  en  los  bosques 
de  los  ríos  del  norte,  como  su  congénere  el 
yathay. 

Yaguareté.  —  Voz  guaraní.  De  yagua-  perro 
y  ^/¿r'-cuerpo.  Cuerpo  de  perro.  Tigre. 

Yguá. — Vocablo  guaraní.  Significa  agua-ciclo — 
«Color  de  agua»,  por  firmamento. 

Yatliay.  —  Véase  Buthyá. 


ÍNDICE 


Págs. 

I. —  Tiempos  viejos 5 

II.  —  El  medio  ambiente 33 

II.  —  Los  tres  ombúes 42 

IV.  —  Secretos  del  monte 66 

V.  —  Los  cuentos  de  don  Anacleto  ....  93 

VI.  -  Guadalupe 112 

VII.  -  Al  caer  la  tarde 128 

VIII.  —  Hogar  de  antaño •    .  145 

IX.  —  En  pos  de  la  aventura 165 

X.  —  Rulos  y  nazarenas 197 

XL-Cuaró*. 221 

XII.  —  Prole  del  pampero 248 

XIII.  —  De  la  cuchilla  al  monte 280 

XIV.  —  Vida  cimarrona 295 

XV.  —  La  mujer  del  matrero 325 

XVI.  —  De  monte  en  monte 337 

XVII.  —  Azucenas  silvestres 359 

XVIII.  -  El  nido  de  torcaz 374 

XIX.  —  Una  carga  en  dispersión 391 

XX.  —  Heridas  de  sable  y  flecha 412 

XXI.  -  El  remanso 437 

XXII. -Sombra 458 

XXIII. -Una  diana 475 

Aclaración  de  algunas  voces  locales  usadas  en 
esta  obra,  para  mejor  inteligencia  de  los  lectores 

extraños  al  país 487 


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UNIVERSITY  OF  TORONTO  UBRARY 


PQ 

8519 

a3N3 

1894 


Acevedo  Diaz,  Eduardo 
Nativa